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La Isla del Dr. Moreau.  Herbert George Wells
Capítulo 18. La búsqueda de Moreau
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Cuando vi que Montgomery tomaba un tercer trago de coñac, se lo quité para evitar que se emborrachara. Ya estaba más que medio ebrio. Le dije que algo grave debía de haberle sucedido a Moreau, pues de lo contrario ya habría regresado, y que era responsabilidad nuestra averiguarlo. Montgomery se opuso débilmente, pero terminó por aceptar. Comimos un poco y luego partimos los tres.

Tal vez fuera la tensión del momento, pero lo cierto es que aquella incursión en la tórrida calma de la tarde tropical ha dejado en mí una vivísima impresión. M'ling abría la marcha, moviendo inquietamente su extraña cabeza negra a uno y otro lado del camino. Iba desarmado. Había perdido el hacha en el encuentro con los Hombres Cerdo. Llegado el momento de luchar, los dientes serían sus armas. Montgomery lo seguía dando traspiés, con las manos en los bolsillos y expresión abatida; estaba enfadado conmigo por el asunto del coñac. Yo llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo ––afortunadamente era el izquierdo–– y empuñaba el revólver con la mano derecha.

Nos adentramos por un frondoso sendero que discurría hacia el noroeste entre la exuberante vegetación de la isla. M'ling se detuvo de pronto y se puso rígido, en posición de alerta. Montgomery casi tropezó con él y también se detuvo. Entonces, aguzando el oído, nos llegó entre los árboles un ruido de voces y de pasos que se acercaban.

––Está muerto ––dijo una voz profunda y vibrante.

––No está muerto, no está muerto ––farfulló otra.

––Lo hemos visto, lo hemos visto ––insistieron varias voces.

––¡Eh! ––gritó bruscamente Montgomery––. ¡Los de ahí!

––¡Malditos sean! ––dije yo, empuñando la pistola.

Hubo un silencio, luego un crujido aquí, otro allá, y seis rostros, seis extraños rostros, iluminados por una luz extraña, hicieron su aparición. M'ling emitió un profundo gruñido. Reconocí al Hombre Mono ––de hecho ya había identificado su voz–– y a dos de las criaturas de tez morena y cubiertas de vendas a las que había visto en el bote de Montgomery. Con ellos iban las dos bestias moteadas y la horrible y encorvada criatura que recitaba la Ley, con las mejillas cubiertas de pelo gris, enormes cejas grises y grandes mechones de pelo colgando de la frente. Era una cosa enorme y sin rostro, de siniestros ojos rojos que nos miraban desde la maleza llenos de curiosidad.

Al principio nadie habló. Al cabo de un rato, Montgomery dijo, entre hipidos:

––¿Quién... ha dicho que estaba muerto?

El Hombre Mono miró al Monstruo de pelo gris con ojos delatadores.

––Está muerto ––afirmó el Monstruo––. Ellos lo vieron. No había ni rastro de amenaza en su voz. Todos parecían profundamente sorprendidos y atemorizados.

––¿Dónde está? ––preguntó Montgomery.

––Allí ––señaló la criatura gris.

––¿Hay alguna Ley ahora? ––preguntó el Hombre

Mono––. ¿Está muerto de verdad?

––¿Hay una Ley? ––repitió el hombre de blanco.

––¿Hay una Ley, tú, Hombre del Látigo? Él está muerto

––dijo el Monstruo de pelo gris.

Nos miraban fijamente.

––Prendick ––dijo Montgomery, volviendo hacia mí sus inexpresivos ojos––. Está muerto. Es evidente.

Yo había permanecido detrás de él durante toda la conversación. Empezaba a comprender lo que ocurría. Entonces, di un paso al frente y, alzando la voz, exclamé:

––¡Hijos de la Ley! ¡Él «no» ha muerto!

M'Iing volvió hacia mí su intensa mirada.

––Ha cambiado de forma. Ha cambiado de cuerpo ––continué––. Durante algún tiempo no lo veréis. Está... allí ––y señalé hacia lo alto––, y desde allí os vigila. Vosotros no lo veis, pero Él sí os ve a vosotros. ¡Respetad la Ley!

Los miré fijamente y retrocedieron.

––Él es grande. Él es bueno ––dijo el Hombre Mono, mirando atentamente hacia el cielo entre los densos árboles.

––¿Y la otra cosa? ––pregunté.

––La cosa que sangraba y corría aullando y sollozando también está muerta ––dijo el Monstruo Gris, sin dejar de mirarme.

––Eso está bien ––masculló Montgomery.

––El Hombre del Látigo... ––comenzó el Monstruo Gris.

––¿Y bien? ––dije yo.

––...dijo que estaba muerto.

Pero Montgomery aún estaba lo suficientemente sobrio para comprender por qué yo negaba la muerte de Moreau.

––No está muerto ––dijo, muy despacio––. No está muerto. Está tan vivo como yo.

––Algunos han quebrantado la Ley ––dije––. Ésos morirán. Otros ya han muerto. Enseñadnos ahora dónde yace su cuerpo. El cuerpo que ha abandonado porque ya no lo necesita.

––Es por aquí, Hombre que camina por el mar ––dijo el Monstruo Gris.

Y con aquellas seis criaturas por guías, nos adentramos en la maraña de helechos, enredaderas y ramas en dirección noroeste. Entonces vimos a un pequeño homúnculo rosado que corría hacia nosotros dando gritos y huyendo de un monstruo feroz y salpicado de sangre que no tardó en alcanzarnos.

El Monstruo Gris se apartó de un salto. M'ling corrió hacia él lanzando un gruñido, pero fue derribado de un golpe. Montgomery disparó y erró el tiro. Luego inclinó la cabeza, levantó el arma y salió corriendo. Entonces yo disparé, pero la fiera siguió avanzando como si tal cosa. Volví a disparar y esta vez hice blanco en su horrible cara. Sus rasgos se borraron en un santiamén. Sin embargo, pasó a mi lado, se agarró a Montgomery y, colgado de él, cayó de bruces, arrastrándolo en su caída.

Me encontré solo con M'ling, un animal muerto y un hombre postrado. Montgomery se incorporó despacio y, aturdido, contempló a la bestia destrozada que yacía a su lado. El susto le había quitado la borrachera. Se puso en pie de un salto. Vi al Monstruo Gris que se acercaba sigilosamente entre los árboles

––Mira ––dije, señalando a la bestia muerta––. ¿No está viva la Ley? Esto le ha pasado por quebrantar la Ley.

Observó atentamente el cadáver y luego, con voz profunda y repitiendo parte del ritual, dijo:

––Él envía el fuego que mata.

Los demás también se acercaron a mirar.

Por fin nos dirigimos hacia el extremo oeste de la isla. Allí encontramos el cuerpo roído y mutilado del puma con el omóplato destrozado por una bala y, a unos veinte metros de distancia, hallamos por fin lo que buscábamos. Moreau yacía boca abajo en un cañaveral pisoteado.

Tenía una de las manos prácticamente colgando y el pelo plateado empapado en sangre. Sin duda, el puma le había golpeado en la cabeza con los grilletes, y todas las cañas a su alrededor estaban salpicadas de sangre. No encontramos su revólver.

Montgomery le dio la vuelta.

Descansando de vez en cuando y ayudados por los siete Salvajes ––pues pesaba bastante–– lo llevamos hasta el recinto. Empezaba a oscurecer. En dos ocasiones oímos a nuestro paso los aullidos de las criaturas invisibles de la selva. El Perezoso apareció un momento, nos miró y desapareció de nuevo. Pero no volvimos a ser atacados. A las puertas del recinto, la comitiva de Monstruos nos abandonó. M'ling también se fue con ellos. Nos encerramos, sacamos al patio interior el cuerpo mutilado de Moreau y lo depositamos sobre un montón de leña.

Luego entramos en el laboratorio y acabamos con todo bicho viviente.