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Ulises.  James Joyce
Capítulo 8. «Lestrigones»
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Crocante de piña, lorza de limón, caramelo. Una chica azúcarviscosa paleteaba cucharadas de helado a un Hermano de las Escuelas Cristianas. Alguna fiesta escolar. Malo para las tripitas. Con licencia para caramelos y confites de Su Majestad el Rey. Dios. Salve. A nuestro. Sentado en el trono chupando tabletas de yuyuba hasta dejarlas blancas. Un joven taciturno de las juventudes Cristianas, atento en medio de los dulces vapores cálidos de la confitería Graham Lemon, le colocó un prospecto en la mano a Mr. Bloom.

Charlas de corazón a corazón.

Blo… ¿Yo? No.

Borbor de la sangre del Cordero.

Sus lentos pies le llevaron hacia el río, leyendo. ¿Estás salvado? Todos están lavados con la sangre del cordero. Dios quiere víctimas de sangre. Nacimiento, himen, mártir, guerra, cimientos de un edificio, sacrificio, ofrenda quemada de riñón, altares de los druidas. Elías vuelve. El Dr. John Alexander Dowie restaurador de la iglesia de Sión vuelve.

¡Vuelve! ¡¡Vuelve!! ¡¡¡Vuelve!!!

Todos son cordialmente bienvenidos.

Juego rentable. Torry y Alexander el año pasado. Poligamia. Su mujer le cerrará el grifo. Dónde estaba aquel anuncio que una compañía de Birmingham el del crucifijo luminoso. Nuestro Salvador. Despierta uno en mitad de la noche y se le ve en la pared, colgado. La idea del fantasma de Pepper. Imprecaron al nazareno con recios insultos.

Seguramente se hace con fósforo. Si dejas un poco de bacalao por ejemplo. Podía ver el color de la plata azulada por encima. La noche que bajé a la despensa de la cocina. No me gustan todos esos olores que hay dentro esperando poder salir atropelladamente. ¿Qué era lo que ella quería? Pasas de Málaga. Se acordaba de España. Antes de que naciera Rudy. La fosforescencia, ese verdoso azulado. Muy buenas para el cerebro.

Desde la esquina de la casa Butler esquina al monumento echó un vistazo al Bachelor's Walk. La hija de Dedalus allá aún ante la sala de subastas de Dillon. Debe de estar liquidando algunos muebles viejos. La reconocí en seguida porque tiene los ojos del padre. Barzoneando mientras le espera. El hogar se desmorona cuando la madre falta. Quince hijos tuvo el hombre. Un nacimiento por año casi. Eso es parte de su teología o el sacerdote no le da a la pobre mujer la confesión, la absolución. Creced y multiplicaos. ¿Se habrá oído alguna vez algo parecido? Comen tanto que no hay pan para tanta boca. Ellos sin embargo no tienen familias que alimentar. Viviendo de lo más pingüe de la tierra. Sus fresqueras y despensas. Me gustaría verles guardando el ayuno penoso del Yom Kippur. Monas de Pascua. Una comida y una colación por miedo a que se desmaye en el altar. Ama de llaves de uno de esos tipos si se la pudiera sonsacar. No se la puede sonsacar nunca. Como sacarle pamé a él. Se las apaña bien. Nada de invitados. Todo para menda. Mirándose el ombligo. Tráigase su pan y vino. Su Reverencia: punto en boca.

Dios Santo, el vestido de esa pobre niña está andrajoso. Desnutrida parece también. Patatas con margarina, marganna con patatas. Es después cuando se resienten. Cuando le ven las orejas al lobo. Arruina la salud.

Apenas había puesto el pie en el puente de O'Connell cuando un bejín de humo empenachó el parapeto. Gabarra de la cervecera con cerveza negra de exportación. Inglaterra. El aire del mar la marea, he oído. Sería interesante algún día conseguir un pase a través de Hancock para ver la cervecera. Un mundo en miniatura. Barricas de cerveza negra maravilloso. Las ratas se meten también. Beben hasta que se les hincha la barriga tanto como un collie flotando. Borrachas como cubas con la cerveza negra. Beben hasta que la vomitan otra vez como machos. ¡Imagínate bebiendo eso! Barrigas: barricas. Bueno, claro que si supiéramos todas las cosas.

Al mirar hacia abajo vio aleteando con fuerza, revoloteando alrededor de los desolados muros del muelle, unas gaviotas. Tiempo borrascoso fuera. ¿Y si me tirara? El hilo de Reuben J. tuvo que tragar una buena panzada de esas aguas residuales. Un chelín y ocho peniques de más. Ummm. Es la manera tan graciosa con la que cuenta las cosas. Sabe contar una historia además.

Revolotearon más bajo. Buscan manduca. Esperad.

Les tiró una bola de papel arrugado. Elías tremtaidós pies por segun vuel. En absoluto. La bola ondeó ignorada en la estela del oleaje, flotó por debajo entre los pilares del puente. No son tan rematadamente tontas. También el día que tiré aquel pastel rancio desde el Erin's King lo recogieron en la estela a cincuenta yardas por la popa. Viven de su ingenio. Revolotearon, aleteando.

La hambrienta y famelica gaviota
aletea sobre aguas de arlota.

Así es como escriben los poetas, los sonidos similares. Y sin embargo Shakespeare no tiene rimas: verso blanco. El fluir del lenguaje es lo que es. Los pensamientos. Solemnes.

Hamlet, soy el alma de tu padre
condenado por un tiempo a vagar a través de la tierra.

–¡Dos manzanas a penique! ¡Dos por un penique!

Su mirada pasó por las glaseadas manzanas alineadas en el puesto. Australianas deben de ser en esta época del año. Piel brillante: las lustra con un trapo o un pañuelo.

Espera. Esos pobres pájaros.

Se detuvo otra vez y le compró a la vieja de las manzanas dos pastelillos de Banbury por un penique y rompió la quebradiza molla y tiró los fragmentos al Liffey. ¿Lo véis? Las gaviotas se abalanzaron silenciosamente, dos, luego todas cada una desde su altura, calando sobre la presa. Ha desaparecido. Hasta el último bocado. Dándose cuenta de su voracidad y astucia se sacudió las migajas polvorosas de las manos. Eso sí que no se lo esperaban. Maná. Se alimentan de peces, carnes de pescado es lo que tienen, todas las aves marinas, gaviotas, colimbos. Los cisnes del Anna Liffey nadan hasta aquí abajo a veces para atildarse con el pico las plumas. Sobre gustos no hay nada escrito. A saber de qué clase es la carne de cisne. Robinsón Crusoe tuvo que alimentarse de ellos.

Dieron vueltas en el aire aleteando débilmente. No voy a tirar nada más. Un penique es suficiente. Por las muchas gracias que recibo. Ni siquiera un graznido. Propagan la fiebre aftosa además. Si cebas un pavo digamos con harina de castañas sabe a eso. Comes cerdo a cerdo. ¿Pero entonces por qué los peces de agua salada no están salados? ¿Por qué es eso?

Sus ojos buscaron respuesta en el río y vieron una barca de remos anclada mecer en el melado oleaje el maderamen emplastado.

Casa Kino
11/– chelines
Pantalones

Buena idea es ésa. Me pregunto si le paga arbitrios a la corporación municipal. ¿Cómo se puede ser propietario del agua en realidad? Siempre fluyendo en el fluir, nunca es la misma, que en el fluir de la vida rastreamos. Porque la vida es un fluir. Cualquier sitio es bueno para un anuncio. Aquel charlatán matasanos de expurgaciones solía estar pegado en todos los urinarios. No se le ve ahora. Reserva absoluta. Dr. Hy Franks. No le costaba una chica como a Maginni el profesor de baile él mismo anunciándose. Se buscó a unos tipos que se los pegaran o los pegaría él mismo si vamos a eso fingiendo entrar a toda prisa a abrirle la jaula al pájaro. Pájaro que escapa. Justo el sitio además. PROHIBIDO FIJAR CARTELES. PROHIBIDO ‘PICHAR CARTEROS. Algún tío con unas buenas abrasándole.

¿Si él … ?

¡Oh!

¿Eh?

No … . No.

No, no. No lo creo. ¿Seguro que no lo haría?

No, no.

Mr. Bloom avanzó, levantando los ojos preocupados. No pienses más en ello. La una pasada. La bola del reloj en la capitanía del puerto abajo. Hora de Dunsink. Un librito fascinante ese de sir Robert Ball. Paralaje. Nunca lo entendí exactamente. Ahí va un sacerdote. Podría preguntarle. Par es griego: paralelo, paralaje. Meten si acaso decía ella hasta que le expliqué lo de la transmigración. ¡Bah! ¡Chorradas!

Mr. Bloom sonrió bah chorradas a dos de las ventanas de capitanía del puerto. Tiene razón ella después de todo. Sólo palabras altisonantes para cosas ordinarias por lo del sonido. No es que digamos que ella sea precisamente ingeniosa. Puede incluso ser grosera. Soltaba lo que yo estaba pensando. Aun así, no sé. Solía decir que Ben Dollard tenía voz de bajete barrilete. Tiene las piernas cortas como barriles y se podría pensar que canta como desde dentro de un barril. No me digan que no es ingenioso. Le solían llamar el gran Big Ben. Ni la mitad de ingenioso que llamarle bajete barrilete. Apetito como el de un albatros. Se zampa un doble solomillo de vaca entero. Tipo con gran capacidad de almacenaje de cerveza Bass. Barril de cerveza Bass. ¿Ves? Todo encaja.

Una procesión de hombres–anuncio blancoemblusados desfilaba lentamente hacia él junto a la alcantarilla, con bandas escarlatas cruzándoles los tablones. Gangas. Como aquel sacerdote son ellos el de esta mañana: hemos pecado: hemos sufrido. Leyó las letras escarlatas en las cinco chisteras blancas: H.E.L.Y.S. Imprenta y papelería Wisdom Hely's. La Y que se había quedado atrás sacó un buen trozo de pan de debajo del tablón delantero, se atiborró la boca con él y masticó a la par que caminaba. Nuestra dieta básica. Tres chelines al día, por andar por las alcantarillas, calle tras calle. Lo justo para mantenerse en pie, pan y sopa boba. No son de Boyl: no, hombres de M'Glade. No atrae a la clientela además. Le sugerí un carro–escaparate transparente con dos chicas atractivas sentadas dentro escribiendo cartas, cuademos, sobres, papelsecante. Me apuesto que eso habría atrapado la atención. Chicas atractivas que escriben algo atraen las miradas de inmediato. Todo el mundo muriéndose por saber qué estará escribiendo. Se te paran veinte alrededor si té pones a mirar fijo al vacío. Meter las narices en el asunto. Las mujeres también. Curiosidad. Estatua de sal. No lo aceptó claro está porque no se le ocurrió a él primero. O el tintero que sugerí con una falsa mancha de celuloide negro. Sus ideas de anuncios como el pote Ciruelo debajo de las esquelas, sección de fiambres. No están chupados. ¿El qué? Nuestros sobres. Hola, Jones ¿dónde vas? No me puedo detener, Robinson, voy corriendo a adquirir Kansell el único borratinta de confianza, que lo venden en Hely S. A., Dame Street, 85. Menos mal que estoy fuera de ese follón, sí señor. Tarea endemoniada la de conseguir cobrar en aquellos conventos. Convento Tranquilla. Aquélla sí que era una monja agradable, con aquella cara tan dulce. El griñón le sentaba bien en la cabecita. ¿Hermana? ¿Hermana? Seguro que tuvo un desengaño amoroso se veía en sus ojos. Dificil hacer negocios con esa clase de mujer. La interrumpí en sus devociones aquella mañana. Pero tan contenta de comunicarse con el mundo exterior. Nuestro gran día, dijo ella. Fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Dulce nombre además: caramelo. Ella sabía que yo, creo que lo sabía por la manera en que. Si se hubiera casado habría sido distinta. Supongo que era verdad que andaban mal de dinero. Lo freían todo con la mejor mantequilla de todos modos. Nada de manteca para ellas. Tengo el corazón hecho polvo de comer pringue. Les gusta darse aires por dentro y por fuera. Molly probándola, con el velo hacia atrás. ¿Hermana? Pat Claffey, la hija del prestamista. Fue una monja dicen la que inventó el alambre de espino.

Cruzó Westmoreland Street cuando el apóstrofo S hubo pasado con penoso caminar. La tienda de bicicletas Rover. Las carreras son hoy. ¿Cuánto tiempo hace de eso? El año en que Phil Gilligan murió. Vivíamos en Lombard Street West. Espera: estaba en Thom. Conseguí el empleo en Wisdom Hely el año en que nos casamos. Seis años. Hace diez años: en el noventa y cuatro murió sí justo el gran incendio en Amott. Val Dillon era el alcalde. La cena de Glencree. El edil Robert O'Reilly que se echó el oporto en la sopa antes de que bajaran la bandera. Bertínbertito relamiéndose de honorable gusto. Ni se oía lo que tocaba la banda. Por lo que acabamos de recibir que el Señor nos haga. Milly era una criaturita entonces. Molly tenía aquel vestido griselefante con alamares. Traje sastre con botones forrados. No le gustaba porque me torcí el tobillo el día en que lo estrenó la merienda del coro en el Pandeazúcar. Como si aquello. El sombrero de copa del viejo Goodwin arreglado con una cosa pegajosa. Merienda para moscas también. Nunca más se ha puesto otro vestido como aquél. Le quedaba como anillo al dedo, hombros y caderas. Empezaba a estar bien oronda. Empanada de conejo comimos aquel día. La gente sin quitarle ojo.

Feliz. Más feliz entonces. Cuartito acogedor era aquél empapelado de rojo. De Dockrell, un chelín y nueve peniques la docena. La noche que le tocaba baño a Milly. Jabón americano compré: flor de saúco. Cosa especial el olor del agua de su baño. Qué graciosa estaba toda enjabonada. Bien proporcionada además. Ahora fotografía. El estudio de daguerrotipo del pobre papá del que me habló. Gusto heredado.

Camino siguiendo el bordillo.

El fluir de la vida. ¿Cómo se llamaba aquel tipo con pinta de cura que siempre miraba de reojo hacia su lado cuando pasaba? Ojos débiles, mujer. Paraba en casa de Citron Saint Kevin's Parade. Pen algo. ¿Pendennis? La memoria me está. ¿Pen … ? Claro que fue hace años. El ruido de los tranvías probablemente. Bueno, si él no se acordaba del nombre del capataz al que ve todos los días.

Bartell d'Arcy era el tenor, empezaba a ser conocido entonces. La acompañaba a casa después de los ensayos. Sujeto más engreído con las guías del bigote engomadas. Le dio aquella canción Vientos que soplan del sur.

Noche de ventoleras aquella que fui a recogerla tenía lugar una reunión de la logia por lo de los billetes de lotería después del concierto de Goodwin en el salón de banquetes o en el saloncito de roble de la mansión del alcalde. Él y yo detrás. Una hoja de la partitura se me voló de las manos contra los barrotes de la verja del instituto. Suerte que no. Una cosa así le estropea la noche a ella. El profesor Goodwin cogiéndola del brazo delante. De remos temblorosos, viejo borrachín. Sus últimos conciertos. Desde luego su última aparición en un escenario. Puede que durante meses o puede que nunca. La recuerdo riendo al viento, el sobrecuello del abrigo subido. En la esquina de Harcourt Road recuerdo aquella ráfaga. ¡Brrfu! Le subió las faldas y el boa casi sofoca al viejo Goodwin. Sí que se arrebolaba con el viento. Recuerdo cuando llegamos a casa atizando el fuego y friendo aquellos trozos de falda de cordero para su cena con la salsa Chutney que tanto le gustaba. Y el ron calentito con especias. La veía en el dormitorio desde el fogón desabrochándose la almilla del corsé: blanco.

Chasquido y suave plof hizo el corsé en la cama. Siempre caliente de ella. Siempre le gustaba quedarse suelta. Sentada allí después hasta cerca de las dos quitándose las horquillas. Milly arropadita en su camitita. Feliz. Feliz. Aquélla fue la noche … ..

–Hola, Mr. Bloom ¿cómo está usted?

–Hola ¿cómo está usted, Mrs. Breen?

–Para qué quejarse. ¿Cómo le va a Molly ahora? No la veo desde hace siglos.

–Estupenda, dijo Mr. Bloom alegremente. Milly tiene un trabajo en Mullingar ¿sabe?

–¡Ande usted! ¿No es extraordinario?

–Sí. Con un fotógrafo de allí. Va viento en popa. ¿Cómo están todos sus retoños?

–Con buenas ganas de comer, dijo Mrs. Breen.

¿Cuántos tiene? Ningún otro a la vista.

–Va usted de negro, por lo que veo. ¿No habrá habido ninguna … ?

–No, dijo Mr. Bloom. Vengo de un entierro.

Me lo van a estar sacando todo el día, lo presiento. ¿Quién ha muerto, cuándo y de qué? Vuelve a aparecer como moneda falsa.

–Vaya por Dios, dijo Mrs. Breen. Espero que no fuera un pariente cercano.

Lo mismo me acompaña en el sentimiento.

–Dignam, dijo Mr. Bloom. Un antiguo amigo mío. Murió repentinamente, pobre hombre. Del corazón, creo. El entierro fue esta mañana.

Tu entierro es mañana
cuando pases por el centeno.
Tranlarintranlarín tantán
Tranlarintranlarín…

–Triste perder antiguos amigos, dijeron los ojosdemujer de Mrs. Breen melancólicamente.

Bueno ya está bien de todo eso. Ahora: discretamente: el marido.

–¿Y su amo y señor?

Mrs. Breen alzó dos grandes ojos. No los ha perdido, aún los tiene de todas formas.

–¡Ay, no me diga! dijo. Es un bicho de cuidado. Ahí anda ahora con sus mamotretos de leyes buscando la legislación sobre difamación. Me va a matar de un disgusto. Espere que le enseñe.

Emanaciones calientes de cabeza de temera aderezada y el vaho de rollitos de hojaldre con mermelada recién homeados salieron en torrente de la pastelería Harrison. El efluvio pesado de mediodía le cosquilleó a Mr. Bloom en el gaznate. Si se quiere hacer buenos pasteles, mantequilla, harina de la mejor, azúcar cande, o se notará con el té caliente. ¿O viene de ella? Un pilluelo descalzo de pie sobre la rejilla aspiraba los vapores. Mata el gusanillo del hambre de esa manera. ¿Es placer o dolor? Comida de a penique. Cuchillo y tenedor encadenados a la mesa.

Abre el bolso, cuero cuarteado. Alfiler de sombrero: deberían llevar una contera en esas cosas. Le pueden saltar un ojo a alguien en el tranvía. Rebuscando. Abierto. Dinero. Por favor coja uno. Al demonio si pierde una sola moneda de seispeniques. Arman la de Dios. El marido hecho un energúmeno. ¿Dónde están los diez chelines que te di el lunes? ¿No estarás alimentando a la familia de tu hermanito? Pañuelo sucio: frasco de medicamento. Pastilla fue lo que cayó. ¿Qué está… ?

–Debe de haber luna nueva, dijo. Suele estar mal entonces. ¿Sabe usted lo que hizo anoche?

La mano dejó de rebuscar. Los ojos se clavaron en él, abiertos con alarma, sin embargo sonrientes.

–¿Qué? preguntó Mr. Bloom.

Déjala hablar. Mírala fijo a los ojos. Yo le creo. Confle en mí.

–Me despertó a media noche, dijo. Un sueño que había tenido, una pesadilla.

Indigesti.

–Decía que el as de espadas subía por las escaleras.

–¡El as de espadas! dijo Mr. Bloom.

Sacó una tarjeta postal doblada del bolso.

–Lea eso, dijo. La recibió esta mañana.

–¿Qué es esto? preguntó Mr. Bloom, cogiendo la tarjeta. ¿QT.C.?

–Q.T.C.: colgado, dijo ella. Alguien que la ha tomado con él. Muy poca vergüenza tiene el que sea.

–Desde luego que sí, dijo Mr. Bloom.

Cogió la tarjeta de nuevo, suspirando.

–Y ahora va a ir al despacho de Mr. Menton. Va a entablar un pleito por diez mil libras, dice.

Metió la tarjeta en el bolso revuelto y lo cerró con un chas seco.

El mismo vestido azul de estameña que tenía hace dos años, la lanilla decolorándose. Quedan atrás sus mejores días. Cabello a mechones por encima de las orejas. Y ese tocado sin gracia: tres uvas viejas para disimular. Indigencia elegante. Solía tener buen gusto vistiendo. Arrugas alrededor de la boca. Sólo un año o por ahí mayor que Molly.

Mira la ojeada que le ha echado esa mujer, al pasar. Cruel. El sexo ingrácil.

Siguió mirándola, refrenando tras la mirada su descontento. Desabrida sopa al curry cabeza de ternera rabo de buey. Yo tengo hambre también. Migas de pastel en el escudete del vestido: restos de harina azucarada pegada a la mejilla. Tarta de ruibarbo con generoso relleno, interior de fruta dulzona. Josie Powell era ella. En casa de Luke Doyle hace mucho tiempo. Dolphn's Barn, las charadas. Q.T.C.: colgado.

Cambiemos de tema.

–¿Ve usted alguna vez a Mrs. Beaufoy? preguntó Mr. Bloom.

–¿Mina Purefoy? dijo ella.

En Philip Beaufoy estaba pensando. Club de Amigos del Teatro. Matcham piensa a menudo en el golpe magistral. ¿Tiré de la cadena? Sí. El último acto.

–Sí.

–Acabo de acercarme en el camino de vuelta a ver si ya lo había tenido. Está en el hospital de parturientas de Holles Street. El Dr. Home le consiguió una cama. Lleva ya tres días con dolores.

–Vaya, dijo Mr. Bloom. Cuánto lo siento.

–Sí, dijo Mrs. Breen. Y una casa llena de críos esperándola. Es un parto muy dificil, me dijo la enfermera.

–Vaya, dijo Mr. Bloom.

Su grave mirada compasiva absorbió la noticia. La lengua chascó con compasión. ¡Dcs! ¡Dcs!

–Cuánto lo siento, dijo. ¡Pobre mujer! ¡Tres días! Es terrible.

Mrs. Breen asintió.

–La ingresaron con dolores el martes …

Mr. Bloom le tocó el hueso de la risa delicadamente, advirtiéndola:

–¡Cuidado! Deje pasar a este hombre.

Una figura huesuda caminaba a zancadas a lo largo del bordillo desde el río mirando fijamente absorto la luz del sol a través de un cristal sujeto a un cordón grueso. Apretado como una capelina un sombrerete se le aferraba a la cabeza. Del brazo un guardapolvo doblado, un bastón y un paraguas se movían colgando tras su zancada.

–Mírelo, dijo Mr. Bloom. Siempre anda por fuera de las farolas. ¡Mire!

–¿Quien es si me permite la pregunta? indagó Mrs. Breen. ¿Está chiflado?

–Se llama Cashel Boyle O'Connor Fitzmaunce Tisdall Farrell, dijo Mr. Bloom sonriendo. ¡Mire!

–No se quejará por falta de nombres, dijo ella. Denis estará así un día de estos.

Se interrumpió repentinamente.

–Ahí está, dijo. Tengo que ir por él. Adiós. Déle recuerdos a Molly de mi parte, no lo olvide.

–Lo haré, dijo Mr. Bloom.

Se quedó mirándola cómo se escabullía por entre los viandantes en dirección al frontal de las tiendas. Denis Breen con raquítica levita y zapatos de lona azul salía arrastrando los pies de casa Harrison apretujando dos pesados tomos contra las costillas. Como suspiro que el viento se lleva. Así era en los viejos tiempos. Aguantó que le alcanzara sin sorprenderse y dirigió la barba gris apagada hacia ella, la mandíbula floja meneándose al ponerse a hablar engoladamente.

Meshuggah. Mal de la cocorota.

Mr. Bloom prosiguió tranquilamente, avistando por delante de él entre la luz del sol la apretada capelina, el bastónparaguasguardapolvo colgante. Tan chulo él. ¡Míralo! Ahí sale otra vez. Una forma de salir para delante. Y ese otro peludo pánfilo lunático con esa facha. Mal se lo tiene que estar haciendo pasar a ella.

QT.C.: colgado. Juraría que ése ha sido Alf Bergan o Richie Goulding. Lo escribió de guasa en la taberna Scotch me apostaría lo que fuera. Una vuelta por el despacho de Menton. Los ojos como ostras clavados en la tarjeta. Merienda de negros.

Pasó por delante del Irish Times. Puede haber otras respuestas esperando ahí dentro. Me gustaría contestar a todas. Buen sistema para criminales. Código. Almorzando ahora. El oficinista ese de las gafas no me conoce. Bah, déjalas ahí que críen. Ya es bastante atreverse con cuarentaicuatro de ellas. Se busca, señorita mecanógrafa dispuesta para ayudar a caballero en actividades literarias. Te llamé cariño travieso porque no me gusta ese otro mudo. Por favor dime qué quiere decir. Por favor dime qué perfume tu mujer. Dime quien hizo el mundo. La forma en que te saltan con esas preguntas. Y la otra Lizzie Twigg. Mi obra literaria ha tenido la suerte de recibir la aprobación del eminente poeta A. E. (Mr. Geo. Russell). No tiene tiempo de arreglarse el pelo tanto beber té aguado con un libro de poesía.

El mejor periódico con mucho para anuncios breves. Ha abarcado las provincias ahora. Cocinera y ama de llaves, cuisine excelente, hay muchacha interna. Se busca hombre dinámico para barra. Chica respetable (católica) desearía conseguir trabajo en frutería o tocinería. James Carlisle lo consiguió. Seis y medio por ciento de dividendos. Consiguió un gran negocio con las acciones de Coates. Con pies de plomo. Astuto y avaro escocés. Pelotilleras todas las noticias. Nuestra graciosa y popular virreina. Han comprado el Irish Field ahora. Lady Mountcashel totalmente recuperada de su sobreparto salió ayer a caballo con los perros de caza de la Ward Union en la caza del zorro de Rathoath. Zorro incomible. Furtivos además. El miedo inyecta jugos que lo hacen suficientemente tierno para ellos. Cabalga a horcajadas. Monta su caballo como un hombre. Cazadora en caballo poderoso. Nada de jamugas ni de grupera para ella, ni pensarlo. Primera en la partida y presente en la matanza. Fuertes como yeguas de cría algunas de esas mujeres amazonas. Se pavonean por las caballerizas. Apuran una copa de brandy de un trago en un abrir y cerrar de ojos. La del Grosvenor esta mañana. Arriba con ella al coche: chischás. Ante muro de piedra o valla de cinco palos mete piernas a su montura. Creo que aquel conductor chato lo hizo a mala idea. ¿A quién se parecía ella? ¡Ah sí! A Mrs. Miriam Dandrade que me vendió sus viejos abrigos y ropa interior negra en el hotel Shelbourne. Divorciada de un hispanoamericano. Ni pestañeó porque yo los toqueteara. Como si yo fuera su tendedero. La vi en la fiesta del virrey cuando Stubbs el guardabosques me coló junto con Whelan el del Express. Recogiendo lo que desechaba la gente de categoría. Cena fría. La mayonesa que le eché a las ciruelas creyendo que era natillas. Los oídos debieron estarle zumbando durante semanas. Hay que ser un toro con ella. Cortesana de nacimiento. Nada de ocuparse de niños para ella, no gracias.

¡Pobre Mrs. Purefoy! Consorte metodista. Cordura en su locura. Almuerzo con bollo de azafrán y combinado de leche con soda en la granja escuela. Juventudes Cristianas. Comen con un cronómetro, treintaidós masticaciones por minuto. Y encima le crecían las chuletas. Se supone que está bien relacionado. Primo de Theodore el del Castillo de Dublín. Siempre hay un tonto en la familia. Y todos los años el mismo regalito. Lo vi delante del Three Jolly Topers desfilando sin sombrero y su chico mayor llevaba uno en una bolsa de la compra. Meones. ¡Pobrecilla! Luego teniendo que dar el pecho año tras año a cualquier hora de la noche. Egoístas que son esos de la liga antialcohol. Perro del hortelano. Sólo un terrón de azúcar en mi té, por favor.

Se encontraba en el cruce de Fleet Street. Descanso para el almuerzo. ¿Uno de seis peniques en casa Rowe? Tengo que buscar ese anuncio en la biblioteca nacional. Uno de ocho peniques en el Burton. Mejor. De paso.

Siguió andando dejando atrás casa Bolton en Westmoreland. Té. Té. Té. Me olvidé de darle un toque a Tom Kernan.

Sss. ¡Des, des, des! Tres días imagínate quejándose en la cama con un pañuelo empapado en vinagre en la frente, el vientre inflado. ¡Fu! ¡Horrendo simplemente! La cabeza del niño demasiado grande: fórceps. Doblado dentro de ella intentando abrirse camino al exterior a ciegas topetando con la cabeza, tentando el camino al exterior. A mí me mataría eso. Suerte que Molly despachó los suyos fácilmente. Deberían inventar algo para poner fin a eso. La vida con parto forzado. La idea del sueño crepuscular: a la reina Victoria le dieron eso. Nueve tuvo. Buena ponedora. La vieja que vivía en un zapato tuvo tantos hijos que. Supongamos que fuera tuberculoso. Es hora de que alguien piense en ello en vez de tanto cascar sobre qué pudo ser el pecho meditabundo de la plateada efulgencia. Naderías para mentes necias. No sería dificil tener grandes instituciones solucionar todo el asunto sin dolor de todos esos impuestos darle a cada recién nacido cinco libras a interés compuesto hasta los veintiuno cinco por ciento serían cien chelines y las dichosas cinco libras multiplicar por veinte sistema decimal animarían a la gente a guardar dinero ahorrarían ciento diez y un poco más en veintiún años tengo que hacer las cuentas sobre el papel vendría a ser una buena suma más de lo que se piensa.

No a los mortinatos claro está. Esos no están ni registrados. Trabajo en balde.

Gracioso espectáculo el de ellas dos juntas, con los vientres para fuera. Molly y Mrs. Moisel. Reunión de madres. La tisis se aleja durante ese tiempo, luego vuelve. Lo lisas que parecen de repente después. Ojos en paz. Un peso quitado de encima. La vieja Mrs. Thornton era un alma de Dios. Todos mis niños, decía. La cuchara de papilla en su boca antes de darles de comer. Ummm, qué rico está. Le aplastó la mano el hijo de Tom Wall. Su primer saludo al público. La cabeza como una calabaza de concurso. El cascarrabias del Dr. Murren. La gente llamándolos a todas horas. Por Dios, doctor. La mujer está con los dolores. Luego les hacen esperar meses para sus honorarios. Por asistencias a su mujer. Qué ingrata la gente. Médicos humanitarios, la mayoría.

Ante el enorme portalón del edificio del parlamento irlandés una bandada de palomos volaba. Holgorio después de las comidas. ¿Encima de quién lo hacemos? Yo escodo a ese tipo de negro. Ahí va. Allá va la buena suerte. Debe de hacer ilusión desde el aire. Apjohn, yo y Owen Goldberg encaramados a los árboles cerca de Goose Green haciendo el mono. El Caballa me llamaban.

Una patrulla de guardias salió de College Street, desfilando en fila india. Paso de la oca. Caras acaloradas de comer, cascos sudorosos, acariciando las porras. Después del rancho con una buena carga de sopa espesa bajo los cinturones. La suerte del policía es a menudo afortunada. Se separaron en grupos y se dispersaron, saludando, hacia sus rondas. Los han soltado a pastar. El mejor momento para atacar a uno en los postres. Un puñetazo en la comida. Una patrulla de otros, desfilando irregularmente, rodeó la verja del Trinity camino de la comisaría. Rumbo al comedero. Listos para enfrentarse a la caballería. Listos para enfrentarse a la sopa. Cruzó bajo el pícaro dedo de Tommy Moore. Hicieron bien al ponerlo en los urinarios: confluencia de aguas. Debería haber lugares para las mujeres. Entran corriendo en una pastelería. Voy a colocarme bien el sombrero. No hay en todo este ancho mundo un vaalle. Canción formidable la de Julia Morkan. Conservó la voz hasta el final. Discípula de Michael Balfe ¿no fue así?

Siguió con la mirada fija la última casaca de paño. Se las tienen que ver con clientes peligrosos. Jack Power podría más de una historia contar: el padre uno de la pasma. Si un fulano les da guerra cuando le echan el guante le dan de lo lindo en la trena. No se les puede culpar después de todo con el trabajo que tienen especialmente con los galochines. Aquel policía a caballo el día en que le dieron a Joe Chamberlain el título en Trinity ése sí que dio leña. ¡Palabra que sí! Los cascos del caballo chacoloteando detrás nuestro por Abbey Street abajo. Suerte que tuve la sangre fría de meterme en la taberna Manning o hubiera ido aviado. Sí que venía zurrando, caray. Se tuvo que haber roto la crisma en el adoquinado. No debí haberme dejado llevar por aquellos medicinantes. Y los novatos del Trinity con los birretes. Buscando pelea. Aun así conocí a aquel joven Dixon que me trató la picadura en el Mater y ahora está en Holles Street donde Mrs. Purefoy. Engranaje complicado. El silbato de la policía aún en los oídos. Todos se largaron. Por qué la tomó conmigo. Bajo arresto. Justo aquí mismo empezó todo.

–¡Vivan los bóers!

–¡Tres hurras por De Wet!

–Colgaremos a Joe Chamberlain del palo mayor.

Como cabras: partida de cachorros voceando hasta desgañitarse. Vinegar Hill. La banda de los Lecheros. En unos cuantos años la mitad de ellos magistrados y funcionarios. Llega la guerra: al ejército pitando: los mismos que solían. Aunque sea en lo alto del patíbulo.

Nunca se sabe con quién estás hablando. A ese Kelleher Copetón el espía le sale por la cara. Como aquel Peter o Denis o james Carey que dio el chivatazo sobre los invencibles. Miembro de la corporación municipal además. Instando a jovencitos imberbes a hurgar en busca de cualquier información siempre en la nómina del servicio secreto del Castillo. Lo dejaron en la estacada. Por eso los policías de paisano siempre andan rondando a las tatas. Fácilmente se huele a un hombre acostumbrado a uniformes. Pelando la pava en el portal de atrás. Achucharla un poco. Luego lo que caiga. ¿Y quién es el caballero que hace las visitas? ¿Decía algo el señorito? Tom el fisgón. Cimbel. Joven estudiante ardiente tonteando alrededor de sus gordos brazos que planchan.

–Son tuyas, Mary?

–Yo no me pongo esas cosas … .. Quieto o se lo digo a la señora. Por ahí toda la noche.

–Se acercan tiempos magníficos, Mary. Ya verás.

–A la porra con sus tiempos magníficos.

Camareras también. Estanqueras.

La idea de James Stephen fue la mejor. Él los conocía. Círculos de diez para que nadie pudiera chivarse más que de su propio grupo. Sinn Fein. Si abandonas te apuñalan. Mano secreta. Te quedas. El pelotón de fusilamiento. La hija del carcelero lo sacó de Richmond, partió desde Lusk. Hospedándose en el hotel Buckingham Palace en sus propias narices. Garibaldi.

Se debe tener una fascinación especial: Parnell. Arthur Griffith es un hombre honrado pero no tiene encanto para las masas. Ni labia para alabar nuestra hermosa tierra. Charlatanería. Salón de té de la Compañía Panificadora de Dublín. Asociaciones de debates. Que el republicanismo es la mejor forma de gobierno. Que la cuestión de la lengua debiera preceder a la cuestión económica. Hagan que sus hijas los engatusen hasta casa. Atibórrenlos de comer y beber. El ganso por San Miguel. Aquí tiene un buen trozo de relleno al tomillo bajo la pechuga. Tome otro cucharón de grasa de ganso antes de que se enfile. Entusiastas a medio comer. Un bollo de a penique y de paseo con la banda. No hay perdón para el trinchador. Pensar que es otro el que paga hace la salsa la mejor del mundo. Se instalan como si estuvieran en casa. A ver esos albaricoques, queriendo decir melocotones. Ese día no tan lejano. Sol de autonomía elevándose por el noroeste.

La sonrisa se le borró mientras caminaba, una nube plomiza cubrió el sol lentamente, sombreando el arrogante frontispicio del Trinity. Tranvías que se cruzan en todas direcciones, para el centro, para las afueras, tañendo. Palabras inútiles. Las cosas siguen igual, día tras día: patrullas de policía salen, vuelven: tranvías entran, salen. Esos dos majaretas haraganeando. Dignam con los pies por delante. Mina Purefoy vientre inflado en una cama quedándose para que le saquen el niño a tirones. Uno que nace cada segundo en algún sitio. Otro que muere cada segundo. Desde que les eché de comer a los pájaros cinco minutos. Trescientos han estirado la pata. Otros trescientos nacidos, lavándoles la sangre, todos están lavados con la sangre del cordero, berreando maaaaaa.

Ciudad entera que muere, otra ciudad entera que llega, muere también: otra que aparece, que acaba. Casas, filas de casas, calles, millas de pavimento, ladrillos apilados, piedras. Cambian de mano. Este propietario, ése. El dueño nunca muere dicen. Otro se mete en su pellejo cuando a él le llega el desahucio. Compran el sitio con oro y aún siguen teniendo todo el oro. Timo en alguna parte. Apiladas en ciudades, desgastadas siglo tras siglo. Pirámides en la arena. Construidas a costa de pan y cebollas. Muralla china de esclavos. Babilonia. Grandes piedras que permanecen. Torres circulares. El resto ruinas, barrios que se extienden, chapuzas. Casascolmena de Kerwan construcciones de papel. Cobertizo, para la noche.

Nadie vale nada.

Ésta es la peor hora del día. Vitalidad. Apagado, tristón: odio esta hora. Siento como si me hubieran comido y vomitado.

Casa del rector. El reverendo Dr. Salmon: salmón en conserva. Bien conservado ahí dentro. Como una capilla mortuoria. No viviría ahí por nada del mundo. Espero que tengan hígado con panceta hoy. La naturaleza aborrece el vacío.

El sol se liberó lentamente y encendió chispas de luz en la plata del escaparate de enfrente de Walter Sexton por donde pasaba John Howard Pamell, sin ver.

Ahí va: el hermano. La viva estampa de él. Cara inolvidable. Y eso sí que es una coincidencia. Claro que cientos de veces piensas en una persona y no te la encuentras. Como alguien andando en sueños. Nadie le conoce. Debe de haber una reunión de la corporación municipal hoy. Dicen que nunca se ha puesto el uniforme de oficial del ayuntamiento desde que le dieron el cargo. Charley Kavanagh solía salir todo empingorotado, sombrero de tres picos, hinchado, empolvado y afeitado. Mira qué andares de alma en pena lleva. Debe de andar flojo de tripas. Fantasma con ojos escalfados. Tengo una pena. El hermano del gran hombre: el hermano de su hermano. Tendría buena planta en el alfana de la ciudad. Se deja caer por la C. P. D. probablemente para tomar café, jugar al ajedrez allí. Su hermano utilizaba a los hombres como peones. Que los parta un rayo. Miedo de hacer ningún comentario sobre él. Los hiela con esa mirada que tiene. Esa es la fascinación: el nombre. Todos un poco tocados. Fanny la loca y la otra hermana de él Mrs. Dickinson en carruaje por ahí con arreos escarlata. Bien erguido como el cirujano M'Ardle. Aun así David Sheehy le ganó la partida electoral por South Meath. Solicitar los Chiltem Hundreds, dejar el parlamento y te retiras a la función pública. El banquete del patriota. Comiendo cáscaras de naranjas en el parque. Simon Dedalus dijo cuando lo metieron en el parlamento que Pamell tomaría de la sepultura y lo sacaría de la cámara de los comunes por el brazo.

–Del pulpo bicéfalo, una de cuyas cabezas es la cabeza en la que los extremos del mundo han olvidado encontrarse mientras que la otra habla con acento escocés. Los tentáculos … .

Desde atrás tomaron la delantera a Mr. Bloom por el bordillo. Barba y bicicleta. Jovencita.

Y por ahí va también él. Pues eso sí que es una verdadera coincidencia: por segunda vez. Acontecimientos que derraman sus sombras antes. Con el consentimiento del eminente poeta, Mr. Geo. Russell. Ésa puede ser Lizzie Twigg con él. A. E.: ¿qué quiere decir eso? Iniciales quizá. Albert Edward, Arthur Edmund, Alphonsus Eb Ed El "Esquire". ¿Qué decía él? Los extremos del mundo con acento escocés. Tentáculos: pulpo. Algo oculto: simbolismo. Él disertando pomposamente. Ella empapándoselo todo. No dice ni palabra. Para ayudar a caballero en actividades literarias.

Sus ojos siguieron a la figura encumbrada vestida con tosco traje, barba y bicicleta, una mujer escuchando a su lado. Vienen del restaurante vegetariano. Sólo hierbajos y fruta. No te comas un bistec. Si te lo comes los ojos de la vaca te perseguirán por toda la eternidad. Dicen que es más sano. Acuosoflatoso sin embargo. Lo tengo probado. Te tiene corriendo todo el día. Tan malo como cagalera de vaca. Sueños toda la noche. ¿Por qué llamarán a esa cosa que me dieron filete de nuez? Nuezananos. Frutananos. Para que te hagas la idea de que te comes un filete de lomo. Absurdo. Salado además. Cocinan con bicarbonato. Te tiene de imaginaria toda la noche.

Lleva las medias flojas por los tobillos. Detesto eso: tan falto de gusto. Esas gentes literarias etéreas que son todas ellas. Soñadores, en las nubes, simbolísticos. Estetas es lo que son. No me sorprendería que fuera ese tipo de comida ya ves que produce las como olas del cerebro lo poético. Por ejemplo a uno de esos policías sudando cocido irlandés a través de las camisas no se le podría sacar ni un solo verso. No saben ni lo que es poesía siquiera. Hay que tener una cierta disposición.

En las nubes la soñadora gaviota

ondea sobre aguas de arlota.

Cruzó por la esquina de Nassau Street y se paró delante del escaparate de Yeates e Hijo, calculando el precio de los prismáticos. ¿O me dejo caer por donde el viejo Harris y charlo con el joven Sinclair? Tipo educado. Seguramente almorzando. Tengo que llevar mis viejos prismáticos a arreglar. Lentes Goerz seis guineas. Los alemanes abriéndose camino por todas partes. Venden con facilidades para atrapar el mercado. Malvendiendo. Podría con suerte encontrar un par en la oficina de objetos perdidos de los ferrocarriles. Asombroso las cosas que la gente se olvida en los trenes y en consigna. ¿En qué estarán pensando? Las mujeres también. Increíble. El año pasado en el viaje a Ennis tuve que recoger el bolso de la hija de aquel granjero y dárselo en el empalme de Limenck. Dinero sin reclamar también. Hay un pequeño reloj allá arriba en el tejado del banco para probar esos prismáticos.

Los párpados bajaron hasta los bordes inferiores de los iris. No lo veo. Si imaginas que está allí casi lo ves. No lo veo. Dio media vuelta y, de pie bajo los toldos, alargó la mano derecha con todo el brazo extendido hacia el sol. He querido probar eso a menudo. Sí: completamente. La punta del dedo meñique tapó el disco solar. Debe de ser el foco donde se cruzan los rayos. Si tuviera unos cristales negros. Interesante. Se hablaba mucho de esas manchas solares cuando estábamos en Lombard Street West. Mirando al cielo en el jardín de atrás. Son explosiones tremendas. Habrá un eclipse total este año: algún día del otoño.

Ahora que lo pienso esa bola cae a la hora de Greenwich. Es porque el reloj funciona por un cable eléctrico desde Dunsink. Tengo que ir allí algún primer sábado de mes. Si pudiera conseguir una carta de presentación para el profesor Joly o averiguar algo sobre su familia. Eso sería suficiente para: uno siempre se siente cumplimentado. Lisonja donde menos se lo espera uno. Noble orgulloso de descender de la amante de un rey. Su antepasada. Halaga a base de bien. Sumisión y acatamiento valen por ciento. No ir y descolgarse con lo que sabes que no debieras: ¿qué es paralaje? Acompañe a este caballero a la puerta.

Ah.

La mano bajó a su costado otra vez.

Nunca se sabe nada de eso. Pérdida de tiempo. Bolas de gas que giran, se cruzan unas con otras, avanzan. El mismo sonsonete de siempre. Gas: luego sólido: luego mundo: luego frío: luego concha muerta a la deriva, crocante helado, como ese crocante de piña. La luna. Debe de haber luna nueva, dijo ella. Creo que sí.

Siguió por delante de la maison Claire.

Espera. Luna llena fue la noche que estábamos el domingo hace quince días exactamente hay luna nueva. Bajando a pie a lo largo del Tolka. No estuvo mal para ser luna de Fairview. Ella tarareaba. La luna nueva de mayo radiante, amor. Él al otro lado de ella. Codo, brazo. Él. La la–ámpara de la luciérnaga reluciente, amor. Roce. Dedos. Preguntando. Respuesta. Sí.

Para. Para. Lo que fue fue. Tengo que.

Mr. Bloom, la respiración acelerada, andando más lentamente dejó atrás Adam Court.

Con un ca tranquilo estáte tranquilo alivio los ojos tomaron nota ésta es la calle aquí al mediodía de los hombros caídos de Bob Doran. En una de sus rondas anuales, dijo M'Coy. Beben para poder decir o hacer algo o cherchez lafemme. Allá arriba en el Coombe con arrapiezos y las que hacen la calle y luego el resto del año sobrio como un juez.

Sí. Me lo imaginaba. Escabulléndose por el Empire. Se fue. Agua de seltz sola le vendría bien. Donde Pat Kinsella tenía el Harp Theatre antes de que Whitbred regentara el Queen. Un bendito. El numerito de Dion Boucicault con su cara de lunallena y con diminuta gorra de mujer. Tres muchachas monas de la escuela. Cómo pasa el tiempo ¿eh? Enseñando unos pantalones rojos largos bajo las faldas. Bebedores, bebiendo, reían espurreando, aventando bebidas. Más Power y salud, Pat. Rojo chillón: alegría para borrachos: carcajada y humo. Quítate ese sombrero blanco. Sus ojos arrebatados. ¿Dónde está ahora? De mendigo por algún lugar. El arpa que en otros tiempos nos mató de hambre a todos.

Yo era más feliz entonces. ¿O era ése yo? ¿O soy yo ahora yo? Veintiocho años tenía. Ella veintitrés. Cuando nos fuimos de Lombard Street West algo cambió. El hacerlo ya no fue lo mismo después de lo de Rudy. No se puede volver atrás en el tiempo. Como agarrar el agua con la mano. ¿Volverías atrás a aquel entonces? Estaba empezando entonces. ¿Volverías? ¿No eres feliz en tu casa pobre diablillo? Quiere coserme los botones. Tengo que contestar. La escribiré en la biblioteca.

Grafton Street vistosa con sus toldos empotrados le cautivó los sentidos. Muselinas estampadas, damas ensedadas y viudas de la nobleza, tintineo de arreos, ruido sordo de cascos en la abrasante calzada. Pies gruesos que tiene esa mujer de las medias blancas. Ojalá que la lluvia se las empuerque todas. Paleta pueblerina. Todas las elegantes patigordas estaban aquí. Siempre las hace a las mujeres torpes de andares. Molly parece que empieza a ponerse oronda.

Dejó atrás, entreteniéndose, los escaparates de Brown Thomas, sedería. Cascadas de cintas. Volátiles sedas de China. Una urna volcada derramaba por la boca un torrente de popelín color sangre: sangre lustrosa. Los hugonotes la trajeron aquí. Lacaus esant tara tara. Qué gran coro aquel. Taree tara. Hay que lavarlo con agua de lluvia. Meyerbeer. Tara: bom bom bom.

Acericos. Llevo mucho tiempo amenazando con comprar uno. Las pincha por todas partes. Agujas en las cortinas de la ventana.

Se destapó un poco el antebrazo izquierdo. Rasguño: se fue prácticamente. Hoy no de todas formas. Tengo que volver a por esa loción. Para su cumpleaños quizá. El ocho de juniojulioagoseptiembre. Faltan casi tres meses. Luego puede que no le guste. Las mujeres no recogen los alfileres. Dicen que evita el desamor.

Sedas rutilantes, enaguas en delgados rieles de latón, destellos de medias de seda en ringla.

Inútil volver. Tenía que ser. Cuéntamelo todo.

Voces atipladas. Seda cálida de sol. Arreos tintineantes. Todo para la mujer, hogar y casas, tejidos de seda, plata, exquisitas frutas suculentas de Jaffa. Agendath Netaim. Riqueza del mundo.

Una cálida carnosidad humana se le posó en el cerebro. Su cerebro se entregó. Un perfume de abrazos a todo él le envolvió. Con carnes hambreadas oscuramente, mudamente ansió adorar.

Duke Street. Aquí estamos. Tengo que comer. El Burton. Me encontraré mejor entonces.

Dobló la esquina de Combridge, perseguido aún. Tintineo, ruido sordo de cascos. Cuerpos perfumados, cálidos, plenos. Todos besados, se entregaban: en frondosos campos estivales, en la espesa hierba aplastada, en los rezumantes zaguanes de las casas de vecinos, en sofás, camas chimantes.

–¡Jack, amor!

–¡Cariño!

–¡Bésame, Reggy!

–¡Mi cielo!

–¡Amor!

Con el corazón trémulo empujó la puerta del restaurante Burton. La pestilencia se le agarró al aliento convulso: desabrido jugo de carne, agüilla de verduras. Vean comer a las fieras.

Hombres, hombres, hombres.

Encaramados en altos taburetes ante el mostrador, los sombreros echados hacia atrás, en las mesas pidiendo más pan de balde, tragando, zampando cachos de comida pastosa, ojos salientes, limpiándose los mostachos mojados. Un joven pálido carasebosa lustraba el vaso cuchara cuchillo y tenedor con la servilleta. Nueva batería de microbios. Un hombre con servilleta salsimanchada como si fuera un babero se echaba paladas de sopa barbotante gañote abajo. Un hombre que escupía la comida de vuelta en el plato: temilla medio mascada: encías: sin dientes para mastimastimasticarlo. Chuletón a la plancha. Engullendo para acabar de una vez. Ojos tristes de ajumado. Ha mordido más de lo que puede masticar. ¿Soy yo así? Vemos como otros nos ven. Hombre hambrón hombre peleón. Trabajando con diente y mandíbula. ¡No sigas! ¡Ay! ¡Un hueso! Aquel último rey pagano de Irlanda Cormac el del poema del colegio se atragantó en Sletty hacia el sur del Boyne. A saber lo que estaría comiendo. Algo de chuparse los dedos. San Patricio lo convirtió al cristianismo. No se lo pudo tragar todo sin embargo.

–Rosbif con col.

–Un guisado.

Huele a hombres. Serrín ensalivado, humo de cigarrillo dulzón calentito, peste a andullo, cerveza vertida, meados acervezados de hombre, rancio de fermento.

Se le revolvieron las tripas.

No podría probar bocado aquí. Tipo afilando el cuchillo y tenedor para comerse todo lo que tiene delante, viejo hurgándose en los lumaderos. Ligero espasmo, lleno, rumiando. Antes y después. La bendición después de las comidas. Mira esta imagen y aquella otra. Arrebañando la salsa del guiso con tarugos de pan empapados. ¡Lámelo del plato, hombre! Salgamos de aquí.

Lanzó una mirada a los entaburetados y enmesados comilones alrededor, apretando las aletas de la nariz.

–Dos cervezas negras por aquí.

–Una de cecina con col.

Ese tipo atiborrándose de col con el cuchillo como si su vida dependiera de ello. Muy bien. Me pone enfermo mirarlo. Más seguro sería comer con las tres manos. Desgarra miembro a miembro. Como una segunda naturaleza en él. Nacido con un pan y un cuchillo bajo el brazo. Qué ingenioso, creo. O no. Lo del pan quiere decir haber nacido rico. Lo del cuchillo no. Pero entonces se pierde la alusión.

Un camarero con delantal mal ceñido recogía pegajosos platos estruendosos. Rock, el alguacil, de pie ante el mostrador sopló a la corona de espuma de su pichel. Salud: salpicó de amarillo al lado de su bota. Un comensal, con cuchillo y tenedor levantados, los codos en la mesa, listo para repetir miraba fijamente al montacargas más allá del manchado periódico doblado. Otro tipo le decía algo con la boca llena. Oyente afable. Charloteo de mesa. Len comímch en elm Bonco delm Unchster elm lunemch. ¿Jo? ¡No me digas, por todos los santos!

Mr. Bloom se llevó indecisamente dos dedos a los labios. Sus ojos decían:

Aquí no está. No le veo.

Fuera. No aguanto a comilones sucios.

Retrocedió hacia la puerta. Tomaré algo ligero en Davy Byme. Piscolabis. Me mantendrá. Tomé un buen desayuno.

–Asado con puré por aquí.

–Pinta de cerveza negra.

Cada uno a lo suyo, a brazo partido. Trago. Tajada. Trago. Comistrajo.

Salió a un aire más limpio y se volvió hacia Grafton Street. Comer o ser comido. ¡Matar! ¡Matar!

Supongamos esa cocina comunal dentro de unos años quizá. Todos trotando con escudillas y fiambreras para que se los llenen. Devorar el contenido en la calle. John Howard Pamell por ejemplo el rector del Trinity cada hijo de su madre no hablemos de los rectores ni del rector del Trinity mujeres y niños cocheros sacerdotes clérigos mariscales de campo arzobispos. Desde Ailesbury Road, Clyde Road, viviendas de artesanos, casa de beneficencia sindical de Dublín norte, el alcalde en su engalanada carroza, la vieja reina en una silla de ruedas. Tengo mi plato vacío. Usted primero con nuestra taza de la corporación. Como en la fuente de Sir Philip Crampton. Quítale los microbios restregando con el pañuelo. El siguiente les pone una nueva remesa con el suyo. El Padre O'Flynn los pondría en ridículo a todos. Habría broncas de todas maneras. Todo para Don Menda. Los niños se pelearían por las rebañaduras de la olla. Haría falta una sopera tan grande como Phoenix Park. Arponeando filetes y cuartos traseros. No aguanto a la gente toda a tu alrededor. Table d hôte del hotel City Anns lo llamaba ella. Sopa, plato fuerte y postre. No saber nunca de quiénes son las ideas que masticas. Luego ¿quién fregaría todos los platos y tenedores? Puede que todos estemos alimentándonos de pastillas para entonces. Los dientes estropeándose más y más.

Después de todo tiene mucho a su favor ese fino sabor vegetariano de las cosas de la tierra el ajo claro está que apesta como los organilleros italianos fritos de cebolla champiñón trufa. Dolor para el animal también. Desplumar y vaciar aves. Miserables bestias allá en el matadero esperando que el hacha les parta el cráneo en dos. Mu. Pobres terneros temblorosos. Me. Tambaleantes inmaduros. Fritanga de ternera y berza. Cubos de matarifes asaduras bamboleantes. Trae acá ese pecho del gancho. Plop. Cabeza en carne viva y huesos ensangrentados. Ovejas desolladas de ojos vidriosos colgadas por las ancas, morros de ovejas en papeles ensangrentados moqueando gelatina en el serrín. Tapa y cordillas por todas partes. No me destroces esas piezas, chaval.

Sangre fresca caliente prescriben para la tisis. Siempre se necesita sangre. Insidiosa. Lambucearla humeante, espesamente azucarada. Fantasmas famélicos.

Ah, tengo hambre.

Entró en Davy Byme. Taberna digna. No charla. Invita a una copa de vez en cuando. Pero en año bisiesto una vez cada cuatro. Me hizo efectivo un talón una vez.

¿Qué tomo ahora? Sacó el reloj. Vamos a ver. ¿Cerveza con gaseosa?

–Hola, Bloom, dijo Napias Flynn desde su rincón.

–Hola, Flynn.

–¿Cómo van las cosas?

–De primera… A ver. Voy a tomar una copa de Borgoña Y… a ver.

Sardinas en los estantes. Casi se saborean con sólo mirarlas. ¿Emparedado? Cam–arón y sus descendientes se amostazaron y empanaron allí. Fiambres en pote. ¿Qué es el hogar sin fiambre en pote Ciruelo? Incompleto. ¡Qué anuncio más estúpido! Debajo de las esquelas lo pusieron. Todo en el mismo bombo. Fiambre de Dignam en pote. Los caníbales sí con arroz y limón. Misionero blanco demasiado salado. Como cerdo escabechado. Me figuro que el jefe consumirá las partes de honor. Deben de estar duras del ejercicio. Las esposas en fila atentas a las consecuencias. Depura casta había un viejo negro perrengue. Que se comió o algo los algos del reverendo Mr. MacAndante. Con él de felicidad repleto. Dios sabe qué mezcla. Redaños tripas rancias tráqueas retorcidas y picadas. Rompecabezas encontrar la carne. Casher. Nada de carne y leche juntas. Higiene era lo que lo llaman ahora. Ayuno Yom Kippur limpieza de primavera del interior. La paz y la guerra dependen de la digestión de algún individuo. Religiones. Pavos y gansos de Navidad. Matanza de inocentes. Comer beber y divertirse. Luego el servicio de urgencias atestado después. Cabezas vendadas. El queso lo digiere todo menos a sí mismo. Queso acárido.

–¿Tiene usted emparedados de queso?

–Sí, señor.

Me gustaría unas cuantas aceitunas también si las tuviera. Italianas prefiero. Una buena copa de Borgoña le quita a uno eso. Lubrificar. Una deliciosa ensalada, fresca como una lechuga, que Tom Keman sabe aliñar. Le sabe dar el toque. Aceite puro de oliva. Milly me sirvió aquella chuleta con una ramita de perejil. Coja una cebolla española. Dios creó el alimento, el diablo los cocineros. Cangrejos a la diabla.

––¿La mujer bien?

–Muy bien, gracias … . Un emparedado de queso, pues. ¿Tiene Gorgonzola?

–Sí, señor.

Napias Flynn le dio un sorbo al grog.

–¿Tiene algún concierto entre manos?

Mírale la boca. Podría silbarse en su propio oído. Orejas para echarse a volar, a juego. Música. Entiende tanto de ello como el tartanero. Aun así será mejor contárselo. No hace ningún daño. Anuncio gratis.

–La han contratado para una gira para finales de este mes. Quizá lo haya oído ya.

–No. Vaya, eso está de perlas. ¿Quién monta el tinglado? El camarero sirvió.

–¿Cuánto es eso?

–Siete peniques, señor … . Gracias, señor.

Mr. Bloom cortó el emparedado en tiras delgadas. Mr. MacAndante. Más fácil que esa cosa cremosa de ensueño. Sus quinientas esposas. Se divirtieron gustosas.

–¿Mostaza, señor?

–Gracias.

Fue colocando debajo de cada tira levantada unos burujos amarillos. Gustosas. Ya lo tengo. Crecía más y más y más empero.

––¿Quién lo monta? dijo. Bueno, la idea es como de una compañía, comprende. Van a partes iguales en gastos y beneficios.

–Ah, sí, ya recuerdo, dijo Napias Flynn, metiéndose la mano en el bolsillo para rascarse la ingle. ¿Quién era el que me lo dijo? ¿No anda Boylan Botero mezclado en todo esto?

Un sacudión cálido de aireabrasador de mostaza dentelleó el corazón de Mr. Bloom. Alzó los ojos y se encontró con la mirada fija de un bilioso reloj. Las dos. Reloj de taberna cinco minutos adelantado. Tiempo avanza. Las manecillas se mueven. Las dos. Aún no.

La boca del estómago anheló entonces hacia arriba, se le hundió en el interior, anheló más largamente, anhelantemente.

Vino.

Olibebió a sorbos el jugo cordial y, apremiando a la garganta vehementemente a que aligerara, posó la copa de vino delicadamente.

–Sí, dijo. Es el organizador de hecho.

Tranquilo: donde no hay mollera no hay sesera.

Napias Flynn sorbió y se rascó. La pulga se está dando un banquete.

–Qué chamba tuvo, me estaba contando Jack Mooney, con aquel combate de boxeo que ganó Myler Keogh otra vez al soldado del cuartel de Portobello. Vaya por Dios, se llevó a ese renacuajo a County Carlow me estaba contando …

Espero que esa gota de rocío no le caiga en el vaso. No, la ha sorbido.

–Cerca de un mes, fijese, antes de que terminara. Zurrando la badana por Dios hasta nuevo aviso. Para mantenerlo lejos del trinquis ¿comprende? Dios, Botero es un tío avispado.

Davy Byme se acercó de detrás de la barra en mangas de camisa alforzadas, limpiándose los labios con dos pasadas de la servilleta. Rojo como arenque. Cuya sonrisa juega sobre cada rasgo con tal y tal repleta. Demasiada grasa en las pastinacas.

–Y aquí está él en persona y en forma, dijo Napias Flynn. ¿Nos puede dar una pista para la Copa de Oro?

–Me he apartado de eso, Mr. Flynn, contestó Davy Byme. Nunca apuesto nada a los caballos.

–Tiene razón en eso, dijo Napias Flynn.

Mr. Bloom se comió sus tiras de emparedado, pan reciente limpio, con un sabor de asco mostaza desabrida, el dejo a pies del queso verde. Sorbos del vino le calmaron el paladar. No lleva palo de campeche. Tiene un gusto más intenso con este tiempo no frío.

Qué bar más tranquilo. Qué pedazo de madera la de ese mostrador. Qué bien cepillado. Me gusta la forma en que se curva ahí.

–Yo no haría absolutamente nada en ese sentido, dijo Davy Byme. Ha arruinado a más de uno, los caballos.

Apuestas de vinateros. Con licencia para la venta de cerveza, vino y licores a consumir en el local. Cara yo gano cruz tú pierdes.

–Tiene toda la razón, dijo Napias Flynn. A no ser que se esté en el ajo. No hay ningún juego limpio hoy día. Lenehan consigue algunas buenas. Hoy está dando a Cetro como seguro. Zinfandel es el favorito, de Lord Howard de Walden, ganó en Epsom. Morny Cannon lo monta. Yo podría haber conseguido siete a uno contra Saint Amant hace quince días.

–¿De veras? dijo Davy Byme.

Fue hacia la ventana y, cogiendo el libro de caja, examinó las páginas.

–De verdad, se lo juro, dijo Napias Flynn, sorbiendo. Aquello sí que era un caballo. Saint Frusquin fue el semental. Ganó en medio de una tormenta, la potra de Rothschild, con rellenos en los oídos. Chaqueta azul y gorra amarilla. Mala suerte para el gran Big Ben Dollard y su John O'Gaunt. Él me aconsejó dejarlo. Sí.

Bebió resignadamente de su vaso, pasando los dedos por las estrías.

–Sí, dijo, suspirando.

Mr. Bloom, tascando, de pie, contempló su suspiro. Napias majadero. ¿Le digo lo del caballo ese que Lenehan? Ya lo sabe. Mejor que lo olvide. Irá y perderá aún más. Mal se dan los dineros y el bobalicón. Otra gota de rocío que le cae. Nariz fría debe de tener cuando bese a una mujer. Aun así puede que les guste. Las barbas que pinchan les gusta. Las narices frías de los perros. La vieja Mrs. Riordan con el Skyeterrier que le sonaban las tripas en el hotel City Arms. Molly haciéndole carantoñas en el regazo. ¡Ay, qué perritoguauguauguay más grande!

El vino empapó y ablandó la miga apiñada de pan mostaza un momento queso empachoso. Agradable vino este. Lo paladeo mejor porque no tengo sed. Al baño claro está es debido. Nada más que un bocado o dos. Luego alrededor de las seis puedo. Seis. Seis. El tiempo habrá pasado entonces. Ella.

Un suave fuego de vino prendió en sus venas. Tenía tantas ganas. Me sentía tan deshecho. Los ojos desganadamente vieron estantes de latas: sardinas, pinzas de langostas llamativas. La cantidad de cosas extrañas que la gente elige para comer. De las conchas, bígaros con un alfiler, de los árboles, caracoles de la tierra comen los franceses, del mar con cebo en el anzuelo. Los peces tontuelos no aprenden nada en un millar de años. Si no lo conoces hay que tener cuidado con lo que te metes en la boca. Bayas venenosas. Marjoletos. La redondez crees que es buena. Los colores llamativos te previenen en contra. Uno se lo dijo a otro y así sucesivamente. Probarlo con el perro primero. Guiado por el olor o el aspecto. Fruta tentadora. Cucuruchos de helado. Leche cremada. Instinto. Naranjales por ejemplo. Necesitan irrigación artificial. Bleibtreustrasse. Sí pero ¿y las ostras? Repugnantes como un cuajarón de flema. Conchas asquerosas. Cuesta Dios y ayuda abrirlas además. ¿Quién las descubrió? Basura, aguas residuales es lo que comen. Champán y ostras del banco Rojo. Influyen en lo sexual. Afrodisí. Él estuvo en el Banco Rojo esta mañana. Era él viejo pez ostras en la mesa quizá él carne joven en lecho no junio no tiene erre no se deben comer ostras. Pero hay gente a la que le gusta las cosas con olor fuerte. Caza pasada. Liebre en cazuela. Primero hazte con tu liebre. Los chinos comiendo huevos de hace cincuenta años, azules y verdes de nuevo. Comidas de treinta platos. Cada plato inocuo puede mezclarse dentro. Buena idea para una novela de misterio de envenenamientos. ¿Aquel archiduque Leopoldo fue no sí o fue Otto uno de los Habsburgos? ¿O quién era el que solía comerse la porquería de su propia cabeza? El almuerzo más barato de la ciudad. Por supuesto aristócratas, luego los otros lo copian para estar a la moda. Milly también petróleo y harina. La pasta cruda me gusta a mí también. La mitad de la captura de ostras la vuelven a tirar al mar para mantener los precios altos. Baratas nadie las compraría. Caviar. Darse aires. Vino blanco del Rin en copas verdes. Tragantona de fachenda. Lady mengana. Perlas en pechera empolvada. La elite. Créme de la crème. Piden platos especiales para aparentar que son. Ermitaño con una fuente de legumbres para calmar las punzadas de la carne. Para conocerme ven a comer conmigo. Esturión real el gobernador civil, Coffey, el camicero, con derecho a venados del bosque de su excelencia. Mandarle la mitad de la vaca. Menudo festín vi allá abajo en las cocinas del Registrador Mayor. Chef blanquiengorrado como un rabino. Pato flambeado. Col rizada à la duchesse de Panme. Mejor sería que lo escribieran en el menú para que sepas lo que has comido. Demasiados aderezos estropean el caldo. Lo se por experiencia. Lo adulteran con sopa desecada Edwards. Gansos cebados hasta reventarlos. Langostas cocidas vivas. Porr ffavor ttome un ppoco de peprdiz nnival. No me importaría ser camarero en un hotel de fachenda. Propinas, traje de etiqueta, señoras medio desnudas. ¿Puedo sugerirle un poco más de lenguado fileteado muy limonado, Miss Dubedat? Sí ¡qué amabilidat! Y lo tomó por amabilidat. Nombre hugonote me figuro. Una tal Miss Dubedat vivió en Killiney, lo recuerdo. Du de la francés. Aun así es el mismo pescado quizá al que el viejo Micky Hanlon de Moore Street le sacó las tripas haciéndose rico poco a poco el dedo en las agallas del pescado no sabe ni firmar un talón se diría que estuviera pintando el paisaje con la boca torcida. Mi¡ichael A Ache Ha tan zopenco como un borrico, y vale lo que pesa en oro.

Pegadas al cristal dos moscas zumbaban, pegadas.

Vino chispeante se rezagaba en el paladar tragado. Estrujando en el trujal las uvas de Borgoña. Es por el calor del sol. Es como si una mano secreta me señalara viejos recuerdos. Señalado sus sentidos recordaron humedecidos. Escondidos bajo helechos silvestres en Howth allá abajo la bahía adormecida: cielo. Ni un ruido. El cielo. La bahía púrpura por el Promontorio del León. Verde por Drumleck. Amarilloverdosa hacia Sutton. Campos bajo el mar, las líneas marrón tenue en la hierba, ciudades sepultadas. Almohadillado en mi americana tenía ella el cabello, las tijeretas del brezo luden mi mano bajo su nuca, me vas a poner perdida. ¡Oh maravilla! Fresca suave de ungüentos su mano me tocó, acarició: sus ojos fijos en mí no se desviaron. Embelesado sobre ella yací, labios carnosos bien abiertos, besé su boca. Mmn. Suavemente me pasó a la boca la torta de alcaravea cálida y masticada. Pasta empachosa su boca había mamullado agridulce de su saliva. Gozo: lo comí: gozo. Vida joven, sus labios eso me dieron en piquito. Suaves cálidos pegajosos gominosos labios. Flores eran sus ojos, tómame, ojos ávidos. Cayeron guijarros. Ella yacía quieta. Una cabra. Nadie. En lo alto en los rododendros de Ben Howth una cabra andaba segura, soltando cagarrutas. Abrigada bajo helechos rió calidoestrechada. Salvajemente yací sobre ella, la besé: los ojos, sus labios, su cuello estirado que latía, pechos de mujer rebosantes en su blusa de gasa, pezones orondos erectos. Caliente la lamí. Ella me besó. Fui besado. Cediendo toda me encrespó el cabello. Besada, me besó.

A mí. Pero yo ahora.

Pegadas, las moscas zumbaban.

Sus ojos caídos siguieron el veteado silencioso de la tabla de roble. Belleza: se curva: curvas son belleza. Diosas bien formadas, Venus, Juno: curvas que el mundo admira. Se las puede ver en el museo de la biblioteca alzándose en el vestíbulo circular, diosas desnudas. Ayudas para la digestión. No les importa lo que el hombre mira. Para que todos lo vean. Sin hablar nunca. Quiero decir para tipos como Flynn. Supongamos que ella hiciera Pigmalión y Galatea ¿qué diría primero? ¡Mortal! Te pondría en tu sitio. Libando néctar en comensalía con dorados platos de dioses, todo ambrosía. No como los almuerzos de a perra gorda que tomamos, cordero hervido, zanahorias y nabos, botella de cerveza Allsop. Néctar imagínatelo bebiendo electricidad: alimento de dioses. Encantadoras formas de mujeres esculpidas a lo Juno. Inmortal encanto. Y nosotros atracándonos de comida por un agujero y echándolo por detrás: comida, quilo, sangre, estiércol, tierra, comida: hay que alimentarlo al igual que se carga una máquina. Ellas no tienen. No me he fijado. Me fijaré hoy. El celador no se dará cuenta. Me inclino y dejo caer algo. Miro a ver si ella.

Gota a gota un mensaje oculto de la vejiga llegaba a ir a hacer a no a hacer allí a hacer. Como hombre y presto apuró el vaso hasta las heces y caminó, hasta caballeros también se entregaron, caballerosamente conscientes, yacieron con caballeros amantes, un joven la gozó, hasta el patio.

Cuando el sonido de las botas hubo cesado Davy Byrne dijo desde su libro:

–¿Qué es ése? ¿No está en la rama de seguros?

–Hace tiempo que lo dejó, Napias Flynn dijo. Es agente de publicidad para el Freeman.

–Le conozco bastante de vista, dijo Davy Byrne. ¿Le ha ocurrido algo?

–¿Que si le ha ocurrido algo? dijo Napias Flynn. No que yo sepa. ¿Por qué?

–Me he fijado que va de luto.

–¿Ah sí? dijo Napias Flynn. Es verdad, por todos los santos. Le pregunté cómo iba todo en casa. Tiene razón, por Dios. Es verdad.

Yo nunca saco el tema, dijo Davy Byme humanamente, si veo que algún caballero está en ese tipo de apuros. Sólo se lo traes de nuevo a la memoria.

–La mujer no es desde luego, dijo Napias Flynn. Me lo encontré anteayer y él salía de esa vaquería irlandesa que la mujer de John Wyse Nolan tiene en Henry Street con un tarro de leche cremada en la mano que se lo llevaba a casa a su media naranja. La tiene alimentada, se lo digo yo. Piquitos de ruiseñor.

–¿Y trabaja para el Freeman? dijo Davy Byme.

Napias Flynn arrugó los labios.

–No compra la leche cremada con los anuncios que pesca por ahí. Puede apostar el pellejo.

–¿Y cómo es eso? preguntó Davy Byme, dejando el libro.

Napias Flynn hizo unas fintas veloces en el aire con dedos malabares. Guiñó el ojo.

–Está en la hermandad, dijo.

–¿No me diga? dijo Davy Byme.

–Tal como lo oye, dijo Napias Flynn. Orden antigua libre y reconocida. Es un hermano excelente. Luz, vida y amor, por Dios. Le arriman el hombro. Me lo dijo un – bueno, no voy a decir quién.

–¿Seguro?

–Ya, es una orden estupenda, dijo Napias Flynn. Están contigo cuando te va malamente. Conozco a un fulano que estuvo intentando entrar. Pero están más atrancados que Dios. Por todos los diablos hicieron bien con no dejar entrar a las mujeres.

Davy Byme sonnobostezoafirmó todo en uno.

–¡Eeeeeeshaaaaaaahh!

–Hubo una mujer, dijo Napias Flynn, que se escondió en un reloj para enterarse de lo que hacían. Pero la leche que se la olieron y la declararon allí mismo maestre masón. Pertenecía a los Saint Legers de Doneraile.

Davy Byrne, satisfecho después del bostezo, dijo con ojos mojados por las lágrimas:

–¿Y es eso cierto? Hombre tranquilo y honrado sí que es. A menudo lo he visto por aquí y nunca jamás lo vi – ya sabe, pasarse de la raya.

–No hay Dios que pueda emborracharlo, dijo Napias Flynn firmemente. Se quita de en medio cuando la juerga se pone demasiado al rojo. ¿No lo vio mirar el reloj? Ah, no estaba usted ahí. Si quieres que tome una copa lo primero que hace es sacar el reloj para ver qué debe pimplar. Por Dios que es así.

–Hay algunos así, dijo Davy Byrne. Es un tío sano, diría yo.

–No es mala persona, dijo Napias Flynn, sorbiéndoselas. Se sabe que echa una mano también para ayudarle a más de uno. A cada uno lo suyo. Ya lo creo, Bloom tiene su lado bueno. Pero hay algo que nunca haría.

La mano pintarrajeó una firma en seco al lado de su grog.

–Lo sé, dijo Davy Byme.

–Nada por escrito, dijo Napias Flynn.

Paddy Leonard y Lyons Gallito entraron. Tom Rochford los seguía con el ceño fruncido, una mano alisándose el chaleco burdeos.

–Buenas, Mr. Byme.

–Buenas, caballeros.

Se pararon ante el mostrador.

–¿Quién convida? preguntó Paddy Leonard.

–Yo convivo mejor o peor, contestó Napias Flynn.

–Bueno ¿qué va a ser? preguntó Paddy Leonard.

–Yo voy a tomar un vaso de quina, dijo Lyons Gallito.

–¿Pero cómo? exclamó Paddy Leonard. ¿Desde cuándo, por el amor de Dios? ¿Para usted qué, Tom?

–¿Cómo anda la cañería principal? preguntó Napias Flynn, dando un sorbo.

Por toda respuesta Tom Rochord se presionó el esternón con la mano e hipó.

–¿No le importaría darme un vaso de agua fresca, Mr. Byme? dijo.

–Por supuesto, señor.

Paddy Leonard ojeó a sus compañeros–bebedores de cerveza.

–Que Dios nos coja confesados, dijo. ¡Miren a lo que estoy invitando! ¡Agua fríá y gaseosa! Dos tipos que chuparían güisqui de una herida. Este guarda un jodido caballo en la manga para la Copa de Oro. Un soplo fetén.

–¿Hablamos de Zinfandel? preguntó Napias Flynn.

Tom Rochford dejó caer unos polvos de un papel doblado en el agua que le pusieron delante.

–Esta condenada dispepsia, dijo antes de beber.

–El bicarbonato viene muy bien, dijo Davy Byrne.

Tom Rochford asintió y bebió.

–¿Hablamos de Zinfandel?

–¡No diga nada! guiñó Lyons Gallito. Voy a apostar cinco chelines yo solito.

–Díganoslo si tiene lo que hay que tener y váyase al infierno, dijo Paddy Leonard. ¿Quién le dio el soplo?

Mr. Bloom camino de la salida levantó tres dedos en señal de saludo.

–¡Hasta la vista! dijo Napias Flynn.

Los otros se volvieron.

–Pues ése es el hombre que me lo dio, susurró Lyons Gallito.

–¡Puuff? dijo Paddy Leonard con desdén. Mr. Byme, por favor, tomaremos dos Jamesons de esos que usted tiene por ahí de los pequeños después de esto y un … .

–Vaso de quina, añadió Davy Byme cortésmente.

–Sí, dijo Paddy Leonard. Un biberón para el nene.

Mr. Bloom caminó hacia Dawson Street, pasándose la lengua por los dientes por igual. Algo verde sería: espinacas, digamos. Después con ese reflector de rayos Róntgen se podrían.

En Duke Lane un terrier zampón vomitaba un asqueroso devuelto grumoso en el adoquinado y lo lamía con nuevo ardor. Empacho. Devuelto y muchas gracias habiendo digerido completamente el contenido. Primero dulce luego sabroso. Mr. Bloom lo bordeó cautelosamente. Rumiantes. Su segundo plato. Mueven la mandíbula superior. A saber si Tom Rochford hará algo con ese invento suyo. Pérdida de tiempo explicárselo al lenguaraz de Flynn. Gente flaca lengua larga. Debería haber un pabellón o un lugar donde los inventores pudieran ir e inventar tranquilamente. Claro que entonces tendrías a todos los grillados dándote la lata.

Tarareó, prolongando en un eco solemne el final de los compases:

–Don Giovanni, a cenar teco

M'invitasti.

Me siento mejor. Borgoña. Buen reconstituyente. ¿Quién sería el primero en destilar? Alguien deprimido. La bebida levanta el ánimo. Ese semanario Kilkenny People en la biblioteca nacional tengo ahora que.

Pericos limpios destapados esperando en el escaparate de William Miller, fontanero, le hicieron volver atrás en sus pensamientos. Podrían: y observarlo todo el trayecto hasta abajo, te tragas un alfiler y a veces sale por las costillas años más tarde, recorrido por todo el cuerpo cambiando del conducto biliar bazo hígado saliendo a chorros jugos gástricos rollos de intestinos como tuberías. Pero el pobre mastuerzo tendría que permanecer todo el tiempo con las entrañas expuestas. La ciencia.

A cenar teco.

¿Qué querrá decir ese teco? Esta noche quizá.

–Don Giovanni, me habéis invitado

a venir a cenar esta noche,

tarán tarán tan.

No pega mucho.

Yaves: dos meses si consigo que Nannetti. Eso serían dos libras con diez unas dos libras y ocho chelines. Tres que me debe Hynes. Dos con once. El carromato de la fábrica de tintes Prescott allí. Si consigo el anuncio de Billy Prescott: dos con quince. Cinco guineas aproximadamente. Nadando en la abundancia.

Podría comprarle una de esas enaguas de seda a Molly, del color de las ligas nuevas.

Hoy. Hoy. No pensar.

Recorrido por el sur después. ¿Qué tal la costa inglesa? Brighton, Margate. Los espigones a la luz de la luna. Su voz flotando a lo lejos. Aquellas encantadoras chicas dula playa. Contra la pared de la taberna John Long un soñoliento zángano sestea sus pensamientos profundos, royéndose un nudillo costroso. Hombre para todo necesita trabajo. Jomal bajo. Comería cualquier cosa.

Mr. Bloom dobló delante del escaparate de Gray la confitera con tartas no despachadas y dejó atrás la librería del reverendo Thomas Connellan. Por qué dejé la iglesia de Roma. Mujeres del Nido de pajarillos lo manejan. Se dice que solían darle sopa a los niños necesitados para que se convirtieran al protestantismo cuando la plaga de la patata. Asociación al otro lado de la calle a la que iba papá para la conversión de los pobres judíos. El mismo cebo. Por qué délamos la iglesia de Roma.

Un mozalbete ciego de pie bordoneaba el bordillo con su delgado bastón. Ningún tranvía a la vista. Quiere cruzar.

–¿Quiere usted cruzar? preguntó Mr. Bloom.

El mozalbete ciego no contestó. Su cara enjalbegada se frunció débilmente. Movió la cabeza indecisamente.

–Está usted en Dawson Street, dijo Mr. Bloom. Molesworth Street está enfrente. ¿Quiere cruzar? No hay ningún obstáculo.

El bastón se movió hacia fuera temblando a la izquierda. El ojo de Mr. Bloom siguió la dirección y volvió a ver el carromato de la fábrica de tintes estacionado delante de la barbería Drago. Donde vi su pelo brillantinado justo cuando yo iba a. Caballo cabizbajo. El cochero en el John Long. Apagando la sed.

–Hay un carromato ahí, dijo Mr. Bloom, pero está parado. Le ayudaré a cruzar. ¿Quiere ir a Molesworth Street?

–Sí, contestó el mozalbete. A South Fredenck Street.

–Vamos, dijo Mr. Bloom.

Tocó el delgado codo delicadamente: luego cogió la lacia mano vidente para guiarla adelante.

Dile algo. Será mejor no mostrarse condescendiente. Desconfían de lo que se les dice. Haz algún comentario corriente.

–No rompe a llover.

No hubo respuesta.

Manchas en la americana. Babea la comida, supongo. Reconocerá muy bien los sabores. Le tendrían que dar de comer con cuchara primero. Como la mano de un niño, su mano. Como era la de Milly. Sensible. Me está sopesando me atrevería a decir por la mano. A saber si tendrá nombre. El carromato. Mantengamos el bastón lejos de las patas del caballo: cansado esclavo que pueda echar una cabezada. Así está bien. Despejado. Del toro la trasera: del caballo la delantera.

–Gracias, señor.

Sabe que soy un hombre. La voz.

–¿Todo bien? La primera a la izquierda.

El mozalbete ciego bordoneó el bordillo y siguió su camino, tirando de nuevo de su bastón, siempre tentando.

Mr. Bloom caminó tras los pies sin ojos, un traje de corte anodino de espiga de tweed. ¡Pobre chico! ¿Cómo es posible que supiera que ese carromato estaba ahí? Debió de sentirlo. Ven las cosas con la frente quizá: como un sentido del volumen. El peso o el tamaño, algo más negro que la oscuridad. A saber si lo notaría si quitaran algo de en medio. Notaría un hueco. Rara opinión de Dublín debe de tener, abriéndose camino bordoneando por el adoquinado. ¿Andaría en línea recta si no tuviera ese bastón? Cara piadosa exánime como la de alguien que va para cura.

¡Penrose! Así se llamaba aquel fulano.

Mira cuántas cosas pueden aprender a hacer. Leer con los dedos. Afinar pianos. O nos sorprendemos que tengan caletre. Por qué pensamos que una persona deforme o un jorobado es agudo si dice algo que nosotros diríamos. Claro que los otros sentidos están más. Bordan. Trenzan cestos. La gente debería ayudar. Un costurero le podría comprar a Molly por su cumpleaños. Odia la costura. Podría sentirse ofendida. Hombres de la oscuridad los llaman.

El sentido del olfato debe de ser más fuerte también. Olores por todas partes, a montones. Cada calle un olor distinto. Cada persona también. Luego la primavera, el verano: olores. ¿Sabores? Dicen que no se puede paladear el vino con los ojos cerrados o cuando se está resfriado. También fumar en la oscuridad dicen que no da placer.

Y con una mujer, por ejemplo. Más desvergüenza sin ver. Esa chica que pasa por la institución Stewart, la cabeza erguida. Mírame. Los tengo bien puestos. Tiene que resultar raro no verla. Especie de forma en el ojo de su mente. La voz, temperaturas: cuando la toca con los dedos tiene por fuerza que ver las líneas, las curvas. Sus manos en el pelo de ella, pongamos por caso. Digamos que es negro, pongamos por caso. Bien. Llamémoslo negro. Luego pasando las manos por la piel blanca. Tacto diferente quizá. El tacto de lo blanco.

Estafeta de correos. Tengo que contestar. Qué faena hoy. Enviarle un giro postal de dos chelines, media corona. Acepta mi pequeño regalo. Papelería aquí mismo también. Espera. Piénsatelo.

Con un discreto dedo se palpó tan lentamente el pelo peinado hacia atrás por encima de las orejas. De nuevo. Fibras de fina fina paja. Luego discretamente el dedo palpó la piel de la mejilla derecha. Pelusilla también ahí. No suficientemente suave. El vientre es lo más suave. Nadie por aquí. Ahí va ése entrando en Frederick Street. Quizá al piano de la academia de baile de Levenston. Pudiera estar colocándome los tirantes.

Al pasar por la taberna Doran deslizó la mano entre el chaleco y los pantalones y, abriéndose delicadamente la camisa, palpó un pliegue flojo del vientre. Pero sé que es amarillo blancuzco. Hay que probarlo en la oscuridad para ver.

Retiró la mano y se arregló la ropa.

¡Pobre hombre! Casi un niño. Terrible. Verdaderamente terrible. ¿Qué sueños habrá de tener al no ver? La vida un sueño para él. ¿Dónde está la justicia de haber nacido así? Todas esas mujeres y niños en la excursión de placer quemados y ahogados en Nueva York. Holocausto. La llaman karma a esa transmigración por los pecados que cometiste en una vida pasada la reencarnación meten si acaso. Ay, señor, señor, señor. Qué pena, claro: pero de todas formas no se lo traga uno de ninguna manera.

Sir Fredenck Falkiner entrando en la logia masónica. Solemne como Troy. Después de un buen almuerzo en Earlsfort Terrace. Viejos amigotes legistas descorchando una de litro y medio. Chismes de tribunales y de sesiones y anales del colegio Bluecoat de hijos de papá. Lo sentencié a diez años. Supongo que haría un mohín de desprecio a esa cosa que yo he bebido. Vino de reserva para ellos, el año rotulado en la botella polvorienta. Tiene ideas propias sobre la justicia cuando está en el juzgado de instrucción. Viejo bienintencionado. Los pliegos de cargos de la policía atiborrados de casos que saca su porcentaje en la manufactura del delito. Los manda a tomar viento fresco. Un diablo con los prestamistas. Le echó a Reuben J. un buen rapapolvos. Ahora que ése es lo que se dice un perro judío. El poder que tienen esos jueces. Viejos borrachines malhumorados con pelucas. Polvorillas. Y que el Señor se apiade de tu alma.

Caramba, un cartel. La feria del Mirus. Su Excelencia el virrey de Irlanda. Dieciséis. Es hoy. Para recaudar fondos para el hospital Mercer. Se estrenó el Mesías para lo mismo. Sí. Handel. Y si me fuera para allá: Ballsbndge. Podría hacerle una visita a Yaves. Inútil pegarme a él como una lapa. Dejaría de ser bienvenido. Seguro que conozco a alguien en la puerta.

Mr. Bloom llegó a Kildare Street. Primero tengo que. Biblioteca.

Canotié al sol. Zapatos de color canela. Pantalones con vueltas. Es él. Es él.

El corazón le palpitó suavemente. A la derecha. Museo. Diosas. Se desvió bruscamente a la derecha.

¿Es él? Casi seguro. No miraré. Se me nota el vino en la cara. ¿Por qué bebí? Demasiado cabezón. Sí, es él. Los andares. No ver. Sigamos.

Dirigiéndose a la puerta del museo a grandes pasos acoquinados levantó la vista. Hermoso edificio. Sir Thomas Deane lo diseñó. ¿No me sigue?

No me vio quizá. La luz en los ojos.

El aleteo del aliento se desbocaba en suspiros fugaces. Aprisa. Estatuas filas: tranquilo ya. A salvo en un minuto. No. No me vio. Pasadas las dos. Justo en la puerta.

¡El corazón!

Los ojos palpitando miraron resueltamente las curvas cremosas de piedra. De Sir Thomas Deane y su arquitectura griega. Busca algo que.

La precipitada mano se introdujo aprisa en un bolsillo, sacó, leyó Agendath Netaim desdoblado. ¿Dónde lo he?

Ocupado mirando.

Metió de nuevo aprisa Agendath.

Por la tarde dijo ella.

Estoy buscando eso. Sí, eso. Prueba en todos los bolsillos. Pañue. Freeman. ¿Dónde lo he? Ah, sí. Pantalones. Patata. Monedero. ¿Dónde?

Aligera. Anda tranquilo. Un momento más. El corazón. La mano buscando el dónde lo puse encontró en el bolsillo de atrás jabón loción pasarme por tibio papel pegado. Ah el jabón ya veo, sí. La puerta.

¡A salvo!