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Ulises.  James Joyce
Capítulo 6. «Hades»
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Martin Cunningham, primero, metió la cabeza con sombrero de copa en el coche chirriante y, entrando hábilmente, tomó asiento. Mr. Power subió tras él, encorvando su altura con cuidado.

Vamos, Simon.

–Después de usted, dijo Mr. Bloom.

Mr. Dedalus se cubrió rápidamente y entró, diciendo:

–Sí, sí.

–¿Estamos todos? preguntó Martin Cunningham. Venga, Bloom.

Mr. Bloom entró y se sentó en el asiento libre. Tiró de la portezuela tras sí y dio un portazo dos veces hasta que se cerró bien cerrada. Pasó un brazo por el asidero y miró seriamente por la ventanilla abierta del coche a las cortinillas echadas de la avenida. Una se descorrió hacia un lado: una vieja fisgoneando. La nariz blanquiaplastada contra el cristal. Agradeciendo a su buena estrella que por esta vez la muerte pasara de largo. Extraordinario el interés que se toman por un cadáver. Contentas de vemos marchar damos tanta guerra al llegar. La tarea parece que les va. A escondidas por los rincones. Van de acá para allá chanclichancleteando por miedo a que despierte. Luego preparándolo. Arreglándolo. Molly y Mrs. Fleming haciendo la cama. Tira más de ese lado. Nuestro sudario. Nunca se sabe quién te va a manosear de muerto. Lavado y champú. Creo que cortan las uñas y el pelo. Guardan una pizca en un sobre. Crece lo mismo después. Tarea inmunda.

Todos esperaraban. Nada se decía. Colocando las coronas probablemente. Me he sentado sobre algo duro. Ah, ese jabón: en el bolsillo del pantalón. Mejor que lo cambie de ahí. Esperar la ocasión.

Todos esperaraban. Entonces se oyeron ruedas por enfrente que giraban: después más cerca: después cascos de caballos. Un tirón. El coche de ellos empezó a andar, chirriando y oscilando. Otros cascos y ruedas chirriantes se pusieron en marcha detrás. Las cortinillas de la avenida pasaron y el número nueve con su aldaba con crespón negro, la puerta entreabierta. Al paso.

Esperaron aún, las rodillas entrechocando unas con otras, hasta que hubieron doblado y pasaban a lo largo de las vías del tranvía. Tritonville Road. Más rápido. Las ruedas traquetearon al rodar por la calle adoquinada y los cristales desencajados temblaron traqueteando en los marcos de las portezuelas.

–¿Por qué camino nos lleva? preguntó Mr. Power por las dos ventanillas.

–Inshtown, dijo Martin Cunningham. Ringsend. Brunswick Street.

Mr. Dedalus asintió, mirando hacia afuera.

–Es una buena y vieja costumbre, dijo. Me alegro de ver que aún no se ha perdido.

Todos miraron un rato por las ventanillas las gorras y sombreros que levantaban los viandantes. Respeto. El coche se desvió bruscamente de las vías del tranvía hacia la calzada más lisa pasado Watery Lane. Mr. Bloom ensimismado avistó a un joven lánguido, ataviado de luto, con sombrero de ancha ala.

–Ahí acaba de pasar un amigo suyo, Dedalus, dijo. –¿Quién?

–Su hijo y heredero.

–¿Dónde está? dijo Mr. Dedalus, estirándose hacia el otro lado.

El coche, pasando por alcantarillas destapadas y montones de tierra de la calle levantada delante de las casas de vecinos, dio un vaivén repentinamente en la esquina y, desviándose bruscamente otra vez hacia las vías del tranvía, siguió su curso ruidosamente con temblequeantes ruedas. Mr. Dedalus se echó hacia atrás, diciendo:

–¿Iba ese sinvergüenza de Mulligan con él? ¡Su fidus Achates!

–No, dijo Mr. Bloom. Iba solo.

–A casa de su tía Sally, supongo, dijo Mr. Dedalus, la pandilla Goulding, el contable de pacotilla borracho y Crissie, el cachito de caca de papá, la niña sabia que sabe quién es su mismísimo padre.

Mr. Bloom sonrió sin alegría a Ringsend Road. Hnos. Wallace: fábrica de botellas: el puente de Dodder.

Richie Goulding y la cartera de expedientes. Goulding, Collis y Ward le llama al bufete. Sus chistes están ya algo manidos. Menudo era. Bailando en Stamer Street con Ignatius Gallaher un domingo por la mañana, con los dos sombreros de la patrona prendidos en la cabeza. De francachela toda la noche. Empieza a dar la cara ahora: ese dolor de espaldas que tiene, me temo. La mujer tomándole el pelo sin parar. Piensa que se lo va a curar con píldoras. Todo migajas que son. Alrededor de un seiscientos por ciento de beneficios.

–Se junta con gentuza, refunfuñó Mr. Dedalus. Ese apestoso de Mulligan es un jodido rufián de cuidado lo cojas por donde lo cojas. Su nombre apesta por todo Dublín. Pero con la ayuda de Dios y de Su Santa Madre me voy a encargar yo de escribirle una carta un día de estos a su madre o su tía o lo que sea que le va a abrir los ojos como platos. Lo voy a joder vivo, créanme.

Gritó por encima del repiqueteo de las ruedas:

–No voy a dejar que ese bastardo de su sobrino arruine a mi hijo. El hijo de un dependiente de poca monta. Vendiendo cordones en donde mi primo, Peter Paul M'Swiney. De ninguna manera.

Enmudeció. Mr. Bloom desvió la mirada del enfurecido bigote a la cara apacible de Mr. Power y a los ojos y la barba de Martin Cunningham, gravemente agitándosele. Bocazas testarudo. Poseído de su hijo. Tiene razón. Algo que dejar. Si el pequeño Rudy hubiera vivido. Verle crecer. Oír su voz en la casa. Caminando al lado de Molly con traje de Eton. Mi hijo. Yo en sus ojos. Extraña impresión sería. De mí. Sólo por chiripa. Tuvo que ser aquella mañana en Raymond Terrace estando ella en la ventana mirando a los dos perros que estaban haciéndolo al lado de la pared del dejad de hacer el mal. Y el sargento con sonrisa bobalicona. Llevaba aquel vestido crema con el rasgón que no llegó a coserse nunca. Dame un achuchón, Poldy. Dios, me muero de ganas. Cómo empieza la vida.

Se quedó preñada entonces. Tuvo que renunciar al concierto de Greystones. Mi hijo dentro de ella. Yo le podría haber ayudado en la vida. Podría. Haberle hecho independiente. Aprender alemán también.

–¿Vamos tarde? preguntó Mr. Power.

–Diez minutos, dijo Martin Cunningham, mirando el reloj.

Molly. Milly. Lo mismo pero aguado. Sus tacos de marimacho. ¡Por Júpiter jorobado! ¡Rayos y truenos! Aun así, es una niña preciosa. Pronto una mujer. Mullingar. Queridísimo papi. Joven estudiante. Sí, sí: una mujer también. La vida, la vida.

El coche daba violentas sacudidas, los cuatro torsos balanceándose.

–Copetón nos podría haber proporcionado un cacharro más espacioso, dijo Mr. Power.

–Sí que podría, dijo Mr. Dedalus, si no tuviera tanto ojo como tiene. ¿Me sigue?

Cerró el ojo izquierdo. Martin Cunningham empezó a quitarse migajas de pan de debajo de los muslos.

–¿Qué es esto, dijo, en el nombre del Señor? ¿Migas?

–Alguien parece haber celebrado una merendola aquí recientemente, dijo Mr. Power.

Todos levantaron los muslos y miraron con enojo el cuero enmohecido y sin botones de los asientos. Mr. Dedalus, arrugando la nariz, miró abajo frunciendo el ceño y dijo:

A no ser que esté muy equivocado … ¿Qué le parece, Martin?

–A mí me lo ha parecido también, dijo Martin Cunningham.

Mr. Bloom dejó caer el muslo. Me alegro de haber tomado ese baño. Siento los pies bien limpios. Pero ojalá Mrs. Fleming hubiera zurcido estos calcetines mejor.

Mr. Dedalus suspiró resignadamente.

–Después de todo, dijo, es la cosa más natural del mundo.

–¿Se ha presentado Tom Kernan? preguntó Martin Cunningham, rizándose la punta de la barba delicadamente.

–Sí, contestó Mr. Bloom. Está detrás con Ned Lambert y Hynes.

–¿Y Kelleher Copetón en persona? preguntó Mr. Power.

–En el cementerio, dijo Martin Cunningham.

–Me encontré con M'Coy esta mañana, dijo Mr. Bloom. Dijo que intentaría venir.

El coche se detuvo en seco.

–¿Qué pasa?

–Hemos parado.

–¿Dónde estamos?

Mr. Bloom sacó la cabeza por la ventanilla.

–El gran canal, dijo.

Fábrica de gas. Dicen que cura la tos ferina. Menos mal que Milly no la pasó. ¡Pobres niños! Se doblan hasta ponerse morados de las convulsiones. Una pena de verdad. Salió bien parada con respecto a enfermedades en comparación. Sólo sarampión. Té de linaza. Escarlatina, epidemias de gripe. Buscando víctimas para la muerte. No se pierda esta oportunidad. El asilo de perros allá. ¡Pobre Athos! Sé bueno con Athos, Leopold, es mi última voluntad. Hágase tu voluntad. Obedecemos a los que están en la sepultura. Garabatos al morir. Lo tomó a pecho, se consumió de dolor. Bestia tranquila. Los perros de los viejos generalmente lo son.

Una gota de lluvia le escupió en el sombrero. Se echó hacia detrás y vio un instante de lluvia salpicar de lunares las losas grises. Espaciada. Curioso. Como por un colador. Lo sabía. Las botas me chirriaban lo recuerdo ahora.

–Está cambiando el tiempo, dijo quedamente.

–Una lástima que no haya seguido bueno, dijo Martin Cunningham.

–Necesaria para el campo, dijo Mr. Power. Ahí está de nuevo el sol saliendo.

Mr. Dedalus, escudriñando a través de las gafas el sol velado, lanzó una muda maldición al cielo.

–Tan inestable como el culo de un niño, dijo.

–Nos ponemos en marcha de nuevo.

El coche hizo girar de nuevo las rígidas ruedas y sus torsos se balancearon delicadamente. Martin Cunningham se rezaba más rápidamente la punta de la barba.

–Tom Keman estuvo tremendo anoche, dijo. Y Paddy Leonard remedándolo en su propia cara.

–Ah, cuente, cuente, Martín, dijo Mr. Power apremiantemente. Espere que le cuente, Simon, sobre Ben Dollard cantando El zagal rebelde.

–Tremendo, dijo Martin Cunningham pomposamente. Su forma de cantar esa sencilla balada, Martin, es la interpretación más vigorosa que jamás haya oído en el transcurso de mi experiencia.

–Vigorosa, dijo Mr. Power riéndose. Está loco de atar con eso. Y el convenio retrospectivo.

–¿Habéis leído el discurso de Dan Dawson? preguntó Martin Cunningham.

–No, por cierto, dijo Mr. Dedalus. ¿Dónde está?

–En el periódico de esta mañana.

Mr. Bloom sacó el periódico del bolsillo interior. Ese libro tengo que cambiárselo.

–No, no, dijo Mr. Dedalus prestamente. Más tarde por favor.

La mirada de Mr. Bloom bajó por el borde del periódico, examinando las defunciones: Callan, Coleman, Dignam, Fawcett, Lowry, Naumann, Peake ¿qué Peake será ése? ¿será el chico que estaba en Crosbie y Alleyne? No, Sexton, Urbright. Entintados caracteres desvaneciéndose deprisa sobre el gastado papel resquebrajado. En agradecimiento a la Pequeña Flor. Tristemente echada en falta. Con el inexpresable sentimiento de los suyos. A los 88 años tras una larga y dolorosa enfermedad. Al mes: Quinlan. De cuya alma el Dulce Jesús se apiade.

Hace ya un mes de que Henry querido marchara
arriba hasta el cielo allá a su hogar.
Llora la muerte sufamilia desconsolada
y confía algún día volverle a encontrar.

¿Rompí el sobre? Sí. ¿Dónde puse su carta después de leerla en el baño? Se tentó en el bolsillo del chaleco. Ahí está cómo no. Querido Henry desapareció. Antes de que mi paciencia se me agoten.

Escuela nacional. El almacén de Meade. La parada de coches. Sólo dos ahora. Asintiendo. Atiborrados como garrapatas. Demasiado hueso en sus cráneos. El otro trotando por ahí en algún viaje. Hace una hora que pasé por aquí. Los caleseros saludaron con el sombrero.

La espalda de un guardagujas se irguió repentinamente contra un poste de tranvía por la ventanilla de Mr. Bloom. ¿No podrían inventar algo automático de modo que la rueda más fácilmente? Sí pero ¿ese tipo perdería su empleo entonces? Sí pero entonces ¿otro tipo conseguiría un empleo haciendo el nuevo invento?

Sala de conciertos Antient. Nada en cartel. Un hombre con traje color amanlloclaro y brazalete con crespón. Poco sentimiento debe de haber ahí. Cuarto de luto. La familia política quizá.

Dejaron atrás el inhóspito púlpito de Saint Mark, bajo el puente del ferrocarril, el Queen's Theatre: en silencio. Vallas publicitarias: Eugene Stratton, Mrs. Bandmann Palmer. Podría ir a ver Leab esta noche, me pregunto. Dije que yo. ¿O Lily of Killarney? Compañía de ópera Elster Grimes. Extraordinario cambio. Brillantes carteles húmedos de la imprenta para la semana próxima. Fun on the Bristol. Martin Cunningham podía proporcionar un pase para el Gaiety. Tendría que invitar a una copa o dos. Hágase el milagro y hágalo el diablo.

El viene por la tarde. Las canciones de ella.

Sombrerería Plasto. El busto de la fuente del monumento a Sir Philip Crampton. ¿Quién era?

–¿Cómo está usted? dijo Martin Cunningham, llevándose la palma de la mano a la frente a modo de saludo.

–No nos ve, dijo Mr. Power. Sí que nos ve. ¿Cómo está usted?

–¿Quién? preguntó Mr. Dedalus.

–Boylan Botero, dijo Mr. Power. Ahí va como un palmito.

Justo en ese momento estaba pensando.

Mr. Dedalus se inclinó hacia delante para saludar. Desde la puerta del Banco Rojo el disco blanco de un canotié alumbró una respuesta: elegante silueta: pasó.

Mr. Bloom se pasó revista a las uñas de la mano izquierda, y luego a las de la mano derecha. Las puntas de las uñas, sí. ¿Hay algo más en él que ellas ella ve? Fascinación. El peor hombre de todo Dublín. Eso lo mantiene vivo. A veces presienten cómo es una persona. Instinto. Pero un tipejo como ése. Mis puntas. Estoy mirándomelas: bien recortadas. Y después: pensando en soledad. El cuerpo poniéndosele un poco fláccido. Me daría cuenta de ello: de recordarlo. ¿Qué es lo que lo causa? Supongo que la piel no puede contraerse lo suficientemente aprisa cuando las carnes se afofan. Pero la forma está ahí. La forma está ahí aún. Hombros. Caderas. Oronda. La noche del baile vistiéndonos. La bata metida por entre los cachetes detrás.

Se apretó las manos entre las rodillas y, satisfecho, envió la vacía mirada por sus caras.

Mr. Power preguntó:

–¿Cómo va la gira de conciertos, Bloom?

–Pues muy bien, dijo Mr. Bloom. Me llegan noticias estupendas. Es una buena idea, comprende …

–¿Va usted también?

–Pues no, dijo Mr. Bloom. Se da el caso que tengo que ir a County Clare para hacer unas gestiones. Verá la idea es hacer una gira por las ciudades principales. Lo que se pierda en una se puede recuperar en otra.

Así es, dijo Martin Cunningham. Mary Anderson está ahora mismo allí. ¿Tienen ustedes buenos artistas?

–Louis Werner le organiza la gira, dijo Mr. Bloom. Sí, sí, son todos de primera. J. C. Doyle y John MacCormack espero y. Los mejores, de hecho.

–Y madame, dijo Mr. Power sonriendo. Para no ser menos.

Mr. Bloom aflojó las manos con gesto de suave cortesía y las apretó. Smith O'Bnen. Alguien ha colocado un ramo de flores ahí. Mujer. Debe de ser su aniversario. Que cumpla muchos más. El coche que rodaba junto a la estatua de Farrell les unió silenciosamente las rodillas que no oponían resistencia.

Oota: un viejo de atuendo deslustrado desde el bordillo ofrecía su mercancía, la boca abriéndosele: oota.

–Cuatro cordones de botas por un penique.

A saber por qué le quitarían la licencia de abogado. Tenía el bufete en Hume Street. La misma casa que el tocayo de Molly, Tweedy, procurador en Waterford. Lleva ese sombrero de copa desde entonces. Reliquias del viejo decoro. De luto también. Terrible revés ¡pobre desgraciado! Pasando de mano en mano como rapé en velatorio. O'Callaghan en las últimas.

Y madame. Las once y veinte. Levantada. Mrs. Fleming viene a limpiar. Arreglándose el pelo, tarareando. Voglio e non vorrei. No. Vorrei e non. Mirándose las puntas del pelo a ver si las tiene abiertas. Mi trema un poco il. Bellísima en el tre su voz: tono lloroso. Tordo. Tordella. Ahí tienes una palabra tordella que lo expresa.

Sus ojos pasaron levemente por la agraciada cara de Mr. Power. Encanecido encima de las orejas. Madame: sonriente. Le devolví la sonrisa. Una sonrisa hace milagros. Sólo por cortesía quizá. Gran tipo. ¿Quién sabe si eso es cierto sobre la mantenida? Nada agradable para la esposa. Sin embargo se dice, quién me lo contó, que no hay nada carnal. Te pensarías que eso se terminaría muy pronto. Sí, fue Crofton que se lo encontró una noche cuando le traía a ella una libra de filetes de lomo. ¿Qué es lo que era? Camarera en el Jury. C en el Moira ¿era allí?

Pasaron por debajo de la figura enormencapotada del Liberador.

Martin Cunningham le dio con el codo a Mr. Power.

–De la tribu de Rubén, dijo.

Una figura alta barbinegra, inclinándose sobre un bastón, vacilante por la esquina de Elvery's Elephant, les mostró una mano curvada abierta sobre el lomo.

–En toda su belleza prístina, dijo Mr. Power.

Mr. Dedalus siguió a la vacilante figura con la vista y dijo apaciblemente:

–¡Que el diablo te rompa la crisma!

A Mr. Power, que se retorcía de risa, se le sombreó la cara al retirarla de la ventanilla cuando el coche pasaba por la estatua de Gray.

–Todos hemos pasado por eso, dijo Martín Cunningham decididamente.

Sus ojos se encontraron con los de Mr. Bloom. Se acarició la barba y añadió:

–Bueno, casi todos.

Mr. Bloom empezó a hablar con apremio repentino a las caras de sus compañeros.

–Hay una muy buena que se cuenta por ahí de Reuben J. y el hijo.

–¿La del barquero? preguntó Mr. Power.

–Sí. ¿Verdad que es muy buena?

–¿De qué va? preguntó Mr. Dedalus. Yo no la he oído.

–Había una chica de por medio, empezó Mr. Bloom, y él dispuso enviarlo a la Isla de Man para ponerlo en lugar seguro pero cuando iban los dos …

–¿Qué? preguntó Mr. Dedalus. ¿Ese jodido truhán reconocido?

–Sí, dijo Mr. Bloom. Iban los dos camino del barco y trató de ahogarse… .

–¡De ahogarse Barrabás! exclamó Mr. Dedalus. ¡Por Cristo que ojalá lo hubiera hecho!

Mr. Power lanzó una larga risotada por las narices cubiertas con las manos.

–No, dijo Mr. Bloom, el hijo en persona… .

Martin Cunningham le desbarató su discurso groseramente:

–Reuben J. y su hijo ahuecaban el ala muelle abajo junto al río camino del barco de la Isla de Man y el barbilampiño se suelta repentinamente y por encima del muro que se tiró en el Liffey.

–¡Válgame Dios! profirió Mr. Dedalus con espanto. ¿Murió?

–¡Muerto! exclamó Martin Cunningham. ¡Qué va! Un barquero cogió un bichero y lo pescó por la culera de los calzones y lo elevó hasta el padre en el muelle más muerto que vivo. Media ciudad estaba allí.

–Sí, dijo Mr. Bloom. Pero lo más gracioso es que… .

–Y Reuben J., dijo Martin Cunningham, le dio un florín al batelero por salvarle la vida a su hijo.

Un suspiro sofocado salió de debajo de la mano de Mr. Power.

–Sí, sí, así lo hizo, afirmó Martin Cunningham. Como un héroe. Un florín de plata.

–¿A que es muy buena? dijo Mr. Bloom insistentemente.

–Un chelín y ocho peniques de más, dijo Mr. Dedalus secamente.

La risa atragantada de Mr. Power estalló apagadamente en el coche.

La columna de Nelson.

–¡Ocho ciruelas a penique!

–¡Ocho a penique!

–Será mejor que nos mostremos algo más serios, dijo Martin Cunningham.

Mr. Dedalus suspiró.

–Ah, vamos, dijo, el pobrecillo Paddy no nos iba a escatimar una carcajada. El mismo contaba algunas muy buenas.

–¡Que el Señor me perdone! dijo Mr. Power, limpiándose los ojos acuosos con los dedos. ¡Pobre Paddy! Cómo se me iba a ocurrir hace una semana cuando le Vi por última vez y él tan saludable como siempre que andaría detrás de él hoy de esta manera. Se ha ido de entre nosotros.

–El hombre más decente que jamás haya usado sombrero, dijo Mr. Dedalus. Se fue tan repentinamente.

–Un colapso, dijo Martin Cunningham. El corazón.

Se dio una palmadita en el pecho tristemente.

Cara reluciente: encendida. Demasiado güisqui. Cura para las narices rojas. Beber como un demonio hasta que se pone grisamarilla. Un buen dinero que se gastó coloreándosela.

Mr. Power miró fijamente las casas que pasaban con aprensión triste.

Tuvo una muerte repentina, pobre hombre, dijo.

–La mejor, dijo Mr. Bloom.

Los ojos como platos le miraron.

–Sin dolor, dijo. Un momento y todo ha terminado. Como morirse durante el sueño.

Nadie dijo palabra.

El lado muerto de la calle es éste. Negocio flojo de día, agentes de la propiedad, hotel de abstinencia, guía de ferrocarriles en la librería Falconer, colegio de funcionarios, librería Gill, club católico, organización del trabajador ciego. ¿Por qué? Alguna razón. Haga sol o viento. Por la noche también. Arrapiezos y tatas. Bajo el patronazgo del que fuera Padre Mathew. Primera piedra por Pamell. Colapso. El corazón.

Caballos blancos con penachos blancos doblaron la esquina de la Rotunda, al galope. Un ataúd pequeñito resplandeció al pasar. Corren a enterrar. Una carroza fúnebre. No casado. Negro para los casados. Pío para solteros. Pardo para monjas.

–Triste, dijo Martin Cunningham. Un niño.

Una cara de enano, malva y arrugada como la del pequeño Rudy. Cuerpo de enano, flojo como masilla, en una caja de madera forrada de blanco. Entierro lo paga la Friendly Society. Un penique a la semana por un terrón de césped. Nuestro. Pequeño. Desdichado. Recién nacido. No significó nada. Error de la naturaleza. Si sale sano es por la madre. Si no por el hombre. Mejor suerte la próxima vez.

–Pobrecito, dijo Mr. Dedalus. A salvo de todo esto.

El coche trepó más lentamente por la cuesta de Rutland Square. Traquetean los huesos. Por las piedras. Sólo un pordiosero. Nadie lo reclama.

–A mitad de la vida, dijo Martin Cunningham.

–Pero aún es peor, dijo Mr. Power, cuando alguien se quita la vida.

Martin Cunningham sacó el reloj enérgicamente, tosió y lo devolvió a su sitio.

–La mayor deshonra para una familia, añadió Mr. Power.

–Insania temporal, claro está, dijo Martin Cunningham con decisión. Debemos tener una actitud caritativa.

–Dicen que el hombre que lo hace es un cobarde, dijo Mr. Dedalus.

–No somos nadie para juzgar, dijo Martin Cunningham. Mr. Bloom, a punto de hablar, cerró los labios de nuevo. Los grandes ojos de Martin Cunningham. Apartando la mirada ahora. Qué hombre más humano y comprensivo. Inteligente. Como la cara de Shakespeare. Siempre tiene algo bueno que decir. No tienen misericordia con eso aquí ni con el infanticidio. Les niegan enterramiento cristiano. Le solían atravesar el corazón con una estaca de madera en la sepultura. Como si no lo tuviera roto ya. Sin embargo a veces se arrepienten demasiado tarde. Hallado en el lecho del río agarrándose a los juncos. Me miró. Y aquella horrorosa borracha de su mujer. Poniéndole casa una y otra vez y luego empeñándole ella los muebles todos los sábados casi. Haciéndole la vida imposible. Le rompería el corazón a una piedra, eso. Lunes por la mañana. A empezar de nuevo. Arrimar el hombro. Dios, qué pinta debía de tener aquella noche Dedalus me lo dijo que estaba allí. Borracha como una cuba y corcoveando con el paraguas de Martin.

Y me llaman la perla de Asia,
de Asia,
la geisha.

Apartó la mirada de mí. Lo sabe. Traquetean los huesos.

La tarde aquella de la investigación post mortem. La botella rojietiquetada en la mesa. La habitación del hotel con cuadros de caza. Ambiente cargado. La luz del sol por entre los listones de las persianas. Las orejas alumbradas de sol del juez de instrucción, grandes y peludas. El botones prestaba declaración. Pensó a primera vista que estaba dormido al principio. Luego le vio como unos surcos amarillos en la cara. Se había deslizado hacia abajo hasta los pies de la cama. Veredicto: sobredosis. Muerte accidental. La carta. Para mi hijo Leopold.

No más sufrimiento. Nunca más despertar. Nadie lo reclama.

El coche traqueteó apresuradamente por Blessington Street abajo. Por las piedras.

Vamos a paso ligero, creo, dijo Martin Cunningham.

–Dios quiera que no nos vuelque en medio de la calle, dijo Mr. Power.

–Espero que no, dijo Martin Cunningham. Habrá una carrera estupenda mañana en Alemania. La Gordon Bennett.

–Sí, por Júpiter, dijo Mr. Dedalus. Merecería la pena verse, se lo juro.

Al doblar para Berkeley Street un organillo cerca del Basin envió por el aire tras ellos una traqueteante canción bullanguera de teatro de variedades. ¿Ha visto alguien aquí a Kelly? Ka e ele ele y griega. Marcha fúnebre de Saúl. Es tan malo como el viejo Antonio. Que me dejó solonio. ¡Pirueta! El Mater Misericordiae. Eccles Street. Mi casa por allá. Un sitio grande. Sala para los incurables allí. Muy alentador. Hospital Our Lady para los moribundos. Mortuorio muy práctico debajo. Donde murió la vieja Mrs. Riordan. Tienen un aspecto terrible las mujeres. Su tazón y limpiándole la boca con la cuchara. Luego la mampara alrededor de la cama para que muera. Agradable estudiante era aquel que me curó la picadura de abeja. Se ha trasladado al hospital de parturientas me han dicho. De un extremo a otro.

El coche al galope dobló una esquina: paró.

–¿.Qué pasa ahora?

Una manada seccionada de ganado marcado pasaba ante las ventanillas, mugiendo, andando con aire gacho sobre cascos acolchados, mosqueando con las colas lentamente sus huesudas ancas enfangadas. Por fuera y por en medio corrían ovejas almagradas balando su miedo.

–Emigrantes, dijo Mr. Power.

–¡Eeeh! gritaba la voz del tropero, restallándoles el látigo en los flancos. ¡Eeeh! ¡Fuera de ahí!

Jueves, claro está. Mañana es día de matanza. Novillos cebados. Cuffe los vendía a unas veintisiete libras cada uno. Para Liverpool probablemente. Rosbif para la vieja Inglaterra. Compran todas las partes jugosas. Y luego la quinta parte se pierde: toda esa materia aprovechable, piel, pelo, cuernos. Es una buena suma al cabo de un año. Comercio de carne muerta. Subproductos de los mataderos para tenerías, jabón, margarina. A saber si funciona ahora ese ardid de descargar la carne en malas condiciones del tren en Clonsilla.

El coche continuó por entre la manada.

–No comprendo cómo la corporación municipal no monta una línea de tranvía desde la verja del parque a los muelles, dijo Mr. Bloom. Todos esos animales podrían llevarse en vagones hasta los barcos.

–En vez de bloquear la vía pública, dijo Martin Cunningham. Muy acertado. Deberían hacerlo.

–Sí, dijo Mr. Bloom, y otra cosa que a menudo he pensado, es tener tranvías funerarios municipales como tienen en Milán, ya saben. Llevar la línea hasta las afueras hasta las cancelas del cementerio y tener tranvías especiales, con coche fúnebre y coche para el duelo y todo. ¿Ven lo que quiero decir?

–Vaya, ésa sería una historia formidable, dijo Mr. Dedalus. Coche–cama y vagón comedor.

–Un panorama poco halagüeño para Copetón, añadió Mr. Power.

–¿Por qué? preguntó Mr. Bloom, volviéndose hacia Mr. Dedalus. ¿No sería más decente que galopar de dos en fondo?

–Bueno, ahí podría tener razón, concedió Mr. Dedalus.

–Y, dijo Martin Cunningham, no tendríamos escenas como aquella cuando el coche fúnebre dio un barquinazo al doblar la esquina de Dunphy y volcó el ataúd en mitad de la calle.

–Aquello fue terrible, dijo la cara horrorizada de Mr. Power, y el cadáver rodó por la calle. ¡Terrible!

–El primero en doblar la esquina de Dunphy, dijo Mr. Dedalus, asintiendo. La copa Gordon Bennett.

–¡Alabado sea Dios! dijo Martin Cunningham piadosamente.

¡Pum! Vuelco. Un ataúd sale y da contra la calzada. Revienta. Paddy Dignam sale despedido y rueda tieso por el polvo con un hábito marrón demasiado grande. Cara roja: gris ahora. La boca se le ha abierto. Preguntando qué pasa ahora. Muy acertado que se la cierren. Está horrorosa abierta. Luego las tripas se descomponen rápidamente. Mejor cerrarle todos los orificios. Sí, también. Con cera. El esfinter está suelto. Sellarlo todo.

–Dunphy, anunció Mr. Power al girar el coche a la derecha.

La esquina de Dunphy. Carrozas fúnebres estacionadas, ahogando su dolor. Una pausa en el camino. Lugar magnífico para una taberna. Me figuro que pararemos aquí a la vuelta para brindar a su salud. Una ronda de alivio. Elixir de la vida.

Pero supón ahora que sí sucediera. ¿Sangraría si una punta digamos lo cortara en el zarandeo? Sangraría y no sangraría, supongo. Depende dónde. La circulación se para. Aun así podría manar un poco de alguna arteria. Sería mejor enterrarlos de rojo: de rojo oscuro.

En silencio circularon por Phibsborough Road. Un coche fúnebre vacío pasó trotando, de vuelta del cementerio: parece aligerado.

El puente de Crossguns: el canal real.

El agua se precipitaba bramando por las esclusas. Un hombre de pie en su gabarra corriente abajo, por entre montones de turba. Por el camino de silga cerca de la compuerta un caballo flojoamesado. A bordo del Bugabu.

Todos los ojos lo observaron. Por el lento canal algoso había flotado en su balsa costeando el litoral de Irlanda arrastrado por una sirga junto a lechos de juncos, por el cieno, botellas embarradas, carroñas de perros. Athlone, Mullingar, Moyvalley, podría ir andando a ver a Milly por el canal. O en bicicleta. Alquilar algún viejo trasto, más seguro. Wren tenía uno el otro día en la subasta pero de mujer. Vías acuáticas en desarrollo. Pasatiempos de James M'Cann cruzarme en bote al otro lado. Viaje más barato. En fáciles etapas. Casas flotantes. De acampada. También coches fúnebres. Al cielo por el agua. Quizá lo haga sin escribir. Presentarme por sorpresa, Leixlrp, Clonsilla. Bajando compuerta a compuerta hasta Dublín. Con turba de las ciénagas del interior. Saludo. Se quitó el sombrero de paja marrón, saludando a Paddy Dignam.

Dejaron atrás la taberna Brian Boroimhe. Cerca ya.

–A saber cómo le irá a nuestro amigo Fogarty, dijo Mr. Power.

–Más vale que le pregunte a Tom Kernan, dijo Mr. Dedalus.

–¿Cómo es eso? dijo Martin Cunningham. ¿Lo habrá dejado a dos velas, supongo?

–Ojos que no ven, dijo Mr. Dedalus, corazón que sí siente.

El coche giró a la izquierda hacia Finglas Road.

La marmolería a la derecha. Última etapa. Apiñadas en el trozo de tierra aparecieron figuras silenciosas, blancas, apesadumbradas, con manos inmóviles extendidas, arrodilladas en dolor, señalando. Fragmentos de formas, talladas. En blanco silencio: implorantes. Lo mejor en el mercado. Thos. H. Dennany, constructor de monumentos funerarios y escultor.

Pasaron.

En el bordillo delante de la casa de Jimmy Geary, el sacristán, un viejo vagabundo se hallaba sentado, quejándose, sacándose la tierra y los chinos de su enorme bota bostezante polvomarrón. Tras el viaje de la vida.

Sombríos jardines pasaron luego: uno a uno: sombrías casas.

Mr. Power señaló.

–Ahí es donde asesinaron a Childs, dijo. La última casa.

–Sí que lo es, dijo Mr. Dedalus. Un caso horrible. Seymour Bushe consiguió que lo exculparan. Asesinó a su hermano. O eso dijeron.

–La acusación no tenía pruebas, dijo Mr. Power.

–Sólo indicios circunstanciales, añadió Martin Cunningham. Ésa es la máxima de la ley. Mejor que noventainueve culpables escapen que no que un inocente sea injustamente condenado.

Miraron. Tierra de asesino. Pasó oscuramente. A cal y canto cerrada, deshabitada, jardín abandonado. Todo el lugar se ha ido al diablo. Injustamente condenado. El asesinato. La imagen del asesino en el ojo del asesinado. Les encanta leer esas cosas. Cabeza de hombre hallada en un jardín. Ella llevaba puesto. Cómo encontró ella la muerte. Reciente atrocidad. El arma utilizada. El asesino aún anda suelto. Pistas. Un cordón de zapato. El cuerpo será exhumado. El asesinato se aclarará.

Apretujados aquí dentro en este coche. Puede que no le gustara a ella que me presentara sin avisarla. Hay que tener cuidado con las mujeres. Las coges tan sólo una vez con el culo al aire. No te lo perdonan jamás. Quince.

Los altos barrotes de la verja de Prospect pasaron ondeantes ante sus ojos. Oscuros chopos, raras figuras blancas. Figuras más frecuentes, blancas formas arracimadas entre los árboles, blancas figuras y fragmentos fluyendo mudamente, manteniendo gestos efimeros en el aire.

La llanta rechinó contra el bordillo: se paró. Martín Cunningham sacó el brazo y, tirando hacia atrás del pestillo, empujó la puerta con la rodilla. Salió. Mr. Power y Mr. Dedalus le siguieron.

Cambia ese jabón ahora. La mano de Mr. Bloom desabrochó el bolsillo del pantalón sigilosamente y transfirió el jabón papelpegado al bolsillo interior del pañuelo. Salió del coche, devolviendo a su lugar el periódico que su otra mano aún sostenía.

Entierro insignificante: carroza y tres coches. Qué más da. Portadores del manto funerario, bridas de oro, misa de réquiem, salvas. Pomposidad de la muerte. Más allá del último coche había un vendedor ambulante de pie al lado de su carrito de pasteles y frutas. Pastelillos rellenos de fruta son esos, pegados unos con otros: pasteles para los muertos. Galletas para perros. ¿Quiénes se las comían? Acompañantes del difunto saliendo.

Siguió a sus compañeros. Mr. Keman y Ned Lambert le siguieron. Hynes andando detrás de ellos. Kelleher Copetón de pie al lado del coche fúnebre abierto sacó las dos coronas. Le dio una al chico.

¿Dónde se habrá metido el entierro de aquel niño?

Un tiro de caballos pasó de Finglas con fatigoso paso cansado, arrastrando por el fúnebre silencio un carro chirriante en el que yacía un bloque de granito. El carretero que marchaba a la cabeza saludó. El ataúd ahora. Se nos ha adelantado, muerto y todo. El caballo que se vuelve a mirarlo con el penacho ladeado. Ojo apagado: la collera apretándole el cuello, presionando una artena o algo. ¿Sabrán lo que acarrean hasta aquí todos los días? Debe de haber veinte o treinta entierros al día. Mount Jerome además para los protestantes. Entierros por todo el mundo por todas partes cada minuto. Echándolos con las palas al hoyo a carretadas el doble de rápido. Miles cada hora. Demasiados en el mundo.

Acompañantes del difunto salieron por la verja: mujer y una niña. Harpía canflaca, mujer dura de roer, la papalina torcida. La cara de la niña manchada de suciedad y lágnmas, cogida del brazo de la mujer, mirándola en espera de una señal para echarse a llorar. Cara de pez, exangüe y lívida.

Los anderos se echaron el ataúd a hombros y lo entraron por la verja. Tanto peso muerto. Yo mismo me sentía más pesado al salir de aquel baño. Primero el fiambre: luego los amigos del fiambre. Kelleher Copetón y el chico siguieron con las coronas. ¿Quién es ese que está a su lado? Ah, el cuñado.

Todos caminaron detrás.

Martin Cunningham susurró:

–Estaba pasando un mal rato cuando habló de suicidios delante de Bloom.

–¿Qué? susurró Mr. Power. ¿Cómo es eso?

–Su padre se envenenó, susurró Martin Cunningham. Regentaba el hotel Queen en Ennis. Le oyó decir que iba a ir a Clare. Aniversario.

–¡Válgame Dios! susurró Mr. Power. Ahora me entero. ¿Se envenenó?

Echó un vistazo atrás a donde una cara de ojos oscuros pensativos proseguía hacia el mausoleo del cardenal. Hablando.

–¿Estaba asegurado? preguntó Mr. Bloom.

–Creo que sí, contestó Mr. Keman. Pero la póliza estaba fuertemente hipotecada. Martin está tratando de meter al joven en Artane.

–¿Cuántos niños ha dejado?

–Cinco. Ned Lambert dice que intentará meter a una de las chicas en la tienda Todd.

–Una pena, dijo Mr. Bloom delicadamente. Cinco criaturas.

–Un duro golpe para la pobre mujer, añadió Mr. Keman.

–Sí que lo es, asintió Mr. Bloom.

Ahora le toca reír a ella.

Se miró las botas que se había encerado y abrillantado. Ella le había sobrevivido. Perdió a su marido. Más muerto para ella que para mí. Uno tiene que sobrevivir al otro. Dicen los entendidos. Hay más mujeres que hombres en el mundo. Acompáñala en el sentimiento. Su terrible pérdida. Espero que pronto le siga. Para viudas hindúes solamente. Ella se casaría con otro. ¿Con él? No. Sin embargo quién sabe después. La viudedad no es lo que era desde que la vieja reina murió. Llevada en una cureña. Victoria y Albert. Monumento funerario en Frogmore. Pero al final se puso unas cuantas violetas en la papalina. Vanidosa en el fondo de su corazón. Todo por una sombra. El consorte no era ni rey. Su hijo era la esencia. Algo nuevo en lo que esperar no como el pasado que quería recuperar, esperando. Nunca vuelve. Uno tiene que irse antes: solo, bajo tierra: y no yacer más en su cálida cama.

–¿Cómo está, Simon? dijo Ned Lambert suavemente, estrechando manos. No le he visto hace siglos.

–Mejor que nunca. ¿Cómo están todos en la querida Cork?

–Estuve allí para las carreras de Cork el lunes de Resurrección, dijo Ned Lambert. Las monsergas de siempre. Paré donde Dick Tivy.

–¿Y cómo está Dick, el hombre formal?

–Sin un pelo en la cresta, contestó Ned Lambert.

–¡Por San Pablo! dijo Mr. Dedalus con asombro mesurado. ¿Dick Tivy calvo?

–Martin va a ver si nos da un sablazo en beneficio de los chicos, dijo Ned Lambert, señalando hacia delante. Unos cuantos chelines por cabeza. Para que aguanten hasta que se aclare lo del seguro.

–Sí, sí, dijo Mr. Dedalus dudando. ¿Es ése el hijo mayor el de enfrente?

–Sí, dijo Ned Lambert, con el hermano de la mujer. John Henry Menton está detrás. El se ha comprometido a dar una libra.

Apostaría a que lo habrá hecho, dijo Mr. Dedalus. A menudo le decía al pobre Paddy que debía cuidar ese trabajo. John Henry no es el peor del mundo.

–¿Cómo lo perdió? preguntó Ned Lambert. La bebida ¿no?

–El fallo de muchos hombres buenos, dijo Mr. Dedalus con un suspiro.

Se detuvieron a la puerta de la capilla mortuoria. Mr. Bloom detrás del chico de la corona observaba el cabello repeinado y los pliegues del canijo cogote dentro del recién estrenado cuello. ¡Pobre chico! ¿Estaría allí cuando el padre? Ambos inconscientes. Espabilar en el último instante y reconocer por última vez. Todo lo que pudo haber hecho. Le debo tres chelines a O'Grady. ¿Lo entendería? Los anderos portaron el ataúd hasta dentro de la capilla. ¿Cuál es el lado de la cabeza?

Tras un instante siguió a los demás adentro, parpadeando en la luz tamizada. El ataúd reposaba sobre sus andas delante del presbiterio, cuatro velas altas amarillas en las esquinas. Siempre delante de nosotros. Kelleher Copetón, colocando una corona en cada esquina delantera, indicó al chico que se arrodillara. Los acompañantes se arrodillaron aquí y allá en reclinatorios. Mr. Bloom se quedó de pie detrás junto a la pila y, cuando todos se hubieron arrodillado, dejó caer cuidadosamente el periódico desdoblado de su bolsillo e hincó la rodilla derecha en él. Encajó el sombrero negro delicadamente en la rodilla izquierda y, sujetando el ala, se inclinó hacia delante piadosamente.

Un acólito portando un cubo de latón con algo dentro salió por una puerta. El sacerdote blanquialbado vino detrás, alisándose la estola con una mano, equilibrando con la otra un librito contra la barriga de sapo. ¿Quién leerá el libraco? Yo, dijo el braco.

Se detuvieron al lado de las andas y el sacerdote comenzó a leer en el libro con un croar fluido.

El Padre Coffey. Sabía que se llamaba algo así como café. Dominenámme. Parece un matón por el hocico de buldog. El que mangonea el cotarro. Cristiano musculoso. La desdicha caiga sobre aquel que le mire con malos ojos: sacerdote. Tú eres Pedro. Reventará por los costados como un camero bien cebado dice Dedalus que le pasará. Con una barriga que tiene de cachorro podrido. Expresiones de lo más divertidas las que ese hombre encuentra. Jmmm: reventará por los costados.

–Non intres in judicium cum semo tuo, Domine.

Les hace sentirse más importantes si se reza por ellos en latín. Misa de réquiem. Plañideras de luto. Tarjetas nigrorladas. Tu nombre en el libro del altar. Qué sitio más frío éste. Tendrán que alimentarse bien, ahí sentados toda la mañana en la penumbra mano sobre mano y esperando al siguiente por favor. Ojos de sapo también. ¿Qué es lo que le infla de esa manera? Molly se infla con la col. El aire del lugar puede ser. Parece lleno de gas nocivo. Debe de haber una cantidad infemal de gases nocivos en este lugar. Los camiceros, pongo por caso: se ponen como bistecs crudos. ¿Quién me lo contaba? Mervyn Browne. Abajo en la cripta de San Werburgh precioso órgano antiguo ciento cincuenta deberían taladrar un agujero en los ataúdes a veces para dejar salir el gas nocivo y quemarlo. Sale a borbotones: azul. Una bocanada y estás perdido.

Me molesta la rótula. Ay. Así está mejor.

El sacerdote sacó un palito con el extremo en forma de pomo del cubo del chico y lo sacudió encima del ataúd. Luego fue al otro extremo y lo sacudió de nuevo. Luego regresó y lo devolvió al cubo. Como eras antes de descansar. Todo está escrito: tiene que hacerlo.

–Et ne nos inducas in tentationem.

El acólito trinaba las respuestas con voz de tiple. A menudo pensé que sería mejor tener chicos sirvientes. Hasta los quince o así. Después, claro está …

Agua bendita era eso, me figuro. Sacudiéndole el sueño. Debe de estar harto de ese trabajo, sacudiendo la cosa esa encima de todos los cadáveres que traen trotando. Qué malo tiene que viera sobre lo que lo está sacudiendo. Cada día de su puñetera vida un nuevo lote: hombres de mediana edad, viejas, niños, mujeres muertas de parto, hombres barbudos, comerciantes calvos, chicas tísicas con pechitos de gorrión. El año entero ha rezado lo mismo por ellos y sacudido el agua encima de ellos: duermen. Encima de Dignam ahora.

–In paradisum.

Ha dicho que iría al paraíso o que está en el paraíso. Dice eso con todos. Qué trabajo más pesado. Pero tiene que decir algo.

El sacerdote cerró el libro y salió, seguido del acólito. Kelleher Copetón abrió las puertas laterales y los sepultureros entraron, auparon el ataúd de nuevo, lo sacaron y metieron de un empujón en el carro. Kelleher Copetón le dio una corona al chico y otra al cuñado. Todos salieron tras ellos por las puertas laterales al apacible aire gris. Mr. Bloom salió el último doblando el periódico de nuevo en el bolsillo. Miró gravemente al suelo hasta que el carro se hubo marchado rodando hacia la izquierda. Las ruedas de metal trituraban la gravilla con rechinante ruido rasposo y el grupo de botas romas siguió al carrito rodante por un sendero de sepulcros.

Larí lará larí lará larú. Señor, no debo tararear aquí.

–La rotonda de O'Connell, dijo Mr. Dedalus a su alrededor.

Los ojos dulces de Mr. Power se elevaron hasta la punta del encumbrado cono.

–Descansa ya, dijo, en medio de su gente, el viejo Dan O'. Pero su corazón está enterrado en Roma. ¡Cuántos corazones rotos están enterrados aquí, Simon!

–La sepultura de ella está por allí, Jack, dijo Mr. Dedalus. Pronto yaceré a su lado. Que El me lleve cuando así sea su voluntad.

Deshecho, comenzó a llorar para sí quedamente, tropezando un poco en su marcha. Mr. Power lo cogió del brazo.

–Está mejor donde está, dijo amablemente.

–Supongo que sí, dijo Mr. Dedalus con un débil desfallecimiento. Supongo que está en el cielo si existe un cielo.

Kelleher Copetón se echó a un lado de la hilera y facilitó a los acompañantes del duelo su penoso caminar.

–Situaciones tristes, empezó Mr. Kernan cortésmente.

Mr. Bloom cerró los ojos y tristemente dos veces inclinó la cabeza.

–Los otros se están poniendo el sombrero, dijo Mr. Keman. Supongo que también podemos hacerlo nosotros. Somos los últimos. Este cementerio es un lugar traicionero.

Se cubrieron.

–El reverendo leyó el servicio demasiado aprisa ¿no cree? dijo Mr. Kernan con reprobación.

Mr. Bloom asintió gravemente mirando los ojos vivaces inyectados de sangre. Ojos enigmáticos, inquisidores. Masón, creo: no estoy seguro. A su lado de nuevo. Somos los últimos. En el mismo barco. Espero que diga algo más.

Mr. Keman añadió:

–El servicio de la iglesia irlandesa que se practica en Mount Jerome es más sencillo, más impresionante debo decir.

Mr. Bloom dio un consentimiento prudente. La lengua claro está era otra cosa.

Mr. Keman dijo con solemnidad:

–Yo soy la resurreccióny la vida. Eso le llega a uno al corazón.

–Sí que es verdad, dijo Mr. Bloom.

Al corazón quizá pero ¿qué le va al tipo en el hoyo de seis pies por dos con los dedos de los pies apuntando a las margaritas? Mejor ni tocarlo. Sede de los afectos. Corazón roto. Una bomba después de todo, bombeando miles de galones de sangre al día. Un buen día se bloquea: ya la tienes. Cantidades de ellos yacen por aquí: pulmones, corazones, hígados. Viejas bombas herrumbrosas: al carajo con todo lo demás. La resurrección y la vida. Una vez estás muerto estás muerto. La idea del último día. Levantándolos a todos de sus sepulturas. ¡Lázaro, sal fuera! Y salió el último y perdió el puesto. ¡A levantarse! ¡Último día! Luego cada uno huroneando por ahí su hígado y sus asaduras y el resto de sus avíos. Encontrar toda su jodida persona esa misma mañana. Una medida de polvo en un cráneo. Doce gramos una medida. Medida Troyes.

Kelleher Copetón se puso a la altura de ellos.

–Todo fue fenomenal, dijo. ¿No?

Les miró con su mirada indolente. Hombros de policía. Con su gururú guruní.

–Como debe ser, dijo Mr. Keman.

–¿Qué? ¿Eh? dijo Kelleher Copetón.

Mr. Keman se lo confirmó.

–¿Quién es ese tipo de atrás con Tom Keman? preguntó John Henry Menton. Conozco la cara.

Ned Lambert echó una ojeada atrás.

–Bloom, dijo, Madame Manon Tweedy la que era, es, mejor dicho, la soprano. Es su mujer.

–Ah, claro, dijo John Henry Menton. No la he visto desde hace algún tiempo. Era una mujer guapa. Bailé con ella hace, espera, quince diecisiete dichosos años, en casa de Mat Dillon en Roundtown. Y una buena abrazada que tenía.

Miró detrás por entre los otros.

–¿Qué es él? preguntó. ¿Qué hace? ¿No trabajaba en algo de papelería? Tuve una disputa con él una noche, lo recuerdo, en los bolos.

Ned Lambert sonrió.

–Sí, viajante, dijo, en Wisdom Hely. Vendía papel secante.

–Por Dios Santo, dijo John Henry Menton, ¿para qué se casaría con un pelafustán como ése? Estaba para dar guerra en aquel entonces.

–Aún la da, dijo Ned Lambert. Es agente de publicidad.

Los grandes ojos de John Henry Menton se clavaron al frente.

El carrito dobló por una senda lateral. Un hombre robusto, emboscado en la hierba crecida, se levantó el sombrero en señal de respeto. Los sepultureros se tocaron la gorra.

–John O'Connell, dijo Mr. Power complacido. Nunca se olvida de un amigo.

Mr. O'Connell les estrechó a todos la mano en silencio. Mr. Dedalus dijo:

–Soy venido a visitaros.

–Amigo Simon, contestó el gerente del cementerio con voz grave. No le quiero por cliente de ninguna manera.

Saludó a Ned Lamben y a John Henry Menton y echó a andar al lado de Martin Cunningham enredando con dos alargadas llaves a su espalda.

–¿Habéis oído esa, les preguntó, sobre Mulcahy del Coombe?

–No, dijo Martin Cunningham.

Inclinaron los sombreros de copa a un tiempo y Hynes prestó oído. El gerente colgó los pulgares en las vueltas de la cadena de oro del reloj y habló con tono discreto a sus sonrisas vacías.

–Cuentan, dijo, que dos borrachos vinieron hasta aquí una tarde brumosa a buscar la sepultura de un amigo de ellos. Preguntaron por Mulcahy del Coombe y les dijeron dónde estaba enterrado. Después de andar dando tumbos por ahí en la niebla encontraron la sepultura cómo no. Uno de los borrachos deletreó el nombre: Terence Mulcahy. El otro borracho miró con los ojos engurruñados hacia arriba a una estatua de Nuestro Señor que la viuda había mandado colocar.

El gerente miró con los ojos engurruñados hacia uno de los sepulcros que acababan de pasar. Prosiguió:

–Y, después de mirar con los ojos engurruñados a la sagrada figura, Coño, no se le parece ni pizca, dijo. Ese no es Mucahy, dijo, quien sea que lo haiga hecho.

Premiado con sonrisas se quedó atrás y habló con Kelleher Copetón, aceptando los certificados que le diera, dándoles vuelta y examinándolos al caminar.

–Todo eso está hecho con un propósito, explicó Martin Cunningham a Hynes.

–Lo sé, dijo Hynes. Ya lo sé.

–Para animarle a uno, dijo Martin Cunningham. Es pura bondad: al carajo todo lo demás.

Mr. Bloom admiró la próspera corpulencia del gerente. Todos quieren estar a buenas con él. Tipo decente, John O'Connell, de los buenos. Llaves: como el anuncio de Yaves: no hay peligro de que nadie se escape. Nada de controles de puertas. Habeas Corpus. Tendré que ver lo del anuncio ese después del entierro. ¿Escribí Ballsbndge en el sobre que cogí para tapar cuando me pilló escribiendo a Martha? Espero que no esté por ahí tirado en la oficina de cartas sin reclamar. Mejoraría con un afeitado. Barba apuntando canas. Ésa es la primera señal cuando el pelo empieza a salir gris. Y el humor que se agria. Hilos plateados entre los grises. Curioso ser su mujer. A saber cómo tendría coraje para declararse a una chica. Vente a vivir al camposanto. Ponérselo por delante. Le podría excitar al principio. Cortejando a la muerte. Sombras de la noche se ciemen por doquier con todos los muertos tendidos alrededor. Sombras de las tumbas cuando los cementerios bostezan y Daniel O'Connell debe de ser descendiente supongo quién era éste que solía decir que era un poco raro y a la vez un buen semental muy católico de todas formas como descomunal gigante en la oscuridad. Fuego fatuo. Gas de las sepulturas. Hay que hacer que no piense en ello para conseguir embarazarla. Las mujeres especialmente son tan quisquillosas. Cuéntale una historia de fantasmas en la cama para que se duerma. ¿Has visto alguna vez un fantasma? Pues yo sí. Era una noche como boca de lobo. El reloj iba a dar la medianoche. Aun así bien que besarían si se las pone a tono. Putas en almacabras turcos. Aprenden cualquier cosa si se las coge jóvenes. Puede uno conquistarse a una viuda joven aquí. Hay hombres así. Amor entre lápidas. Romeo. Sepulcrales aderezos de placer. En medio de la muerte estamos en la vida. Los extremos se tocan. Dentera para los pobres muertos. Olor a bistecs a la plancha para los hambrientos. Les roe las entrañas. Ganas de dar pelusa a la gente. Molly que lo quería hacer en la ventana. Ocho niños tiene de todas maneras.

Él ha visto a un buen número desaparecer en su vida, que yacen a su alrededor campo tras campo. Campos santos. Más sitio si los enterraran de pie. Sentados o de rodillas no se podría. ¿De pie? La cabeza podría salir algún día de debajo de la tierra en un corrimiento con la mano señalando. Todo un panal debe de estar hecho el suelo: celdas oblongas. Y muy cuidado que lo mantiene además: césped y setos recortados. Su jardín llama el Comandante Gamble a Mount Jerome. Bueno, así es. Deberían ser flores del sueño. Los cementerios chinos donde crecen adormideras gigantes producen el mejor opio me dijo Mastiansky. El jardín Botánico está justo por allí. Es la sangre hundiéndose en la tierra lo que da nueva vida. La misma idea que esos judíos que decían que mataron al niño cristiano. Cada hombre tiene su precio. Gordo cadáver bien preservado, caballero, epicúreo, inapreciable para jardín de frutales. De ocasión. Por el cadáver de William Wilkinson, auditor y contable, fallecido recientemente, tres libras trece chelines con seis. Agradecido.

Yo diría que la tierra debe de ser bien fértil con el estiércol de cadáver, huesos, carne, uñas. Osarios. Horrendos. Se vuelven verde y rosa al descomponerse. Se pudren aprisa en tierra húmeda. Los viejos delgados más duros. Luego algo así como seboso como cremoso. Luego empiezan a ponerse negros, negra meladura rezumando de ellos. Luego secos. Mariposas calaveras. Claro que las células o lo que sean siguen vivas. Cambiándose como pueden. Vives para siempre prácticamente. Nada con que alimentarse se alimentan de ellas mismas.

Pero deben de criar una barbaridad de gusanos. La tierra debe de estar sencillamente arremolinada con tantos. La cabeza sencillamente se te arremollina. Aquellas bonitas chicuillas de la playa. Él parece bastante animado con todo ello. Le da una sensación de poder viendo a todos los otros que se van al hoyo primero. A saber cómo verá él la vida. Contando sus chistes además: le da grandísimo contento. El del boletín. Spurgeon subió al cielo a las 4 de esta madrugada. 11 de la noche (hora de cierre). Aún no ha llegado. Pedro. A los propios muertos a los hombres por lo menos les gustaría oír un chiste de vez en cuando o a las mujeres saber qué está de moda. Una pera jugosa o un ponche para señoras, caliente, fuerte y dulce. Mantener la humedad a raya. Hay que reírse algunas veces así que mejor hacerlo de esa manera. Los sepultureros en Hamlet. Muestra el profundo conocimiento del corazón humano. No se atreven a hacer chistes sobre los muertos durante dos años al menos. De mortuis nil nisi prius. Quitarse el luto primero. Diflcil imaginarse su entierro. Parece una especie de chiste. Leer tu propia esquela dicen que vives más. Te da nueva savia. Nuevo contrato de vida.

–¿Cuántos tiene para mañana? preguntó el gerente.

–Dos, dijo Kelleher Copetón. A las diez y media y once.

El gerente se metió los papeles en el bolsillo. El carrito ha bía dejado de rodar. Los acompañantes del difunto se dividieron a cada lado del hoyo, pisando con cuidado por entre las sepulturas. Los sepultureros cargaron el ataúd y colocaron la parte delantera en el borde, atando las sogas alrededor.

Enterrándolo. Venimos a enterrar al César. Sus idus de marzo o junio. No sabe quién está aquí ni le importa.

¿Y quién es ese tipejo desgarbado de ahí con la gabardina? ¿Y quién será me gustaría saber? Daría cualquier cosa por saber quién es. Siempre aparece alguien que nunca habrías soñado. Podría uno vivir en su soledad toda la vida. Sí, claro que podría. Aun así tendría que buscarse a alguien que le echara la tierra después de muerto aunque podría cavar su propia sepultura. Todos lo hacemos. Sólo el hombre entierra. No, también las hormigas. Lo primero que le choca a cualquiera. Enterrar a los muertos. Digamos que Robinsón Crusoe existió de verdad. Bien entonces Viernes lo enterró. Todo viernes entierra su jueves si te pones a pensarlo.

¡Oh, pobre Robinsón Crusoe!
¿Cómo pudiste hacerlo?

¡Pobre Dignam! Sus polvos yacen en la tierra en su caja. Cuando piensas en todo esto en verdad que es un gasto inútil de madera. Toda carcomida. Podrían inventar un féretro elegante con una especie de panel corredizo, lo dejas caer de esa manera. Sí pero quizá objetaran el que se les enterrara en el de otro tipo. Son tan especiales. Que me entierren en mi tierra natal. Un terroncito de Tierra Santa. Sólo alguna vez una madre y su niño nacido muerto enterrados en el mismo ataúd. Ya veo lo que significa. Ya lo veo. Para protegerle el mayor tiempo posible incluso bajo tierra. La casa del irlandés es su ataúd. Embalsamamientos en catacumbas, momias la misma idea.

Mr. Bloom se mantuvo apartado, el sombrero en la mano, contando las cabezas descubiertas. Doce. Conmigo trece. No. El tipo de la gabardina hace trece. El número de la muerte. ¿De dónde puñetas habrá salido? No estaba en la capilla, lo juraría. Qué superstición más tonta la del número trece.

Qué paño más suave y agradable el del traje de Ned Lambert. Un poco tirando a púrpura. Yo tenía uno así cuando vivíamos en Lombard Street West. Tipo elegante que era él en tiempos. Solía cambiarse de traje tres veces al día. Tengo que llevar mi traje gris a que me lo vuelva Mesías. Caramba. Pero si es teñido. Su mujer me olvidé de que no está casado o su patrona debería haberle quitado esos hilos.

El ataúd se sumergió zafándose de la vista, bajado con cuidado por los hombres esparrancados sobre los caballetes de la sepultura. Con esfuerzo se enderezaron y apartaron: y todos se descubrieron. Veinte.

Pausa.

Si todos fuéramos repentinamente alguien distinto.

En la lejanía un burro rebuznó. Lluvia. No hay ningún asno. Nunca se ve uno muerto, dicen. Avergonzados de morir. Se ocultan. También el pobre papá se fue.

Un dulce viento suave sopló por entre las cabezas descubiertas como un susurro. Susurro. El chico a la cabecera de la sepultura sostenía la corona con las dos manos, la mirada silenciosamente clavada en el negro espacio abierto. Mr. Bloom se colocó detrás del robusto y amable gerente. Levita de buen corte. Sopesándolos quizá para ver quién será el próximo. Bueno, es un largo descanso. No sentir más. Es el momento lo que sientes. Debe de ser jodidamente desagradable. No se lo podrá uno creer al principio. Un error debe ser: otra persona. Prueba en la casa de enfrente. Espera, yo quería. No he podido todavía. Luego la cámara mortuoria oscurecida. Luz necesitan. Cuchicheando a tu alrededor. ¿Te gustaría ver a un sacerdote? Luego fantaseando y desvariando. Delirio todo lo que ocultaste toda la vida. La lucha con la muerte. Su sueño no es natural. Presiónale el párpado inferior. Observan si tiene la nariz en punta si tiene la mandíbula caída si tiene las plantas de los pies amarillas. Quítale la almohada y dejemos que acabe de una vez en el suelo puesto que está perdido. El diablo en aquel cuadro de la muerte de un pecador mostrándole una mujer. En camisón muriéndose de ganas de abrazarla. El último acto de Lucía. ¿No podré contemplarte nunca más? ¡Bam! Expira. Se fue por fin. La gente habla de ti durante algún tiempo: te olvidan. No olvides rezar por él. Recuérdale en tus oraciones. Incluso a Pamell. El Día de la Hiedra está desapareciendo. Luego te siguen: caen en un agujero, uno tras otro.

Estamos rezando ahora por el descanso de su alma. Esperamos que te encuentres en gracia y no en desgracia. Un buen cambio de aires. De la sartén de la vida al fuego del purgatorio.

¿Pensará alguna vez en el agujero que le espera a él también? Dicen que sí cuando tiritas al sol. Alguien que pisa por encima. La señal del segundo apunte. Cerca de ti. La mía allí hacia Finglas, la parcela que compré. Mamá, pobre mamá, y el pequeño Rudy.

Los sepultureros cogieron las palas y echaron pesados mazacotes de tierra sobre el ataúd. Mr. Bloom volvió la cara. ¿Y si estuviera vivo todo este tiempo? ¡Fu! ¡Joroba, sería horroroso! No, no: está muerto, claro. Claro que está muerto. El lunes murió. Debería haber alguna ley punzar el corazón para asegurarse o un reloj eléctrico o un teléfono en el ataúd y algún tipo de respiradero de loneta. La bandera de socorro. Tres días. Demasiado tiempo para mantenerlos en verano. Quizá sea mejor deshacerse de ellos tan pronto como estés seguro de que no.

La tierra caía más suavemente. Empiezas a ser olvidado. Ojos que no ven, corazón que no siente.

El gerente se alejó unos pasos y se puso el sombrero. Ya ha aguantado bastante. Los acompañantes se fueron animando, uno a uno, cubriéndose sin ostentación. Mr. Bloom se puso el sombrero y vio cómo la figura robusta se abría camino diestramente por entre el laberinto de sepulturas. Quedamente, seguro de su terreno, recorrió los tétricos campos.

Hynes apuntando algo en su libreta. Ah, los nombres. Pero él los conoce todos. No: viene hacia mí.

–Estoy tomando nota de los nombres, dijo Hynes en voz casi inaudible. ¿Cuál es su nombre de pila? No estoy seguro.

–L., dijo Mr. Bloom. Leopold. Y quizá pudiera anotar el nombre de M'Coy también. Me lo pidió.

–Charley, dijo Hynes mientras escribía. Lo sé. Estuvo en el Freeman un tiempo.

Sí que estuvo allí antes de que consiguiera el trabajo en el depósito de cadáveres bajo Louis Byme. Buena idea esa del postmortem para los médicos. Averiguar lo que imaginan que saben. Murió un martes. Lo largaron. Se marchó con el dinero de unos cuantos anuncios. Charley, eres mi cariño. Por eso me lo pidió. Bah, no importa. Ya hice eso, M'Coy. Gracias, viejo: muy agradecido. Me debe un favor: no cuesta nada.

–Y dígame, decía Hynes, conoce a aquel tipo con la, el tipo que estaba allí con la …

Miró a su alrededor.

–Gabardina. Sí, le vi, dijo Mr. Bloom. ¿Dónde está ahora?

–Gandina, dijo Hynes garabateando. No sé quién es. ¿Así se llama?

Se fue, mirando a su alrededor.

–No, empezó Mr. Bloom, volviéndose y parándose. ¡Oiga, Hynes!

No me ha oído. ¿No? ¿Adónde ha ido a parar? Ni rastro. Por todos los. ¿Alguien ha visto por aquí? Ka e ele ele. Se ha vuelto invisible. Dios ¿qué ha sido de él?

Un séptimo sepulturero se acercó a Mr. Bloom para coger una pala tirada.

–¡Vaya, disculpe!

Se apartó resueltamente.

Tierra, marrón, húmeda, empezó a distinguirse en el agujero. Crecía. Casi han terminado. Un montículo de húmedos tormos creció y creció, y los sepultureros descansaron sus palas. Todos se descubrieron de nuevo durante unos instantes. El chico apoyó la corona contra una esquina: el cuñado la suya en un montón de tierra. Los sepultureros se pusieron las gorras y se llevaron las palas enfangadas al carrito. Luego golpearon las palas ligeramente en el césped: limpias. Uno se inclinó a quitar del mango unas matas grandes de hierba. Otro, dejando a los compañeros, se marchó lentamente con el arma al hombro, la hoja azuleando. Silenciosamente a la cabecera de la sepultura otro enrolló las cuerdas del ataúd. El cordón umbilical. El cuñado, volviéndose, le puso algo en la mano libre. Agradecimiento en silencio. Lo siento, señor: desgracia. Cabezada. Lo sé. Para ustedes sólo.

Los acompañantes se alejaron lentamente sin rumbo, por senderos erráticos, parándose a ratos para leer un nombre en una tumba.

–Demos una vuelta por la tumba del jefe, dijo Hynes. Tenemos tiempo.

–Vayamos, dijo Mr. Power.

Giraron a la derecha, continuando con sus lentos pensamientos. Con temor la voz diáfana de Mr. Power habló:

–Algunos dicen que no está en la sepultura ni mucho menos. Que llenaron el ataúd de piedras. Que algún día volverá de nuevo.

Hynes sacudió la cabeza.

–Pamell nunca más volverá, dijo. Está ahí, todo lo que en él había de mortal. La paz sea con sus cenizas.

Mr. Bloom caminó ignorado a lo largo de la arboleda pasando por ángeles afligidos, cruces, columnas rotas, panteones familiares, esperanzas de piedra orando con la vista alzada, corazones y manos de la vieja Irlanda. Más inteligente gastarse el dinero en una obra de caridad para los vivos. Rezad por el descanso del alma de. ¿Lo hace alguien en realidad? Entiérralo y termina con él. Como por la trampilla del carbón abajo. Luego los apilan a todos juntos para ahorrar tiempo. Día de las ánimas. El veintisiete iré a su sepultura. Diez chelines para el jardinero. La mantiene sin hierbajos. Viejo también. Doblado en dos con sus tijeras de podar recortando. Cerca de las puertas de la muerte. Quién se fue. Quién pasó a mejor vida. Como si lo hicieran por su propio gusto. Les dieron el empujón, a todos ellos. Quién estiró la pata. Más interesante si te dijeran lo que fueron. Fulanito, herrero. Yo era viajante de linóleo. Pagué cinco chelines por libra. O el de una mujer con su sartén. Guisaba buenos cocidos irlandeses. Elogio en un cementerio de pueblo debería ser aquel poema de quién era Wordsworth o Thomas Campbell. Pasó al descanso eterno ponen los protestantes. La del viejo Dr. Murren. El gran médico lo llamó a casa. Bueno, es la parcela de Dios para ellos. Buena residencia campestre. Recién enlucida y pintada. Lugar ideal para fumarse un cigarrillo y leer el Church Times. Los anuncios de bodas nunca intentan adornar nada. Coronas herrumbrosas cuelgan de los pomos, guirnaldas de papel–bronce. Algo mejor por el mismo dinero. Aun así, las flores son más poéticas. Lo otro es más bien aburrido, nunca se marchita. No expresa nada. Siemprevivas.

Un pájaro se posó mansamente en la rama de un chopo. Como si estuviera disecado. Como el regalo de boda que nos dio el edil Hooper. ¡Juu! Ni se ha inmutado. Sabe que no hay tirachinas por aquí. Un animal muerto es aún más triste. La tontuela de Milly que enterró al pajarito muerto en la caja de cerillas de la cocina, una cadena de margaritas y trocitos de loza rota en la sepultura.

El Sagrado Corazón es ése: mostrándolo. El corazón en la mano. Debería estar de lado y rojo debería estar pintado como un corazón de verdad. Irlanda le fue dedicada o como sea. Parece de todo menos a gusto. ¿Por qué esta pena? Vendrían entonces los pájaros a picar como el chico del canasto de finta pero él dijo que no porque debían de haber tenido miedo del chico. Apolo fue ése.

¡Cuántos! Todos estos aquí en un tiempo anduvieron por Dublín. Fieles difuntos. Como tú estás ahora así estuvimos una vez nosotros.

Además ¿cómo podrías recordar a todo el mundo? Ojos, andares, voz. Bueno, la voz, sí: gramófono. Pones un gramófono en cada sepultura o lo tienes en la casa. Después de la comida de los domingos. Pon al pobre bisabuelo. ¡Craajraarc! Holaholahola estoymuycontento craarc muycontentoverosdenuevo holahola estoym cnpzsz. Te recuerda la voz como la fotografia te recuerda la cara. Si no no podrías recordar la cara después de quince años, digamos. ¿Por ejemplo quién? Por ejemplo un tipo que murió cuando yo estaba en lo de Wisdom Hely.

¡Rtststr! Un traqueteo de guijarros. Espera. ¡Alto!

Miró hacia abajo intensamente a una cripta de piedra. Algún animal. Espera. Ahí va.

Una obesa rata gris paseaba insegura a lo largo de la cripta, moviendo los guijarros. Se las sabe todas la muy vieja: bisabuela: conoce el percal. El gris vivo se apretujó por debajo del plinto, culebreó para dentro por debajo. Buen escondite para un tesoro.

¿Quién vive ahí? Yacen los restos de Robert Emery. A Robert Emmet lo enterraron aquí a la luz de las antorchas ¿no? De correrías.

El rabo acaba de desaparecer.

Uno de esos bichos tendría poco trabajo con uno. Dejaría los huesos mondos fuera quien fuese. Carne comente para ellos. Un cadáver es carne que se ha echado a perder. Bueno ¿y qué es el queso? Cadáver de la leche. Leí en aquel Voyages in China que los chinos dicen que un hombre blanco huele a muerto. Incineración es mejor. Los sacerdotes totalmente en contra. Jorobar a la otra empresa. Quemadores al por mayor y traficantes de hornos holandeses. En tiempos de la peste. Fosas para los muertos de cal viva para consumirlos. Cámara letal. Cenizas a las cenizas. O inhumar en el mar. ¿Dónde está esa torre parsi de silencio? Comidos por los pájaros. Tierra, fuego, agua. Ahogarse dicen que es la más placentera. Ves toda tu vida en un tris. Pero traído de nuevo a la vida no. No se puede inhumar en el aire sin embargo. Desde una máquina voladora. A saber si se corre la voz cada vez que dejan caer a uno nuevo. Comunicación subterránea. Aprendimos eso de ellas. No me sorprendería. Alimento completo corriente para ellas. Las moscas vienen antes de que esté bien muerto. Se enteraron de Dignam. A ellas no les importaría el olor que echa. Puré blancosal de cadáver desmigajándose: huele, sabe a nabos blancos crudos.

La verja brillaba enfrente: todavía abierta. Regreso al mundo otra vez. Harto de este sitio. Te acerca un poco cada vez. La última vez que estuve aquí fue en el entierro de Mrs. Sinico. Pobre papá también. El amor que mata. E incluso escarbando la tierra por la noche con una linterna como aquel caso que leí para llegar a las hembras recién enterradas o incluso a las putrefactas con heridas sepulcrales abiertas. Se te mete el susto en el cuerpo después de un tiempo. Me apareceré a ti después de muerto. Verás mi espíritu después de muerto. Mi espíritu te atormentará después de muerto. Hay otro mundo en el más allá que se llama infierno. No me gusta ese otro mudo escribió ella. Ni a mí. Bastante que ver y oír y sentir aún. Sentir seres vivos cálidos cerca. Que duerman ellos en sus camas gusanosas. No me van a pillar a mí esta vez. Cálidas camas: cálida vida sanguibullente.

Martin Cunningham emergió desde un sendero lateral, hablando gravemente.

Procurador, creo. Conozco su cara. Menton, john Henry, procurador, comisionado para juramentos y afidávits. Dignam solía estar en su bufete. En el de Mat Dillon hace mucho tiempo. El jovial Mat. Noches alegres. Pollo frío, cigarros, las copas de Tántalo. Un buenazo en realidad. Sí, Menton. Se puso hecho una fiera aquella tarde en la bolera porque metí bola en el centro. Pura chamba: al sesgo. Por eso me cogió tal inquina. Odio a primera vista. Molly y Floey Dillon del brazo bajo la lila, riéndose. Tipo siempre así, se molesta si hay mujeres cerca.

Tiene un bollo en el lateral del sombrero. Del coche probablemente.

–Perdóneme, caballero, dijo Mr. Bloom al lado de ellos. Se pararon.

–Tiene el sombrero un poco estrujado, dijo Mr. Bloom señalando.

John Henry Menton le miró fijamente por un instante sin moverse.

Ahí, ayudó Martin Cunningham, señalando también.

John Henry Menton se quitó el sombrero, allanó el bollo hacia fuera y alisó la pelusa con cuidado en la manga de la americana. Se encasquetó el sombrero en la cabeza de nuevo.

–Ahora está bien, dijo Martin Cunningham.

John Henry Menton sacudió la cabeza en señal de reconocimiento.

–Gracias, dijo escuetamente.

Continuaron hacia la verja. Mr. Bloom, abatido, se rezagó unos pasos para no oír lo que hablaban. Martin hablando ex cátedra. Martin podía meterse a un cabeza de chorlito como ése en un puño, sin que se diera cuenta.

Ojos color de ostra. No te preocupes. Le pesará después quizá cuando vea claro. Le sacas ventaja de esa manera. Gracias. ¡Qué extraordinarios somos esta mañana!