Read synchronized with  English 
Ulises.  James Joyce
Capítulo 5. «Lotófagos»
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font: 

Junto a las grúas de Sir John Rogerson's Quay Mr. Bloom caminaba discretamente, dejando atrás Windmill Lane, el establecimiento Leask molino de linaza, la estafeta de correos y telégrafos. Podría haber dado esa dirección también. Y dejando atrás el albergue de marineros. Se apartó de los ruidos de la mañana del muelle y prosiguió por Lime Street. Junto a las casitas Brady se hallaba arrellanado un chico recogedor de arrebañaduras, el cubo de basura colgado del brazo, fumando una colilla chupada. Una niña más pequeña con cicatrices de eccema en la frente le ojeó, lánguidamente sujetando su aro de barrica maltrecho. Dile que si fuma no crecerá. ¡Bah, déjalo! Tampoco su vida es un lecho de rosas. Esperando a las puertas de las tabernas para traer a papa a casa. Vuelve a casa con mama, papa. Hora de poca actividad: no habrá mucha gente allí. Cruzó Townsend Street, pasó la fachada ceñuda de Bethel. El, sí: casa de: Alef, Beth. Y dejó atrás la funeraria Nichols. A las once es. Tiempo de sobra. Diría que Kelleher Copetón birló el trabajo para O'Neill. Coser y cantar. Copetón. La vi una vez bajo el emparrado. En el sombreado. ¡Qué animado! Soplón de la policía. Su nombre y dirección luego dio con el agururú runrurú rururú. Vaya, seguro que lo birló. Que lo entierren barato en un comosediga. Con el gururú gururú gururú gururú.

En Westland Row se detuvo ante el escaparate de la Belfast and Oriental Tea Company y leyó los marbetes de los paquetillos de papel de estaño: mezcla selecta, calidad superior, té para la familia. Más bien caluroso. Té. Tengo que hacenne con un poco de Tom Keman. No podría pedírselo en un entierro, sin embargo. Mientras sus ojos leían aún comedidamente se quitó el sombrero aspirando quedamente la brillantina y envió la mano derecha con graciosa lentitud por la frente y el pelo. Mañana muy calurosa. Bajo sus párpados caídos los ojos encontraron el lacito de la cinta de cuero dentro de su sombrero de gran ca. Allí estaba. La mano derecha bajó al cuenco del sombrero. Los dedos encontraron apresuradamente una tarjeta tras la cinta y la transfirieron al bolsillo del chaleco.

Vaya calor. La mano derecha pasó una vez más más lentamente por la frente y el pelo. Luego se puso el sombrero de nuevo, aliviado: y leyó de nuevo: mezcla selecta, hecha con las mejores hojas de Ceilán. El lejano oriente. Un lugar encantador debe de ser: el jardín del mundo, grandes hojas indolentes donde flotar sin rumbo, cactos, praderas floridas, lianas serpeantes las llaman. A saber si será así. Esos cingaleses zascandileando al sol entregados al dolcefar niente, sin dar ni golpe en todo el día. Duermen seis meses al año. Demasiado calor para discutir. Influencia del clima. Letargo. Flores del ocio. El aire es lo que más alimenta. Azoes. Invernadero en los jardines Botánicos. Plantas sensibles. Nenúfares. Pétalos demasiado cansados para. Enfermedad del sueño en el ambiente. Andan sobre pétalos de rosas. Imagina tratando de comer callos y uñas de vaca. ¿Dónde estaba el tipo que vi en aquella foto en algún sitio? Ah, sí, en el mar muerto flotando de espaldas, leyendo un libro con una sombrilla abierta. No puede uno hundirse ni aún queriendo: tan espesa con la sal. ¿Porque el peso del agua, no, el peso del cuerpo en el agua es igual al peso del qué? ¿O es el volumen lo que es igual al peso? Es una ley que dice algo así. Vance en el instituto crujiéndose los dedos, enseñando. El plan de estudios del colegio. Plan crujiente. ¿Qué es peso en realidad cuando dices el peso? Treintaidós pies por segundo por segundo. Ley de la inercia de los cuerpos: por segundo por segundo. Todos caen al suelo. La tierra. Es la fuerza de la gravedad de la tierra lo que es el peso.

Se volvió y vagó lentamente hacia el otro lado de la calle. ¿Cómo iba andando ella con las salchichas? De esa forma que tú sabes. Mientras andaba cogió el Freeman doblado del bolsillo lateral, lo desdobló, lo enrolló a lo largo en forma de batuta y tabaleó con él en la pemera a cada vagaroso paso. Cara de circunstancia: sólo pasaba por ver. Por segundo por segundo. Por segundo por cada segundo quiere decir. Desde el bordillo lanzó una mirada penetrante por la puerta de la estafeta de correos. Buzón de última recogida. Cartas aquí. Nadie. Adentro.

Alargó la tarjeta por la rejilla de latón.

–¿Hay alguna carta para mí? preguntó.

Mientras la empleada de correos buscaba en un casillero él reparó en un cartel de reclutamiento con soldados de todos los cuerpos desfilando: y se llevó la punta de la batuta a la nariz, oliendo el papel de periódico recién imprimido. No habrá respuesta probablemente. Me propasé en la última.

La empleada de correos le devolvió por la rejilla su tarjeta con una carta. El le dio las gracias y echó rápidamente un vistazo al sobre mecanografiado.

Henry Flower Esq.
Lista de Correos. Westland Row.
E/E

Ha contestado en cualquier caso. Deslizó tarjeta y carta en el bolsillo lateral, pasando de nuevo revista a los soldados desfilando. ¿Dónde estará el regimiento del viejo Tweedy? Soldado retirado. Mira: gorra de piel de oso y penacho. No, es un granadero. Puños de pico. Ahí lo tienes: fusileros del real de Dublín. Casacasrojas. Demasiado llamativas. Por eso debe de ser por lo que las mujeres los persiguen. Uniforme. Más fácil alistarse y hacer la instrucción. La carta de Maud Gonne acerca de cómo hay que sacarlos de O'Connell Street por las noches: deshonra para nuestra capital irlandesa. El periódico de Griffith va en la misma linea ahora: un ejército carroño de enfermedades venéreas: imperio de ultramar o de ultraborrachos. Medio cocidos parecen: como hipnotizados. Vista al frente. Marcar el paso. Izquierda: erda. Derecha: echa. Los del Rey. Nunca se le ve a él vestido de bombero o de poli. De masón, sí.

Salió lentamente de la estafeta de correos y dobló a la derecha. Charla: como si eso lo arreglara todo. La mano se metió en el bolsillo y un dedo índice se abrió camino por debajo de la solapa del sobre, rasgándolo con brusquedad. Las mujeres siempre echan mucha cuenta, no lo creo. Los dedos sacaron la carta la carta y arrugaron el sobre en el bolsillo. Algo prendido: foto quizá. ¿Pelo? No.

M'Coy. Deshagámonos de él pronto. Va a apartarme de mis asuntos. Qué molesta es la gente cuando uno.

–Hola, Bloom. ¿Adónde va?

–Hola, M'Coy. A ningún sitio en especial.

–¿Cómo le va?

–Bien. ¿Y usted?

–Sobrevivo, dijo M'Coy.

Con los ojos puestos en la corbata y traje negros preguntó con quedo respeto:

–¿Hay algún … no sucede nada, espero? Veo que está …

–No, no, dijo Mr. Bloom. El pobre Dignam, ya sabe. El entierro es hoy.

–Claro, pobre hombre. Así es. ¿A qué hora?

Foto no es. Una insignia quizá.

A laaas once, contestó Mr. Bloom.

–Intentaré ir hasta allí, dijo M'Coy. ¿A las once, dice? Sólo me enteré anoche. ¿Quién me lo dijo? Holohan. ¿Conoce a Boto?

–Le conozco.

Mr. Bloom miró al otro lado de la calle al charrete parado ante la puerta del Grovesnor. El mozo cargaba la maleta en el pesebrón. Ella permanecía de pie, a la espera, mientras el hombre, marido, hermano, como ella, se buscaba cambio en los bolsillos. Un abrigo con estilo con ese cuello vuelto, abrigado para un día como éste, parece de paño. Qué postura tan distraída con las manos en esos bolsillos de parche. Como aquella encopetada criatura en el partido de polo. Las mujeres todas a favor del espíritu de clase hasta que tocas el punto sensible. Bien está y bien parece. Reservadas a punto de ceder. La honorable Mrs. y Bruto es un hombre honorable. Poseerla una vez le quitaría todo ese estiramiento.

–Estaba yo con Bob Doran, que pasa por una de sus rondas habituales, y con ése cómo le llaman Lyons Gallito. Justo allá en la taberna Conway estábamos.

Doran Lyons en Conway. Ella se llevó una mano enguantada al pelo. Entró Boto. A remojarse el gaznate. Echando la cabeza hacia atrás y mirando fijo a lo lejos con los párpados entornados vio la brillante piel de cervato relucir bajo el fuerte reverbero, el trenzado. Desde luego que hoy veo bien. La humedad en el ambiente da largo alcance visual quizá. Hablando de unas cosas u otras. Mano de señora. ¿Por qué lado se subirá?

–Y dijo él: ¡Qué pena lo del pobre amigo Paddy! ¿Qué Paddy? dije yo. El pobrecillo Paddy Dignam, dijo.

De campo: a Broadstone probablemente. Botas altas marrones con cordones colgantes. Pie bien moldeado. ¿Para qué tanto barullo con ese cambio? Me ve mirando. Ojo avizor por otro tipo siempre. Un por si acaso. Si una vela se apaga. –¿Porqué? dije yo. ¿Qué le pasa? dije.

Orgullosa: rica: medias de seda.

–Sí, dijo Mr. Bloom.

Se echó un poquito hacia la cabeza hablante de M'Coy. Se va a subir dentro de nada.

–¿Que qué le pasa? dijo. Que está muerto, dijo. Y, se lo juro, ya colmó la copa. ¿Quién, Paddy Dignam? dije. No daba crédito a mis oídos. Estuve con él el viernes pasado o fue el jueves en el Arch. Sí, dijo. Se ha ido. Murió el lunes, pobre hombre.

¡Atención! ¡Atención! Chispazo de seda ricas medias blancas. ¡Atención!

Un pesado tranvía tocando el gong viró por en medio.

Me la perdí. Condenado chato ruidoso. Se siente uno que le han quitado la miel de los labios. Paraíso y Pen. Siempre sucede lo mismo. En el preciso momento. Aquella chica en un zaguán de Eustace Street fue un lunes ajustándose la liga. La amiga tapando el espectáculo. Esprit de corps. Vaya ¿qué miras ahí boquiabierto?

–Sí, sí. dijo Mr. Bloom después de un apagado suspiro. Otro que se ha ido.

–Uno de los mejores, dijo M'Coy.

El tranvía pasó. Se marcharon en el coche hacia el puente de la línea de circunvalación, la mano de ella ricamente enguantada en el asidero de acero. Tremola, tremola: el flamante encaje de su sombrero al sol: tremola, tremolina.

–¿La mujer bien, supongo? dijo la voz cambiada de M'Coy.

–Sí, sí, dijo Mr. Bloom. Magnífica, gracias.

Desenrolló la batuta de periódico despreocupadamente y leyó despreocupadamente:

¿Qué es el hogar sin
Fiambre en Pote Ciruelo?
Incompleto.
Con Ciruelo de felicidad repleto.

–Mi señora acaba de conseguir un contrato. De todas formas aún no está formalizado.

El cuento de la maleta otra vez. Por cierto sin ofender. No entro en ese juego, gracias.

Mr. Bloom desvió los ojos de grandes párpados con acompasada cordialidad.

–Mi mujer también, dijo. Va a cantar para un asunto de postín en el Ulster Hall, en Belfast, el veinticinco.

–¿Ah, sí? dijo M'Coy. Me alegro de oírlo, viejo. ¿Quién monta el tinglado?

Mrs. Marion Bloom. Aún no levantada. La reina estaba en su dormitorio comiendo pan con. Ningún libro. Ennegrecidas cartas de figuras yacían a lo largo del muslo de siete en siete. Mujer morena y hombre rubio. Carta. Gato ovillo peluso negro. Trozo roto de sobre.

Vieja.
Y.
Dulie.
Canción.
De.
Amoooor… .

–Es una especie de gira ¿comprende? dijo Mr. Bloom pensativamente. Duulce canción. Se ha formado una comisión. A partes iguales en gastos y beneficios.

M'Coy asintió, tirándose del rastrojo del bigote.

–Vaya, vaya, dijo. Ésas son buenas noticias.

Se movió como para irse.

–Bueno, me alegro de verle tan bien, dijo. Nos veremos por ahí.

–Sí, dijo Mr. Bloom.

–Una cosa, dijo M'Coy. Podría firmar por mí en el entierro ¿por favor? Me gustaría ir pero puede ser que no pueda, sabe. Ha habido un ahogado en Sandycove que podría aparecer y entonces tendríamos que ir el juez de instrucción y yo si se encuentra el cuerpo. Tan sólo ponga mi nombre si no estoy allí ¿podría ser?

–Así lo haré, dijo Mr. Bloom, moviéndose como para irse. Está bien.

–De acuerdo, dijo M'Coy animado. Gracias, viejo. Iría si pudiera. Bueno. Chipén. Con sólo poner C. P. M'Coy será bastante.

–Se hará, contestó Mr. Bloom con firmeza.

No me ha cogido en babia ese truco. El sablazo rápido. Presa fácil. Qué más quisiera. Maleta con la que estoy encariñado. Piel. Angulos reforzados, bordes con remaches, cerradura de palanca con mecanismo reforzado. Bob Cowley le prestó la suya para el concierto de la regata de Wicklow el año pasado y hasta ahora.

Mr. Bloom, andando lentamente hacia Brunswick Street, sonrió. Mi señora acaba de conseguir un. Pecosa soprano atiplada. Con una nariz de tacaña. Bastante buena a su manera: para una balada corta. No le echa coraje. Usted y yo, qué le parece: en igual barca. Sobalomos. Como para un ataque de nervios. ¿Es que no nota la diferencia? Creo que le tira por ahí. Contra mi forma de ser de alguna manera. Pensó que Belfast lo iría a buscar. Espero que esa viruela de por allá no vaya a más. Supón que no se deja vacunar de nuevo. Su mujer y mi mujer.

A saber si me vendrá de echacuervos.

Mr. Bloom se paró en la esquina, los ojos errando por las vallas publicitarias multicolores. Soda Cantrell y Cochrane (Aromática). Rebajas de verano en Clery. No, sigue recto. Caramba. Leah esta noche. Mrs. Bandmann Palmer. Me gustaría verla otra vez en ese papel. A Hamlet representó anoche. Hacía de hombre. Quizá fuera él una mujer. Por eso Ofelia se suicida. ¡Pobre papá! ¡Cómo solía hablar de Kate Bateman en ese papel! A la entrada del Adelphi en Londres esperó toda la tarde para poder entrar. El año antes de nacer yo fue eso: sesentaicinco. Y Riston en Viena. ¿Cómo se llama exactamente? De Mosenthal es. ¿Rachel no es así? No. La escena de la que siempre hablaba cuando el viejo Abraham ciego reconoce la voz y lleva los dedos a la cara.

¡La voz de Natán! ¡La voz de su hijo! Oigo la voz de Natán que abandonó a su padre para morir de dolor y miseria en mis brazos, que abandonó la casa de su padre y abandonó al Dios de su padre.

Cada palabra es tan profunda, Leopold.

¡Pobre papá! ¡Pobre hombre! Me alegro de no haber entrado en la habitación a mirarle la cara. ¡Aquel día! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Fu! Bueno, quizá fuera lo mejor para él.

Mr. Bloom dobló la esquina y pasó por los cabizbajos pencos de la parada de coches. Inútil pensar más en ello. Hora del morral. Ojalá no me hubiera encontrado con ese M'Coy.

Se acercó más y oyó el ronzar de avena dorada, los dientes que tascaban suavemente. Grandes ojos de buco le observaron al pasar, envuelto en las emanaciones de avena dulce del meado de caballo. Su Eldorado. ¡Pobres bobalicones! Maldito lo que saben o de lo que se preocupan con sus largas narices metidas en los morrales. Demasiado llenos para palabras. Aun así bien que consiguen comida y catre. Capados también: especie de muñón de gutapercha negra meneándose lacio entre las ancas. Puede que sean felices así de todas maneras. Buenas bestias parecen. Aun así su relincho puede ser muy irritante.

Sacó la carta del bolsillo y la dobló con el periódico que llevaba. Puedo tropezarme con ella por aquí. El callejón es más seguro.

Pasó el albergue del cochero. Curiosa la vida de estos carreros sin rumbo. Haga frío o calor, en todas partes, a cualquier hora y a cualquier sitio, sin voluntad propia. Voglio e non. Gusta invitarles a un cigarrillo de vez en cuando. Sociables. Vocean unas cuantas sílabas veloces al pasar. Tarareó:

Liá ci darem la mano
la la lata la la.

Dobló la esquina de Cumberland Street y, prosiguiendo unos pasos, se detuvo al amparo de la pared de la estación. Nadie. El almacén de madera de Meade. Vigas apiladas. Ruinas y casas de vecinos. Con paso cuidadoso pasó por encima del dibujo de un juego de rayuela con su roblón olvidado. Quien pisa raya, pisa medalla. Cerca del almacén de maderas un niño en cuclillas jugaba a las canicas, solo, disparando la bola con pulgar habilidoso. Una gata sabia atigrada, esfinge parpadearte, miraba desde su cálido alféizar. Lástima molestarlos. Mahoma se cortó un trozo de la capa para no despertarla. Ábrela. Y en tiempos yo jugaba a las canicas cuando iba a la escuela de aquella vieja dama. Le gustaba la reseda. De Mrs. Ellis. ¿Y Mr.? Abrió la carta dentro del periódico.

Una flor. Creo que es una. Una flor amarilla con los pétalos prensados. ¿No está molesta pues? ¿Qué dice?

Querido Henry
Recibí tu última carta por la que te estoy muy agradecida. Siento que no te gustara mi última carta. ¿Por qué adjuntaste los sellos? Estoy muy enfadada contigo. Desearía poder castigarte por eso. Te llamé diablillo porque no me gusta ese otro mudo. Por favor dime ¿qué quiere decir de verdad ese nombre? ¿No eres feliz en tu casa pobre diablillo? En serio que desearía poder hacer algo por ti. Por favor dime qué piensas de la pobrecita de mí. A menudo pienso en ese nombre tan bonito que tienes. Querido Henry ¿cuándo nos vamos a ver? Pienso en ti tan a menudo que no tienes ni idea. Nunca me he sentido tan atraída por un hombre como por ti. Me siento tan mal por eso. Por favor escríbeme una carta larga y cuéntame más. Recuerda que si no lo haces te castigaré. Así que ya sabes lo que te haré, diablillo, si no me escribiste. Ay me muero por conocerte. Querido Henry, no rechaces mi ruego antes de que mi paciencia se me agoten. Entonces te lo contaré todo. Bueno adiós, cariño travieso, me duele tanto la cabeza. hoy. y escribe a vuelta de correo a tu anhelante
Martha

P.D. Dime por favor qué clase de perfume usa tu mujer. Quiero saberlo.
besos X X X X

Arrancó la flor ponderadamente del alfiler, olió su casi no olor y la puso en el bolsillo del pecho. El lenguaje de las flores. Les gusta porque nadie lo puede oír. O un ramillete envenenado para fulminarlo. Luego avanzando lentamente leyó de nuevo la carta, mascullando aquí y allá una palabra. Enfadada tulipanes contigo querido hombreflor castigaré tu cacto si no por favor pobre nomeolvides cómo me muero por violetas para querido rosas cuándo nos anémonas conoceremos pronto todo travieso tu mujer dulcamara perfume de Martha. Luego de haberla leído entera la sacó del periódico y la puso en el bolsillo lateral.

Un débil gozo entreabrió sus labios. Transformada desde la primera carta. A saber si «la escribiste» ella misma. Haciéndose la ofendida: una chica de buena familia como yo, persona respetable. Podríamos encontrarnos un domingo después del rosario. Gracias: nada de eso. Típica trifulca amorosa. Luego escondiéndose por esquinas deprisa. Desagradable como una bronca con Molly. Un cigarro tiene efectos tranquilizantes. Narcótico. Propasarse más en la próxima. Diablillo: castigar: tiene miedo de las palabras, claro. Brutal ¿por qué no? Intentarlo de todas formas. Una pizca cada vez.

Palpando aún la carta en el bolsillo le quitó el alfiler. Alfiler corriente ¿no es así? Lo tiró a la calzada. De alguna parte de sus ropas: prendiendo algo. Raro la cantidad de alfileres que siempre llevan encima. No hay rosas sin espinas.

Voces dublinesas de acento vulgar le vociferaban en la cabeza. Aquellas dos guarras esa noche en el Coombe, agarradas bajo la lluvia.

Oh, Mari perdió el alfiler de las bragas.
No sabía qué hacer
para sujetársela,
para sujetársela.

¿La? Las. Duele tanto la cabeza. Estará con la regla probablemente. O sentada todo el día mecanografiando. Concentrar la vista es malo para los nervios del estómago. Qué perfume usa tu mujer. ¿Podría uno descifrar algo así?

Para sujetársela.

Marta, María. Vi ese cuadro en algún sitió no recuerdo ahora viejo maestro o falsificado por dinero. El está sentado en casa de ellas, hablando. Misterioso. También las dos guarras en el Coombe escucharían.

Para sujetársela.

Grata sensación vespertina. No más errar por ahí. Simplemente arrellanarse en algún sitio: tranquilo oscurecer: no preocuparse de nada. Olvidar. Hablar de lugares donde has estado, extrañas costumbres. La otra, cántaro en la cabeza, preparaba la cena: fintas, aceitunas, rica agua fresca de un pozo, fría como la piedra como el agujero en el muro de Ashtown. Tengo que llevarme un cotrofe de papel la próxima vez que vaya a las carreras de trotones. Ella escucha con tiernos ojazos oscuros. Háblale: más y más: todo. Luego un suspiro: silencio. Largo largo largo reposo.

Al pasar por debajo del puente del ferrocarril sacó el sobre, lo rompió rápidamente en pedacitos y los esparció en dirección a la calzada. Los pedacitos se fueron aleteando, se hundieron en el húmedo ambiente desagradable: un aleteo blanco, luego todos se hundieron.

Henry Flower. Podrías romper un talón de cien libras de la misma manera. Un simple trozo de papel. Lord Iveagh cobró una vez un talón de siete cifras de un millón en el banco de Irlanda. Demuestra lo que se puede ganar con la cerveza negra. Aun así el otro hermano lord Ardilaun tiene que cambiarse de camisa cuatro veces al día, dicen. La piel cría piojos o parasitos. Un millón de libras, espera un momento. Dos peniques por pinta, cuatro peniques por cuarto, ocho peniques por galón de cerveza, no, uno y cuatro peniques por galón de cerveza. Para que uno con cuatro sean veinte: unos quince. Sí, exactamente. Quince millones de barriles de cerveza negra.

¿Qué digo barriles? Galones. Como un millón de barriles de todas maneras.

Un tren que llegaba golpeteó estrepitosamente encima de su cabeza, vagón tras vagón. Los barriles le chocaron dentro de la cabeza: cerveza negra sin fuerza se le desparramó y rebulló dentro. Las piqueras se abrieron de golpe y una enorme riada sin fuerza se desplegó, fluyendo toda, ondulándose entre las llanas ciénagas por todo el campo raso, un vago remolino remansado de licor que arrastraba consigo las flores folianchas de su espuma.

Había llegado a la puerta trasera abierta de All Hollows. Al entrar en el soportal se quitó el sombrero, cogió la tarjeta del bolsillo y la metió de nuevo detrás de la cinta de cuero. Maldita sea. Debería haber trajinado a M'Coy para sacarle un pase a Mullingar.

El mismo anuncio en la puerta. Sermón a cargo del muy reverendo John Conmee S. J. sobre San Pedro Claver S. J. y las misiones en África. Oraciones por la conversión de Gladstone hubo también cuando éste estaba casi inconsciente. Los protestantes son iguales. Para la conversión del Dr. William J. Walsh Doctor en Teología a la religión verdadera. Para salvar a millones en China. A saber cómo se lo explicarán a los pobres chinitos paganos. Prefieren una onza de opio. Del imperio celeste. Pura herejía para ellos. Buda su dios yace de lado en el museo. Tomándolo con calma la mano en la barbilla. Pebetes que se queman. No como el Ecce Homo. Corona de espinas y cruz. Aguda idea la de San Patricio el trébol. ¿Palillos? Conmee: Martin Cunningham lo conoce: aire distinguido. Siento no haberlo trajinado para que Molly entrara en el coro en vez de con el Padre Farley que parecía tonto pero no lo era. Es lo que les enseñan. Ése sí que no se va a ir por ahí con gafas de sol chorreando sudor a bautizar negritos ¿a que no? Los espejuelos les picaría la curiosidad, coruscando. Daría gusto verlos sentados en círculo con labios salientes, traspuestos, escuchando. Bodegón. Lo lamen como si fuera leche, supongo.

El frío olor de la piedra sagrada lo llamaba. Pisó los escalones desgastados, empujó la puerta batiente y entró silenciosamente desde atrás.

Se está celebrando algo: alguna cofradía. Lástima tan vacía. Buen lugar discreto para estar junto a una chica. ¿Quién es mi prójima? Abarrotado a todas horas al son de música lenta. Aquella mujer en la misa de medianoche. Séptimo cielo. Mujeres arrodilladas en los bancos con ronzales carmesíes al cuello, las cabezas inclinadas. Un grupo arrodillado ante el comulgatorio. El sacerdote pasaba ante ellas, murmurando, sosteniendo la cosa en las manos. Se paraba con cada una, sacaba una comunión, sacudía una o dos gotas (¿estarán en agua?) y la ponía meticulosamente en la boca de ella. El sombrero y la cabeza se hundían. Luego la siguiente. El sombrero se hundía al momento. Luego la siguiente: una vieja menuda. El sacerdote se inclinó para ponérsela en la boca, murmurando continuamente. Latín. La siguiente. Cierra los ojos y abre la boca. ¿Qué? Corpus: cuerpo. Cadáver. Buena idea lo del latín. Las atonta primero. Hospicio para los moribundos. No parece que la mastiquen: sólo se la tragan. Curiosa idea: comerse pizcas de un cadáver. Por eso los caníbales le cogen el gusto a eso.

Se echó a un lado observando sus ciegas máscaras pasando por el crucero, una a una, buscando sus sitios. Se acercó a un banco y se sentó en la esquina, el sombrero y el periódico en el regazo. Las ollas que tenemos que llevar. Deberíamos tener sombreros hechos a semejanza de nuestras cabezas. Estaban a su alrededor aquí y allá, con las cabezas aún inclinadas y sus ronzales carmesí, esperando que se les derritiera en el estómago. Algo parecido a los mazzoth: es esa clase de pan: pan ácimo. Míralas. Y me apuesto que les hace sentirse felices. Pirulí. Seguro que sí. Sí, pan de los ángeles lo llaman. Hay una gran idea tras ello, especie de reino de Dios dentro de ti que sientes. Primeros comulgantes. Barquillos uno por un penique. Luego todos se sienten como miembros de una misma familia, igual que en el teatro, todos en el mismo barco. De verdad. Estoy seguro de ello. No están tan solos. En nuestra confraternidad. Luego salen una pizca achispados. Vía de escape. La cosa es si de verdad crees en ello. Curas en Lourdes, aguas del perdón, y la aparición de Knock, estatuas que sangran. Viejo dormido cerca de ese confesionario. De ahí esos ronquidos. Fe ciega. Seguro en los brazos de a nosotros tu reino. Adormece todas las penas. Despertar el año que viene por estas fechas.

Vio al sacerdote guardar el copón, bien adentro, y arrodillarse un instante ante él, mostrando una gran suela gris de bota por debajo de las cosas de encaje que llevaba puestas. Supongamos que pierde el alfiler de las. No sabría qué hacer para. Redondelito calvo detrás. Letras en la espalda. ¿I.N.R.I.? No: I.H.S. Molly me lo explicó una vez que se lo pregunté. Jesús he pecado: o no: Jesús he sufrido, quiere decir. ¿Y lo otro? Imprecaron al nazareno con recios insultos.

Vemos un domingo después del rosario. No rechaces mi ruego. Aparecería con un velo y bolso negro. Oscurecer y la luz detrás de ella. Puede que esté aquí con una cinta al cuello y haga lo otro como si tal cosa con disimulo. Su naturaleza. Aquel tipo que delató a sus cómplices los invencibles era de, Carey se llamaba, de comunión diaria. Esta misma iglesia. Pedro Carey, sí. No, en Pedro Claver estoy pensando. Denis Carey. Imagínate. Mujer y seis hijos en casa. Y maquinando aquel asesinato todo el tiempo. Esos tragasantos, ahora que lo pienso ése es un buen nombre para ellos, hay algo de mirada esquiva en ellos. No son rectos en los negocios tampoco. No, no, no está aquí: la flor: no, no. Por cierto ¿he roto ese sobre? Sí: bajo el puente.

El sacerdote enjuagaba el cáliz: luego lo apuró de un trago de golpe. Vino. Lo hace más aristocrático que si bebiera por ejemplo lo que acostumbran cerveza negra Guinness o algún bebistrajo sin alcohol bíter de lúpulo dublinés de Wheatley o soda Cantrell y Cochrane (aromática). No les dan nada de eso: vino Kasher: sólo lo otro. Mal consuelo. Mentira piadosa pero muy aconsejable: si no tendrían ajumado a cuál peor pasándose por aquí a mendigar una copa. Raro todo este ambiente de. Muy bien. Pero que muy bien que está.

Mr. Bloom miró para detrás hacia el coro. No va a haber música. Lástima. ¿Quién lleva lo del órgano aquí me pregunto? El viejo Glynn ése sí que sabía hacerle hablar a ese instrumento, el vibrato: cincuenta libras al año dicen que cobraba en Gardiner Street. A Molly le salió una voz preciosa aquel día, el Stabat Mater de Rossini. El sermón del Padre Bemard Vaughan primero. ¿Cristo o Pilatos? Cristo, pero no nos tengas toda la noche con lo mismo. Música es lo que querían. El ruido de pies cesó. Se podía oír el volar de una mosca. Le dije que modulara la voz hacia aquel rincón. Sentía la emoción en el ambiente, el lleno, la gente mirando hacia arriba:

Quis est homo.

Algunas de esas viejas piezas de música sacra espléndidas. Mercadante: las siete palabras. La duodécima misa de Mozart: ese Gloria. Aquellos antiguos papas entusiastas de la música, del arte y las estatuas y los cuadros de todos los tipos. Palestrina por ejemplo también. Se lo pasaron pero que muy bien mientras duró. Saludable también, salmodiando, horas regulares, luego elaboraban licores. Benedictine. Green Chartreuse. Aun así, esto de tener eunucos en el coro eso era pasarse. ¿Qué clase de voz es ésa? Debe de ser curioso oírlas tras sus propios bajos potentes. Entendidos. Supongo que no sentirían nada después. Algo así como una calma. Sin preocupaciones. Entrar en carnes ¿no es así? Glotones, altos, piernas largas. ¿Quién sabe? Eunuco. Una fonna de solucionarlo.

Vio al sacerdote inclinarse y besar el altar y luego darse media vuelta y bendecir a toda la concurrencia. Todos se santiguaron y se pusieron de pie. Mr. Bloom echó un vistazo a su alrededor y luego se puso de pie, mirando por encima de los sombreros elevados. De pie en el evangelio claro está. Luego todos se volvieron a arrodillar y él se repantigó quedamente en el banco. El sacerdote bajó del altar, sosteniendo ese chisme hacia delante, y él y el monaguillo se contestaron el uno al otro en latín. Luego el sacerdote se arrodilló y comenzó a leer de una tarjeta:

–Oh Dios, refugio y fortaleza nuestra … ..

Mr. Bloom adelantó la cara para coger las palabras. Inglés. Tirarles el hueso. Recuerdo algo vagamente. ¿.Cuánto tiempo hace de tu última misa? Gloriosa e inmaculada virgen. José, su esposo. Pedro y Pablo. Más interesante si entendieras de lo que va. Magnífica organización ciertamente, marcha como un reloj. Confesión. Todo el mundo necesita. Entonces se lo diré todo. Penitencia. Castígueme, por favor. Excelente arma en sus manos. Mejor que la del médico o abogado. Mujer que se muere por. Y yo bsbsbsbsbsbs. ¿Y ha shashashashasha? ¿Y por qué hiciste? Mira el anillo buscando una excusa. Las paredes de la susurrante galería tienen oídos. Marido se enteraría para su mayor sorpresa. Bromilla de Dios. Luego ahí sale ella. Arrepentimiento a flor de piel. Vergüenza encantadora. Orar ante un altar. Ave María y Santa María. Flores, incienso, velas que se derriten. Ocultar sus sonrojos. El ejército de salvación una burda imitación. Prostituta arrepentida se dirigirá a la asamblea. Cómo encontré al Señor. Buen caletre deben tener esos tipos de Roma: dirigen todo el cotarro. ¿Y no barren el dinero para casa también? Legados además: al C.P. con el tiempo confiando en absoluta discreción. Misas por el descanso de mi alma ofrecerán públicamente a puertas abiertas. Monasterios y conventos. El sacerdote en aquel caso de testamento de Fermanagh como testigo. No había manera de acoquinarlo. Tenía la respuesta lista para todo. Libertad y exaltación de nuestra santa madre iglesia. Los doctores de la iglesia: fraguaron bien toda la teología.

El sacerdote oró:

–Bienaventurado Arcángel San Miguel, defiéndenos en la hora de la lucha. Sé nuestro guía ante la maldad y los engaños del demonio (¡que Dios le domine, humildemente lo pedimos!): y tú, oh príncipe de los ejércitos celestiales, por la gloria de Dios arroja a Satán a los infiernos y con él a todos los otros espíritus malignos que vagan por el mundo para la perdición de las almas.

El sacerdote y el monaguillo se pusieron de pie y se marcharon. Se acabó. Las mujeres quedaron atrás: en acción de gracias.

Será mejor que me largue. Hermano Blablá. Podrían venir a pasar el platillo quizá. Cumplir el precepto pascual.

Se puso de pie. Caramba. ¿Han estado esos dos botones del chaleco desabrochados todo el tiempo? A las mujeres les encanta. Nunca te lo dicen. Pero nosotros. Perdón, señorita, es que tiene una (iuf?) es sólo una (¡uf?) pelusa. O la falda por detrás, el corchete desabrochado. Fulgores de la luna. Se molestan si no. Por qué no me lo ha dicho antes. Aun así les gustas más desaliñado. Menos mal que no era más al sur. Salió, abrochándose discretamente, por el crucero y a través de la puerta principal a la luz. Estuvo un momento sin ver al lado de la pila de frío mármol negro mientras que delante de él y detrás dos devotas mojaban manos furtivas en la bajamar del agua bendita. Tranvías: un coche de la fábrica de tintes Prescott: una viuda enlutada. Reparo porque yo también voy de luto. Se puso el sombrero. ¿Cómo vamos de tiempo? Y cuarto. Tiempo de sobra aún. Mejor que encargue que preparen la loción. ¿Dónde es? Ah, sí, la última vez. En Sweny en Lincoln Place. Las farmacias rara vez cambian de sitio. Los albarelos verde y oro demasiado pesados para moverlos. La de Hamilton Long, fundada el año del diluvio. Un cementerio hugonote cerca de allí. Visitarlo algún día.

Anduvo hacia el sur por Westland Row. Pero la receta está en los otros pantalones. Vaya, y he olvidado la llave también. Qué lata este asunto del entierro. Bueno, pobre hombre, no es su culpa. ¿Cuándo la encargué por última vez? Espera. Cambié un soberano lo recuerdo. El primero de mes tuvo que ser o el dos. Bah, puede buscarlo en el libro de recetas.

El farmacéutico fue buscando hacia atrás página tras página. Olor arenoso apergaminado parece despedir. Cráneo encogido. Y viejo. En busca de la piedra filosofal. Los alquimistas. Las drogas te envejecen después de la agitación mental. Letargo luego. ¿Por qué? Reacción. Toda una vida en una noche. Gradualmente te cambia el carácter. Viviendo todo el día entre hierbas, ungüentos, desinfectantes. Todos los tiestos de alabastro. Mortero y mazo. Aq. Dist. Fol. laur. Te Virid. El olor casi te cura como con el timbre del dentista. Doctor Cachiporra. Debería medicarse a sí mismo un poco. Electuano o emulsión. El primer tipo que eligió una hierba para curarse a sí mismo tenía agallas. Sin mezcla. Hay que tener cuidado. Suficiente sustancia aquí como para cloroformizarte. Prueba: convierte el papel de tornasol azul en rojo. Cloroformo. Sobredosis de láudano. Brebajes para dormir. Filtros de amor. Jarabe calmante de adormidera nocivo para la tos. Obstruye los poros o la flema. Venenos las únicas curas. El remedio donde menos te figuras. Muy aguda la naturaleza.

–¿Hace dos semanas, señor?

–Sí, dijo Mr. Bloom.

Esperó junto al mostrador, inhalando lentamente el tufo penetrante de las drogas, el polvoriento tufo seco de las esponjas y pastes. Un montón de tiempo ocupado en contar tus dolores y achaques.

–Aceite de almendras dulces y tintura de benjuí, dijo Mr. Bloom, y luego agua de azahar … .

Ciertamente que le ponía la piel tan delicadamente blanca como la cera.

Y cera blanca además, dijo.

Realza el oscuro de sus ojos. Mirándome, con el embozo hasta los ojos, española, oliéndose a sí misma, cuando me estaba poniendo los gemelos en los puños. Esas recetas caseras son a menudo las mejores: fresas para los dientes: ortigas y agua de lluvia: harina de avena dicen empapada en suero de leche. Alimento de la piel. Uno de los hijos de la vieja reina, el duque de Albany ¿era él? tenía sólo una piel. Leopold, sí. Tres tenemos. Verrugas, juanetes y granos para empeorarlo. Pero necesitas un perfume además. ¿Qué perfume usa tu? Peau d Espagne. Esa agua de azahar es tan fresca. Grato olor tienen estos jabones. Jabón puro de crema. Hora de tomar un baño a la vuelta de la esquina. En Hammam. Turco. Masaje. La suciedad se te enrolla en el ombligo. Más grato si lo hiciera una grata chica. Además creo que. Sí lo. Hazlo en el baño. Curioso esta ansia que yo. Agua al agua. Combinar negocio y placer. Lástima no haya tiempo para masaje. Te sientes fresco después todo el día. Entierro más bien triste.

–Sí, señor, dijo el farmacéutico. Fueron dos con nueve. ¿Ha traído un frasco?

–No, dijo Mr. Bloom. Prepárelo, por favor. Pasaré más tarde y cojo uno de estos jabones. ¿Qué valen?

–Cuatro peniques, señor.

Mr. Bloom se llevó una pastilla a la nariz. Dulce cera alimonada.

–Me cojo ésta, dijo. Eso hace tres chelines y un penique.

–Sí, señor, dijo el farmacéutico. Puede pagarlo todo junto, señor, cuando vuelva.

–Bien, dijo Mr. Bloom.

Salió lentamente del establecimiento, la batuta de periódico bajo el sobaco, el jabón frescoliado en la mano izquierda.

A la altura del sobaco la voz y mano de Lyons Gallito dijeron:

–Hola, Bloom. ¿Qué noticias hay? ¿Es el de hoy? Déjemelo un minuto.

¡Se ha afeitado el bigote otra vez, por Júpiter! Labio superior largo y frío. Para aparentar menos edad. Está mochales. Más joven que yo.

Los uñinegros dedos amarillentos de Lyons Gallito desenrollaron la batuta. Necesita un lavado también. Quitarse la suciedad gorda. Buenos días ¿ha utilizado usted el jabón Pear? Caspa en los hombros. El cabello necesita grasa.

–Quiero ver lo de ese caballo francés que corre hoy, dijo Lyons Gallito. ¿Dónde está ese maricón?

Hizo crujir las plegadas páginas, restregándose la barbilla con el cuello alto. Picazón de barbero. Cuello apretado perderá el pelo. Mejor que le deje el periódico y me deshago de él.

–Se lo puede quedar, dijo Mr. Bloom.

–Ascot. Copa de oro. Espere, masculló Lyons Gallito. Un momen. Maximum segundo.

–Estaba a punto de tirarlo, dijo Mr. Bloom.

Lyons Gallito levantó la vista repentinamente y lanzó débilmente una mirada maliciosa.

–¿Cómo es eso? dijo su voz aguda.

–Digo que se lo quede, contestó Mr. Bloom. Estaba a punto de tirarlo.

Lyons Gallito dudó por un instante, mirando desconfiado: luego devolvió con brusquedad las hojas abiertas a los brazos de Mr. Bloom.

–Me arriesgaré, dijo. Tome, gracias.

Salió de estampida hacia la esquina de Conway. Anda con Dios mamarracho.

Mr. Bloom dobló de nuevo las hojas exactamente en cuatro y colocó allí el jabón, sonriendo. Labios tontos los de ese tipo. Apuestas. Plaga habitual últimamente. Recaderos que roban para apostar seis peniques. Rifan un hermoso pavo tierno. Su cena de Navidad por tres peniques. El desfalco de Jack Fleming para jugárselo y luego se las pira para América. Lleva un hotel ahora. Nunca vuelven. Las ollas de carne de Egipto.

Anduvo animosamente hacia la mezquita de los baños. Le trae a uno a la memoria una mezquita, ladrillos rojicocidos, los minaretes. Deportes en el colegio hoy por lo que veo. Echó una ojeada al cartel de herradura sobre la cancela del parque del colegio: ciclista doblao como bacalao. Chapuza de anuncio. Si lo hubieran hecho redondo como una rueda. Luego los radios: deportes, deportes, deportes: y el cubo grande: colegio. Algo que atraiga las miradas.

Ahí está el Matamoros de pie en la portería. Por si acaso: puede que me dé una vuelta por ahí dentro de paso. ¿Cómo está usted, Mr. Homblower? ¿Cómo está usted, señor?

Tiempo divino realmente. Si la vida fuera siempre así. Tiempo de críquet. Sentarse bajo los parasoles. Tiempo tras tiempo. Fuera. Aquí no saben jugar a eso. Cero a seis palos. Aun así el capitán Culler rompió una ventana en el club de Kildare Street con un pelotazo dirigido a la izquierda del bateador. La feria de Donnybrook está más en su línea. Y la de cráneos que partíamos cuando M'Carthy salía al campo. Ola de calor. No durará. Siempre pasando, fluir de la vida, que en el fluir de la vida rastreamos es más querido queee todo.

Disfrutemos de un baño ahora: una limpia tina de agua, esmalte fresco, el delicado fluir tibio. Éste es mi cuerpo. Presintió su cuerpo pálido reclinado en ella a todo lo largo, desnudo, en entrañas de tibieza, ungido con perfumado Jabón derritiéndose, suavemente bañado. Se vio el torso y los miembros recubiertos por onduladas ondas y sostenido, impulsado ligeramente hacia arriba, amarillolimón: el ombligo, brote de carne: y vio la maraña de oscuros rizos de su mata flotando, pelo flotante del fluir en derredor del lacio padre de miles, lánguida flor flotante.