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Ulises.  James Joyce
Capítulo 14. «Los Bueyes del Sol»
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Direta Holles Eamus. Direita Holles Eamus. Direita Holles Eamus. Mándanos esclarecido, esclarecido, Horhom, savia y del vientre fruto.

Mándanos esclarecido, esclarecido, Horhom, savia y del vientre fruto. Mándanos esclarecido, esclarecido, Horhom, savia y del vientre fruto.

¡Arriba es niñounniño arriba! ¡Arriba es niñounniño arriba!

¡Arriba es niñounniño arriba!

Universalmente ese acumen de una persona es estimado muy poco perceptivo concerniente a cualesquiera asuntos sean considerados como más beneficiosos por mortales de sapiencia dotados para ser estudiados quien ignorante sea de aquello que el mejor en doctrina erudito y ciertamente por razón de aquello en los que el atributo de las más altas mentes dignas de veneración constantemente mantienen cuando por consentimiento general afirman que otras circunstancias siendo iguales por no esplendor exterior es la prosperidad de una nación más eficazmente atestiguada que por las medidas de hasta dónde puede haber progresado hacia adelante el tributo de su afán de permanencia proliferante que de los males el original si estuviera ausente cuando afortunadamente presente constituye la señal cierta del incorrupto favor de la omnipolinizante naturaleza. Porque ¿quién hay que cualquier cosa de alguna significación haya comprendido y no sea consciente de que ese esplendor exterior pueda ser la superficie de una realidad lútea proclive al precipicio o por el contrario alguien que sea tan obtuso que no perciba que puesto que no hay bendición de la naturaleza que pueda enfrentarse a la generosidad de la propagación así que incumbe a cada o uno de los más justos ciudadanos erigirse en exhortador y amonestador de sus semejables y temblar no fuera que lo que en el pasado había sido excelentemente comenzado por la nación pudiera ser en el futuro no con igual excelencia logrado si algún impúdico hábito hubiera de denigrar gradualmente las honorables costumbres por los ancestros transmitidas hasta una tal profundidad que cualesquiera que en extremo audaz fuera quien tuviera la osadía de alzarse afirmando que no puede para nadie haber ofensa más odiosa que a la dejadez olvidadiza consignar aquel evangélico comando juntamente promesa que sobre todos los mortales con profecía de fertilidad o con amenaza de disminución así exaltara acerca de la reiteradamente función procreadora por siempre irrevocablemente ordenada?

No hay razón por tanto por qué habríamos de maravillarnos si, como los mejores historiadores cuentan, con los celtas, quienes nada que no fuera por su propia naturaleza admirable admiraban, el arte de la medicina hubiera sido altamente reverenciado. Por no hablar de hospitalerías, leproserías, sudaderos, fosas de plagados, sus grandes fisicos, los O'Shiels, los O'Hickeys, los O'Lees han fijado aplicadamente los distintos métodos por los cuales el enfermo y el recidivo hallaron de nuevo la salud hubiera sido el mal el baile de San Vito o la descomposición de vientre.

Verdaderamente en cualquier obra pública que en ella se encuentre algo de peso la preparación debiera ser de importancia proporcionada y por tanto un plan por ellos fue adoptado (bien porque hubo sido anteriormente examinado o como maduración de la expenencia es dificil de ser asegurado puesto que las opiniones discrepantes de subsiguientes avenguadores no son hasta el presente congruentes como para hacerlo manifiesto) por lo que la maternidad quedó tan lejana de cualquier posibilidad de accidente que cualquier atención que la paciente requiriera principalmente en ese momento extremadamente duro para la mujer y no sólo para aquellas opulentamente acaudaladas sino también para aquella que no siendo suficientemente adinerada apenas y a menudo ni siquiera apenas podía subsistir valerosamente y por un emolumento insignificante era atendida.

Para ella nada ya entonces ni a partir de entonces era capaz de ser molestoso por esto principalmente se dolían todos los ciudadanos a no ser por las madres proliferantes la prosperidad en absoluto podría existir lo mismo que ellos habían recibido la eternidad los dioses la generación de mortales para que les fuera propicio, si ése era el caso esforzándose, parturienta en vehículo hacia allí llevando deseo inmenso entre todas una a la otra la impulsaban para ser recibida en aquel domicilio. ¡Oh cosa de prudente nación no solamente por ser vista sino también incluso por ser estimada digna de ser ensalzada porque ellos a ella de antemano empezaron a verla madre, porque ella de pronto por ellos a punto de ser cuidada había comenzado sentía!

Ant nascencia el ninno dicha aue. Adientro del uientre veneracion él retouo. Quequier et por quales maneras fiziesse serenas guisas fecho souo. Un estrado por couigeras celado con sano yantar folgado, pañales de limpio estremança commo si encaecido ouiesse et por sabio proveimiento bastido fuesse, mas ende guisado de mengías non e mester ni de engennos de cirugiano que son apuestos pora el su propio caso auenido por non ementar estanças de muit esquiuos acaesceres en muchas latitudes por nueso terreal orbe abastaban cab ymagenes divinas et humanales, la cogitacion daquel por desarrimadas mugieres es a tumesçencia conduxente u alleva la salida en aluergue de madres erzido et lumbroso et enformado et fremoso o, farto lazrada et maiada, essora quella e encostada, ella e quitada.

Un omne que de camino sedía cabo la puorta detenido se hubo ca la noche se llegava. De la yente de Israel aquel omne era qui so la tierra andudiera aluen et enderredor. Por voluntad e de grado solo habíase llegado fasta aquella morada.

Daquella morada A. Home era el señor. Setenta camas allí guarece de madres plenas do costumnan a yazer pora soffrir e encaescer rezios ninnos ansí el ángel de Dios a María dixera. Dúes coidadoras por allí andieron, blancas iermanas en aluergue espierto. Escocimientos ellas calman, aquexamientos assessegan: en doce lunas tres vezes un ciento. Fideles de cama alacayas ellas ados son, pora Horne endereçan lazrado aluergue.

En ospital cauta la coidadora oyó al omne llegar de coraçón cabiloso ayna levantado ha con griñón cobierta la su portalada a él complida mientre ha despagado. Oh, fucilazo quebrante relumbra assora en el sénit güeste de Irlanda. Grande temor ella tuvo que Dios el Vengador toda la humanidad astragar fuera por los sus ensuciados pecados. La cruz de Cristo en sus pechos ella fizo e afincóle pora que baxo su morada entrara. Aquel omne asmando su guisa complida adeliñóse a la casa de Horne.

Gran miedo tuvo a la puerta del castiello de Home retouyendo el su sombrero el buscador estudo. En la morada Bella antaño él ospedóse con amada esposa e escantadora fiia dende sobre tierra e mar nueve años había luengamente errado. Una vegada ella hallárelo en el ancón del burgo a su saludación él non había contestado. Él esforgóse por su perdón alcanjar con asaz conseio ca la su faz bienfadada parecióle, la su faz, tan moçuela. Ayna los sos ojos alumbráronse, effloresçer de arreboles por sus deleitosas palabras.

Como los ojos della perçibieran el atramento de su atavío ende angostura maginó. Complida fuera depués donde antes coytada fuera.

Él a ella preguntóle por los mandados del Doctor O'Hare de lueñes riberas inviados y ella con sospiro encogido contestóle que Doctor O'Hare en el cielo estaba. Desmarrido seye el omne esas palabras oír que grandemente en las sus entramas con dolor pesaban. Todo ella le contara, plorando por la muerte del amigo tan temprana, anque siempre sin querer la justicia de Dios rechaçar. Ella dixo que hie tenido una apuesta muerte por grado del Cnador con clérigo misacantano pora confesar, ostia santa e óleo de omnes dolientes pora sos membros. El omne estonces asaz lazrado a fermana ha preguntado de qué guisa el omne muerto muerto hubo e Permana hale contestado e dicho que en ínsula Mona hubo muerto por causa del cancro de ventre tres años faze en Nadal venidera e a Dios Misincordioso rogaba que el alma bienquerida en la su Gloria tuviera. Oyó él súas marridas palauras, retouyendo el sombrero marrado miraba. Ansí desta guisa elos amos entonces en angostura souieron.

Por tanto, hombre del mundo, cuida tu fin último que es la muerte y el polvo que apuña a todo hombre que de mujer es nacido porque así como desnudo sale del vientre de su madre del mismo modo desnudo ha de irse postreramente como llegó.

El hombre que a la casa entrado había luego fabló a la mujer de enfermería y demandóle cómo se hallaba la mujer de parto que allí yacía. La mujer de enfermería contestóle y dijo que esa mujer estaba ya con dolores tres luengos días y que sería un parto arrevesado y no çensillo de apechar pero que sin tardanza se acabaría. Ella dijo había visto muchos partos de mujeres pero nunca ninguno tan arrevesado como el parto de esa mujer. Luego le enformó de todas las minucias porque sabía que el hombre antaño había vivido cerca de aquella casa. El hombre oyó sus palabras y maravillóse de las coitas de las mujeres en los dolores de parto para ser madres y maravillóse al ver la faz della entodavía faz fermosa para cualquiera hombre anque por mucho tiempo ha sido moza.

Nueve veces doce los fluxos de sangre blasman su marra de fijos.

Y en tanto que así hablaban la puerta del castiello abnose y hasta ellos llegó gran ruido como de alcavela aparejada para yantar. Y hasta aquel logar acercóse donde afincados estaban un mozo caballero escolar nombrado Dixon. Y el andante Leopoldo era dél cognocido dende que aconteciera que amos atingencia tuvieran en la casa de misincordia donde este caballero escolar hallábase por causa que el andante Leopoldo allí adeliño para se guarir por razón de ser fendo en los pechos por una lanza conque un horrible y espantoso dragón húbole jasado para eso fizo un ungüento de sal volátil y crisma abastadamente. Y díjole luego que debría entrar en aquel castiello para tomar solaz con los que dentro estaban. Y el andante Leopoldo dijo quél debría ser ido a un otra parte porque era hombre caboso y sotil. También la dama fue del mesmo acuerdo y reprochó al caballero escolar anque ella bien sabía que el andante no había dicho verdad por su sotileza. Mas el caballero escolar no quería oír decir no ni complir su comendamiento ni saber de nada que no plaziera a su gusto y fablóle de las maravillas del castiello. Y el andante Leopoldo entró en el castiello para se holgar durante un rato desmarridos había los membros depués de muchas andanzas ambulando por vanas tierras y otrossí por deleitosos placeres amatonos.

Y en el castiello estaba puesta una mesa que era de abedul de Finlandia y soportada por cuatro enanos de aquellas comarcas pero no se aventuraban a moverse por el encantamiento. Y sobre esa mesa había espantosas espadas y cuchillos que son hechos en grandes algares por afanados demonios que forjan de blancas llamas y luego fijan en los cuernos de búfalos y venados que allí asombrosamente abundan. Y había vasos labrados por la magia de Mahoma con arenas de mar y aire por un encantador con el soplo que sopla en ellos asemejado a burbujas. Y copiosas y regaladas vituallas había sobre la mesa que ningún nacido podría antojarse más copiosas ni más regaladas. Y también había una cuba de plata que con mañas era accionada en la que yacían extraños peces carecientes de cabezas aunque hombres descreídos rechazan que cosa así sea posible a no ser que lo vieren empero así acontece. Y estos peces yacen en agua oleosa traída cabalmente desde las tierras de Portugal por causa de la gasa que hay dentro semejante a los caldos de las almazaras.

De la mesma suerte era maravilla ver en aquel castiello cómo por arte de magia hacían en aquel castiello un conmisto de ubérrimos granos de trigo de Caldea que con ayuda de ciertos espíritus mflamados que en él ponen se hincha asombrosamente semejando una inmensa montaña. Y allí se enseña a las serpientes a enroscarse en luengos palos clavados en el suelo y las escamas de esas serpientes fermentan un mejunje semejante al aguamiel.

Y el caballero escolar tuvo a bien verter para el Infante Don Leopoldo una colana y la sirvió con agrado al tiempo que todos los que allí estaban bebían sin exceptuación. Y el Infante Don Leopoldo enderezóse la babera para contentarle y tomó derechamente una miaja por atenencia porque nunca bebía en modo alguno aguamiel la cual apañó y luego muy veladamente abocó la mayor parte en el vaso del vecino y el vecino no paró mientes en el ardid. Y con ellos se sentó en el castiello para reposar allí un rato. Loado sea el Todopoderoso Dios.

En el entretanto esta buena hermana que a la puerta estaba rogóles por respeto a jesús nuestro Señor Poderoso que dejaran la folganza porque arriba había una persona empreñada, una noble señora, presta a dar nacimiento a toda priesa. El caballero Don Leopoldo oyó en la estancia damba gran clamor y preguntóse por la razón daquel clamor por si fuera de mujer o niño y admírame, dijo él, que entodavía no haya uviado. Paréceme que lleva larga tardanza. Apercibió y avistó a un hidalgo de nombre Lenehan de allende la mesa entrado en años más que esotros y porque ambos eran caballeros de bien en la mesma empresa y también por causa de ser él de más edad hablóle con gran comedimiento. Mas, díjole él, no ha de tardar luengo tiempo antes de que encaezca por la munificencia de Dios y haya solaz en su alumbramiento porque ha aguardado un tiempo asombrosamente largo. Y el hidalgo que había bebido dilo, Esperando a cada momento que el próximo fuera el suyo. Del mismo modo cogió la copa que ante él estaba porque para él no había necesidad que nunca nadie le pidiera ni tampoco le exhortara a beber, Agora bebamos, dijo él, con gran delectamiento, y abuzóse cuanto pudo a la salud de ambos porque era hombre bueno concemiente a su contentamiento. Y el caballero Don Leopoldo que era el más considerado huésped que nunca se sentara en sala de escolares y del mesmo modo era el hombre más manso y el más afable que nunca metiera mano de labriego bajo gallina y del mesmo modo era el más fiel caballero que en el mundo hubiere nunca alguno fizo mejor servicio a dama gentil por él alzó comedidamente la copa. Quebrantos de mujer con asombro valorando.

Hablemos agora de la compaña que allí estaba con el propósito de embriagarse si capaces fueran. Había esotros escolares a ambos lados de la mesa, hase de entender, el por nombre conocido de Dixon el mozo de Santa María de la Merced con otros sus compañeros Lynch y Madden, estudiantes de medicina, y el hidalgo conocido como Lenehan y un otro de Alba Longa, un Crotthers, y el mozo Stephen que tenía semblante de fraile y estaba a la cabecera de la mesa y Costello al que muchos llaman Ponche Costello tiempo ha por fazaña que fizo antaño (de todos ellos, excepto el mozo Stephen, él era el más embriagado y aún demandaba más aguamiel) y junto a él el manso caballero Don Leopoldo. Mas todos esperaban al mozo Malachi porque prometido hubo que habría de llegar y alguno con mal acuerdo había dicho que había quebrantado su promisión. Y el caballero Don Leopoldo sentóse con ellos porque profesaba apretada amistad al caballero Don Simón y a su hijo el mozo Stephen y era por causa de su languideza por lo que allí se encalmó depués de luengo ruar pues era gasajado en tales circunstancias de la más fiada suerte.

Por compasión avisado, con amor acuciado con empeño de ruar, remiso de partirse.

Pues ellos eran en verdad ingeniosos escolares. Y él oía las pláticas dellos el uno con el otro tocante a nacencia y justicia, el mozo Madden ahirmaba que dado el caso sería grande pesar que la mujer muriera (porque así había acontecido hacía como un año con una mujer de Eblana en la casa de Horne que había traspasado las barreras de este mundo y la mesma noche antes de morir todos los menges y boticarios tomaron consejo sobre el caso della). Y

allegaron aindamáis que ella ha de vivir porque al principio, dijeron, la mujer con dolor parirá sus hijos por lo que aquellos que eran de la mesma figuración concertaron que el mozo Madden había dicho verdad porque él tenía remordimiento de dejarla morir.

Y a no pocos y entre ellos hallábase el mozo Lynch hacíaseles dubitable si por ventura el mundo estuviera agora peor govemado que nunca antes lo fuera por más que el pueblo ignoble lo creyera de otra suerte aunque ni la ley ni sus jueces pongan remedio alguno.

Que Dios nos libre. Malavés fuera eso dicho cuando todos vocearon en un solo clamor que no, por la Virgen Madre, que la mujer debería vivir y la creatura morir. Con ocasión de lo cual escalentáronse los ánimos sobre el tal artículo y ya fuera por la disputa ya por la bebida lo cierto es que el hidalgo Lenehan estaba pronto a abocarles malta de suerte que desta guisa no faltara regocijo.

Luego el mozo Madden explicóles puntualmente todas las cuestiones y díjoles cómo ella estaba muerta ya fuera por mor de la santa religión ya fuera avisado por romero o por santero o por promesa que él hiciera a San Ultan de Arbraccan el marido de su casa dueño no quería aceptar la muerte della por lo que todos tomaron grandísima aflicción. A lo que el mozo Stephen prosiguió diciendo estas palabras: Mormurar, caballeros, acaece mesmamente entre legos. Amos, la creatura y la engendrante loando agora a su Criador, la una en caliginoso limbo, la otra en el purgatorio.

Mas, a fe mía ¿qué de esas almas por Dios eseíbles que nosotros por las noches devedamos, que es gran pecado contra el Espíritu Santo, Dios Verdadero y Dador de Vida? Porque, caballeros, folgar es breve. Somos instrumentos para esas pequeñas creaturas dentro de nosotros y la naturaleza tiene otras metas que nosotros. Luego dijo Dixon el joven a Ponche Costello si él sabía qué metas fueran. Mas éste había bebido en demasía y las únicas palabras que dél pudo tener fue que con gusto deshonraría a una dama fuera ella casada o mozuela o manceba si desa suerte acontecielle y estorciese la ardicia de su lascivia. A esto Crotthers de Alba Longa elogió los complimientos quel mozo Malachi fizo de la bestia de nombre unicornio y cómo una vez en el milenio córrese por el cuerno, el otro en tanto, espoleado por las burlas con las que ellos mofábanse dél, todos a un tiempo dando fe por los torillos de San Follino quél era capaz de hacer cualquier suerte de cosa que a hombre cupiérale hacer. A lo que todos rieron con gran esparcimiento excepto el mozo Stephen y el caballero Don Leopoldo que nunca se aventuraba a reír derechamente por razón de un extraño humor que no quería revelar y mesmamente porque dolíase de la parturienta fuera ella quien fuera o estuviera donde estuviera. Luego habló el mozo Stephen despechado con la madre Iglesia que quería arrojarlo de su seno, de los preceptos canónicos, de Lilith, patrona de abortos, de barrigas hinchadas por el viento con semillas de fulgor o por el empuje de vampiros boca a boca o, como Virgilio dice, por influjo del viento del oeste o por los vahos de la flor maya o si ella yaciera con mujer con la que su hombre acaba de yacer, eectu secuto, o acaso en el baño conforme a Averroes y Moisés Maimónides. Dijo también cómo al final del segundo mes un alma humana era infundida y cómo en todos nuestra santa madre siempre cuida la grey de las almas a la mayor gloria de Dios en tanto que esa madre terrenal que no era más que una hembra para parir bestialmente debería morir conforme a los preceptos de la Iglesa porque así lo dice el que ostenta el sello del pescador, el mesmo Pedro bendito que sobre la roca dél fue la santa Iglesia por los siglos de los siglos fundada. Todos aquellos équites preguntáronle luego al caballero Don Leopoldo si en caso semejante apeligraría la vida della hasta aventurar vida para salvar la vida. Cautela de ánimo llevávale a contestar de suerte que a todos contentara y, poniendo mano en quexadas, dijo con disimulación, conforme su avezadura era, que según él tenía entendido, que siempre había amado el arte de la fisica según le es a lego premitido, y conforme a su esperiencia de un tan raro acidente era bueno para la madre Iglesia que acertadamente en un solo golpe tuviera los dineros de nacimiento y muerte y desta guisa avisadamente libróse de sus preguntas. Que eso es cierto, pardiez, dijo Dixon, y, o engáñome, palabras preñadas son. Eso oyendo el mozo Stephen regocijóse sobremanera y aseguró que aquel que al pobre robara al Señor prestaba porque teníale la locura por causa de la bebida y que agora hallábase desta manera confirmóse a toda priesa.

Mas el caballero Don Leopoldo estaba grandemente malhadado por razón de sus palabras que todavía apesadumbrábale el espanto que daba el griterío de las mujeres en dolores de parto y que a él se le acordaba de su buena dueña Doña Manon que habíale dado un único hijo varón que en su onzavo día de vida muerto hubo y que ningún hombre sabido pudo salvar así de negro es el destino. Y el corazón della quedó grandemente apenado por aquel aciago azar y para el enterramiento fizole ella una juba fermosa de lana de cordero, flor del rebaño, por que no espereciera acabadamente y yaciera con frido (pues era entonces a mediados del invierno) y agora el caballero Don Leopoldo que su sangre no habíale dado hijo varón por heredero miró en él en el hijo del amigo y cerróse entristecido por causa de la venturanza pasada y acontecido como él estaba por no haber un hijo de tan noble coraje (pues todos teníanle de buenas partes) de la mesma suerte lo estaba por el mozo Stephen pues vivía en el bollicio con aquellos despendedores y despachábase de sus bienes en mozas del partido.

Para aquel entonces el joven Stephen tenía llenas las copas que habían quedado vacías de suerte tal que no habría durado sino un poco más si los más prudentes no hubiéranle oscurecido el acceso a aquel que todavía iba y venía con tanta asiduidad y que, rezando por las intenciones del soverano pontífice, rogóles que brindaran por el vicario de Cristo que también como él dijo es vicario de Bray. Bebamos todos pues, dijo él, de este cáliz y tomad esta aguamiel que no es parte de mi cuerpo sino corpamiento de mi alma.

Dejad la fracción del pan para aquellos que sólo de pan viven. No temáis por vuestras necesidades porque esto os confortará más que lo otro os consternará. Mirad aquí. Y mostróles las monedas resplandescientes del tributo y cédulas de orfebre por valor de dos libras y diecinueve chelines que había obtenido, dijo él, por una cantiga que él escribiera. Todos quedaron admirados al ver las susodichas riquezas dada la penuria de dinero en la que hasta entonces había estado. Sus palabras fueron luego las que aquí se trasladan: Sabed todos, dijo, que las desgracias del momento levantan mansiones de eternidad. ¿Qué significación tiene esto? El viento del deseo agosta el espino majuelo pero después pasa de abrojo a ser una rosa sobre la cruz del tiempo. Escuchad esto. En el vientre de mujer la palabra se hace carne pero en el espíritu del hacedor toda carne que fenece se convierte en la palabra que nunca morirá. Esto es la poscreación. Omnis caro ad te veníet. No hay duda de que gran poder ha de tener el nombre de la que lanzó a su destino inexorable el cuerpo amado de nuestro Redentor, Salvador y Pastor, nuestra madre poderosa y madre venerabdísima pues como Bernardo dice muy acertadamente Ella tiene una omnipotentiam deíparae supp&cem, a saber, una omnipotencia de petición puesto que ella es la segunda Eva y nos recuperó, dice Agustín también, en tanto que la otra, nuestra abuelita, a la que estamos ligados por anastomosis sucesiva de cordones umbilicales a todos nos vendió, simiente, casta y cría por manzana de a ochavo. Pero la cuestión es ésta. O bien ella lo conoció, a la segunda me refiero, y no fue más que criatura de la criatura de ella, vergine madre, figlia di tuo figlio, o no lo conoció y entonces ella se encuentra en la misma negación o ignorancia que Pedro Pescador que vive en la casa que Jack construyó y con José el fijador patrono de la defunción dichosa de todos los matrimonios desdichados, parce que M. Léo Taxil nous a dit que qui l'avait mise dans cette fichue position c était le sacré pigeon, ventre de Dieu! Entweder transustancialidad oder consustancialidad pero nunca subsustancialidad. Y todos clamaron ante aquello porque eran palabras harto ruines. Un preñado sin goce, dijo él, un parto sin dolor, un cuerpo sin mácula, una panza sin barriga. Dejad que el obsceno con fe y fervor venere. Nosotros con fuerza nos enfrentaremos, lo refutaremos.

En esto Ponche Costello martilleó con el puño la mesa y hubiera cantado un canon indecente Staboo Stabella sobre una moza a la que dejó preñada un matón juerguista en Germanía que al punto se dispuso a entonar:

Los primeros tres meses no se encontraba bien, Staboo, cuando hete aquí que la enfermera Quigley desde la puerta con enojo mandóles hacer chitón deberíais avergonzaos no es que no sólo no estuviera bien como ella les recordó estaba resuelta a tenerlo todo en orden para cuando apareciera lord Andrew pues no estaba dispuesta a que ningún terrible alboroto pudiera menguar el honor de su guardia. Era una anciana y triste matrona de apariencia apacible y ademanes cristianos, en vestiduras negruzcas acomodándose a su pesadumbre y semblante arrugado, tampoco a su exhortación faltóle efecto pues inmoderadamente Ponche Costello fue por todos ellos recriminado y le regañaron por grosero con civilizada brusquedad unos y le hicieron temblar con amenazas de zalamerías otros al tiempo que todos ellos se metían con él, que el cebollino coja una zangarriana, qué demonios estaría haciendo, so palurdo, so escuchimizado, so hijo de pingo, so muerto de hambre, so mondongo, so engendro de renegado, so nacido en la cuneta, so malparido, que cerrara ya su hocico de borracho de mona babosa, el bueno de Don Leopoldo que tenía por timbre suyo la flor de la serenidad, gentil mejorana, avisando que era ocasión única la más sagrada la más merecedora de ser sagrada. En la casa de Home la calma debe reinar.

Para ser breve este discurso apenas había pasado cuando Maese Dixon de María de Eccles, sonriendo abiertamente, preguntóle al joven Stephen cuál fuera la razón por la que no habíase enfrontado a tomar los votos de fraile y él contestóle que obediencia en el vientre materno, castidad en la tumba aunque pobreza involuntaria todos los días de su vida. Maese Lenehan a esto arguyó que había oído de esas hazañas nefarias y de cómo, según las había oído contar, él había empañado la hermosura de azucena de la virtud de una confiada doncella lo que era corrupción de menores y todos ellos manifestáronse también sobre lo mismo, poniéndose alegres y brindando por su paternidad. Pero él dijo muy rectamente que era completamente lo opuesto a sus suposiciones porque él era el hijo eterno y por siempre virgen. Fue por ello que el jolgorio creció en ellos todavía más y le refirieron su curioso rito de casorio para el desvestimiento y desvirgamiento de las esposas, como los sacerdotes solían hacer en la isla de Madagascar, ella debía ir ataviada de blanco y de color azafrán, el novio de blanco y grana, con cremación de nardos y cirios, sobre un tálamo nupcial mientras los clérigos cantaban los kyries y la antífona Ut novetur sexus omnis corporis mystenum hasta que ella era allí desflorada. Ofrecióles luego una grandemente admirable mínima blanca de himeneo compuesta por esos refinados poetas Maese John Fletcher y Maese Francis Beaumont que se halla en su Tragedia de la doncella que fuera escrita para un parecido apareamiento de amantes: Ahecho, al lecho, era su bordón para que fuera tocado con armonía acompañable en los virginales. Un dulce exquisito epitalamio de la más molificante persuasión para jovenes amatorios a los que los hachones odoríferos de los paraninfos han escoltado al proscenio cuadrupedal de la comunión connubial. Y muy bien que se conocieron, dijo Maese Dixon, gasajado, pero, oíd, joven caballero, no sería mejor llamarles la Novia de Monte Venus y el Incasto porque, a fe mía, de una tal mestura mucho podríase correr. El joven Stephen dijo que en verdad así era si su recordación no le engañaba ellos no tenían más que una única furcia para ellos dos y ella del lupanar sabiendo cómo manejárselas en el comercio amoroso pues la vida se vivía a tope en aquellos tiempos y la condición de la nación la aprobaba. Amor más grande que ése, dijo él, ningún hombre tiene como no sea la entrega de su mujer a su amigo. Haz como vieres. Así, o para los efectos en palabras semejantes, habla Zaratustra, antiguo «regius professor»

de Jodología Francesa en la universidad de Rabodetoro ni jamás respiró allí hombre alguno al que la humanidad más debiera. Mete a un extraño en tu torre y muy fácil será que tú te quedes con la segunda mejor cama. Orate, fratres pro memetipso. Y toda la gente dirá. Amén. Recuerda, Erín, a tus progenitores y los tiempos de antaño, cómo desairásteme a mí y a mi palabra y llevaste a un extraño a mi puerta para que cometiera fornicación ante mi vista y para que se engordara y tirase coces como Jeshumm. Por lo que tú has pecado contra la luz y has hecho de mí, tu señor, el esclavo de los siervos. Tórnate, tómate, Clan de los Milesios: no me olvides, Oh Milesia. ¿Por qué has hecho esta abominación ante mí tú que me despreciaste por un mercader de jalapas y me negaste ante el romano y ante el indio de habla oscura con el que tus hijas folgaron con lujuria? Contempla ahora, pueblo mío, la tierra prometida, desde Horeb y desde Nebo y desde Pisgá y desde los Cuernos de Hatten hasta una tierra que mana leche y monises. Pero tú me has amamantado con leche amarga: tú has secado para siempre mi luna y mi sol. Y tú me has dejado solo para siempre en los caminos oscuros de mi amargura: y con un beso de cenizas has besado tú mi boca. Esta tenebrosidad del interior, prosiguió diciendo, no ha sido iluminada por la sabiduría de los setenta ni tan siquiera mencionada porque el Oriente desde las alturas Que quebró las puertas del infierno visitó una oscuridad que venía de lejos. La connaturalización aminora las atrocidades (como Tulio dijo de sus amados estoicos) y Hamlet padre no le muestra al príncipe ampolla alguna de combustión. La opacidad en el mediodía de la vida es una plaga de Egipto que en las noches del prenacimiento y del posfallecimiento es su más oportuna ubi y quomodo. Y como los fines y las ultimidades de todas las cosas están en consonancia en alguna manera y medida con sus principios y orígenes, esa misma concordancia multíplice que encauza el crecimiento desde el nacimiento logrando por medio de una metamorfosis retrogresiva esa reducción y ablación hacia el final que es conforme a la naturaleza así acaece con nuestro ser subsolar. Las viejas hermanas nos traen a la vida: lloramos, nos cebamos, jugueteamos, nos peleamos, nos abrazamos, nos separamos, decaemos, morimos: cuando hemos muerto ellas se inclinan sobre nosotros. Primero, rescatado de las aguas del viejo Nilo, entre aneas, un lecho de varillas entretejidas, al final la cavidad de una montaña, un sepulcro oculto en el clamor del gato montés y del quebrantahuesos. Y como no hay hombre que conozca la ubicación de su túmulo ni tampoco a qué procesos habremos de ser por ello llevados tampoco si a Tofet o a Villaedén de la misma manera todo está velado cuando nosotros querríamos ver lo que hay detrás desde qué región de lejanía la eseidad de nuestra aseidad ha alcanzado su causalidad.

A lo que Ponche Costello vociferó vigorosamente Étienne chanson aunque en voz alta les conminó, ved aquí, la sabiduría se había levantado una casa, esta inmensa bóveda majestuosa inmemorial, palacio de cristal del Creador, todo él en perfecto orden, premio al que encuentre la bolita.

–Contemplad la mansión que erigió el diestro jack

ved la malta guardada en tanto r fluyeme costal

en el arrogante circo de jacly'ohn el vivac.

Un ruido de negro chasquido en las calles, ay, bramó resonante.

Con estruendo por la izquierda Thor retumbó: en ira desatada el lanzador de martillo. Ya llegaba la tormenta que aguija su corazón.

Y Maese Lynch conminóle a que cuidara de embromar y farandulear pues el dios mismo estaba airado por su parloteo infernal y paganía. Y aquel que primero jactábase de su bizarría palidecióse como todos ellos pudieron apercibir y encogióse y su barboteo que antes fuera tan de su propia estima enaltecido quedóse ahora de pronto alicaído y su corazón se agitó en la jaula de su pecho cuando gustó el eco de la tormenta. Luego algunos se mofaron y otros bufonearon y Ponche Costello volvió a darle a su malta lo que Maese Lenehan juró que al punto haría y sin mediar palabra se lanzó un lingotazo. Pero el fanfarrón bravucón voceó que un mentecato de toda la vida estaba trompa y que eso a él le importaba un bledo y que él no iba a ser menos. Mas esto no era sólo para entintar su desesperación al tiempo que acorbadado se agazapaba en la mansión de Home. Se echó ciertamente un trago para fortalecer un corazón de buena gana pues retumbó con estruendo a todo lo largo de los cielos de manera que Maese Madden, siendo devoto de vez en vez, golpeóse las ijadas al chasquido aquel de muerte y Maese Bloom, al lado del fanfarrón, hablóle palabras de sosiego para adormentar su gran temor, haciendo saber cómo eso no era otra cosa que un estruendo ruidoso aquello que oía, la descarga de fluido del núcleo de la tormenta, repare, habiendo ya acontecido, y todo ello en armonía con un fenómeno natural.

Mas ¿fue avasallado el temor del joven Bravuconeador por las palabras del Sosegador? No, pues guardaba en sus entrañas una espina de nombre Amargura que no podía con palabras ser quitada. Y

¿no fue sosegado como el uno o devoto como el otro? No fue ni lo uno ni lo otro por más que hubiera deseado ser las dos cosas. Pero ¿no hubiera podido afanarse por haber hallado de nuevo como en su juventud la morada de Santidad en la que entonces vivía empero?

Ciertamente no porque la Gracia no estaba allí para hallar aquella morada. ¿Oyó entonces en aquel estampido la voz de Dios Padre o, como el Sosegador dijo, un estruendo de Fenómeno? ¿Oyó?

Pues cómo, él no podía sino oír a no ser que se le cegase el telescopio del Discernimiento (algo que él no había hecho). Pues a través de aquel telescopio vio que estaba en la tierra de Fenómeno donde él debería con seguridad un día morir puesto que era como los demás una sombra pasajera. ¿Y no aceptaría morir como los demás y pasar a mejor vida? De ninguna manera lo aceptaría aunque él debería no querría hacer más funciones conforme los hombres hacen con las mujeres que Fenómeno mandóles hacer en el libro de la Ley.

Entonces ¿acaso él no sabía de aquella otra tierra que es llamada Cree-en-Mí, que es la tierra prometida que corresponde al rey Encantador y que por siempre le corresponderá donde no hay muerte y no hay nacimientos ni desposamientos ni empreñamientos a la que todos llegarán cuantos creen en ella? Sí, Piadoso habíale hablado de aquella tierra y Casto le había mostrado el camino pero la cosa era que en el camino había caído con una cierta puta de aspecto atractivo cuyo nombre, dijo ella, es Más-vale-un-toma y le sedujo con malas mañas apartándole del camino verdadero con embelecos como ¡Eh! ¡Oye! mozo gentil, ven para acá que te voy a enseñar un sitio muy bonito, y le fascinó tan lisonjeramente que se lo metió en su gruta que es llamada Que-dos-te-daré o, según algunos sabios, Concupiscencia Camal.

Esto era lo que toda aquella compaña que estaba sentada allí departiendo en la Mansión de Matemidad mayormente apetecía si ellos se encontraban con esa puta Más-vale-untoma (que dentro llevaba toda clase de horribles plagas, monstruos y un diablo infame) harían lo imposible por lanzarse a ella y conocerla. Porque en lo referente a Cree-en-Mí dijeron que no era más que una noción y ellos no eran capaces de imaginárselo ni en pensamiento porque, primero, Que-dos-te-daré adonde ella les cautivaba era la más gustosa gruta y en ella había cuatro almohadas sobre las que había cuatro leyendas en las que estaban inscritas estas palabras, Acuestas y Patasamba y Vergonzante y Codo con Codo y, en segundo lugar, porque esa horrible plaga Todasífilis y los monstruos de los que no se preocupaban porque Preservativo habíales dado una sólida adarga de tripa de buey y, en tercer lugar, que no habrían de temer quebranto alguno por la progenie que aquél era el diablo infame en virtud de esa misma adarga que era nombrada Mataniños.

Así eran todos ellos en su ciega imaginación, el señor Ponerreparos y el señor Devezenvez Devoto, el señor Empinacerveza, el señor Falso Hidalgo, el señor Exquisito Dixon, el joven Bravuconeador y el señor Sensato Sosegador. En lo que, desgraciada compaña, estabais todos engañados porque aquélla era la voz del dios que estaba grandemente enfurecido y presto a levantar el brazo y descalabrar sus almas por sus ofensas y por los descalabramientos cometidos por ellos contrarios a su palabra que procrearnos ardorosamente nos manda.

Assí bien jueves dieciséis de junio Patk. Dignam yace bajo tierra por una apoplejía y después de tenaz sequía, a Dios gracias, llovió, un barquero que entra por el agua desde cincuenta millas más o menos con turba dice que la semilla no brotará, campos sedientos, de color muy amustiado y hedor fuerte, marjales y tremedales también. Dificil respirar y los plantones jóvenes consumidos por completo sin riego todo este tiempo atrás como nadie recuerda haber estado. Los capullos rosáceos todos parduzcos y manchones desparramados y las colinas peladas con sólo yerbajos secos y leños que podían prenderse con la primera chispa.

Todo el mundo diciendo, por lo que entendían, que el gran vendaval de febrero del año anterior que causó estragos en la tierra tan lamentables era cosa pequeña al lado de esta aridez. Pero luego, como queda dicho, esta tarde después de la puesta del sol, levantándose el viento del oeste, grandes nubes cargadas que podían verse según avanzaba la noche y los entendidos del tiempo especulando sobre ellas y algunos fucilazos al principio y después, pasadas las diez, un gran fogonazo con un prolongado trueno y en un dos por tres todo son carreras atropelladas buscando refugio a causa del chaparrón vaporoso, los hombres protegiendo sus canotiés con un trapo o pañuelo, el mujerío corriendo dando saltitos con las faldas arremangadas así como llegó el aguacero.

En Ely Place, Baggot Street, Duke's Lawn, de allí por Memon Green hasta Holles Street un aluvión de agua corriendo por donde antes estaba seco como un palo y ni una sola tartana o carruaje o coche de alquiler se veía por ningún sitio pero no más truenos después de ese primero. Enfrente de la puerta del Muy Honorable juez Mr.

Fitzgibbon (que ha de deliberar con Mr. Healy el abogado sobre las tierras del colegio) Mal. Mulligan un caballero entre caballeros que no había sino llegado de casa de Mr. Moore el escritor (que era papista pero que ahora, según cuentan, es un buen orangista) se tropezó con Alec. Bannon con el pelo corto (que ahora se lleva igual que las capas de baile de verde Kendal) que acababa de llegar a la ciudad desde Mullingar con la diligencia donde su primo y el hermano de Mal. M. pasarán aún un mes hasta San Swithin y pregunta qué diablos hacía allí, él en dirección a casa y él a casa de Andrew Home quedándose para apurar una copa de vino, según él dijo, pero quería hablarle de una vaquilla respingona, grande para su edad y elegante patigorda y a todo esto diluviaba por lo que los dos se encaminaron hacia Home. Allí Leop. Bloom del periódico de Crawford sentado muellemente con una cuadrilla de zumbones, de jóvenes penden cieros, Dixon junior estudiante en Nuestra Señora de la Misericordia, Vin. Lynch, un joven escocés, Will. Madden, T.

Lenehan, muy entristecido a causa de un caballo de carreras en el que puso sus ilusiones y Stephen D. Leop. Bloom también allí por causa de un abatimiento que había tenido pero ahora se encontraba mejor, habiendo él soñado anoche un raro ensueño sobre su señora Mrs. Moll en pantuflas rojas y unas botargas lo que se interpreta por los que saben que denota cambio y la Mastresa Purefoy también allí, que entró acogiéndose a su vientre, y ahora con las piernas en alto, pobre mujer, dos días cumplida, las comadronas de lleno en ello y no consigue dar a luz, ella angustiada por un cuenco de agua de arroz que es un atinado desecador de los intestinos y su respiración muy pesada más de lo que es bueno y sería un rapacejo por los coletazos, dicen, pero Dios le dé pronto su descendencia.

Es su noveno arrapiezo que le vive, según tengo oído, y el día de Nuestra Señora le cortó las uñas a su última arrapieza que entenía para entonces sus doce meses y con otros tres todos criados a pecho que murieron inscritos con hermosa letra en la Biblia del rey James. Su dueño y señor de algo más de cincuenta años y metodista pero recibe el sacramento y puede ser visto los domingos de sol con un par de sus mocitos por el puerto de Bullock pescando de anzuelo en la dársena con una caña de carrete o en una batea que tiene rastreando en busca de acedías y romeros y pesca una buena cesta, tengo oído. En resumen un inmenso y grande aguacero y todo refrescado y mucho incrementará la cosecha aunque los que entienden dicen que después de viento y agua llegará el fuego por una pronosticación del amanaque de Malaquías (y tengo oído que Mr.

Russell ha hecho un ensalmo profético de la misma enjundia tomado del hindi para su gaceta del labrador) por aquello de que haya tres cosas en total pero esto es pura invención sin fundamento de razón para carcamales y críos aunque a veces uno haya que acierte con sus onginalidades y no hay manera de decir cómo.

En esto llegó Lenehan a los pies de la mesa y dijo que la carta estaba en la gaceta de la noche y dio un espectáculo buscándosela (pues juraba por su honor que había estado en apuros por ella) pero por instigación de Stephen dejó la búsqueda y se le rogó que se sentara allí a lo que convino con gran presteza. Era una suerte de caballero deportoso que pasaba por ser un payaso o un buen pillo y en lo que a mujeres concemía, caballos o escándalos picantes estaba al cabo de la calle. A decir la verdad era escaso en fortuna y la mayor parte del tiempo la pasaba husmeando por los cafés y tabernas de dudosa reputación con reclutadores, mozos de cuadra, corredores de apuestas, haraganes, recaderos, aprendices, busconas, señoras de mancebía y otros pícaros de esa estofa o con algún alguacil de ocasión o algún galafate con frecuencia por las noches hasta pleno día de los que sacaba entre cordial y cordial no pocos comadreos sueltos. Tomaba su ordinario en alguna alhóndiga y aunque sólo podía embucharse una ración de sobras de comida o un plato de tripas con un triste centavo en su bolsa siempre podía sin embargo salir del paso con la lengua, alguna ocurrencia licenciosa de una mujerzuela o chismorrería con lo que cualquier hijo de vecino reventaría de risa. El otro, Costello se entiende, oyendo este parlamento preguntó si era poesía o cuento. Pardiez, dice él, Frank (que ése era su nombre), se trata de las vacas de Kerry que van a ser sacrificadas por lo de la peste. Por mí que las ahorquen, dice con un guiño, y también a su carne enlatada, maldita sea. Un buen pescado hay en este bote el mejor que de él saliera y muy confiadamente se mostró dispuesto a coger alguna de las anchoas saladas que había en él y que glotonamente tenía avistadas todo este tiempo con lo que hubo encontrado el lugar que era en verdad el designio principal de su embajada pues estaba trasijado.

Mort aux vaches, dice luego Frank en lengua francesa que había estado unido a un comerciante de licores que tenía una bodega en Burdeos y hablaba también francés como un caballero. Desde que fuera niño este Frank había sido un maltrabaja que su padre, asistente de municipio, con gran trabajo hacíale ir a la escuela para aprender las letras y el uso de los astrolabios, y matriculado en la universidad para estudiar fisica y química pero él se desbocó como potro retozón y terminó conociendo mejor al justicia mayor y al aguacil que a sus volúmenes. Unas veces que si era comediante, otras cantinero o baratero, las más nadie podíale arrancar de las peleas de osos y de gallos, luego le dio por el mar o por patear los caminos con los gitanos, raptando al heredero de un hacendado al amparo de la noche o rateando ropa limpia de moza o retorciendo pescuezos de pollo detrás de un seto. Se había ido más veces que vidas tiene un gato y otras tantas de vuelta con los bolsillos desnudos a la vera del padre el asistente de municipio que derramaba cuartillos de lágrimas tan pronto le veía.

¿Cómo, dice el señor Leopoldo con sus manos cruzadas, que estaba deseoso de saber a qué llevaba todo aquello, que las van a sacrificar a todas? Sostengo que las vi esta misma mañana camino de los barcos de Liverpool, dice él. Me cuesta creer que la cosa sea de tanto cuidado, dice él. Y él estaba cursado en animales de ese género y en novillos cebados, corderillos cebados y carneros lanosos, habiendo actuado unos años antes como actuario de Mr.

Joseph Cuffe, un rico comerciante que ejercía su negocio de tratante de ganado y de animales de pradera muy cerca de los corrales de Mr. Gavin Low en Prussia Street. En eso discrepo de usted, dice. Quizás es más bien moquillo o actinomicosis bovina.

Mr. Stephen, un poco agitado pero muy graciosamente, le dijo que no era así que él tenía despachos del sobalomos mayor del emperador agradeciéndole su hospitalidad, que mandaba al Doctor Rinderpest, el cazavacas más de nota de toda Moscovia, con algunos bolos de medicina para coger al toro por los cuernos. Venga, venga, dice Mr.

Vincent, hablemos claro. Se va a poner en los cuernos del toro si se mete con un toro que sea irlandés, dice él. Irlandés por nombre y por nacimiento, dice Mr. Stephen, y desparramó la cerveza por todos lados, un toro irlandés en una tienda de porcelana inglesa.

Cojo la idea, dice Mr. Dixon. Es el mismo toro que envió a nuestra isla el ganadero Nicholas, el más osado criador de ganado de todos, con un anillo de esmeraldas en la nariz. Estoy con usted, dice Mr.

Vincent desde el otro lado de la mesa, y ha dado en el blanco además, dice él, y un toro más orondo y opulento, dice él, jamás se cagó sobre trébol. El tenía cuernos en abundancia, una capa de tisú de oro y un dulce aliento vaporoso le salla de las narices de manera que las mujeres de nuestra isla, dejando la masa del pan y los rodillos, fueron tras él colgándole en los tolondros guirnaldas de margaritas. Qué importa, dice Mr. Dixon, pero antes de que aquí arribara el ganadero Nicholas que era eunuco mandó que lo caparan como es debido a un colegio de doctores que no estaban en mejor situación que él. Vamos pues, dice él, y haz todo lo que mi primo hermano lord Harry te diga y recibe la bendición de un ganadero, y dicho eso le dio una muy sonora palmada en el trasero. Pero la palmada y la bendición lo dieron por amigo, dice Mr. Vincent, y para demostrarlo le enseñó un truco que valía por mil de modo y manera que la moza, mujer, abadesa y viuda hasta este día aseguran que prefieren en cualquier mes del año suspirarle al oído en la penumbra del cobertizo de un confesionano o dejarse lamer el cogote por su santa y larga lengua antes que acostarse con el más guapo y musculoso joven seductor de todos los confines de Irlanda.

Otro luego intervino en la conversación: Y lo vistieron, dice él, con alba de encajes y dalmática con esclavina y cinto y volantes en los puños y le raparon los mechones y le frotaron por todo con aceite espermaceti y levantaron establos para él en cada recodo del camino con pesebres de oro en todos rebosantes del mejor heno que pueda encontrarse de manera que pudiera dormitar y expulsar sus boñigas a placer. A todo esto el padre de los creyentes (pues así lo llamaban) había engordado tanto que apenas si podía acercarse a los pastos. Para remediar lo cual nuestras cotorreras damas y damiselas le traían el pienso en sus delantales y tan pronto como llenaba la panza se enderezaba sobre sus cuartos traseros para destaparles a sus señorías un misterio y mugir y bramar en la lengua de los toros y todas ellas imitándolo. Sí, dice otro, y tanto fue mimado que no sufría que nada se cultivara en los campos que no fuera hierba verde para él (pues ése era el solo color que se le antojaba) y había un tablón izado sobre una colina en medio de la isla que decía en letras impresas: Por orden de Lord Harry, Verde sea la hierba que crece en los campos. Y, dice Mr. Dixon, si alguna vez olía a un cuatrero en Roscommon o en las tierras agrestes de Connemara o que un labriego de Sligo sembrara si tan siquiera un puñado de mostaza o un saco de semilla de colza allá que se lanzaba hecho un basilisco por media nación arrancando de raíz con los cuernos cuanto estuviera sembrado y todo por órdenes de lord Harry. Hubo mala sangre entre ellos al principio, dice. Mr.

Vincent, y el lord Harry encomendó al ganadero Nicholas a todos los diablos del infierno y le llamó chuloputas y que guardaba siete furcias en su casa y había de entremeterse en sus cosas, dice él.

He de hacer que ese animal las pase mal, dice él, con la ayuda de la buena picha que me dejó mi padre. Pero una noche, dice Mr.

Dixon, cuando el lord Harry se encontraba limpiándose la pelleja para ir a cenar después de ganar una regata (tenía remos de pala para él pero la primera regla de la carrera era que los otros habían de remar con horcas) descubrió que tenía un extraordinario parecido con un toro y al coger un apulgarado enquindion que guardaba en la despensa halló de cierto que era descendiente por relación carnal detrás de la iglesia del famoso toro campeón de los romanos, Bos Bovum, que es castizo latín de macarronea para el toro de la manada. Tras eso, dice Mr. Vincent, el lord Harry metió la cabeza en un abrevadero de vacas en presencia de todos sus cortesanos y sacándola otra vez les comunicó a todos su nuevo nombre. Luego, con el agua chorreándole por todo, se puso una vieja bata y y una falda que habían pertenecido a su abuela y se compró una gramática de la lengua de los toros para estudiar pero nunca fue capaz de aprender en ella una sola palabra excepto el pronombre de primera persona que copió en grandes letras y consiguió aprendérselo de memoria y si alguna vez salía a dar un paseo se llenaba los bolsillos de tizas para escribirlo donde se le antojara, en el canto de una piedra o en la mesa de un salón de té o en un fardo de algodón o en un flotador de corcho. Para ser breve, él y el toro de Irlanda se hicieron pronto tan amigos como culeras y posaderas. Fueron amigos, dice Mr. Stephen, pero el final fue que los hombres de la isla no viendo de dónde podía venirles una ayuda pronta, y puesto que las desagradecidas mujeres estaban de acuerdo, construyeron una balsa de troncos, se embarcaron en ella y subieron a bordo sus enseres, izaron todos los mástiles, guarnecieron las vergas, acoplaron su orza, se pusieron al pairo, borrachos como cubas, pusieron la proa cerca de la línea de flotación, levaron anclas, pusieron el timón a babor, izaron el pabellón pirata, lanzaron tres hurras, dispuestos a todo, desatracaron la bombarda y se hicieron a la mar para ganar las costas de América. Lo que dio ocasión, dice Mr. Vincent, a un contramaestre para componer aquella alegre saloma:

–El Papa Pedro es un meón.

Porque es hombre es hombre.

Nuestro entrañable compañero Mr. Malachi Mulligan apareció entonces en la entrada cuando los estudiantes terminaban su apólogo acompañado de un amigo que acababa de reencontrar, un joven caballero, de nombre Alec Bannon, que hacía poco había llegado a la ciudad, teniendo la intención de comprarse un nombramiento de abanderado o de chambergo en las milicias urbanas y alistarse para la guerra. Mr. Mulligan era lo bastante cortés como. para significar gusto por todo ello tanto más cuanto que coincidía con un proyecto suyo para la cura de aquel preciso mal que habíase estado comentando. Con lo cual repartió entre toda la compana una pilada de tarjas de cartón que había mandado grabar ese día a Mr.

Quinnell con una leyenda grabada en grácil bastardilla: Mr. Malachi Mulligan. Fertilizador e Incubador. Isla Lambay. Su proyecto, según tuvo ocasión de glosar, se cifraba en apartarse de la rutina de vanos placeres tales que forman el principal empleo de Don Flojeras Barbilindo y Don Nefandano Cominero de la ciudad y emplearse en el más noble oficio para el que nuestro organismo fisico ha sido concebido.

Bien, oigamos qué pueda ser, buen amigo, dijo Mr. Dixon. Figúraseme que suena a ir de pendones. Vamos, tomad asiento, ambos. Cuesta lo mismo estar sentado que de pie. Mr. Mulligan convino con la invitación y, departiendo sobre su designio, dijo a sus oyentes que había sido movido a esa idea al considerar las causas de la esterilidad, tanto la inhibitoria como la prohibitoria, fuera a su vez la inhibición debida a vejaciones conyugales o a una parsimonia de la moderación como.si la prohibición procediera de defectos congénitos o de proclividades adquiridas. Enojábale desazonadamente, dijo, ver el tálamo nupcial despojado de sus más queridos atributos: reparar en tantas mujeres placenteras de espléndidas articulaciones, presa de los más viles bonzos, que ocultan sus hachones debajo del almud de un desapacible claustro o que pierden su florar virginal en los brazos de un botarate cualquiera cuando podrían multiplicar los remansos de felicidad, sacrificando la joya inestimable de su sexo cuando estaban a mano cientos de lindos mocitos para acariciar, esto, les aseguró, es lo que hacía gemir a su corazón. Para esquivar este inconveniente (que decidió se debía a una supresión de calor latente), habiendo consultado a ciertos consejeros de valía y estudiado detenidamente el asunto, se había decidido a adquirir en propiedad absoluta y a todos los efectos el feudo de la isla de Lambay de su poseedor, lord Talbot de Malahide, un caballero Tory de renombre muy apreciado por nuestro partido ascendiente. Se proponía instalar allí una granja nacional de fertilización que habría de llamarse Omphalos con un obelisco tallado y erigido al modo egipcio y ofrecer sus eficaces servicios para la fecundación de cualquier mujer de no importa qué casta o condición que allí y a él se dirigiera con el deseo de satisfacer sus funciones naturales. El dinero no era obstáculo, dijo, ni cobraría un céntimo por su trabajo. La más humilde fregona no menos que la rica señora elegante, siempre que su complexión y temperamento fuesen ardientes persuasores de sus peticiones, encontrarían en él a su hombre. Como alimento nutritivo indicó que allí se alimentaría exclusivamente con una dieta de sabrosos tubérculos y pescados y conejos, la carne de estos últimos prolíficos roedores siendo altamente recomendada para su propósito, tanto asada como guisada con una pizca de corteza de macis y una o dos ñoras picantes. Tras de esta homilía que él dio en una muy acalorada aserción Mr.

Mulligan en un tris quitó del sombrero un pañuelo con el que lo había protegido. Los dos, por lo visto, habían sido sorprendidos por la lluvia y por más que aligeraron el paso se habían empapado de agua, como podía observarse en los pantalones de Mr. Mulligan del color de la lana natural y que ahora estaban un tanto a lunares. Su proyecto en el entretanto fue muy favorablemente recibido por los oyentes y se ganó los cordiales elogios de todos aunque Mr. Dixon de María fue la excepción, preguntando con un aire afectado si también se proponía exportar güisqui a Escocia. Mr.

Mulligan congració con los eruditos por medio de una oportuna cita de los clásicos que, según afloraba en su memoria, le parecía un acertado y selecto sostén de sus convicciones: Talis ac tanta depravatio hujus seculi, Oquirites ut matresfamiliarum nostrae lascivas cújuslibet semiviri libici titillationes testibus ponderosis atque excelsi erectionibus centurionum Romanorum magnopere anteponunt, mientras que para aquellos de más duro discernimiento remachó su plan con analogías del mundo animal más en consonancia con sus estómagos, el buco y la gama del claro del bosque, el pato y la pata de granja.

Valorando en no poco su elegancia, siendo como era un hombre de encantadora personalidad, este parlanchín aplicóse luego a su vestimenta con reprobaciones un tanto acaloradas sobre el repentino antojo de las perturbaciones atmosféricas en tanto que la compaña se deshacía en encomios al proyecto que había adelantado. El joven caballero, su amigo, no cabiendo en sí de contento como estaba por un episodio que últimamente habíale acontecido, no pudo abstenerse de contárselo a su más cercano vecino. Mr. Mulligan, apercibiéndose de la mesa, preguntó para quién eran aquellos panes y peces y, viendo a un desconocido, le hizo una cortés reverencia y dilo, ruégote, señor ¿habéis necesidad de alguna asistencia profesional que nosotros pudiéramos daros? Quien, ante su ofrecimiento diole las gracias muy cordialmente, aunque conservando las distancias, y replicó que se encontraba allí a causa de una señora, ahora interna en la casa de Home, que estaba en estado interesante, pobre criatura, con dolores de parto (y a esto dio un profundo suspiro) para saber si su ventura había ocurrido ya. Mr. Dixon, para volver las tornas, se encargó de preguntar a Mr. Mulligan en persona si acaso su incipiente triposidad, de la que templadamente se mofó, anunciaba una gestación ovoblástica en el utrículo prostático o matriz masculina o era debida, como en el renombrado médico, Mr. Austin Meldon, a que llevaba un lobo en el estómago. Por respuesta Mr.

Mulligan, en medio de estruendosas carcajadas por sus paños menores, se golpeó animosamente por debajo del diafragma, exclamando con una admirable imitación divertida de la Tía Grogan (la criatura más extraordinaria de su sexo aunque es una vergüenza que sea una furcia): He aquí una barriga que nunca parió bastardo.

Tan feliz ocurrencia reverdeció la tormenta de hilaridad y disparó a toda la estancia a las más violentas convulsiones de contento. El bullicioso alboroto habría continuado en la misma vena bufa si no hubiera sido por cierto rebato en la antecámara.

Llegados a este punto el oyente que no era otro que el estudiante escocés, un mozo un tanto camorrista, rubio como la estopa, se congratuló del modo más efusivo con el joven caballero e, interrumpiendo el discurso en un momento culminante, habiendo rogado a la persona que frente a él se encontraba con una exquisita inclinación que tuviera a bien pasarle una jarra de aguas de cordial al tiempo que con un visaje interrogativo de la cabeza (siglos de educación en buenas maneras no habrían logrado un tan escogido gesto) al que se unía un equivalente aunque contrario equilibrio de la botella preguntó al narrador tan llanamente como pueda hacerse en palabras si podría servirse una copa de aquello.

Mais bien sûr, noble extranjero, dijo alegremente, et mille compliments. Pardiez que puede y muy convenientemente. Nada había que más necesitara que esta copa para culminar mi felicidad. Mas, cielo santo, si resultara que sólo un mendrugo tuviera en el morral y sólo un vaso de agua del pozo, Dios mío, me complacería y sería capaz de postrarme en el suelo y dar gracias a los poderes divinos por la felicidad que me ha sido concedida por el Dador de las buenas cosas. Con estas palabras acercóse el cáliz a los labios, tomó un complaciente trago de aquel cordial, se alisó el pelo y, abriendo la pechera, afuera saltó un medallón que colgaba de una cinta de seda, aquel mismo retrato que él siempre custodiara desde que la mano de ella escribiera en él. Contemplando aquel rostro con infinita ternura, Ah, Monsieur, dijo, si vos la hubiereis visto con estos ojos en aquel instante conmovedor con su primorosa trencilla y su coqueto gorrito nuevo (un regalo por el día de su onomástica como lindamente me dijo) en un tan natural desorden, de tan entemecedora ternura, a fe mía, que hasta vuesa señoría, Monsieur, habríase visto movido por vuestra generosa naturaleza a poneros por entero en las manos de una tal enemiga o a abandonar el campo para siempre. Os digo, nunca de tal manera estuve tan tocado en mi vida.

¡Dios, te doy las gracias, por ser el Autor de mis días! Tres veces dichoso habrá de ser aquél al que tan complaciente criatura bendiga con sus favores. Un suspiro de amor otorgó elocuencia a esas palabras y, habiendo puesto de nuevo el medallón en la pechera, se enjugó los ojos y suspiró otra vez. Benéfico Diseminador de bendiciones a todas tus criaturas, cuán grande y universal ha de ser aquella dulcísima de tus tiranías que somete a servidumbre al libre y al esclavo, al zagal necio y al mentecato presumido, al amante en el apogeo de la pasión temeraria y al marido en los años de la madurez. Pero en verdad, señor, que me aparto de la cuestión. Cuán enturbiados e imperfectos son nuestros placeres sublunares. ¡Maldición! exclamó con angustia. ¡Ojalá hubiera sido del agrado de Dios que tuviera esa adivinación que me hiciera recordar traerme la capa! Podría llorar de tan sólo pensarlo. Entonces, aunque del cielo hubiera diluviado, poco nos habría importado. Mas, un rayo me parta, dijo, dándose con la mano en la frente, que mañana volverá a salir el sol y, rayos y truenos, conozco a un marchand de capotes, Monsieur Poyntz, de quien puedo tener por una lime una muy cómoda capa al estilo francés como ninguna otra protegiera a señora de rociada. ¡Hala, hala! exclama Le Fécondateur, entrando de rondón, mi amigo Monsieur Moore, ese consumado viajero (acabo de desecar media botella avec luí entre las más preclaras inteligencias de la ciudad) es mi autoridad que en Cabo de Hornos, ventre biche, hay una lluvia que lo impregna todo, hasta las más resistentes capas. Una calada de esa violencia, sans blague, me cuentan, ha despachado a más de un desgraciado sin previo aviso y por urgencia al otro mundo.

¡Bah! ¡Una lime! exclama Monsieur Lynch. Esas cosas indecentes son caras hasta por una gorda. Un diafragma, no mayor que una seta de bruja vale como diez de esos sucedáneos. Ninguna mujer con un mínimo de inteligencia se pondría uno. Mi querida Kitty me dijo hoy que preferiría bailar en un diluvio antes que morirse de ganas en semejante arca de salvación pues, como me trajo a la memoria (sonrojándose maliciosamente y susurrándome al oído aunque nadie había allí para agarrar sus palabras a no ser las atolondradas mariposas), dama naturaleza, por bendición divina, lo ha instalado en nuestros corazones y se ha convertido en expresión conocida ily a deux choses para las que la inocencia de nuestro indumento original, en otras circunstancias una violación del decoro, es el más adecuado, mejor dicho, el único atavío. Lo primero, dijo ella (y aquí mi bella filósofa, al tiempo que le ayudaba a subir al tílbun, para llamar mi atención, suavemente rozó con su lengua el pabellón de mi oreja), lo primero es un baño – Pero en este momento el tintineo de una campanilla en la sala cortó en seco un discurso que tanto prometía para el enriquecimiento del cúmulo de nuestra sapiencia.

En medio de incontinente hilaridad general de la asamblea una campanilla repicó y, mientras todos se hacían conjeturas sobre cuál podría ser la causa, Miss Callan entró y, habiendo dicho unas pocas palabras en voz baja al joven Mr. Dixon, se retiró con una profunda inclinación a la compaña. La sola presencia aunque fuera por un instante en una partida de libertinos de una mujer equipada de un natural modesto y tan seria como bella frenó las joviales agudezas incluso en los más inmoderados pero su marcha fue la señal para una ola de obscenidades. El cielo me confunda, dijo Costello, un bribonzuelo que estaba ajumado. ¡Buen pedazo de jaca! Juraría que se ha citado contigo. ¿Qué me dices, perro ventero? Vamos, que no te las sabes arreglar con ellas. Diantres, se las sabe todas, dijo Mr. Lynch. Maneras de cama son las que se usan en la hospedería Mater. Demontres ¿acaso no les hace la mamola el Doctor O'Gargle a las monjas? Que me condene si no me lo reveló mi Kitty que ha sido limpiadora en el hospital a lo largo de estos siete meses. Que Dios me ampare, doctor, pronumpió el joven petimetre del chaleco lila, simulando una sonrisa boba afeminada y con retorsiones indecorosas de cuerpo. ¡Cómo os mofáis del personal!

¡Joroba de hombre! ¡Jesús, María y José! Estoy tiembla que tiembla.

¡Caray, sois tan malo como el padrecito Dondetetocó, que sí que lo sois! Que me atore este cuartillo de a ochavo, gritó Costello, si no está en camino de tener familia. Conozco a la señora que lleva barriga en cuanto le pongo la vista encima. El joven galeno, sin embargo, se levantó y rogó a la compaña que excusara su apartamiento ya que la enfermera acababa de informarle que era reclamado en la sala. La providencia misericordiosa había propiciado que terminaran los sufrimientos de la señora que estaba enceinte que había soportado con loable fortaleza y había dado a luz un hermoso niño. Me causan inquietud, dijo, aquellos que sin conocimientos para estimular ni saber para instruir, envilecen una ennoblecedora profesión que, salvando los respetos debidos a la Deidad, es la mayor fuerza de felicidad sobre la tierra. Soy categórico cuando aseguro que si necesario fuera podría aportar una tan grande nube de testigos que hablaría de las excelencias de un tan noble ejercicio que, lejos de ser objeto de maledicencias, debería ser un estímulo glorioso en el corazón de los hombres. No puedo sufrirlos. ¿Pues qué? ¿Difaman a una como ella, la gentil doncella Callan, que es la gloria de su sexo y portento del nuestro? ¿Y en la ocasión más trascendental que pueda acaecerle a una insignificante criatura de barro? ¡Al infierno tal idea! Me estremezco al pensar en el futuro de una raza donde se han sembrado las semillas de una tal malicia y donde no se otorga el debido respeto a la maternidad ni a la doncellez en la casa de Home. Puesto de manifiesto este reproche saludó a los presentes en la francachela y enderezó sus pasos hacia la puerta. Un murmullo de aprobación se levantó de todos y algunos estaban por echar fuera al vulgar beodo sin más miramientos, propósito que se habría realizado y sólo habría recibido lo justamente merecido de no ser porque amenguó su transgresión confirmando con una horrenda imprecación (ya que maldecía a manos llenas) que él era tan buen hijo de la grey verdadera como el que más. Que me partan, dijo, si no han sido ésos siempre los sentimientos del honrado Frank .Costello en los que fui criado singularmente en honrar a tu padre y a tu madre que tenía muy buena mano para los rollitos de hojaldre o para un pudín como nunca se haya visto otra y la tengo siempre presente en mi corazón amoroso.

Volviendo a Mr. Bloom que, tras su primera aparición, había advertido ciertas chanzas impúdicas con las que no obstante él había tenido paciencia por ser finto de la edad a la que normalmente se le carga no conocer la compasión. Las jóvenes lumbreras, es verdad, rebosaban de extravagancias como si de zagalones se tratara: las palabras de sus tumultuarias discusiones se entendían con dificultad y no siempre eran escogidas: su irascibilidad y escandalosas mots eran tales que las entendederas de él flaqueaban: tampoco eran ellos sumamente sensibles al decoro aun cuando el fondo de salvajes espíritus animales hablara por ellos. Pero las palabras de Mr. Costello eran para él un lenguaje desagradable pues le daba náuseas aquel desgraciado que le parecía una criatura desorejada de una desdichada gibosidad, nacido fuera del matrimonio y empujado al mundo hecho un jorobado dentudo y con los pies por delante, que la huella de las pinzas del cirujano en su cráneo dejaron en verdad su rastro, para hacerle a uno pensar en el eslabón perdido en la cadena de la creación echado de menos por el ya fallecido ingenioso Mr. Darwin. Había traspasado ya el tramo medio de duración de vida y había probado las mil y una vicisitudes de la existencia y, procediendo de antepasados cautelosos y él mismo hombre de una desusada previsión, le había impuesto a su corazón reprimir toda convulsión de cólera creciente y, atajándola con pronta precaución, fomentar en su pecho esa plenitud de tolerancia de la que hacen escarnio las mentes vulgares, juzgadores atolondrados menosprecian y todos hallan aceptable aunque sólo aceptable. A todos aquellos que se imaginan sagaces a costa de la finura femenina (una costumbre mental que él nunca aprobó) a esos no les concedería siquiera exhibir el nombre ni heredar la tradición de una clase decente: mientras que para esos tales que, habiendo perdido todo dominio sobre sí mismos, ya no pueden perder más, ahí quedaba el áspero antídoto de la experiencia para forzar a su insolencia a batirse en precipitada e ignominiosa retirada. Y no es que él no pudiera congraciarse con la impetuosa juventud que, no importándole las recriminaciones de los vejestorios o refunfuños de los estrictos, siempre está pronta (como dice la púdica fantasía del Santo Autor) a comer del árbol que le está prohibido aunque no llega tan lejos como para preterir a la humanidad bajo ninguna condición en absoluto para con una dama cuando ella se ocupaba de sus legítimas necesidades. Para terminar, mientras que a juzgar por las palabras de la hermana él había contado con rapido alumbramiento se sintió, sin embargo, hay que reconocerlo, un tanto aliviado con la información de que la descendencia tan auspiciada después del sufrimiento de tamaña dureza testimoniara ahora una vez más en favor de la misericordia a la vez que de la generosidad del Ser Supremo.

De conformidad con lo cual abrió su corazón al vecino de asiento, diciendo que, para manifestar su criterio sobre el asunto, su opinión (y tal vez no debería manifestar ninguna) era que había que tener un temperamento frío y un talante glacial para no alegrarse con las frescas noticias de la fructificación del parto puesto que había pasado por tales dolores y no por culpa de ella.

El petimetre galán dijo que era del marido que la había puesto en aquella expectación o que al menos él debería haber sido a menos que ella fuera una matrona efesia más. Debo informaros, dijo Mr.

Crotthers, aporreando la mesa como para producir un comentario de énfasis resonante, que el viejo Gloria Alleluyarum estuvo de nuevo por aquí hoy, un hombre ya mayor patilludo, formulando nasalmente la petición de hablar con Wilhelmina, mi vida, como él la llama. Le rogué que se mantuviera al aviso puesto que el acontecimiento tendría lugar en breve. De montres, os seré sincero. No puedo por menos que encomiar la potencia viril del viejo buco que aún es capaz de hacerle otro hijo. Todos se metieron en alabanzas, cada uno a su modo, aunque el mismo joven petimetre mantuvo su anterior parecer de que era alguien distinto de su cónyuge el hombre que había metido el palo en la raja, un clérigo misacantano, un paje de hacha (virtuoso) o un vendedor itinerante de artículos que se necesitan en cualquier casa. Extraña, departió consigo el invitado, la facultad prodigiosamente desigual de metempsicosis que poseen, para que el dormitorio puerperal y el anfiteatro de disecciones los conviertan en seminarios de tal frivolidad, para que la mera adquisición de títulos académicos sea suficiente para transformar en un santiamén a estos devotos de la superficialidad en practicantes ejemplares de un arte que la mayoría de los hombres cualquiera que fuera su eminencia han estimado el más noble. Pero, añadió aún más, eso es quizabes para liberar los sentimientos aprisionados que en general les oprimen porque yo he observado más de una vez que Dios los cría y ellos se juntan para retozar.

Pero icon qué anuencia, permítase preguntar al noble señor, su patrón, háyase este forastero, a quien el favor de un gracioso príncipe ha acogido a los derechos civiles, erigido en señor supremo de nuestra política interior? ¿Dónde se halla ahora esa gratitud que la lealtad debería haber aconsejado? Durante la guerra reciente cuando quiera que el enemigo tenía una ventaja temporal con sus granados ¿acaso este traidor de los suyos no aprovechaba el momento para disparar su pieza contra el imperio del que él es un ocupante a voluntad mientras él temblaba por la seguridad de sus cuatro por ciento? ¿Ha olvidado esto como olvida todos los beneficios recibidos? ¿O es que de ser un embaucador de otros se ha convertido al fin en su propio burlador como lo es, si los rumores no lo desmienten, su propio y solo gozador? Lejos esté de la confianza mancillar la alcoba de una dama decente, la hija de un valeroso comandante, o arrojar la más remota censura sobre su virtud pero si provoca nuestra atención sobre eso (como ciertamente estaba muy en su interés el no hacerlo) pues que así sea. Infeliz mujer, durante demasiado tiempo y con demasiado empeño le ha sido negada la legítima prerrogativa de escuchar sus conminaciones con ningún otro sentimiento que no fuera el de la irrisión del desesperado. ¡Él lo dice, censor de la moralidad, un verdadero pelícano por su piedad, que no tuvo escrúpulos, insensible a los vínculos de la naturaleza, en intentar contacto camal ilícito con una fámula sacada de los estratos más bajos de la sociedad! ¡Aún más, de no ser porque el escobón de la sirvienta se convirtió en su ángel tutelar, a ella le habría ido tan mal como le fue a Agar, la egipcia! En cuanto al asunto de los pastizales su agriada aspereza es notoria y en presencia de Mr. Cuffe provocó por parte de un ganadero indignado una réplica mordaz formulada en términos tan directos como bucólicos. Mal va con él predicar ese evangelio. ¿Acaso no tiene muy cerca de casa un campo fértil que está en barbecho por falta de reja de arar? Un hábito reprensible en la pubertad se convierte en algo usual y en oprobio de la madurez. Si ha de derramar su bálsamo de Galaad en panaceas y apotegmas de dudoso gusto para devolverle la salud a una generación de bisoños disolutos, que se ocupe de que la práctica radique más en las doctrinas en las que ahora está absorbido. Su pecho marital es el depositario de secretos que el decoro es reacio a mencionar. Las obscenas insinuaciones de alguna belleza marchita pueden consolarle de una consorte abandonada y seducida pero este nuevo defensor de la moral y curador de males es a lo sumo un árbol exótico que, cuando echó raíces en su oriente originario, prosperó y floreció y abundó en bálsamo pero, trasplantado a un clima más templado, sus raíces han perdido su antiguo vigor mientras que la esencia que de ahí brota está inerte, agria e inoperante.

La noticia fue comunicada con una circunspección que recordaba las costumbres ceremoniales de la Sublime Puerta por la segunda enfermera al oficial auxiliar médico interno, quien a su vez anunció a la delegación que un heredero había nacido. Cuando se hubo dirigido al pabellón de mujeres para asistir a la ceremonia prescrita de secundinas en presencia del secretario de estado de asuntos internos y los miembros del consejo privado, en silencio y por unánime agotamiento y aprobación los delegados, irritados por la duración y solemnidad de la vigilia y esperando que el feliz acontecimiento habría de paliar una libertad que la ausencia simultánea de la menina y el obstetra hacía más fácil, prorrumpieron al pronto en una quistión de lenguas. En vano la voz de Mr. Agente de Publicidad Bloom se oyó empeñada en recomendar, en apaciguar, en moderar. El momento era my propicio para el despliegue de ese discurrimiento que parecía el único lazo de unión entre temperamentos tan divergentes. Cada fase de la situación era sucesivamente eviscerada: la repugnancia prenatal de hermanos uterinos, la operación de cesárea, la postumidad con respecto al padre y, la forma aún más rara, con respecto a la madre, el caso fratricida conocido como el crimen Childs y convertido en memorable por la apasionada defensa de Mr. Abogado Defensor Bushe que consiguió la absolución del injustamente acusado, los derechos de primogenitura y el subsidio real tocante a mellizos y trillizos, abortos e infanticidios, fingidos o disimulados, el foetus in foetu acárdico y la aprosopia debida a la congestión, la agnación de ciertos chinos chin mentón (citado por Mr. Aspirante Mulligan) como consecuencia de la defectuosa concurrencia de protuberancias maxilares a lo largo de la línea central de tal manera (como él dijo) que un oído pudiera oír lo que el otro hablaba, las ventajas de la anestesia o sueño crepuscular, la prolongación de los dolores de parto en embarazo avanzado por causa de la presión en la vena, la pérdida prematura del líquido amniótico (según se ilustraba en el caso presente) con el consiguiente peligro de sepsis para la matriz, la inseminación artificial por medio de jeringas, la involución del útero como consecuencia de la menopausia, el problema de la perpetración de la especie en el caso de mujeres fecundadas en violación delictiva, la angustiosa clase de parto llamada por los brandenburgueses Sturzgeburt, los casos registrados de nacimientos multiseminales, bispermáticos y monstruosos concebidos en el periodo cataménico o de padres consanguíneos – en una palabra todos los casos de nacimientos humanos que Aristóteles ha clasificado en su obra maestra con ilustraciones cromolitográficas. Los más graves problemas de obstetricia y de medicina forense fueron examinados con tanta animación como las creencias más populares sobre el estado de embarazo tales como la prohibición a una mujer embarazada de pasar por encima de un cercado rural por temor a que, con el impulso, el cordón umbilical estrangulara a la criatura y la orden de, en la eventualidad de un antojo, albergado ardiente e inútilmente, colocar la mano en esa parte de su persona que el uso tradicional ha dado en llamar asiento del castigo. Las anormalidades de labio leporino, verruga en el pecho, dedos supernumerarios, angiomas, casabillos y lentigos fueron alegados por uno como una prima facie y explicación natural hipotética de esos niños ocasionalmente nacidos con cabeza de cerdo (el caso de Madame Grissel Steevens fue recordado) o con pelo de perro. La hipótesis de una memoria plasmática, anticipada por el enviado caledonio y digna de la tradición metafísica del país que él representaba, concebía en tales casos un paro del desarrollo embrionario en algún momento precedente al humano. Un delegado extravagante defendió en contra de estos dos puntos de vista, con tal ardor que casi llegó a convencer, la teoría de la copulación entre mujeres y animales machos, las fuentes eran según su propia confesión las fábulas tales como la del Minotauro, que el genio del exquisito poeta latino nos ha legado en las páginas de su Metamorfosis. La impresión que causaron sus palabras fue inmediata aunque fugaz. Fue eclipsada tan fácilmente como había sido provocada por una alocución de Mr. Aspirante Mulligan en esa vena de jocosidad que nadie mejor que él sabía cómo fingir, postulando como el supremo objeto de deseo un anciano agradable y limpio. Simultáneamente, habiendo surgido un acalorado debate entre Mr. Delegado Madden y Mr. Aspirante Lynch concemiente al dilema jurídico y teológico originado en el caso de un gemelo siamés que premuera al otro, la dificultad por consentimiento mutuo fue remitida a Mr. Agente de Publicidad Bloom para sometimiento urgente a Mr. Diácono Coadjutor Dedalus. Hasta el momento en silencio, bien para mejor probar por gravedad pretematural esa curiosa dignidad de la vestimenta con la que estaba investido o por obediencia a una voz interior, expresó brevemente, y como algunos opinaron, descuidadamente el mandato eclesiástico que prohibe al hombre separar lo que Dios juntó.

Pero la historia de Malaquías comenzó a helarles de horror.

Invocó la escena ante ellos. El entrepaño secreto detrás de la chimenea retrocedió y en el hueco apareció – Haines! ¿A quién de nosotros no se le puso la carne de gallina? Tenía una cartera llena de literatura celta en una mano, en la otra un frasco marcado Veneno. Sorpresa, horror y asco se dibujaron en las caras de todos al tiempo que él les miraba con una mueca fantasmal.

Contaba con una recepción así, comenzó con una risa horripilante, de lo que, parece ser, la historia tiene la culpa. Sí, es verdad.

Yo soy el asesino de Samuel Childs. ¡Y ved cómo ahora soy castigado! El infierno no guarda terrores para mí. Ésta es mi condición. Por las llagas de Cristo ¿cómo podría descansar, se quejó roncamente, mientras vago por Dublín todo este tiempo con mi lote de canciones y él tras de mí tal que un alma en pena o un fantasma? Mi infierno, y el de Irlanda, está en esta vida. Esto es lo que intenté para borrar mi crimen. Distracciones, caza de grajos, el gaélico (recitó algo), láudano (se llevó el frasco a los labios), vivir en tienda de campaña. ¡Inútil! Su espectro me sigue los pasos. La droga es mi única esperanza … . ¡Ah!

¡Perdición! ¡La pantera negra! Con un grito de repente desapareció y el entrepaño retrocedió. Un instante después su cabeza apareció en la puerta de enfrente y dijo: Esperadme en la estación de Westland Row a las once y diez. Se fue. Las lágrimas brotaron a chorros de los ojos de la tropa disoluta. El adivino levantó las manos al cielo, murmurando: ¡La vendetta de Mananaurt!

El sabio repitió: Lex talionis. Sentimental es aquel que gustaría gozar sin incurrir en la inmensa deuda de la cosa hecha. Malaquías, vencido por la emoción, enmudeció. El misterio había sido revelado. Haines era el tercer hermano. Su verdadero nombre era Childs. La pantera negra era ella misma el espectro de su propio padre. Bebía droga para borrar. Por este consuelo muchas gracias.

La casa abandonada cerca del cementerio estaba deshabitada. Ni una sola alma viviría allí. La araña teje su telaraña en soledad. La rata nocturna acecha desde su agujero. Una maldición hay en ella.

Está embrujada. Tierra de asesino.

¿Qué edad tiene el alma del hombre? Así como tiene la virtud del camaleón para cambiar su tinte con todo lo que se le acerca, de ser alegre con el divertido y triste con el abatido, del mismo modo su edad es cambiable de acuerdo con su humor. Leopoldo ya no es, sentado como está ahí, rumiando el bolo de la reminiscencia, aquel sensato agente de publicidad y poseedor de una modesta fortuna en fondos. Veinte años han pasado. Ahora es el joven Leopoldo. Ahí, como en sucesión retrospectiva, espejo dentro de un espejo (¡y listo!), se contempla a sí mismo. Se ve aquella figura joven de entonces, precozmente varonil, caminando en una mañana de escarcha desde la vieja casa en Clanbrassil Street hasta el instituto, la cartera llena de libros en bandolera, y en ella un buen trozo de pan de trigo, una idea de la madre. O quizás sea la misma figura, pasado ya un año más o menos, con su primer sombrero hongo (¡ah, aquél sí que fue un gran día!), ya en la calle, un viajante hecho y derecho de la empresa familiar, equipado con un libro de pedidos, un pañuelo perfumado (no sólo para lucirlo), un estuche de relucientes artículos de bisutería (¡ay, ya algo del pasado!) y una pilada de complacientes sonrisas para esta o aquella ama de casa medio conquistada calculando con los dedos o para una doncella en flor, tímidamente agradeciendo (¿y el corazón? ¡dime!) sus estudiados cumplidos. El perfume, la sonrisa, pero, más que todo eso, los ojos oscuros y los modales untosos, volvían a casa a la caída de la tarde con sus buenas comisiones junto al cabeza de la empresa, sentado con la pipa de Jacob después de idénticas tareas en el rincón de la chimenea destinado al padre (la comida de fideos, con toda certeza, se está recalentando) leyendo a través de lentes de concha algún periódico de Europa de hace un mes. Pero ah, y listo, el espejo se enturbia y el joven caballero errante se evapora, se consume, queda convertido en un punto diminuto en la niebla. Ahora él es el padre y los que están a su alrededor podrían ser sus hijos. ¿Quién podría decirlo? El padre sabio que sabe quién es su propio hijo. Él piensa en una noche de llovizna en Hatch Street, muy cerca de los almacenes, allí, la primera. Juntos (ella es una pobre niña abandonada, hija de la vergüenza, tuya y mía y de todos por sólo un chelín y su penique de la suerte), yuntos oyen los pasos cansinos de la guardia mientras dos sombras engabardinadas cruzan por la nueva universidad real. ¡Bndie!

¡Bridie Kelly! Nunca olvidará el nombre, siempre recordará la noche: la primera noche, noche de bodas. Están entrelazados en la más profunda oscuridad, el deseoso con la deseada, y en un instante Wat.) la luz inundará el mundo. ¿Daba vuelcos el corazón por el otro corazón? No, amable lector. En un solo suspiro se hubo consumado pero – ¡Espera! ¡Atrás! ¡No puede ser! Espantada la pobre muchacha se escapa a través de las sombras. Es la novia de las tinieblas, hija de la noche. Incapaz de arrostrar la carga del niño soláureo del día. No, Leopoldo. El nombre y el recuerdo no son consuelo para ti. Aquella ilusión juvenil de tu fuerza te fue arrebatada, y por nada. No habrá hijo de tus lomos a tu lado. Nadie hay ahora que sea para Leopoldo, lo que Leopoldo fue para Rudolph.

Las voces se mezclan y funden en silencio empañado: silencio que es lo infinito del espacio: y rauda, calladamente el alma flota sobre órbitas de generaciones que han vivido. Una región donde siempre desciende la luz gris crepuscular, nunca cae sobre pastizales de verdesalvia, derramando su penumbra, esparciendo un rocío perenne de estrellas. Ella sigue a su madre con torpes pasos, una yegua que dirige a su potrilla. Son fantasmas de luz crepuscular, y sin embargo moldeados en la gracia profética de la estructura, finas caderas proporcionadas, cuello flexible y tendinoso, el cráneo dúctil e inquieto. Desaparecen, fantasmas en pena, todo se fue. Agendath es una tierra yerma, un hogar de lechuzas y de upupas de vista desmayada. Netaim, el dorado, ya no existe. Y llegan sobre el camino de las nubes, borbotando truenos de rebelión, los espectros de las bestias. ¡Eeh! ¡Escucha! iEeh! La paralaje les sigue los pasos y aguijonea, los lancinantes relámpagos de su frente son escorpiones. El alce y el yac, los toros de Basán y de Babilonia, el mamut y el mastodonte, todos llegan agolpándose al mar abismado, Lacus Mortis. ¡Siniestra y vengativa hueste zodiacal! Aúllan, al pasar sobre las nubes, comados y capricomados, los de trompa con los de colmillo, los de melena de león, los gigantes astados, el de hocico y el reptil, el roedor, el rumiante y el paquidermo, toda su multitud aullante en movimiento, asesinos del sol.

Hacia el mar muerto caminan a beber, insaciados y con horribles tragantadas, la mar salina somnolienta inacabable. Y el portento equino crece de nuevo, engrandecido en el desierto de los cielos, no, de la propia magnitud del cielo, hasta que surge amenazante, vasto, sobre la casa de Venus. Y hela ahí, milagro de la metempsicosis, es ella, la novia eterna, anunciadora del lucero del alba, la novia, siempre virgen. Es ella, Martha, perdida, Millicent, joven, querida, radiante. Qué serena se yergue ahora, reina entre las Pléyades, en la penúltima hora antelucana, calzada con sandalias de oro brillante, tocada con velo de cómo se dice eso gasa. Flota, fluye por su carne estelar y suelta mana, esmeralda, zafiro, malva y heliotropo, sustentada sobre corrientes de frío viento interestelar, sinuosa, serpenteante, sencillamente arremolinándose, rebullendo en los cielos escritura misteriosa hasta que, tras una miríada de símbolos metamórficos, flamea, Alfa, rubí y signo triangular sobre la frente de Tauro.

Francis le hablaba a Stephen de los años del pasado cuando iban juntos a la escuela en los tiempos de Conmee. Preo guntó por Glaucón, Alcibíades, Pisístrato. ¿Dónde estarían ahora? Ninguno de los dos lo sabía. Has hablado del pasado y sus fantasmas, dijo Stephen. ¿Por qué pensar en ellos? Si les llamo a la vida a la otra orilla de las aguas del Leteo ¿no acudirán en tropel los pobres espíritus a mi llamada? ¿Quién lo supone? Yo, Bous Stephanoumenos, el bardo valedor de bueyes, señor y donador de su vida. Ciñó sus cabellos enmarañados con una guirnalda de hojas de parra, sonriendo a Vincent. Esa respuesta y esas hojas, le dijo Vincent, te adornarán más apropiadamente cuando algo más, y grandemente más, que un manojo de odas ligeras puedan llamar a tu genio padre.

Todos lo que te quieren esperan eso de ti. Todos desean ver que creas la obra que meditas, llamarte Stephaneforos. De todo corazón espero que no les falles. Oh no, Vincent, dijo Lenehan, poniendo una mano en el hombro que estaba a su lado. No te preocupes. No podría dejar a su madre huérfana. La cara del joven se ensombreció. Todos podían ver cuán dificil resultaba para él que le recordaran su promesa y su reciente pérdida. Se habría retirado de la fiesta a no ser porque la algarabía de voces aliviaban el resquemor. Madden había perdido cinco dracmas en Cetro por un capricho del nombre del jinete: Lenehan otro tanto. Les habló de la carrera. La bandera se bajó y ¡hala! allá que se van, salen disparados, la yegua sale cornendo briosamente con O. Madden encima. Iba en cabeza. Todos los corazones en vilo. Incluso Filis no podía reprimirse. Agitó su pañuelo y gritó: ¡Hurra! ¡Cetro gana!

Pero en la última recta de la carrera cuando todos iban en orden de salida el caballo del montón Tirado se puso a la misma altura, la adelantó, la dejó atrás. Ya todo está perdido. Filis se quedó silenciosa: sus ojos como tristes anémonas. Juno, exclamó, estoy perdida. Pero su amante la consoló y le trajo un brillante cofrecito de oro en el que yacían unas golosinas ovaladas que ella compartió. Una lágrima cayó: sólo una. Buena mano tiene con la fusta, dijo Lenehan, ese W. Lane. Cuatro ganadores ayer y tres hoy.

¿Qué jinete hay como él? Súbelo a un camello o a un furioso búfalo la victoria en cómodo galope es suya. Pero conformémonos según la vieja costumbre. ¡Suerte al desafortunado! ¡Pobre Cetro! dijo con un leve suspiro. Ya no es la yegua que solía. Nunca, por éstas, veremos otra igual. Rediez, caballero, una reina entre todas las demás. ¿Te acuerdas de ella, Vincent? Ojalá hubieras visto hoy a mi reina, dijo Vincent. Qué joven y radiante estaba (Lálage casi no era hermosa a su lado) con sus zapatos amarillos y su vestido de muselina, no sé exactamente cómo se le llama. Los castaños que nos protegían estaban en flor: el aire estaba henchido de su olor persuasivo y del polen que flotaba a nuestro alrededor. En los claros soleados se podría fácilmente cocer sobre una piedra una hornada de esos bollos con pasas de Corinto dentro que Penplepómenos vende en su tenderete junto al puente. Pero ella no tenía nada que llevarse a la boca más que el brazo con el que yo la sostenía y en él que daba mordiscos pícaramente cuando la estrechaba demasiado. Hace una semana yacía enferma, cuatro días en el lecho, pero hoy estaba libre, alegre, se reía del peligro.

Está más atractiva de ese modo. ¡Sus manojos también! Cabra loca que es, había arrancado un montón cuando nos recostamos yuntos. Y

en confidencia, amigo mío, no te puedes imaginar a quién nos encontramos cuando dejábamos el campo. ¡Al mismísimo Conmee! Iba andando junto al seto, leyendo, creo que el breviario con, no me cabe duda, una carta festiva de Glicera o de Cloe para señalar la página. La dulce criatura se puso de todos los colores en su azaramiento, simulando apartar un ligero desorden en su vestido: una brizna de maleza se le había pegado, pues incluso los árboles la adoran. Cuando Conmee hubo pasado echó una mirada a su encantador eco en ese pequeño espejo que lleva consigo. Pero él había sido comprensivo. Al pasar nos había bendecido. Los dioses también son siempre comprensivos, dijo Lenehan. Si tuve poca suerte con la jaca de Bass quizás esta poción suya pueda servirme más adecuadamente. Dejó caer la mano sobre una jarra de vino.

Malachi lo vio e inmovilizó la acción, señalando al forastero y a la etiqueta colorada. Cautelosamente, Malachi murmuró, guardad un silencio druídico. Su alma está lejos. Es quizás tan doloroso ser despertado de una visión como nacer. Cualquier objeto, profundamente considerado, puede ser la puerta de acceso al eón incorruptible de los dioses. ¿No lo ves así, Stephen? Teósofo así me lo dijo, contestó Stephen, al que en una anterior existencia los sacerdotes egipcios iniciaron en los misterios de la ley kármica.

Los señores de la luna, me dijo Teósofo, una carga de anaranjado encendido procedente del planeta Alfa de la cadena lunar no estaba dispuesta a asumir los dobles etéricos y éstos por tanto se hicieron carne en los egos color rubí procedentes de la segunda constelación.

No obstante, de hecho sin embargo, la extravagante suposición de que él estuviera en un estado de abatimiento o algo parecido o hipnotizado algo que era enteramente debido a una idea falsa de índole totalmente superficial, en absoluto tenía fundamento. El individuo cuyos órganos visuales mientras lo de arriba tenía lugar estaban en esa coyuntura comenzando a mostrar síntomas de animación era tan astuto si no más astuto que cualquier criatura viviente y quienquiera que hiciera conjeturas al contrario habría hallado muy rápidamente que se encontraba en dirección equivocada.

Durante los últimos cuatro minutos o por ahí había estado mirando fijamente una cierta cantidad de cerveza Bass embotellada por los Sres. Bass y Cía. en Burton–on–Trent que daba la casualidad estaba situada entre otras muchas justo enfrente de donde él estaba y que indudablemente se había calculado que atrajera la atención de cualquiera por razón de su envoltura colorada. Él estaba simple y llanamente, como subsiguientemente se reveló por razones sólo conocidas por él, que dio un cariz totalmente diferente a la discusión precedente, después de las observaciones del momento anterior sobre los días de la niñez y del hipódromo, recordando dos o tres transacciones particulares suyas de las que los otros dos eran mutuamente tan inocentes como niño por nacer. Finalmente, sin embargo, los ojos de ambos coincidieron y tan pronto como se dejó traslucir que el otro tenía la intención de servirse de la cosa él involuntariamente decidió servirle él mismo y en consecuencia echó mano al cuello del recipiente de cristal de tamaño medio que contenía el fluido buscado y ocasionó una copiosa merma en él al echar una buena cantidad del mismo con, también al mismo tiempo, sin embargo, un considerable grado de atención con el propósito de no derramar nada de la cerveza que había en él por todas partes.

La discusión que siguió fue en su alcance y rumbo un epítome de la carrera de la vida. Ni el lugar ni el concurso estaban desprovistos de dignidad. Los discutidores eran los más agudos del país, el tema del que se ocupaban el más noble y crucial. La importante sala de la casa de Home jamás había contemplado una asamblea tan representativa y tan variada ni los viejos pares de aquella institución habían nunca oído un lenguaje tan enciclopédico. Una espléndida vista era aquélla en verdad.

Crotthers estaba allí al otro lado de la cabecera de la mesa con su vistosa vestimenta montañesa, el rostro radiante de los aires marinos del Mull de Galloway. También allí, frente a él, estaba Lynch en cuyo semblante asomaban ya los estigmas de una temprana depravación y sabiduría prematura. Junto al escocés estaba el sitio asignado a Costello, el excéntrico, mientras que a su lado estaba sentado en imperturbable reposo el cuerpo rechoncho de Madden. La silla del médico interno estaba efectivamente vacía frente a la chimenea pero a ambos flancos el cuerpo de Bannon en equipo de explorador con pantalones cortos de paño y botos de cuero curtido contrastaba bruscamente con la elegancia lila y los modales urbanos de Malachi Roland St. John Mulligan. Por último a la cabecera de la mesa estaba el joven poeta que encontraba refugio a sus tareas pedagógicas e inquisiciones metafisicas en la atmósfera convivial de la discusión socrática, mientras que a la izquierda y derecha de él se acomodaban el fruslero pronosticador, recién llegado del hipódromo, y ese errante vigilante, sucio con el polvo de los caminos y de las luchas y manchado con el lodazal de un deshonor indeleble, pero de cuyo corazón inquebrantable y fiel ni señuelo ni peligro ni amenaza ni degradación podrían nunca hacerv.desaparacer la imagen de aquella belleza voluptuosa que el genial lápiz de Lafayette ha pintado para tiempos por venir.

Sería preferible dejar sentado aquí y ahora ya desde el principio que el pervertido trascendentalismo al que las argumentaciones de Mr. S. Dedalus (Divinitatis Scepticus) Parecerían acreditar como extremadamente adicto son justamente contrarias a los métodos científicos reconocidos. La ciencia, nunca ha de repetirse lo suficiente, trata de fenómenos tangibles. El hombre de ciencia como el hombre de la calle ha de enfrentarse a hechos pragmáticos que no cabe pasar por alto y explicarlos de la mejor manera posible. Puede haber, es verdad, interrogantes para los que la ciencia no o tiene respuesta – por ahora – como es el caso del primer problema que Mr. Bloom (Agente de Publicidad) propuso en relación con la fijación del sexo en el futuro. ¿Hemos de aceptar la opinión de Empédocles de Trinacria sobre que el ovario derecho (el periodo posmenstrual mantienen otros) es el causante del nacimiento de varones o son los espermatozoos largamente desdeñados o los nemaspermos los factores determinantes o es, como la mayoría de los embriologistas se inclinan a pensar, tales como Culpepper, Spallanzani, Blumenbach, Lusk, Hertwig, Leopold y Valenti, una mezcla de ambos? Eso sería tanto como aceptar una cooperación (uno de los mecanismos predilectos de la naturaleza) entre el nisus formativus del nemaspermo por una parte y por la otra una posición afortunadamente elegida, succubitus felix, del elemento pasivo. El otro problema formulado por el mismo inquiridor no es de menor importancia: la mortalidad infantil. Es interesante porque, como muy oportunamente señala, todos nacemos de la misma manera pero morimos de maneras diferentes. Mr. M.

Mulligan (Doctor en Higiene y Eugenesia) culpa a las condiciones sanitarias de que nuestros ciudadanos de pulmones cenicientos contraigan adenoides y dolencias pulmonares etc. al inhalar las bacterias que rondan por el polvo. Estos factores, alegó, y el repugnante espectáculo que ofrecen nuestras calles, las espantosas vallas publicitarias, ministros de Dios de todas las denominaciones, soldados y marineros mutilados, cocheros con el escorbuto al descubierto, cuerpos de animales muertos colgando, solteros paranoicos y dueñas estériles – todo esto, dijo, explicaba todas y cada una de las deficiencias en la calidad de la raza. La calipedia, profetizó, pronto sería adoptada de modo general y todas las bendiciones de la vida, música auténticamente buena, literatura amena, filosofia sencilla, cuadros instructivos, reproducciones en escayola de las estatuas clásicas como las de Venus y Apolo, fotografias artísticas en colores de bebés de concurso, todas estas pequeñas atenciones permitirían a las señoras que se encontraran en estado interesante pasar los meses intermedios de la manera más agradable. Mr. J. Crotthers (Licenciado en Retórica) atribuye algunos de estos fallecimientos a trauma abdominal en el caso de mujeres trabajadoras sujetas a labores pesadas en las fábricas y a la disciplina marital en el hogar aunque con mucho la inmensa mayoría a la dejadez, personal o pública, que culmina en el abandono de los infantes recién nacidos, la práctica de abortos criminales o en el atroz crimen de infanticidio. Aunque lo anterior (estamos pensando en la dejadez) es indudablemente cierto el caso que menciona de enfermeras que se olvidan tomar nota de las esponjas en la cavidad pentoneal es demasiado raro como para ser normativo. De hecho cuando uno se para a examinar el asunto lo extraordinario es que tantos embarazos y partos salgan bien como es el caso, considerado en su conjunto y a pesar de nuestras limitaciones humanas que a menudo obstaculizan a la naturaleza en sus designios. Una idea ingeniosa es la emitida por Mr. V. Lynch (Licenciado en Matemáticas) que lo mismo la natalidad como la mortalidad, así como todos los demás fenómenos de evolución, los movimientos de las mareas, las fases lunares, la temperatura de la sangre, las enfermedades en general, todo, en resumidas cuentas, en la vasta fábrica de la naturaleza desde la extinción de algún sol remoto hasta el florecimiento de una de las incontables flores que embellecen nuestros parques públicos está sujeto a una ley de numeración hasta ahora no descifrada. Sin embargo la cuestión llana y sencilla de por qué un niño de padres normalmente sanos y un niño aparentemente sano y bien cuidado sucumbe inexplicablemente en la niñez temprana (aunque otros niños del mismo matrimonio no) debe en efecto, en palabras del poeta, hacemos cavilar. La naturaleza, podemos estar tranquilos, tiene sus buenas y poderosas razones para todo lo que hace y con toda probabilidad esas muertes se deben a alguna ley de previsión por la cual los organismos en los que gérmenes morbosos han fijado su residencia (la ciencia moderna ha demostrado de modo concluyente que sólo la sustancia plásmica puede decirse que sea inmortal) tienden a desaparecer en una etapa cada vez más temprana de su desarrollo, medida que, aunque origen de sufrimiento para algunos de nuestros sentimientos (de manera sobresaliente para el maternal), es no obstante, opinamos algunos de nosotros, a la larga beneficiosa para la raza en general al asegurar con ello la supervivencia de los más aptos. La indicación (¿o habría que llamarla interrupción?) de Mr. S. Dedalus (Divinitatis Scepticus) de que un ser omnívoro pueda masticar, deglutir, digerir y aparentemente pasar a través del conducto habitual con imperturbabilidad pluscuamperfecta alimentos tan diversos que mujeres de aspecto canceroso demacradas por el parto, corpulentos caballeros facultativos, por no hablar de políticos icténcos y monjas cloróticas, podrían muy probablemente hallar alivio gástrico en una inocente colación de tambaleantes inmaduros, revela como ninguna otra cosa y con un aspecto muy desagradable la tendencia aludida arriba. Para ilustración de aquellos que no tienen un conocimiento profundo de las minucias del matadero municipal, como este esteta de mórbida mentalidad y filósofo en embrión que a pesar de su presuntuoso engreimiento con asuntos científicos dificilmente es capaz de distinguir un ácido de un álcali se enorgullece de ser, debería quizás consignarse que tambaleantes inmaduros en el argot vil de nuestros vendedores de bebidas de baja estofa significa la carne guisable y comestible de un temero que acaba de caer de su madre. En un reciente debate público con Mr. L. Bloom (Agente de Publicidad), que tuvo lugar en el salón de reuniones del Hospital Nacional de Maternidad, en los números 29, 30 y 31 de Holles Street, del cual, como es bien conocido, el Dr. A. Home (Licenciado en Ginecología, antiguo Caballero del Queen's College de Médicos de Irlanda) es eficaz y estimado director, aseguran testigos presenciales que declaró que una vez que la mujer ha dejado entrar el gato en el saco (alusión de esteta, probablemente, para uno de los procesos de la naturaleza más complicados y maravillosos – el acto del congreso sexual) ha de dejarlo salir de nuevo o darle vida, según expresión suya, para salvar la propia. Poniendo en peligro la de ella, fue la expresiva respuesta de su interlocutor, aunque no por el tono moderado y mesurado en que fue expresada fuera por ello menos eficaz.

Entretanto la técnica y paciencia del fisico habían provocado un feliz accouchement. Había sido un tiempo muy muy agotador tanto para la paciente como para el médico. Todo lo que la técnica quirúrgica podía hacer se hizo y la esforzada mujer había ayudado como un hombre. Desde luego que había ayudado. Había combatido el buen combate y ahora era muy muy feliz. Aquellos que ya no están entre nosotros, aquellos que ya se fueron, también serán felices cuando miren desde arriba y sonrían ante la conmovedora escena. Reverentemente la contemplan ahí reclinada con la luz maternal en sus ojos, ese apetito ansioso por los dedos del bebé (tierna escena de ver), en el primer florecer de su nueva maternidad, suspirando una muda plegaria de acción de gracias a Aquel que está en lo alto, al Esposo Universal. Y cuando sus ojos amorosos contemplan a su hijito ella sólo pide una bendición más, tener allí a su lado a su querido Papaíto para compartir su gozo, echar en sus brazos ese pellizco de arcilla divina, finto de sus abrazos legítimos. Él ya va siendo mayor (dicho sea en voz baja entre tú y yo) y un poquito cargado de hombros aunque con el vaivén de los años una severa dignidad se ha abatido sobre el cuidadoso contable segundo del Banco del Ulster, sucursal de College Green.

¡Oh Papaíto! ¡Amado de siempre, ya fiel compañero de una vida, nunca han de volver aquellos lejanos tiempos de rosas! Con ese característico estremecimiento de su linda cabeza ella recuerda aquellos días. ¡Dios mío! ¡Qué bellos ahora a través de la bruma de los años! Mas sus hijos se apiñan en su imaginación junto a la cabecera, de ella y de él, Charley, Mary Alice, Fredenck Albert (si hubiera vivido), Mamy, Budgy (Victoria Frances), Tom, Violet Constance Louisa, el querido y pequeño Bobsy (así llamado por nuestro famoso héroe en la guerra de Sudáfrica, lord Bobs de Waterford y Candahar) y ahora esta última prenda de su unión, un Purefoy donde los haya, con la nariz de un auténtico Purefoy. La joven promesa habrá de ser bautizada con el nombre de Mortimer Edward por el influyente primo tercero de Mr. Purefoy el de la oficina del Alto Comisario del Tesoro Público, en el Castillo de Dublín. Y así discurre el tiempo: aunque el padre Cronos ha repartido poco. No, no permitas que por ese pecho se abra paso suspiro alguno, querida y buena Mina. Y, Papaíto, sacude las cenizas de tu pipa, el acostumbrado brezno aún mantendrás cuando el último toque suene por ti (¡ojalá ese día aún esté lejos!) y entremuera la luz con la que leías en el Libro Sagrado porque también el aceite se acaba, y así con corazón tranquilo a la cama, a descansar. Él sabe y llamará a la mejor hora. También tú has combatido el buen combate y ejecutaste fielmente tu papel de hombre. Señor, ahí va mi mano. ¡Bien, siervo bueno y fiel!

Hay pecados o (llamémoslos como el mundo los llama) memorias malignas que el hombre oculta en el ámbito más recóndito de su corazón pero allí siguen y esperan. Él puede que permita que sus memorias se nublen, que les permita ser como si nunca hubieran existido y casi persuadirse a si mismo de que no existieron o al menos de que fueron de otra manera. Sin embargo una palabra imprevista las hará surgir de nuevo y se alzarán para enfrentarse a él en las más variadas circunstancias, en forma de visión o de sueño, o al tiempo que la pandereta o el arpa sosiegan sus sentidos o a mitad de la fresca tranquilidad plateada de la tarde o en el banquete, a medianoche, cuando esté ahíto de vino. No para insultarle caerá sobre él la visión como sobre alguien sumido bajo su ira, no por venganza para apartarlo de los vivos sino envuelta en patético vestiario del pasado, silenciosa, remota, reprobadora.

El forastero aún veía allí en el rostro frente a él un lento retroceso de esa falsa calma, acuciada, según parece, por el hábito o por alguna treta calculada, por palabras tan rencorosas como para acusar a quien las decía de insano, de flair, por las cosas más crueles de la vida. Una escena se desgrana en la memoria del observador, evocada, podría ser, por una palabra de una sencillez tan natural que se diría que aquellos días estaban realmente presentes allí (como algunos pensaban) con sus placeres al alcance. Una explanada de césped cortado una tarde templada de mayo, la bien recordada arboleda de lilas en Roundtown, moradas y blancas, fragantes y esbeltas espectadoras del juego pero con gran interés en las bolitas según avanzan lentamente por el prado o chocan y se paran, el uno junto al otro, con una leve sacudida de alerta. Y allá por aquella urna gris donde de tiempo en tiempo el agua circula en riego pensativo se veía otra hermandad de semejante fragancia, Floey, Atty, Tiny y su amiga más oscura con un no sé qué de vistosidad de porte por aquel entonces, Nuestra Señora de las Cerezas, un encantador racimo con ellas elaborado colgaba de una oreja, resaltando con gran delicadeza el calor extraño de la piel contra la finta de ardiente frescura. Un chicuelo de cuatro o cinco años vestido de tosca mezcla (tiempo de floración mas habrá alegría en la plácida chimenea cuando no muy tarde los cuencos se recojan y guarden en el abaz) está erguido sobre la urna protegido por ese círculo de afectuosas manos de niña. Frunce el ceño un poco como también lo hace este joven ahora con un deleite del peligro quizás demasiado consciente pero por fuerza ha de mirar a ratos hacia donde su madre observa desde la piazzetta que da al macizo de flores con una leve sombra de lejanía o de reproche (alíes Vergängliche) en su mirada alegre.

Tomad buena nota de esto y recordad. El final llega de pronto.

Entrad en esa antecámara del nacer donde los estudiosos se reúnen y reparad en sus rostros. Nada, al parecer, de premura o violencia.

La quietud de la custodia, más bien, como corresponde a la categoría de esa casa, la guarda vigilante de los pastores y de los ángeles alrededor de un pesebre en Belén de Judá tiempo ha.

Pero lo mismo que antes del relámpago las apretadas nubes de tormenta, abrumadas de desbordante exceso de humedad, en abombadas masas túrgidamente dilatadas, circundan el cielo y la tierra en único y vasto sopor, cerniéndose sobre campos sedientos y la modorra de los bueyes y la marchita vegetación de matorrales y verdor hasta que en un instante un destello hiende sus entrañas y con el resonar del trueno el aguacero derrama su torrente, de este y no de otro modo fue la transformación, violenta e instantánea, cuando se hizo la palabra.

¡Al pub de Burke! sale disparado milord Stephen, profiriendo el grito, y toda la caterva de ellos tras él, el gallito, el chisgarabís, el petardero, el medicastro, Bloom el puntilloso pisándoles los talones con un agarre general de gorras, varas de fresno, floretes, panamás y vainas, garrotas de Zermatt y qué sé yo más. Una partida de recia juventud, noble cada uno de aquellos estudiantes. La enfermera Callan estupefacta en el corredor no puede frenarlos ni tampoco el sonriente cirujano que baja las escaleras con la noticia de la placentación terminada, su buena libra tiene. Le jalean al pasar. ¡La puerta! ¿Está abierta? ¡Ah!

Ya están fuera, en tumulto, en carrerilla, dándole a la pata con brío, el pub de Burke en Denzille y Holles su meta final. Dixon les sigue dando suelta a su lengua afilada pero suelta un taco, él también, y sin parar. Bloom se detiene con la enfermera un momento para enviarle unas palabras de afecto a la feliz madre y al niño de pecho ahí arriba. El Doctor Dieta y el Doctor Quieta. ¿No parece también ella otra ahora? La sala de vigilancia en la casa de Home ha escrito su historia en esa palidez descolorida. Luego habiéndose ido todos, con la ayuda de una chispa de sentido común susurra de cerca al pasar: Señora ¿cuándo viene la cigüeña para vos?

El aire de fuera está impregnado de la humedad de las gotas del rocío, esencia celestial de la vida, brillando sobre la piedra de Dublín ahí bajo un coelum de estrellas incandescentes.

Aire de Dios, el aire del Padre de la Creación, blando aire en centelleo circundante. Inspíralo en lo más profundo de tu ser.

¡Cielo santo, Theodore Purefoy, has consumado una bizarra empresa y no eres farfallón! Vos sois, por mi vida lo mantengo, el más admirable progenitor sin excepción alguna en ésta más que farragosa crónica camelante y todaincluyente. ¡Pasmoso! En ella había una preformada posibilidad por Dios concebida y por Dios otorgada que vos habéis hecho fructificar con vuestra pizca de empeño de hombre.

¡Sedle fiel! ¡Servidla! Continúa en tu duro trabajo, labora como un auténtico sabueso y al diablo con la academia y los maltusiastas.

Vos sois todos sus papaítos, Theodore. ¿Os dobláis bajo el peso, agobiado por las cuentas del carnicero en casa y por los lingotes de oro (no vuestros) en la oficina del banco? ¡Erguid la cabeza!

Por cada recién nacido cobraréis una fanega de trigo maduro.

Mirad, vuestro vellón está empapado. ¿Envidiáis a Píramo y Tisbe?

Una cotorra impertinente y un chucho legañoso son toda su progenie.

¡Bah, os lo aseguro! No es más que un mulo, un gasterópodo muerto, sin empuje ni nervio, que no vale ni un cuproníquel rajado.

¡Cópula sin prole! ¡No, os lo digo! La matanza de los inocentes de Herodes sería mejor su nombre. ¡Verduras, en verdad, y cohabitación estéril! ¡Dadle bistecs, rojos, crudos, con sangre!

Es una vieja pandemónium de enfermedades, glándulas ensanchadas, paperas, anginas, juanetes, fiebre del heno, escoriaciones, tiña, riñón flotante, bocio, verrugas, ataques de bilis, cálculos biliares, aprensión, venas varicosas. ¡Tregua a los trenos y endechas y jeremiadas y a toda esa música propia de los difuntos!

Veinte años de eso, no los lamentéis. Con vos no ocurre como con muchos que quieren y querrían pero esperan y nunca – lo consiguen.

Vos visteis vuestra América, vuestro cometido en la vida, y atacasteis para dominar como el bisonte transponte. ¿Cómo dice Zaratustra? Define Kuh Trübsal melkest Du.

Nun trinkst Du die süsse Mikh des Euters. ¡Mirad! Revienta por vos con abundancia.

¡Bebed, hombre, una ubre completa! Leche de madre, Purefoy, leche humana, leche también de las estrellas que apuntan en lo alto rutilantes en tenue vapor de agua, la leche del ponche, como la que esos tarambanas tragarán en el antro del chisguete, leche de la locura, leche y miel de la tierra de Canaán. El pezón de vuestra vaca estaba duro ¿qué me dices? Sí, pero su leche es tibia y dulce y nutritiva. No es esto aguachirle sino espeso y sabroso calostro.

¡Por ella, viejo patriarca! ¡Chupa! Per deam Partulam et Pertundam nunc est bibendum!

Todos se largan de jarana, de bracete, berreando calle abajo.

Viajeros con premiso pa trincar. ¿Dónde dormihte anoshe? Timoteo el de la cocorota abollada. A partir un piñón. ¿Hay pitones y rulés en el chabolo? ¿Dónde diantres están el matasanos y el trapero? Pendón yo no sabo. ¡Hurra, Dix! Adelante al cagatintas. ¿Dónde está Punch?

Tranqui. ¡Jo, mirad al sotanosauno borracho saliendo der materná!

Benedicat vos omnipotens Deus, Pater et Filius. Una gorda, míster. Los muchachos de Denzille Lane. ¡Al carajo, malditos! Pitando. Chipén, Chueta, arrempújalos y quítalos den medio. ¿Sus venís, caballero? Nadie se entrometa en tu vida. Ser un hombre mu mu bueno. Tos iguales estos pijos. En avant, mes enfants! Dispara fuego el uno mi menda la escopeta. ¡A Burke! ¡A Burke! Y luego avanzaron cinco parasangas. La infantería montada de Slattery.

¿Dónde está el puñetero escrotor? ¡El cura Steve, credo de los apóstatas! No y no ¡Mulligan! ¡En popa! Tirad palante. Ojo al reloj. Hora de ahuecar el ala. ¡Mullee! ¿Qué pasa contigo?

Ma mère m á mariée. Las bienaventuranzas británicas ¡Ar! Retamplatan digidi boumboum. Los síes ganan. Para ser impreso y encuadernado en la imprenta de Druiddrum por dos señoras urdidoras. Cubiertas en piel de becerro de verde meón. El último grito en tonos artísticos. El libro más bello que jamás haya creado Irlanda en mis tiempos. Silentium! Aligera. Atención. Avanzad hasta la cantina más próxima y allí anexionaros de los depósitos de bebidas alcohólicas. ¡En marcha! Ran, rataplán, plan, los muchachos están (alineación a la derecha iar!) secos. Bock, vaca, banca, biblias, buldogs, buques, cabrones y obispos. Aunque sea en lo alto del patíbulo. Bock, vaca, patean las biblias. Cuando por Irlandaquenda. Patean a los pateadores. ¡Coño! Guardad el puñetero paso militroncho. Nos desplomamos. Garito de obispos. ¡Alto! Al pairo. Rugby. Melée, brazos arriba. No tocar para chutar. ¡Ay, mis piececitos! ¿Te duele? ¡Cantidad que lo siento!

Interrogante. ¿Quién apoquina aquí? Orgulloso dueño ni de un jodido comino. Me declaro sin blanca. Aposté y me he quedado tieso.

Mí nasti de plasti. Ni blanca encima en toda la semana. ¿Qué va a ser? Aguamiel de nuestros padres para el Übermensch. Idem.

Cinco cervezas. ¿Usted, señor? Limonada. No me dé la paliza, cordial del cochero. Estimula el calórico. Dándole cuerda a su peluco. Se paró de viejo para nunca más funcionar. Absintio para mí ¿capisca? ¡Caramba! Toma un ponche de huevo o una yema con tabasco y salsa de tomate. ¿La exacta? Mi pajató está en Peñaranda. Menos diez. Porrón de gracias. Ni mencionarlo. Cogió un trauma pectoral ¿eh, Dix? Afirmativo. Le bicó un abujón cuando durmía la mona en su gardín. Anida cerca del Mater. Está esposado. ¿Conoces a su dona?

Pos fijo. Tiene un body de aúpa. Verla en desavillé. Virguera en despelote. Guaperas pocholada. No como esas fideos, ni hablar del peluquín. Baja la persiana, querido. Dos Birras. Que sea lo mismo.

A to meter. Si te caes no esperes pa levantarte. Cinco, siete, nueve. ¡Bien! Tiene un par de faros chachi, sin coña. Y el tetamen y el culamen. Hay que verlo pa creerlo. Tus ojos estrellados y tu cuello de alabrasto me robaron el corazón, Oh olor de lechada.

¿Señor? ¿Papa pal reuma? Todo bobadas, me pendonarás que diga. Pal populacho. Me paice que eres un grandísimo tontarras. ¿Y bien, doctor? ¿De vuelta del Trullo? ¿Tu corpulencia marcha O.K? ¿Cómo anda la prójima y los chamacos? ¿Va a soltar el paquete tu costilla? La bolsa o la vida. Santo y seña. Ahí hay donde arrascar.

Lo nuestro es la muerte blanca y el nacimiento bermejo. ¡Ay!

¡Escupe contra el viento, jefe! Cable del Retorcido. Calcado de Meredith. ¡Jesuita jesificado, huevamizado, polipedúculo! Mi tiita le escribe a papi Kinch! El malomalito de Stephen descarría al buenobuenísimo Malachi.

¡Hurraa! Agarra el cuero, chavea. Pasa la caña. Aquí tienes tu ganmba, Jock, bragado enagüillas. ¡Que por mohos anellos prospeires e o piote fumege! Mi chupito. Merci. Ésta por nosotros. ¿Qué hace ése? Tiene la pierna delante del wicket. No me ensucies los arales nuevos. Trae acá un pelín de pimienta, eh tú.

Agárralo como puedas. Carvi para llevar. ¿Diquelas? Gritos de silencio. Cada jambo con su pendanga. Venus Pandemos. Les petites femmes. Chica mala con jeta de la ciudad de Mullingar. Dile que yo peguntaba por ella. Agarrando a Sara por la almeja. En el camino de Malahide. ¿Yo? Si aquella que me sedujo al menos me hubiera dado el nombre. ¿Qué quieres por nueve peniques?

Machree demicorazón, macruiskeen demitazón. Molly la cachonda para un ñaca–ñaca. Y un empujón con todas las ganas. ¡Ex!

¿Esperando, maestro? Tela marinera. Puedes estar seguro. Pasmao, de ver que no cae un clavel. ¿Te enteras? Ése tiene una pasta gansa. He guipao casi tres libras hace un poco y dijo que eran suyas. Aquí el chache se ha presentao porque el pibe sa tirao el rollo ¿percibes? Hasta que aguante, como socio. Suelta la manteca.

Dos machacantes y una cuca. ¿Amarraste la tangada de esos charranes franchutes? Pos aquí no te va a aprovechar de mucho. Mí sentilo tela. Por mi tierra no somos panolis. La hostia, tío. Que no estamos tan trompas. Au reservoir, mesie. Mutas gratias.

Sí, pos claro. ¿Qué te paice? En el tascucio. Trompa. Yaa veeo, zeñó. Gallito, dos días sin una gota. Soplando na más que clarete.

¡Amos quita! Echa un vistazo, venga. Hostilinas, estoy jodido. Y

hasta ha ido al barbero. Demasiado cargao pa hablar. Con un tío del ferrocarril. ¿Cómo es eso? ¿Qué ópera le gustaría? La rosa de Castilla. Cas tilla. ¡La policía! Un poco de H2O para un caballerete hecho polvo. Mira las flores de Gallito. Géminis. Va a gritar. La moza rubia. Mi rubia. ¡Eh, cierra el pico! Corta Elías que me lías. Hoy tenía el ganador hasta que le di la pista segura.

El diablo le guinde el coco a Stephen Hand por darme el soplo pa ese petardo de jamelgo. Le echó el guante al telegrama de las carreras del repartidor pez gordo Bass para la comisaría. Le metió en el bolsillo cuatro pelas y jipió el parte. Yegua en forma apostar fuerte. Una guinea por una calandria. Amos, no cuentes batallitas. Más cierto que Dios. ¿Irregularidad criminal? Pienso que sí. Seguro. Me lo meten en el trullo si la pasma se huele el tomate. La espalda de Madden arnvo chaveta de Madden. Oh lascivia refugio y fortaleza nuestra. Pirándose. ¿Tienes que irte? Derecho a casa de mami. Aguarda. Que alguien encubra mi bochorno. Aviado estoy si me descubre. Vuelve a casa, mi Gallito. Hastalaviste, mon viejo. No sulvides las prímulas pa ella. Confide. ¿Quén ta dao esa potrilla? Dé colega a colega. Cabal. De Pepino Chorra, su esposa.

No hay martingala, el viejo Leo. Que la endiñe, te lo juro. Que hinque el pico si no. Vaya un santísimo fraile que estás hecho. ¿Y

pur cuá no me lo cuentas? Pos, vale, si ese nu es jodío judío, pos, que yo la casque sin misa. Por pijo nuestro señor, amén.

¿Qué tal si nos piramos? Steve chavó, estás quemando un patrón.

¿Más bebestibles del capullo? ¿Permitirá el inmensamente esplendífero convidador a un convidado en la más extrema pobreza y con la sed más grandiciosa de gran tamaño consumir una cara libación inaugurada? Danos un respiro. Patrón, patrón ¿tiene buen vino, staboo? Venga, macho, un tientecito de ná. Que no falte.

Media vuelta. ¡Bonifacio! Absintio a to pasto. Nos omnes biberimus viridum toxicum, diabolus capiatposterioria nostria. Hora de cerrar, señores. ¿Eh?

Caldo de reserva pal cursi de Bloom. ¿Has dicho ceniza? ¿Bloo?

Limosnea anuncios. El papi de la del estudio de fotos, que está pa comérsela. Disimula, socio. Piérdete. Bonsoir la compagnie. Y las asechanzas del demonio de la sífilis. ¿Dónde está el buco y el Soseras Sentimental? ¿Dejado en la estacada? Se dio el bote. Jo, ca uno tié que seguir su verea.

Jaque mate. El rey a la torre. Calitativo Clistiano puede ayudal a un joven cuyo amigo se llevó la llave de su chalé a encondal un sitio donde posal la chola esta noche. La leche, estoy hecho puré.

Que me lleven los mengues si ésta no ha sío la melopea más putísima de toas. Ítem, muchacho, un par de galletas pa este chaval. ¡Rehostias y jamancia, nen de nen! ¿Ni un pelin de quesín?

Arrojad la sífilis al infierno y con ella todos los otros espíritus con licencia. ¡La hora, señores! Que vagan por el mundo. ¡A la salud de todos! À la vôtre!

Rediez ¿quién coño es ese tío de la gabardina? Un pelagatos.

Échale un vistazo a lo que lleva puesto. ¡Atiza! ¿Qué lleva?

Zancocho. Concentrado de bote, vaya por Dios. Lo necesita de verdad. ¿Conoses al calsetines gastaos? ¿Al tío desastrao del Richmond? ¡Más bien! Pensaba que tenía un depósito de plomo en el pene. Simple insania. Pan Panero se lo llaman. Ese, señor, fue en tiempos un próspero paisa. Un hombre desarrapado y destrozado que se casó con una doncella desolao. Se quedó como un pajarito, como un pajarito. Contemplen el amor perdido. Gandina el caminante del desfiladero solitario. Pimplar y al catre. La hora oficial. Ojo con los maderos. ¿Cómo dices? ¿Le has visto hoy en el entierro? ¿Un colega tuyo la palmó? ¡Dios lo tenga en su gloria! ¡Pobres chamacos! ¡No cuentes, Pold! ¿Ha yoao muto con gandes laguimitas poque amiguito Padney se lo llevaron en bolsa nega? De todos los neguitos Massa Pat era el mucho mejor. Nunca he visto a nadie igual en mi vida. Tiens, tiens, pero es muy triste, eso, de veras, sí. Amos, quita, acelerar en pendiente de once por ciento.

Automóviles con ejes traseros sueltos van listos. Dos contra uno a que Jenatzy lo pierde jodidamente de vista. ¿Los nines? Los disparos por elevación ¡no pue ser! Hundidos sen los despachos de los enviados especiales. Peor para él, dice el otro, ni rusky.

Vamos a cerrar. Son las once. Aligerando. ¡En marcha, trincantes tambaleantes! Buenas. Buenas. Que Alá el Excelso vuestra alma esta noche conserve muy grandemente. ¡Oídme! Que no estamos trompas. La policía de Leith nos da licencia. La olicía de lizz. Cudiao picoletos con ese tío que echa las tripas. Se siente malito en la región abominal. Uuaj. Buenas. Mona, mi amor verdadero. Uuaj. Mona, mi amor. Uuj.

¡Escuchad! Acabad la algaradaría. ¡Plaap! ¡Plaap! Que echa chispas. Ahí va. ¡Bomberos! Por el barco. Hacia Mount Street. ¡Que no decaiga! ¡Plaap! Hala. ¿No vienes? A correr, a barullo, a la carrera. ¡Plaaaap!

¡Lynch! ¡Eh! Pégate a mí. Denzille Lane por ahí. Cambiar aquí para Casaputas. Nosotros dos, dijo ella, buscaremos el pupilaje donde está Mary sombría. Da cuerdo, cuando quieras.

Laetabuntur in cubilibus suis. ¿Vienes? Cuchicheo ¿quién es el manolo tizonazos ese que va en ropas negras? ¡Sssss!

Pecó contra la luz y éste es el día propicio cuando ha de volver a juzgar al mundo por el fuego. ¡Plaap! Ut implerentur scripturae. Arráncate con una balada. Entonces peroró el medicinante Polla a su camarada medicinante Davy. Cristo bendito ¿quién es ese jodido evangelista de mierda en Merrion Hall? ¡Elías vuelve! Bañado en la sangre del Cordero. ¡Vamos criaturas que no sois más que esponjas. de vino, soplaginebras, tragalpistes! ¡Vamos, malnacidos, isidros, cebollinos, boceras, cabezas de chorlito, papamoscas, fantoches, arteros tirapegotes!

¡Vamos, quinta esencia de la infamia! Alexander J. Cristo Dowie, ése es mi nombre, que ha encopetado la buena mitad de este planeta desde la bahía de San Fransisco a Vladivostok. La Divinidad no es cosa de tres al cuarto. Os garantizo que Él es cabal y empresa dé gran excelencia. Él es lo más grande y no lo olvidéis. Gritad la salvación está en Cristo Rey. Muy listos os tendréis que andar, vosotros pecadores, si queréis dársela a Dios Todopoderoso.

¡Plaaaap! Vaya que sí. Él guarda para ti un remedio que te va a hacer efecto, amigo mío, en el bolsillo de atrás. Anda, inténtalo.