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Ulises.  James Joyce
Capítulo 10. «Las Rocas Errantes»
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El superior, el muy reverendo John Conmee S. J. volvió a acomodar su reloj plano en el bolsillo interior mientras bajaba los escalones del presbiterio. Las tres me nos cinco. Tiempo suficiente para ir andando hasta Artane. ¿Cómo era que se llamaba ese chico? Dignam. Sí. Vere dignum et iustum est. El Hermano Swan era la persona indicada. La carta de Mr. Cunningham. Sí. Complacerle, a ser posible. Buen católico practicante: útil para la época de misiones.

Un marinero con una sola pierna, columpiándose al avanzar en perezosas sacudidas de sus muletas, gruñía unas notas. Se paró con una sacudida ante el convento de las hermanas de la caridad y alargó una gorra de visera limosnera al muy reverendo John Conmee S. J. El Padre Conmee lo bendijo abandonándolo al sol que más calienta pues su bolsa contenía, como bien sabía él, una sola corona de plata.

El Padre Conmee cruzó hacia Mountjoy Square. Pensó, pero no por mucho tiempo, en soldados y marineros, cuyas piernas habían sido arrancadas por balas de cañón, y terminaban sus días en el pabellón de indigentes, y en las palabras del cardenal Wolsey: Si hubiera servido a mi Dios como he servido a mi rey no me habría Él abandonado en la vejez. Caminó bajo la sombra arbórea de hojas en parpadeo solar: y hacia él avanzaba la esposa de Mr. David Sheehy Miembro del Parlamento.

–Muy bien, desde luego, Padre. ¿Y usted, Padre?

El Padre Conmee estaba muy pero que muy bien desde luego. Iría a Buxton seguramente a tomar las aguas. Y sus chicos ¿iban bien en Belvedere? ¿De veras? El Padre Conmee se alegraba desde luego de oírlo. ¿Y Mr. Sheehy en persona? Aún en Londres. La cámara aún en sesión, pues claro que sí. Un tiempo ideal que hacía, delicioso desde luego. Sí, era muy probable que el Padre Bemard Vaughan viniera de nuevo a predicar. Sí, sí: un éxito extraordinario. Un hombre excepcional realmente.

El Padre Conmee se alegraba mucho de ver a la esposa de Mr. David Sheehy Miembro del Parlamento con tan buen aspecto y le rogaba diera recuerdos a Mr. David Sheehy Miembro del Parlamento. Sí, por supuesto que les haría una visita.

–Buenas tardes, Mrs. Sheehy.

El Padre Conmee se quitó el sombrero de seda y sonrió, al despedirse, a las cuentas de azabache de la mantilla con irisaciones de tinta al sol. Y sonrió una vez más, al marcharse. Se había cepillado los dientes, como bien sabía él, con buyo.

El Padre Conmee caminó y, al caminar, sonrió pues pensó en los ojos graciosos y en el acento chulapo londinense del Padre Bernard Vaughan.

–¡Eh! ¡Pilatos! ¿Por qué no ablandas a esa chusma chusca?

Hombre fervoroso, no obstante. Realmente lo era. Y realmente hacía el bien a su modo. Sin ningún género de dudas. Amaba a Irlanda, decía, y amaba todo lo irlandés. De buena familia además ¿quién lo hubiera imaginado? Eran galeses ¿no?

Ah, que no se le olvidara. Esa carta al padre provincial.

El Padre Conmee detuvo a tres pequeños escolares en la esquina de Mountjoy Square. Sí, eran de Belvedere. De primaria. Aajá. ¿Y eran buenos en el colegio? Vaya. Eso estaba pero que muy bien. ¿Y cómo se llamaba? Jack Sohan. ¿Y éste? Ger. Gallaher. ¿Y este otro hombrecito? Se llamaba Brunny Lynam. Vaya, qué nombre más bonito.

El Padre Conmee se sacó una carta del pecho y dándosela al señorito Brunny Lynam señaló el buzón rojo en la esquina de Fitzgibbon Street.

–Pero mucho cuidado con no echarte tú dentro del buzón, hombrecito, dijo.

Los niños seisfisgaron al Padre Conmee y rieron:

–No, no, Padre.

–Bien, pues a ver si sabes echar una carta, dijo el Padre Conmee.

El señorito Brunny Lynam cruzó la calle corriendo y metió la carta del Padre Conmee al padre provincial por la boca del buzón rojo vivo. El Padre Conmee sonrió y asintió y sonrió y prosiguió a lo largo de Mountjoy Square East.

Mr. Denis J. Maginm, profesor de baile etc., con sombrero de copa, levita color pizarra con vueltas de seda, plastrón blanco, pantalones lavanda ceñidos, guantes canarios y botas en punta de charol, andando con grave apostura se echó muy respetuosamente hacia el bordillo al pasar al lado de Lady Maxwell en la esquina de Dignam's Court.

¿No era ésa Mrs. M'Guinness?

Mrs. M'Guinness, majestuosa, cabelloplateada, hizo una leve inclinación hacia el Padre Conmee desde la acera del otro lado por la que bogaba. Y el Padre Conmee sonrió y saludó. ¿Qué tal estaba?

Qué andares más elegantes tenía. Como Mary, la reina escocesa, nada menos. ¡Y pensar que era prestamista! ¡Vaya, hombre! Con ese semblante tan … ¿cómo diría? … . tan de reina.

El Padre Conmee bajó por Great Charles Street y echó un vistazo a la iglesia protestante totalmente cerrada a su izquierda. El licenciado reverendo T. R Greene predicará (Deo volente). El beneficiado le llamaban. Al Padre Conmee sí que le beneficiaría decir unas cuantas cosas. Pero hay que tener caridad. Ignorancia invencible. Actuaban de acuerdo con sus luces.

El Padre Conmee dobló la esquina y caminó por North Circular Road. Era extraño que no hubiese una línea de tranvías en una vía pública tan importante. Indudablemente debería haberla.

Una caterva de escolares puestos de cartera cruzó desde Richmond Street. Todos se quitaron las gorras desaliñadas. El Padre Conmee los saludó repetidas veces benignamente. Chicos de las Escuelas Cristianas.

El Padre Conmee olió a incienso a mano derecha mientras caminaba. Iglesia de Saint Joseph, Portland Row. Para mujeres mayores y virtuosas. El Padre Conmee se quitó el sombrero ante el Sagrado Sacramento. Virtuosas: pero también en ocasiones desagradables.

Cerca de la mansión Aldborough el Padre Conmee pensó en aquel noble derrochador. Y ahora oficinas o algo parecido. El Padre Conmee comenzó a caminar por North Strand Road y fue saludado por Mr. William Gallagher de pie a la puerta de su establecimiento. El Padre Conmee saludó a Mr. William Gallagher y percibió los olores que despedían las hojas de panceta y las anchas orzas de mantequilla. Pasó por donde Grogan el estanquero contra cuya pared se apoyaban tablones de noticias que decían de una catástrofe horrenda en Nueva York. En América esas cosas pasaban constantemente. Una desgracia que la gente muera de esa manera, sin preparar. Sin embargo, un acto de contrición perfecta.

El Padre Conmee pasó por la taberna de Daniel Bergin contra cuya ventana ganduleaban dos desocupados. Le saludaron y fueron saludados.

El Padre Conmee pasó por la funeraria de H. J. O'Neill donde Kelleher Copetón sumaba cantidades en el libro–diario mientras masticaba una brizna de paja. Un guardia en su ronda saludó al Padre Conmee y el Padre Conmee saludó al guardia. En Youkstetter, la tocinería, el Padre Conmee observó los embutidos de cerdo, blanco y negro y rojo, que se extendían ordenadamente enroscados en tubos. Fondeada bajo los árboles de Charleville Mall el Padre Conmee vio una gabarra de turba, un caballo de tiro con la cabeza gacha, un gabarrero con sombrero de paja sucia sentado en medio de la barca, fumando y embelesado con una rama de álamo encima de él. Aquello era idílico: y el Padre Conmee reflexionó sobre la providencia del Creador que había hecho que la turba estuviera en los pantanos donde los hombres podían extraerla y acarrearla a la ciudad o a la aldea para hacer fuego en los hogares de los pobres.

En el puente de Newcomen el muy reverendo John Conmee S. J. de la iglesia de Saint Francis Xavier, en Upper Gardiner Street, se subió a un tranvía con destino a las afueras.

De un tranvía con destino al centro se bajó el reverendo Nicholas Dudley coadjutor de la iglesia de Saint Agatha, en North William Street, en el puente de Newcomen.

En el puente de Newcomen el Padre Conmee se subió a un tranvía con destino a las afueras porque le desagradaba recorrer a pie el camino cutre que cruzaba Mud Island.

El Padre Conmee se sentó en una esquina del tranvía, el billete azul remetido cuidadosamente en el ojal de un orondo guante de cabritilla, mientras que cuatro chelines, una moneda de seis–peniques y cinco peniques se deslizaron de la palma del otro orondo guante al monedero. Al pasar por la iglesia de hiedra reflexionó en que el revisor solía hacer su visita justo cuando descuidadamente habías tirado el billete. La solemnidad de los ocupantes del coche le pareció al Padre Conmee excesiva para un trayecto tan corto y barato. Al Padre Conmee le gustaba el decoro campechano.

El día era agradable. El caballero de las gafas enfrente del Padre Conmee había terminado una explicación y bajó la mirada. Su mujer, supuso el Padre Conmee.

Un bostezo minúsculo abrió la boca de la mujer del caballero de las gafas. Se llevó un puño menudo enguantado a la boca, bostezó con exquisita discreción, tabaleando con el puño menudo enguantado en la boca que se le abría y sonrió minúsculamente, dulcemente.

El Padre Conmee percibió su perfume en el coche. Percibió también que el hombre premioso al otro lado de ella iba sentado en el borde del asiento.

El Padre Conmee en el comulgatorio colocó la hostia con dificultad en la boca del viejo premioso de la cabeza temblona.

En el puente de Annesley se detuvo el tranvía y, cuando estaba a punto de iniciar la marcha, una vieja se levantó repentinamente de su sitio para apearse. El cobrador tiró de la correa del timbre para detenerle el coche. Fue saliendo con un cesto y una bolsa de la compra: y el Padre Conmee vio al cobrador ayudarla a bajar a ella a su bolsa y a su cesto: y el Padre Conmee pensó que, como casi se había pasado del trayecto de a penique, debía de ser una de esas pobres almas a las que siempre había que repetirles vaya en paz, h& mía, que ya han sido absueltas, rece por mí. Pero tenían tantas preocupaciones en la vida, tantos desvelos, pobres criaturas.

Desde las vallas publicitarias Mr. Eugene Stratton hacía una mueca con gordos labios perrengues al Padre Conmee.

El Padre Conmee pensó en las almas de negros y cobrizos y amarillos y en su sermón sobre San Pedro Claver S. J. y las misiones en África y en la propagación de la fe y en los millones de almas negras y cobrizas y amarillas que no habían recibido el bautismo de agua cuando les llegase la última hora como ladrón en mitad de la noche. Ese libro del jesuita belga, Le Nombre des Élus, le parecía al Padre Conmee un planteamiento razonable. Eran millones de almas humanas las creadas por Dios a Su imagen y semejanza a quienes la fe (Deo volente) no les había llegado. Pero eran almas de Dios, creadas por Dios. Al Padre Conmee le parecía una pena que todas se perdieran, una gran pérdida, si se puede decir.

En la parada de Howth Road el Padre Conmee se apeó, fue saludado por el cobrador y saludó a su vez.

Malahide Road estaba tranquilo. Le agradaba al Padre Conmee, tanto la calle como el nombre. Campanas festivas repicaban en la alegre Malahide. Lord Talbot de Malahide, con derecho hereditario al Almirantazgo de Malahide y mares adyacentes. Luego vino la llamada a las armas y ella fue virgen, esposa y viuda en un mismo día. Aquellos tiempos antiguos fueron buenos tiempos, tiempos de lealtad en pueblos festivos, viejos tiempos en la baronía.

El Padre Conmee, andando, pensó en su librillo Viejos tiempos en la baronía y en el libro que podría escribirse sobre casas de jesuitas y en Mary Rochfort, hija de Lord Molesworth, primera condesa de Belvedere.

Una dama lánguida, ya no joven, caminaba solitaria por la orilla del Lough Ennel, Mary, primera condesa de Belvedere, andando lánguidamente al atardecer, sin sobresaltarse cuando una nutria se zambulló. ¿Quién podía conocer la verdad? ¿No el celoso Lord Belvedere ni tampoco su confesor si no había cometido adulterio enteramente, eiaculatio serninis inter vas naturale mulieris, con el hermano de su esposo? Se habría confesado a medias si no hubiera del todo pecado como las mujeres hacían. Sólo Dios lo sabía y ella y él, el hermano de su esposo.

El Padre Conmee pensó en esa incontinencia tiránica, necesaria sin embargo para la raza humana sobre la tierra, y en los caminos de Dios que no eran nuestros caminos.

Don Juan Conmee caminaba y se movía en tiempos de antaño. Era humanitario y enaltecido además. En la mente portaba secretos confesados y sonreía a caras nobles sonrientes en salones encerados, techados con rebosantes racimos de fintas. Y las manos de una novia y de un novio, noble con noble, fueron trabadas por Don Juan Conmee.

Hacía un día adorable.

La portalada de un campo le mostraba al Padre Conmee un vasto espacio de coles, que le hacían reverencias con anchas hojas arranadas. El cielo le mostraba un hato de nubecillas blancas cayendo lentamente con el viento. Moutonner, decían los franceses. Palabra precisa y entrañable.

El Padre Conmee, leyendo los oficios, contempló un hato de aborregadas nubes sobre Rathcoffey. Le cosquillaba los tobillos finamente calcetados el rastrojo del campo de Clongowes. Paseaba por allí, leyendo al atardecer, y oía el bullicio de las filas de niños en sus juegos, bullicio juvenil en el tranquilo atardecer. Él era su rector: su reinado era apacible.

El Padre Conmee se quitó los guantes y sacó el breviario de cantos rojos. Un registro marfil le señalaba la página.

Nonas. Debería haberlas leído antes del almuerzo. Pero Lady Maxwell había venido.

El Padre Conmee leyó para sí el Pater y el Ave y se santiguó. Deus in adiutorium.

Caminó calmosamente y leyó mudamente las nonas, caminando y leyendo hasta llegar a Res en Beati immaculati:

Principium verborum tuorum veritas: in eternum omnia iudicia iustitias tuae.

Un joven ruborizado salió por el hueco de un seto y tras él venía una joven con unas margaritas silvestres cabeceando en la mano. El joven se quitó la gorra precipitadamente: la joven se inclinó con precipitación y con sumo cuidado se desprendió de la falda liviana una brizna pegada.

El Padre Conmee los bendijo a ambos gravemente y pasó una fina página de su breviario. Sin:

–Principes persecuti sunt me gratis: et a verbis tuis formidavit cor meum.

Kelleher Copetón cerró el dilatado libro–diario y echó un vistazo con los ojo, caídos a una tapa de ataúd de pino de guardia en un rincon. Se irguió con esfuerzo, aproximose a la misma y, girándola sobre su eje, observó la forma y los adornos de latón. Masticando la brizna de paja apartó la tapa del ataúd y se acercó a la entrada. Allí ladeó el ala del sombrero para darse sombra en los ojos y se apoyó contra el quicio de la puerta, mirando despreocupadamente hacia fuera.

El Padre John Conmee se subió al tranvía de Dollymount en el puente de Newcomen.

Kelleher Copetón entrecruzó las botas de pies grandes y se quedó con la mirada perdida, el sombrero ladeado para delante, masticando la brizna de paja.

El guardia 57C, en su ronda, se paró a dejar pasar el tiempo.

–Hace un día magnífico, Mr. Kelleher.

–Sí, dijo Kelleher Copetón.

–Muy pesado, dijo el guardia.

Kelleher Copetón lanzó un arqueado chorro silencioso de jugo de paja por la boca mientras que un brazo blanco generoso desde una ventana de Eccles Street arrojaba una moneda.

–¿Qué se cuenta? preguntó.

–Vi a ese individuo de marras anoche, dijo el guardia bajando la voz.

Un marinero con una sola pierna muleteó por la esquina de MacConnell, bordeó el puesto de helados de Rabaiotti, y se fue dando sacudidas Eccles Street arriba. Hacia Larry O'Rourke, en mangas de camisa en su puerta, gruñó con aversión:

–Por Inglaterra … .

Se columpió violentamente con un vaivén hacia delante pasando a Katey y Boody Dedalus, se detuvo y gruñó:

–el hogary la belleza.

A la cara blanca agobiada de preocupaciones de J. J. O'Molloy se le dijo que Mr. Lambert estaba en el almacén con una visita.

Una señora gruesa se paró, sacó una moneda de cobre del bolso y la echó en la gorra que le extendían. El marinero refunfuñó las gracias, echó un vistazo agriado a las ventanas que lo ignoraban, hundió la cabeza y se columpió hacia delante cuatro zancadas.

Se detuvo y gruñó malhumoradamente:

–Por Inglaterra … ..

Dos granujillas descalzos, chupando largos cordones de regaliz, se detuvieron cerca de él, mirándole boquiabiertos el muñón con babeantes bocas babiamarillas.

Se columpió hacia delante con vigorosos sacudiones, se detuvo, levantó la cabeza hacia una ventana y lanzó un aullido profundo:

–el hogar y la belleza.

El dulce silbido gorjeante alegre del interior continuó un compás o dos, cesó. La cortinilla de la ventana se descorrió. Una tarjeta Apartamentos sin amueblar resbaló de la corredera y cayó. Un generoso brazo orondo desnudo destelló, se vio, emergió del corpiño de unas enaguas de tensos tirantes blancos. Una mano de mujer lanzó una moneda por encima de la verja de la entrada al sótano. Cayó en la acera.

Uno de los granujillas corrió hacia ella, la recogió y la dejó caer en la gorra del ministrer, al tiempo que decía:

–Tenga, señor.

Kate y Boody Dedalus entraron dando un empujón a la puerta de la cocina cargada de vapor.

–¿Empeñaste los libros? preguntó Boody.

Maggy al fogón sumergió un par de veces con el mecedor una masa grisácea bajo las jabonaduras burbujeantes y se limpió la frente.

–No daban nada por ellos, dijo ella.

El Padre Conmee caminaba por los campos de Clongowes, los tobillos finamente calcetados cosquillados por el rastrojo.

–¿Dónde lo intentaste? preguntó Boody.

–En M'Guinness.

Boody dio una patada en el suelo y tiró la cartera encima de la mesa.

–¡Que la zurzan a esa cara de pandero! exclamó.

Katey fue al fogón y miró con ojos entrecerrados.

–¿Qué hay en la caldera? preguntó. –Camisas, dijo Maggy.

Boody protestó airada:

–Mecachis ¿es que no tenemos nada que comer?

Katey, levantando la tapadera de la cacerola con un pliegue de la falda manchada, preguntó:

–¿Y qué hay aquí?

Una humareda espesa salió impetuosamente cómo respuesta.

–Sopa de guisantes, dijo Maggy.

–¿Dónde te hiciste con ella? preguntó Katey.

–La Hermana Mary Patrick, dijo Maggy.

El portero tocó la campana.

–¡Talán!

Boody se sentó a la mesa y dijo hambrientamente:

–¡Trae para acá!

Maggy vertió sopa espesa amarilla de la cacerola en un cuenco. Katey, sentada enfrente de Boody, dijo quedamente, mientras que la punta de su dedo se llevaba a la boca migajas sueltas:

–Suerte que tenemos eso. ¿Dónde está Dilly?

–Fue a buscar a padre, dijo Maggy.

Boody, migando trozos grandes de pan en la sopa amarilla, añadió:

–Padre nuestro que no estás en los cielos.

Maggy, vertiendo sopa amarilla en el cuenco de Katey, prorrumpió:

–¡Boody! ¡Por Dios!

Un esquife, un prospecto arrugado, Elías vuelve, surcaba suavemente el Liffey corriente abajo, por debajo del puente de la línea de circunvalación, disparado en los rápidos donde el agua lame contra los pilares del puente, navegando hacia el este dejando atrás cascos y capones, entre el viejo embarcadero de la Aduana y George's Quay.

La chica rubia del establecimiento Thomton arropó la cesta de mimbre con fibras crujientes. Boylan Botero le tendió la botella envuelta en papel de seda rosa y un tarro pequeño.

–Meta éstos primero ¿quiere? dijo.

–Sí, señor, dijo la chica rubia. Y la fruta arriba.

–Así está bien, de rechupete, dijo Boylan Botero.

Distribuyó las peras gordas ordenadamente, cabezas con rabos, y entre ellas melocotones maduros sonrosados.

Boylan Botero anduvo de acá para allá con sus zapatos nuevos color canela por la tienda frutiolorosa, cogiendo las frutas, rojos tomates tempranos jugosos orondos y abolsados, oliscando olores.

H.E.L.Y.S desfilaron ante él, blancoenchisterados, dejando atrás Tangier Lane, caminando penosamente hacia su meta.

Se dio la vuelta repentinamente ante una canastilla de fresas, sacó un reloj de oro de la faltriquera del chaleco y lo extendió en toda la longitud de la cadena.

–¿Lo puede enviar por tranvía? ¿Ahora?

Una figura dorsoscura bajo Merchants' Arch hojeaba libros en el tenderete de un vendedor ambulante.

–Por supuesto, señor. ¿Es en la ciudad?

–Sí, sí, dijo Boylan Botero. A diez minutos.

La chica rubia le entregó un marbete y un lápiz.

–¿Querría escribir la dirección, señor?

Boylan Botero en el mostrador escribió y empujó el marbete hacia ella.

–Envíelo de inmediato ¿quiere? dijo. Es para una inválida.

–Sí, señor. En seguida, señor.

Boylan Botero hizo repiquetear monedas cascabeleras en el bolsillo de su pantalón.

–¿A cuánto asciende la dolorosa? preguntó.

Los delgados dedos de la chica rubia contaron las piezas de fruta.

Boylan Botero miró por el escote de la blusa. Una pollita. Tomó un clavel rojo del esbelto florero.

–¿Para mí éste? preguntó galantemente.

La chica rubia lo miró de soslayo, va de punta en blanco, la corbata algo torcida, sonrojándose.

–Sí, señor.

Inclinándose picaruelamente volvió a contar peras gordas y melocotones sonrojados.

Boylan Botero volvió a mirar dentro de la blusa con más regodeo, el tallo de la flor roja entre los dientes sonrientes.

–¿Puedo decirle un par de cosas a su teléfono, mi niña? preguntó taimadamente.

–Ma! dijo Almidano Artifoni.

Contempló por encima del hombro de Stephen la molondra nudosa de Goldsmith.

Dos coches atestados de turistas pasaron lentamente, las mujeres delante, empuñando el pasamanos. Rostros pálidos. Los brazos de los hombres con naturalidad alrededor de las formas encogidas de ellas. Alejaron la mirada del Tnnity y la dirigieron al soportal de columnatas cegadas del banco de Irlanda donde las palomas zuuureaban.

Anch'io ho avuto di queste idee, dijo Almidano Artifoni, quand' ero giovine come Leí. Eppoi mi sono convinto che il mondo è una bestia. È peccato. Perchè la sua voce … . sarebbe un cespite di rendita, via. Invece, Lei si sacrifica.

–Sacrifizio incruento, dijo Stephen sonriendo, haciendo oscilar la vara de fresno en lento balanceo por el centro, grácilmente.

–Speriamo, dijo la cara redonda amostachada placenteramente. Ma, dia: retta a me. Ci rifletta.

Junto a la adusta mano pétrea de Grattan, mandando parar, un tranvía de Inchicore descargó soldados en desorden de una banda de las tierras altas de Escocia.

–Ci rifletterò, dijo Stephen recorriendo con la mirada la apretada pemera del pantalón.

–Ma, sul serio eh? dijo Almidano Artifoni.

Su gruesa mano cogió firmemente la de Stephen. Ojos humanos. Contemplaron con curiosidad un instante y se desviaron apresuradamente hacia un tranvía de Dalkey.

–Eccolo, dijo Almidano Artifoni con amigable premura. Venga a trovarmi e ci pensi. Addio, caro.

Arrivederla, maestro, dijo Stephen, quitándose el sombrero cuando la mano quedó suelta. Egrazie.

–Di che? dijo Almidano Artifoni. Scusi eh? Tante belle cose!

Almidano Artifoni, levantando una batuta de enrolladas partituras a modo de señal, trotó con recios pantalones tras el tranvía de Dalkey. En vano trotó, haciendo señales en vano entre la bulla de escoceses de rodillas desnudas que contrabandeaban instrumentos de música por la verja del Trinity.

Miss Dunne ocultó el ejemplar de La mujer de blanco de la biblioteca de Capel Street en el fondo del cajón y enrolló una hoja de papel llamativo en el carro de su máquina de escribir.

Hay demasiado misterio en el libro. ¿Quiere a ésa, a Manon? Lo devolveré y sacaré otro de Mary Cecil Haye.

El disco salió disparado ranura abajo, se bamboleó un ratito, cesó y los miró extasiado: seis.

Miss Dunne tecleó en el teclado:

–16 de junio de 1904.

Cinco hombres–anuncio blancoenchisterados por entre la esquina de Monypeny y el pedestal donde no estaba la estatua de Wolfe Tone, anguilearon para darle la vuelta a H.E.L.Y'S y se retiraron con penoso caminar por donde habían venido.

Luego clavó la mirada en el gran cartel de Mane Kendall, adorable vedette, y arrellanándose lánguidamente, garabateó en el cuaderno varios dieciséis y eses mayúsculas. Cabello mostaza y mejillas repintadas. No es muy agraciada ¿verdad? La forma en que se levanta esa menudencia de falda. A saber si estará ése en el concierto de la banda esta noche. Si pudiera conseguir que esa modista me hiciera una falda concertina como la de Susy Nagle. Son de impresión. Shannon y toda la gente bien del club náutico no le quitaban los ojos de encima. Quiera Dios que no me tenga aquí hasta las siete.

El teléfono sonó groseramente al lado de su oído.

–Diga. Sí, señor. No, señor. Los llamaré después de las cinco. Sólo esos dos, señor, para Belfast y Liverpool. Muy bien, señor. Entonces me puedo marchar después de las seis si usted no ha vuelto. A las y cuarto. Sí, señor. Veintisiete chelines con seis. Se lo diré. Sí, una, siete, seis.

Garabateó tres cifras en un sobre.

–¡Mr. Boylan! ¡Oiga! Ese caballero del Sport vino preguntando por usted. Mr. Lenehan, sí. Dijo que estaría en el Ormond a las cuatro. No, señor. Sí, señor. Les llamaré después de las cinco.

Dos caras sonrosadas se volvieron a la flama de la antorcha minúscula.

–¿Quién va? preguntó Ned Lambert. ¿Eres Crotty?

–Ringabella y Crosshaven, replicó una voz a tientas buscando pie.

–Hola, Jack ¿es usted? dijo Ned Lambert, levantando en señal de saludo un cimbreante listón entre los arcos tremolantes. Venga. Cuidado no tropiece.

La cerilla en la mano levantada del clérigo se consumió en una larga suave llama y fue dejada caer. A los pies de ellos el punto rojo expiró: y aire enrarecido se cemió a su alrededor.

–¡Cuán interesante! dijo un acento refinado en las sombras.

–Sí, señor, dijo Ned Lambert enérgicamente. Estamos en la histórica sala de consejos de la abadía de Saint Mary donde el sedoso Thomas se proclamó a si mismo rebelde en 1534. Éste es el lugar más histórico de todo Dublín. O'Madden Burke va a escribir algo sobre ello uno de estos días. El viejo edificio del banco de Irlanda estuvo ahí enfrente hasta los tiempos de la unión y el templo judío primitivo también estuvo aquí antes de que construyeran la sinagoga allá en Adelaide Road. ¿Usted no había estado aquí antes, verdad,Jack?

–No, Ned.

–Él bajaba a caballo por Dame Walk, dijo el acento refinado, si es que puedo confiar en mi memoria. La mansión de los Kildares estaba en Thomas Court.

–Eso es, dijo Ned Lambert. Eso es, sí señor.

–Sería usted tan amable pues, dijo el clérigo, de dejarme la próxima vez quizá … .

–Por supuesto, dijo Ned Lambert. Traiga la cámara fotográfica cuando guste. Yo me encargaré de quitar los sacos de las ventanas. La puede tomar desde aquí o desde aquí.

En la aún débil luz se movió de un lado para otro, bordoneando con el listón los sacos de semillas apilados y los puntos estratégicos en el suelo.

Desde una cara larga una barba y una mirada caían sobre un tablero de ajedrez.

–Le estoy sumamente agradecido, Mr. Lambert, dijo el clérigo. No quiero robarle su valioso tiempo … .

–Estoy a su disposición, señor, dijo Ned Lambert. Déjese caer por aquí cuando guste. La próxima semana, digamos. ¿Ve usted?

–Sí, sí. Buenas tardes, Mr. Lambert. Encantado de haberle conocido.

–El placer es mío, señor, contestó Ned Lambert.

Siguió a su invitado hasta la salida y luego lanzó el listón revoloteando por entre los pilares. Junto con J. J. O'Molloy se encaminó lentamente hacia Mary's Abbey donde unos carreteros cargaban en carros sacos de harina de algarroba y de areca, O'Connor, Wexford.

Se detuvo a leer la tarjeta que tenía en la mano.

–Reverendo Hugh C. Love, Rathcoffey. Dirección actual: Saint Michael, Sallins. Es un joven agradable. Está escribiendo un libro sobre los Fitzgeralds me contó. Está muy al día en historia, rediez.

La joven con sumo cuidado se desprendió de la falda liviana una brizna pegada.

–Pensé que andaba metido en una nueva conspiración de la pólvora, dijo J. J. O'Molloy.

Ned Lambert se crujió los dedos al aire.

–¡Dios! exclamó. Se me olvidó contarle aquella sobre el conde de Kildare después de que prendiera fuego a la catedral de Cashel. ¿La conoce? Me jode haberlo hecho, va y dice, pero juro por Dios que pensaba que el arzobispo estaba dentro. Puede que no le gustara, sin embargó. ¿Qué? Por todos los santos, se la contaré de todas formas. Ese fue el gran conde, Fitzgerald el Grande. Apasionados que eran todos ellos, los Geraldines.

Los caballos por los que pasaba respingaron nerviosamente bajo los arreos flojos. Dio una palmada a un anca moteada que se estremecía cerca de él y voceó:

–¡Sooo, bonito!

Se volvió a J. J. O'Molloy y preguntó:

–Bien, Jack. ¿Qué pasa? ¿Qué problema tiene? Espere un momento. Deténgase.

Boquiabierto y con la cabeza echada hacia atrás se quedó quieto y, tras un instante, estomudó fuertemente.

–¡Achís! dijo. ¡Dios!

–El polvo de esos sacos, dijo J. J. O'Molloy educadamente.

–No, dijo sofocado Ned Lambert, pillé un… . resfriado ante… . Dios… anteanoche… y había una corriente de todos los diablos… .

Sostuvo el pañuelo listo para el siguiente…

–Estuve… . Glasnevin por la mañana… pobrecillo… cómo se llama… ¡Achís!… ¡Vaya por Dios!

Tom Rochford tomó el disco superior del montón que asía contra su chaleco burdeos.

–¿Ven ustedes? dijo. Digamos que es el cuadro número seis. Aquí dentro, ven ustedes. Cuadro en escena.

Lo deslizó en la hendidura izquierda como demostración. Salió disparado ranura abajo, se bamboleó un ratito, cesó, mirándolos extasiado: seis.

Abogados del pasado, arrogantes, elegantes, contemplaron pasar desde la oficina de tasación pública hacia el tribunal Nisi Prius a Richie Goulding que portaba la cartera de Goulding, Collis y Ward y escucharon el frufrú desde la sala del almirantazgo del tribunal supremo hasta el tribunal de apelación de una mujer anciana con dientes postizos que sonreían incrédulamente y una falda de seda negra de mucho vuelo.

–¿Ven ustedes? dijo. Ya ven cómo el último que inserté está aquí: cuadros aparecidos. El impacto. El apalancamiento ¿ven?

Les mostró la columna creciente de discos a la derecha.

–Buena idea, dijo Napias Flynn, sorbiéndose. Así que uno que llegue tarde sabe qué cuadro está en escena y qué cuadros han aparecido.

–¿Ven? dijo Tom Rochford.

Deslizó un disco por su cuenta: y observó cómo se disparaba, se bamboleaba, miraba extasiado, se paraba: cuatro. Cuadro en escena.

–Lo voy a ver ahora en el Onnond, dijo Lenehan, y le tantearé. Un buen cuadro se merece otro igual.

–Hágalo, dijo Tom Rochford. Dígale que estoy Boylanbullendo de impaciencia.

–Buenas tardes, dijo M'Coy abruptamente. Cuando ustedes dos empiezan … ..

Napias Flynn se encorvó hacia la palanca, sorbiéndose ante ella.

–¿Pero cómo funciona esto, Tommy? preguntó.

–Agur, dijo Lenehan. Hasta luego.

Siguió a M'Coy que se marchaba cruzando la plazuela minúscula de Crampton Court.

–Es un héroe, dijo simplemente.

–Lo sé, dijo M'Coy. Lo del sumidero, quiere decir.

–¿Sumidero? dijo Lenehan. Se escurrió por una tapa de registro abajo.

Dejaron atrás el odeón de Dan Lowry donde Mane Kendall, adorable vedette, les sonreía desde un cartel con una sonrisa repintada.

Bajando por la acera de Sycamore Street cerca del odeón Empire Lenehan le explicó a M'Coy cómo había ocurrido todo aquello. Uno de esos registros semejante a una jodida tubería de gas y allí estaba el pobre diablo atraricado en él, medio asfixiado con los gases de la cloaca. Pero para abajo que se fue Tom Rochford de todas formas, chaleco de corredor de apuestas y todo, con la soga alrededor. Y qué diantres como que consiguió atarle la soga al pobre diablo y los subieron para arriba a los dos.

–La hazaña de un héroe, dijo.

A la altura del Dolphm se detuvieron para dejar que el coche ambulancia pasara galopando en dirección a Jervis Street.

–Por aquí, dijo, caminando hacia la derecha. Quiero entrar un segundo en Lynam para ver cómo se cotiza Cetro de salida. ¿Qué hora es por su reloj y cadena de oro?

M'Coy miró con ojos de miope el interior de la oficina umbría de Marcus Tertius Moses, luego el reloj de casa O'Neill.

–Pasadas las tres, dijo. ¿Quién la monta?

–O'Madden, dijo Lenehan. Y una potra de mucho brío que es.

Mientras esperaba en Temple Bar M'Coy fue empujando una cáscara de plátano con suaves puntapiés desde la acera hasta la alcantarilla. Alguien podría meterse un buen batacazo si viene con una tajada en la oscuridad.

La verja del paseo se abrió de par en par para facultar la salida de la comitiva virreinal.

–A la par, dijo Lenehan al regresar. Me he topado con Lyons Gallito ahí dentro que iba a apostar por un jodido caballo que alguien le ha sugerido y que no tiene la más remota. Por aquí.

Subieron por los escalones y siguieron bajo Merchants' Arch. Una figura dorsoscura inspeccionaba libros en el tenderete de un vendedor ambulante.

–Ahí está, dijo Lenehan.

–A saber lo que estará comprando, dijo M'Coy, echando una ojeada para atrás.

–Leopoldo o el Brotebloom en el centeno, dijo Lenehan.

–Pierde la cabeza por los saldos, dijo M'Coy. Estaba con él un día y le compró un libro a una vieja de Liffey Street por dos chelines. Tenía hermosos grabados que valían el doble de lo pagado, estrellas y la luna y cometas de largas colas. Era de astronomía.

Lenehan se rió.

–Le contaré una muy buena sobre colas de cometas, dijo. Pongámonos al sol.

Cruzaron hacia el puente de hierro y fueron a lo largo de Wellington Quay junto al muro del río.

El señorito Patrick Aloysius Dignam salía de casa Mangan, antes Fehrenbach, portando libra y media de filetes de cerdo.

–Hubo una gran comilona en el reformatorio de Glencree, dijo Lenehan animadamente. La cena anual, ya sabe. De alto copete. El alcalde estaba allí, Val Dillon era, y Sir Charles Cameron y Dan Dawson dio un discurso y hubo música. Bartell d'Arcy cantó y Benjamin Dollard … ..

–Ya lo sé, le cortó M'Coy. Mi señora cantó allí una vez.

–¿Ah, sí? dijo Lenehan.

Una tarjeta Apartamentos sin amueblar reapareció en la corredera de la ventana del número 7 de Eccles Street. Interrumpió la historia un momento pero rompió a reír con risa resollante.

–Pero espere a que le cuente, dijo. Delahunt el de Candem Street llevaba el servicio de comestibles y un servidor de usted era el jefe de bebestibles. Bloom y la mujer estaban allí. La cantidad de cosas que nos metimos entre pecho y espalda: oporto y jerez y curaçao de los que dimos buena cuenta. Fue el desmadre. A los líquidos siguieron los sólidos. Fiambres a porrillo y empanadas … .

–Lo sé, dijo M'Coy. El año en que mi señora estuvo … ..

Lenehan le cogió del brazo efusivamente.

–Pero espere a que le cuente, dijo. Tuvimos un refrigerio de medianoche también después de toda la juerga y cuando despegamos de allí daban ya las putas luces de la mañana de la resaca anterior. Camino de casa hacía una noche de invierno magnífica como para meterse en la Montaña Plumón. Bloom y Chris Callinan iban en un lado del coche y yo estaba con su mujer en el otro. Empezamos a cantar a tres y a dos voces: Ved, el destello mañanero. Iba bien alumbrada con una buena carga de oporto de Delahunt en la barriga. A cada bandazo del jodido coche ya me la tenía encima. ¡Menudo revoltijo! Tiene un buen par, que Dios la bendiga. Así.

Extendió las manos encovadas alejándolas de él un codo, frunciendo el ceño:

–Estuve remetiéndole la manta y arreglándole el boa todo el tiempo. ¿.Sabe a qué me refiero?

Sus manos moldearon copiosas curvas de aire. Apretó los ojos con placer, contrayéndosele el cuerpo, y rumbó un dulce gorjeo desde sus labios.

–El mozo estaba en guardia de todas formas, dijo con un suspiro. Es una yegua de mucho brío de eso no hay duda. Bloom iba señalando todas las estrellas y cometas del firmamento a Chris Callinan y al calesero: la osa mayor y Hércules y el dragón, y la biblia en pasta. Pero yo, vaya por Dios, que andaba perdido, como quien dice, en la vía láctea. Él se las conoce todas, se lo juro. Por fin ella descubrió una chiquitita chiquitina a millas de distancia. ¿Yqué estrella es ésa, Poldy? va y dice ella. Vaya por Dios, dejó a Bloom todo cortado. Ésa ¿no? dice Chris Callinan, seguro que ésa es sólo lo que se dice una pichita de nada. Vaya por Dios, que no andaba muy lejos de dar en el blanco. Lenehan se paró y se apoyó contra el muro del río, resoplando con risa suave.

–No puedo más, jadeó.

La cara blanca de M'Coy sonreía a instantes y se fue poniendo grave. Lenehan comenzó a andar de nuevo. Se levantó la gorra náutica y se rascó el colodrillo rápidamente. Miró de soslayo a M'Coy en la luz del sol.

–Es un hombre completo y culto, ese Bloom, dijo seriamente. No es uno del montón o uno más … ya sabe … Tiene algo de artista el bueno de Bloom.

Mr. Bloom pasaba despreocupadamente las páginas de Las pavorosas revelaciones de María Monk, luego de la Obra maestra de Aristóteles. Torcida y chapucera la impresión. Grabados: criaturas hechas un ovillo en úteros de rojez sanguinosa como hígados de vacas sacrificadas. Cantidades de ellos en este momento por todo el mundo. Todos ellos topetando con el cráneo queriendo salir de ahí. Un niño que nace cada minuto en algún sitio. Mrs. Purefoy.

Echó a un lado ambos libros y miró al tercero: Historias del ghetto por Leopold von Sacher Masoch.

–Ése lo tengo leído, dijo, empujándolo a un lado.

El tendero dejó caer dos volúmenes sobre el mostrador. –Esos dos son de los buenos, dijo.

Cebollas en su aliento llegaron por encima del mostrador desde su boca podrida. Se agachó para hacer un fardo con los otros libros, se los apretó contra el chaleco desabrochado y se los llevó detrás de la cortina cutre.

En el puente de O'Connell muchas personas observaron la grave apostura y alegre indumentaria de Mr. Denis J. Maginni, profesor de baile, etc.

Mr. Bloom, solo, miraba los títulos. Bellos tiranos por James Azotedamor. Conozco la clase que es. ¿Lo leí? Sí.

Lo abrió. Me lo imaginaba.

Una voz de mujer tras la cortina cutre. Escucha: el hombre.

No: no le gustaría tanto. Se lo llevé una vez.

Leyó el otro título: Delicias delpecado. Más en su línea. Veamos.

Leyó por donde el dedo había abierto.

–Todos los dólares que le daba su marido se los gastaba en las tiendas en vestidos presuntuosos y en las más caras puntillas. ¡Para él.! ¡Para Raouut

Sí. Éste. Por aquí. Prueba.

–Su boca se pegó a la de el en un suculento beso voluptuoso mientras que las manos de el buscaban sus opulentas curvas dentro del deshabillé.

Sí. Me quedo éste. El final.

–Llegas tarde, dio el con voz enronquecida, observándola con fulminante mirada de sospecha.

La bella mujer se zafó del abrigo ribeteado de marta, luciendo unos hombros fastuosos y estremecedoras redondeces. Una sonrisa imperceptible retozaba en sus labios perfectos al volverse hacia el calmosamente.

Mr. Bloom leyó de nuevo: La bella mujer… .

Un ardor se derramó suavemente sobre él, intimidándole la carne. La carne cedió ampliamente por entre ropas arrugadas: los ojos en blanco en desmayo. La nariz se arqueó en busca de presa. Ungüentos saturados en el pecho (¡para él.! ¡para Raoulo. Sudor con olor a cebolla de los sobacos. Lechaza de cola–de–pescado (estremecedoras redondeces). ¡Toca! ¡Aprieta! ¡Estruja! ¡Excremento sulfuroso de leones!

¡Joven! ¡Joven!

Una anciana, ya no joven, dejó el edificio del tribunal de casación, el tribunal supremo, el de cuentas y el de primera instancia, después de haber presenciado en la sala del juez del tribunal supremo el caso de demencia de Potterton, en la sección del almirantazgo la citación, a petición de parte, de los propietarios del Lady Cairns contra los propietarios del barco Mona, en el tribunal de apelaciones el fallo con reserva en el pleito de Harvey contra la Compañía Aseguradora de Garantías y Accidentes Oceánicos.

Toses de flema sacudieron el aire de la librería, abombando las cortinas cutres. La cabeza gris despeinada del tendero salió y también la enrojecida cara desafeitada, tosiendo. Carraspeó violentamente, y gargajeó flema en el suelo. Plantó la bota en lo que había escupido, restregando la suela a todo lo largo, y se inclinó, mostrando una coronilla despellejada, escasamente peluda.

Mr. Bloom la contempló.

Controlándose la ajetreada respiración, dijo: –Me llevo éste.

El tendero levantó unos ojos cegajosos de resfriado rancio.

–Delicias del pecado, dijo, tabaleando en él. Éste es de los buenos.

El portero junto a la puerta del salón de subastas de Dillon volvió a sacudir dos veces la campanilla y se miró en el espejo del armario con marcas de tiza.

Dilly Dedalus, holgazaneando cerca del bordillo, oyó los repiques de la campanilla, los gritos del subastador dentro. Cuatro chelines con nueve. Esas cortinas encantadoras. Cinco chelines. Cortinas acogedoras. Nuevas se venden a dos guineas. ¿Alguien da más de cinco chelines? Adjudicadas por cinco chelines.

El portero levantó la campanilla y la agitó: –¡Talán!

El tan de la campana de la última vuelta aguijoneó a los ciclistas de la media–milla al sprint. J. A. Jackson, W. E. Wylie, A. Munro y H. T. Gahan, los estirados cuellos meneándose, salvaron la curva de la biblioteca de la Universidad.

Mr. Dedalus, tirándose del largo bigote, se acercó desde William's Row. Se detuvo cerca de su hija.

–Ya va siendo hora, dijo ella.

–Ponte derecha por el amor de Dios, dijo Mr. Dedalus. ¿Es que intentas imitar a tu tío John, el cometa, con la cabeza hundida en los hombros? ¡Por Dios bendito!

Dilly se encogió de hombros. Mr. Dedalus puso las manos sobre ellos y se los echó para detrás.

–Ponte derecha, niña, dijo. Vas a tenninar con encorvamiento de la columna vertebral. ¿Sabes qué aspecto tienes?

Hundió la cabeza repentinamente y la proyectó hacia delante, encorvando los hombros y dejando caer la mandibula.

–Déjelo ya, padre, dijo Dilly. La gente le está mirando.

Mr. Dedalus se puso derecho y se tiró de nuevo del bigote.

–¿Consiguió dinero? preguntó Dilly.

–¿De dónde iba yo a sacar dinero? dijo Mr. Dedalus. No hay nadie en Dublín que me preste ni cuatro peniques.

–Sí que tiene, dijo Dilly, mirándole a los ojos.

–¿Cómo lo sabes? preguntó Mr. Dedalus, con sorna.

Mr. Keman, complacido con el pedido que le habían hecho, caminaba ufano por James Street.

–Sé que sí, contestó Dilly. ¿No estaba usted en la taberna Scotch ahora?

–Pues no que no estaba, vamos, dijo Mr. Dedalus, sonriendo. ¿Han sido las monjitas las que te han enseñado a ser tan descarada? Anda, toma.

Le dio un chelín.

–A ver si puedes hacer algo con eso, dijo.

–Seguro que tendrá usted cinco, dijo Dilly. Déme más.

–Espera sentada, dijo Mr. Dedalus amenazadoramente. Eres igual que los demás ¿a que sí? Hatajo de sanguijuelas insolentes desde que vuestra pobre madre murió. Pero esperad sentadas. No me vengáis con cantinelas que no me vais a sacar ni el forro del bolsillo. ¡Panda de pillastres! Me voy a deshacer de todas vosotras. No os importaría que estirara la pata. Se ha muerto. El tío ese de arriba se ha muerto.

La dejó y comenzó a andar. Dilly le siguió rápidamente y le tiró de la americana.

–Bueno, y ahora ¿qué pasa? dijo él, parándose.

El portero tocó la campana a sus espaldas.

–¡Talán!

–Maldita sea tu estampa, carota, exclamó Mr. Dedalus, volviéndose hacia él.

El portero, consciente del comentario, agitó el badajo colgante de la campana pero débilmente:

–¡Tan!

Mr. Dedalus clavó la mirada en él.

–Míralo, dijo. Qué instructivo. A saber si nos va a dejar hablar.

–Tiene usted más que eso, padre, dijo Dilly.

–Te voy a enseñar un truquito, dijo Mr. Dedalus. Os voy a dejar a todos en la estacada. Mira, aquí está todo lo que tengo. Conseguí dos chelines de Jack Power y me gasté dos peniques en afeitarme para el entierro.

Sacó un puñado de monedas de cobre, nerviosamente.

–¿No puede buscar dinero en alguna parte? dijo Dilly.

Mr. Dedalus pensó y asintió.

–Lo haré, dijo seriamente. Estuve mirando por todas las alcantarillas de O'Connell Street. Voy a probar en ésta ahora.

–Es usted muy gracioso, dijo Dilly, haciendo un mohín.

–Ten, dijo Mr. Dedalus, alargándole dos peniques. Cómprate un vaso de leche y un bollito o algo. Estaré en casa dentro de nada.

Se metió las otras monedas en el bolsillo y comenzó a caminar de nuevo.

La comitiva virreinal salió, cumplimentada por policias ceremoniosos, por Parkgate.

–Estoy segura de que tiene usted otro chelín, dijo Dilly.

El portero tocó ruidosamente.

Mr. Dedalus en medio del estrépito se marchó, murmurando para sí mismo suavemente con la boca fruncida y dengosa:

–¡Las monjitas! ¡Qué graciosas! ¡Ah, seguro que ellas no harían nada! ¡Ay, seguro que no! ¿No es como digo, hermanita Mónica?

Desde el reloj de sol hacia James Gate caminaba Mr. Kernan, complacido con el pedido que le habían hecho para Pulbrook Robertson, ufano por James Street, dejando atrás las oficinas de Shackleton. Le he dorado bien la píldora. ¿Cómo está usted, Mr. Crinimins? Inmejorable, señor. Temía que estuviera usted en su otro establecimiento en Pimlico. ¿Cómo van las cosas? Lo justo para ir tirando. Estamos teniendo un tiempo extraordinario. Sí, desde luego. Bueno para el campo. Los campesinos siempre quejándose. Me tomaría sólo una gota de su excelente ginebra, Mr. Crimmins. Una gotita, señor. Sí, señor. Un asunto horrible ese de la explosión del General Slocum. ¡Horrible, horrible! Mil víctimas. Y escenas estremecedoras. Hombres atropellando a mujeres y niños. De lo más brutal. ¿Cuál dicen que fue la causa? Combustión espontánea. Una revelación de lo más escandalosa. Ni un solo bote salvavidas se mantenía a flote y todas las mangueras de incendio reventadas. Lo que no entiendo es cómo los inspectores pudieron permitir que un barco como ése … . Precisamente está dando usted en el clavo, Mr. Crimmins. ¿Sabe usted por qué? Engrases. ¿De veras? Sin duda alguna. Vaya, mire usted. Y América dicen que es la tierra de la libertad. Yo pensaba que estábamos mal aquí.

Le sonreí. América, le dije discretamente, ya ves. ¿Qué es lo que es? El desecho de todos los países incluido el nuestro. ¿No es verdad? Esa es la pura verdad.

Baratería, muy señor mío. Bueno, claro, donde corre el dinero siempre hay alguien dispuesto a echarle el guante.

Le vi mirándome la levita. El traje hace al hombre. Nada como una apariencia elegante. Los deja pasmados.

–Hola, Simon, dijo el Padre Cowley. ¿Qué tal van las cosas?

–Hola, Bob, viejo, contestó Mr. Dedalus, parándose.

Mr. Kernan se detuvo y se atildó ante el espejo inclinado de Peter Kennedy, peluquero. Americana con estilo, sin genero de dudas. Scott de Dawson Street. Bien vale el medio soberano que le di a Neary por ella. No te las hacen por menos de tres guineas. Me sienta de perlas. De algún cursi del club de Kildare Street probablemente. John Mulligan, el director del Banco Hibérnico, me midió con la mirada ayer en el puente de Carlisle como si me recordara.

¡Aajá! Hay que representar el papel para ellos. Señor de los caminos. Caballero. Y bien, Mr. Crimmins, nos concederá el honor de ser nuestro cliente de nuevo, señor. La copa que reanima pero no embriaga, como dice el viejo dicho.

North Wall y Sir John Rogerson's Quay, con cascos y capones, navegando hacia el oeste, pasó navegando un esquife, un prospecto arrugado, mecido en el oleaje del transbordador, Elías vuelve.

Mr. Kernan echó una mirada de despedida a su imagen. Buen color, claro está. Bigote canoso. Oficial jubilado de la India. Valientemente tiraba de su cuerpo repolludo adelante sobre pies abotinados, sacando el pecho. ¿Es ése el hermano de Ned Lambert en la acera de enfrente, Sam? ¿Eh? Sí. Su viva estampa. No. El parabrisas de ese automóvil de ahí al sol. Tan sólo un chispazo ya ves. La viva estampa de él.

¡Rajá! El licor ardiente del jugo de enebro le calentó las entrañas y el aliento. Una buena gota de ginebra había sido ésa. Los faldones de su levita hacían guiños al sol brillante con su graso contoneo.

Por ahí abajo a Emmet colgaron, destriparon y descuartizaron. Soga negra grasienta. Los perros lamiendo la sangre de la calle cuando la esposa del virrey pasó en su calesín.

Malos tiempos aquellos. Bueno, bueno. Ya pasaron. Grandes borrachines también. Hombres de cuatro–botellas. Veamos. ¿Está enterrado en Saint Michan? O no, hubo un entierro a medianoche en Glasnevin. El cadáver lo metieron por una puerta secreta en el muro. Dignam está allí ahora. Se esfumó en un santiamén. Bueno, bueno. Mejor será que doble para abajo aquí. Daré un rodeo.

Mr. Keman dobló y descendió por la cuesta de Watling Street por la esquina de la sala de espera de las visitas de Guinness. Delante de los almacenes de la Compañía Destiladora de Dublín había un charrete parado sin pasajero ni calesero, las riendas anudadas a la rueda. Maldita sea, eso es peligroso. Algún boberas de Tipperary poniendo en peligro las vidas de los ciudadanos. Caballo desbocado.

Denis Breen con sus tomos, cansado de haber esperado una hora en el despacho de John Henry Menton, llevaba a su mujer por el puente de O'Connell, camino del despacho de Messrs. Collis y Ward.

Mr. Keman se aproximó a Island Street. Tiempos de conflictos. Tengo que pedirle a Ned Lambert que me preste esas memorias de Sir Jonah Barrington. Cuando lo repasas ahora todo eso en una especie de ordenación retrospectiva. Apuestas en Daly. Nada de trampas en aquel entonces. A uno de aquellos socios le clavaron la mano a la mesa con una daga. Por estos alrededores Lord Edward Fitzgerald escapó del Comandante de Plaza Sirr. Las cuadras detrás de Casa Moira.

Pero que muy buena que era esa ginebra.

Lindo joven rozagante de la nobleza. Buena cepa, claro está. Aquel rufián, aquel caballero de pega, de guantes violetas, lo delató. Claro que estaban en el bando equivocado. Se alzaron en días oscuros y funestos. Lindo poema ese: Ingram. Eran caballeros. Ben Dollard sí que canta esa balada con sentimiento. Interpretación magistral.

En el cerco de Ross mi padre cayó.

Una comitiva a trote corto a lo largo de Pembroke Quay pasaba, los batidores botando, botando en sus, en sus monturas. Levitas. Parasoles color crema.

Mr. Keman apretó el paso, resoplando convulsionadamente.

¡Su Excelencia! ¡Lástima! Me lo perdí por los pelos. ¡Maldita sea! ¡Qué pena!

Stephen Dedalus observaba por el escaparate telarañoso los dedos del lapidario comprobando una cadena desgastada por el tiempo. El polvo entamaba el escaparate y las bandejas de la vitrina. El polvo oscurecía los atareados dedos de uñas buitreras. El polvo dormía sobre espirales mates de bronce y plata, losanges de cinabno, sobre rubíes, piedras desmochadas y vinoscuras.

Nacidos todos en la oscura tierra agusanada, motas frías de fuego, malditas, luces brillando en la oscuridad. Adonde los arcángeles caídos arrojaron las estrellas de sus frentes. Enfangados hocicos de puercos, manos, hozan y hozan, las gafan y arrancan.

Ella baila en sombras inmundas donde goma arde con ajo. Un marinero, barbaherrumbroso, sorbe ron de un tazón y la ojea. Una larga brama silenciosa en el mar alimentada. Ella baila, corcovea, meneando sus nalgas cerdunas y las caderas, con un huevo de rubí palpitando en su panza carnosa.

El viejo Russell con un trapo de gamuza embadurnado pulía de nuevo su gema, la volvía y mantenía en la punta de su barba de Moisés. Simio abuelo regodeándose en riquezas robadas.

¿Y vosotros que arrancáis viejas imágenes de la tierra tumularia? Las palabras vesánicas de los sofistas: Antístenes. Un saber ancestral de drogas. Naciente e inmortal trigo que existe desde siempre y por siempre.

Dos viejas vigorizadas tras su buchada de aire salobre caminaban penosamente por Inshtown a lo largo de London Bridge Road, una con un fatigado paraguas enarenado, la otra con un bolso de matrona en el que rodaban once veneras.

El runruneo de aleteantes correas de cuero y el zumbido de las dinamos de la central eléctrica incitaron a Stephen a proseguir. Seres sin ser. ¡Párate! Latido siempre fuera de ti y el latido siempre dentro. Tu corazón del que cantas. Yo entre ellos. ¿Dónde? Entre dos mundos bramantes donde ellos se arremolinan, yo. Destrózalos, uno y dos. Pero desquiciarme yo también en el golpe. Destrózame tú que puedes. Alcahuete y camicero eran las palabras. ¡Oiga! Todavía no por ahora. Un vistazo alrededor.

Sí, totalmente cierto. Muy grande y maravilloso y marca la hora fenomenal. Decís bien, señor. El lunes por la mañana. Así fue, cierto.

Stephen bajó por Bedford Row, la empuñadura del fresno zurriando contra la paletilla. En el escaparate de Clohissey un grabado descolondo de 1860 de Heenan boxeando contra Sayers le llamó la atención. Apostadores embobados con altos sombreros de copa rodeaban el ring acordelado. Los pesos–pesados con ceñidas calzonas ofrendaban cortésmente el uno al otro sus puños bulbosos. Y están latiendo: corazones de héroes.

Giró y se detuvo cerca del inclinado tenderete de libros. –Dos peniques cada uno, dijo el mercachifle. Cuatro por seis peniques.

Páginas pingajosas. El apicultor irlandés. Viday milagros del venerable cura de Ars. Guía de bolsillo de Killarney.

Puede que encuentre aquí empeñado alguno de mis premios del colegio. Stephano Dedalo, alumno optimo, palmam ferenti.

El Padre Conmee, habiendo leído las primeras horas canónicas, pasaba por la aldea de Donnycamey, murmurando las vísperas.

Encuadernación demasiado buena quizá. ¿Qué es esto? Libro octavo y noveno de Moisés. Enigma de todos los enigmas. El sello del Rey David. Páginas llenas de dedadas: leídas y releídas. ¿Quién ha pasado por aquí antes que yo? Cómo suavizar las manos agrietadas. Receta para hacer vinagre de vino blanco. Cómo conquistar el amor de una mujer. Esto es lo mío. Diga el siguiente conjuro tres veces con las manos juntas:

–¡Se elyilo nebrakada femininum! ¡Amor me solo! ¡Sanktus! Amén.

¿Quién escribió esto? Hechizos y encantamientos del bienaventurado abad Pedro Salanka revelados a todos los verdaderos creyentes. Tan buenos como los hechizos de cualquier otro abad, como los del musitante Joaquín. Abajo, calvatrueno, o te trasquilamos la lana.

––¿Qué haces aquí, Stephen?

Los hombros altos y el vestido desharrapado de Dilly.

Cierra el libro rápido. No dejes ver.

–¿Tú qué haces? dijo Stephen.

Una cara de Estuardo de Carlos el sin igual, lacios mechones cayéndole a los lados. Le ardía cuando ella se agachaba para atizar el fuego con las botas rotas. Le hablé de París. Dormilona bajo una colcha de viejos abrigos, manoseando una pulsera de similor, recuerdo de Dan Kelly. Nebrakadafemininum.

–¿Qué tienes ahí?

–Lo compré en el otro tenderete por un penique, dijo Dilly, riéndose nerviosamente. ¿Merece la pena?

Mis ojos dicen que tiene. ¿Me ven otros así? Expresivos, distantes y osados. Sombra de mi mente.

Le cogió de la mano el libro sin cubiertas. Compendio elemental de francés de Chardenal.

–¿Para qué compraste eso? preguntó. ¿Para aprender francés?

Ella asintió, enrojeciéndose y apretando con fuerza los labios.

No muestres sorpresa. Con naturalidad.

–Toma, dijo Stephen. Está bien. Cuidado que no te lo empeñe Maggy. Supongo que todos mis libros ya han volado.

–Algunos, dijo Dilly. No hubo más remedio.

Se ahoga. Mordedura. Sálvala. Mordedura. Todo está contra nosotros. Me ahogará con ella, ojos y cabello. Rodetes desmadejados de cabello algamanna a mi alrededor, de mi corazón, de mi alma. Verde muerte salada.

Nosotros.

Mordedura de la conciencia. De la conciencia la mordedura.

¡Miseria! ¡Miseria!

–Hola, Simon, dijo el Padre Cowley. ¿Qué tal van las cosas?

–Hola, Bob, viejo, contestó Mr. Dedalus, parándose.

Se dieron la mano ruidosamente delante del anticuario Reddy e Hija. El Padre Cowley se cepillaba el bigote hacia abajo a menudo con mano acucharada.

–¿Qué hay de nuevo? dijo Mr. Dedalus.

–Pues no mucho, dijo el Padre Cowley. Estoy atrincherado, Simon, con dos hombres merodeando fuera de la casa intentando perpetrar un allanamiento.

–Estupendo, hombre, dijo Mr. Dedalus. ¿De quién se trata?

–Bueno, dijo el Padre Cowley. Un fulano logrero que conocemos.

–Con joroba ¿no? preguntó Mr. Dedalus.

–El mismo, Simon, contestó el Padre Cowley. Reuben y otros de la misma ralea. Estoy precisamente esperando a Ben Dollard. Va a hablar con Long John para que haga que me quiten a esos dos hombres de encima. Lo único que quiero es un respiro.

Miró con vaga esperanza arriba y abajo del muelle, una gran nuez abultándole en la garganta.

–Lo sé, dijo Mr. Dedalus, asintiendo. ¡El pobre incapaz de Ben! Siempre le está haciendo un favor a alguien. ¡Quieto! Se puso las gafas y miró hacia el puente de hierro por un instante.

–Ahí viene, por Dios, dijo, el mismo que viste y calza. El chaqué azul suelto y sombrero alto de copa sobre bombachos de Ben Dollard cruzaron el muelle con paso vigoroso desde el puente de hierro. Vino hacia ellos despaciosamente, rascándose activamente detrás de los faldones.

Al aproximarse Mr. Dedalus le saludó:

–Coged a ese tipo de los pantalones ridículos.

–Cogedle, venga, dijo Ben Dollard.

Mr. Dedalus ojeó con frío desdén errante diversos rasgos de la persona de Ben Dollard. Luego, volviéndose hacia el Padre Cowley con una señal de la cabeza, masculló con sorna:

–¿Bonita vestimenta, no, para un día de verano?

–Que Dios eterno maldiga su alma, gruñó Ben Dollard furiosamente, he tirado más ropa en lo que llevo de vida de la que usted haya visto jamás.

Allí junto a ellos sonreía radiante, a ellos primero y después a sus ropas holgadas de algunas partes de las cuales Mr. Dedalus pelaba pelusas, diciendo:

–Las hicieron para un hombre de buen año, Ben, de todas formas.

–Mala suerte tenga el judío que las hizo, dijo Ben Dollard. Gracias sean dadas a Dios que todavía no ha cobrado.

–Y cómo va ese basso profondo, Benjamin? preguntó el Padre Cowley.

Cashel Boyle O'Connor Fitzmaurice Tisdall Farrell, murmurando, ojovidrioso, pasó a zancadas por delante del club de Kildare Street.

Ben Dollard frunció el ceño y, poniendo repentinamente boca de cantor, soltó una nota profunda.

–¡Ooo! dijo.

–Muy bien, dijo Mr. Dedalus, asintiendo a su vozarrón.

–¿Qué les parece eso? dijo Ben Dollard. ¿Se conserva? ¿Eh?

Se volvió hacia los dos.

–Suficiente, dijo el Padre Cowley, asintiendo también.

El reverendo Hugh C. Love caminaba desde la vieja sala capitular de Saint Mary's Abbey dejando atrás James y Charles Kennedy, refinadores, asistido por Geraldines altos y apuestos, hacia el recinto de portazgo más allá del vado de zarzos.

Ben Dollard con una fuerte inclinación hacia el frontal de las tiendas los condujo hacia delante, los regocijados dedos al aire.

–Vengan conmigo a la oficina del intendente de policía, dijo. Les quiero enseñar el nuevo descubrimiento de alguacil que Rock ha hecho. Es un cruce de Lobengula con Lynchehaun. Merece la pena verlo, les adelanto. Vengan. Vi a John Henry Menton casualmente en la Bodega hace un momento y me va a costar un ojo de la cara si no … Esperen un rato … .. Vamos por buen camino, me lo huelo, Bob, créame usted de veras.

–Por unos días dígale, el Padre Cowley dijo ansiosamente.

Ben Dollard se detuvo con la mirada fija, el orificio sonoro abierto, un botón que le pendía de un hilo de la chaqueta meneándose el revés brillante mientras se limpiaba las pastosas pitarras que le cegaban los ojos para oír bien.

–Cómo que por unos días? tronó. ¿Es que el casero no le ha embargado por el alquiler?

–Sí que lo ha hecho, dijo el Padre Cowley.

–Entonces la requisitoria de nuestro amigo no vale ni el papel sobre la que va impresa, dijo Ben Dollard. El casero tiene prelación. Le di todos los detalles. Windsor Avenue, 29. ¿No se llama Love?

–Así es, dijo el Padre Cowley. El reverendo Mr. Love. Es pastor en algún lugar del país. Pero ¿está seguro de eso? –Puede decirle a Barrabás de mi parte, dijo Ben Dollard, que se meta esa requisitoria por donde le quepa.

Arrastró al Padre Cowley hacia delante resueltamente, enlazado a su corpulencia.

–Le caben hasta tarugos, dijo Mr. Dedalus, dejando caer las gafas sobre la delantera de la americana, mientras los seguía.

–El chico estará perfectamente, dijo Martin Cunningham, al salir por la verja de Castleyard.

El policía se tocó la frente.

–Que Dios le bendiga, dijo Martin Cunningham, animadamente.

Hizo una seña al calesero que esperaba, que tiró de las riendas y se puso en marcha hacia Lord Edward Street. Bronce junto a oro, la cabeza de Miss Kennedy junto a la de Miss Douce, aparecieron por encima de las cortinillas del hotel Ormond.

–Sí, dijo Martin Cunningham, tocándose la barba. Le escribí al Padre Conmee exponiéndole el caso.

–Podría probar con nuestro amigo, sugirió Mr. Power indicando hacia atrás.

–¿Boyd? dijo Martin Cunningham secamente. Ni me lo mencione.

John Wyse Nolan, quedándose atrás, leyendo la lista, los siguió rápidamente por Cork Hill abajo.

En la escalinata del ayuntamiento el concejal Nannetti, descendiendo, hizo un saludo al edil Cowley y al concejal Abraham Lyon que ascendían.

El coche del Castillo vacío entró rodando por Upper Exchange Street.

–Mire, Martin, dijo John Wyse Nolan, dándoles alcance en las oficinas del Mail. Veo que Bloom ha suscrito cinco chelines.

–Muy cierto, dijo Martin Cunningham, tomando la lista. Y además los dio los cinco chelines.

–Sin decir esta boca es mía además, dijo Mr. Power.

–Raro pero cierto, añadió Martin Cunningham. John Wyse Nolan abrió unos ojos como platos.

–Hay que admitir que hay mucha bondad en el judío, citó, elegantemente.

Caminaron por Parliament Street abajo.

–Por ahí va Jimmy Henry, dijo Mr. Power, derecho al establecimiento de Kavanagh.

–Cierto, dijo Martin Cunningham. Mire por dónde va.

Delante de la Maison Claire Boylan Botero salió al paso del cuñado de Jack Mooney, giboso, tajado, que se dirigía al barrio de Liberties.

John Wyse Nolan se quedó atrás con Mr. Power, mientras que Martin Cunningham tomó del codo a un hombrecillo pulcro con traje de ojo de perdiz, que caminaba inseguro, con pasos presurosos por delante de los relojes de Mickey Anderson.

–Los callos del ayudante del secretario del Ayuntamiento le están molestando, dijo John Wyse Nolan a Mr. Power.

Siguieron caminando y doblaron la esquina hacia la bodega de James Kavanagh. El coche del Castillo vacío estaba frente a ellos parado ante la puerta de Essex. Martin Cunninghan, sin parar de hablar, mostraba a menudo la lista a la que Jimmy Henry no miraba.

–Y Long John Fanning anda también por ahí, dijo John Wyse Nolan, hecho y derecho.

La figura alta de Long John Fanning llenaba la entrada donde estaba parado.

–Buenos días, señor Intendente de Policía, dijo Martin Cunningham, mientras todos se detenían y saludaban.

Long John Fanning no se apartó para dejarles paso. Retiró su gran puro Henry Clay decididamente y sus grandes ojos fieros inteligentemente examinaron airados todas las caras.

–¿Prosiguen los padres conscriptos sus deliberaciones de paz? dijo con suntuoso estilo acre al ayudante del secretario del Ayuntamiento.

La de Dios es Cristo estaban armando, dijo Jimmy Henry malhumoradamente, acerca de su maldita lengua irlandesa. Dónde estaba el oficial de justicia, era lo que él quería saber, para mantener el orden en la sala de sesiones. Con el viejo Barlow el macero en cama con asma, no había maza en la mesa, ni orden, ni siquiera quórum, y Hutchinson, el alcalde, en Llandudno y el pequeño Lorcan Sherlock haciendo de locum tenens por él. Maldita lengua irlandesa, lengua de nuestros abuelos.

Long John Fanning sopló un penacho de humo por entre los labios.

Martín Cunningham hablaba a intervalos, rizándose la punta de la barba, al ayudante del secretario del Ayuntamiento y al intendente de policía mientras que John Wyse Nolan guardaba silencio.

–¿A qué Dignam se refiere? preguntó Long John Fanning.

Jimmy Henry hizo una mueca y levantó el pie izquierdo.

–¡Ay, mis callos! dijo lastimeramente. Vengan para arriba por lo que más quieran a ver si me puedo sentar en algún sitio. ¡Uf? ¡Ay! ¡Cuidado!

Desabridamente se abrió camino junto al flanco de Long John Fanning y entró y subió escaleras arriba.

–Vamos para arriba, dijo Martin Cunningham al intendente de policía. No creo que usted le conociera o quizá sí, tal vez.

Junto con John Wyse Nolan Mr. Power les siguió adentro.

–Era un bendito, dijo Mr. Power a la espalda robusta de Long John Fanning ascendiendo hacia Long John Fanning en el espejo.

Algo bajito. Dignam el del despacho de Menton es el que digo, dijo Martin Cunningham.

Long John Fanning no era capaz de recordarle.

Un chacoloteo de cascos sonaba por el aire.

–¿Qué es eso? dijo Martin Cunningham.

Todos giraron sobre sus talones. John Wyse Nolan bajó de nuevo. Desde la fresca sombra de la entrada vio pasar los caballos por Parliament Street, arreos y cuartillas lustrosas centelleando a la luz del sol. Alegremente pasaron ante sus fríos ojos hostiles, no apresuradamente. En las monturas de los delanteros, los delanteros botando, cabalgaban los batidores.

–¿Qué era eso? preguntó Martin Cunningham, mientras subían escaleras arriba.

–El virrey y gobernador general de Irlanda, contestó John Wyse Nolan desde el pie de la escalera.

Mientras pisaban por la gruesa alfombra Buck Mulligan susurró detrás de su panamá a Haines:

–El hermano de Parnell. Ahí en el rincón.

Eligieron una mesita al lado de la ventana, frente a un hombre de cara alargada cuya barba y mirada caían absortas sobre un tablero de ajedrez.

–¿Es él? preguntó Haines, volviéndose en el asiento.

–Sí, dijo Mulligan. Ese es John Howard, su hermano, nuestro oficial mayor del ayuntamiento.

John Howard Pamell cambió un alfil blanco discretamente y la garra gris de nuevo subió hasta la frente donde descansó. Un instante después, bajo la pantalla de la misma, sus ojos miraron vivazmente, con brillo fantasmal, a su contrincante y cayeron de nuevo sobre el tablero de operaciones.

–Tomaré un melange, dijo Haines a la camarera.

–Dos melanges, dijo Buck Mulligan. Y tráiganos unos panecillos con mantequilla y unos pastelillos también.

Cuando se hubo ido dijo, riéndose:

–Lo llamamos C.P.D. porque sirven los más condenados pastelillos de Dublín. Ah, pero te perdiste a Dedalus con lo de Hamlet.

Haines abrió su libro recién comprado.

–Lo siento, pero Shakespeare es terreno abonado para todas las mentes que han perdido el equilibrio.

El marinero cojo gruñó a la entrada del sótano del número 14 de Nelson Street:

–Inglaterra espera … ..

El chaleco lila de Buck Mulligan se rebulló alegremente con su risa.

–Deberías verle, dijo, cuando su cuerpo pierde el equilibrio. El Aengus errante le llamo yo.

–Estoy seguro de que tiene una ideéfixe, dijo Haines, pellizcándose la barbilla reflexivamente con el pulgar y el índice. Ahora estoy especulando sobre cuál podría ser. Ese tipo de personas siempre la tienen.

Buck Mulligan se echó hacia delante sobre la mesa gravemente.

–Le sorbieron el seso, dijo, con visiones del infierno. Nunca llegará a captar la nota ática. La nota de Swinburne, de todos los poetas, la muerte blanca y el nacimiento bermejo. Ésa es su tragedia. Nunca podrá llegar a ser poeta. El gozo de crear … .

–El castigo eterno, dijo Haines, asintiendo lacónicamente. Ya veo. Le estuve tanteando esta mañana sobre creencias. Algo tenía en mente, lo vi. Es bastante interesante porque el profesor Pokorny de Viena entrevé un aspecto interesante en todo eso.

Los ojos acechantes de Buck Mulligan vieron llegar a la camarera. La ayudó a descargar la bandeja.

–No encuentra ni rastro del infierno en la antigua mitología irlandesa, dijo Haines, en medio de las reconfortantes tazas. La idea moral parece faltar, el sentido de destino, de retribución. Es bastante extraño que tenga justamente esa idea fija. ¿Escribe algo para vuestro movimiento?

Hundió dos terrones de azúcar hábilmente en la nata montada. Buck Mulligan partió un panecillo humeante en dos y embadumó con mantequilla la humosa miga. Mordió un trozo tierno hambrientamente.

–Diez años, dijo, masticando y riéndose. Va a escribir algo en diez años.

–Muy lejano parece, dijo Haines, pensativamente levantando la cuchara. Aun así, no me extrañaría que lo hiciera después de todo.

Probó una cucharada del cono cremoso de su taza.

–Ésta es auténtica crema irlandesa supongo, dijo con transigencia. No quiero que me engañen.

Elías, esquife, ligero prospecto arrugado, pasó navegando hacia el este junto a flancos de barcos y a traineras, en medio de un archipiélago de corchos, más allá de New Wapping Street por delante del transbordador de Benson, y junto a la goleta trimástil Rosevean de Bridgwater con ladrillos.

Almidano Artifoni dejó atrás Holles Street, las caballerizas de Sewell. Tras él Cashel Boyle O'Connor Fitzmaunce Tisdall Farrell, con bastonparaguasguardapolvo colgando, evitó la farola delante de la casa de Mr. Law Smith y, cruzando, caminó a lo largo de Merrion Square. Distantemente tras él un mozalbete ciego bordoneaba su camino por el tapial de College Park.

Cashel Boyle O'Connor Fitzmaunce Tisdall Farrell caminó hasta los reconfortantes escaparates de Mr. Lewis Wemer, después giró y caminó de vuelta a zancadas por Memon Square, el bastonparaguasguardapolvo colgando.

En la esquina de la casa de Wilde se detuvo, frunció el ceño al nombre de Elías que se anunciaba en Metropolitan Hall, frunció el ceño a los distantes arriates de Duke's Lawn. Su anteojo resplandeció frunciendo el ceño al sol. Enseñando dientes ratoniles masculló:

–Coactus volui.

Siguió a zancadas hacia Clare Street, rechinando palabras airadas.

Al pasar zanqueando delante del escaparate dental de Mr. Bloom el vaivén de su guardapolvo rozó bruscamente el ángulo de un delgado bastón bordoneante y avanzó incontenible hacia delante, tras haber chocado con un cuerpo sin nervio. El mozalbete ciego volvió la cara enfermiza hacia la figura que zanqueaba.

–¡Dios te confunda, dijo ásperamente, quienquiera que seas! ¡Estás más cegato que yo, hijo de la gran puta!

Enfrente del bar Ruggy O'Donohoe el señorito Patrick Aloysius Dignar, manoteando la libra y media de filetes de cerdo de casa Mangan, antes Fehrenbach, por la que había sido mandado, iba por la cálida Wicklow Street remoloneando. Era puñeteramente aburrido estar sentado en el saloncito con Mrs. Stoer y Mrs. Quigley y Mrs. MacDowell y la cortina echada y toda la gente sonándose y dando sorbitos al jerez leonado de primera que el tío Bamey había traído de Tunney. Y todos comiendo pedazos de la tarta de frutas casera, hablando por los codos todo el puñetero tiempo y suspirando.

Después de Wicklow Lane el escaparate de Madame Doyle, sombrerera de gala, le hizo detenerse. Se quedó mirando adentro a los dos boxeadores con los torsos al aire levantando los puños en posición de defensa. Desde los espejos laterales dos señoritos Dignam de luto miraban boquiabiertos silenciosamente. Myler Keogh, el favorito de Dublín, se enfrentará al sargento mayor Bennett, el magullas de Portobello, por una bolsa de cincuenta soberanos. Diantres, qué buen combate de ver. Myler Keogh, ése es el tipo que le tira el gancho el de la faja verde. Dos pavos la entrada, soldados a mitad de precio. Podría fácilmente darle el esquinazo a la vieja. El señorito Dignam a su izquierda se volvió cuando él se volvió. Ese de luto soy yo. ¿Cuándo es? El veintidós de mayo. Claro que esa puñetera función ya ha pasado. Se volvió hacia la derecha y a su derecha el señorito Dignam se volvió, la gorra torcida, el cuello vuelto para arriba. Al abrochárselo, la barbilla levantada, vio la imagen de Mane Kendall, adorable vedette, junto a los dos boxeadores. Una de esas fulanas que salen en las cajetillas de pitillos que fuma Stoer que su viejo casi le mata por una vez que lo cogió.

El señorito Dignam se bajó el cuello y siguió remoloneando. El mejor boxeador en cuanto a fuerza fue Fitzsimons. Un metido en la boca del estómago de ese tipo te manda a tomar viento fresco una semana, tío. Pero el mejor boxeador en cuanto a técnica fue Jem Corbet antes de que Fitzsimons le pusiera fuera de combate, esquivando los golpes y todo lo demás.

En Grafton Street el señorito Dignam vio una flor roja en la boca de un cursi que llevaba un elegantísimo par de calcos y escuchaba lo que el borracho le estaba contando y sonreía burlonamente todo el tiempo.

Ningún tranvía para Sandymount.

El señorito Dignam caminó por Nassau Street, se cambió los filetes de cerdo de mano. El cuello se le volvió de nuevo para arriba y se tiró de él para abajo. El puñetero pasador era demasiado pequeño para el ojal de la camisa, que se vaya a hacer puñetas. Se encontró unos escolares con carteras. No voy a ir mañana tampoco, no asistiré hasta el lunes. Se encontró a otros escolares. ¿Se dan cuenta de que voy de luto? Tío Bamey dijo que lo pondría en el periódico esta noche. Entonces lo verán todos en el periódico y leerán mi nombre impreso y el nombre de papa.

La cara se le puso toda gris en vez de estar roja como era y había una mosca que le subía hasta el ojo. El chirrido que había cuando estaban atomillando los tornillos en el ataúd: y los topetazos cuando lo bajaban por las escaleras.

Papa estaba dentro y mama lloraba en el saloncito y el tío Bamey diciéndole a los hombres cómo pasarlo por el chaflán. Un ataúd bien grande era, y alto y de aspecto pesado. ¿Cómo ocurrió? La última noche papa estaba ajumado y estaba allí de pie en el descansillo pidiendo a voces las botas para irse a Tunney a seguir bebiendo y parecía gordo y chico en camisa. No lo veré más. La muerte, es eso. Papa está muerto. Mi padre está muerto. Me dijo que fuera un buen hijo para mama. No pude oír las otras cosas que dijo pero vi cómo la lengua y los dientes intentaban decirlo mejor. Pobre papa. Ése fue Mr. Dignam, mi padre. Espero que esté en el Purgatorio ahora porque fue a confesarse con el Padre Conroy el sábado por la noche.

William Humble, conde de Dudley, y Lady Dudley, acompañados por el teniente–coronel Heseltine, salieron en coche de caballos después del almuerzo de la residencia virreinal. En el siguiente carruaje iban la honorable Mrs. Paget, Miss de Courcy y el honorable Gerald Ward edecán en servicio.

La comitiva salió por la puerta sur de Phoenix Park saludada por policías oficiosos y prosiguió por delante de Kingsbridge a lo largo de los muelles del norte. El virrey era muy cordialmente saludado a su paso por la metrópolis. En el puente de Bloody Mr. Thomas Keman al otro lado del río le saludó vanamente desde lejos. Entre los puentes de Queen y de Whitworth los carruajes virreinales de Lord Dudley pasaron sin ser saludados por Mr. Dudley White, Ldo. en Derecho, Ldo. en Letras, que estaba en Arran Quay delante del establecimiento de Mrs. M. E. White, prestamista, en la esquina de Arran Street West tocándose la nariz con el índice, indeciso sobre si llegaría más rápidamente a Phibsborough haciendo un triple cambio de tranvías o parando un coche o a pie por Smithfield, Constitution Hill y el terminal de Broadstone. En los soportales de los Juzgados Richie Goulding con la cartera de Goulding, Collis y Ward la vio con sorpresa. Pasado el puente de Richmond en los escalones de la puerta del despacho de Reuben J. Dodd, procurador, agente de la Compañía de Seguros Patriotic, una anciana a punto de entrar cambió de parecer y volviendo sobre sus pasos por los escaparates de King sonrió crédulamente al representante de Su Majestad. Desde su esclusa en el muro de Wood Quay debajo de las oficinas de Tom Devan el río Poddle sacó en vasallaje una lengua de líquido residual. Por encima de las cortinillas del hotel Ormond, oro junto a bronce, la cabeza de Miss Kennedy junto a la de Miss Douce miraron y admiraron. En Onnond Quay Mr. Dedalus, dirigiendo sus pasos del urinario a la oficina del intendente de policía, se quedó parado en mitad de la calle y se descubrió con reverencia. Su Excelencia graciosamente devolvió el cumplido a Mr. Dedalus. Desde la esquina de la imprenta Cahill el reverendo Hugh C. Love, Ldo. en Letras, hizo una reverencia desapercibida, siendo consciente de los representantes reales cuyas manos benignas habían mantenido en otros tiempos ricas prebendas. En el puente de Grattan Lenehan y M'Coy, despidiéndose el uno del otro, observaron los coches que pasaban. Pasando por delante del despacho de Roger Greene y de la gran imprenta roja de Dollard Gerty MacDowell, con cartas de linóleo de Catesby para su padre que estaba en cama, supo por el estilo que se trataba del virrey y la virreina pero no pudo ver lo que llevaba puesto Su Excelencia porque el tranvía y el carromato grande amarillo de muebles de Spring tuvieron que pararse delante de ella al tratarse del virrey. Más allá de la tabaquería Lundy Foot desde la puerta sombreada de la bodega de Kavanagh John Wyse Nolan sonrió con frialdad inadvertida hacia el virrey y gobernador general de Irlanda. El Muy Honorable William Humble, conde de Dudley, G.C.O.V., pasó por los relojes en continuo tictac de la relojería de Micky Anderson y por los maniquíes de cera a la última moda de lozanas mejillas de Henry and James, el caballero Henry, dernier cri James. Enfrente de la puerta de Dame Tom Rochford y Napias Flynn observaron que se aproximaba la comitiva. Tom Rochford, viendo los ojos de Lady Dudley fijos en él, sacó los pulgares rápidamente de los bolsillos de su chaleco burdeos y se quitó la gorra hacia ella. Una adorable vedette, la gran Marie Kendall, con mejillas repintadas y falda arremangada sonreía repintadamente desde su cartel a William Humble, conde de Dudley, y al teniente–coronel H. G. Heseltine, y también al honorable Gerald Ward edecán. Desde la ventana de la C.P.D. Buck Mulligan alegremente, y Haines gravemente, miraban abajo al séquito virreinal por encima de los hombros de entusiastas parroquianos, cuya masa de siluetas oscurecía el tablero de ajedrez sobre el que John Howard Parnell miraba absorto. En Fowne Street Dilly Dedalus, forzando la vista hacia arriba del compendio elemental de francés de Chardenal, vio parasoles extendidos y radios de ruedas que giraban en el reverbero. John Henry Merton, llenando la entrada de los Edificios Comerciales, miraba fijamente con ojos de ostras abultados del vino, al tiempo que sostenía un pesado reloj de oro de cazador que no miraba con la pesada mano izquierda que no lo sentía. Donde la pata delantera del caballo de King Billy manoteaba al aire Mrs. Breen tiró hacia atrás de su apresurado marido de debajo de los cascos de los batidores. Le gritó al oído las nuevas. Comprendiendo, se cambió los tomos al pecho izquierdo y saludó al segundo coche. El honorable Gerald Ward edecán, agradablemente sorprendido, se apresuró a contestar. En la esquina de la librería Ponsonby un jarro blanco agotado H. se detuvo y cuatro jarros blancos enchisterados se detuvieron tras él, E.LYS, mientras batidores cabriolaban por delante y carruajes. Enfrente de los almacenes de música de Pigott Mr. Denis J. Maginni, profesor de baile etc., con alegre indumentaria, caminaba gravemente, pasado de largo por un virrey e inobservado. Por el muro del rector venía airosamente Boylan Botero, pisando con zapatos color canela y calcetines con recuadros azulcelestes al compás de la canción de Mi chica es una chica de Yorkshire. Boylan Botero presentó a las frontaleras azulcelestes y al cabrioleo de los delanteros una corbata azulceleste, un canotié de ancha ala a lo chulo y un traje de estameña índigo. Sus manos en los bolsillos de la chaqueta olvidaron saludar pero ofreció a las tres damas la admiración atrevida de sus ojos y la flor roja entre los labios. Mientras circulaban por Nassau Street Su Excelencia llamó la atención de su inclinante consorte que saludaba sobre el programa de música que se estaba ofreciendo en College Park. Inadvertidos mozuelos latosos de las tierras altas de Escocia entonaban y redoblaban tras el cortejo:

Pues aunque sea moza de fábrica
Y no lleve perWá.
Rataplán.
Siento una querencia
con sabor a Yorkshire
por mi rosa de Yorkshire.
Rataplán.

Allá por el muro los corredores del cuarto de milla lisa, M. C. Green, H. Shrift, T. M. Patey, C. Scaife, J. B. Jeffs, G. N. Morphy, F. Stevenson, C. Adderly y W. C. Huggard salieron de estampida. A zancadas por delante del hotel Finn Cashel Boyle O'Connor Fitzmaunce Tisdall Farrell miraba fijamente a través de un fiero anteojo por entre los carruajes a la cabeza de Mr. M. E. Solomons en la ventana del viceconsulado austrohúngaro. En las profundidades de Leinster Street al lado de la potema del Trinity un leal súbdito del rey, Homblower el Matamoros, se tocó la gorra de azuzador. Mientras los lustrosos caballos cabriolaban por Memon Square el señorito Patrick Aloysius Dignam, a la espera, vio que saludaban al caballero de la chistera y se levantó él también la gorra negra nueva con los dedos pringados del papel de los filetes de cerdo. El cuello también se le levantó. El virrey, camino de la inauguración de la feria del Mirus para recaudar fondos para el hospital Mercer, circulaba con su cortejo hacia Lower Mount Street. Pasó a un mozalbete ciego enfrente de la frutería Broadbent. En Lower Mount Street un viandante con gabardina marrón, comiendo pan seco, cruzó velozmente e ileso por delante del itinerario del virrey. En el puente del Royal Canal, desde su valla publicitaria, Mr. Eugene Stratton, con labios hinchados sonriendo, daba a todos los asistentes la bienvenida al pueblo de Pembroke. En la esquina de Haddington Road dos mujeres enarenadas se detuvieron, un paraguas y un bolso en el que rodaban once veneras para ver con asombro al alcalde con la alcaldesa sin la cadena de oro de él. En Northumberland Road y Lansdowne Road Su Excelencia contestó con diligencia a los saludos de escasos paseantes masculinos, al saludo de dos pequeños escolares en la cancilla del jardín de la casa que se decía había admirado la difunta reina al visitar la capital irlandesa con su esposo, el príncipe consorte, en 1849 y al saludo de los gruesos pantalones de Almidano Artifoni tragados por una puerta que se cerraba.