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Apuró hasta el fondo la tercera taza de té aguado y se dedicó a roer las cortezas de pan frito que yacían

diseminadas alrededor, mientras contemplaba fijamente el negro hoyo del tarro. El unto amarillento había

sido excavado en él formando cómo un hoyo en tierra pantanosa; la contemplación de aquella sima le trajo

a la memoria el recuerdo del agua terrosa y oscura que había en el baño de Clongowes. Una caja,

recientemente revuelta, de papeletas de empeño, yacía junto a su brazo; fue cogiendo mecánicamente con

sus dedos manchados de grasa aquellos papelitos, blancos y azules, llenos de dobleces y de arena, mal garrapateados

con la firma de un prestamista: Daly o Mac Evoy.

1 par de borceguíes.

1 abrigo.

3 varios y blanca.

1 pantalones caballero.

Después los puso a un lado y se quedó contemplando pensativamente la tapa de la caja, manchada con

huellas de insectos; y, por fin, preguntó indiferentemente:

––¿Cuánto adelanta ahora el reloj?

Su madre enderezó el destartalado despertador que yacía tumbado sobre la repisa de la chimenea, hasta

que se pudo ver la esfera que señalaba las doce menos cuarto, y luego lo volvió a colocar como antes.

––Una hora y veinticinco minutos ––contestó––. Date prisa, por Dios, si quieres llegar a tiempo a clase.

––Que me llenen la palangana para lavarme.

––Katey, prepara la palangana para que se lave Stephen.

––Boody, prepara la palangana para que se lave Stephen.

––No puedo. Tengo que ir por añil. Prepárala tú, Maggy.

Por fin colocaron una jofaina esmaltada en el hueco del vertedero, en unión de un guante viejo de baño, y

Stephen dejó que su madre le restregara bien el cuello, y le escarbara entre los repliegues de las orejas y en

los huecos de la nariz.

––Es verdaderamente un caso lastimoso ––dijo la madre–– el de todo un estudiante de universidad, tan

sucio, que su madre le tiene que lavar.

––Pero, ¡si te gusta! ––contestó tranquilamente Stephen.

Un silbido desgarrante sonó en el piso de arriba, y la madre de Stephen le puso en las manos a toda prisa

un mandil húmedo, diciendo:

––Sécate y vete más que a paso, por el amor de Dios.

Un segundo silbido prolongado por la cólera, hizo que una de las muchachas se asomara al pie de la

escalera.

––¿Qué quiere, padre?

––¿Se ha ido por fin ese marmota de tu hermano?

––Sí, padre.

––¿De verdad?

––Sí, padre.

––¡Jem!

La muchacha volvió haciéndole señas para que se diera prisa y saliese sin hacer ruido por la puerta de

atrás. Stephen se echó a reír y dijo:

––¡Sí que tiene una buena idea de los géneros si piensa que marmota es masculino!

––Es una vergüenza y un bochorno, Stephen, y ya llorarás el día en que pusiste los pies en tal sitio. Bien

se te ve cómo te me han cambiado allí.

––Adiós a todo el mundo ––dijo Stephen sonriendo y besándose las puntas de los dedos como despedida.

La callejuela a la espalda de la terraza estaba llena de agua y para bajar por ella tuvo que ir fijándose

dónde pisaba y poniendo los pies sobre los montones de basura húmeda. Una monja chillaba al otro lado

del muro en el manicomio para religiosas.

––¡Jesús! ¡Ay, Jesús! ¡jesús!

Sacudió, molesto, la cabeza para arrojar de sus oídos aquellas voces, y se apresuró a tropezones por entre

la basura corrompida. El silbido de su padre, las reconvenciones de su madre, los alaridos de la loca oculta

tras la pared, eran otras tantas voces que herían y trataban de abatir el orgullo de su juventud. Arrojó de su

corazón, maldiciéndolos, hasta los ecos de aquellas voces. Pero cuando comenzó a bajar por la avenida y

vio cómo descendía en torno a él la luz gris y mañanera filtrada a través de los árboles goteantes, cuando

percibió el olor selvático y extraño de las hojas y de las cortezas húmedas, entonces su alma se sintió libre

de todas sus miserias.

Los árboles cargados de lluvia de la avenida le evocaban, como siempre, un recuerdo de las muchachas y

las mujeres de las obras de Gerhart Hauptmann, las pálidas tristezas de estos seres y la fragancia que caía

de las hojas húmedas se le mezclaban en una espcie de reposada alegría. Su paseo matinal a través de la

ciudad había comenzado y ahora sabía ya de antemano que al pasar por los pantanos de Fairview había de

pensar en la prosa claustral y veteada de plata de Newman; que al pasear lanzando miradas ociosas a los

escaparates de las tiendas de comestibles, a lo largo de North Strand Road, se había de acordar del sombrío

humor de Guido Cavalcanti y sonreír después; que al pasar por los talleres de los tallistas en la plaza de

Talbot, el espíritu de Ibsen le traspasaría como un viento agudo, como un hálito de belleza indomable y

juvenil; que al cruzar frente al tenducho de un comerciante en artículos navales, al otro lado del Liffey,

había de repetir la canción de Ben Jonson, que comienza:

No más cansado estaba do yacía...

Cuando se le cansaba la mente de rebuscar la esencia de la belleza entre las obras espectrales de

Aristóteles o del de Aquino, se volvía a menudo en busca de placer a las canciones de los poetas de la

época de Isabel. Su espíritu, como un monje escéptico, gustaba de detenerse en la sombra bajo los

ventanales de aquella época, para oír la grave y burlona música de los tañedores de laúd o las sonoras

carcajadas de las mozas del partido, hasta que una risotada demasiado plebeya o una frase oxidada por el

tiempo, llena de un pundonor añejo y falso, herían su orgullo monástico y le hacían apartarse de su

escondite.

Toda aquella ciencia con la que suponían que él llenaba sus horas y que le había apartado de sus

camaradas de juventud, se reducía a un almacén de máximas de la poética y la psicología de Aristóteles y a

una Synopsis Philosophiae Scholasticae ad mentem divi Thomae. Su pensamiento era como un crepúsculo

de duda y de desconfianza propia, alumbrado acá y allá por los relámpagos de la intuición, pero relámpagos

de tan diáfana claridad, que en aquellos instantes el mundo se deshacía bajo sus pies, como si hubiera sido

consumido por el fuego; después su lengua se anudaba y sus ojos permanecían mudos ante las miradas de

los demás, porque se sentía envuelto como en un manto en el espíritu de la belleza y en contacto, aunque

sólo fuera en sueños, con todo lo noble. Pero cuando le abandonaban estos breves raptos de silencioso

orgullo, se sentía contento de hallarse entre las otras vidas vulgares, de seguir su camino impávido y con

alegre corazón a través de la miseria, el bullicio y la indolencia de la ciudad.

Cerca de la empalizada del canal se cruzó con el tísico de la cara de muñeco y el sombrero sin alas, que

muy abrochado en su abrigo color chocolate, bajaba por la rampa del puente empuñando la enrollada

sombrilla a poca distancia de su cuerpo, como si fuera la varilla de un adivino. Deben de ser las once,

pensó, y echó un vistazo en una lechería para ver la hora. El reloj de la lechería le dijo que eran las cinco

menos cinco, pero, al volverse, la campana de un reloj invisible, pero cercano, dio once golpes apresurados,

precisos. Se rió al oírlos porque le hicieron acordarse de Mc Cann y hasta vio la silueta del propagandista

que, encogido dentro de una chaqueta de caza y con pantalones de montar y perilla rubia, parado al viento

en la esquina de Hopkins, le decía:

––Dédalus, usted es un ser antisocial, un ser envuelto en su propio egoísmo. Yo no. Yo soy demócrata y

he de trabajar en favor de la libertad social y de la igualdad de clases y de sexos en los Estados Unidos de la

Europa futura.

¡Las once! ¡Ya era también hoy tarde para clase! ¿Qué día de la semana era? Se paró ante un puesto de

periódicos para leer la primera línea de un anuncio. Jueves. De diez a once, inglés; de once a doce, francés;

de doce a una, física. Se imaginó la clase de inglés y se sintió, aun a distancia, descompuesto y deprimido.

Veía las cabezas de sus compañeros inclinadas dolientemente mientras escribían en sus cuadernos los

puntos que les recomendaban anotar: definiciones nominales, definiciones esenciales, ejemplos, fechas de

nacimiento y de muerte, con las críticas favorables y adversas contrapuestas a dos columnas. Pero su

cabeza no se inclinaba porque sus pensamientos erraban lejos, y lo mismo si miraba a sus compañeros de

clase, que al jardín desolado que por las ventanas se veía, le sobrevenía una sensación de olor a humedad

triste de cueva, a vejez. Además de la suya había otra cabeza, allá, delante, en los primeros bancos, que se

levantaba, rígida sobre las otras inclinadas de sus compañeros, como la de un sacerdote que rogase

orgullosamente ante el tabernáculo en favor de los humildes fieles prosternados en torno de él. ¿Cómo era

que cuando pensaba en Cranley nunca podía evocar la imagen de todo su cuerpo, sino sólo la de su cabeza

y cara? Aun ahora, le veía delante de él, contra la gris cortina de la mañana, como un fantasma de una

pesadilla que sólo consistiera en una cabeza decapitada o en una mascarilla mortuoria, coronadas por un

pelo recio, negro y erizado como una corona de hierro. Era una cara de sacerdote, de sacerdote por su

palidez, por las anchas ventanas de la nariz, por los matices de sombra de las ojeras y las mandíbulas, por

aquella sonrisa tenue que erraba sobre los labios anchos y descoloridos. Y Stephen, al recordar cómo le

había él contado a Cranley todos los tumultos y las inquietudes y los anhelos de su alma para no recibir más

respuesta que el silencio atento de su amigo, se hubiera dicho ahora que aquella cara era como la de un

sacerdote culpable que escuchara la confesión de aquellos a los cuales no tenía la facultad de absolver... se

lo hubiera dicho, a no sentir de pronto otra vez en la memoria la mirada fija de sus ojos negros y femeninos.

A través de esta mirada, se le abrió una extraña y oscura caverna de meditaciones, pero la apartó de su

mente comprendiendo que no era todavía hora de entrar en ella. Mas la indiferencia de su amigo parecía

estarse difundiendo por el aire como un narcótico, como un vaho tenue y mortal. Y se encontró, de pronto,

mirando las palabras casuales que a su derecha o a su izquierda surgían, y estúpidamente maravillado de

que se hubieran desposeído en silencio de todo sentido actual, de tal modo, que hasta el más insignificante

letrero de tienda llegaba a aprisionar su espíritu como si se tratase de las palabras de un ensalmo; y el alma

se le iba arrugando, suspirante de puro vieja, mientras avanzaba por aquella callejuela entre montones de

lenguaje muerto. Su propia conciencia del lenguaje estaba refluyendo de su cerebro y condensándose en

simples palabras que se ponían a enlazarse y desenlazarse con ritmos traviesos:

La yedra llora en la pared,
llora y se azora en la pared,
yedra amarilla en la pared,
yedra, la yedra en la pared.

¿Quién había oído jamás despropósito semejante? ¡Dios del cielo! ¿Quién había visto nunca una yedra

que llorase en la pared? Yedra amarilla... bueno, eso estaba bien. O marfil amarillo también podía haber

sido. Pero, ¿y yedra de marfil?

La palabra le brillaba ahora en el cerebro, más clara y más resplandeciente que todo marfil extraído de

los veteados colmillos de los elefantes. Ivory, ivoire, avorio, ebur. Uno de los primeros ejemplos que se

había aprendido en latín, había sido: India mittit ebur; y se acordaba de la astuta cara del rector que le había

enseñado a traducir las Metamorfosis de Ovidio en un inglés pulido en el cual disonaba curiosamente la

mención de porqueros, cascos de alfarería y lomos de cerdo. Lo poco que sabía de las leyes del verso latino

lo había aprendido de un libro desgualdramillado escrito por un clérigo portugués.

Contrahit orator, variant in carmine vates.

Las crisis, las victorias y las luchas civiles de Roma le habían sido transmitidas en aquella retahíla: in

tanto discrimine, y había tratado de formarse una idea de la vida social de la ciudad de las ciudades a través

de las palabras implere ollam denariorum, que el rector pronunciaba sonoramente como si estuviese

llenando una olla de denarios. Las páginas de su traído y llevado Horacio, nunca estaban frías al tacto

aunque sus propios dedos lo estuviesen: ¡páginas llenas de humanidad que habían sido pasadas cincuenta

años antes por los dedos cálidos de John Duncan Inverarity y de su hermano William Malcolm Inverarity!

Sí, que aquellos venerables nombres escritos en la amarillenta hoja primera, y aquellos versos patinados por

los siglos, conservaban, hasta para un latinista tan deficiente como él, una fragancia como si hubieran

estado guardados todos aquellos años entre mirto, verbena y espliego. Pero le hería el pensar que él no

había de ser nunca más que un invitado retraído en medio del banquete de la cultura del mundo y que

aquella erudición conventual de la cual se estaba esforzando en extraer una filosofía estética no tenía más

valor en los tiempos en que vivía que el que podían tener los sutiles y extraños léxicos de la halconería o la

heráldica.

La masa gris del edificio de Trinity yacía a su izquierda, incrustada pesadamente en medio de la

ignorancia de la ciudad como una piedra mate en una sortija maciza. Aquella masa le deprimía y, tratando

de huir de ella para libertar sus pies de las cadenas de la conciencia reformada, fue a dar con la estatua

ridícula del poeta nacional de Irlanda.

La contempló sin cólera. Porque aquella estatua parecía descubrir humildemente su indignidad a través

de la invisible carcoma de laxitud que se deslizaba desde los pies pesados, por los pliegues del manto, hasta

la cabeza servil. Era un Filborg bajo el manto postizo de un milesio. Se acordó de su amigo Davin, «el

estudiante cazurro». Era el nombre que le solía dar en broma y que el otro soportaba jovialmente:

––No importa, Stevie. Tú mismo dices que tengo la cabeza dura. Puedes llamarme lo que te dé la gana.

Desde la primera vez que oyó en labios de su amigo esta variante familiar de su nombre de pila, Stephen

gustó de ella, acostumbrado como estaba a que los otros usaran con él en la conversación las mismas

formas ceremoniosas que él empleaba para con ellos. A menudo, sentado en el cuarto de Davin en

Grantham Street, mientras contemplaba la fila de las botas sólidas de su amigo, alineadas junto a la pared, y

mientras recitaba para las simples orejas de éste versos y cadencias ajenos, tras los cuales latían el propio

anhelar y la melancolía propia, la ruda mentalidad del descendiente de la antigua raza de Filborg le había

atraído para repelerle en seguida; le atraía por su innata y reposada cortesía al escucharle o por un giro raro

de inglés arcaico, tal vez por su gusto de los rudos ejercicios de destreza corporal (Davin había sido

discípulo de Michael Cusack, el Celta); pero le repelía de pronto por la rudeza de su inteligencia, por sus

sentimientos embotados, por aquella sombría mirada de terror que había en sus ojos, como el terror de un

famélico poblado de Irlanda donde el cubrefuego fuera aún uno de los espantos de la noche.

Junto con el recuerdo de las proezas de su tío Mat Davin, el atleta, aquel joven campesino cultivaba la

adoración de la dolorosa leyenda de Irlanda. Los otros compañeros, en su deseo de prestar relieve a

cualquier incidente de la monótona vida del colegio universitario, le consideraban en sus charlas como un

prototipo del verdadero feniano. Su nodriza le había enseñado el irlandés y había modelado su ruda

imaginación a los dispersos resplandores de los mitos de Irlanda. Ante aquellos mitos a los cuales jamás

mente de individuo humano había añadido ni una sola línea de belleza, ante las informes leyendas que se

iban subdividiendo al avanzar de los ciclos, guardaba él la misma actitud que ante la Iglesia católica

romana, la actitud de un siervo leal y corto de alcances. Cualquier idea, cualquier sentimiento que viniera

de Inglaterra o a través de la cultura inglesa, chocaba contra su alma, armada y atenta a su consigna; y del

mundo que yacía más allá de Inglaterra, no conocía más que la legión extranjera de Francia, en la cual

pensaba inscribirse.

Stephen solía llamar a su amigo «el pato casero», refiriéndose a la vez a este deseo de su joven camarada

y a su tardo espíritu. Y había en el apodo una punta de ira contra aquella desgana para la palabra y la acción

que su amigo tenía, y que era lo que separaba el espíritu de Stephen, ávido de especulación, de las latentes

maneras de la vida irlandesa.

Una noche, aguijoneado por el lenguaje violento y atrevido en el que Stephen se refugiaba para huir del

frío silencio de su estado de protesta intelectual, su rústico compañero había evocado ante su imaginación

una visión extraña. Iban los dos andando lentamente hacia el cuarto de Davin, a través de las callejuelas

sombrías del miserable barrio de los judíos.

––El otoño pasado, cuando estaba ya entrado el invierno, me ocurrió una cosa, Stevie, que no se la he

dicho a persona viviente, y tú eres el primero a quien se la cuento. No me acuerdo si era por octubre o por

noviembre. Pero era por octubre, porque fue antes de que viniera aquí para matricularme.

Stephen había vuelto sonriendo los ojos hacia el rostro de su amigo, halagado por su confianza y movido

a simpatías por el sencillo acento del narrador.

––Había estado todo el día fuera de mi pueblo para ver un partido de húrley entre el equipo de los mozos

de Croke y el de los «Sin Miedo», de Thurles. ¡Dios, Stevie, qué partido más duro que fue! A mi primo

hermano Fonsy Davin, me le dejaron en cueros vivos defendiendo la meta de los de Limerick, pero aún

estuvo atacando con los delanteros la mitad del tiempo y berreando como loco. Nunca me olvidaré dé aquel

día. Uno de los de Croke le dio un golpazo tremendo con la garrota de juego, y en Dios y en mi alma que

estuvo a ras de un pelo de cogerle por medio de la sien. Dios de Dios, que si le da de lleno, no necesita más.

––Me alegro de que librara con bien ––interrumpió riendo Stephen––, pero seguramente ésa no es la

extraña aventura que te ocurrió.

––Bueno, ya sé que eso no te importará. Pero es que se levantó tal alboroto después del partido, que perdí

el tren para volver a casa y no encontré ni un mal carro que me pudiera servir de ayuda, porque por mi mala

suerte, aquel día había una función religiosa en Castletownroche, y todos los vehículos de la región estaban

en ella. Conque, me pongo a caminar, y yo sigue que te sigue adelante, y la noche que ya venía encima,

cuando llego a las colinas de Ballyhoura, a más de diez millas de Kilmallock, que desde allí hay una

carretera larga y deshabitada. No veías allí, a todo lo largo del camino, ni huellas de una casa de cristianos,

ni se oía un solo ruido. Estaba ya casi oscuro como boca de lobo. Una o dos veces me detuve al resguardo

de un arbusto para encender la pipa, y a no ser porque el suelo estaba cubierto de rocío, me hubiera

tumbado allí mismo a dormir. Por último, tras una revuelta del camino, divisé una casa con una ventana

encendida. Me acerqué y llamé a la puerta. Una voz contestó preguntando quién era, a lo que respondí que

había estado en el partido en Buttevant, que regresaba a pie a casa y agradecería que me diesen un vaso de

agua. Al cabo de un rato, se abrió la puerta y apareció una mujer joven que me traía un gran jarro de leche.

Estaba a medio vestir, como si se estuviera preparando para ir a acostarse al tiempo de mi llamada; tenía el

pelo suelto y por su aspecto y un no sé qué en el mirar de los ojos, deduje que estaba preñada. Me retuvo un

rato charlando a la puerta, y se me hizo extraño porque tenía el pecho y los hombros desnudos. Me

preguntó si estaba cansado y si no querría pasar la noche allí. Y añadió que estaba sola, pues su marido se

había ido aquella mañana a Queenstown acompañando a una hermana suya hasta dejarla en el tren. Y

mientras hablaba, Stevie, tenía la mirada fija en mi rostro y tan cerca de mí que podía sentir su aliento.

Cuando, por último, le devolví el jarro, me tomó de la mano tirando de mí hacia adentro, y dijo: Entre y

pase aquí la noche. No tiene usted por qué tener miedo. No hay nadie más que nosotros dos... No entré,

Stevie. Le di las gracias y seguí caminando adelante, abrasado como de calentura. Al primer recodo, volví

la vista atrás y la vi todavía de pie a la puerta.

Las últimas palabras de la narración de Davin se le quedaron cantando a Stephen en la memoria. La

figura de aquella mujer se le destacaba, reflejada por las de aquellas aldeanas que había visto a las puertas

de sus casas en Clane al pasar en los coches del colegio. Aquella figura se le representaba como un símbolo

de la raza de ella, que era también la de él; como un alma de murciélago en la cual entre silencio, tinieblas

y soledad, la conciencia se despertara de su sopor para atraer a un extraño al lecho propio por medio de los

ademanes y las palabras de una mujer sin malicia.

Sintió que una mano se posaba sobre su brazo mientras una voz juvenil exclamaba:

––Ande, señorito, cómprele el primer ramo a su niña para que se estrene. Mire qué bonito es. Ande,

señorito.

Las flores azules que la muchacha le presentaba y el azul de sus ojos le parecieron en aquel instante un

símbolo de inocencia, hasta que la imagen se hubo desvanecido y sólo vio los harapos, el pelo húmedo y

áspero y la cara desvergonzada de la moza.

––¡Ande, señorito! ¡No le haga usted un feo a su chiquilla!

––No tengo dinero ––dijo Stephen.

––¡Cómpreme éstas tan bonitas, ande! ¡Sólo un penique!

––¿Ha oído usted lo que le he dicho? ––interrumpió Stephen inclinándose hacia ella––. Le he dicho que

no tengo dinero. Y se lo repito ahora otra vez.

––Pues ya lo tendrá usted, si Dios quiere, algún día, señorito.

––Puede ser ––contestó Stephen––, pero no me parece probable.

Se apartó bruscamente de ella, temeroso de que de la familiaridad pasase a las burlas y deseando

desaparecer antes de verle ofrecer su mercancía a otra persona, a un turista inglés o a un estudiante de

Trinity. La calle por donde caminaba, Grafton Street, prolongaba aquella sensación de desalentada pobreza.

Al extremo de la calle había una placa dedicada a la memoria de Wolfe Tone. Le vino a la memoria el

haber asistido con su padre a la colocación de ella. Y evocaba con amargura el oropel chillón de la

ceremonia. Había cuatro delegados franceses subidos en una camioneta y uno de ellos, un joven rollizo y

sonriente, sostenía un palo, al extremo del cual había un cartel con este letrero: Vive l'Irlande!

Los árboles del Stephen's Green estaban fragantes y cargados de lluvia y la tierra empapada exhalaba su

olor mortal: como un incienso vago que ascendiera a través del mantillo de muchos corazones humanos.

Era el alma de la ciudad galante y venal, de la que sus mayores le habían hablado, reducida por el

transcurso del tiempo a aquel vago olor funeral que subía de la tierra. Iba a entrar en el sombrío edificio del

colegio, y entonces comprendió que en cuanto entrara notaría la sensación de otra podredumbre bien

distinta de la de Buck Egan y Burnchapel Whaley.

Era demasiado tarde para subir a clase de francés. Cruzó el vestíbulo y tomó el corredor a mano derecha

que conducía al anfiteatro de física. El corredor estaba oscuro y silencioso, pero una presencia invisible

parecía espiar en él. ¿Por qué sentía esta sensación? ¿Era porque sabía que en tiempos de Buck Whaley

había habido allí una escalera secreta? ¿O era quizás porque la casa de los jesuitas gozaba de extraterritorialidad

y se sentía uno como entre extraños al andar por ella? La Irlanda de Tone y de Parnell parecía

haber retrocedido en el espacio.

Abrió la puerta del anfiteatro y se detuvo a la luz friolenta y gris que pugnaba por entrar a través de las

ventanas cubiertas de polvo. Una persona estaba en cuclillas delante del hogar de la gran chimenea y a

causa de su delgadez y de su color desvaído comprendió que era el decano de estudios que trataba de

encender la chimenea. Stephen cerró la puerta silenciosamente y se aproximó a él.

––Buenos días, señor. ¿Le puedo servir de ayuda?

El religioso levantó prestamente la vista y dijo:

––Un momento solo, señor Dédalus, y ya verá usted. Hay un arte de encender la lumbre. Tenemos artes

liberales y artes útiles. Ésta es una de las artes útiles.

––Procuraré aprenderla ––dijo Stephen.

––No hay que poner demasiado carbón ––continuó el decano, mientras trabajaba briosamente en su

tarea––, ése es uno de los secretos.

Sacó cuatro cabos de vela de los bolsillos de la sotana y los colocó hábilmente entre los carbones y los

papeles apelotonados. Stephen le observaba en silencio. Arrodillado así frente al hogar, atareado en

encender aquellos cabos de vela y trozos de papel, el religioso parecía más que nunca un siervo humilde

que preparase el ara del sacrificio en un templo vacío, un levita del Señor. La sotana pardeante y raída

envolvía como la túnica de hilo de una levita su figura arrodillada, a la que sin duda hubieran servido de

molestia y cansancio los suntuosos trajes de ceremonia y el efod orlado de campanillas. Hasta su mismo

cuerpo había envejecido en el servicio humilde del Señor ––atender al fuego del altar, ser receptor de

noticias secretas, velar por los mundanos, sacudir prestos zurriagazos, si tal era la consigna––, y sin

embargo, había permanecido ajeno a toda huella de santidad, a todo signo de belleza prelaticia. Más aún, su

misma alma había envejecido en tal servicio sin aproximarse hacia la luz y la belleza, sin exhalar el más

mínimo hálito de santidad, con voluntad doblegada, insensible en su propia obediencia, del mismo modo

que su cuerpo añoso, frugal y recio, cubierto de una peluca gris, plateada en las puntas, era también insensible

a todo ímpetu de lucha o de amor.

El decano permanecía en cuclillas contemplando cómo el fuego tomaba incremento en la madera.

Stephen, para romper el silencio, dijo:

––De fijo que yo no sabría encender fuego.

––Usted es un artista, ¿no es verdad?, señor Dédalus ––dijo el decano levantando la cara y guiñando los

ojos descoloridos––. El fin del artista es la creación de lo bello. Qué sea lo bello, eso es ya otra cuestión.

Ante esta dificultad, el decano se frotó fríamente, lentamente, las manos.

––¿Qué? ¿Me puede usted resolver esta cuestión?

––Aquino ––contestó Stephen–– dice Pulcra sunt quae visa placent.

––Este fuego que tenemos delante ––objetó el decano–– agrada a los ojos. ¿Será según eso bello?

––En tanto que es percibido con la vista, la cual supongo significa aquí intelección estética, será bello.

Pero Aquino dice también Bonum est in quo tendit appetitus. El fuego es bueno en cuanto satisface la

necesidad animal de calor. En el infierno es, sin embargo, un mal.

––Exactamente ––dijo el decano––. Ha puesto usted el dedo en la llaga.

Se levantó ágilmente, abrió la puerta y continuó:

––Una corriente de aire dicen que ayuda mucho en estos casos.

Mientras volvía a la chimenea, cojeando ligeramente, pero con paso vivo, Stephen pudo ver cómo el

alma callada del jesuita le contemplaba desde el fondo de sus ojos pálidos y desjmorados. Era cojo como

Ignacio, pero en sus ojos no había ni una centella del entusiasmo ignaciano. Ni aun siquiera había

encendido su alma con la llama de la energía apostólica aquella astucia legendaria de la Compañía, más

sutil y más recatada que los libros de la ciencia sutil y misteriosa. Parecía como si usase los ardides, el

saber y las astucias del mundo a la mayor gloria de Dios, pero forzado a hacerlo, sin la alegría de poseerlos,

sin aborrecer tampoco aquello de malo que había en ellos, sino simplemente replegándolos sobre ellos

mismos con un gesto firme y servil, y sin que, a pesar de toda esta servidumbre silenciosa, pareciera tener

la más mínima cantidad de amor a su amo y sintiendo a lo más una cantidad muy pequeña de cariño a los

fines que servía. Similiter atque senis baculus: era lo que su fundador había querido que fuese, un bastón en

manos de un anciano, un bastón que sirve para apoyarse en él en el camino, a la caída de la noche o en medio

del temporal, o para yacer junto al ramillete de flores de una dama sobre un banco del jardín, o para ser

esgrimido en amenaza.

El decano regresó a la chimenea y comenzó a golpearse la barbilla.

––¿Cuándo vamos a tener algo de usted sobre los problemas estéticos?

––¿Algo mío? ––contestó Stephen asombrado––. Tropiezo con una idea una vez cada quince días y eso si

estoy de buenas.

––Esas cuestiones son muy profundas, míster Dédalus ––dijo el decano––. Es como mirar hacia el

abismo desde la escarpa de Moher. Algunos penetran en lo profundo para no volver a salir. Sólo buzos bien

adiestrados pueden sumergirse en esas profundidades, explorarlas y volver a salir a la superficie de nuevo.

––Si es a la especulación a lo que se refiere usted, señor ––dijo Stephen––, yo estoy también seguro de

que no hay tal pensamiento libre puesto que todo pensamiento está limitado por sus propias leyes.

––¡Ah!

––Para lo que me propongo, puedo seguir trabajando al presente a la luz de una o dos ideas de Aristóteles

y de Santo Tomás de Aquino.

––¡Ya! Comprendo perfectamente su idea.

––Me hacen falta para mi propio uso y guía sólo hasta que haya logrado algo por mí mismo a la luz de

ellas. Si la lámpara humea o da tufo, procuraré despabilarla. Si no da bastante luz, la venderé y compraré

otra.

––Epicteto tenía también una lámpara ––dijo el decano––, que fue vendida por un precio exorbitante

después de su muerte. Era la lámpara a cuya luz había escrito sus disertaciones filosóficas. ¿Conoce usted a

Epicteto?

––Un señor antiguo ––contestó rudamente Stephen–– que dijo que el alma era muy parecida a un cubo de

agua.

––Epicteto nos cuenta, con aquella lisa manera suya ––continuó el decano––, que una vez había puesto

una lámpara de hierro delante de uno de los dioses y que un ladrón robó la lámpara. ¿Qué hizo el filósofo?

Reflexionó que era connatural en un ladrón el robar y decidió comprar al día siguiente una lámpara de

arcilla en lugar de la lámpara de hierro.

Un olor a sebo fundido subía en aquel momento de los cabos de vela del decano, y se le fundía en la

mente a Stephen con el sonido de las palabras: cubo y lámpara, lámpara y cubo. La mente de Stephen se

detuvo instintivamente, inmovilizada por el extraño tono, por el juego de metáforas y por la cara del

sacerdote, que parecía una lámpara apagada o un reflector desenfocado. ¿Qué era lo que había oculto detrás

de ella? ¿Un sombrío letargo espiritual o la negrura de la nube tempestuosa, cargada de intelección y capaz

de las profundidades sombrías de Dios?

––Quiero decir otra clase de lámpara, señor.

––Indudablemente ––contestó el decano.

––Una: dificultad en las discusiones estéticas ––dijo Stephen––, es el saber si las palabras que estamos

usando lo están siendo con arreglo a la tradición literaria o según el uso común de la vida. Me acuerdo de

un pasaje de Newman, en el cual dice que la Santísima Virgen estaba entretenida en compañía de todos los

santos. Pero la palabra en el uso diario tiene también otro sentido distinto. Espero que no le estaré

entreteniendo a usted.

––De ningún modo ––dijo el decano cortésmente.

––No, no ––dijo sonriendo Stephen––, si quiero decir...

––Sí, sí ––dijo el decano con presteza––; comprendo perfectamente: entretener.

Avanzó la mandíbula inferior y dejó escapar una tos seca y breve.

––Para volver a la lámpara ––dijo––, el alimentarla es también un lindo problema. Tiene usted qué

escoger aceite limpio y tener cuidado de no llenarla demasiado, de no verter en el embudo más de lo que

pueda contener.

––¿Qué embudo? ––preguntó Stephen.

––El embudo por el cual vierte usted el aceite en la lámpara.

––¿Sí? ¿Se llama eso un embudo? ¿No se llama envás?

––¿Qué es un envás?

––Eso. El... embudo.

––¿Pero se llama envás en Irlanda? ––preguntó el decano––. No he oído en mi vida semejante palabra.

––Pues lo llaman así en el Bajo Drumcondra, donde hablan el inglés más puro ––contestó Stephen.

––¡Envás! ––dijo el decano pensativo––. Es muy interesante. He de buscar esa palabra. Vaya si la he de

buscar.

Las palabras corteses del decano sonaban un poquito a falso, y Stephen contemplaba al converso inglés

con los mismos ojos con los que el hermano mayor de la parábola habría contemplado al pródigo. ¡Pobre

inglés en Irlanda, pobre seguidor de una oleada de clamorosas conversiones! Parecía haber entrado en el

escenario de la historia jesuítica, cuando estaba casi acabando la extraordinaria farsa de intrigas, y

sufrimiento, y envidia e indignidad. Era un allegado de última hora, un espíritu tardío. ¿De dónde había

partido? Tal vez había nacido y sido educado entre rígidos disidentes, que esperaban la salvación tan sólo

de Jesús, y aborrecían las vanas pompas de la iglesia constituida. ¿Había sentido la necesidad de una fe

independiente del juicio individual, viéndose entre el caos de las sectas y la jerga cismática de los fieles de

los seis principios, de los independientes, de los baptistas de la semilla y la serpiente, y de los dogmáticos

supralapsarios? ¿Había encontrado la verdadera iglesia después de haber seguido hasta su término un hilo

sutil de raciocinio sobre la insuflación o la imposición de manos, o la procesión del Espíritu Santo? ¿0 le

había tocado Nuestro Señor y mandado que le siguiera, como a aquel discípulo que estaba sentado junto al

banco de los tributos, al estar él sentado cerca de la puerta de alguna capilla techada de zinc, bostezando y

contando sus denarios?

El decano repitió otra vez la palabra.

––¡Envás! ¡Caramba si es interesante!

––La pregunta que me hacía usted hace un momento me parece interesante. ¿Qué es esa belleza que el

artista se esfuerza por expresar, sacándola de la materia de arcilla? ––dijo fríamente Stephen.

La palabreja en la que diferían parecía habérsele convertido en la punta aguda de un florete de

sensibilidad, esgrimido contra aquel su cortés y vigilante adversario. Y sintió como una punzada de

desánimo al descubrir que aquel hombre con el que estaba hablando, era un compatriota de Ben Jonson.

Pensaba:

––El lenguaje en que estamos hablando ha sido suyo antes que mío. ¡Qué diferentes resultan las palabras

hogar, Cristo, cerveza, maestro, en mis labios y en los suyos! Yo no puedo pronunciar o escribir esas

palabras sin sentir una sensación de desasosiego. Su idioma, tan familiar y tan extraño, será siempre para

mí un lenguaje adquirido. Yo no he creado esas palabras, ni las he puesto en uso. Mi voz se revuelve para

defenderse de ellas. Mi alma se angustia entre las tinieblas del idioma de este hombre.

»Y el distinguir ––añadió el decano–– entre lo bello y lo sublime, y el distinguir entre la belleza material

y la belleza moral. Y el investigar qué especie de belleza es la que está más cercana de cada una de las

diversas artes. He aquí algunos temas interesantes que habría que tratar.

Descorazonado súbitamente por el tono seco y firme del decano, Stephen permaneció sin decir nada. Y a

través de este silencio subió procedente de la escalera un ruido distante de botas y de voces.

––Al seguir estas especulaciones ––añadió el decano como para terminar–– hay el peligro de perecer de

inanición. Lo primero que debe usted hacer es tomar el grado. Propóngase usted esto antes que nada.

Luego, poco a poco, ya irá usted encontrando su camino. Quiero decir su camino en todos aspectos, lo

mismo en la vida que en las ideas. Tal vez se le haga cuesta arriba al principio. Tome usted el ejemplo de

Mr. Moonan. Le ha costado mucho tiempo el llegar a la cima. Pero la ha alcanzado por fin.

––Puede ser que yo no posea su talento ––dijo reposadamente Stephen.

––Eso nadie lo sabe ––repuso vivamente el decano––. Nunca podemos decir lo que hay dentro de

nosotros. Yo, desde luego, no me desanimaría. Per aspera ad astra.

Abandonó raudo la chimenea y salió al rellano de la escalera para vigilar la entrada de la primera clase de

artes.

Recostado en la chimenea, Stephen le oyó cómo iba saludando rápidamente y sin hacer diferencias a cada

uno de los de la clase y pudo notar las desenmascaradas sonrisas de algunos estudiantes menos corteses.

Una desoladora piedad comenzó a caer como un rocío sobre su corazón propicio a la amargura, piedad por

aquel escrupuloso criado del caballeresco Loyola, por aquel hermanastro de la clerecía, más venal que los

otros en sus palabras, pero más recio de alma que ellos, por aquel hombre al cual él nunca podría llamar su

padre espiritual. Y pensó en la fama de mundanos que él y sus compañeros de religión habían adquirido, no

sólo entre los apartados del mundo, sino entre los mundanos mismos, por haber defendido al flojo, al tibio y

al prudente, ante los tribunales de Dios, a través de toda su historia.

La entrada del profesor fue saludada por una algarada de ruido de pies procedente de las recias botas de

los estudiantes sentados bajo las ventanas grisáceas y llenas de telarañas, allá arriba, en las últimas filas del

sombrío anfiteatro. Comenzó la lista y a cada nombre fueron siguiendo las respuestas dadas en todos los

tonos, hasta que llegó el nombre de Peter Byrne.

––¡Presente!

De la parte alta de la gradería llegó una nota profunda, seguida de toses de protesta de los otros bancos.

El profesor hizo una pausa en la lectura y luego pronunció el nombre siguiente:

––¡Cranly!

No hubo respuesta.

––¡El señor Cranly!

Una sonrisa cruzó por el rostro de Stephen al pensar en los estudios de su camarada.

––¡Que le busquen en Leopardstown! ––dijo una voz desde el banco de detrás.

Stephen levantó rápidamente la vista, pero sólo vio, recortada sobre la luz gris, la cara hocicuda e

impasible de Moynihan. El profesor expuso una fórmula. Entre el susurro de los cuadernos, Stephen volvió

la cabeza otra vez y dijo:

––¡Dame un pedazo de papel, por amor de Dios!

––¿En ésas estamos? ––preguntó Moynihan haciendo una mueca.

Arrancó una hoja de su cuaderno y se la pasó murmurando:

––En caso de necesidad, cualquier seglar o mujer puede hacerlo.

La fórmula que había escrito dócilmente sobre la hoja de papel, el arrollarse y desarrollarse de los

cálculos del profesor y los símbolos espectrales de la fuerza y la velocidad eran otras tantas cosas que

fascinaban y fatigaban el alma de Stephen. Había oído decir a algunos que aquel anciano profesor era

masón y ateo. ¡Qué día tan gris, tan triste! Parecía un limbo de una lucidez insensible y reposada a través

del cual erraban las almas de los matemáticos, elevando esbeltas construcciones entre los planos de una luz

cada vez más extraña y pálida y haciendo irradiar rápidos remolinos hacia los últimos confines de un

universo cada vez más vasto, más lejano, más impalpable.

––Debemos distinguir, por tanto, entre elíptico y elipsoidal. Tal vez algunos de ustedes, señores,

conozcan las obras de Mr. W S. Gilber. En una de sus canciones habla de un jugador fullero de billar,

condenado a jugar:

Sobre una mesa desnivelada;
el taco, tuerto; bolas elípticas.

––Lo que quiere decir es con una bola que tuviera la forma de un elipsoide como éste, de cuyos

principales ejes les acabo de hablar.

Moynihan se inclinó hacia la oreja de Stephen y murmuró:

––¿A cuánto van las bolas elipsoidales? ¡Que me echen señoras! ¡Que soy de caballería!

La burda broma de su compañero atravesó como una ráfaga el claustro del espíritu de Stephen, agitando

los fláccidos vestidos sacerdotales que colgaban de sus paredes, dándoles vida, obligándolos a ondear y a

hacer cabriolas como en un sábado salido de quicio. De los vestidos agitados por la ráfaga iban saliendo las

formas de los individuos de la comunidad: el decano de estudios; el tesorero con su tocado de pelo gris,

majestuoso y encendido; el presidente, aquel sacerdote diminuto, de un pelo tenue cual plumón, que escribía

versos piadosos; el tipo rechoncho y lugareño del profesor de economía; la figura altísima del joven

profesor de ciencia mental discutiendo con sus discípulos un caso de conciencia, en el rellano de una

escalera, como una jirafa que estuviera desmochando las ramas altas de los árboles en medio de una

manada de antílopes; el grave e inquieto prefecto de la congregación; el rollizo profesor de italiano, con sus

ojos picarescos. Y venían en un trotecillo, a trompicones,dando volteretas y cabriolas, remangándose los

hábitos para saltar a «la una andaba la mula», agarrándose los unos a los otros, contorsionados por una risa

recóndita y falta, dándose sonoros lapos en las costillas y celebrando la broma pesada, llamándose con

remoquetes familiares, entre súbitas protestas de dignidad ante tal broma excesiva, en cuchicheos, por

parejas, la boca oculta tras la mano.

El profesor se había dirigido a las vitrinas qué estaban en la pared lateral, de uno de cuyos estantes

extrajo un juego de bobinas, que transportó cuidadosamente hasta la mesa, después de bien sopladas por

todos lados para quitarles el polvo. Y con un dedo sobre el aparato, continuó su explicación. Hablaba de

que los hilos en las bobinas modernas estaban hechos de un compuesto llamado platinoide, descubierto

recientemente por F. W Martino.

Pronunció con toda claridad las iniciales y el apellido del descubridor. Moynihan susurró desde atrás:

––¡Vaya por el Famoso Water––closet Martino!

––Pregúntale ––murmuró Stephen con desgana–– si necesita un sujeto para ser electrocutado. Yo me

ofrezco.

Moynihan, viendo que el profesor estaba inclinado sobre los carretes, se puso en pie, y haciendo como

que chascaba los dedos de la mano derecha, comenzó a gritar con una voz de pilluelo acongojado:

––Señor maestro, este muchacho está diciendo malas palabras, señor maestro.

––Se prefiere el platinoide al metal blanco ––continuó el profesor solemnemente––, porque tiene un

coeficiente más bajo de resistencia por cambios de temperatura. El alambre de platinoide está aislado y la

cubierta de seda que lo aísla está enrollada en las bobinas de ebonita, precisamente donde tengo puesto el

dedo. Las bobinas han sido saturadas en parafina caliente...

Una voz aguda y con acento del Ulster dijo desde el banco inmediatamente inferior al de Stephen:

––Pero, ¿es que nos van a hacer preguntas sobre ciencias aplicadas?

El profesor se puso gravemente a hacer habilidades con los términos ciencia pura y ciencia aplicada. Un

estudiante rechoncho, que llevaba gafas de oro, se quedó mirando con cierto asombro al que había hecho la

pregunta. Moynihan murmuró desde detrás con su voz natural:

––¡Ese diablo de Mac Alister! ¿No parece un Shylock reclamando su libra de carne?

Stephen pasó fríamente la mirada sobre el cráneo oblongo cubierto de una maraña de cabellos de un

desvaído color de bramante. La voz, el acento y la mentalidad del que había hecho la pregunta le

molestaban; y permitió que su repugnancia le llevara hasta una enconada mala voluntad, hasta dejar pensar

a su imaginación que el padre del estudiante hubiera hecho mucho mejor enviando a su hijo a estudiar a

Belfast, ahorrando algo de paso en el billete del ferrocarril.

El cráneo oblongo no se volvió para encontrar aquella flecha de pensamiento; pero la flecha regresó a su

arco, porque Stephen pudo ver un momento la cara, de una palidez serosa, del estudiante.

Este pensamiento no es mío, se dijo a sí mismo inmediatamente. No; procede de ese burlón irlandés del

banco de detrás. Paciencia. ¿Podrías decirte cuál de los dos ha sido el que ha traficado con el alma de tu

raza, el que ha hecho traición a sus elegidos, el de la pregunta o el de la burla? Paciencia. Acuérdate de

Epicteto. Probablemente es connatural a su carácter el proponer tal pregunta en tal momento y con tal tono

y el pronunciar la palabra science como un monosílabo.

El mosconeo de la voz del profesor seguía enrollándose y enrollándose alrededor de las bobinas de las

cuales hablaba, doblando, triplicando, cuadruplicando su soñolienta energía del mismo modo que el carrete

multiplicaba sus ohmios de resistencia.

La voz de Moynihan sonó detrás como un eco de la distante campana:

––Señores, esto se ha acabado.

El vestíbulo estaba lleno de estudiantes y sonoro de charlas. Sobre una mesa cerca de la puerta había dos

fotografías con sus marcos y entre ellas un largo rollo de papel con una cola irregular de firmas. Mac Cann

iba y venía rápidamente entre los estudiantes, hablando de prisa, con una respuesta pronta para cada

negativa, e iba llevándoselos, uno tras otro, a la mesa. En el vestíbulo interior estaba el decano de estudios

hablando de pie con un profesor joven, golpeándose gravemente la barbilla y moviendo la cabeza.

Stephen, embarazado por los que estaban a la puerta, se paró en ella irresoluto. Desde debajo de la ancha

y caída ala del flexible los ojos oscuros de Cranly le estaban observando.

––¿Has firmado? ––le preguntó Stephen.

Cranly cerró la boca de delgados labios, comulgó por un instante consigo mismo y contestó:

––Ego habeo.

––¿Para qué es eso?

––Quod?

––¿Para qué es eso?

Cranlyvolvió su pálido rostro hacia Stephen, y dijo, blandamente, amargamente:

––Per pax universalis.

Stephen señaló ala fotografía del zar, y comentó:

––Tiene la cara de un Cristo embrutecido.

El desprecio y la cólera que había en la voz de Stephen atrajeron hacia él los ojos de Cranly, entretenidos

en pasar tranquilamente revista a las paredes del vestíbulo.

––¿Estás disgustado? ––le preguntó.

––No ––contestó Stephen.

––¿Estás de mal humor?

––No.

––Credo ut vos grandissimus mendax estis ––dijo Cranly––, quia facies vostra monstrat ut vos in fututo

malo humore estis.

Moynihan, al acercarse a la mesa, le susurró a Stephen al oído:

––Mac Cann está estupendamente en forma. Dispuesto a verter hasta la última gota. Un mundo nuevo.

Nada de estimulantes y voto para las zorras.

La forma de tal confidencia hizo sonreír a Stephen; y, cuando Moynihan hubo pasado, se volvió de nuevo

al encuentro de los ojos de Cranly.

––¿Me podrías tú, quizás, decir por qué razón se desahoga –– así con tanta libertad en mis orejas?

A Cranly se le formó un ceño sombrío en la frente. Contempló la mesa sobre la cual estaba inclinado

Moynihan para poner su firma en la lista y luego dijo rotundamente:

––¡Es un mierda!

––Quis est in malo humore ––preguntó Stephen––, ego aut vos?

Cranly no notó el reproche. Estuvo rumiando amargamente su propio juicio, hasta que por fin repitió con

la misma rotunda energía de antes:

––¡Un piñonero mierda! ¡Eso es lo que es!

Era el epitafio que ponía a todas las amistades muertas. Stephen se preguntó si alguna vez le tocaría a él

el turno, y si aquella expresión sería empleada en el mismo todo para designarle a él. La expresión torpe y

grosera se fue hundiendo en los oídos de Stephen como una piedra en un cenagal. La vio hundirse como

había visto otras muchas, y sintió que su pesadumbre le deprimía el corazón. El lenguaje de Cranly, a

diferencia del de Davin, no poseía ni raras frases del inglés isabelino, ni giros anticuados de los dialectos

irlandeses. Su arrastrarse era un eco de los muelles de Dublín reflejado por un puerto de mar diminuto,

descolorido y venido a menos; su energía, un eco de la elocuencia sagrada de Dublín repetida llanamente

desde un púlpito de Wicklow.

El pesado entrecejo desapareció de la frente de Cranly cuando Mac Cann se aproximó a ellos viniendo

del otro lado del vestíbulo.

––¿Está usted aquí? ––dijo Mac Cann alegremente.

––Aquí estoy ––contestó Stephen.

––Tarde, como de costumbre. ¿No puede usted poner de acuerdo sus tendencias progresistas con el

respeto a la puntualidad?

––Esa pregunta no está en el orden del día ––dijo Stephen––. Pasemos al siguiente punto.

Sus ojos sonrientes estaban fijos en una tableta de chocolate con leche envuelta en papel de plata, que

asomaba por uno de los bolsillos del propagandista. Un círculo reducido de oyentes se había congregado

para asistir al escarceo de ingeniosidades. Un estudiante delgado de piel olivácea y lacio cabello negro,

tenía introducida la cabeza entre los dos, mirando al uno y al otro alternativamente a cada frase, como si

quisiera capturar con la boca abierta y húmeda cada una de aquellas palabras volanderas. Cranly había

sacado del bolsillo una pelotita gris de jugar a mano y se había puesto a examinarla haciéndola girar y girar

entre sus dedos.

––¿El punto siguiente? ––preguntó Mac Cann––. ¡Jem!

Le dio un. ataque sonoro de risa y se tiró por dos veces de la pajiza perilla que de la llena mandíbula le

colgaba.

––El punto siguiente es firmar el manifiesto.

––¿Me va a pagar usted si firmo? ––preguntó Stephen.

––Yo pensaba que usted era un idealista ––dijo Mac Cann. El estudiante agitanado miró en torno de sí y,

dirigiéndose a los circunstantes, dijo, con una voz trémula que parecía un balido:

––¡Demonio! Esa idea sí que es rara. Esa idea me parece una idea muy mezquina.

Sus palabras se disiparon en el silencio. Nadie prestó atención a su voz. Y él volvió hacia Stephen su cara

olivácea y de expresión equina, invitándole a que hablara de nuevo.

Mac Cann se puso a hablar con enérgica fluidez del rescripto del zar, de Stead, del desarme general, del

arbitraje en caso de discordias internacionales, de las señales de los tiempos, de una nueva humanidad y de

un nuevo evangelio de vida, según el cual la comunidad sería la encargada de asegurar al menor coste

posible la mayor cantidad posible de felicidad para el mayor número posible de mortales.

El estudiante de la cara olivácea saludó al fin del período gritando:

––¡Tres vivas a la confraternidad universal!

––¡Duro, Temple ––dijo un estudiante rechoncho que estaba cerca de él––, que luego te voy a pagar una

caña!

––Yo soy un convencido de la confraternidad universal ––dijo Temple, mirando a su alrededor desde lo

profundo de sus ojos negros––. Marx no es otra cosa que un molido vaina.

Cranly le agarró fuertemente por un brazo para que callara la boca y, sonriendo embarazosamente,

repitió:

––¡Calma, calma, calma!

Temple se debatió para libertar su brazo, pero continuó, la boca manchada por una espumilla tenue:

––El socialismo ha sido fundado por un irlandés, y el primero que predicó la libertad de pensamiento fue

Collins. Hace doscientos años. Él, el filósofo de Middlesex, se atrevió a denunciar al clericato. ¡Tres vivas

a la memoria de John Anthony Collins!

Una voz delgada respondió desde un extremo del auditorio:

––¡Juy! ¡juy!

Moynihan le murmuró al oído a Stephen:

––¿Y dónde nos dejamos a la pobre hermanita de John Anthony?

Lottie Collins ha perdido,
la pobre, los pantalones.
¿Quién entre ustedes le presta
los suyos propios, señores?

Stephen se echó a reír y Moynihan, halagado por el éxito, murmuró otra vez:

––Vamos a apostarnos cinco beatas por John Anthony Collins.

––Estoy esperando su respuesta ––dijo lacónicamente Mac Cann.

––El asunto no me interesa lo más mínimo ––contestó ya cansado Stephen––. Lo sabe usted de sobra.

¿Por qué razón, pues, me arma usted esta escena?

––¡Bueno! ––dijo Mac Cann haciendo una pequeña explosión con los labios––. Según veo, ¿usted es un

reaccionario?

––¿Cree usted que me voy a asustar porque esgrima usted su espada de palo?

––Todo eso son metáforas ––dijo Mac Cann bruscamente––. Redúzcase usted a los hechos.

Stephen se puso colorado y volvió el rostro. Mac Cann no se daba por vencido, y agregó sarcásticamente:

––Los poetas menores, supongo, están por encima de cuestiones tan triviales como la paz universal.

Cranly levantó la cabeza y alzó la pelota como ofrenda conciliatoria entre los dos estudiantes, diciendo:

––Pax super totum sanguinarium globum.

Stephen se apartó del grupo y, señalando despectivamente con el hombro la imagen del zar, dijo:

––Guárdese usted su icono. Si es que nos hace falta un Jesús, tengamos por lo menos un Jesús legítimo.

––¡Diantre! ¡Eso sí que me ha gustado! ––dijo el estudiante de la cara olivácea a los que estaban en torno

de él––. ¡Ésa sí que es una frase! Esa frase me gusta más que todas las cosas.

Tragó una bocanada de saliva como si estuviera tragando la frase, y luego, llevándose la mano a la visera

de su gorra de paño recio, se volvió hacia Stephen y dijo:

––Permítame usted, señor. ¿Qué quiere usted decir con esa expresión que acaba de proferir?

Y como los estudiantes que estaban cerca de él le daban con el codo, les explicó:

––Tengo curiosidad de saber qué es lo que quiere decir con esa frase.

Se volvió de nuevo a Stephen y susurró:

––¿Usted cree en Jesús? Yo creo en el hombre. Por descontado que yo no sé si usted cree en el hombre o

no. Le admiro a usted. Admiro la mentalidad del hombre independiente de todas las religiones. ¿Es esa su

opinión con respecto a la mentalidad de Jesús?

––¡Duro, Temple! ––dijo el estudiante ancho y coloradote, volviendo como tenía por costumbre a su idea

anterior––. ¡Duro, que te espera una caña!

––Ése piensa que soy un imbécil ––le explicó Temple a Stephen–– porque creo en el poder del

pensamiento.

Cranly, metiéndose entre Stephen y su admirador, se colgó de los brazos de ambos, y dijo:

––Nos ad manum ballum jocabimus.

Stephen, mientras se dejaba conducir, columbró la cara roma y arrebatada de Mac Cann.

––Mi firma carece de valor ––le dijo cortésmente––. Usted obra perfectamente siguiendo su camino.

Déjeme usted seguir a mí el mío.

––Dédalus ––dijo Mac Cann dejando caer las palabras––, creo que es usted un buen chico, pero que le

falta a usted todavía aprender a conocer la generosidad del altruismo y la responsabilidad del ser individual.

Una voz exclamó:

––No queremos en nuestra compañía intelectuales excéntricos.

Stephen reconoció el tono áspero de la voz de Mac Alister y por esta causa permaneció sin volverse hacia

la parte de donde la voz venía.

Cranly se abrió solemnemente paso a empujones por entre la aglomeración de estudiantes, llevando a

Stephen y a Temple cogidos del brazo, como un celebrante asistido por sus dos acólitos camino del altar.

Temple se inclinó impaciente por delante del pecho de Cranly para decir a Stephen:

––¿Ha oído usted lo que ha dicho Mac Alistes? Ese pollo está envidioso de usted. ¿Lo ha notado? ¡Qué

demonio, yo lo he comprendido desde el primer momento!

Cuando pasaban por el segundo vestíbulo, el decano de estudios estaba tratando de sacudirse un

estudiante con el que acababa de hablar. Estaba el decano al comienzo de la escalera con un pie en el

primer escalón. Tenía la raída sotana recogida con femenil cuidado y preparada ya para el ascenso.

Accionaba expresivamente con la cabeza, repitiendo:

––¡Ni dudarlo siquiera, míster Hackett! ¡Estupendo! ¡Ni dudarlo siquiera!

En medio del vestíbulo estaba el prefecto de la congregación del colegio hablando gravemente con uno

de la junta. Tenía una voz dulce y quejumbrosa. Mientras hablaba, fruncía un poco la frente pecosa,

mordisqueando, entre frase y frase, un diminuto lápiz de hueso.

––Tengo la esperanza de que los recién matriculados se nos unirán. Los del primero de artes los tenemos

asegurados. Los del segundo también. Los que tenemos que asegurar bien son los nuevos.

Temple volvió a cruzar la cabeza por delante de Cranly, en el momento en que trasponía el umbral, y dijo

en un susurro tenue:

––¿Sabía usted que es un hombre casado? Estaba casado antes de su conversión. Y tiene no sé dónde su

mujer y sus chicos. Por todos los diablos, que es la idea más rara que he oído en mi vida. ¿No?

El susurro se disipó en una risa taimada y cacareante. En el mismo momento en que trasponían el umbral,

Cranly le agarró rudamente por el cuello y, zarandeándole, dijo:

––¡Eres un molido memo! ¡Te juro por mi salvación ––¿sabes?–– que no hay en todo el cochambrero

mundo un piñonero monacaco más idiota que tú!

Temple, hecho un guiñapo entre aquellos puños, reía aún con un regocijo ficticio, mientras Cranly seguía

repitiendo de plano a cada zarandeo:

––¡Un grandísimo y molido memo!

Cruzaban el jardín lleno de hierbajos. El presidente, envuelto en un manteo amplio y pesado, venía hacia

ellos, leyendo las horas, a lo largo de una de las paredes. Antes de dar la vuelta, se detuvo un momento y

levantó los ojos. Saludaron los tres. Temple sólo llevándose la mano al extremo de la gorra, como había

hecho antes. Siguieron adelante en silencio. Al aproximarse al juego, Stephen oyó los golpetazos de las

manos de los jugadores, el chasquido húmedo de la pelota y la voz excitada de Davin que gritaba a cada

pelotazo.

Los tres estudiantes se detuvieron alrededor de la caja en la que Davin estaba sentado para observar el

juego. Al cabo de un momento, Temple giró hasta encontrar a Stephen y dijo:

––Perdone usted, le quería preguntar si usted cree que Juan Jacobo Rousseau era un hombre sincero.

Stephen se echó a reír de buena gana. Cranly cogió a sus pies, de entre la hierba, un pedazo de una duela

rota de tonel, se volvió rápidamente y dijo con aire muy serio:

––Temple, te juro por el Dios vivo, que si vuelves a decir una sola palabra, ¡sabes!, sea de lo que sea, y a

quien sea, te dejo seco super sitium.

––Se me hace ––dijo Stephen–– que era un hombre como usted: un emotivo.

––¡Maldito sea, condenado sea!––dijo de lleno Cranly––. No le vuelvas a dirigir la palabra, Stephen. Ten

por seguro que lo mismo da hablar con una condenada bacinilla que hablar con Temple. ¡Vete a tu casa,

Temple! ¡Vete a tu casa, por el amor de Dios!

––Se me importa un pito de ti, Cranly ––contestó Temple, poniéndose fuera del alcance de la

amenazadora duela y señalando a Stephen––. Ése es el único hombre en esta institución que tiene una

mentalidad individual.

––¡Institución! ¡Individual! ––gritó Cranly––. ¡Mira, vete a casa, condenado, que eres un molido idiota

sin esperanza de cura!

––¡Soy un emotivo! ––dijo Temple––. ¡Eso es expresar las cosas con precisión! Y me enorgullezco de

ser un emotivo.

Se deslizó fuera del juego de pelota, con una sonrisita falsa. Cranly se quedó viéndole ir, con cara

impasible, inexpresiva.

––Mírale ahí ––dijo––. ¿Has visto en tu vida semejante sostiene-paredes?

Esta última frase fue saludada con una risotada por un estudiante que estaba repantigado contra la pared y

con la gorra de visera calada hasta los ojos. Tal risa, aguda de tono y salida de una contextura musculosa,

tenía algo del bramido de un elefante. El corpachón se le contraía todo y, para dar suelta a su regocijo, se

puso a restregarse epicúreamente las ingles con las manos.

––¡Lynch está despierto! ––dijo Cranly.

Lynch, por toda respuesta, se puso en pie y sacó el pecho hacia adelante.

––Cuando Lynch adelanta el pecho ––dijo Stephen––, parece que expone una teoría sobre la vida.

Lynch se golpeó sonoramente el tórax y dijo:

––¿Quién es el que tiene algo que decir acerca de mi tambor? Cranly recogió el reto y los dos

comenzaron a luchar. Cuando las caras se les habían ya puesto arrebatadas del esfuerzo, se separaron

jadeantes. Stephen se inclinó hacia Davin que, atento al juego, no había prestado atención a la charla de los

otros.

––¿Cómo se encuentra hoy mi patito casero? ––le preguntó––. ¿Ha firmado también?

Davin dijo que sí con la cabeza y añadió:

––¿Y tú, Stevie?

Stephen negó en silencio.

––Eres una persona terrible, Stevie. ¡Siempre aparte de los demás! ––dijo Davin quitándose de los labios

su corta pipa.

––Ahora que has firmado la petición para la paz universal ––dijo Stephen––, supongo que quemarás

aquel cuadernillo que he visto en tu cuarto.

Davin no contestó, y en vista de ello, Stephen se puso a hacer citas del contenido del cuaderno:

––¡Paso largo, fianna! 1 ¡Inclinación a la derecha! iFianna, saludo por números, uno, dos!

1. En gaélico, `soldado'.

––Eso es otra cuestión ––dijo Davin––. Yo soy un nacionalista irlandés primero y antes que nada. Pero

eso está en tu natural. Tú has nacido para burlarte de todo, Stevie.

––Cuando emprendáis la próxima rebelión armados con bastones del juego de hurley ––dijo Stephen––, y

tengáis necesidad de los indispensables confidentes, no dejéis de decírmelo. Yo os podría encontrar algunos

en este colegio.

––No te entiendo ––dijo Davin––. Otras veces hablabas en contra de la literatura inglesa. Ahora hablas

contra los directores del pueblo irlandés. ¿Dónde te dejas tu nombre, tus ideas?... Pero, ¿eres tú

verdaderamente irlandés?

––Vente conmigo al departamento de heráldica ––contestó Stephen––, y te enseñaré el árbol genealógico

de mi familia. ––Entonces, sé uno de los nuestros. ¿Por qué no aprender irlandés? ¿Por qué dejaste las

clases de la Liga después de la primera lección?

––Tú sabes la razón por la que lo hice ––contestó Stephen. Davin meneó la cabeza y se echó a reír.

––¡Vamos, hombre! ––dijo––. ¿Es por lo de aquella señorita y el Padre Morán? Eso son sólo fantasías

tuyas, Stevie. ¡Si estaban únicamente charlando y riendo!

Stephen hizo una pausa antes de contestar, y posó amicalmente una mano sobre el hombro de Davin.

––¿Te acuerdas ––dijo–– de la primera vez que nos conocimos? La primera mañana que nos

encontramos, tú me preguntaste el camino para ir a tu primera clase, poniendo una acentuación muy

enérgica sobre la primera sílaba. ¿Te acuerdas? Además, te dirigías a los jesuitas dándoles el tratamiento de

«Padre». ¿Te acuerdas? Y yo me pregunté: ¿Será tan inocente como son sus palabras?

––Soy un simple ––dijo Davin––. Y tú lo sabes. Cuando me dijiste una noche en Harcourt Street aquellas

cosas acerca de tu vida privada, en Dios y en mi alma, Stevie, que no pude probar bocado en la cena. Me

sentía enfermo. Y estuve desvelado mucho tiempo en la cama. ¿Por qué me contaste aquello?

––Gracias ––dijo Stephen––. Quieres decir que soy un monstruo.

––No ––dijo Davin––. Pero hubiera deseado que no me lo hubieras dicho.

Una oleada empezó a pujar tras la tranquila superficie de los sentimientos amistosos de Stephen.

––Son esta raza y este país y esta vida los que me han producido ––dijo––. Tengo que expresarme como

soy.

––Procura ser uno de los nuestros ––repitió Davin––. Tú eres irlandés de corazón, pero el orgullo puede

más en ti.

––Mis antecesores arrojaron su propia lengua para aceptar otra ––dijo Stephen––. Permitieron ser

sometidos por un puñado de extranjeros. ¿Y te imaginas tú que voy a pagar con mi propia vida y persona

las deudas que ellos contrajeron? ¿Por qué?

––Por nuestra libertad ––contestó Davin.

––No ha habido ni un hombre honrado y sincero que os haya sacrificado su vida, su juventud y sus

afecciones, desde los días de Tone o los de Parnell, sin que le hayáis vendido al enemigo o abandonado en

la necesidad o traicionado y dejado por otro. Y ahora me invitas a que sea uno de los vuestros. Antes que

eso, que os lleve el diablo a todos vosotros.

––Ellos sucumbieron por sus ideales, Stevie ––dijo Davin––. Nuestro día ha de llegar aún, créeme.

Stephen se quedó callado por un instante mientras seguía su propio pensamiento.

––Nace el alma ––dijo por fin abstraído––, en esos momentos de los que te he hablado. Su nacimiento es

lento y oscuro, más misterioso que el del cuerpo mismo. Cuando el alma de un hombre nace en este país, se

encuentra con unas redes arrojadas para retenerla, para impedirle la huida. Me estás hablando de

nacionalidad, de lengua, de religión. Éstas son las redes de las que yo he de procurar escaparme.

Davin sacudió la ceniza de su pipa.

––Demasiado profundo para mí, Stevie ––dijo––. Pero la tierra de uno es lo primero. Irlanda, primero,

Stevie. Después bien puedes ser poeta o místico, si quieres.

––¿Sabes lo que es Irlanda? ––preguntó Stephen con glacial violencia––. Irlanda es la cerda vieja que

devora su propia lechigada.

Davin se levantó del cajón en el que había estado sentado y se dirigió hacia los jugadores meneando la

cabeza tristemente. Pero su tristeza se le pasó en un minuto y pronto se enredó en una acalorada disputa con

los jugadores que acababan de terminar su partido. Acordaron uno de cuatro. Cranly insistía en que habían

de jugar con su pelota. La hizo rebotar dos o tres veces contra la mano y luego la arrojó con un movimiento

enérgico y rápido contra el basamento del frontón, coreando el bote con un: «¡Al diablo!».

Stephen y Lynch permanecieron allí hasta que el tanteo comenzó a elevarse. En ese punto, Stephen le dio

a Lynch un tirón de la manga para llevárselo. Lynch, obediente, dijo:

––Vámonos, como diría Cranly.

Stephen se sonrió al escuchar la alusión.

Retrocedieron a través del jardín y salieron por el vestíbulo, en el cual el portero, tembleante de puro

viejo, estaba tratando de colgar un cuadro en el tablón. Al pie de la escalera se detuvieron, y Stephen sacó

una cajetilla del bolsillo y se la ofreció a su compañero.

––Sé que no tienes dinero ––le dijo.

––Caray con tu incordiante desfachatez ––contestó Lynch. Esta segunda prueba de la cultura de Lynch

hizo sonreír de nuevo a Stephen.

––Día señalado para la cultura: europea ––dijo–– el día en que aprendiste a jurar por incordios.

Encendieron los pitillos y echaron hacia la derecha. Al cabo de un rato, comenzó a decir Stephen:

––Aristóteles no ha definido la piedad ni el terror. Yo sí. Para mí...

Lynch se paró y dijo brutalmente:

––Deténte. No te quiero escuchar. Estoy mal. Anoche me dediqué a un incordiante tasqueo en compañía

de Horan y Goggins.

Stephan continuó:

––Piedad es el sentimiento que paraliza el ánimo en presencia de todo lo que hay de grave y constante en

los sufrimientos humanos y lo une con el ser paciente. Terror es el sentimiento que paraliza el ánimo en

presencia de todo lo que hay de grave y constante en los sufrimientos humanos y lo une con la causa

secreta.

––Repite ––dijo Lynch.

Stephen repitió lentamente las definiciones.

––Hace algunos días, una muchacha tomó un coche de punto en Londres. Iba a reunirse con su madre, a

la cual no había visto desde hacía muchos años. En la esquina de una bocacalle, la vara de un carro de carga

hace añicos la ventanilla del coche, que queda estriada como un asterisco. Una esquirla larga y aguda se le

clava a la muchacha atravesándole el corazón. Muere instantáneamente. Un periodista calificaba esta

muerte de trágica. No hay tal cosa. Está muy lejos de todo terror y piedad, según los términos de mis definiciones.

»La emoción trágica, efectivamente, es una cara que mira en dos direcciones: hacia el terror y hacia la

piedad, y ambos son fases de ella. Habrás visto que uso la palabra paraliza. Quiero decir que la emoción

trágica es estática. O más bien que la emoción dramática lo es. Los sentimientos excitados por un arte

impuro son cinéticos, deseo y repulsión. El deseo nos incita a la posesión, a movernos hacia algo; la repulsión

nos incita al abandono, a apartarnos de algo. Las artes que sugieren estos sentimientos, pornográficas o

didácticas, no son, por tanto, artes puras. La emoción estética (ahora uso el término general) es por

consiguiente estática. El espíritu queda paralizado por encima de todo deseo, de toda repulsión.

––¿Dices que el arte no excita el deseo? ––dijo Lynch. ¿Cómo me explicas entonces aquello que te conté

de haber yo escrito un día a lápiz mi nombre sobre la espalda de la Venus de Praxíteles del Museo? ¿Acaso

eso no era deseo?

––Hablo de las naturalezas normales ––contestó Stephen––. También me has dicho otra vez que cuando

chico, en aquel pintoresco colegio de carmelitas donde estabas, acostumbrabas comer las boñigas secas de

las vacas.

Lynch prorrumpió otra vez en un bramido de risa y se restregó de nuevo ambas ingles con las manos sin

sacar éstas de los bolsillos.

––¡Que si me las comía! ¡Y tanto!

Stephen se volvió hacia su compañero y se quedó mirándole fríamente, de hito en hito, por un momento.

Lynch, repuesto ya de su ataque de risa, correspondió a aquella mirada con sus ojos humildes. Aquel

cráneo largo, estrecho y achatado, bajo la gorra puntiaguda, trajo a la mente de Stephen el recuerdo de una

serpiente de caperuza. Los ojos también eran como los de una serpiente, tal su brillo, tal su mirada. Mas en

aquel instante, humildes y en acecho, lucía en ellos una centella de humanidad, ventana de un alma en

amargura, mordaz y anquilosada.

––En cuanto a eso ––dijo Stephen abriendo un paréntesis cortés––, hay que reconocer que todos somos

animales. Yo también soy un animal.

––Y tanto que lo eres ––dijo Lynch.

––Pero ahora estamos precisamente en el mundo espiritual ––prosiguió Stephen––. El deseo y la

repulsión excitados por medios no puramente estéticos no son emociones estéticas, no sólo por su carácter

cinético, sino también por su naturaleza simplemente física. Nuestra carne retrocede ante lo que le espanta

y responde al estímulo de lo que desea por una simple acción refleja del sistema nervioso. Nuestros párpados

se cierran antes de que tengamos conciencia de que una mosca está a punto de entrarnos en el ojo.

––No siempre ––dijo Lynch a modo de objeción.

––Del mismo modo ––continuó Stephen–– respondió tu carne al estímulo de una estatua desnuda, pero

no fue más que por una simple acción refleja de los nervios. La belleza que el artista expresa no puede

despertar en nosotros una emoción cinética o una sensación puramente física. Despierta, o debería

despertar, induce, o debería inducir, una stasis estética, una piedad ideal o un ideal terror, una stasis

provocada, prolongada y al fin disuelta por aquello que yo llamo el ritmo de la belleza.

––¿Qué quiere decir eso exactamente? ––preguntó Lynch. ––Ritmo ––dijo Stephen––, es la primera y

formal relación estética entre parte y parte de un conjunto estético, o entre el conjunto estético y sus partes

o una de sus partes, o entre una parte del conjunto estético y el conjunto mismo.

––Si eso es ritmo ––dijo Lynch––, sepamos qué es lo que llamas belleza; y hazme el favor de recordar

que, aunque en otro tiempo haya comido pastel de boñiga, lo que yo admiro es únicamente la belleza.

Stephen levantó la gorra como para saludar. Después, sonrojándose ligeramente, apoyó una mano sobre

el áspero paño de la manga de Lynch.

––Nosotros estamos en lo cierto, los otros no ––dijo––. El hablar de estas cosas y el tratar de comprender

su naturaleza y, una vez comprendida, el tratar lentamente, humildemente, constantemente de expresar, de

exprimir de nuevo, de la tierra grosera o de lo que la tierra produce, de la forma, del sonido y del color (que

son las puertas de la cárcel del alma) una imagen de la belleza que hemos llegado a comprender: eso es el

arte.

Habían llegado al puente del canal. Dejaron el camino que habían llevado, y siguieron adelante por la

arboleda. Una luz cruda y gris espejeaba sobre el agua perezosa y, por encima dé sus cabezas, el olor de las

ramas húmedas parecía oponerse al curso de los pensamientos de Stephen.

––Pero has dejado sin contestar mi pregunta ––dijo Lynch––. ¿Qué es el arte? ¿Y cuál es la belleza que el

arte expresa? ––Ésa fue la primera definición que te di, cabeza de chorlito ––dijo Stephen––, cuando

comenzaba yo a deshilvanar para mí mismo la cuestión. ¿Te acuerdas de aquella noche? Cranly perdió la

ecuanimidad y se puso a hablar del jamón del Wicklow.

––Me acuerdo ––dijo Lynch––. Nos estuvo hablando de los cochinos cerdos de todos los diablos.

––Arte ––dijo Stephen–– es la adaptación por el hombre de la materia sensible o inteligible para un fin

estético. Pero tú te acuerdas de los cochinos y olvidas esto. Tú y Cranly sois un par como para hacerle

perder la paciencia a uno.

Lynch dirigió una mueca hacia el cielo desapacible y gris. ––Si he de oír tus filosofias estéticas, dame

otro pitillo. Me tienen sin cuidado. Me tienen sin cuidado hasta las mujeres. Al diablo contigo y con todas

las cosas. Lo que yo necesito es un puesto de quinientas al año. Y tú me lo puedes dar.

Stephen le alargó la cajetilla. Lynch cogió el último pitillo que quedaba diciendo sencillamente.

––Adelante.

––Aquino ––continuó Stephen–– dice que lo bello es aquello cuya aprehensión agrada.

Lynch afirmó con la cabeza.

––Lo recuerdo ––dijo––. Pulchra sunt quae visa placent.

––Usa la palabra visa ––dijo Stephen–– para cubrir todas las aprehensiones estéticas de cualquier

naturaleza, ya provengan de la vista o del oído, o de cualquier otra vía aprehensiva. Esa palabra, aunque

vaga, es suficientemente clara para dejar a un lado lo bueno y lo malo que excita el deseo o la repulsión.

Quiere decir una stasis, no una kinesis. ¿Qué diremos de la verdad? También produce una stasis de la

mente. Tú no habrías escrito con lápiz tu nombre sobre la hipotenusa de un triángulo rectángulo.

––No ––dijo Lynch––, lo que quiero es la hipotenusa de la Venus de Praxíteles.

––Luego lo que produce la verdad es una stasis ––dedujo Stephen––. Me parece que Platón dijo que la

belleza es el resplandor de la verdad. No creo que eso quiera decir sino simplemente que la verdad y la

belleza son afines. La verdad es contemplada por la inteligencia aquietada por las relaciones más

satisfactorias de lo sensible. El primer paso en dirección a la verdad es el llegar a comprender la contextura

y la esfera de acción de la inteligencia misma, el comprender el acto intelectivo mismo. Todo el sistema de

la filosofía de Aristóteles descansa sobre su libro de psicología, y éste, sobre la afirmación de que un

mismo atributo no puede al mismo tiempo, y en la misma conexión, pertenecer y no pertenecer al mismo

sujeto. El primer paso en dirección a la belleza es el comprender la contextura y la esfera de acción de la

imaginación, el comprender el acto mismo de la aprehensión estética. ¿Está claro?

––Bien. ¿Pero qué es la belleza? ––preguntó Lynch impaciente––. Venga otra definición. ¡Algo que

vemos y que nos agrada! ¿Es a eso a todo lo que llegáis entre Aquino y tú?

––Tomemos la mujer––dijo Stephen.

––Tomémosla ––repitió fervorosamente Lynch.

––El griego, el turco, el chino, el copto, el hotentote ––dijo Stephen––, todos admiran un tipo diferente

de belleza femenina. En este punto parece que nos perdemos en un laberinto sin salida. Hay, sin embargo,

dos salidas. Una es la hipótesis de que cualquier cualidad física que los hombres admiran en las mujeres

está en conexión directa con las múltiples funciones de la mujer para la propagación de la especie. Tal vez

sea así. El mundo, según parece, es aún más lóbrego que lo que tú piensas, Lynch. Por mi parte, a mí me

desagrada esta solución. Conduce a la eugénica más bien que a la estética. Te saca fuera del laberinto para

ir a dar a un aula nueva y chillona en la cual Mac Cann, en una mano El origen de las especies, y en la otra

El Nuevo Testamento, te explica que si tú admiras las mórbidas caderas de Venus, es porque sientes que

ella puede darte el fruto de una prole rolliza, y que si admiras sus abundantes senos, es porque sientes que

serían capaces de proporcionar una leche nutritiva a los hijos que en ella engendres.

––Pues si es así, Mac Cann no es más que un requeteincordiante mentiroso ––exclamó vibrantemente

Lynch.

––Queda otra salida ––continuó Stephen sin poder contener la risa.

––¿Y es? ––dijo Lynch.

––La siguiente hipótesis ––comenzó Stephen.

Un gran carro cargado de hierro avanzó por la esquina del hospital de Sir Patrick Dun, sumiendo las

últimas palabras de Stephen en un horrible estruendo de metal tintineante. Lynch se tapó los oídos y se

puso a proferir juramento tras juramento hasta que el carro hubo desaparecido. Por fin, giró con ímpetu

sobre los talones. Stephen se volvió también y esperó por unos momentos hasta que el mal humor de su

compañero estuvo bien desahogado.

––La siguiente hipótesis ––repitió Stephen–– es la otra salida: aunque un mismo objeto pueda no parecer

hermoso a todo el mundo, todo el que admira un objeto bello encuentra en él ciertas relaciones que le

satisfacen y que coinciden con las etapas mismas de la aprehensión estética. Estas relaciones de lo sensible,

visibles para ti a través de una determinada forma y para mí a través de otra distinta, serán, por tanto, las

cualidades necesarias de la belleza. Y ahora vamos a volver a nuestro antiguo amigo Santo Tomás de

Aquino en demanda de otros dos peniques de sabiduría.

Lynch se echó a reír.

––Me resulta enormemente divertido ––dijo–– el oírte citarle una vez y otra vez como si se tratara de un

compinche frailuno que te hubieras echado. No sé si tú mismo no te estarás riendo para tu capote.

––Mac Alister ––contestó Stephen–– seguramente pondría a mi teoría estética el remoquete de «tomismo

aplicado». Hasta aquí, hasta donde se extiende este aspecto de la filosofía estética, el de Aquino me puede

conducir perfectamente encarrilado. Pero al llegar a los fenómenos de la concepción, gestación y

reproducción artísticas, necesito una nueva terminología y una nueva investigación personal.

––Naturalmente ––dijo Lynch––. Después de todo, Santo Tomás, a pesar de su inteligencia, no era más

que un frailuco como otro cualquiera. Pero eso de la investigación personal y de la nueva terminología ya

me lo explicarás otra vez. Date prisa ahora y acaba la primera parte.

––¿Quién sabe? ––dijo Stephen sonriendo––. Tal vez Santo Tomás me podría entender mejor que tú. Era

poeta también. Escribió un himno para el Jueves Santo. Comienza con las palabras Pange lingua gloriosi.

Afirman que es la joya más preciosa de todo el himnario. Es un himno intrincado y confortante. Me gusta.

pero no hay himno que pueda ponerse al lado del Vexilla Regis, el canto procesional, triste y majestuoso de

Venancio Fortunato.

Lynch se puso a cantar, suavemente, solemnemente, con una voz debajo profundo:

Impleta sunt quae concinit
David fdeli carmine
Dicendo a nationibus
Regnavit a legno Deus.

––¡Eso sí que es hermoso! ––dijo, satisfecho––. ¡Estupenda música!

Se metieron por Lower Mount Street. A pocos pasos de la esquina se encontraron con un mozo

gordinflón que llevaba una bufanda de seda, el cual les saludó, deteniéndolos.

––¿Habéis oído el resultado de los exámenes? ––les preguntó––. A Griffin me lo han cateado. Halpin y

O'Flynn han obtenido puesto para el Servicio Civil. Moonan ha salido el quinto para el de la India.

O'Shaughnessy, el catorce. Los irlandeses de Clark les han dado una comilona anoche. Comieron curry.

La cara hinchada y pálida expresaba una benevolente malicia, y mientras proseguía en la enumeración de

los éxitos, los ojos se le iban sumiendo dentro de un brocal de grasa, ylavoz débil y jadeante se hacía cada

vez más imperceptible al oído.

En contestación a una pregunta de Stephen, los ojos y la voz del noticiero volvieron a resurgir de sus

escondrijos. ––Sí, Mac Cullagh y yo ––dijo––. Él toma matemáticas puras y yo historia política. También

tomo botánica, además. Ya sabes que soy miembro de la sociedad de herborizantes.

Se retiró un poco con aire majestuoso y se colocó una mano gordezuela y enguantada en lana sobre el

pecho, del cual brotó al mismo tiempo una risa quebrada y jadeante.

––La primera vez que salgáis a herborizar, tráenos unos nabos y unas cebollas, para que hagamos un

estofado ––dijo secamente Stephen.

El rollizo estudiante se echó a reír indulgentemente y dijo: ––Todos los de la sociedad de herborizantes

somos personas de absoluta respetabilidad. El sábado último fuimos siete de nosotros a Glenmalure.

––¿Con mujeres, Donovan? ––preguntó Lynch.

Donovan se volvió otra vez a colocar la mano en el pecho ydijo:

––Nuestro objeto es la adquisición de conocimientos.

Después añadió rápidamente:

––He oído que estás escribiendo un trabajo sobre estética.

Stephen hizo un vago gesto de negación.

––Goethe y Lessing ––dijo Donovan–– han escrito la mar acerca de ese asunto, que si la escuela clásica,

que si la romántica, y todas esas cosas. El Laocoonte me interesó mucho cuando lo léí. Claro que es

idealista, germánico, ultraprofundo.

Ninguno de los otros dos contestó. Donovan se despidió cortésmente.

––Tengo que irme ––dijo con aire benevolente y manso––. Tengo vivas sospechas, que casi llegan a ser

convicción, de que mi hermana se proponía hacer fillós para el postre de la familia Donovan.

––Adiós ––dijo Stephen andando ya––, no te olvides de traernos ésos nabos.

Lynch volvió la cara para verle ir, e inició un gesto de desdén que se fue agudizando hasta dar a su rostro

la apariencia de una máscara diabólica.

––¡Y pensar ––dijo por fin–– que ese amarillo excremento, que ese comedor de fruta de sartén, pueda

obtener un buen puesto, mientras que yo tengo que fumar de lo barato!

Se dirigieron hacia Merrion Square y avanzaron en silencio por unos momentos.

––Terminaré lo que estaba diciendo acerca de la belleza ––dijo Stephen––. Las más satisfactorias

relaciones de lo sensible deben por tanto corresponderse con las fases indispensables de la aprehensión

estética. Si podemos encontrar éstas, habremos hallado las cualidades de la belleza universal. Aquino dice:

Ad pulchritudinem tria requiruntur integritas, consonantia, claritas. Lo cual yo traduzco así: Tres cosas

son precisas en la belleza: integridad, armonía, luminosidad. ¿Se corresponden estas cualidades con las

fases de mi aprehensión? ¿Me estás siguiendo?

––Claro que estoy ––dijo Lynch––. Si crees que tengo una inteligencia excrementicia como la de

Donovan, corre a buscarle y que sea él quien te escuche.

Stephen señaló hacia una cesta que el recadero de una carnicería llevaba en posición invertida sobre la

cabeza. ––Mira esa cesta.

––Ya la veo ––dijo Lynch.

––Para ver esa cesta tu mente necesita antes que nada aislarla del resto del universo visible que no es la

cesta misma. La primera fase de la aprehensión es una línea trazada en torno del objeto que ha de ser

aprehendido. Una imagen estética se nos presenta ya en el espacio o ya en el tiempo. Lo que es preceptible

por el oído se nos presenta en el tiempo; lo visible, en el espacio. Pero, temporal o espacial, la imagen

estética es percibida primero como un todo delimitado precisamente en sí mismo, contenido en sí mismo

sobre el inmensurable fondo de espacio o tiempo que no es la imagen misma. La aprehendemos como una

sola cosa. La vemos como un todo. Aprehendemos su integridad. Esto es integritas.

––¡De medio a medio, en el blanco! ––dijo Lynch riendo––. Sigue.

––Después ––continuó Stephen––, pasas de un punto a otro llevado por las líneas formales de la imagen;

la aprehendes como un equilibrio de partes dentro de sus límites; sientes el ritmo de su estructura. Con otras

palabras: a la síntesis de la percepción inmediata sigue el análisis de la aprehensión. Habiendo sentido

primero que es una sola cosa pasas a sentir que es una cosa. La aprehendes como un complejo, múltiple,

divisible, separable, compuesto de sus partes, y armonioso en el resultado, en la suma de ellas. Esto quiere

decir consonantia.

––¡En el blanco otra vez! ––dijo donosamente Lynch––. Explícame ahora lo que significa claritas, y te

ganas un puro.

––La significación especial de la palabra resulta bastante vaga ––dijo Stephen––. Santo Tomás emplea un

término que parece ser inexacto. A mí me tuvo desorientado por mucho tiempo. Te podría llevar a creer

que el de Aquino había pensado en una especie de simbolismo o idealismo, según el cual la suprema

cualidad de la belleza sería una luz extraterrena, de cuya noción la materia no sería más que una sombra, de

cuya realidad sólo sería un símbolo. Pensaba yo que claritas quisiera significar el descubrimiento y la

representación artística del universal designio divino, o una fuerza generalizadora que nos llevaría a

convertir la imagen estética en universal, que le haría extrarradiar sus propias condiciones. Pero todo esto

es literatura. Mi explicación es la siguiente: Una vez que has aprehendido la cesta de nuestro ejemplo

tomándola como una sola cosa, y después de haberla analizado con arreglo a su forma, de haberla

aprehendido como cosa, lo que haces es la única síntesis que es lógicamente y estéticamente permisible.

Ves entonces que aquella cosa es ella misma y no otra alguna. La luminosidad a que se refiere Santo Tomás

es lo que la escolástica llama quidditas, la esencia del ser. Esta suprema cualidad es sentida por el artista en

el momento en que la imagen estética es concebida en su imaginación. La mente en este instante ha sido

bellamente comparada con Shelley a un carbón encendido que se extingue. El momento en el que la

suprema cualidad de la belleza, la neta luminosidad de la imagen estética, es aprehendida en toda su

claridad por la mente, suspensa primero ante su integridad, y fascinada por su armonía, la luminosa y

callada stasis de la deleitación estética, estado espiritual semejante a aquel otro del corazón, el cual, usando

una frase casi tan bella como la de Shelley, el fisiólogo italiano Luigi Galvani llama el encantamiento del

corazón.

Stephen hizo una pausa y, aunque su compañero permanecía callado, sintió que sus palabras habían

convocado a su alrededor un silencio encantado y, pensativo.

––Lo que he dicho ––comenzó de nuevo–– se refiere a la belleza en el amplio sentido de la palabra, en el

sentido que la palabra tiene dentro de la tradición literaria. En la vida corriente tiene otro sentido distinto.

Cuando hablamos de la belleza en el segundo sentido del vocablo, nuestro juicio está influenciado en

primer lugar por el arte mismo y por la forma del arte. La imagen, claro está, ha de ser colocada entre la

mente o los sentidos del artista mismo y la mente o los sentidos de los otros. Si tienes esto presente,

comprenderás que el arte tiene necesariamente que dividirse en tres formas que van progresando de una en

una. Estas formas son: la lírica, forma en la cual el artista presenta la imagen en inmediata relación consigo

mismo; la épica, en la cual presenta la imagen como relación mediata entre él mismo y los demás; y la

dramática, en la cual presenta la imagen en relación inmediata con los demás.

––Eso me lo has dicho ya hace unas cuantas noches y fue entonces cuando empezamos aquella famosa

discusión.

––Tengo un cuaderno en casa ––dijo Stephen–– en el cual voy escribiendo una serie de preguntas más

divertidas aún que las que tú me––haces. Fue precisamente al tratar de resolverlas cuando encontré la teoría

estética que te voy explicando. He aquí algunas de las preguntas que me propongo: Una silla

primorosamente trabajada, ¿es trágica o cómica?¿Es bueno el retrato de Mona Lisa si siento deseo de

verlo? ¿Qué es el busto de Sir Philip Crampton? ¿lírico, épico o dramático? Y, si no, ¿por qué causa?

––Efectivamente, ¿por qué causa? ––dijo Lynch echándose a reír.

––Si un hombre dando furiosos hachazos en un leño ––prosiguió Stephen–– llega a darle la forma de

una vaca, ¿será esta imagen una obra de arte? Ysi no lo es, ¿cuál es la causa?

––Ésa sí que es estupenda ––dijo Lynch echándose a reír de nuevo––. Apesta a escolástica que

trasciende.

––Lessing ––dijo Stephen–– no debería haber escogido un grupo de estatuas como tema literario. El arte,

necesariamente impuro, no presenta nunca netamente separadas estas distintas formas de que acabo de

hablar. Aun en literatura, que es la más elevada y espiritual de las artes, estas formas se presentan a menudo

confundidas. La forma lírica es de hecho la más simple vestidura verbal de un instante de emoción, un grito

rítmico como aquellos que en épocas remotas animaban al hombre primitivo doblado sobre el remo u

ocupado en izar un peñasco por la ladera de una montaña. Aquel que lo prefiere tiene más conciencia del

instante emocionado que de sí mismo como sujeto de la emoción. La forma más simple de la épica la

vemos emerger de la literatura lírica cuando el artista se demora y repasa sobre sí mismo como centro de un

acaecimiento épico, y tal forma va progresando hasta que el centro dé gravedad emocional llega a estar a

una distancia igual del artista y de los demás. La forma narrativa ya no es puramente personal. La

personalidad del artista se diluye en la narración misma, fluyendo en torno a los personajes y a la acción,

como las ondas de un mar vital. Esta progresión la puedes ver fácilmente en aquella antigua balada inglesa,

Turpin Hero, que comienza en primera y acaba en tercera persona. Se llega a la forma dramática cuando la

vitalidad que ha estado fluyendo y arremolinándose en torno a los personajes, llena a cada uno de éstos de

una tal fuerza vital que los personajes mismos, hombres, mujeres, llegan a asumir una propia y ya

intangible vida estética. La personalidad del artista, primeramente un grito, una canción, una humorada,

más tarde una narración fluida y superficial, llega por fin como a evaporarse fuera de la existencia, a

impersonalizarse, por decirlo así. La imagen estética en la forma dramática es sólo vida purificada dentro

de la imaginación humana y reproyectada por ella. El misterio de la estética, como el de la creación

material, está ya consumado. El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro, o detrás, o más allá,

o por encima de su obra, transfundido, evaporado de la existencia... indiferente... entretenido en arreglarse

las uñas.

––El plan de transfundirlas también fuera de la existencia ––dijo Lynch.

Una lluvia menuda había comenzado a caer del cielo alto y nublado, y en vista de ello giraron hacia el

Prado del Duque para llegar a la Biblioteca Nacional antes de que sobreviniera el chaparrón.

––¿Qué te has propuesto ––preguntó agriamente Lynchcon toda esa jeringonza acerca de la imaginación

y de la belleza, estando como estás en esta condenada isla, dejada de la mano de Dios? No me maravillo de

que el artista se retirase dentro, o detrás de su obra, después de haber perpetrado un país semejante.

La lluvia caía más deprisa. Cuando hubieron atravesado el pasadizo de al lado de Kildare House, toparon

con una turba de estudiantes que estaban refugiados bajo las arcadas de la biblioteca. Cranly, recostado

contra una columna, seguía la charla de unos camaradas, mondándose los dientes con el palillo de una

cerilla previamente agudizado. Lynch le murmuró al oído a Stephen:

––Tu amada está aquí.

Stephen se dirigió en silencio a colocarse en el escalón de debajo del grupo de estudiantes, sin

preocuparse de la lluvia cada vez más intensa, volviendo de cuando en cuando los ojos hacia la muchacha.

También ella permanecía en silencio entre sus compañeras. Ahora no tiene un cura con quien coquetear,

pensó con una consciente amargura Stephen, acordándose de cómo la había visto hacía poco. Lynch tenía

razón. Y el espíritu de Stephen, vaciado ya de sus propias teorías y de su valor, volvía a sumirse en una paz

indiferente.

Oía la charla de los estudiantes. Hablaban de dos amigos que acababan de sufrir el examen final de

medicina, de las probabilidades de obtener un puesto en un trasatlántico, de clientelas pobres y ricas.

––Todo eso es filfa. Una clientela rural en Irlanda es mucho mejor.

––Hynes ha estado dos años en Liverpool y dice lo mismo. Que es un hoyo como para morirse. Nada más

que partos. ––¿Es que me vas a contar que es mejor coger un distrito del campo, aquí, que ejercer en una

ciudad rica como ésa? Conozco a un socio...

––Hynes es un memo. Se puede hacer la mar de dinero en una gran ciudad comercial.

––Depende de la clientela.

––Ego credo ut vita pauperum est simpliciter atrox, simpliciter sanguinarius atrox, in Liverpoolio.

Las voces llegaban a sus oídos como desde una gran distancia, a latidos irregulares. La muchacha se

preparaba a salir con sus compañeras.

El rápido y ligero chaparrón había pasado ya, prolongado ahora en racimos de diamantes entre los

arbustos del patio donde de la tierra mantillosa se exhalaba una húmeda emanación. Los lindos botines de

las muchachas crujían sobre los escalones de la columnata donde ellas estaban ahora charlando tranquila y

placenteramente. Miraban hacia el cielo, sosteniendo hábilmente inclinados sus paraguas contra las

postreras y escasas gotas de lluvia, pero los cerraron por fin para recogerse púdicamente las faldas.

¿Y si la hubiera juzgado con demasiada severidad? ¿Y si fuera su vida un simple rosario de horas,

sencilla y extraña como la vida de un pájaro alegre a la mañana, inquieto por el día, cansado a la puesta del

sol? ¿Y si fuera su corazón simple y voluntarioso como el de un pájaro?

Despertó hacia el amanecer. ¡Oh, qué música tan dulce! Su alma estaba húmeda de rocío. Sobre sus

miembros dormidos unas frías ondas de luz se habían deslizado. Estaba echado aún, como si su alma

yaciera entre unas aguas frías, consciente sólo de la música dulce y vaga. Su mente se iba despertando

lenta, hacia un tembloroso conocimiento matinal, hacia una matinal inspiración. Estaba lleno de espíritu,

puro como el agua más pura, dulce como rocío, móvil como música. Pero, ¡cuán tenue era aquel hálito!

¡Cuán desapasionado era! Tal un aliento de serafines que apenas le rozase. Su alma se iba despertando

lentamente, temerosa de despertar del todo. Era la hora de amanecida, cuando el viento está dormido,

cuando despierta la locura y las flores extrañas se abren a la luz y la mariposilla inicia su vuelo silencioso.

¡El encantamiento del corazón! La noche había sido encantada. El éxtasis de la vida seráfica le había sido

revelado en una visión, en un sueño. ¿Había sido sólo un instante de encanto? ¿O largas horas, años,

edades?

El instante de inspiración parecía ahora ser reflejado de todas partes a la vez por una multitud de

incidencias nebulosas, por todo lo que había existido, por todo lo que podía haber existido. El instante se

había abierto como un punto de luz y ahora de nube a nube, entre vagas incidencias, se iba tendiendo una

forma que velaba el último rastro luminoso. En las entradas virginales de la inspiración, la palabra se había

hecho carne. El arcángel Gabriel había bajado a la celda de la doncella. Y, disipada ya la llama blanca, sólo

quedaba en el espíritu su rastro resplandeciente, que se iba de nuevo intensificando, hasta dar una llamarada

de luz ardiente y rosa.

Aquella luz rosa y ardiente, era el corazón de ella, su corazón extraño y anhelante, lleno de anhelos desde

antes de los principios del mundo, y, tan extraño, que el hombre nunca lo había conocido ni nunca lo podría

conocer; y seducidos por aquel resplandor rosado, los coros de los serafines estaban cayendo de los cielos.

¿No estás cansada de ese ardiente afán,
tú, de ángeles caídos seducción?
No me evoques encantos que se van.

Los versos descendían desde su mente a los labios. Y mientras se los repetía en voz baja sintió que bullía

por entre ellos el movimiento rítmico de una villanela. El resplandor rosado estaba irradiando unas

emanaciones de rima: afán, volcán, imán; rayos que abrasaban el mundo consumiendo a un tiempo los

corazones de los hombres y de los ángeles. Y eran los rayos que salían de la rosa del corazón de ella; de su

corazón lleno de anhelos.

El corazón del hombre es un volcán
por tus ojos que dueños suyos son.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?

¿Más? El ritmo se extinguió, cesó, comenzó de nuevo a moverse y a latir. ¿Más aún? Sí: una ascensión

de humo, de incienso que subía desde el altar del mundo.

Más que el fuego tus laudes altos van,
humo en el mar, desde uno a otro rincón.
No me evoques encantos que se van.

El humo ascendía desde todos los puntos de la tierra, desde los mares nebulosos también y era el incienso

de sus alabanzas. La tierra toda era como un incensario que se mecía, que se balanceaba, como una bola de

incienso, como una bola elipsoidal. El ritmo cesó de repente. Se había roto el grito de su corazón. Sus

labios comenzaron a murmurar los primeros versos una vez y otra vez. Después trató de continuar a

tentones, entre versos medio iniciados, inconclusos, balbuceante, desorientado. Por fin se detuvo. El grito

de su corazón estaba roto.

La hora del viento dormido, la hora velada, había pasado y ya tras los cristales de la desnuda ventana se

estaba agolpando la luz mañanera. Un débil sonido de campana, muy lejos. El gorjeo de un pájaro... dos

pájaros... tres. Gorjeos y campana habían cesado. Y la luz triste y blanca se esparció de este a oeste,

cubriendo el mundo entero, cubriendo el resplandor rosado de su corazón.

Temeroso de perderlo todo se irguió de pronto sobre un brazo tratando de buscar un lápiz y un papel. No

había sobre la mesa ni lo uno ni lo otro. Sólo el plato sopero del arroz de la cena y el candelero con sus

estalactitas de esperma y su casquillo de papel, chamuscado por la última llama. Alargó el brazo

penosamente hacia los pies de la cama y buscó a tientas por los bolsillos de la chaqueta colgada allí. Sus

dedos tropezaron con un lápiz primero y una cajetilla después. Se tendió de nuevo y, desgarrando la

cubierta de la cajetilla, colocó el último pitillo que había en el reborde de la ventana y se puso a copiar con

letra menudita y pulcra sobre la áspera superficie de la cartulina las estrofas de su villanela.

Cuando hubo terminado se dejó descansar sobre la almohada llena de burujones, murmurando de nuevo

los versos para sí. La almohada de lana apelotonada y nudosa sobre la que su cabeza yacía le trajo el

recuerdo del sofá de crin de caballo que había en el salón, en casa de ella, y en el cual solía él sentarse, ya

sonriente, ya serio, preguntándose por qué razón había ido allí, molesto con ella y consigo mismo, anonaEste

documento ha sido descargado de

dado por el cromo del Sagrado Corazón que sobre un desprovisto aparador lucía. La vio que venía hacia él,

en una pausa de las conversaciones, para decirle que cantara una de aquellas canciones suyas tan curiosas.

Y se vio a sí mismo, sentado ante un piano viejo haciendo vibrar dulcemente las cuerdas, a tientas sobre las

teclas moteadas, y cantando entre la cháchara de la conversación de nuevo reanudada, cantando para ella,

reclinada en la repisa de la chimenea, alguna delicada canción de la época isabelina, un triste y dulce

lamento de despedida, o el canto de victoria de Agincourt o la chispeante tonada de Greensleeves. Y

mientras él cantaba, y ella le estaba escuchando, o fingiendo escuchar, sentía el corazón en reposo, pero

cuando se terminaban las deliciosas canciones arcaicas y oía de nuevo el rumor de las voces, se acordaba de

pronto de aquella frase irónica que él mismo había forjado: «casa donde a los muchachos solteros les llaman

por el diminutivo un poquito prematuramente».

Había momentos en que los ojos de ella parecían prestos a entregarle su confianza. Pero había aguardado

siempre en vano. Y ahora la veía danzando aéreamente en su memoria, tal como en aquella noche de un

baile de carnavales, con un ligero revuelo de su traje blanco y un ramito de flores blancas oscilante entre el

cabello. Danzaba aéreamente en la rueda. Danzaba viniendo hacia él, ya a punto de llegar, los ojos un poco

desviados, yun tenue rubor en las mejillas. En la cadena de manos del corro, la de ella se había apoyado por

un instante en la de Stephen, entregándose como una suave mercadería:

––¡Qué caro te vendes ahora!

––Sí. He nacido para monje.

––Tengo miedo de que seas hereje.

––¿Miedo? ¿Mucho miedo?

Por toda contestación, ella se había apartado bailando en la cadena del corro, bailando aéreamente,

discretamente, sin entregarse a ninguno. El ramito de flores blancas oscilaba, con el aire, entre su cabello y

en los espacios de sombra se le hacía más intenso el resplandor de las mejillas.

¡Monje! Su propia imagen surgía como la de un profanador del claustro, como la de un franciscano

herético, dispuesto y reluctante al divino servicio, como la de un Gherardino da Borgo San Donnino, como

la de un tejedor sutil de una tela de sofismas, filtrados a susurros en los oídos de las muchachas.

No. No era su imagen propia. Era la imagen de aquel sacerdote mozo en cuya compañía la habían visto a

ella hacía poco tiempo, de aquel a quien él la había visto mirar con ojos de paloma, mientras los dedos

jugaban con las páginas de su manual de lengua irlandesa.

––Sí, sí, las mujeres se nos van agregando. Cada día lo noto más. Las mujeres están con nosotros. Son las

mejores propagandistas de nuestro idioma.

––¿Y la Iglesia, Padre Morán?

––La Iglesia también. También va entrando por ello. Nuestra campaña hace progresos en los medios

eclesiásticos. No se preocupe usted por la Iglesia.

¡Bah! Había hecho bien en abandonar desdeñosamente la habitación. ¡Había hecho bien en no saludarla––

en la columnata de la Biblioteca! Había hecho bien en dejarla que coqueteara con su cura, que jugara con

una iglesia que era la fregona de la cristiandad.

Una cólera ruda, brutal, ahuyentó de su alma los últimos vapores del éxtasis, rompiendo violentamente la

dulce imagen de la amada y dispersándola en fragmentos en todas direcciones. Por todos lados surgían en

el recuerdo reflejos dislocados de aquella imagen rota. La florista del vestido harapiento y el cabello

húmedo y basto y la cara desvergonzada, que le había importunado con un ramillete «para estrenarse»,

dándose a sí misma el nombre de «su niña». La moza de cocina de la casa de al lado, que entre el estruendo

de los platos solía cantar los primeros compases de Entre los lagos y las montañas de Killarney. Y aquella

otra muchacha que se había reído de lo lindo de verle dar un trompicón, enganchado por un agujero de la

suela del zapato en un pedazo de hierro, al ir por la acera cerca de Cork Hill. Y aquella otra a la cual había

mirado atraído por su boca breve y madura, al pasar por la fábrica de galletas de Jacob, y que le había gritado,

volviendo la cabeza por encima del hombro:

––¿Te gusto, pelo lacio y cejas rizosas?

Y sin embargo sentía que, aunque tratara de burlarse de la imagen de ella y de envilecerla, su cólera

misma no era sino una forma de homenaje. Al abandonar la clase donde se daban las lecciones de irlandés,

había sentido un desdén que no era totalmente sincero. ¿No sería tal vez el secreto de su raza ––había

pensado––, lo que yacía oculto tras aquellos ojos sobre los cuales las largas pestañas derramaban

relámpagos de sombra? Y al avanzar por la calle, se había dicho amargamente que ella era la verdadera

representación de la feminidad de su país: alma que nace a la conciencia del propio ser, como un murciélago

que se despierta abandonado y entre sombras y misterios, alma que presta por un momento oídos, sin

pasión y sin pecado, a su tímido amante, pero le deja luego para ir a susurrar sus inocentes transgresiones a

través de una rejilla en las orejas de un sacerdote. La cólera que sentía contra ella encontró desahogo

desatándose en soeces injurias contra su rival. Su voz, su nombre, sus rasgos fisionómicos, todo en él

ofendía su amor propio burlado. ¡Aquel palurdo convertido en cura, con un hermano guardia en Dublín

yotro camarero en Moycullen! Y era ante aquel ser ante quien ella levantaría el velo de la tímida desnudez

de su alma, ante aquel ser enseñado a cumplir rutinariamente un rito formal, y no ante él, sacerdote de la

eterna imaginación, capaz de transmutar el pan cotidiano de la experiencia en materia radiante de vida

imperecedera.

La imagen radiante de la eucaristía reunió de nuevo en un instante sus amargos y desesperanzados

pensamientos. Y de entre ellos surgió un grito intacto, un himno de acción de gracias.

Nuestros gritos y layes cantarán
eucarísticamente la canción.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?
Mientras las manos levantando están
el desbordante cáliz de pasión.
No me evoques encantos que se van.

Repitió los versos en voz alta desde el principio, hasta que su alma, bañada en música y en ritmo, se

sintió aquietada en un remanso de indulgencia. Después los copió trabajosamente para sentirlos mejor

viéndolos, y tornó a reclinarse sobre la almohada.

La mañana estaba inundada de luz plena. No se oía ruido alguno. Pero sentía que en torno de él la vida

estaba a punto de despertar entre ruidos vulgares, voces rudas y orientaciones soñolientas. Y huyendo de

aquella vida, se volvió hacia el muro, arrebujado entre las ropas, y se puso a contemplar las flores rojas y

muy abiertas del desgarrado papel de la pared. Trató de reanimar su alegría huidiza con aquel resplandor

rojo, imaginándose un camino de rosas que ascendía todo sembrado de flores encendidas desde su lecho

hasta el cielo. ¡Cansado! ¡Cansado! Él también estaba cansado de los ardientes afanes, de los ardientes

caminos.

Un tibio y gradual calor, un lánguido cansancio, descendía por su cuerpo a lo largo de la espina dorsal

desde la cabeza arrebujada como en un capuchón entre las coberturas. Lo sentía descender, y, viéndose tal

como estaba allí tendido, sonrió. Se dormiría pronto.

Había escrito versos para ella otra vez, al cabo de diez años.

Diez años antes, ella llevaba la cabeza envuelta en su chal como en un capuchón, y su aliento tibio se

esparcía en torno de ella en el aire de la noche, mientras sus piececitos repiqueteaban sobre la calle cubierta

de cristales de hielo. Era el último tranvía. Los jamelgos castaños lo sabían y agitaban sus campanillas para

advertírselo a la noche clara. El cobrador hablaba con el conductor y ambos hacían a menudo signos

expresivos con la cabeza, a la luz verde de la lámpara. Y ella y él estaban de pie en el estribo del tranvía, él

en el escalón de arriba, ella en el de abajo. Y ella había subido varias veces al escalón de él mientras

hablaban y vuelto a bajar de nuevo; y una o dos veces se había quedado al lado suyo por un rato, olvidada

de volver al escalón inferior, hasta que por fin lo había hecho. ¡Bah! ¡Bah!

Y ya diez años entre aquella cordura infantil y la locura presente. ¿Y si le enviara los versos? Los leerían

en voz alta a la hora del desayuno, entre el descascarilleo de los huevos pasados por agua. ¡Bah! ¡Locura!

Sus hermanos se reirían y tratarían de arrebatarse uno a otro la hoja con sus dedos fuertes y rudos. Y el tío,

el almibarado sacerdote, sostendría el papel con todo el brazo extendido para leerlo y aprobar con una

sonrisa la forma literaria.

No, no. Era una locura. Que aun si le enviara los versos, seguramente ella no los había de enseñar a los

demás. No, no: no lo haría.

Comenzó a tener la sensación de que tal vez la había juzgado injustamente. Comprendió que ella era

inocente, lo comprendió de tal modo, que casi llegó a sentir piedad. Era la inocencia que él no había podido

comprender hasta que había llegado a conocerla por medio del pecado, la inocencia que ella tampoco había

podido comprender mientras era inocente, hasta que la extraña miseria de la naturaleza femenina había

llegado por primera vez a su cuerpo. Que entonces su alma habría comenzado a vivir, del mismo modo que

la de él después del primer pecado. Y una tierna piedad llenó su corazón al recordar la frágil palidez de

aquellos ojos, humildes y entristecidos por el oscuro oprobio de la feminidad.

Y ¿dónde estaba ella mientras el alma de él había pasado del éxtasis al desfallecimiento? ¿Podría ser, por

las misteriosas vías de la vida espiritual, que su alma en aquellos mismos momentos tuviera conciencia del

homenaje que él le dedicaba? Podía ser.

Una llamarada de deseo inflamó de nuevo su espíritu e incendió y traspasó todo su cuerpo. Consciente de

aquel deseo, ella se estaba levantando de su sueño aromado, ella, la tentadora de su villanela. Sus ojos,

profundos y de un lánguido mirar, se estaban abriendo hacia los ojos de él. Su desnudez se le entregaba,

radiante, tibia, aromada y plena, envolviéndole en efluvios vitales como un agua. Y como una nube de

vapor, o como aguas que en círculos se derramaran por el espacio, los signos líquidos del verbo, los

símbolos del elemento misterioso fluían otra vez del cerebro de Stephen.

¿No estás cansada de ese ardiente afán,
tú, de ángeles caídos seducción?
No me evoques encantos que se van.
El corazón del hombre es un volcán
por tus ojos que dueños suyos son.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?
Mas que el fuego tus laudes altos van,
humo en el mar, desde uno a otro rincón.
No me evoques encantos que se van.
Nuestros gritos y layes cantarán
eucarísticamente la canción.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?
Mientras las manos levantando están
el desbordante cáliz de pasión.
No me evoques encantos que se van.
Que aun, tuyos, a los ojos piedra imán,
mirar lánguido y forma plena, son.
¿No estás cansada de ese ardiente afán?
No me evoques encantos que se van.

¿Qué pájaros eran aquéllos? Se detuvo en los escalones de la Biblioteca y, apoyándose con aire de

cansancio en su vara de fresno, se puso a contemplar cómo volaban. Revoloteaban girando y girando sin

cesar, en torno al saledizo de una casa de Molesworth Street. Su vuelo resaltaba netamente sobre el cielo de

un atardecer de a últimos de marzo, como si aquellos trémulos y dardeantes cuerpecillos volaran sobre un

tapiz azul y neblinoso apenas suspendido allá en los aires.

Estaba mirando cómo volaban. Y eran al pasar, pájaro a pájaro, sólo un relámpago quebrado y sombrío,

sólo un temblor de alas. Trató de contarlos antes de que todos hubieran desaparecido: seis, diez, once. Y se

preguntaba si serían nones o pares. Doce, trece: que dos bajaban aún deslizándose en círculos desdé las

regiones más altas. Volaban arriba, abajo, pero siempre girando, girando, cambiando constantemente de la

trayectoria recta a la curva, siempre de derecha a izquierda, como si estuviesen dando vueltas alrededor de

un templo aéreo.

Y oía sus gritos. Tal el chillido de los ratones tras el maderamen: una nota doble y aguda. Pero las notas

giraban largas y agudas, no comparables al chillido de los ratones ni al ruido de la carcoma. Bajaban de

tono una tercera o una cuarta y se prolongaban en trino cuando los picos alados hendían los aires. Eran

unos gritos penetrantes, finos, claros, que caían como hilos de luz sedosa al fluir del giro de una

devanadera.

Aquel clamor extrahumano le aliviaba el insistente murmullo de los sollozos y reproches de su madre,

que aún en los oídos le estaba resonando. Y aquellos cuerpecillos oscuros, frágiles, estremecidos, que

giraban cambiantes y temblorosos alrededor de un templo aéreo, le velaban la visión del rostro de la madre

que aún no se le había borrado de los ojos.

¿Por qué se había detenido en los escalones del pórtico para oír aquel grito doble y agudo, para

contemplar aquel vuelo? ¿En busca de algún augurio adverso o favorable? A través de su mente pasó una

frase de Cornelio Agripa y luego revolotearon aquí y allá, por su espíritu, algunos pensamientos borrosos

de Swedenborg acerca de la semejanza de los pájaros y de las cosas de la inteligencia, y de cómo las

criaturas del aire tienen su entendimiento propio y conocen las diferentes horas y estaciones, porque, a

diferencia del hombre, permanecen dentro del orden de su vida sin haberlo pervertido por la razón.

Y edades tras edades, los hombres habían levantado la vista para contemplar el vuelo de los pájaros. La

columnata que se elevaba sobre él le hizo recordar vagamente un templo antiguo, y la vara de fresno en la

que cansadamente se apoyaba trajo a su memoria el bastón curvado de un augur. Un temor a lo

desconocido latió allá en las entrañas de su cansancio, temor a símbolos y a portentos, temor al hombre––

halcón cuyo nombre llevaba, al hombre que trata de evadirse de su cautividad volando con alas de mimbres

entretejidos, temor a Thoth, el dios de los escritores, que escribe con su caña sobre una tablilla y lleva sobre

su fino cráneo de ibis los cuernos de la luna nueva.

Se sonrió al pensar en la imagen del dios porque le hizo pensar en un juez de nariz porruda y peluquín

que estuviera poniendo comas en un documento sostenido a la distancia permitida por la longitud de su

brazo, y porque comprendió que no le hubiera venido a las mientes el nombre de aquel dios a no ser porque

sonaba lo mismo que un juramento irlandés. ¡Bah, locuras! ¿Pero no era también por tal locura por lo que

estaba a punto de abandonar la casa de oración y prudencia en la que había nacido y el orden de vida que le

había dado el ser?

Y volvían de nuevo, lanzando agudos gritos, revoloteando por encima del saledizo de la casa: cuerpos

oscuros y alados sobre el cielo del atardecer. ¿Qué pájaros eran aquéllos? Pensó que debían de ser

golondrinas ya de regreso del sur. El augurio era, pues, de partida, porque aquellos pájaros siempre estaban

yendo y viniendo, construyendo un hogar transitorio bajo los aleros de las casas de los hombres y abandonando

siempre sus hogares para errar de nuevo.

Inclinad vuestros rostros, Oona y Aleel.
Yo los contemplo cual la golondrina
mira, bajo el alero, su nidal,
antes de errar sobre la mar sonora.

Una dulce y líquida alegría, como un rumor de infinitas aguas, fluía sobre su memoria. Y sentía en su

corazón una dulce paz de espacios silenciosos, de tenues cielos, al atardecer, sobre las aguas, de silencios

oceánicos, de un volar de golondrinas a través del crepúsculo marino sobre las aguas agitadas.

Una dulce y líquida alegría fluía también a través de las palabras de los versos, en los que las largas

vocales se entrechocaban sin ruido para desvanecerse en un pujar y refluir que agitaba las blancas

campanillas de sus ondas: juego de notas mudo, mudo repique, grito que se desvanece, dulcemente, en voz

baja. Y sintió que el augurio que había buscado en las evoluciones dardeantes de los pájaros yen el pálido

espacio de los cielos, había surgido de su corazón, como un ave que se lanzara al vuelo desde una torrecilla,

quedamente, rápidamente.

¿Símbolo de partida o de soledad? Los versos canturreados en los oídos de su memoria le recomponían

ahora lentamente delante de los ojos la escena de la sala del teatro nacional en la noche de la inauguración.

Sentado, solo, en su asiento de galería lateral, contemplaba desde allí con ojos apagados la flor y nata de la

sociedad de Dublín, congregada en las butacas, y las chillonas bambalinas, y los muñecos humanos, que

gesticulaban encuadrados por las deslumbrantes luces de la escena. Detrás de él, estaba sentado un guardia

corpulento, que parecía a cada instante deseoso de entrar en acción. Y los maullidos, los silbidos y los

gritos burlones de los estudiantes, compañeros suyos, desparramados por la sala, salían de un lado y otro,

conglomerándose en rachas tumultuosas.

––¡Esto es un libelo contra Irlanda!

––¡Fabricado en Alemania!

––¡Blasfemia!

––¡Jamás hemos hecho traición a nuestro ideal!

––¡No hay mujer irlandesa que lo haya hecho!

––¡Abajo el dilettantismo ateo!

––¡Afuera con los budistas de nuevo cuño!

De las ventanas de encima descendió un rápido y súbito silbido. Comprendió que acababan de encender

las luces de la sala de lectura. Se volvió hacia las columnas del vestíbulo, que ahora yacían en calma bajo la

luz, subió la escalera y pasó el torniquete.

Cranly estaba sentado cerca del sitio de los diccionarios. Frente a él, yacía sobre el atril de madera un

grueso volumen abierto por la portada. Y Cranly, recostado en el respaldo de la silla, alargaba la oreja,

como un cura en su confesionario, hacia un estudiante de medicina que le estaba leyendo un problema de

ajedrez en la sección recreativa de un periódico.

Stephen se sentó a la derecha de Cranly. Un sacerdote, al otro lado de la mesa, cerró con furia el ejemplar

de The Tabletque estaba leyendo y se puso en pie. Cranly le miró tranquilamente y con aire distraído. El

estudiante de medicina continuó en voz más baja:

––Peón a cuarta de rey.

––Mejor haríamos en marcharnos, Dixon ––dijo Stephen a manera de advertencia––. Ha ido a quejarse.

Dixon dobló el periódico, y levantándose con dignidad, afirmó:

––Nuestros hombres se retiran en buen orden.

––Con cañones y ganado ––agregó Stephen, señalando a la portada del libro de Cranly, donde se leía:

Enfermedades del Buey.

Al pasar por uno de los pasillos que dejaban las mesas, Stephen dijo a Cranly:

––Necesito hablarte.

Cranly ni contestó ni se volvió. Dejó el libro sobre la mesa de devoluciones y salió, plantando

sonoramente sus bien calzados pies sobre el pavimento.

En la escalera se detuvo, y mirando distraídamente a Dixon, repitió:

––Peón a esa condenada cuarta de rey.

––Puedes ponerlo ahí si te place ––dijo Dixon.

Tenía una voz átona y tranquila y maneras corteses; y de vez en cuando, dejaba ver una sortija de sello en

uno de los dedos de su mano limpia y gordezuela.

Al cruzar el vestíbulo, se adelantó al encuentro de ellos un hombrecillo de estatura enana. Bajo la cúpula

de su diminuto sombrero, se le dibujó una sonrisa en el rostro barbado de días y se le oyó que exhalaba un

murmullo. Sus ojos eran melancólicos como los de un mono.

––Buenas tardes, caballeros ––dijo aquella cara simiesca y erizada de pelos.

––Para estar en marzo, hace calor ––dijo Cranly––. Allá arriba tienen todo abierto.

Dixon se sonrió e hizo dar una vuelta a su anillo. La cara negruzca y surcada de arrugas simiescas frunció

su boca humana con un gesto de sereno agrado y un murmullo de satisfacción salió de ella:

––Hace un tiempo delicioso para marzo. Sencillamente delicioso.

––Tiene usted ahí arriba a dos chicas de primera, cansadas de esperarle, capitán ––dijo Dixon.

Cranly se sonrió y exclamó amablemente.

––Para el capitán no hay más que una pasión: Walter Scott. ¿No es así, capitán?

––¿Qué está usted leyendo ahora, capitán? ––le preguntó Dixon––. ¿La novia de Lammermoor?

––Tengo verdadera pasión por Scott ––afirmaron los labios flexibles del hombrecillo––. Creo que sus

escritos son admirables. No hay escritor que se pueda comparar con él.

Y una mano desmedrada se movió suavemente en el aire para acompañar la alabanza, mientras sus

párpados finos y rápidos pasaban y repasaban repetidamente sobre los ojos tristes.

Más triste aún, el sonido de aquella voz en los oídos de Stephen: dulce entonación empañada y tenue,

estropeada por un constante trabucar las palabras. Stephen la escuchaba y se preguntaba si sería cierta

aquella historia, según la cual la sangre mezquina que corría por aquella desmedrada naturaleza era noble y

fruto de un amor incestuoso.

Los árboles del parque estaban cargados de lluvia. La lluvia caía incesantemente sobre el lago, gris como

un escudo de metal. Pasaba una manada de cisnes, y el agua y la margen estaban manchadas de un légamo

blancuzco y verdoso. Y, ellos, se abrazaban dulcemente, excitados por la luz pluviosa y gris, por los árboles

húmedos y silenciosos, por la presencia del lago, gris como un escudo de acero, por los cisnes. Se

abrazaban sin alegría, sin pasión, el brazo de él alrededor del cuello de su hermana. Ella se envolvía en una

capa de lana gris, terciada del hombro al talle, y su cabeza rubia se inclinaba consentidora y avergonzada.

La cabellera de él, suelta y de un rojo oscuro; sus manos, pecosas, fuertes y bien modeladas. ¿La cara? No,

cara no se veía. El rostro del hermano estaba doblado sobre el cabello, rubio y fragante de lluvia, de ella. Y

aquella mano pecosa, recia, bien modelada y acariciante, era la mano de Davin.

Frunció el ceño, malhumorado por esta idea y por el muñeco humano que la había hecho nacer. Y de su

memoria surgieron de pronto las bromas de su padre allá en la peña de amigos de Bantry. Las mantuvo a

distancia y se puso a cavilar desagradablemente sobre su propio pensamiento. ¿Por qué no eran las manos

de Cranly? ¿Era que la simplicidad y la inocencia de Davin le corroían más profundamente?

Siguió vestíbulo adelante en compañía de Dixon, mientras Cranly quedaba despidiéndose con todo

primor del enano.

Bajo la columnata estaba Temple en medio de un grupito de estudiantes. Uno de ellos gritó:

––Dixon, acércate para que oigas. Temple está hoy estupendamente.

Temple volvió hacia el que había hablado sus ojos agitanados yoscuros.

––Eres un hipócrita, O'Keeffe ––dijo––. Y Dixon, un sonreidor. ¡Demonio, vaya expresión literaria que

acabo de inventar!

Se echó a reír solapadamente mirándole a Stephen a la cara y repitió:

––¡Demonio! ¡Estoy la mar de contento con esa palabra! ¡Sonreidor!

Un estudiante regordete que estaba de pie debajo del grupo dijo:

––Vuelve otra vez a lo de la querida, Temple. Tenemos ganas de saber lo que hay.

––Tenía una, palabra de honor ––continuó Temple––. Y era casado, además. Y todos los curas

acostumbraban ir a comer allí. ¡Qué demonio! Yo creo que todos sacaban tajada.

––Sí; lo que diríamos: «arregostarse al penco por no gastar el bridón» ––sentenció Dixon.

––Dinos, Temple ––preguntó O'Keeffe––, ¿cuántos litros de la negra tienes hoy en el cuerpo?

––Toda tu inteligencia está condensada en esa frase ––dijo Temple con marcado desprecio.

Dio una vuelta con paso vacilante alrededor del grupo, y luego se dirigió a Stephen:

––¿Sabe usted que los Forsters son reyes de Bélgica?

En este momento apareció Cranly en la puerta del vestíbulo. Traía el sombrero echado sobre el cogote, y

venía mondándose los dientes con todo cuidado.

––Aquí tenemos el pozo de ciencia ––dijo Temple––. ¿Qué, sabes tú eso de los Forsters?

Sé detuvo en espera de respuesta. Cranly había extraído de entre su dentadura un granito de higo; lo tenía

en la punta de su primitivo mondadientes y lo estaba contemplando con toda atención.

––La familia Forster ––continuó Temple–– desciende de Balduino I, rey de Flandes, llamado el del

Bosque, o sea Forester. Forester y Forster son una misma palabra. Un descendiente de Balduino I, el

capitán Francis Forster, se estableció en Irlanda, y se casó con la hija del último jefe de Clanbrassil. Existen,

además, los Blake Forster. Pero son otra rama distinta.

––De la del Calvo, rey de Flandes ––repitió Cranly, mientras se hurgaba de nuevo con toda cachaza la

dentadura, reluciente entre los labios abiertos.

––¿Dónde te has agenciado esa historia? ––preguntó O'Keeffe.

––Sé también la historia de toda su familia de usted ––dijo Temple volviéndose hacia Stephen––. ¿Sabe

usted lo que Giraldo Cambrense dice acerca de su familia?

––¿Qué? ¿Desciende también de Balduino? ––preguntó un estudiante alto, de ojos oscuros y aspecto

hético.

––Del Calvo ––repitió otra vez Cranly, chupando por entre una juntura de sus dientes.

––Pernobilis et pervetusta familia ––dijo Temple dirigiéndose a Stephen.

El estudiante regordete que estaba en los escalones, un poco más abajo que los otros, se soltó un pedito

breve. Dixon se volvió hacia él y preguntó con toda suavidad.

––¿Ha hablado un ángel?

Cranly se volvió también y exclamó vehementemente, pero sin cólera:

––Goggins, eres el condenado marrano más grande que he conocido en mi vida.

––Se me estaba ocurriendo hacer esa afirmación ––dijo Goggins cachazudamente––. ¿He hecho daño a

alguien?

––Suponemos ––dijo Dixon suavemente––, que no habrá sido de la especie que la ciencia conoce como

paulo post futurum.

––¿No os lo había definido como un sonreidor? ––dijo Temple, volviéndose a derecha e izquierda––.

¿No os lo había dicho?

––Sí, sí. No estamos sordos ––dijo el alto que parecía tísico.

Cranly miraba todavía ceñudamente al estudiante rechoncho, que seguía en los escalones debajo de él.

––¡Vete de aquí! ––exclamó por fin rudamente––. ¡Vete, vaso de inmundicia! ¡Que no eres más que un

vaso de inmundicia!

Goggins saltó de un brinco al sendero para volver en seguida a encaramarse, sonriente, en su sitio.

Temple se volvió a Stephen y le preguntó:

––¿Cree usted en la ley de la herencia?

––¿Estás borracho o qué te pasa, o qué es todo eso que andas diciendo? ––le preguntó Cranly,

encarándosele de súbito con expresión de asombro.

––La sentencia más profunda que se ha escrito jamás ––dijo lleno de entusiasmo Temple–– es ésta con la

que termina el libro de Zoología: La reproducción es el principio de la muerte.

Tocó tímidamente a Stephen en el codo y añadió con viveza:

––Usted que es poeta sí que podrá comprender bien la profundidad de esta frase.

Cranly le apuntó con el dedo índice y dijo con desprecio a los otros:

––¡Miradle! ¡Contemplad la esperanza de Irlanda!

Todos los demás se echaron a reír del ademán y las palabras. Temple se volvió decididamente hacia él y

exclamó:

––Cranly, tú te estás burlando siempre de mí. Lo veo. Pero yo valgo lo que tú aquí y en cualquier sitio.

¿Sabes lo que pienso de ti si te comparo conmigo mismo?

––Querido amigo ––dijo Cranly en tono cortés––, eres incapaz, ¿sabes?, absolutamente incapaz de

pensar.

––Pero, ¿sabes ––siguió Temple–– lo que pienso de ti y de mí si nos comparo el uno con el otro?

––¡Afuera con ello, Temple! ––gritó el estudiante regordete desde su puesto en los escalones––. ¡Anda,

velo diciendo a cachos!

Temple se volvió a derecha e izquierda haciendo gestos vagos mientras hablaba.

––Yo soy un tío badajo ––dijo meneando la cabeza con ademán pesimista––. Lo soy y sé que lo soy. Y

reconozco que lo soy.

Dixon le dio una palmadita en el hombro, agregando en tono suave:

––Y esa declaración te honra.

––Pero él ––continuó Temple, señalando con el dedo a Cranly––, él es un badajo también, lo mismo que

yo. Sólo que no lo sabe. Y ésa es toda la diferencia que encuentro entre los dos.

Una explosión de risotadas cubrió la última frase. Pero él se volvió a Stephen, y dijo con una repentina

excitación: ––Es una palabra muy interesante: badajo. ¿Sabía usted que esa palabra tiene una difusión

geográfica muy interesante? ¿Lo sabía usted?

––¿Sí? ––dijo Stephen con aire distraído.

Estaba ocupado en observar la cara de trazos firmes y doloridos de Cranly, iluminada ahora por una

sonrisa de falsa paciencia. El insulto grosero había pasado por encima de él como un agua inmunda vertida

sobre una antigua imagen de piedra, indiferente a todo ultraje. Y mientras le observaba notó que se quitaba

el sombrero como para saludar, dejando al descubierto su pelo negro, erizado sobre la frente como una

férrea corona.

Era ella la que pasaba. Salía de la Biblioteca e hizo una inclinación para responder por detrás de Stephen

al saludo de Cranly. ¿También él? ¿No había un ligero rubor en las mejillas de Cranly? ¿O procedía de las

palabras de Temple? La luz se había desvanecido. Y no podía ver.

¿Era ésta la explicación del silencio distraído de su compañero, de sus desabridos comentarios, de sus

súbitas y desagradables salidas de tono ante las que iban a estrellarse tan a menudo las confesiones

apasionadas e irrefrenables de Stephen? Stephen había perdonado ampliamente todo, porque tal rudeza la

había encontrado también en sí mismo. Y se acordaba de aquel atardecer en que apeándose de una bicicleta

prestada y rechinante, se había puesto a orar en medio del bosque, cerca de Malahide. Estático, los brazos

levantados hacia el cielo, había dirigido sus palabras hacia la sombría nave de troncos, conociendo que

estaba en un lugar sagrado y que sagrada era también la hora. Pero al divisar dos guardias, surgidos de un

recodo del camino oscuro, había interrumpido su plegaria, para ponerse a silbar sonoramente una

cancioncilla de la última pantomima.

Se puso a golpear el astillado extremo de su varita de fresno contra una columna. ¿Acaso no le había oído

Cranly? «¡Que espere!», se diría. La charla de los que estaban cerca de él había cesado por un momento y

por segunda vez un suave silbido descendió de una de las ventanas de arriba. Todo lo demás estaba

silencioso en el aire y ya estarían dormidas aquellas golondrinas cuyas evoluciones había seguido con

ocioso mirar.

Y ella había pasado entre el crepúsculo. Ésa era la causa por la que todo estaba silencioso, todo, salvo el

suave siseo que caía de la ventana. Y ésa era la razón por la que las lenguas de los hombres habían cesado

también en su cháchara. Estaba cayendo la oscuridad.

La oscuridad desciende de los aires

–– Una alegría temblorosa, como una caricia de luces pálidas, danzaba una danza de espíritus encantados

en torno de él. ¿Qué era? ¿El paso de la muchacha por entre el aire crepuscular? ¿O el verso lleno de

vocales densas, pleno de ritmo, son de laúd?

Quiso ocultar su ensueño a los otros y se apartó lentamente hacia el extremo de la columnata donde las

sombras eran más intensas; y, según iba andando, golpeaba blandamente las losas con su bastón y dejaba a

su espíritu vagar a su placer por otras edades: tiempos de Dowland, de Byrd y de Nash.

Ojos, ojos abiertos entre las lobregueces del deseo, ojos por los que la aurora rompiente se torna oscura.

Su gracia lánguida, ¿qué era sino un encanto de rancias galanterías? ¿Y qué su esplendor sino brillo de

espuma sobre el cieno de la corte de un lujurioso Estuardo? Y paladeó en el recuerdo vinos ambarados,

dejos expirantes de dulces canciones y esplendores de pavana, y vio con los ojos de la memoria gentiles

damas, las bocas contraídas por un gesto incitante, muy atentas a sus martelos desde los balcones de

Dovent Garden; y mozas de mesón, llenas de lacras; y casadas rozagantes, rendidas a sus seductores entre

besos y abrazos y caricias.

No le producían placer estas imágenes. Tenían un encanto íntimo y abrasado, pero la de ella quedaba

señera, aislada de toda esta baraúnda. Tales pensamientos iban mal con su imagen; cuando pensaba en ella,

lo hacía de modo distinto. ¿No había, pues, ni aun fiarse de la mente propia? Frases rancias, dulces sólo con

una dulzura exhumada, como los granitos de higo que Cranly se extraía de entre sus dientes esmaltados.

Tenía una vaga conciencia de que ella avanzaba a través de la ciudad, de regreso a casa; pero ni los ojos

lo veían ni lo pensaba el cerebro. El aroma de su cuerpo fue llegando, dudoso al principio, después neto y

claro. Una consciente intranquilidad comenzó a hervir en la sangre de Stephen. Sí, era el aroma del cuerpo

de ella, un aroma lánguido y salvaje. Tibio calor de los miembros sobre los que la música de los versos

había fluido anhelante. Y dulces ropas íntimas sobre las que su carne manaba un rocío y un perfume.

Algo le andaba por la nuca. Metió diestramente el índice y el pulgar por debajo del amplio cuello y lo

cogió: un piojo. Restregó entre sus dedos por un instante aquel cuerpecillo tierno, pero quebradizo como un

grano de arroz, y lo dejó caer por fin mientras se preguntaba si seguiría viviendo o moriría. Y recordó una

frase curiosa de Cornelio a Lápide, según la cual, los piojos procedían del sudor del hombre y no habían

sido criados por Dios en el día sexto al mismo tiempo que los otros animales. La piel de la nuca le escocía y

el alma con ella. La vida de su cuerpo, mal vestido, mal alimentado, comido de piojos, le hizo cerrar los

párpados en un súbito espasmo de desesperación y entonces vio en la oscuridad multitud de cuerpos de

piojos quebradizos y brillantes que caían del cielo, girando y girando al caer. Sí: no era oscuridad lo que

caía de los aires. Era claridad.

La claridad desciende de los aires

Ni aun siquiera se había acordado bien del verso de Nash. Todas las imágenes que había evocado eran

falsas. Su espíritu criaba––miseria. Sus pensamientos eran piojos nacidos del sudor de su propio abandono.

Volvió rápidamente a lo largo de la columnata para reunirse con el grupo de sus compañeros. Y ella, ¡que

hiciese lo que quisiera, que se fuera al diablo! ¡Que se dedicara, si quería, a amar a cualquier joven

deportivo, bien lavoteado cada mañana de medio cuerpo para arriba y con una greña negra en el pecho!

¡Mejor!

Cranly había sacado otro higo seco de la provisión que llevaba en el bolsillo y se lo estaba comiendo

despaciosa y ruidosamente. Temple se había sentado sobre la base de una columna y estaba recostado en

ella con la gorra calada hasta los ojos adormilados. Un joven regordete apareció en la puerta de la

Biblioteca con una cartera de papeles bajo el brazo. Marchaba hacia el grupo, golpeando las losas con los

tacones y con la contera de un pesado paraguas. Levantó el paraguas, saludando, y dijo a todos:

––¡Buenas tardes, señores!

Golpeó otra vez las losas y se puso a reír entre dientes mientras la cabeza le temblaba con un ligero

movimiento nervioso. El estudiante alto de aspecto tísico, Dixon y O'Keeffe se habían puesto a hablar en

irlandés y no le contestaron al saludo. Entonces, volviéndose hacia Cranly, dijo:

––Buenas tardes a ti en particular.

Movió el paraguas apuntándole y se volvió a reír entre dientes. Cranly, que estaba todavía masticando un

higo, contestó con un sonoro movimiento de sus mandíbulas.

––¿Buenas? Sí. Hace una tarde muy buena.

El estudiante regordete se le quedó mirando con aire serio y meneó ligeramente su paraguas a manera de

reproche. ––Te veo en plan de hacer resaltar verdades palmarias.

––¡Umm! ––contestó Cranly sosteniendo lo que quedaba del higo a medio mascar y casi metiéndoselo

por la boca al otro para darle a entender que debía probarlo.

El estudiante regordete no aceptó la invitación. Y como si disculpara el humor especial de Cranly, dijo

con dignidad, aunque sin dejar su risilla, y acompañando su frase con el paraguas:

––¿Quieres decir que...?

Se detuvo, apuntó bruscamente a la carne del higo a medio mascar y dijo en voz alta:

––Me refiero a eso.

––¡Umm! ––profirió como antes Cranly.

––Bueno. ¿Y qué quieres decir con eso?, ¿qué ha de ser ipso facto, o, como si dijéramos, por decirlo así?

Dixon se separó de su grupito y se aproximó, diciendo:

––Oye, Glynn, Goggins te está esperando. Ha ido al Adelphi a buscaros a ti y a Moynihan. ¿Qué traes

ahí? ––le preguntó, dando con la mano en la cartera que Glynn llevaba bajo el brazo.

––Ejercicios de examen ––contestó Glynn––. Les hago sufrir un examen mensual para estar al tanto del

provecho que sacan de mi enseñanza.

Dio también un golpecito sobre la cartera y se sonrió suavemente.

––¡Enseñanza! ––exclamó Cranly––. Supongo que te refieres a esos arrapiezos descalzos que van a que

les enseñe un molido mico cómo tú. ¡Que el Señor les tenga de su mano!

Mordió lo que le quedaba del higo y arrojó el rabillo lejos de sí.

––Dejo que los niños se acerquen a mí ––dijo Glynn con toda amabilidad.

––Un molido mico ––repitió Cranly con énfasis–– y además de molido, blasfemo.

Temple se puso en pie; apartó a Cranly, y dijo, dirigiéndose a Glynn:

––La frase que acaba usted de pronunciar, es la frase del Evangelio: Dejad que los niños se acerquen a

mí.

––¡Vuélvete adormir, Temple! ––dijo O'Keeffe.

––Muy bien ––continuó Temple, dirigiéndose aún a Glynn––; y entonces, si Jesús permitía que los niños

se le acercaran, ¿por qué la Iglesia los envía a todos al infierno, si mueren sin estar bautizados? ¿Porqué

razón?

––Pero, oye, ¿acaso estás tú bautizado, Temple? ––le preguntó el estudiante que parecía tísico.

––Pues bien, ¿por qué me los mandan al infierno si Jesús ha permitido que se le acercaran todos, sin

excepción?

Glynn tosió y dijo suavemente, reprimiendo con dificultad su sonrisilla nerviosa y accionando a cada

palabra con el paraguas:

––Si ello es así como usted dice, requiero que se me conteste categóricamente ¿cuál es la causa?

––La causa es ––contestó Temple–– que la Iglesia es cruel, como todos los pecadores viejos.

––No sé si esa declaración está muy dentro de la doctrina católica ––comentó con suavidad Dixon.

––San Agustín dice eso de que los niños sin bautizar se van al infierno, porque él era también un pecador

viejo y cruel ––agregó Temple.

––Yo inclino la frente ante ti ––dijo Dixon––, pero tengo así una idea de que el limbo se creó para tales

casos.

––No le discutas, Dixon ––exclamó brutalmente Cranly––. No le hables ni le mires. Llévatele a casa con

una soga como si fuera una cabra.

––¡El limbo! ––gritó Temple––.Ésa es también otra linda invención. Lo mismo que el infierno.

––Pero sin lo desagradable de él ––contestó Dixon. Se volvió sonriendo hacia los otros y añadió:

––Al hablar así creo ser el portavoz de todos los presentes.

––Tenlo por seguro ––dijo Glynn con tono firme––. En esta cuestión Irlanda está de acuerdo.

Y volvió a golpear con la contera del paraguas sobre el piso de piedra del pórtico.

––¡El infierno! ––prosiguió Temple––. Todavía se puede sentir respeto por esa invención de la esposa

grisácea de Satanás. El infierno es algo romano, como las murallas romanas: fuerte y feo. ¿Pero, qué es el

limbo?

––Llévatelo a acostar otra vez, Cranly ––exclamó O'Keeffe.

Cranly dio rápidamente un paso hacia Temple, se detuvo y pegó una patada en el suelo, gritándole como

a un ave de corral:

––¡Ocsss!

Temple se retiró prestamente.

––¿Sabéis lo que es el limbo? ––exclamó aún––. ¿Sabéis el calificativo que damos a una idea de ese

género en Roscommon?

––¡Ocsss, condenado! ––gritó Cranly dando palmadas para ahuyentarle.

––«Ni culo ni codo» ––concluyó despectivamente Temple––. Y eso es vuestro limbo.

––Trae aquí ese bastón ––dijo Cranly.

Arrebató rápidamente el bastón de manos de Stephen y bajó de un brinco los escalones. Pero ya Temple,

oyendo que se le venía encima, había echado a correr en la oscuridad como una bestia salvaje y de pies

alados.

Se oyeron las pisadas a paso de carga de las pesadas botas de Cranly, según avanzaban a través del patio,

para volver luego pesadamente iras la persecución infructuosamente, haciendo satar la arena del sendero

cada vez que plantaba el pie.

Se le notaba el mal humor en el pisar, y malhumorado y brusco fue también el gesto con el que arrojó el

bastón en manos de Stephen al devolvérselo.

Stephen sintió que aquella cólera tenía otra causa, pero fingiendo paciencia, tocó ligeramente el brazo de

su compañero y dijo en tono tranquilo:

––Cranly se le quedó mirando por algunos momentos, y por fin le preguntó:

––¿Ahora?

––Sí, ahora ––dijo Stephen––. Aquí no podemos hablar. Vámonos.

Cruzan juntos el patio sin decir palabra. Desde los escalones del pórtico, les seguía el canto del pájaro de

Siegfried, silbado suavemente. Cranly se volvió, y Dixon, que era el que había silbado, gritó desde la

escalera:

––¿A dónde vais? ¿En qué quedamos de aquel partido?

Se pusieron a concertar a gritos, a través del aire encalmado, las condiciones de un partido de billar que

había de ser jugado en el Adelphi Hotel. Stephen siguió andando solo hasta salir a la tranquila Kildare

Street, frente al Maple's Hotel, donde se detuvo para aguardar pacientemente de nuevo. El nombre del

hotel, un letrero descolorido de madera pulimentada, y su fachada no menos descolorida, le molestaban

como una mirada de desdeñosa cortesía. También él lanzó una mirada dentro del suavemente alumbrado

salón del hotel, donde se imaginaba ver tranquilamente aposentadas las almas de los patricios de Irlanda. El

círculo de las ideas de estas gentes giraba en torno a jerarquías militares y administradores y agentes de

fincas rústicas; los labriegos les saludaban al cruzarse con ellos en las carreteras; sabían los nombres de

algunos platos franceses; daban órdenes a sus cocheros con una entonación provincial y de tonos agudos

que se transparentaban a través de su pronunciación afectada.

¿Cómo conmover la conciencia de tales hombres, o cómo infiltrar la sombra del propio espíritu en la

imaginación de sus hijas, antes de qué sus galanes hubieran engendrado en ellas, para lograr que criaran

una raza menos innoble que aquella a que pertenecían? Y a través del crepúsculo cada vez más intenso,

sintió que los pensamientos y deseos de la raza que le había dado origen revoloteaban como murciélagos

por las desiertas veredas de los campos, bajo los árboles, junto al borde de los riachuelos, por las tierras

pantanosas, manchadas acá y allá de charcos. Una mujer había estado esperando a Davin a la puerta de su

casa cuando él pasaba de camino en la noche, y al ofrecerle una taza de leche le había invitado a seguirla a

su lecho. Y era que los ojos de Davin eran unos ojos dulces que parecían prometer silencio. Mas él nunca

había recibido la invitación de unos ojos de mujer.

Sintió que le agarraban fuertemente por el brazo, y la voz de Cranly que decía:

––Vámonos.

Echaron a andar en silencio en dirección al sur. Por fin, Cranly habló:

––¡Qué idiota más regocijante el Temple ese! Te juro, por Moisés, que me le dejo en el sitio el mejor día.

Pero la cólera había desaparecido de su voz, y Stephen se preguntaba si en lo que estaba pensando su

amigo no era en el saludo que ella le había dirigido en el pórtico de la Biblioteca.

Echaron hacia la izquierda y siguieron caminando como antes. Tras de algún tiempo de avanzar así, dijo

Stephen:

––Cranly, he tenido una cuestión desagradable esta tarde.

––¿Con tu familia? ––preguntó Cranly.

––Con mi madre.

––¿Sobre religión?

––Sí.

Tras una pausa, Cranly preguntó:

––¿Qué edad tiene tu madre?

––No mucha ––contestó Stephen––. Quiere que cumpla con el precepto pascual.

––¿Y tú?

––Yo no quiero.

––¿Por qué no? ––preguntó Cranly.

––No serviré.

––He aquí una contestación que alguien ha dado antes que tú ––dijo Cranly con calma.

––Yo la vuelvo a dar ahora ––contestó vivamente Stephen. Cranly oprimió el brazo de Stephen, mientras

decía:

––Calma; querido. Eres un condenado excitable, ¿sabes? Se reía con una risa nerviosa al hablar y,

mirándole a Ste phen a la cara con ojos enternecidos y amicales, dijo:

––¿Sabes que eres un hombre fácilmente excitable?

––No me parece mal confesar que lo soy ––dijo Stephen riéndose también.

Sus almas, apartadas desde hacía poco, parecían haberse acercado de repente la una a la otra.

––¿Crees en la eucaristía? ––preguntó Cranly.

––No.

––¿No crees en ella?

––Ni creo ni dejo de creer en ella ––contestó Stephen.

––Muchas personas, aun personas de creencias religiosas, tienen dudas que logran dominar. ¿Son muy

fuertes las dudas que tienes acerca de este punto?

––No quiero dominarlas ––contestó Stephen.

Cranly, embarazado por un momento, sacó otro higo de su bolsillo y estaba a punto de ponerse a comerlo

cuando Stephen le detuvo diciendo:

––¡Déjalo ahora, te lo suplico! No puedes discutir esta cuestión con la boca llena de higo mascado.

Cranly examinó el higo a la luz de un farol bajo el cual se había parado. Luego lo olió por ambos lados

de la nariz, mordió un pedacito, lo escupió y arrojó el higo violentamente al arroyo. Y dirigiéndose al higo

que yacía en el suelo, exclamó:

––Apártate de mí, maldito; ¡vete al fuego eterno!

Agarró a Stephen por el brazo, echó a andar y dijo:

––¿No temes que estas palabras puedan serte aplicadas a ti en el día del juicio?

––¿Qué es lo que me ofrecen del otro lado? ¿Una eternidad de bienaventuranza en compañía del decano

de estudios?

––Acuérdate ––observó Cranly–– que él ha de ser glorificado.

––Efectivamente ––dijo Stephen con cierta amargura––, y será brillante, ágil, impasible y, lo más

importante de todo, sutil.

––Es una cosa curiosa, ¿sabes? ––dijo indiferentemente Cranly––, hasta qué punto está sobresaturado tu

espíritu de una religión en la cual afirmas no creer. ¿Creías en ella cuando estabas en el colegio? Apuesto

que sí.

––Creía ––contestó Stephen.

––¿Y eras entonces más feliz? ––preguntó con tono suave Cranly––. ¿Más feliz que ahora, por ejemplo?

––A veces me sentía feliz y a veces desgraciado. Lo que era entonces era otra persona distinta.

––¿Cómo que otra persona distinta? ¿Qué es lo que quieres decir con eso?

––Lo que quiero decir ––contestó Stephen–– es que entonces no era yo mismo lo que soy ahora; mejor,

lo que tengo que llegar a ser.

––No eras lo que eres ahora, lo que tienes que llegar a ser... ––repitió Cranly––. Permíteme que te haga

una pregunta. ¿Amas a tu madre?

Stephen meneó con lentitud la cabeza.

––No entiendo lo que quieren decir esas palabras ––dijo sencillamente.

––¿Has amado alguna vez a alguien? ––le preguntó Cranly. ––¿Quieres decir a mujeres?

––No hablo de eso ahora ––dijo con un tono más frío Cranly––. Lo que te pregunto es si has sentido

alguna vez amor hacia alguna persona o cosa.

Stephen avanzaba junto a su amigo contemplando sombríamente la acera. Por fin, dijo:

––He tratado de amar a Dios. Y parece que por lo visto he fracasado. Es muy difícil. He tratado de unir,

momento a momento, mi voluntad con la voluntad divina. En esto sí que no siempre he fracasado. Podría,

tal vez, hacerlo todavía.

Cranly le interrumpió en seco, preguntándole:

––¿Lleva tu madre una vida feliz?

––¿Qué sé yo? ––contestó Stephen.

––¿Cuántos hijos ha tenido?

––Nueve o diez ––contestó Stephen––. Algunos han muerto.

––¿Era tu padre...?

––Cranly se detuvo por un instante, y luego dijo––: No quiero inmiscuirme en los asuntos de tu casa.

Pero ¿estaba tu padre, lo que se dice, bien de posibles? Quiero decir cuando tú eras niño.

––Sí ––contestó Stephen.

––¿Cuál era su profesión? ––preguntó Cranly después de una pausa.

Stephen se puso a enumerar pródigamente las diferentes ocupaciones de su padre:

––Estudiante de medicina, remero, tenor, actor aficionado, político de estruendo, pequeño terrateniente,

pequeño rentista, bebedor, buena persona, especialista en chistes y anécdotas, secretario de no sé quién, no

sé qué cosa en una destilería, colector de impuestos, quebrado, y al presente ensalzador de todo su propio

pasado.

Cranly se echó a reír al mismo tiempo que oprimía más estrechamente el brazo de Stephen. Después dijo:

––Eso de la destilería tiene una gracia brutal.

––¿Queda algo más que quieras saber? ––preguntó Stephen.

––¿Estás, al presente, en buena situación económica?

––¿Te lo parezco? ––exclamó bruscamente Stephen.

––Quiero decir ––continuó con aire pensativo Cranly––, que te has criado en el seno de la abundancia.

Dijo la frase recalcando las palabras con toda claridad, como acostumbraba a hacer siempre que usaba

expresiones, técnicas, como si quisiera dar a entender al oyente que eran proferidas sin la menor

convicción.

––Tu madre ha debido de sufrir mucho en esta vida ––agregó al cabo de un momento––. ¿No querrías

evitarle nuevos sufrimientos aunque...? ¿No lo querrías?

––Si ello fuera posible ––contestó Stephen––, no me sería preciso violentarme mucho por mi parte.

––Pues entonces ––replicó Cranly––, haz lo que desea. ¿Qué te cuesta? No crees en ello. Pero es sólo una

cuestión de forma, nada más. Y en cambio le vas a proporcionar una satisfacción espiritual.

Se detuvo, y viendo que Stephen no respondía continuó callado.

Por fin, dijo, como si estuviera dando expresión a su propio proceso mental:

––Si hay algo seguro en este apestoso estercolero del mundo, es el amor de una madre. Tu madre te trae

al mundo; te lleva primero dentro de su cuerpo mismo. ¿Qué es lo que sabemos acerca de sus sentimientos?

Pero, sea lo que sea, lo que ella siente es, por lo menos, algo verdadero. Tiene que serlo. ¿Qué son nuestras

ideas y nuestras ambiciones? ¡Pamplinas! ¡Nuestras ideas! Mira: ese grandísimo cabra de Temple tiene

ideas. Mac Cann tiene ideas también. No hay un condenado borrico por esas tierras de Dios que no piense

que tiene ideas.

Stephen, que había estado prestando oído al silencioso lenguaje oculto tras de aquellas palabras, dijo por

fin con afectado descuido:

––Pascal, si mal no recuerdo, no podía tolerar que su madre le besara de miedo al contacto del sexo de

ella.

––Pascal era un cerdo ––dijo Cranly.

––Creo que San Luis Gonzaga era de la misma opinión.

––Pues era otro cerdo ––afirmó Cranly.

––La Iglesia le llama santo ––objetó Stephen.

––Se me importa un piñonero comino de lo que le llamen ––dijo lisa y llanamente Cranly––. Para mí es

un cerdo.

Stephen, preparando cuidadosamente cada palabra, antes de ser proferida, dijo:

––También parece que Jesús trató a su madre en público con escasa cortesía. Pero Suárez, teólogo jesuita

y caballero español le defiende.

––¿No se te ha ocurrido nunca pensar que Jesús no era lo que pretendía ser? ––preguntó Cranly.

––La primera persona a quien se le ocurrió eso fue al mismo Jesús.

––Quiero decir ––dijo con tono más decidido Cranly––, si se te ha ocurrido alguna vez pensar que fuese

conscientemente hipócrita, que fuese lo que los judíos de aquel tiempo llamaban un sepulcro blanqueado.

O, más claramente aún: que fuese un sinvergüenza.

––Nunca se me ha ocurrido pensar en eso ––contestó Stephen––. Pero lo que quisiera saber es si de lo

que tratas es de convertirme a mí o de prevenirte a ti mismo.

Se volvió hacia su amigo, en cuya cara se estaba dibujando una desapacible sonrisa a la cual un esfuerzo

de la voluntad trataba de dar un fino matiz expresivo.

Cranly preguntó de pronto en tono juicioso y franco:

––Dime la verdad: ¿Te ha escandalizado lo que acabo de decir?

––Algo ––contestó Stephen.

––¿Y por qué te ha escandalizado? ––insistió Cranly––, si sabes con certeza que nuestra religión es falsa

y que Jesús no es el hijo de Dios.

––No lo sé con certeza ni mucho menos ––contestó Stephen––. Más bien parece hijo de Dios que hijo de

María.

––¿Y es ésa la causa por la que no quieres comulgar? ––preguntó Cranly––, ¿porque no estás seguro

tampoco de eso, porque temes que la hostia pueda ser el cuerpo y la sangre de Dios, en lugar de ser

simplemente un pedazo de pan sin levadura? ¿Porque tienes miedo de que pueda ser así?

––Sí ––contestó tranquilamente Stephen––, por eso. Porque siento y temo que pueda ser así.

––Lo comprendo ––dijo Cranly.

Stephen, impresionado por el tono definitivo de estas palabras, volvió a abrir inmediatamente la

discusión, diciendo:

––Hay muchas cosas a las que tengo miedo: a los perros, a los caballos, a las armas de fuego, al mar, a

las tormentas, a las maquinarias, a los caminos en despoblado por la noche.

––Pero, ¿por qué tienes miedo a un pedazo de pan?

––Se me figura ––dijo Stephen–– que hay una realidad maligna oculta detrás de estas cosas a las cuales

temo.

––¿Es que tienes miedo, según eso, a que el Dios de los católicos te deje muerto en el acto y te condene

si haces una comunión sacrílega?

––El Dios de los católicos podría hacerlo si quisiera. Pero lo que temo más que eso es la acción química

que se desarrollaría en mi alma a consecuencia de rendir un homenaje fingido a un símbolo tras del cual

están conglomerados veinte siglos de autoridad y de veneración.

––¿Serías capaz ––preguntó Cranly–– de cometer tal sacrilegio en caso de extremo peligro? Por ejemplo,

¿si vivieras en los días en que había una sanción penal?

––No puedo contestar para tiempos pasados. Posiblemente no.

––Pero ––dijo Cranly––, ¿no irás a hacerte protestante?

––Te he dicho que he perdido la fe ––contestó Stephen–– pero no que haya perdido el respeto a mí

mismo. ¿Qué clase de liberación sería ésa de abandonar un absurdo que es lógico y coherente para abrazar

otro ilógico e incoherente?

Habían seguido caminando hacia Pembroke. Y, según iban avanzando a lo largo de las avenidas, parecía

que los árboles y las luces, esparcidas aquí y allá por las quintas, les confortaban el espíritu. El ambiente de

riqueza y de tranquilidad difundido en torno de ellos parecía remediar su propia indigencia. Tras un seto de

laurel brillaba la luz de la ventana de una cocina y se oía la voz de una criada que estaba cantando mientras

afilaba cuchillos. Cantaba a compases cortos y entrecortados:

––Rosie O'Grady.

Cranly se detuvo para escuchar y dijo:

––Mulier cantat.

La dulce belleza de la palabra latina rozó la oscuridad de la noche con un roce más tenue y más

persuasivo que el de la música o el de una mano de mujer. Y las almas de ambos quedaron aquietadas. A

través de la oscuridad pasaba silenciosamente la figura de una mujer tal como aparece en la liturgia de la

Iglesia: vestida de blanco, débil y esbelta como un muchacho, el ceñidor amplio y caído. Desde un coro distante

llegaba su voz, frágil y de timbre agudo como la de un niño: primeras palabras de mujer que

atraviesan por entre el misterio y el clamor de la pasión del Domingo de Ramos.

––Et tu cum Jesu Galileo eras.

Y todos los corazones se sentían conmovidos y se volvían hacia aquella voz radiante como una estrella

nueva, como una estrella que brillara con más claros resplandores hacia la mitad de las palabras, y más

débilmente al expirar de la cadencia.

La canción cesó. Siguieron adelante mientras Cranly repetía el fin del estribillo haciendo resaltar el ritmo

fuertemente:

Y cuando nos casemos,
¡oh, qué feliz la vida así!
Que amo a la dulce Rosie O'Grady

Y Rosie O'Grady me ama a mí.

––Eso sí que es verdadera poesía ––dijo––. Eso sí que es verdadero amor.

Miró de lado a Stephen con una extraña sonrisa y añadió:

––¿Crees que eso es poesía? ¿Comprendes el sentido de las palabras?

––Lo que quiero es encontrar a Rosie primero ––contestó Stephen.

––Es fácil de encontrar ––dijo Cranly.

El sombrero se le había calado hasta la frente. Se lo echó hacia atrás y bajo la sombra de los árboles pudo

Stephen ver la frente pálida y encuadrada en la oscuridad de Cranly, y sus grandes y profundos ojos. Sí. Su

rostro era hermoso, y su cuerpo fuerte y recio. Había estado hablando del amor maternal. Podía por tanto

comprender los sufrimientos de las mujeres, la debilidad de sus cuerpos y de sus almas. Y sabría

defenderlas con brazo fuerte y resulto, e inclinar ante ellas su espíritu.

¡Partir, pues! ¡Era tiempo de partir! Una voz estaba aconsejando en voz baja al solitario corazón de

Stephen, invitándole a partir y anunciándole que aquella amistad estaba tocando a su término. Sí: se iría.

No podía luchar contra otro. Sabía bien cuál era su papel.

––Probablemente me iré ––dijo. ––¿A dónde? ––preguntó Cranly.

––A donde pueda ––contestó Stephen.

––Sí ––dijo Cranly––. Te podría resultar difícil el vivir aquí ahora. ¿Pero es ésa la causa de que te vayas?

––Tengo que irme ––contestó Stephen.

––Porque creo ––continuó Cranly––, que si no sientes ganas de irte, no te debes considerar arrojado

como un hereje o un proscrito. Hay muchos buenos creyentes que piensan como tú. ¿Qué, te sorprende? La

Iglesia no es el edificio de piedra, ni los curas, ni sus dogmas. La Iglesia es la masa total de los que han

nacido dentro de ella. No sé qué es lo que pretendes hacer en esta vida. ¿Es lo que me dijiste aquella noche

que estábamos al lado de la estación de Harcourt Street?

––Sí ––contestó Stephen sonriendo a pesar suyo, ante aquella manía de Cranly de recordar ideas

asociándolas siempre a sitios––. Sí: aquella noche en que perdiste media hora discutiendo con Doherty

acerca del camino más corto para ir de Sallygap a Larras.

––¡El muy alma de cántaro! ¿Qué sabe él del camino de Sallygap a Larras? O, mejor: ¿qué idea puede

tener él de todo eso con aquella cochina bacinilla que Dios le ha dado por cabeza?

Se echó a reír sonora y ampliamente.

––Bien ––dijo Stephen––. ¿Te acuerdas de lo demás?

––¿De lo que me dijiste? ––preguntó Cranly––. Sí, me acuerdo. Descubrir una manera de vida o de arte,

en la cual tu alma pudiera expresarse a sí misma con ilimitada libertad.

Stephen se quitó el sombrero en señal de asentimiento.

––¡Libertad! ––repitió Cranly––. Y sin embargo, no eres bastante libre para cometer un sacrilegio. Dime:

¿serías capaz de robar?

––Primero pediría ––contestó Stephen.

––Y si no te dieran nada, ¿robarías?

––Lo que pretendes ––respondió Stephen–– es que diga que los derechos de propiedad son provisionales

y que en ciertas circunstancias no es ilegal el robar. Todo el mundo obraría en conformidad con esta

creencia. He aquí la razón por la que no te he de contestar de ese modo. Pregúntale al teólogo jesuita Juan

de Mariana, natural de Talavera, el cual te explicará en qué circunstancias te es lícito matar a tu rey y si es

preferible el darle un bebedizo o untarle el veneno en el traje o en la silla de montar. Pregúntame a mí más

bien si toleraría el que otros me robaran o si, dado que lo hicieran, sería capaz de exigir para ellos eso que

según creo se llama el castigo del brazo secular.

––¿Y serías capaz?

––Creo ––dijo Stephen–– que ello me produciría tanto dolor como el ser robado.

––¡Ya!... ––dijo Cranly.

Sacó su cerilla y se puso a limpiarse la juntura de dos dientes. Después, como sin darle importancia, dijo:

––Dime, por ejemplo: ¿serías capaz de desflorar a una virgen?

––Perdona ––dijo cortésmente Stephen––, pero, ¿no es eso lo que constituye la ambición de la mayor

parte de los hijos de familia?

––¿Cuál es entonces tu punto de vista? ––preguntó Cranly. Esta última frase excitó el cerebro de

Stephen: la sentía gravitar sobre su espíritu como una nube de humo de un olor acre y deprimente.

––Mira, Cranly ––dijo––. Me has preguntado qué es lo que haría y qué es lo que no haría. Te voy a decir

lo que haré y lo que no haré. No serviré por más tiempo a aquello en lo que no creo, llámese mi hogar, mi

patria o mi religión. Y trataré de expresarme de algún modo en vida y arte, tan libremente como me sea

posible, tan plenamente como me sea posible, usando para mi defensa las solas armas que me permito usar:

silencio, destierro y astucia.

Cranly le cogió por el brazo y le hizo girar tal como para hacerle volver hacia Leeson Park. Se echó a reír

casi disimuladamente y oprimió el brazo de Stephen con un cariño de mayor en edad.

––¡Astucia! ––dijo––. Pero ¿eres el mismo? ¿Tú, pobre poeta, tú?

––Y tú has sido quien me lo ha hecho confesar ––dijo conmovido por aquel contacto Stephen––, lo

mismo que te he confesado tantas otras cosas, ¿no es cierto?

––Sí, hijito ––contestó Cranly, riéndose aún.

––Me has hecho confesar los miedos que siento. Pero te voy a decir ahora cuáles son las cosas que no me

dan miedo. No me da miedo de estar solo, ni de ser pospuesto a otro, ni de abandonar lo que tenga que

abandonar, sea lo que sea. No me da miedo el cometer un error, aunque sea un error de importancia, un

error de por vida, tan largo tal vez como la misma eternidad.

Cranly, serio de nuevo, retardó el paso y dijo:

––Solo, completamente solo. No te da miedo de eso. Pero, ¿sabes lo que esa palabra quiere decir? No

solamente el estar separado de todos los demás, sino más aún, el no tener ni siquiera un amigo.

––Correré el riesgo ––afirmó Stephen.

––Y no tener ni aun aquel ser querido ––dijo Cranly–– que es para el hombre más que un amigo, más que

el amigo más noble y fiel que en el mundo pueda existir.

Al hablar, parecía como si sus palabras estuviesen hiriendo alguna profunda cuerda de su propia alma.

¿Había hablado de sí mismo, de sí mismo tal como era o tal como deseaba ser? Stephen observó por

algunos instantes el rostro de su amigo. Había una fría tristeza en aquel rostro. Había hablado de sí mismo;

era el temor de su propia soledad.

––¿De quién estás hablando? ––preguntó por fin Stephen. Cranly no contestó.

Marzo, 20. La conversación con Cranly acerca del asunto de mi rebelión.

Él, con aires de importancia. Yo, dúctil y suave. Me ataca con motivo del amor a la propia madre. Trato

de imaginarme la suya: no puedo. Sin darse cuenta, me dice que su padre tenía sesenta y un años al tiempo

de nacer él. Le veo. Tipo robusto de labrador. Traje gris a pintas menudas. Pies cuadrados. Barba grisácea y

descuidada. Probablemente, aficionado a las carreras de galgos. Paga puntualmente sus diezmos al Padre

Dwyr de Larras (pero no con esplendidez). Habla algunas veces con mozas a la hora de anochecido. ¿Pero

y su madre? ¿Muy joven o muy vieja? Difícilmente lo primero. De ser así, no me habría hablado Cranly

como lo ha hecho. Por tanto: vieja. Probablemente. Y abandonada. De aquí la desesperación espiritual de

Cranly: hijo de entrañas exhaustas.

Marzo, 21, por la mañana. Pensé esto anoche en la cama. Demasiado perezoso y libre para añadir

algo más. Y libre, sí. Las entrañas exhaustas son las de Isabel y Zacarías. Por tanto, él es el precursor.

Además: se alimenta principalmente de tocino e higos secos. Léase: langostas y miel silvestre. Más aún:

cuando pienso en él, veo siempre una austera cabeza separada del tronco, o como una mascarilla mortuoria

recortada sobre una cortina gris o un lienzo de verónica. Degollación llaman a eso los de la grey.

Despistado por un momento por la idea de San Juan ante portam latinam. ¿Qué es lo que veo? Un

precursor degollado que trata de hacer saltar la cerradura.

Marzo, 21, por la noche.Libre. Alma libre e imaginación libre. Y que los muertos entierren a los muertos.

Sí. Y que los muertos se casen con los muertos.

Marzo, 22. Sigo en compañía de Lynch a una enfermera de buenas carnes. Idea de Lynch. Me

molesta. Dos galgos famélicos tras una novilla.

Marzo, 23. No la he visto desde aquella noche. ¿Enferma? Tal vez, al lado de la lumbre con el chal

de mamá por los hombros. Pero, nada displicente.

¿Una tacita de caldo vegetal? ¿No lo tomarías ahora?

Marzo, 24. Comienzo por una discusión con mi madre. Tema: la B. V M. Me veo atado ––por mi

sexo y mi edad. Para escapar sostengo las relaciones entre Jesús y su Papá contra las de María y su hijo.

Afirmo que la religión no es un hospital para parturientas. Madre, indulgente. Me dice que tengo unas ideas

muy raras y que he leído demasiado. Falso. He leído poco y entendido menos. Después, asegura que he de

volver a la fe porque tengo un espíritu tornadizo. Eso sería salir de la Iglesia por la puerta trasera del

pecado y volver a entrar en ella por la claraboya del arrepentimiento. No me puedo arrepentir. Se lo digo

así y le pido seis peniques. Me da tres.

Después voy al colegio. Otra disputa con Ghezzi, el de la cabeza redonda y los ojos de pícaro. Esta vez

acerca de Giordano Bruno. Comienza en italiano y acaba en un inglés chinesco. Me dice que Bruno era un

hereje terrible. Le contesto que me lo quemaron terriblemente. Conviene en esto, aunque a desgana.

Después me da la receta de lo que llama risotto alla bergamasca. Al pronunciar una o suave avanza sus

labios carnosos como si fuera a besar la vocal. ¿Habrá quizás?... ¿Y se habrá podido arrepentir? Sí, habrá

podido. Y aun llorar dos lágrimas redondas y picarescas, una con cada ojo.

Al cruzar Stephen's Green, es decir, el mío, me acuerdo de que han sido sus compatriotas y no los míos

los que han inventado lo que Cranly llamaba la otra noche nuestra religión. Cuatro de ellos, soldados del 97

de línea, estaban allí sentados al pie de la cruz, jugándose a los dados el sobretodo del Cristo.

Voy a la Biblioteca. Trato de leer tres revistas. Inútil. Ella no sale a la calle todavía. ¿Estoy intranquilo?

¿De qué? De que no vuelva a salir jamás.

Blake ha escrito:

Me pregunto si William Bond se muere
porque seguramente está muy malo.

¡Ay, pobre William!

Estaba yo una vez en un diorama en Rotunda. Al final presentaron retratos de celebridades en boga. Entre

ellas el de William Ewart Gladstone, que acababa de morir. Y la orquesta va y se me pone a tocar: Oh

Willie, te hemos echado de menos.

¡Raza de destripaterrones!

Marzo, 25, por la mañana. Noche turbada por pesadillas. Necesidad de librarme de su congoja.

Una galería larga y en curva. Columnas de vapores oscuros que ascienden del suelo. La galería está

poblada de figuras petrificadas de reyes fabulosos. Tienen las manos recogidas sobre las rodillas en señal

de cansancio, y sus ojos están oscurecidos por los errores de los hombres, que como negros vapores suben

al espacio delante de ellos.

Hay unas figuras extrañas que avanzan saliendo de una caverna. No llegan a tener estatura humana ni a

estar completamente separadas las unas de las otras. Sus rostros son fosforescentes con algunas franjas más

oscuras. Me miran fijamente y sus ojos parece que me quieren preguntar algo. No hablan.

Marzo, 30. Cranly estaba esta tarde en los soportales de la Biblioteca proponiendo un problema a

Dixon y al hermano de ella. Una madre deja caer su hijo al Nilo. ¡Y dale con la madre! Un cocodrilo se

apodera de él. La madre implora que se lo devuelva. El cocodrilo dice que perfectamente con tal de que ella

adivine lo que va a hacer con el niño: si comérselo o no comérselo.

Tal mentalidad, diría Lépido, nace del barro humano por la acción del sol.

¿Y la mía? ¿No nace del mismo sitio? Entonces: ¡Al cieno del Nilo con ella!

Abril, l. Desapruebo esta última frase.

Abril, 2. La he visto tomando té y comiendo pasteles en Johnston's, Mooncy y O'Brien's. Mejor:

fue Lynch, el de los ojos de lince, el que la vio cuando pasábamos: Me dice que Cranly estaba invitado

también por el hermano. ¿Habrá traído su cocodrilo? ¿Es su luz la que está en candelero ahora? Pues bien:

yo he sido quien lo ha descubierto. Que conste que yo he sido quien lo ha hecho. Cuando él brillaba tranquilamente

detrás de un celemín de salvado de Wicklow.

Abril, 3. Encontré a Davin en la tienda de tabacos que está enfrente a la iglesia de Findlater.

Llevaba un jersey negro y un bastón de hurley. Me preguntó si era verdad que me marchaba y por qué

causa. Le dije que el camino más corto para Tara era vía Holyhead. En aquel mismo momento llegó mi

padre. Presentación. Padre, correcto y observador. Preguntó a Davin si quería tomar un refresco. Davin no

podía porque tenía que ir a una reunión. Después de separarnos de él, mi padre me dijo que la mirada de

Davin respira simpatía y honradez. Y a continuación que por qué no me hacía socio de un club de remo.

Finjo que lo pensaré. Me cuenta cómo venció a Pennyfeather en una regata. Quiere que estudie leyes. Dice

que no encontraría cosa que me fuera mejor. Más cieno, más cocodrilos.

Abril, 5. Primavera salvaje. Huida de nubes veloces. ¡Oh, vida! Corriente sombría de aguas

arremolinadas y fangosas sobre la cual los manzanos han abatido sus flores delicadas. Ojos de muchachas

entre las hojas. Muchachas recatadas y retozonas. Todas rubias o pelirrojas: ninguna morena. Se ruborizan

mejor. ¡Hopla!

Abril, 6. Seguramente que ella se acuerda del pasado. Lynch dice que todas las mujeres lo hacen.

Se acordará, por tanto, de los años de su infancia y mía, si es que yo he sido niño alguna vez. El pasado se

deshace en el presente y el presente no vive más que para dar origen al futuro. Si he de hacer caso de

Lynch, toda estatua de mujer debería aparecer completamente cubierta por sus vestiduras, con una mano en

melancólica exploración de sus partes posteriores.

Abril, 6, más tarde. Michael Robartes recuerda la belleza olvidada, y cuando sus brazos se ciñen en

torno de ella, abraza entre ellos encantos ha largo tiempo desaparecidos del mundo. No es eso. De ninguna

manera. Yo quiero estrechar entre mis brazos la belleza que todavía no ha venido al mundo.

Abril, 10. Débilmente, bajo el agobio de la noche, a través del silencio de la ciudad, tornada ya del

ensueño al sueño como amante ahíto, insensible a las caricias, el son de las herraduras por el camino. Y un

momento después, al pasar por debajo de las ensombrecidas ventanas, su flecha de alarma que hiende el

silencio. Para sonar de nuevo, lejos, herraduras que brillan como gemas bajo el agobio de la noche, sones

que se precipitan allá por los campos dormidos, ¿hacia qué meta remota?, ¿hacia qué corazón?, ¿para llevar

qué nuevas?

Abril,11. Leo lo que escribí anoche. Palabras vagas para una vaga emoción. ¿Le gustaría a ella?

Creo que sí. Si fuera así, también a mí me tendrían que gustar.

Abril, 13. Hace mucho tiempo que me anda dando vueltas por la cabeza aquello del envás. He

buscado la palabra en el diccionario y he encontrado que es inglés, e inglés castizo y de buena ley. ¡A la

porra con el decano de estudios y su embudo! ¿A qué ha venido aquí, a enseñarnos su propio idioma o a

aprenderlo de nosotros? Lo mismo en un caso que en otro: ¡a la porra con él!

Abril, 14. John Alphonsus Mulrennan acaba de regresar del occidente de Irlanda. Se ruega la

inserción en los periódicos de Europa y Asia. Cuenta que en su viaje se encontró con un hombre en una

choza en medio de los montes. El viejo le habló en irlandés. Mulrennan contestó en irlandés. Después

Mulrennan y el viejo hablaron en inglés. Mulrennan le habló del universo y de las estrellas. El viejo estaba

sentado y no hacía más que escuchar, fumar y escupir. Por fin, dijo:

––Sí que debe haber unos seres bien extraordinarios allá en el otro extremo del mundo.

Le tengo miedo. Me dan miedo sus ojos córneos y orillados de encarnado. Con él es con quien tengo que

luchar durante toda esta noche hasta que venga el día, hasta que quede muerto sobre el campo; agarrándole

bien por el cuello nervudo, hasta que... ¿hasta qué? ¿Hasta que se me rinda? No. No tengo intención de

hacer mal.

Abril, 15. Me la he encontrado de pronto en Grafton Street. La multitud nos llevó el uno hacia el

otro. Ambos nos detuvimos. Me ha preguntado que por qué no iba nunca. Que ha oído toda clase de

cuentos acerca de mí. Todo esto sólo para ganar tiempo. Que si estoy escribiendo versos. ¿A quién?, le

pregunto a mi vez. Esto la azora aún más y siento haberlo dicho y me califico de mala persona. Cierro la

llave del grifo y abro el aparato refrigerante heroicoespiritual patentado en todos los países e inventado por

Dante Alighieri. Hablo rápidamente acerca de mí mismo y de mis planes. Desgraciadamente, en medio de

la conversación hago, de súbito, un gesto de carácter revolucionario. Debo haber parecido como un tipo en

actitud de arrojar un puñado de guisantes al aire. La gente comienza a mirarnos. Un momento después me

estrecha la mano y al echar a andar me dice que espera he de realizar lo que he dicho.

Bueno: creo que esto se puede calificar de afable, ¿no es verdad?

Sí, me ha gustado. ¿Mucho o poco? No sé. Me ha gustado, y el que me haya gustado resulta un

sentimiento nuevo para mí. En ese caso, todo lo demás, todo lo que pensaba haber pensado, todo lo que

sentía haber sentido, todo lo anterior, realmente... ¡Anda, déjalo, amigo! ¡Déjalo y que se te borre con el

sueño!

Abril, 16. ¡Partir! ¡Partir!

Un hechizo de brazos y de voces. Brazos blancos de los caminos, promesas de estrechos abrazos, y

brazos negros de los enormes buques que, levantados contra la luna, hablan de otros países apartados. Y

están extendidos para decirme: Estamos solos, ¡ven! Y sus voces me llaman: Nosotros somos tus allegados.

Y pueblan el aire y me llaman, a mí, a su semejante, ya prestos a partir, agitando las alas de su exultante y

terrible juventud.

Abril, 26. Madre está poniendo en orden mis nuevos trajes de segunda mano. Y reza, dice, para que

sea capaz de aprender, al vivir mi propia vida y lej os de mi hogar y de mis amigos, lo que es el corazón, lo

que puede sentir un corazón. Amén. Así sea. Bien llegada, ¡oh, vida! Salgo a buscar por millonésima vez la

realidad de la experiencia y a forjar en la fragua de mi espíritu la conciencia increada de mi raza.

Abril, 27. Antepasado mío, antiguo artífice, ampárame ahora y siempre con tu ayuda.

Dublín, 1904.

Trieste, 1914.

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