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Tío Charles fumaba un tabaco de hebra tan apestoso que, por último, su sobrino tuvo que decirle que por

qué no se iba a fumar por las mañanas a una casucha que era como una dependencia de la casa y estaba al

otro lado del jardín.

––Muy bien, Simón. Divinamente, Simón ––dijo con toda calma el anciano––. Donde tú quieras. Me

vendrá al pelo: será más saludable.

––Que me maten ––dijo con franqueza míster Dédalus–– si llego a comprender cómo puede usted fumar

ese tabacazo que fuma. Por Dios, si es como pólvora de cañón.

––Es muy agradable ––replicó el viejo––. Muy refrescante y emoliente.

Por lo tanto, todas las mañanas tío Charles se encaminaba a la casilla del jardín, no sin haberse engrasado

y cepillado escrupulosamente los pelos del cogote, ni sin capillar y encasquetarse su sombrero de copa.

Mientras fumaba, el ala del sombrero y el hornillo de la pipa asomaban justamente detrás de las jambas de

la casucha.

El cenador, que era como llamaba a la ahumada casilla, le servía también de caja de resonancia. Y todas

las mañanas tarareaba alegremente alguna de sus canciones favoritas: Ojos azules, cabellos de oro, En los

sotillos de Blarney, o Téjeme una enramada, mientras las vedijas grises y azuladas del humo ascendían

lentamente de la pipa y se desvanecían en el aire diáfano.

Durante la primera parte de aquel verano en Blackrock, tío Charles fue el inseparable compañero de

Stephen. Tío Charles era un viejo sano como una manzana, de piel bien curtida, maneras bruscas y patillas

blancas. Los días de trabajo, servía de recadero entre la casa situada en la avenida de Carysfort y las tiendas

de la calle principal del centro, donde la familia se surtía. A Stephen le gustaba mucho ir con él a estos

recados, porque tío Charles le aprovisionaba liberalmente, a puñados, de toda suerte de géneros expuestos

en cajones abiertos o en barriles, a la parte de fuera del mostrador. Cogía, por ejemplo, un puñado de uvas

entremezcladas con serrín, o tres o cuatro manzanas, y las ponía magnánimamente en manos de su sobrino,

mientras el tendero sonreía con sonrisa forzada; y como Stephen fingía hacerse rogar para tomarlas, fruncía

el entrecejo y le decía:

––Tómelas usted, señorito. ¿Me ha oído usted, señorito? Son muy buenas para llevar bien las tripas.

Cuando la lista de encargos quedaba bien apuntada, se iban los dos al parque, donde un antiguo amigo

del padre de Stephen, Mike Flynn, estaba sentado en un banco esperándolos. Entonces comenzaba la

carrera de Stephen alrededor del parque. Mike Flynn se situaba, reloj en mano, a la puerta de entrada, cerca

de la estación del ferrocarril, mientras Stephen daba la vuelta, guardando el estilo favorito de Mike Flynn:

la cabeza alta, las rodillas levantadas y las manos completamente colgantes a los lados. Cuando el ejercicio

matinal concluía, hacía el entrenador comentarios que algunas veces ilustraba arrastrando cosa de unos

metros sus pies calzados con unos viejos zapatos de lona azul. Un reducido círculo de niños asombrados y

de niñeras, se reunía para observarle, y aún seguían haciéndolo cuando él y tío Charles se habían ya sentado

otra vez, y estaban hablando de atletismo o de política. Aunque había oído decir a su padre que algunos de

los mejores corredores de los tiempos modernos habían pasado por las manos de Milce Flynn, Stephen

observaba a menudo la cara lacia y cubierta de pelo corto de su entrenador, cuando se inclinaba sobre los

dedos largos y manchados para liar un pitillo, y miraba con piedad los ojos dulces, azules y sin brillo, que

dejaban de pronto su tarea para contemplar vagamente la azul distancia, mientras los dedos largos y

manchados se detenían en su labor, y algunos granos y hebras de tabaco volvían a caer en la petaca.

Al regresar a casa, tío Charles solía hacer una visita a la capilla, y como Stephen no alcanzaba a la pililla

del agua bendita, el anciano introducía su mano en ella y rociaba vivamente el traje de Stephen y el piso del

pórtico. Para rezar se arrodillaba sobre su pañuelo rojo y leía en voz alta en un libro de oraciones manchado

por la huella del pulgar y en el que cada página tenía un registro impreso al pie. Stephen se arrodillaba a su

lado, respetando su piedad aunque no la compartiera. Pensaba a menudo qué era lo que su tío podía estar

rezando con tanta seriedad. Quizás rezaba por las almas del purgatorio, o para alcanzar la gracia de una

buena muerte o tal vez para que Dios le devolviera una parte de aquélla gran fortuna que había disipado en

Cork.

Los domingos, Stephen, su madre y su tío, daban su paseo semanal. El anciano era un gran andarín a

pesar de los callos, y frecuentemente llegaban a hacer diez o doce millas de camino. La aldea de Stillorgan

era el punto en que se dividían los caminos. Unas veces tomaban a la izquierda, hacia las montañas de

Dublín, y otra por el camino de Goatstown y de aquí a Dundrum, volviendo por Sandyford. Camino

adelante o haciendo alto en algún tabernucho al paso, las dos personas mayores hablaban constantemente

de los asuntos que más de cerca les tocaban: de política irlandesa, de Munster o de las leyendas de su

propia familia, a todo lo cual prestaba Stephen oído atento. Las palabras que no comprendía se las repetía

una vez y otra vez, hasta que se las aprendía de memoria, y a través de ellas le llegaban vislumbres del

mundo que les rodeaba. La hora en que él había de participar también en la vida de aquel mundo parecía

que se le iba acercando y comenzó a prepararse en secreto para el gran papel que le estaba reservando, pero

que sólo confusamente entreveía.

Las horas de prima noche le pertenecían; y se desojaba sobre una desgualdramillada traducción de El

conde de Montecristo. La figura del siniestro vengador le representaba en su imaginación todo cuanto había

oído o adivinado en su infancia de extraño y de terrible.

Por la noche construía sobre la mesa de la sala un simulacro de la isla maravillosa formado de pedazos de

transferencias, flores de papel, papel de seda de colores y tiras del papel de oro o plata que venían

envolviendo el chocolate. Y cuando desmoronaba todo este tinglado, hastiado de su falsedad, se

representaba la clara visión de Marsella y las soleadas celosías, y veía con la imaginación a Mercedes.

Fuera de Blackrock, en el camino que conducía a las montañas, había una casita enjalbegada en cuyo

jardín crecían muchos rosales. Lo mismo al ir que al volver a casa, aquella casita le servía de mojón para

medir la distancia. Y vivía con la imaginación una larga cadena de aventuras tan maravillosas como las del

libro, hacia el final de las cuales se le representaba una imagen de sí mismo, ya más viejo y más triste, de

pie en un jardín, a la luz de la luna, con aquella Mercedes que tantos años antes había rehusado su amor y a

la que tristemente, con un gesto de orgullosa repulsa, decía:

––Señora, yo no acostumbro comer uvas moscateles.

Trabó amistad con un chico llamado Aubrey Mills y fundó con él en la avenida donde vivía una cuadrilla

de aventureros. Aubrey llevaba un silbato colgado de un ojal y una lámpara de bicicleta sujeta en el

cinturón, mientras los de más llevaban atravesados en los suyos unos palos cortos a guisa de puñal.

Stephen, que había leído algo de la sencilla manera de vestirse de Napoleón, prefirió permanecer sin

adornos; así se le aumentaba el placer de celebrar consejo con su ayudante antes de dar órdenes. La partida

realizaba incursiones en algunos jardines de solterona o bajaba al castillo y libraba batallas en las rocas

erizadas de hierbajos para regresar por fin a su casa como cansados vagabundos, con las narices llenas de

los olores fermentados de la marisma y las manos y los cabellos impregnados de espesos jugos de algas de

mar.

Aubrey y Stephen tenían el mismo lechero, el cual les llevaba a menudo en el carricoche de la leche a

Carrickmines, que era donde las vacas pastaban. Mientras los hombres estaban ordeñando, los chicos se

turnaban para dar la vuelta al campo a lomos de la pacífica yegua. Pero cuando vino el otoño, las vacas

fueron llevadas del prado a la establía. Stephen sintió náuseas sólo de ver el patio del establo con sus repugnantes

pozos verdosos y los cuajarones de estiércol líquido y de respirar la vaharada de las artesas de

afrecho. Las vacas, que antes parecían tan hermosas en los días soleados del campo; ahora le revolvían el

cuerpo y ni aun mirar quería la leche que ellas daban.

La llegada de septiembre no le alteró la vida este año porque ya no volvía a Clongowes. Los ejercicios

del parque se terminaron cuando a Milce Flynn se lo llevaron al hospital. Aubrey iba al colegio y sólo tenía

libres un par de horas por las tardes. La partida se disolvió y ya no hubo más incursiones nocturnas ni

combates en las rocas. Stephen montaba algunas veces en el cochecillo que repartía la leche por la noche y

aquellas refrescantes excursiones le quitaron de la memoria el recuerdo de la suciedad del patio del establo,

y ya no sentía repugnancia de ver semillas de heno o pelos de vaca adheridos alas ropas del repartidor.

Cada vez que el coche hacía una parada, se quedaba espiando para coger una vislumbre de una bien fregada

cocina o de un vestíbulo suavemente alumbrado y para ver cómo tomaba el cacharro la criada y cómo

cerraba la puerta. Pensaba que sería una vida bastante agradable la de ir en el cochecillo repartiendo leche

todas las noches, con tal de que tuviera unos guantes bien abrigados y un saco repleto de pastas de jengibre

en el bolsillo para írselas comiendo. Pero la misma entrevisión que le había hecho desfallecer y había

obligado a sus piernas a doblegarse cuando corría alrededor del parque, la misma intuición que le había

hecho mirar con desconfianza la cara lacia y cubierta de pelo corto de su entrenador al inclinarse sobre los

dedos largos y manchados, la misma le disipaba ahora toda visión del futuro. De una manera vaga había

llegado a comprender que su padre estaba en un apuro y que ésta era la causa de que no le volvieran a

mandar a Clongowes. Desde hacía algún tiempo sentía un ligero cambio en su casa, y estos cambios, de lo

que consideraba incambiable, eran otras tantas conmociones de su concepción infantil del mundo. Aquella

ambición que había sentido bullir a veces en la profundidad de su alma, no le acuciaba ya ahora. Una

oscuridad como la del mundo externo nublaba su espíritu, mientras las herraduras dé la yegua iban

resonando a lo largo de la vía del tranvía y el gran cántaro oscilaba y tintineaba a su espalda.

Volvió otra vez a pensar en Mercedes, y mientras cavilaba pensando en ella, una extraña inquietud se le

deslizaba dentro del alma. A veces se apoderaba de él una fiebre que le llevaba a vagar de noche, solo, por

la tranquila avenida. La paz de los jardines y las luces acogedoras de las ventanas derramaban una sedante

caricia en su corazón agitado. El ruido de los niños al jugar le incomodaba y sus locas voces le hacían sentir

aún más claramente que lo había sentido en Clongowes, que él era diferente de los otros. Él no quería jugar.

Lo que él necesitaba era encontrar en el mundo real la imagen irreal que su alma contemplaba

constantemente. No sabía dónde encontrarla ni cómo, pero una Voz interior le decía que aquella imagen le

había de salir al encuentro sin ningún acto positivo por parte suya... Habrían de encontrarse tranquilamente

como si ya se conociesen de antemano, como si se hubieran dado cita en una de aquellas puertas de los

jardines o en algún otro sitio más secreto. Estarían solos, rodeados por el silencio y la oscuridad. Y en el

momento de la suprema ternura se sentiría transfigurado. Se desharía en algo impalpable bajo los ojos de

ella y se transfiguraría instantáneamente. La debilidad, la timidez, la inexperiencia caerían de él en aquel

momento mágico.

Una mañana, dos grandes carros de mudanza habían parado delante de la puerta y unos mozos habían

entrado a empellones dentro de la casa y se habían puesto a desmantelarla. Habían sacado los muebles

atravesando el jardín que daba al frente, sembrado ahora de manojos de paja y cabos de cuerda, y los

habían metido en los enormes carros. Y cuando todos estuvieron bien hacinados, los carros habían echado a

andar por la avenida adelante. Stephen los había visto avanzar pesadamente por el camino de Merrion

desde la ventana del vagón del tren donde estaba sentado junto a su madre. Su madre tenía los ojos

enrojecidos. Aquella noche no quería tirar el fuego de la sala y míster Dédalus dejó el atizador apoyado

contra las barras del hogar para atraer la llama. Tío Charles dormitaba en un rincón del cuarto a medio

amueblar y sin alfombra, y cerca de él los retratos de familia yacían apoyados contra la pared. La lámpara

de la mesa arrojaba una débil luz sobre el suelo de madera, embarrado por los pies de los mozos de cuerda.

Stephen estaba sentado en una banqueta al lado de su padre escuchando atentamente un largo e incoherente

monólogo. Poco o nada entendía de él, pero poco a poco llegó a darse cuenta de que su padre tenía

enemigos y de que un combate iba a tener lugar. También sintió que le habían alistado para la batalla, y que

le habían echado sobre los hombros cierta obligación. El súbito abandono del ambiente de comodidad y

ensueño de Blackrock, el paso a través de la ciudad sombría y nebulosa, la idea de la casa oscura y triste en

la que iban a vivir ahora, todo esto le apesadumbraba el corazón; comprendía ahora por qué se habían

reunido los criados a menudo a hacer comentarios en el vestíbulo y por qué su padre había permanecido

tantas veces de pie vuelto de espaldas al fuego y hablando en voz alta con tío Charles, mientras éste le urgía

para que se sentara a cenar.

––Amigo mío, aún no nos hemos jugado la última carta, Stephen ––decía míster Dédalus mientras

atizaba con bárbara energía el fuego mortecino––. Aún no estamos muertos, hijito. No, por Cristo (que el

Señor me perdone), ni medio muertos.

Dublín era una nueva y compleja sensación. Tío Charles estaba tan apagado que ya no se le podía mandar

a hacer encargos y el desorden del acomodo de la nueva casa dejaba a Stephen más libre que lo que había

estado en Blackrock. Al principio se contentaba tímidamente con dar vueltas alrededor de la plaza

inmediata, o, a lo sumo, deslizarse hasta medio camino por una de las calles adyacentes, pero tan pronto

como se hubo hecho un plano esquemático de la ciudad, se aventuró arrojadamente por una de las calles

principales, hasta que llegó a la casa de aduanas. Pasó sin ser molestado a lo largo de los docks y de los

muelles, admirando la multitud de corchos que flotaban bailando en el agua, como una capa amarillenta y

espesa, y la muchedumbre de cargadores del muelle, y los retumbantes carros, y los guardias mal vestidos y

barbudos. Las balas de mercancías apiladas a lo largo de las paredes, o mecidas en el aire por encima de las

bodegas de los vapores, le sugerían la amplitud y el misterio de la vida, y despertaban otra vez en él aquella

inquietud que había sentido al vagar ppr las noches, de jardín en jardín, en busca de Mercedes. Y entre esta

vida bullente y nueva, se hubiera podido imaginar en otra Marsella, a no faltar el cielo luminoso y los

enrejados llenos de sol a la puerta de las tabernas. Un vago descontento se apoderaba de él al contemplar

los muelles y el río, y el cielo rasero, y, sin embargo, continuaba errando arriba y abajo, día tras día, como

si realmente estuviera buscando a alguien que se le quisiera esconder.

Fue con su madre, una vez o dos, a visitar a sus parientes, y aunque pasaban por delante de un jovial

despliegue de tiendas iluminadas y adornadas para las Navidades, no le abandonaba nunca su amargado y

silencioso humor. Las causas de tal amargura eran muchas, unas próximas y otras remotas. Estaba enfadado

consigo mismo, por ser niño y por estar sujeto a aquellos arrebatos de intranquila locura que le daban, y

disgustado también por el cambio de fortuna que estaba modificando el mundo que le rodeaba, convirtiéndolo

en una pesadilla de mentiras y suciedades. Mas su disgusto en nada alteraba la visión. Y archivaba

con paciencia cuanto veía, manteniéndose aparte de todo ello, gustando en secreto su aroma corrompido.

Estaba sentado en una silla sin respaldo, en la cocina de su tía. Una lámpara de reflector estaba colgada

cerca del hogar, en la pared lustrosa y renegrida, y a su luz, su tía estaba leyendo el periódico de la tarde,

que sostenía sobre las rodillas. Estuvo mirando un rato un retrato sonriente que había en él, y luego

exclamó, pensativa:

––¡La bella Mabel Hunter!

Una niña peinada con tirabuzones se estiró sobre las puntas de los pies para alcanzar a ver, y dijo

dulcemente:

––¿En qué trabaja, mamá?

––En una pantomima.

La niña apoyó su cabeza llena de bucles contra la manga de su madre, y murmuró extasiadamente:

––¡Qué guapa es!

Y los ojos de la niña quedaron como en éxtasis, fijos largo rato sobre aquellos otros, provocativos a lo

púdico, del grabado, hasta que al fin murmuró apasionadamente:

––¿No es verdad que es deliciosa?

Y un chico que entró de la calle, pataleando, agobiado bajo el peso de una carga de carbón, al oír estas

palabras, arrojó prontamente su carga al suelo y corrió a mirar también. Arrebujaba entre sus manos

enrojecidas y tiznadas el periódico, refunfuñando porque no encontraba el grabado.

Estaba sentado ahora en la estrecha habitación del piso último de una casa antigua y sombría. Las llamas

del fuego oscilaban bailando en la pared, y un crepúsculo espectral estaba cayendo sobre el río. Una mujer

vieja preparaba el té delante del hogar, y mientras se afanaba en su tarea, contaba en voz baja lo que habían

dicho el médico y el cura. Hablaba de ciertos cambios que habían observado en la enferma aquellos últimos

tiempos y de las cosas tan raras que hacía y decía. Stephen estaba sentado escuchando las palabras de la

vieja y siguiendo los caminos de ensueño que se abrían en los carbones enrojecidos, arcos y bóvedas,

galerías en caracol y cavernas repiqueteadas.

De pronto tuvo la impresión de que una cosa estaba parada a la puerta. Una calavera apareció suspendida

resaltando sobre la oscuridad de la entrada. Una criatura enfermiza, como un mico, estaba allí, atraída por

el sonido de las palabras pronunciadas junto al hogar. Y una voz quejumbrosa preguntó desde la puerta:

––¿Es Josefina?

La vieja contestó alegremente, sin dejar su labor junto al fuego:

––No, Ellen, es Stephen.

––Ah... Buenas tardes, Stephen.

Contestó al saludo y vio que una sonrisa estúpida se rasgaba sobre la faz parada a la puerta.

––¿Quieres algo, Ellen? ––preguntó la vieja desde su sitio.

Pero ella no contestó ala pregunta, sino dijo:

––Creí que era Josefina. Creí que era Josefina.

Y repitiendo esto varias veces, rompió a reír débilmente.

Stephen se hallaba en una fiesta de niños en Harold Cross. Aquella actitud suya de observador silencioso

se había apoderado de él en aquella ocasión, así que apenas si participaba de los juegos. Los niños iban de

un lado a otro llevando los residuos de los triquitraques de Navidad, bailando y retozando ruidosamente. Y

aunque él trataba de participar del regocijo de los otros chicos, se sentía como una figura sombría entre los

bicornios de ellos y los sombreretes de tela de ellas.

Cuando hubo cantado su canción, se retiró a un rincón apartado de la estancia, y comenzó a gustar el

encanto de su aislamiento. El júbilo, que al principio le había precido falso y trivial, era ahora para él como

una brisa reconfortante que se filtraba alegremente por sus sentidos y que ocultaba a los ojos ajenos la

agitación febril de su sangre, cada vez que, a través del círculo de los bailarines y entre la música y la algazara,

volaba hasta su rincón la mirada de ella, como una provocación, como una promesa que viniera a

explorar su corazón y a excitarlo.

En el vestíbulo se estaban poniendo los abrigos los niños que habían permanecido hasta el fin; la fiesta

había terminado. Ella se echó un chal por encima y salieron juntos. Su cabeza encapuchada se rodeó de un

fresco nimbo de aliento y sus zapatitos repiqueteaban alegremente sobre el suelo cubierto de cristalitos de

hielo.

Era el último tranvía. Los flacos caballos castaños lo sabían y movían las campanillas como para

anunciarlo a la noche clara. El cobrador hablaba con el conductor, y ambos hacían a menudo gestos

expresivos con la cabeza a la luz verde de la lámpara. Sobre los asientos vacíos del tranvía estaban

diseminados algunos billetes de colores. No se oía ningún ruido de pasos por la calle. Ningún ruido turbaba

la paz de la noche, sino el de los caballos al frotar uno contra otro los hocicos, al agitar las campanillas.

Los dos parecían escuchar, él en el peldaño de arriba del estribo, ella en el de abajo. Mientras hablaban,

ella subió varias veces hasta donde estaba él y volvió a bajar otra vez a su peldaño, pero en una ocasión o

dos permaneció por unos momentos pegada a él, olvidada de bajar, hasta que volvió a descender por fin. El

corazón de Stephen seguía el ritmo de los movimientos de ella como un corcho el ascenso y descenso de la

onda. Y comprendía lo que los ojos de ella le decían desde las profundidades del capuchón y comprendía

que en un pasado oscuro, no sabía si en la vida o en el sueño, había oído ya antes su mudo idioma. Y le vio

lucir para él sus galas: el bonito vestido, el ceñidor, las largas medias negras, y comprendió que él se había

ya rendido mil veces a aquellos encantos. Y, sin embargo, una voz interna más alta que el ruido de su

corazón agitado le preguntaba si aceptaría aquella ofrenda, para la que sólo tenía que alargar la mano. Y recordaba

el día en que Eileen y él estaban mirando en los campos del hotel cómo los criados izaban un

banderín en un mástil, y aquel foxterrier que daba huidas locas de aquí para allá sobre el césped soleado, y

cómo de pronto había prorrumpido ella en una carcajada, echando a correr cuesta abajo por el sendero en

curva. Ahora, como entonces, permanecía indiferente en su lugar, como un tranquilo observador de la

escena que delante de sus ojos se desarrollaba.

––Lo que ella quiere es que yo la coja entre mis brazos ––pensó––. Por eso es por lo que ha venido

conmigo al tranvía. Podría fácilmente agarrarla cuando sube a mi escalón: nadie está mirando. Podría asirla

y besarla.

Pero no hizo ninguna de las dos cosas. Y cuando se vio sentado, solo, en el tranvía desierto, desgarró en

tiras su billete y se quedó mirando sombríamente el suelo de madera acanalada.

Al día siguiente estuvo sentado frente a su mesa durante muchas horas en la desnuda habitación del piso

de arriba. Delante de él estaban una pluma, un frasco de tinta y un cuaderno de ejercicios color esmeralda:

todo nuevo. Por la fuerza de la costumbre, había escrito al comienzo de la página las iniciales del lema

jesuítico: A. M. D. G. En la primera línea aparecía el título de los versos que estaba tratando de escribir: A

E-C-. Sabía que se debía comenzar así porque había visto otros títulos semejantes en la colección de

poemas de lord Byron. Cuando hubo escrito el título y trazado una raya ornamental por bajo de él, se

sumergió en una especie de ensueño y comenzó a garapatear sobre la cubierta del cuaderno. Se veía en

Bray, sentado a su mesa, el día después de la discusión en la cena de Navidad, tratando de escribir un

poema sobre Parnell en el reverso de uno de los documentos de recaudación de su padre.

Pero entonces, su cerebro no había llegado a asir el tema y, desistiendo de ello, había cubierto la página

con los nombres y las señas de algunos de sus compañeros:

Roderick Kickham

John Lawton

Anthony Mac Swiney

Simon Moonan.

Ahora le parecía que iba a fracasar también, pero a fuerza de meditar en el incidente del día anterior llegó

a cobrar confianza. Durante este proceso fueron desapareciendo de la escena todos los elementos que

estimó vulgares o insignificantes. Ya no quedaban trazas ni del tranvía, ni del conductor y el cobrador, ni

de los caballos; ni aun él ni ella aparecían claramente. Los versos sólo hablaban de la noche y de la brisa

balsámica y del fulgor virginal de la luna. Una vaga melancolía estaba oculta en los corazones de los

protagonistas, mientras permanecían en pie bajo los árboles sin hojas. Y cuando llegaba el momento de la

despedida, el beso que la una había negado era dado por los dos. Y tras esto escribió al pie las letras L. D.

S. y, habiendo escondido el libro, fue a la alcoba de su madre y allí se estuvo mirando un largo rato en el

espejo del tocador.

Pero este largo período de ocio y libertad estaba tocando a su fin. Su padre vino una noche a casa repleto

de noticias y no dejó de hablar durante toda la cena. Stephen había estado esperando con impaciencia el

regreso de su padre porque tenían guisado de cordero y seguramente su padre le permitiría mojar pan en la

salsa. Pero no pudo saborear el guiso porque la mención de Clongowes le llenó la boca de repugnancia.

––Me le eché encima ––repetía míster Dédalus por cuarta vez–– en la esquina de la plaza.

––Entonces, supongo que él lo arreglará––dijo mistress Dédalus––. Me refiero a lo de Belvedere.

––Claro que sí. ¿No os he dicho que ahora es provincial de la Orden?

––A mí nunca me satisfizo la idea de mandarle a los Hermanos de las Doctrinas Cristianas ––dijo

mistress Dédalus.

––¡Que se vayan al cuerno los Hermanos de las Doctrinas! ––dijo míster Dédalus––. ¿Con el asqueroso

Poddy y el cochino Mickey? No, no: que siga arrimado a los jesuitas puesto que con ellos ha comenzado.

Le pueden servir de mucho el día de mañana. Esa gente le puede labrar un porvenir a cualquiera.

––Son una Orden muy rica, ¿no es verdad, Simón?

––Desde luego. Saben vivir, te lo aseguro. Ya viste cómo comían en Clongowes. ¡Cristo!, como cebones.

Míster Dédalus pasó su plato a Stephen para que rebañara lo que quedaba.

––Y ahora, Stephen ––dijo––, ¡hay que arrimar el hombro, valiente! Creo que no te quejarás por falta de

vacaciones.

––Estoy segura que ahora va a trabajar con bríos ––dijo mistress Dédalus––, sobre todo teniendo a

Mauricio con él.

––¡Caramba, por San Pablo! ¡Que me olvidaba de Mauricio! ––exclamó míster Dédalus––. ¡Aquí,

Mauricio! ¡Arrímate, barbián, cabezón! ¿No sabes que te voy a mandar a un colegio donde te enseñen a

leer el p á pa? Y además te voy a comprar un pañuelito muy majo para que te seques las narices. Va a estar

lindo, ¿eh?

Mauricio se rió mirando a su padre y luego a su hermano.

Míster Dédalus se sujetó el monóculo en el ojo y se quedó mirando fijamente a sus dos hijos. Stephen

tenía la boca llena de pan y no contestó a la mirada de su padre.

––Y a propósito ––dijo por fin míster Dédalus––, el rector, o mejor dicho, el provincial me ha estado

contando aquel jaleo que tuviste con el Padre Dolan. Ha dicho que eres un granuja sin vergüenza.

––¡No habrá dicho eso, Simón!

––Por supuesto que no. Pero me ha contado toda la historia ce por be. Estábamos charlando, ¿sabes?, y

unas palabras se enredaban con otras. Hombre, y a propósito, ¿a que no sabéis quién hereda la rectoría?

Pero, ya os lo diré después. Bueno, como decía, estábamos charla que te charla como dos buenos amigos y

va y me pregunta si aquí el pollo seguía usando gafas. Y entonces me contó toda la historia.

––¿Y estaba enfadado, Simón?

––¿Enfadado? ¡Quiá! ¡Bravo mocito; dijo.

Míster Dédalus imitaba la voz nasal y recortada del provincial.

––El Padre Dolan yyo, cuando se lo conté a todos en la cena, el Padre Dolan y yo nos estuvimos riendo

de lo lindo. Fíjese usted mejor––le dije–– porque si no, el chiquitín de Dédalus le va a mandar a usted a

que le den con la palmeta nueve veces en cada mano. Nos estuvimos riendo de lo lindo. ¡Ja! ¡ja! ¡ja!

Míster Dédalus se volvió hacia su mujer y exclamó en su tono de voz:

––Eso demuestra el espíritu con el que manejan los chicos allí. No me digáis nada: si es diplomacia, el

jesuita, ¡lo único!

Volvió a tomar la voz del provincial y repitió:

––Se lo conté a todos en la cena, y el Padre Dolan y yo y todos nos estuvimos riendo de lo lindo.

¡Ja!¡ja!¡ja!

Había llegado la noche de la fiesta que se celebraba en el colegio, por Pentecostés. Stephen, desde la

ventana del vestuario, estaba mirando hacia el pradillo de enfrente adornado con hileras de farolillos a la

veneciana. Observaba los invitados que bajaban de la casa e iban entrando en el teatro. Algunos antiguos

colegiales vestidos de frac estaban diseminados en grupos a la entrada del teatro y hacían pasar

ceremoniosamente a los espectadores. Al repentino resplandor de un farolillo, pudo Stephen reconocer la

cara sonriente de un sacerdote.

Habían sacado el Santísimo de su tabernáculo y retirado los primeros bancos para dejar libres el

presbiterio y el espacio fronterizo a él. Había montones de barras, de pesas y de mazas indias, apoyadas

contra la pared. Las pesas cortas estaban apiladas en un rincón, y en medio de los innumerables montones

de zapatos de gimnasia y de las masas oscuras y revueltas que formaban los jerseys, estaba en pie el

caballete de voltear, macizo y enfundado en cuero, que esperaba su turno para ser transportado al escenario

y puesto entre las filas del equipo ganador al fin de los ejercicios de gimnasia.

Stephen no tenía nada que hacer en la primera parte del programa, aunque, en atención a su fama como

redactor de ensayos literarios, le habían elegido secretario del gimnasio; pero en la representación que

formaba la segunda parte desempeñaba el principal cometido en el papel de maestro ridículo. Le habían

elegido por razón de su estatura y de sus maneras graves, pues aquel era su segundo curso en el colegio de

Belvedere y estaba ya en el penúltimo año. Un grupo de alumnos más pequeños, vestidos con jerseys y

pantalones blancos, entró pataleando por la puerta de la sacristía procedente del escenario. La sacristía y la

capilla estaban llenas de profesores y de alumnos que se afanaban en los preparativos. El sargento mayor,

calvo y rollizo, estaba probando los muelles del caballo de volteo. Cerca de él y observando con atención

sus movimientos, había un joven delgaducho que iba a exhibir en la fiesta una serie de intrincados

movimientos de maza. Llevaba un largo abrigo, y los extremos de las mazas asomaban por las bocas de sus

profundos bolsillos. Se oyó el ruido hueco de los instrumentos de madera, porque un nuevo equipo se

aprestaba a subir al escenario. Seguidamente el prefecto, con aire excitado, fue empujando a los chicos a

través de la sacristía como a un rebaño de patos, agitando nerviosamente los bordes de su sotana, y gritando

a los rezagados que se dieran prisa. Al otro extremo de la capilla había un pequeño grupo de campesinos

napolitanos que ensayaban pasos de danza: algunos hacían girar los brazos por encima de la cabeza, otros

balanceaban unas cestas llenas de violetas artificiales. En un rincón oscuro de la capilla estaba arrodillada

una señora vieja y gorda, entre el gran remolino de sus faldas negras. Cuando se levantó dejó ver una figura

vestida de color rosa, con una peluca de bucles dorados y un sombrero de paja de gusto arcaico, con las

cejas pintadas de negro y las mejillas dadas de carmín y empolvadas. Un tenue rumor de curiosidad

recorrió la capilla a la vista de esta aparición afeminada. Uno de los prefectos se aproximó sonriendo y

meneando la cabeza hasta el rincón oscuro donde estaba la vieja, y habiendo hecho una inclinación, dijo,

bromeando:

––¿Qué es esto que trae usted aquí, mistress Tallon? ¿Es una hermosa damisela o una muñeca?

Y después, inclinándose para mirar la cara pintada que sonreía debajo del sombrerete, exclamó:

––Pero, ¡tate!, si parece nuestro amiguito Bertie Tallon. Stephen oyó desde su sitio de al lado de la

ventana, las risas con que la anciana señora y el sacerdote celebraban la gracia, y los murmullos de

admiración que a su espalda se levantaban de entre los chicos que se habían adelantado para contemplar al

muchacho que bailaría él solo una de las danzas de la fiesta. Stephen no pudo reprimir un movimiento de

impaciencia. Dejó caer el extremo de la cortina, saltó del banco en el cual estaba subido, y salió de la

capilla. Atravesó el edificio del colegio y se metió bajo un cobertizo que orillaba el jardín. Del teatro,

situado enfrente, venían voces ahogadas de los espectadores y luego, de pronto, el estrépito del bronce de la

banda militar. La luz que salla a través del techo de cristales daba al teatro la apariencia de un arca iluminada,

anclada entre casas como barcos derrumbados, y sujeta a sus amarras por los finos cables de sus hileras

de farolillos. Se abrió de repente una puerta lateral del teatro, y un dardo de luz corrió sobre la hierba. Un

súbito estallido de música salió del arca: el preludio de un vals. La puerta se volvió a cerrar, y Stephen sólo

pudo seguir el débil ritmo de la música. La expresión, la languidez, el aéreo movimiento de aquellos

primeros compases, evocaban en él la incomunicable emoción causa de su desasosiego de aquel día, y del

arranque de impaciencia que le había conducido hasta allí. Su desasosiego brotaba de él como una onda de

sonido: con el fluir de la música, el arca se había puesto en movimiento, arrastrando tras sí, al arrancar, sus

amarras de farolillos. El movimiento cesó al estallar un ruido como de una artillería diminuta: eran los

aplausos que saludaban la aparición en la escena de un nuevo equipo de gimnastas.

Una manchilla de luz rosada brillaba en el extremo del cobertizo, y al irse acercando, llegó a sentir un

tenue olor aromático. Dos muchachos estaban fumando allí al resguardo de una puerta, y antes de llegar a

ellos pudo reconocer la voz de Heron.

––¡He aquí al noble Dédalus! ––gritó una voz gutural y fuerte––. ¡Bien venido sea nuestro fiel amigo!

La bienvenida terminó en una carcajada sin alegría, en tanto que Heron se deshacía en zalemas. Después

se puso a repiquetear en el suelo con su bastón.

––Aquí me tienes ––dijo Stephen, deteniéndose y paseando su mirada de Heron al otro que estaba con él.

Este último le era desconocido; pero al resplandor de los pitillos pudo entrever su rostro pálido y

afectado, sobre el que se deslizaba lentamente una sonrisa, y su largo talle y el sombrero hongo con que se

tocaba. Heron no se preocupó de hacer una presentación, sino que en su lugar, dijo:

––Precisamente le estaba diciendo a mi amigo Wallis lo divertido que sería si tú imitaras esta noche la

voz del rector en tu papel de maestro. Sería un golpe estupendo.

Heron hizo en honor de Wallis un intento poco lucido de remedar la pedantesca voz de bajo del rector, y

riendo él mismo de su fracaso le dijo a Dédalus que lo hiciera él.

––¡Anda, Dédalus, anda, que tú le imitas estupendamente! Aquel que no quiera obedecer a la igle-ssia,

sea para ti como el paga-nno y el publica-nno.

La imitación fue estorbada por una leve expresión de desagrado por parte de Wallis, cuyaboquilla tiraba

mal.

––¡Caray con la lata de la boquilla! ––dijo, quitándosela de la boca, sonriendo y frunciendo las cejas con

aire tolerante––. Se está atrancando a cada paso. ¿Usted usa boquilla?

––No fumo ––dijo Stephen.

––No ––dijo Heron––. Dédalus es un joven modelo. Ni fuma, ni va a las kermesses, ni flirtea.

Stephen meneó la cabeza y se sonrió de ver la cara de su rival, colorada, movible y picuda como la de un

pájaro. Había pensado con frecuencia lo extraordinario que era que Vincent Heron, que tenía apellido de

pájaro, tuviera la cara en consonancia con el nombre. Sobre la frente le descansaba un mechón de cabellos

claros, como una cresta alborotada.

La frente era estrecha y huesuda, y una nariz delgada y ganchuda le salía de entre los ojos, muy juntos y

saltones, claros e inexpresivos. Los dos rivales eran amigos del colegio. Se sentaban en clase en el mismo

banco, tenían su sitio uno al lado del otro en la capilla y charlaban juntos en el comedor después del

rosario. Como los alumnos de último año eran muy poco brillantes, ellos eran en realidad los que llevaban

la voz cantante en el colegio. Ellos, los que iban a pedir al rector un día de asueto o el perdón de un

camarada.

––Hombre, y a propósito ––dijo Heron de repente––. He visto entrar a tu padre.

La sonrisa desapareció del rostro de Stephen. Cualquier alusión a su padre, hecha por un compañero o

por un profesor, le sobresaltaba inmediatamente. Esperó en silencio, temiendo qué fuese lo que Heron iba a

seguir diciendo. Pero Heron sólo le dio un codazo expresivo y dijo:

––¡Anda, que las matas callando!

––¿A qué santo?... ––preguntó Stephen.

––Tú pareces una mosquita muerta ––siguió Heron––, pero creo que las matas sin sentir.

––¿Se te puede preguntar a qué es a lo que te refieres? ––preguntó cortésmente Stephen.

––Desde luego, hombre ––contestó Heron––. La hemos visto, ¿no es verdad, Wallis? Y que es

endiabladamente bonita. Y preguntona. z Y qué papel va a hacer Stephen, míster Dédalus? ¿Y va a cantar

Stephen, míster Dédalus? Tu señor padre la estaba mirando de hito en hito a través de aquel monóculo que

se trae, y me parece que el viejo te ha calado las intenciones. A mí no me importaría un comino. ¡Es

estupenda!, ¿no es verdad, Wallis?

––¡De primera! ––contestó Wallis tranquilamente, volviéndose a colocar la boquilla en el ángulo de la

boca.

Una oleada momentánea de cólera refluyó por la mente de Stephen al oír hacer en presencia de un

extraño estas alusiones poco delicadas. Para él las atenciones y el interés de la muchacha no eran una cosa

de broma. En todo el día no había pensado en otra cosa más que en la despedida en el estribo del tranvía la

noche de Harold's Cross, en las fluctuantes emociones que le había producido y el poema que con este

motivo había escrito. Todo el día había estado imaginándose el nuevo encuentro, porque sabía de antemano

que ella había de asistir a la representación. Y la misma melancolía inquieta de la otra vez había llenado su

pecho, aunque ahora sin encontrar su desagüe en el verso. El desarrollo y la experiencia de dos años de

adolescencia interpuestos entre aquel entonces y lo presente, le impedían ahora semejante expansión. Y

todo el día la corriente de melancólica ternura había estado fluyendo y refluyendo dentro de él en oscuros

remolinos y remansos, llegándole, por fin, a cansar, hasta que la chanza del prefecto y el muchachuelo

pintarrajeado le habían arrancado un movimiento de impaciencia.

––Así es que tienes que admitir ––seguía diciendo Heron–– que por esta vez te hemos calado de lo lindo.

Ya no vendrás haciéndote el santito, supongo.

Prorrumpió en una carcajada falsa e, inclinándose como antes, golpeó ligeramente a Stephen en la

pantorrilla, como por festivo reproche.

El momento de cólera se le había pasado ya a Stephen. No se sentía ni halagado ni confuso, sino que

sencillamente deseaba que la broma tocase a su fin. Apenas si se dolía ahora de lo que poco antes le había

parecido una estúpida falta de tacto, porque comprendía que su íntima aventura no peligraba por aquellas

palabras. Y su cara reflejó la falsa sonrisa de su rival.

––¡Confiesa! ––repitió Heron, golpeándole otra vez en la pantorrilla.

El golpe era una broma, pero no tan suave como el primero. Stephen sintió un escozor en la piel, un ardor

apenas doloroso; e inclinándose sumisamente empezó a recitar el Confiteor como para corresponder al tono

jocoso de su compañero. La cosa terminó bien porque Heron y Wallis se echaron a reír tolerantemente ante

aquella irreverencia.

Los labios de Stephen eran solamente los que recitaban la confesión, pues mientras pronunciaba las

palabras, un repentino recuerdo le había transportado a otra escena, evocada como por magia al notar las

arruguillas crueles que con la risa se le formaban a Heron en los ángulos de la boca y al sentirse en la

pantorrilla el golpecito cariñoso del bastón y escuchar la amonestación amical: Confiesa.

Era hacia el final del primer trimestre pasado en el colegio, cuando él estaba todavía en sexto. Su sensible

naturaleza se resentía aún del peso de la oscuridad y la sordidez de su nueva manera de vida. Su alma

estaba aún conturbada y deprimida por la sombría monstruosidad de Dublín. Stephen había emergido de

dos años de sueño encantado para encontrarse de pronto en un escenario distinto, donde cada evento y cada

personaje le afectaban íntimamente, seduciéndole a veces y otras descorazonándole, pero llenándole

siempre de intranquilidad y amargos pensamientos, lo mismo cuando le descorazonaban que cuando le

seducían. Todo el vagar que su vida de colegial le dejaba lo pasaba en la compañía de escritores

subversivos, cuyos sarcasmos y virulencias fermentaban lentamente en su cerebro para reflejarse después

en sus propios y aún no sazonados escritos.

La composición literaria era la principal ocupación que tenía durante la semana, y todos los martes,

cuando iba de casa al colegio, auguraba la suerte que le esperaba deduciéndola de las incidencias del

camino; si veía a alguien que caminara delante de él, se proponía pasarle antes de llegar a un punto determinado,

o bien iba colocando sus pisadas cuidadosamente en las junturas de las losas de la acera,

diciéndose a cada pisada: seré el primero en el ensayo; no seré el primero en el ensayo.

Cierto martes, la serie de sus triunfos se vio interrumpida de repente. Míster Tate, el profesor de inglés, le

señaló con el dedo y dijo bruscamente:

––Este muchacho tiene una herejía en el ensayo.

Silencio sepulcral en la clase. Míster Tate no lo interrumpió sino que se puso a hurgarse con una mano

entre los muslos, en tanto que se oía chascar el almidón de su camisa alrededor del cuello y hacia los puños.

Stephen no levantó los ojos. Era una mañana cruda de primavera y sus ojos estaban todavía débiles y

doloridos. Se vio fracasado y cogido; sintió la sordidez de su espíritu y la de su casa, y en la nuca, el roce

del cuello vuelto y raído.

Un sonoro golpe de risa del profesor permitió respirar más a gusto a los alumnos.

––Quizás no se ha dado usted cuenta.

––¿En dónde está? ––preguntó Stephen.

Míster Tate dejó de hurgarse y extendió el escrito.

––Aquí. Es hablando del Criador y del alma. Emm... emm... emm... emm... ¡Ah!, sin que nunca puedan

llegar a aproximarse. Eso es una herejía.

Stephen murmuró:

––He querido decir sin que nunca puedan llegar a alcanzarse.

Era someterse. Míster Tate se apaciguó y doblando el ejercicio se lo alargó diciendo:

––¡Ah!... Bueno... Alcanzarse. Eso es ya otra cosa.

Pero la clase no se había apaciguado tan prestamente. Aunque nadie le habló del incidente después de la

clase, Stephen pudo notar a su alrededor una especie de alegría malévola.

Unos días después de este tropiezo, iba Stephen al anochecer con una carta en la mano por el camino de

Drumcodra, cuando oyó una voz que gritaba:

––¡Alto!

Se volvió y pudo distinguir entre las sombras crepusculares a tres de sus compañeros que le salían al

paso.

Heron, que era el que había gritado, avanzaba entre sus dos acompañantes hendiendo el aire con un

bastoncillo delgado a compás de las pisadas. Su amigo Boland marchaba al lado de él con una sonrisa

forzada en el rostro, mientras que el otro, Nash, venía unos cuantos pasos trasero, resollando a causa de la

velocidad dula marcha y haciendo oscilar su gran cabezota rojiza.

Ya reunidos todos, se internaron por la calle de Clonliffe e inmediatamente se pusieron a hablar de libros

y escritores, diciendo los libros que estaban leyendo y cuántos volúmenes tenía en la librería el padre de

cada uno. Stephen les estaba escuchando con cierta extrañeza, porque Boland era el azote de la clase y

Nash el vago por excelencia de la misma. En efecto, después de charlar algún tiempo sobre sus autores

favoritos, Nash se declaró por el capitán Marryat, que, según dijo, era el más grande escritor.

––¡Quita! ––dijo Heron––. Pregúntale a Dédalus. Dédalus, ¿cuál es el más grande escritor?

Stephen notó el sarcasmo de la pregunta y dijo: ––¿En prosa?

––Sí.

––Creo que Newman.

––¿El cardenal Newman? ––preguntó Boland.

––Sí ––contestó Stephen.

A Nash se le amplificó en el rostro pecoso la sonrisa doblada, al mismo tiempo que volviéndose a

Stephen, decía:

––¿Y a ti, Dédalus, te gusta el cardenal Newman?

––Hay mucha gente que afirma que Newman es quien tiene el mejor estilo en prosa ––dijo Heron, para

que se enteraran los otros dos––, pero, desde luego, no es poeta.

––Y dinos, Heron, ¿cuál es el mejor poeta? ––preguntó Boland.

––Lord Tennyson, indudablemente ––contestó Heron.

––Claro, lord Tennyson ––dijo Nash––. En casa tenemos todas sus poesías en un libro.

Al oír esto, Stephen olvidó todos los propósitos de callar que había estado haciendo y exclamó:

––¡Poeta, Tennyson! ¡Querrás decir un versificador!

––¡Quítate de ahí! ––dijo Heron––. Todo el mundo sabe que Tennyson es el mejor poeta.

––¿Y quién es, según tu parecer, el mejor poeta? ––preguntó Boland, dándole con el codo a su vecino.

––Byron, desde luego ––contestó Stephen.

Heron tomó la iniciativa rompiendo a reír despectivamente y los otros dos se le unieron.

––¿De qué os reís? ––preguntó Stephen.

––De ti ––contestó Heron––. ¡Byron el mejor poeta! No es más que un poeta para gentes sin educación.

––¡Pues, sí que debe ser un poeta! ––comentó Boland.

––Lo mejor que puedes hacer tú es callarte ––dijo Stephen, encarándose decididamente con él––. Todo lo

que tú sabes acerca de poesía, es lo que has escrito en las pizarras del patio, que fue por lo que te mandaron

castigado al desván.

Se decía, en efecto, que Boland había escrito en las pizarras del patio un pareado acerca de un compañero

que acostumbraba a volver del colegio a casa a caballo en un pony:

Tyson iba a caballo hacia Jerusalén.
Se cayó y se hizo daño en el kulipulén.

Esta embestida hizo callar a los dos lugartenientes, pero Heron continuó:

––Por lo menos, no me negarás que Byron es herético e inmoral.

––Me tiene sin cuidado lo que sea ––exclamó vivamente Stephen.

––¿Te tiene sin cuidado el que sea herético o no? ––dijo Nash.

––¿Qué es lo que entiendes tú de eso? ––saltó Stephen––. No has leído un verso en tu vida, a no ser en

una traducción. Ni tú, ni Boland tampoco.

––¡Atención! Sujetadme bien a este hereje ––exclamó Heron.

En un instante Stephen se encontró prisionero.

––Tate te despabiló de lo lindo el otro día cuando aquello de la herejía que tenías en la composición.

––Ya se lo diré yo mañana ––dijo Boland.

––¿Tú? ––exclamó Stephen––. ¡Te guardarás muy mucho de abrir la boca!

––¿Y eso?

––Como que te va la vida.

––¡A callarse! ––gritó Heron, fustigando en la pierna a Stephen con el bastón.

Ésta fue la señal para el ataque. Nash le trabó los brazos por la espalda mientras que Boland cogía un

tronco de col que yacía en el arroyo. Stephen, debatiéndose a patadas, bajo los bastonazos y los golpes del

troncho nudoso, fue empujado contra una alambrada erizada de pinchos.

––Confiesa que Byron no valía nada.

––No.

––Confiesa.

––No.

––Confiesa.

––No. No.

Al fin, tras una serie de embestidas, logró desasirse. Sus verdugos huyeron en dirección al camino de

Jone riendo y mofándose, mientras él, medio cegado por las lágrimas, echó a andar vacilantemente,

crispando los puños enfurecido, sollozando.

Y ahora, mientras recitaba el Confiteor entre las risas indulgentes de los otros dos y mientras las escenas

de este ultrajante episodio pasaban incisivas y rápidas por su imaginación, se preguntaba por qué no

guardaba mala voluntad a aquellos que le habían atormentado. No había olvidado en lo más mínimo su

cobardía y su crueldad, pero la evocación del cuadro no le excitaba al enojo. A causa de esto, todas las

descripciones de amores y de odios violentos que había encontrado en los libros le habían parecido

fantásticas. Y aun aquella noche, al regresar vacilante hacia casa a lo largo del camino de Jone, había

sentido que había una fuerza oculta que le iba quitando la capa de odio acumulado en un momento con la

misma facilidad con la que se desprende la suave piel de un fruto maduro.

Permanecía de pie con los otros dos compañeros en el extremo del cobertizo atendiendo vagamente a su

charla o a los estallidos de los aplausos que venían del teatro. Ella estaba sentada allí dentro, entre el

público, esperando tal vez a que él apareciese. Trató de evocar su imagen, pero no pudo. Se acordaba sólo

de que llevaba un chal echado por la cabeza que le hacía como una capucha y que sus ojos oscuros le excitaban

y le deprimían. Se preguntaba si él había estado en los pensamientos de ella del mismo modo que

ella en los de él. Y luego, en la oscuridad, sin que los otros dos le pudieran ver, apoyó las puntas de los

dedos de una mano sobre la palma de la otra, tocándola apenas ligeramente. Mas la presión de los dedos de

ella había sido más ligera y más firme; y de repente el recuerdo de aquel roce le atravesó el cerebro y el

cuerpo como una invisible onda.

Un muchacho vino corriendo hacia ellos a través del cobertizo. Llegaba excitado y sin aliento.

––Anda, Dédalus ––gritó––, que Doyle está la mar de enfadado contigo. Tienes que ir inmediatamente a

vestirte para la representación. Anda, date prisa.

––Irá cuando le dé la gana ––contestó Heron al mensajero, arrastrando desdeñosamente las palabras.

El muchacho se volvió hacia Heron y repitió:

––Es que Doyle está horriblemente enfadado.

––¿Quieres hacer el favor de ofrecer a Doyle mis respetos y decirle que no me toque las narices?

––Bueno, me tengo que ir ––dijo Stephen, a quien se le daba muy poco de puntillos de honra.

––Yo que tú no iba ––dijo Heron––. ¡Vaya que no! Ésas no son maneras de mandar a buscar a uno de los

mayores. ¡Que está furioso! Ya es bastante que desempeñes un papel en ese condenado comedión que se

trae.

Este puntilloso espíritu de camaradería que había observado últimamente en su rival no lograba apartar a

Stephen de sus hábitos de tranquila obediencia. Desconfiaba de la turbulencia y dudaba de la sinceridad de

una tal camaradería que le parecía una triste anticipación de la virilidad. El punto de honor suscitado ahora

le resultaba tan trivial como todas estas cuestiones. Mientras su imaginación había estado atareada

persiguiendo fantasmas intangibles, o dejando de perseguirlos para caer en la irresolución, había estado escuchando

constantemente las voces de sus profesores que le excitaban a ser antes que nada un perfecto

caballero y un buen católico. Estas voces habían llegado a sonar en sus oídos como palabras vacías. Al

abrirse el gimnasio, había oído otra voz que le mandaba ser fuerte, viril y saludable. Y cuando el

movimiento a favor de un renacimiento nacional se había comenzado a sentir en el colegio, otra voz le

había invitado a ser fiel a su patria y a ayudar a vivificar su lenguaje y sus tradiciones. En lo profano, lo

preveía, habría otra voz que le invitaría a reconstruir con su trabajo la derruida hacienda de su padre; y,

entre tanto, la voz de sus compañeros le mandaba ser un buen camarada, encubrirlos en sus faltas,

interceder por su perdón y hacer todos los esfuerzos posibles para obtener días de asueto para el colegio. Y

era el zumbido vacío de todas estas voces lo que le hacía titubear en la persecución de sus propios

fantasmas. Sólo les prestaba atención por algún tiempo, y era feliz cuando podía estar lejos de ellas, fuera

del alcance de su llamamiento, solo, o en compañía de sus propios y fantasmales compañeros.

En la sacristía estaban un jesuita rollizo y de cara lustrosa y un viejo de traje azul raído, ocupados en

revolver en un cajón de coloretes y lápices de caracterizar. Los chicos que habían sido ya caracterizados se

paseaban de un lado a otro, o, parados y como estupefactos, se pasaban furtivamente los dedos por la cara.

En medio de la sacristía, un jesuita, que estaba pasando unos días en el colegio, se balanceaba rítmicamente,

poniéndose de puntillas y dejándose caer otra vez sobre los talones, todo con las manos muy

metidas en los bolsillos de la sotana y éstos echados hacia adelante. Su cabeza, pequeña, adornada de rizos

rojizos y lustrosos, y su cara recientemente afeitada, iban bien con la impecable corrección de su sotana y

con sus irreprochables zapatos.

Al observar esta figura oscilante y tratar de descifrar la sonrisa burlona del religioso, le vino a Stephen a

la memoria una cosa que había oído decir a su padre antes de que le enviaran a Clongowes: que se puede

siempre reconocer a un jesuita por el corte de su traje. Y en el mismo momento pensó que le parecía

reconocer una semejanza entre la manera de ser de su padre y la de aquel j esuita bien vestido y sonriente.

Y tuvo certeza de algo como una profanación del oficio de jesuita y aun de la misma sacristía, cuyo silencio

había huido ante la charla en alta voz y el bromear, y cuya atmósfera estaba llena del olor pungente de los

mecheros de gas y de la grasa.

Mientras que el viejo le pintaba arrugas en la frente y le embadurnaba las mejillas de negro y de azul,

Stephen escuchaba distraído la voz del jesuita rollizo que le recomendaba que hablara alto y que recalcara

bien los pasajes graciosos. Se oía la banda que tocaba El lirio de Killarney y comprendió que el telón se iba

a levantar dentro de muy pocos minutos. No 'sentía ningún miedo de salir al escenario, pero le humillaba la

idea del papel que iba a desempeñar. El recuerdo de algunos de los pasajes hizo que un rubor repentino

subiera hasta sus mejillas pintadas. Y vio los ojos de ella, pensativos y llenos de promesas, que le miraban

desde la sala; y esta imagen barrió todos sus escrúpulos dejando su voluntad presta. Parecía que se le había

infundido otra nueva naturaleza: que el contagio de la animada juventud que bullía a su alrededor se le

había metido a él también en el alma y transformado aquella desconfianza malhumorada que de ordinario

tenía. Por un momento se vio revestido de la verdadera vitalidad juvenil. Y mezclado entre bastidores con

los otros, participó de la alegría común en medio de la cual dos robustos padres izaron el telón que se fue

elevando a tirones y todo torcido.

Momentos después se encontró en el escenario entre las deslumbrantes luces de gas y la decoración

borrosa, representando delante de las innumerables caras del vacío. Le sorprendía el ver que la comedia,

que en los ensayos parecía una cosa deslavazada y sin vida, había cobrado de repente vida propia. Parecía

ahora que la comedia se representaba sola y que ellos sólo ayudaban con sus papeles. Cuando el telón cayó

tras la última escena, oyó cómo el vacío se llenaba de aplausos, y a través de una rendija pudo ver desde el

escenario cómo aquel cuerpo único ante el cual había representado, se deformaba como por magia,

rompiéndose por todas partes el vacío de rostros y dividiéndose en grupos atareados.

Abandonó rápidamente la escena, se despojó de su disfraz y atravesando la capilla entró en el jardín del

colegio. Ahora que la representación había terminado, sus nervios excitados exigían una nueva aventura. Se

precipitó hacia adelante como para atraparla. Las puertas del teatro estaban abiertas y el público había

salido ya. En aquellas hileras que antes se le habían imaginado como las amarras de un arca, quedaban

ahora unos cuantos farolillos, balanceándose en la brisa nocturna, oscilando sin regocijo. Subió a toda prisa

los escalones de entrada al colegio, como ávido de una presa que se le pudiera escapar, se abrió paso entre

la multitud que llenaba el vestíbulo y pasó junto a dos jesuitas que presenciaban la desbandada haciendo

reverencias y cambiando apretones de mano con los invitados. Y él empujaba hacia adelante, fingiendo una

prisa todavía mayor, y dándose cuenta vagamente de la estela de miradas, sonrisas y codazos que su

empolva––da cabeza dejaba tras sí.

Cuando llegó a los escalones de la entrada vio a su familia que le estaba esperando a la luz del primer

farol. A primera vista notó que todas las figuras del grupo le eran familiares y bajó los escalones

malhumorado.

––Tengo que llevar un recado a la calle George ––le dijo precipitadamente a su padre––. Volveré a casa

detrás de ustedes. Y sin aguardar a las preguntas de su padre, atravesó a toda prisa el camino y echó a andar

a hopo colina abajo. Apenas si sabía adónde iba. Orgullo, esperanza y deseo, como hierbas pisoteadas en su

corazón, elevaban humaredas de un incienso enloquecedor que cual una cortina cegaba las luces de su

espíritu: Bajaba velozmente entre el tumulto de estos vapores de orgullo herido, de esperanza arruinada, de

deseo frustrado, que en un momento se habían levantado en su alma. Se elevaron ante sus ojos angustiados

en una densa y enloquecedora humareda, fluyeron y se desvanecieron sobre él.

Por último, el aire quedó de nuevo transparente y frío. Un velo recubría aún sus ojos, pero éstos no le

ardían ya. Un poder semejante a aquel que otras veces había hecho desaparecer de él la cólera o el

resentimiento, fue el que le hizo pararse.

Se detuvo y se quedó mirando el sombrío pórtico del depósito de cadáveres y la callejuela empedrada de

al lado. Vio el nombre de la callejuela, Lotts, escrito en la pared, y respiró despacio el aire rancio y denso

que de ella salía.

––Esto son orines de caballo y paja podrida ––pensó––. Es bueno respirar este olor. Me calmará el

corazón. Ahora mi corazón está ya absolutamente tranquilo. Regresaré.

Stephen se encontraba de nuevo sentado junto a su padre, en un rincón de un vagón del ferrocarril en

Kingsbridge. Iban a Cork y aquél era el correo de la noche. Cuando el tren arrancó de la estación, le vino a

la memoria aquel asombro infantil experimentado años atrás el primer día de su estancia en Clongowes.

Pero ahora no experimentaba asombro ninguno. Veía cómo iban resbalando hacia atrás las tierras cada vez

más sombrías y los silenciosos postes del telégrafo que cada cuatro segundos pasaban rápidamente por la

ventana y las pequeñas estaciones penumbrosas, guardadas sólo por algunos tranquilos vigilantes, arrojadas

por el tren a su espalda, titilantes un momento en la oscuridad como chispas de fuego proyectadas hacia

atrás en plena carrera.

Escuchaba sin interés ninguno la evocación que su padre hacía de Cork y de las escenas de su juventud,

narración interrumpida a menudo por suspiros o por tragos de la cantimplora de bolsillo, cada vez que la

imagen de un amigo muerto salía a relucir en ella o siempre que el narrador recordaba el objeto mismo de

su viaje actual. Stephen escuchaba pero no podía sentir piedad alguna. Las imágenes de los muertos le eran

todas extrañas, excepto la de tío Charles, que últimamente se había casi borrado de su memoria. Sabía, sin

embargo, que los bienes de su padre iban a ser vendidos en subasta, y aun en esta manera de perder lo

propio, pudo comprender que el mundo daba un rudo mentís a su fantasía.

Al pasar por Maryborough cayó dormido. Cuando se despertó, el tren había ya dejado atrás Mallow, y su

padre dormía tumbado en el asiento frontero. La fría luz del amanecer caía sobre el campo, sobre las tierras

desoladas y las cerradas cabañas. Y al mirar el campo silencioso o al oír de vez en cuando la respiración

profunda y los súbitos movimientos que su padre hacía al dormir, el terror del sueño fascinaba su espíritu.

La vecindad de invisibles durmientes le llenaba de horror, como si le pudieran hacer daño, y rezaba para

que el día viniese pronto. Su oración no se dirigía a Dios ni a ningún santo, sino que comenzaba con un

escalofrío, del aire que por la ranura de la portezuela hasta sus pies entraba, y concluía por una serie de

palabras sin sentido, pero acomodadas al ritmo insistente del tren. Y silenciosamente, a inter

valos de cuatro segundos, los postes del telégrafo cerraban un compás preciso de notas galopantes. La

desatentada música aliviaba su horror, y recostándose sobre el borde de la ventanilla, dejó caer los párpados

de nuevo.

Atravesaron, en un carricoche de dos ruedas, las calles de Cork a las primeras horas de la madrugada, y

Stephen acabó su sueño en una alcoba del Hotel Victoria. Un sol alegre y caliente fluía de la ventana, y se

oía el barullo del tráfico. Su padre estaba en pie delante del tocador contemplándose con gran cuidado el

pelo, la cara y el bigote, estirando el cuello por encima del jarro, y apartándose de lado para poder ver

mejor. Mientras tanto cantaba en voz baja, con extraño acento y vocalización pintoresca:

Juventud y locura
nos casan cuando jóvenes,
por eso aquí no puedo
quedarme ya.
Para lo que no hay cura
no hay más que sepultura.
Con que, adiós, que me voy
a Americá.
Ay, mi niña la linda,
mi niña placentera,
tú eres cual whisky nuevo,
cariño mío,
que, si se pone añejo,
se torna frío y viejo
y se evapora y muere
como rocío.

La idea de que la ciudad caliente y soleada esperaba al otro lado de la ventana y los tiernos trémolos con

los que su padre adornaba su cancioncilla, extraña, triste y al par regocijada, barrieron del cerebro de

Stephen todas las nieblas del mal humor de la noche. Se levantó rápidamente, se vistió y, cuando la canción

hubo terminado, dijo:

––Eso es mucho más bonito que cualquiera de los Venid todos vosotros, que acostumbras a cantar.

––¿Crees tú?

––Me gusta ––dijo Stephen.

––Es un aire viejo ––dijo míster Dédalus mientras se atusaba las guías del bigote–– ¡Ay, si se lo hubieras

oído a Mick Lacy! ¡Pobre Mick Lacy! ¡Él sí qué le daba giros especiales y que lo adornaba mucho mejor

que yo! ¡Aquél sí que era mozo para cantar un Venid todos vosotros!

Míster Dédalus había encargado un plato local de embutidos para desayunar y durante la comida

interrogó de punta a cabo al camarero acerca de todas las novedades locales. Casi nunca se entendían

porque, cuando sonaba un nombre, el camarero se refería a su actual poseedor y míster Dédalus pensaba en

el padre o quizás en el abuelo.

––Bueno, por lo menos espero que no se habrán llevado el Colegio de la Reina del sitio donde estaba ––

dijo míster Dédalus––, porque quiero enseñárselo a este pollastre que traigo conmigo.

Los árboles estaban en flor a lo largo del Mardyke. Entraron en los campos del colegio y fue––ron

conducidos a través del patio por un portero charlatán. Pero su marcha a través del patio se veía

interrumpida a cada docena de pasos por un alto, a causa de alguna novedad contada por el portero.

––¿Qué me cuenta usted? ¿Y ha muerto el pobre Pottlebelly?

––Sí, señor. Ha muerto.

A cada una de esas paradas, Stephen permanecía embarazosamente detrás de los dos hombres, aburrido

de la conversación y deseando reanudar la marcha de nuevo. Cuando hubieron cruzado el patio, su

intranquilidad se había ya convertido en fiebre. Y se maravillaba de cómo su padre, al que tenía por astuto

y suspicaz, se dejaba engañar por los modales serviles del portero. Y el fuerte acento meridional que le

había divertido durante toda la mañana resultaba ahora insoportable a sus oídos.

Entraron en el anfiteatro de anatomía, donde míster Dédalus, ayudado por el portero, se puso a buscar

para encontrar sus iniciales. Stephen permanecía en el fondo, deprimido ahora más que nunca a causa de la

oscuridad y silencio del lugar y de su ambiente adusto y cansino de sitio de trabajo. En un pupitre leyó la

palabra Feto grabada varias veces en la madera oscura y manchada. Esta palabra sobrecogió su espíritu; le

pareció sentir en torno a él a los ausentes estudiantes del colegio y espantarse de su compañía. Y una visión

de la vida de ellos que las palabras de su padre habían sido incapaces de evocar, se elevó ante sus ojos

como si brotara de las letras grabadas en la mesa. Un estudiante ancho de hombros y con bigote estaba

grabando gravemente el letrero a punta de navaja. Otros estudiantes estaban de pie o sentados cerca de él y

se reían de verle tan afanado. Uno le empuja con el codo. El robusto estudiante se vuelve hacia él

frunciendo el entrecejo. Lleva un vestido gris amplio y unas botas amarillas.

Stephen oyó que le llamaban. Bajó a toda prisa por las gradas del anfiteatro para apartarse todo lo posible

de la visión y procuró ocultar el arrebato del rostro acercando mucho la cara a las iniciales de su padre.

Pero la palabra y la visión retozaban delante de sus ojos al regresar por el patio camino de la puerta de

entrada. Le extrañaba el encontrar en el mundo externo huellas de aquello que él había estimado hasta

entonces como una repugnante y peculiar enfermedad de su propia imaginación. Sus sueños monstruosos le

acudieron en tropel a la memoria. También ellos habían brotado furiosamente, de improviso, sugeridos por

simples palabras. Y él se había rendido y los había dejado filtrarse por su inteligencia y profanarla, sin

saber nunca de qué caverna de monstruosas imágenes procedían, dejándole siempre, tan pronto como se

desvanecían, débil y humilde ante los demás, asqueado de sí mismo e intranquilo.

––¡Mira, caramba! ––dijo míster Dédalus––. Apostaría cualquier cosa a que aquello son las Abacerías.

Seguramente que me has oído hablar muchas veces de las Abacerías, ¿no es verdad, Stephen? ¡Cuántas

veces nos hemos escapado después de pasar lista y nos hemos venido aquí! Éramos una nube: Harry Peard

y Jack Mountain y Bob Dyas y Maurice Moriarty el francés y Tom O'Grady y Mick Lacy del que te

hablaba esta mañana, y Joey Corbet y aquel buenazo de Johnny Keevers, el de Tantiles.

A lo largo del Mardyke, las hojas de los árboles se movían susurrantes bajo la luz del sol. Pasó un equipo

de jugadores de cricket. En una callejuela tranquila tocaba una charanga de cinco músicos alemanes, de

uniformes desteñidos e instrumentos derrotados. Un grupo de golfillos de la calle y de recaderos

desocupados se había congregado delante de ellos. Una criada con bonete y delantal blanco estaba regando

una maceta en un alféizar que resplandecía como una losa de piedra caliza bajo la luz caliente y

deslumbrante. Y a través de otra ventana abierta, venían las notas de un piano que escala tras escala iban

trepando por el teclado.

Stephen caminaba al lado de su padre, oyendo historias que ya conocía, escuchando una vez más los

nombres de aquellos calaveras que habían sido los compañeros de juventud de su padre, ya muertos o

desparramados por el mundo. Un vago malestar temblaba en su corazón. Y evocaba su propia y equívoca

posición en el colegio de Belvedere, alumno externo, primero de su clase, atemorizado de su propia autoridad,

orgulloso, sensible y suspicaz, en lucha continua contra la miseria de su propia vida y el tumulto de

sus pensamientos. Aquellas letras grabadas en la manchada madera del pupitre le estaban contemplando

fijamente, como si hicieran befa de su flaqueza corporal y de sus fútiles entusiasmos, le provocaran a la

repugnancia de su propia locura y de las asquerosas orgías de su mente. La saliva le amargaba en la boca y

un vago malestar le subió al cerebro, hasta tal punto, que tuvo que cerrar por un momento los ojos,

caminando a ciegas.

Aún seguía la voz de su padre:

––El día que comiences a vivir por ti mismo, lo que supongo que ocurrirá de un momento a otro, aunque

te dediques a lo que te dediques, ten cuidado de juntarte con verdaderos caballeros. Cuando yo era

muchacho, ya te digo que la he gozado de lo lindo. Pero me juntaba con compañeros muy decentes. Cada

cual tenía su habilidad. Uno poseía una hermosa voz, aquél era un buen actor, el otro sabía cantar una

canción con gracia, tal era un buen remero o un buen jugador de raqueta, el de más allá sabía contar bien un

cuento, y así sucesivamente. La pelota estaba siempre en el tejado y la gozábamos de lo lindo y conocíamos

un poco el mundo, sin que ninguno de nosotros se quedara atrás. Pero, Stephen, todos éramos caballeros, al

menos así lo creo yo, y, además, irlandeses honrados y fieles a machamartillo. Ésa es la gente con la que yo

quiero que te juntes, con gente de buen natural. Te estoy hablando como a un amigo, Stephen. Yo no pienso

que un hijo pueda tener miedo a su padre. No: yo te trato del mismo modo que tu abuelo me trataba a mí,

cuando yo era aún un mocoso. Parecíamos más bien dos hermanos que padre e hijo. Nunca me olvidaré del

primer día que me pescó fumando. Estaba yo al fin de la Terraza del Sur con otros mequetrefes como yo, y

desde luego nos las dábamos de personas maduras porque teníamos una pipa en la boca. Y, de pronto: mi

padre que pasa. No dijo una palabra, ni siquiera se paró. Pero al día siguiente, que era domingo, fuimos juntos

a dar un paseo y cuando ya regresábamos, saca la petaca y me dice: Ya propósito, Simón, yo no sabía

que tú fumases ni cosa que se le pareciese. Yo hice desde luego lo posible para conllevar la situación. Si

quieres saborear cosa buena, añadió, prueba uno de estos puros. Me los ha regalado anoche, en

Queenstown, un capitán americano.

Stephen notó que la voz de su padre se deshacía en una carcajada: una carcajada que era casi un sollozo.

––Era en aquel tiempo el mozo más gallardo de Cork. ¡Cristo, si lo era! Las mujeres se volvían en la

calle para mirarle.

Oyó que el sollozo se hundía sonoramente en la garganta de su padre y un impulso nervioso le hizo abrir

los ojos. La luz del sol, al romper de improviso contra sus pupilas, transformaba el cielo y las nubes en un

mundo fantástico de masas sombrías entre lagos de luz densa y rosada. Su mismo cerebro era débil e

impotente. Apenas si podía interpretar los letreros de las tiendas. Porque aquella monstruosa vida suya le

había arrojado más allá de los límites de lo real. No había cosa del mundo real que le dijera nada, que le

conmoviera, a no ser que despertara un eco de aquellos alaridos furiosos que él sentía brotar de su interior.

No podía responder a las llamadas de la tierra ni de los hombres, sordo e insensible a la voz del verano y al

gozo de la camaradería, ahíto y descorazonado de oír el sonido de las palabras de su padre. Apenas si podía

reconocer como propios sus pensamientos. Y se repitió lentamente en voz baja:

––Yo soy Stephen Dédalus. Voy andando junto a mi padre que se llama Simón Dédalus. Estamos en

Cork, en Irlanda. Cork es una ciudad. Nuestra habitación está en el Hotel Victoria. Victoria, Stephen,

Simón. Nombres.

Se le nubló de repente el recuerdo de su niñez. Trataba de evocar sus vívidos incidentes y no podía. Sólo

recordaba nombres. Dante, Parnell, Clane, Clongowes. Una señora de edad que tenía dos cepillos en su

armario y enseñaba geografia a un niño pequeñito. Luego le habían enviado de casa al colegio, había hecho

la primera comunión, había comido tiras de pasta de malvavisco que iba sacando de su gorra de cricket,

había visto desde su camita, en la enfermería, cómo el fuego saltaba y danzaba sobre la pared y había

soñado que se había muerto y que el rector, revestido de una capa dorada y negra, decía una misa por su

alma y que le enterraban en el reducido camposanto de la comunidad, al otro lado de la avenida de los tilos.

Pero no se había muerto. Parnell era el que se había muerto. No había habido misa en la capilla por el

difunto ni procesión. No se había muerto, sino que se había desvanecido como una placa impresionada a la

luz del sol. Se había perdido o había emigrado de la existencia, porque ya no existía. ¡Qué extraño era el

pensar que él había dejado de existir de este modo, no a través de la muerte, sino desvanecido al sol, o

perdido y olvidado, Dios sabe dónde, en medio del universo! Y extraño también, ver que su cuerpecillo

reaparecía ahora por un momento: un niñín vestido con un traje gris de cinturón. Con las manos en los

bolsillos ylos pantalones sujetos por elásticos a las rodillas.

La tarde del día en que los bienes fueron vendidos, Stephen siguió mecánicamente a su padre por la

ciudad de taberna en taberna. A los vendedores del mercado, a los camareros y a las mozas de mostrador, a

los mendigos que le importunaban pidiendo una limosna, míster Dédalus les había repetido la misma

historia, que él era de Cork y que había estado durante treinta años tratando de librarse allá arriba, en

Dublín, de su acento del sur; y que aquel Perico el de los Palotes que iba con él era su hijo, pero que aquél

ya no era más que un castizo de Dublín. Habían salido de mañana del café de Newcombe, donde la taza de

míster Dédalus había temblequeado en el platillo, mientras Stephen, moviendo la silla y con toses fingidas,

procuraba ocultar las vergonzosas señales de la correría alcohólica de su padre, la noche pasada. Las

humillaciones habían venido una tras otra: las falsas sonrisas de los vendedores del mercado, los meneos y

los guiños de las mozas de bar con las que su padre se dedicaba a timarse, los cumplimientos y las palabras

alentadoras de los amigos de míster Dédalus. Todos habían dicho que Stephen era el vivo retrato de su

abuelo y el padre había convenido en que lo era, aunque ni la mitad de buen mozo. Se habían dedicado a

rastrear huellas del acento de Cork en su manera de hablar y se habían obstinado en que confesara que el

Lee era un río mucho más hermoso que el Liffey. Uno de ellos había puesto a prueba el latín de Stephen

haciéndole traducir algunos pasajes de Dilecto y le había preguntado qué era lo gramatical, si Tempora

mutantur nos et mutamur in illis, o Tempora mutantur et nos mutamur in illis. Y otro, un viejecito muy

vivo, a quien míster Dédalus llamaba Johnny Cashman, le había hecho ruborizarse preguntándole cuáles

eran más bonitas, si las chicas de Dublín o las de Cork.

––No está hecho a eso. Déjele usted estar. Es un chico de cabeza sentada que no se preocupa de esas

tonterías.

––Entonces no es el hijo de su padre ––contestó el vejete.

––Nadie puede estar seguro ––dijo míster Dédalus sonriendo afablemente.

––Tu padre ––dijo el viejecito–– era en sus tiempos el tenorio más grande de toda la ciudad de Cork.

¿Sabías tú eso?

Stephen miraba al suelo estudiando el piso embaldosado del bar en el que se habían metido.

––No me le soliviante usted la cabeza ––dijo míster Dédalus––. Déjele usted tranquilo.

––Desde luego que no le soliviantaré la cabeza. Soy bastante viejo para ser su abuelo. Porque yo soy

realmente abuelo ––le dijo elviejecillo a Stephen––. ¿No sabías tú eso?

––¿Sí? ––preguntó Stephen.

––Vaya si lo soy ––contestó el vejete––. Tengo dos nietos, dos mozancones que están en Sunday's Wells.

Bueno, y ahora, ¿qué edad crees tú que tengo? Y que me acuerdo de haber visto a tu abuelo saliendo de

montería con su levita encarnada. Claro que eso era cuando tú no habías nacido aún.

––Ni en el pensamiento ––comentó míster Dédalus.

––Vaya si lo vi ––repitió el viejecito––. Y aún más, que me puedo acordar hasta de tu bisabuelo, el viejo

John Stephen Dédalus, y que era un camorrista formidable. Conque, mira, eso es tener memoria.

––Tres generaciones, quiá, cuatro generaciones ––dijo otro del grupo––. Que usted Johnny Cashman no

debe de andar lejos de los ciento.

––Hombre, para decirte la verdad, tengo justo, justo, los veintisiete.

––Tenemos la edad que nos sentimos dentro, Johnny ––dijo míster Dédalus––. Conque tómese usted eso

que tiene ahí y que nos traigan otra de lo mismo. Tú, Tim o Tom, o como te llames: tráenos otra de lo

mismo. Yo me siento de diez y ocho años. Aquí tienen ustedes a este hijo mío, que no tiene la mitad de mi

edad, y sin embargo, le doy ciento y raya, ahora y siempre.

––No hay que exagerar, Dédalus. Me parece que ya es tiempo de que vayas pensando en pasar a la

reserva ––dijo el que había hablado antes.

––¡No, por Cristo! ––afirmó míster Dédalus––. Que me pongo con él donde sea a cantar un aria de tenor,

o a saltar un portillo de cinco traviesas, o a correr tras los perros en el campo, como hice treinta años hace

con el chico de Kerry, que era el primero para eso.

––Pero me parece que éste te ganaría a esto ––dijo el viejecito golpeándose en la frente y levantando al

mismo tiempo el vaso para acabarlo de apurar.

––Bueno, yo espero que ha de ser un hombre tan entero como su padre. Esto es todo lo que puedo decir –

–dijo míster Dédalus.

––Silo es, eso basta ––sentenció el viejo.

––Y démosle gracias a Dios ––dijo míster Dédalus–– que en tanto tiempo como hemos vivido, nunca

hemos hecho el menor daño a nadie.

––No, sino mucho de bueno ––rectificó el vejete gravemente––. Gracias sean dadas a Dios porque hemos

vivido largo tiempo y hemos hecho el bien.

Stephen observaba cómo los vasos se levantaban del mostrador cada vez que su padre y sus compinches

bebían a la memoria de su pasado. Un abismo abierto por el sino o por el temperamento le separaba de

ellos. Su alma parecía más vieja que la de ellos, y brillaba fríamente sobre sus porfías, sus alegrías y sus

pesares, como una luna sobre una tierra más joven. Ni la vida de la juventud se había agitado en él como en

ellos. No había conocido ni el placer de la camaradería, ni la ruda salud viril, ni la piedad filial. Nada se

agitaba en su alma fuera de una sensualidad fría, cruel y sin amor. Su niñez estaba muerta o perdida, y con

ella, el alma propicia a las alegrías elementales. Y estaba derivando por la vida como la cáscara estéril dula

luna.

¿Viene tu palidez de aquel hastío
de trepar por los cielos contemplando
la tierra, ¡oh ; tú la errante y solitaria...?

Se repitió en voz baja los versos del fragmento de Shelley. Aquella asociación simultánea que en ellos

había de triste esterilidad humana y actividad de vastos ciclos extrahumanos refrigeró el espíritu de

Stephen. Y se olvidó de su propio dolor, estéril y humano.

La madre de Stephen, su hermano y uno de sus primos estaban esperando en la esquina de la tranquila

plaza Foster, mientras él y su padre subían los escalones y pasaban a lo largo de la columnata bajo la cual

un soldado escocés estaba de centinela. Cuando hubieron entrado en el gran vestíbulo, se aproximaron a

una ventanilla y Stephen exhibió su mandato de pago contra el Banco de Irlanda por la suma de treinta y

tres libras. Y esta cantidad, suma de la dotación de su beca y de su premio de composición literaria, le fue

entregada inmediatamente por el pagador en billetes y monedas, respectivamente. Con fingida parsimonia

se las metió en el bolsillo y aún hubo de aguantar que el empleado, con el cual su padre había estado

charlando, le diera la mano por encima del ancho contador y le deseara un brillante porvenir. Estaba

impaciente de oírles hablar y no podía lograr que sus pies se estuvieran quietos. Pero el empleado todavía

defirió el atender a los que esperaban para decir que los tiempos habían cambiado mucho y que no había

nada mejor que dar una buena educación a un hijo, fuese al precio que fuese. Todavía se entretuvo míster

Dédalus en el vestíbulo mirando en torno de sí y al techo y diciendo a Stephen, el cual le estaba dando prisa

para que saliesen, que estaban en aquel momento en la casa de los comunes del antiguo parlamento irlandés.

––¡Dios se apiade de nosotros! ––dijo piadosamente––, ¡pensar en los hombres de aquellos tiempos, Hely

Hutchinson y Flood y Henry Grattan y Charles Kendal Bushe, y pasar después a los aristócratas que nos

han tocado en suerte, a los directores actuales del pueblo irlandés, en Irlanda y fuera de ella! Cuando ni aun

muertos y en un campo de diez fanegas podrían ponerse los de ahora al lado de aquéllos. No, Stephen;

siento decirte que los que tenemos ahora son tan estúpidos como aquello de: «vagando una mañana de

mayo hermosa, en el alegre mes del dulce junio».

Un viento cortante de octubre soplaba en los alrededores del banco. Las tres personas que esperaban en el

borde de la acera embarrada, tenían la cara amoratada de frío y los ojos humedecidos. Stephen observó el

vestido ligero de su madre y recordó que había visto hacía algunos días en el escaparate de Barnardo un

abrigo marcado con el precio de veinte guineas.

––Bueno. Ya está ––dijo míster Dédalus.

––Lo mejor que podríamos hacer sería ir a comer ––dijo Stephen––. ¿A dónde vamos?

––¿A comer? ––preguntó míster Dédalus––. Bueno, puede ser que sea lo mejor. ¿Qué os parece?

––A algún sitio que no sea muy caro ––dijo mistress Dédalus.

––¿A Underdone?

––Sí. A algún sitio tranquilo.

––Venid ––dijo rápidamente Stephen––. No importa el precio.

Y echó a andar por delante, sonriendo, a pasos cortos y nerviosos. Los otros trataron de seguirle riéndose

también de sus prisas.

––Oye, Stephen, haz el favor de tomarlo con más tranquilidad. No vamos a ganar el premio de la media

milla, ¿no es eso?

Fue una corta temporada de diversiones en la cual el dinero de los premios fluyó abundantemente de los

dedos de Stephen. De las tiendas del centro llegaban grandes paquetes de comestibles, de golosinas y de

frutos secos. Cada día combinaba una lista diferente de platos para la familia y todas las noches invitaba al

teatro a una partida de tres o cuatro personas para ver Ingomar o La dama de Lyons. En los bolsillos de la

chaqueta llevaba pastillas de chocolate para obsequiar a sus invitados y los bolsillos del pantalón le reventaban

de monedas de plata y cobre. Compró regalos para todo el mundo, repasó por menudo su

habitación, escribió programas de vida, cambió de sitio en los estantes todos sus libros, se desojó leyendo

listas de precios de toda clase de cosas, estableció una especie de república para la casa, en la cual cada

persona tenía su cargo, abrió un banco de préstamos para la familia y apremiaba a tomar cantidades a préstamo

a todo el que se ofrecía a ello sólo por darse el gustazo de extender recibos y de calcular los intereses

de las sumas prestadas. Cuando ya no le quedó otra cosa, se dedicó a recorrer la ciudad en tranvía de un

cabo a otro. Por último, el período de deleites llegó a su término. El bote de esmalte rosa se concluyó y el

maderamen de su alcoba quedó a medio pintar y lleno de chafarrinones.

La casa volvió a su manera acostumbrada de vida. Su madre ya no tenía ocasión de reprenderle por

malgastar el dinero. Él también volvió a su acostumbrada vida de colegial y todas sus originales empresas

se derrumbaron. La república fracasó, el banco cerró sus arcas y sus libros con notable pérdida, y las reglas

de vida que se había trazado a sí mismo cayeron en desuso.

¡Cuán necio había sido su intento! Había tratado de construir un dique de orden y elegancia contra la

sórdida marea de la vida que le rodeaba y de contener el poderoso empuje de su marejada interior por

medio de reglas de conducta y activos intereses y nuevas relaciones filiales. Todo inútil. Las aguas habían

saltado por encima de sus barreras lo mismo por fuera que por dentro. Y las aguas continuaban su empuje

furioso por encima del malecón derruido.

Y vio también claramente su inútil aislamiento. No se había acercado ni un solo paso a aquellas vidas a

las cuales había tratado de aproximarse, ni había logrado echar un puente sobre el abismo de vergüenza y

de rencor que le separaba de su madre y de sus hermanos. Apenas si sentía la comunidad de sangre con

ellos, apenas si se imaginaba ligado a ellos más por una especie de misterioso parentesco adoptivo: hijo

adoptivo y hermano adoptivo.

Se dedicó a aplacarlos monstruosos deseos de su corazón ante los cuales todas las demás cosas le

resultaban vacías y extrañas. Se le importaba poco de estar en pecado mortal y de que su vida sé hubiera

convertido en un tejido de subterfugios y falsedades. Nada había sagrado para el salvaje deseo de realizar

las enormidades que le preocupaban. Soportaba cínicamente los pormenores de sus orgías secretas, en las

cuales se complacía en profanar pacientemente cualquier imagen que hubiera atraído sus ojos. Día y noche

se movía entre falseadas imágenes del mundo externo. Tal figura que durante el día le había parecido

inexpresiva e inocente, se le acercaba luego por la noche entre las espirales sombrías del sueño con una

malicia lasciva, brillantes los ojos de goce sensual. Sólo el despertar le atormentaba con sus confusos

recuerdos del orgiástico desenfreno, con el sentido agudo y humillante de la transgresión.

Y volvió a sus correrías. Los atardeceres velados del otoño le invitaban a andar de calle en calle como lo

había hecho años antes por las apacibles avenidas de Blackrock. Pero faltaba ahora la visión de los jardines

recortados y de las acogedoras luces de las ventanas, que hubiera podido ejercer una influencia calmante

sobre él. Sólo a veces, en las pausas del deseo, cuando la lujuria que le estaba consumiendo dejaba espacio

para una languidez más suave, la imagen de Mercedes atravesaba por el fondo de su memoria.

Y volvía a ver la casita blanca y el jardín lleno de rosales en el camino que lleva a las montañas y

recordaba el orgulloso gesto de desaire que había de hacer allí, de pie, en el jardín bañado en luz lunar, tras

muchos años de extrañamiento y aventura. En estos momentos, las dulces palabras de Claude Melnotte

subían hasta sus labios y aplacaban su intranquilidad.

Sentía un vago presentimiento de aquella cita que había estado buscando, y a pesar de la horrible realidad

interpuesta entre su esperanza de entonces y lo presente, preveía aquel sagrado encuentro que en otro

tiempo había imaginado y en el cual habían de desprenderse de él la debilidad, la timidez y la

inexperiencia.

Tales momentos pasaban pronto, y las devoradoras llamas de la lujuria brotaban de nuevo. Los versos se

borraban de sus labios y los gritos inarticulados y las palabras bestiales, nunca pronunciadas, brotaban

ahora de su cerebro tratando de buscar salida. Su sangre estaba alborotada. Erraba arriba y abajo por calles

oscuras y fangosas, escudriñando en la sombra de las callejuelas y de las puertas, escuchando ávidamente

cualquier sonido. Gemía como una bestia fracasada en su rapiña. Nacesitaba pecar con otro ser de su misma

naturaleza, forzar a otro ser a pecar con él, regocijarse con una mujer en el pecado. Sentía una presencia

oscura que venía hacia él de entre las sombras, una presencia sutil y susurrante como una riada que le fuera

anegando completamente. Era un murmullo que le cerraba los oídos: tal el murmullo de una multitud

dormida. Ondas sutiles penetraban todo su ser. Las manos se le crispaban convulsivamente y apretaba los

dientes como si sufriera la agonía de aquella penetración. En la calle extendía los brazos para alcanzar la

forma huidiza y frágil que se le escapaba incitándole... Hasta que, por fin, el grito que había ahogado tanto

tiempo en su garganta brotó ahora de sus labios. Brotó de él como un gemido de desesperación de un

infierno de condenados y se desvaneció en un furioso gemido de súplica, como un lamento por un inicuo

abandono, un lamento que era sólo el eco de una inscripción obscena que había leído en la rezumante pared

de un urinario.

Había estado errando por un laberinto de calles estrechas y sucias. De las malolientes callejuelas venían

tumultos de voces roncas y de disputas, y lentas tonadas de cantores borrachos. Y siguió adelante, sin

desmayar, pensando si tal vez habría ido a dar al barrio de los judíos. Cruzaban de casa a casa muchachas y

mujeres vestidas con trajes largos y chillones, perfumadas y despaciosas. Un temblor se apoderó de él y sus

ojos se nublaron. Y ante su confusa vista, las llamas amarillas del gas se elevaban contra un cielo cubierto

de nieblas, ardiendo como ante un altar. En los umbrales de las puertas y en los vestíbulos iluminados,

había grupos misteriosos dispuestos como para un rito. Era otro mundo distinto: se había despertado de una

soñolencia de centurias.

Estaba aún en mitad del arroyo sintiendo que el corazón le clamaba tumultuosamente en el pecho. Una

mujer joven, vestida con un largo traje color rosa, le puso la mano en el brazo para detenerle y le dijo:

––Buenas noches, rico.

La habitación templada y luminosa. Una enorme muñeca estaba espatarrada sobre el amplio butacón de

al lado de la cama. Trató de hacer articular a su lengua algunas palabras para parecer sereno, mientras veía

cómo ella se iba despojando del traje, y observaba los movimientos sabios y orgullosos de aquella cabeza

perfumada.

Y ella avanzó hasta él, que permanecía en medio de la habitación, y le abrazó alegre y reposadamente.

Sus brazos redondos le ceñían contra ella; su cara se levantaba mirándole con una tranquila seriedad que él

sentía tibiamente en el movimiento alterno y reposado de los pechos. Sentía la necesidad de romper en

sollozos. Lágrimas de alegría y de consuelo brillaban en sus ojos extasiados y sus labios se entreabrían para

hablar; pero la voz no salía de su garganta.

Y ella le pasó por el cabello su mano tintineante llamándole mala personita.

––Dame un beso ––le dijo.

Pero los labios de él no sentían deseo de besarla. Lo que quería era verse ceñido firmemente entre los

brazos de ella. Ser acariciado lentamente, lentamente, lentamente. Que entre aquellos brazos sentía haberse

vuelto fuerte, impávido, seguro de sí mismo. Pero sus labios no se habían de inclinar para besarla.

De pronto, ella volvió la cabeza y le oprimió los labios con los suyos. Y él leyó lo que querían decir

aquellos movimientos en los ojos francos que, levantados, le miraban. Era demasiado, cerró los ojos y se

entregó a ella, en cuerpo y alma, sin conciencia de cosa de este mundo, salvo del sombrío roce, de la dulce

hendidura de aquellos labios. Los sentía en la carne y en el cerebro como conductores de un vago idioma. Y

entre ellos sintió una desconocida y tímida presión, más sombría que el desfallecimiento del pecado, más

dulce que el sonido o el olor.