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Allá en otros tiempos (y bien buenos tiempos que eran), había una vez una vaquita (¡mu!) que iba por un

caminito. Y esta vaquita que iba por un caminito se encontró un niñín muy guapín, al cual le llamaban el

nene de la casa... Éste era el cuento que le contaba su padre. Su padre le miraba a través de un cristal: tenía

la cara peluda.

Él era el nene de la casa. La vaquita venía por el caminito donde vivía Betty Byrne: Betty Byrne vendía

trenzas de azúcar al limón.

Ay, las flores de las rosas silvestres
En el pradecito verde.

Ésta era la canción que cantaba. Era su canción.

Ay, las fioles de las losas veldes.

Cuando uno moja la cama, aquello está calentito primero y después se va poniendo frío. Su madre

colocaba el hule. ¡Qué olor tan raro!

Su madre olía mejor que su padre y tocaba en el piano una jiga de marineros para que la bailase él.

Bailaba:

Tralala lala,
tralala tralalaina,
Tralala lala,
tralala lala.

Tío Charles y Dante aplaudían. Eran más viejos que su padre y que su madre; pero tío Charles era más

viejo que Dante.

Dante tenía dos cepillos en su armario. El cepillo con el respaldo de terciopelo azul era el de Michael

Davitt y el cepillo con el revés de terciopelo verde, el de Parnell. Dante le daba una gota de esencia cada

vez que le llevaba un pedazo de papel de seda.

Los Vances vivían en el número 7. Tenían otro padre y otra madre diferentes, él se iba a casar con

Eileen... Se escondió bajo la mesa. Su madre dijo:

––Stephen tiene que pedir perdón. Dante dijo:

––Y si no, vendrán las águilas y le sacarán los ojos.

Le sacarán los ojos.
Pide perdón,
pide perdón
de hinojos.
Le sacarán el corazón.
Pide perdón.
Pide perdón.

Los anchurosos campos de recreo hormigueaban de muchachos. Todos chillaban y los prefectos les

animaban a gritos.

El aire de la tarde era pálido y frío, y a cada volea de los jugadores, el grasiento globo de cuero volaba

como un ave pesada a través de la luz gris. Stephen se mantenía en el extremo de su línea, fuera de la vista

del prefecto, fuera del alcance de los pies brutales, y de vez en cuando fingía una carrerita. Comprendía que

su cuerpo era pequeño y débil comparado con los de la turba de jugadores, y sentía que sus ojos eran

débiles y aguanosos. Rody Kickham no era así; sería capitán de la tercera división: todos los chicos lo

decían.

Rody Kickham era una persona decente, pero Roche el Malo era un asqueroso. Rody Kickham tenía unas

espinilleras en su camarilla y, en el refectorio, una cesta de provisiones que le mandaban de casa. Roche el

Malo tenía las manos grandes y solía decir que el postre de los viernes parecía un perro en una manta. Y un

día le había preguntado:

––¿Cómo te llamas?

Stephen había contestado: Stephen Dédalus. Y entonces Roche había dicho:

––¿Qué nombre es ése?

Pero Stephen no había sido capaz de responder. Y entonces Roche le había vuelto a preguntar:

––¿Qué es tu padre?

Y él había respondido:

––Un señor.

Y todavía Roche había vuelto a preguntarle:

––¿Es magistrado?

Se deslizaba de un punto a otro, siempre en el extremo de una línea, dando carreritas cortas de vez en

cuando. Pero las manos le azuleaban de frío. Las metió en los bolsillos de su chaqueta gris de cinturón. El

cinturón pasaba por encima del bolsillo. Cinturón, cinturonazo. Y darle a un chico un cinturonazo era

pegarle con el cinturón. Un día un chico le había dicho a Cantwell:

––¡Te voy a largar un cinturonazo!...

Y Cantwell le había contestado:

––¡Anda y quítate de ahí! Ve a largarle un cinturonazo a Cecil Thunder. Me gustaría verte. Te mete un

puntapié en el trasero como para ti solo.

Aquella expresión no estaba muy bien. Su madre le había dicho que no hablara en el colegio con chicos

mal educados. ¡Madre querida! Al despedirse el día de entrada en el vestíbulo del castillo, ella se había

recogido el velo sobre la nariz para besarle: y la nariz y los ojos estaban enrojecidos. Pero él había hecho

como si no se diera cuenta de que su madre estaba a punto de echarse a llorar. Y su padre le había dado

como dinero de bolsillo dos monedas de a cinco chelines. Y su padre le había dicho que escribiera a casa si

necesitaba algo, y que, sobre todo, nunca acusara a un compañero aunque hiciese lo que hiciese. Después, a

la puerta del castillo, el rector, con la sotana flotante a la brisa, había estrechado la mano a sus padres y el

coche había partido con su padre y su madre dentro.

––¡Adiós, Stephen, adiós!

––¡Adiós, Stephen, adiós!

Se vio cogido entre el remolino de un pelotón de jugadores y, temeroso de los ojos fulgurantes y de las

botas embarradas, se dobló completamente mirando por entre las piernas. Los muchachos pugnaban,

bramaban y pataleaban entre restregones de piernas y puntapiés. De pronto las botas amarillas de Jack

Lawton lanzaron el balón detrás. Stephen corrió también un trecho y luego se paró. No tenía objeto el

seguir. Pronto se irían a casa, de vacaciones. Después de la cena, en el salón de estudio, iba a cambiar el

número que estaba pegado dentro de su pupitre: de 77 a 76.

Sería mejor estar en el salón de estudio, que no allí fuera al frío. El cielo estaba pálido y frío, pero en el

castillo había luces. Se quedó pensando desde qué ventana habría arrojado Hamilton Rowan su sombrero al

foso y si habría ya entonces arriates de flores bajo las ventanas. Un día que le habían llamado al castillo, el

despensero le había enseñado las huellas de las balas de los soldados en la madera de la puerta y le había

dado un pedazo de torta de la que comía la comunidad. ¡Qué agradable y reconfortante era ver las luces en

el castillo! Era como una cosa de un libro. Tal vez la Abadía de Leicester sería así. ¡Y qué frases tan

bonitas había en el libro de lectura del doctor Cornwell! Eran como versos, sólo que eran únicamente frases

para aprender a deletrear.

Wolsey murió en la Abadía de Leicester
donde los abades le enterraron.
Cancro es una enfermedad de plantas;
cáncer, una de animales.

¡Qué bien se estaría echado sobre la esterilla delante del fuego, con la cabeza apoyada entre las manos y

pensando estas frases! Le corrió un escalofrío como si hubiera sentido junto a la piel un agua fría y viscosa.

Había sido una villanía de Wells el empujarle dentro de la fosa y todo porque no le había querido cambiar

su cajita de rapé por la castaña pilonga de él, de Wells, por aquella castaña vencedora en cuarenta

combates. ¡Qué fría y qué pegajosa estaba el agua! Un chico había visto una vez saltar una rata al foso.

Madre estaba sentada con Dante al fuego esperando que Brígida entrase el té. Tenía los pies en el cerco de

la chimenea y sus zapatillas adornadas estaban calientes, ¡calientes!, y ¡tenían un olor tan agradable! Dante

sabía la mar de cosas. Le había enseñado dónde estaba el canal de Mozambique y cuál era el río más largo

de América, y el nombre de la montaña más alta de la luna. El Padre Arnall sabía más que Dante porque era

sacerdote, pero tanto su padre como tío Charles decían que Dante era una mujer muy lista y muy instruida.

Y cuando Dante después de comer hacía aquel ruido y se llevaba la mano a la boca, aquello se llamaba

acedía.

Una voz gritó desde lejos en el campo de juego:

––¡Todo el mundo dentro!

Después otras voces gritaron desde la segunda y la tercera división:

––¡Todos adentro! ¡Todos adentro!

Los jugadores se agrupaban sofocados y embarrados, y él sé mezcló con ellos, contento de volver a

entrar. Rody Kickham llevaba el balón cogido por la atadura grasienta. Un chico le dijo que le pegara

todavía la última patada; pero el otro se metió dentro sin contestarle. Simón Moonan le dijo que no lo

hiciera porque el prefecto estaba mirando. El chico se volvió a Simón Moonan, y le dijo:

––Todos sabemos por qué lo dices. Tú eres el chupito de Mc Glade.

Chupito era una palabra muy rara. Aquel chico le llamaba así a Simón Moonan porque Simón Moonan

solía atar las mangas falsas del prefecto y el prefecto hacía como que se enfadaba. Pero el sonido de la

palabra era feo. Una vez se había lavado él las manos en el lavabo del Hotel Wicklow, y su padre tiró

después de la cadena para quitar el tapón, y el agua sucia cayó por el agujero de la palangana. Y cuando

toda el agua se hubo sumido lentamente, el agujero de la palangana hizo un ruido así: chup. Sólo que más

fuerte.

Y al acordarse de esto y del aspecto blanco del lavabo, sentía frío y luego calor. Había dos grifos, y al

abrirlos corría el agua: fría y caliente. Y él sentía frío y luego un poquito de calor. Y podía ver los hombres

estampados en los grifos. Era una cosa muy rara.

Y el aire del tránsito le escalofriaba también. Era un aire raro y húmedo. Pronto encenderían el gas y al

arder haría un ligero ruido como una cancioncilla. Siempre era lo mismo: y, si los chicos dejaban de hablar

en el cuarto de recreo, entonces se podía oír muy bien.

Era la hora de los problemas de aritmética. El Padre Arnall escribió un problema muy difícil en el

encerado, y luego dijo:

––¡Vamos a ver quién va a ganar! ¡Hala, York! ¡Hala, Lancaster!

Stephen lo hacía lo mejor que podía, pero la operación era muy complicada y se hizo un lío. La pequeña

escarapela de seda, prendida con un alfiler en su chaqueta, comenzó a oscilar. Él no se daba mucha maña

para los problemas, pero trataba de hacerlo lo mejor que podía para que York no perdiese. La cara del

Padre Arnall parecía muy ceñuda, pero no estaba enfadado: se estaba riendo. Al cabo de un rato, Jack

Lawton chascó los dedos, y el Padre Arnall le miró el cuaderno y dijo:

––Bien. ¡Bravo, Lancaster! La rosa roja gana. ¡Vamos, York! ¡Hay que alcanzarlos!

Jack Lawton le estaba mirando desde su sitio. La pequeña escarapela con la rosa roja le caía muy bien,

porque llevaba una blusa azul de marinero. Stephen sintió que su cara estaba roja también, y pensó en todas

las apuestas que había cruzadas sobre quién ganaría el primer puesto en Nociones, Jack Lawton o él.

Algunas semanas ganaba Jack Lawton la tarjeta de primero, y otras él. Su escarapela de seda blanca vibraba

y vibraba, mientras trabajaba en el siguiente problema y oía la voz del Padre Arnall. Después, todo su

ahínco pasó, y sintió que tenía la cara completamente fría. Pensó que debía de tener la cara blanca, pues la

notaba tan fría. No podía resolver el problema, pero no importaba. Rosas blancas y rosas rojas: ¡qué colores

tan bonitos para estarse pensando en ellos! Y las tarjetas del primer puesto y del segundo y del tercero

también tenían unos colores muy bonitos: rosa, crema y azul pálido. Y también era hermoso pensar en rosas

crema y rosas rosa. Tal vez una rosa silvestre podría tener esos colores, y se acordó de la canción de las

flores de las rosas silvestres en el pradecito verde. Pero lo que no podría haber era una rosa verde. Quizá la

hubiera en alguna parte del mundo.

Sonó la campana, y los alumnos comenzaron a salir de la clase hacia el refectorio, a lo largo de los

tránsitos. Se sentó mirando los dos moldes de mantequilla que había en su plato, pero no pudo comer el pan

húmedo. El mantel estaba húmedo y blando. Se bebió de un trago, sin embargo, el té que le echó en la taza

un marmitón zafio, ceñido de un delantal blanco. Pensaba si el delantal del marmitón estaría húmedo también,

o si todas las cosas blancas serían húmedas y frías. Roche el Malo y Saurín bebían cacao: se lo

enviaban sus familias en latas. Decían que no podían beber aquel té, porque era como agua de fregar.

Decían que sus padres eran magistrados.

Todos los chicos le parecían muy extraños. Todos tenían padres y madres, y trajes y voces diferentes. Y

deseaba estar en casa y reclinar la cabeza en el regazo de su madre. Pero no podía; y lo que quería; por lo

menos, era que se acabaran el juego y el estudio y las oraciones para estar en la cama.

Bebió otra taza de té caliente y Fleming le dijo:

––¿Qué tienes? ¿Te duele algo o qué es lo que te pasa?

––No sé ––dijo Stephen.

––Lo que tú tienes malo es el saco del pan ––dijo Fleming––, porque estás muy pálido. ¡Eso te pasa!

––Sí, sí––dijo Stephen.

Pero la enfermedad no estaba allí. Pensó que lo que tenía enfermo era el corazón, si el corazón podía

estarlo. ¡Qué amable había estado Fleming interesándose por él! Sentía ganas de llorar. Apoyó los codos en

la mesa y se puso a taparse y destaparse los oídos. Cada vez que destapaba los oídos, se oía el ruido del

comedor. Era un estruendo como el del tren por la noche. Y cuando se tapaba los oídos, el estruendo

cesaba, como el de un tren dentro de un túnel. Aquella noche en Dalkey el tren había hecho el mismo

estruendo, y, luego, al entrar en el túnel, el estrépito había cesado. Cerró los ojos, y el tren siguió sonando y

callando; sonando otra vez y callando. ¡Qué susto daba oírlo callar y volver de nuevo a sonar fuera del

túnel y luego salir otra vez!

Comenzaron a venir a lo largo de la estera del centro del refectorio los de la primera división, Paddy Rath

y Jimmy Magee, y el español al que le dejaban fumar cigarros, y el portuguesito de la gorra de lana. Y cada

uno tenía su manera distinta de andar.

Se sentó en un rincón del salón de recreo, haciendo como que miraba un partido de dominó, y por dos o

tres veces pudo oír la cancioncilla del gas. El prefecto estaba a la puerta con varios muchachos y Simón

Moonan le estaba atando las mangas falsas del hábito de los jesuitas ingleses. Estaba contando algo acerca

de Tullabeg.

Por fin se marchó de la puerta y Wells se acercó a Stephen yle dijo:

––Dinos, Dédalus, ¿besas a tu madre por la noche antes de irte a la cama?

Stephen contestó:

––Sí.

Wells se volvió a los otros y dijo:

––Mirad, aquí hay uno que dice que besa a su madre todas las noches antes de irse a la cama.

Los otros chicos pararon de jugar y se volvieron para mirar, riendo. Stephen se sonrojó ante sus miradas

y dijo: ––No, no la beso.

Wells dijo:

––Mirad, aquí hay uno que dice que él no besa a su madre antes de irse a la cama.

Todos se volvieron a reír. Stephen trató de reír con ellos. En un momento, se azoró y sintió una oleada de

calor por todo el cuerpo. ¿Cuál era la debida respuesta? Había dado dos y, sin embargo, Wells se reía. Pero

Wells debía saber cuál era la respuesta, porque estaba en tercero de gramática. Trató de pensar en la madre

de Wells, pero no se atrevía a mirarle a él a la cara. No le gustaba la cara de Wells. Wells había sido el que

le había tirado a la fosa el día anterior porque no había querido cambiar su cajita de rapé por la castaña

pilonga de Wells, por aquella castaña vencedora en cuarenta partidos. Había sido una villanía: todos los

chicos lo habían dicho. ¡Y qué fría y qué viscosa estaba el agua! Y un muchacho había visto una vez una

rata muy grande saltar y, ¡plum!, zambullirse de cabeza en el légamo.

La viscosidad fría del foso le cubría todo el cuerpo; y cuando sonó la campana para el estudio y las

divisiones salieron de los salones de recreo, sintió dentro de la ropa el aire frío del tránsito y de la escalera.

Todavía trató de pensar cuál era la verdadera contestación. ¿Estaba bien besar a su madre o estaba mal? Y,

¿qué significaba aquello, besar? Poner la cara hacia arriba, así, para decir buenas noches y que luego su

madre inclinara la suya. Eso era besar. Su madre ponía los labios sobre la mejilla de él; aquellos labios eran

suaves y le humedecían la cara; y luego hacía un ruidillo muy pequeño: be-so. ¿Por qué se hacía así con la

cara?

Sentado ya en el salón de estudio, abrió la tapa de su pupitre y cambió el número que estaba pegado

dentro de 77 en 76. Pero las vacaciones de Navidad estaban muy lejos todavía; y sin embargo, habían de

llegar, porque la tierra giraba siempre.

Había un grabado de la tierra en la primera página de la Geografia: una pelota muy grande entre nubes.

Fleming tenía una caja de lápices y una noche en el estudio libre había iluminado la tierra de verde y las

nubes de marrón. Era como los dos cepillos en el armario de Dante: el cepillo con el respaldo verde para

Parnell y el cepillo con el respaldo marrón para Michael Davitt. Pero él no le había dicho a Fleming que las

pintara de aquellos colores: lo había hecho Fleming de por sí.

Abrió la Geografia para estudiar la lección, pero no se podía acordar de los nombres de lugares de

América. Y sin embargo, todos ellos eran sitios diferentes que tenían diferentes nombres. Todos estaban en

países que tenían diferentes nombres. Todos estaban en países distintos y los países estaban en continentes

y los continentes estaban en el mundo y el mundo era el universo. Pasó las hojas de la Geografia hasta

llegar a la guarda y leyó lo que él había escrito allí. Allí estaban él, su nombre y su residencia.

Stephen Dédalus
Clase de Nociones
Colegio de Clongowes Wood
Sallins
Condado de Kildare
Irlanda
Europa
El Mundo
El Universo

Esto estaba escrito de su mano. Y Fleming había escrito por broma en la página opuesta:

Stephen Dédalus es mi nombre
e Irlanda mi nación.
Clongowes donde yo vivo
y el cielo mi aspiración.

Leyó los versos del revés, pero así dejaban de ser poesía. Y luego leyó de abajo a arriba lo que había en

la guarda hasta que llegó a su nombre. Aquello era él: y entonces volvió a leer la página hacia abajo. ¿Qué

había después del universo? Nada. Pero, ¿es que había algo alrededor del universo para señalar dónde se

terminaba, antes de que la nada comenzase? No podía haber una muralla. Pero podría haber allí una línea

muy delgada, muy delgada, alrededor de todas las cosas. Era algo inmenso el pensar en todas las cosas y en

todos los sitios. Sólo Dios podía hacer eso. Trataba de imaginarse qué pensamiento tan grande tendría que

ser aquél, pero sólo podía pensar en Dios. Dios era el nombre de Dios, lo mismo que su nombre era

Stephen. Dieu quería decir Dios en francés y era también el nombre de Dios; y cuando alguien le rezaba a

Dios y decía Dieu, Dios conocía desde el primer momento que era un francés el que estaba rezando. Pero

aunque había diferentes nombres para Dios en las distintas lenguas del mundo y aunque Dios entendía lo

que le rezaban en todas las lenguas, sin embargo, Dios permaneceía siempre el mismo Dios, y el verdadero

nombre de Dios era Dios.

Se cansaba mucho pensando estas cosas. Le hacía experimentar la sensación de que le crecía la cabeza.

Pasó la guarda del libro y se puso a mirar con aire cansado a la tierra verde y redonda entre las nubes

marrón. Se preguntaba qué era mejor: si decidirse por el verde o por el marrón, porque un día Dante había

arrancado con unas tijeras el respaldo de terciopelo verde del cepillo dedicado a Parnell y le había dicho

que Parnell era una mala persona. Se preguntaba si estarían discutiendo sobre eso en casa. Eso se llamaba

la política. Había dos partidos: Dante pertenecía a un partido, y su padre y el señor Casey a otro, pero su

madre y tío Charles no pertenecían a ninguno. El periódico hablaba todos los días de esto.

Le disgustaba el no comprender bien lo que era la política y el no saber dónde terminaba el universo. Se

sentía pequeño y débil. ¿Cuándo sería él como los mayores que estudiaban retórica y poética? Tenían unos

vozarrones fuertes y unas botas muy grandes y estudiaban trigonometría. Eso estaba muy lejos. Primero

venían las vacaciones y luego el siguiente trimestre, y luego vacación otra vez y luego otro trimestre y

luego otra vez vacación. Era como un tren entrando en túneles y saliendo de ellos y como el ruido de los

chicos al comer en el refectorio, si uno se tapa los oídos y se los destapa luego. Trimestre, vacación; túnel,

y salir del túnel; ruido y silencio. ¡Qué lejos estaba! Lo mejor era irse a la cama y dormir. Sólo las

oraciones en la capilla, y, luego, la cama. Sintió un escalofrío y bostezó. ¡Qué bien se estaría en la cama

cuando las sábanas comenzaran a ponerse calientes! Primero, al meterse, estaban muy frías. Le dio un

escalofrío de pensar lo frías que estaban al principio. Pero luego se ponían calientes y uno se dormía. ¡Qué

gusto daba estar cansado! Bostezó otra vez. Las oraciones de la noche y luego la cama: sintió un escalofrío

y le dieron ganas de bostezar. ¡Qué bien se iba a estar dentro de unos minutos! Sintió un calor reconfortante

que se iba deslizando por las sábanas frías, cada vez más caliente, más caliente, hasta que todo estaba

caliente. ¡Caliente, caliente!; y sin embargo, aún tiritaba un poco y seguía sintiendo ganas de bostezar.

La campana llamó a las oraciones de la noche y él salió del salón de estudio en fila detrás de los demás;

bajó la escalera y siguió a lo largo de los tránsitos hacia la capilla. Los tránsitos estaban escasamente

alumbrados y lo mismo la capilla. Pronto, todo estaría oscuro y dormido. En la capilla había un ambiente

nocturno y frío y los mármoles tenían el color que el mar tiene por la noche. El mar estaba frío día y noche.

Pero estaba más frío de noche. Estaba frío y oscuro debajo del dique, junto a su casa. Mas la olla del agua

estaría al fuego para preparar el ponche.

El prefecto estaba rezando casi por encima de su cabeza y él se sabía de memoria las respuestas:

Oh, señor, abre nuestros labios:
y nuestras bocas anunciarán tus alabanzas.
¡Dígnate venir en nuestra ayuda, oh, Dios!
¡Oh, Señor, apresúrate a socorrernos!

Había en la capilla un frío olor a noche. Pero era un olor santo. No era como el olor de los aldeanos

viejos que se ponían de rodillas a la parte de atrás en la misa de los domingos. Aquél era un olor a aire, a

lluvia, a turba, a pana. Pero eran unos aldeanos muy piadosos. Le echaban el aliento sobre el cogote desde

detrás y suspiraban al rezar. Decía un chico que vivían en Clane: había allí unas cabañitas, y él había visto

una mujer a la puerta de una cabaña al pasar en los coches viniendo de Sallins. ¡Qué bien, dormir una

noche en aquella cabaña, ante el humeante fuego de turba, en la oscuridad iluminada por el hogar, en la

oscuridad caliente, respirando el olor de los aldeanos, aire y lluvia y turba y pana! Pero ¡oh!: ¡qué oscuro se

hacía el camino hacia allá, entre los árboles! Se perdería uno en la oscuridad. Le daba miedo de pensar lo

que sería.

Oyó la voz del prefecto que decía la última oración, y él rezó también para librarse de la oscuridad de

afuera, bajo los árboles.

Visita, te lo rogamos, oh, Señor, esta vivienda y aparta de ella todas las asechanzas del enemigo. Vivan
tus ángeles aquí para conservarnos en paz; y sea tu bendición siempre sobre nosotros, por Cristo Nuestro
Señor. Amén.

Le temblaban los dedos al desnudarse en el dormitorio. Les mandó que se dieran prisa. Para no irse al

infierno cuando muriera, era necesario desnudarse y luego arrodillarse y decir sus oraciones particulares y

estar en la cama antes de que bajaran el gas. Se sacó las medias, se puso rápidamente el camisón de dormir,

se arrodilló al lado de la cama y repitió deprisa sus oraciones, temiendo a cada paso que iban a apagar el

gas. Sintió que se le estremecían las espaldas, mientras murmuraba:

Bendice, oh Dios, a mis padres y consérvamelos,
bendice, oh Dios, a mis hermanitos Y consérvamelos,
bendice, oh Dios, a Dante y a tío Charles y consérvamelos.

Se santiguó y trepó rápidamente a la cama, enrollando el extremo del camisón entre los pies, haciéndose

un ovillo bajo las frías sábanas blancas, estremeciéndose, tiritando. Pero no iría al infierno cuando se

muriera; y se le pasaría el tiritón. Alguien daba las buenas noches a los muchachos desde el dormitorio.

Miró un momento por encima del cobertor y vio alrededor de la cama las cortinas amarillas que le aislaban

por todas partes. La luz bajó pasito.

Los zapatos del prefecto se marcharon. ¿Adónde? ¿Escaleras abajo y por los tránsitos, o a su cuarto

situado al extremo del dormitorio? Vio la oscuridad. ¿Sería cierto lo del perro negro que se paseaba allí por

la noche con unos ojos tan grandes como los faroles de un carruaje? Decían que era el alma en pena de un

asesino. Un largo escalofrío de miedo le refluyó por el cuerpo. Veía el oscuro vestíbulo de entrada del

castillo. En el cuarto de plancha, en lo alto de la escalera, había unos criados viejos vestidos con trajes

antiguos. Era hacía mucho tiempo. Los criados viejos estaban inmóviles. Allí había lumbre, pero el

vestíbulo estaba oscuro. Un personaje subía, viniendo del vestíbulo, por la escalera. Llevaba el manto

blanco de mariscal; su cara era extraña y pálida; se apretaba con una mano el costado. Miraba con unos

ojos extraordinarios a los criados. Ellos le miraban también, y al ver la cara y el manto de su señor,

comprendían que venía herido de muerte. Pero sólo era a la oscuridad a donde miraban: sólo al aire oscuro

y silencioso. Su amo había recibido la herida de muerte en el campo de batalla de Praga, muy lejos, al otro

lado del mar. Estaba tendido sobre el campo; con una mano se apretaba el costado. Su cara era extraña y

estaba muy pálida. Llevaba el manto blanco de mariscal.

¡Qué frío daba, qué extraño era el pensar en esto! Toda la oscuridad era fría y extraña. Había allí caras

extrañas y pálidas, ojos grandes como faroles de carruaje. Eran las almas en pena de los asesinos, las

imágenes de los mariscales heridos de muerte en los campos de batalla, muy lejos, al otro lado del mar.

¿Qué era lo que querían decir con aquellas caras tan raras?

Visita, te lo rogamos, ¡oh Señor!, esta vivienda y aparta de ella todas...

¡Irse a casa de vacaciones! Debía ser algo magnífico: se lo habían dicho los chicos. Montar en los coches

una mañana de invierno, tempranito, a la puerta del castillo. Los coches rodaban sobre la grava. ¡Vivas al

rector!

¡Hurra! ¡Hurra! ¡Hurra!

Los coches pasaban por delante de la capilla y todas las cabezas se descubrían. Corrían alegremente por

los caminos, entre los campos. Los conductores señalaban con el látigo hacia Bodenstown. Los chicos

lanzaban alegres aclamaciones. Pasaban por la granja del Alegre Granjero. Vivas y gritos y aclamaciones.

Pasaban por Clane gritando y alborotando. Las aldeanas estaban a las puertas, los hombres, esparcidos aquí

y allá. Un olor delicioso flotaba en el aire invernal: el olor de Clane, a lluvia y a aire invernizo y a rescoldo

de turba y a pana.

El tren estaba lleno de chicos. Un tren largo, largo, de chocolate, con paramentos de crema. Los

empleados iban de un lado a otro, cerrando y abriendo las portezuelas. Estaban vestidos de azul oscuro y

plata; tenían silbatos de plata y sus llaves hacían un ruido rápido: clic-clac, clic-clac.

Y el tren corría sobre las tierras llanas y pasaba la colina de Allen. Los postes del telégrafo iban pasando,

pasando. El tren seguía y seguía. ¡Sabía bien por dónde! Había faroles en el vestíbulo de su casa y

guirnaldas de ramos verdes. Ramos de acebo y yedra alrededor del gran espejo; y acebo y yedra, rojo y

verde, entrelazados por entre las lámparas. Acebo y yedra verde, alrededor de los antiguos retratos de las

paredes. Acebo y yedra, por ser las Navidades y por venir él.

Delicioso...

Toda la familia. ¡Bienvenido, Stephen! Algazara de bienvenida. Su madre le besa. ¿Está eso bien? Su

padre es ahora un mariscal: más que un magistrado. ¡Bienvenido, Stephen! Ruidos...

Había un ruido de anillas de cortina que se corren a lo largo de las barras, y de agua vertida en jofainas.

Había en el dormitorio un ruido de gente que se levanta y se viste y se lava. Un ruido de palmadas: el

prefecto que pasaba de un lado a otro excitando a los chicos para que avivasen. La luz de un sol pálido

dejaba ver las cortinas separadas y las camas revueltas. Su cama estaba muy caliente, y él tenía la cara y el

cuerpo ardiendo. Se levantó y se sentó en el borde de la cama. Estaba débil. Trató de ponerse las medias. Se

sentía horriblemente mal. La luz del sol era fría y extraña.

Fleming le dijo:

––¿No estás bueno?

No lo sabía. Fleming añadió:

––Vuélvete a la cama. Le voy a decir a Mc Glade que no estás bueno.

––Está enfermo.

––¿Quién?

––Díselo a Mc Glade.

––Vuélvete a la cama.

––¿Es que está enfermo?

Un chico sostuvo sus brazos mientras se soltaba la media que colgaba del pie, y se metió de nuevo en la

cama. Se arrebujó entre las sábanas, halagado por el tibio calor del lecho. Oía a los chicos que hablaban de

él, mientras se vestían para ir a misa. Estaban diciendo que había sido una cobardía el empujarle así dentro

de la fosa.

Después cesaron las voces; se habían ido. Una voz sonó al lado de su cama:

––Oye, ¿no nos irás a acusar, verdad?

Aquélla era la cara de Wells. Le miró y notó que Wells tenía miedo.

––No fue con intención. ¿Seguro que no lo harás?

Su padre le había dicho que nunca acusara a un companero, hiciera lo que hiciera. Meneó la cabeza, dijo

que no, y se sintió satisfecho.

Wells dijo:

––No fue con intención, palabra de honor. Fue sólo por broma. Lo siento.

Lo sentía porque tenía miedo. Miedo de que fuese alguna enfermedad. Cancro era una enfermedad de

plantas; cáncer, de animales. Cáncer u otra distinta. Eso era hace mucho tiempo, fuera, en los campos de

recreo, a la luz del atardecer, arrastrándose de un lado a otro, en el extremo de su línea, un pájaro pesado

volaba bajo, a través de la luz gris. Se iluminó la Abadía de Leicester. Wolsey murió allí. Los mismos abades

fueron quienes le enterraron.

No era la cara de Wells, era la del prefecto. No eran marrullerías. No, no: estaba malo realmente. No eran

marrullerías. Y sintió la mano del prefecto sobre su frente. Y sintió el contraste de su frente calurosa y

húmeda, contra la mano húmeda y fría del prefecto. Así debía ser la sensación que diera una rata: viscosa,

fría, húmeda. Las ratas tenían dos ojillos atisbones. Una piel suave y viscosa, unas patitas diminutas

encogidas para el salto y unos ojos negros, viscosos y atisbones. ¡Bien que sabían saltar! Pero las

inteligencias de las ratas no podían saber trigonometría. Cuando estaban muertas, se quedaban tendidas de

costado. Se les secaba la piel. Y ya no eran más que cosas muertas.

El prefecto estaba allí otra vez y su voz estaba diciendo que se tenía que levantar, que el Padre Ministro

había dicho que se tenía que levantar y vestir e ir a la enfermería. Y mientras se estaba vistiendo todo lo de

prisa que podía, el prefecto añadió:

––¡Tenemos que largarnos a visitar al hermano Michael porque nos ha entrado mieditis!

Se portaba muy bien el prefecto. Porque le decía aquello sólo por hacerle reír. Pero no se pudo reír

porque le tembloteaban las mejillas y los labios. Así es que el prefecto se tuvo que reír él solo.

El prefecto gritó:

––¡Paso ligero! ¡Pata de paja! ¡Pata de heno!

Bajaron juntos la escalera, siguieron por el tránsito y pasaron los baños. Al pasar por la puerta, Stephen

recordó con un vago terror el agua tibia, terrosa y estancada, el aire húmedo y tibio, el ruido de los

chapuzones, el olor, como de medicina, de las toallas.

El hermano Michael estaba a la puerta de la enfermería, y por la puerta del oscuro gabinete, a su derecha,

venía un olor como a medicina. Era de los botes que había en los estantes. El prefecto habló con el hermano

Michael y el hermano, al contestarle, le llamaba señor. Tenía el pelo rojizo, veteado de gris, y una

expresión extraña. Era curioso que tuviera que seguir siempre siendo hermano. Y era curioso que no le pudiera

llamar señor porque era hermano y porque tenía un aspecto distinto de los otros. ¿Es que no era

bastante sano, o por qué no podía llegar a ser lo que los demás?

Había dos camas en la habitación y en una estaba un chico, que cuando los vio entrar, exclamó:

––¡Anda! ¡Si es el peque de Dédalus! ¿Qué te trae por aquí?

––Las piernas le traen ––dijo el hermano Michael.

Era un alumno de tercero de gramática. Mientras Stephen se desnudaba, el otro le pidió al hermano

Michael que le trajera una rebanada de pan tostado con manteca.

––¡Ande usted! ––suplicó.

––¡Sí, sí, manteca! ––dijo el hermano Michael––. Lo que te vamos a dar van a ser tus pápeles. Y esta

misma mañana, tan pronto como venga el doctor.

––¿Sí? ––dijo el chico––. ¡Si no estoybueno todavía!

El hermano Michael repitió:

––Te daremos tus papeles. Te lo aseguro.

Se agachó para atizar el fuego. Tenía los lomos largos, como los de un caballo del tranvía. Meneaba el

atizador gravemente y le decía que sí con la cabeza al de tercero de gramática.

Después se marchó el hermano Michael. Y al cabo de un rato, el chico de tercero de gramática se volvió

hacia la pared y se quedó dormido.

Aquello era la enfermería. Luego estaba enfermo. ¿Habían escrito a casa para decírselo a sus padres?

Pero sería más rápido que fuera uno de los padres a decirlo. O si no escribiría él una carta para que la

llevara el padre.

«Querida madre:

Estoy malo. Quiero ir a casa. Haz el favor de venir y llevarme a casa. Estoy en la enfermería.

Tu hijo que te quiere,

Stephen»

¡Qué lejos estaban! Había un sol frío al otro lado de la ventana. Pensaba si se iría a morir. Se podía uno

morir lo mismo en un día de sol. Se podía morir antes de que viniera su madre. Entonces, habría una misa

de difuntos en la capilla como la vez que le habían contado los chicos, cuando se había muerto Little.

Todos los alumnos asistirían a la misa vestidos de negro, todos con las caras tristes. Wells estaría también,

pero nadie querría mirarle. El rector iría vestido con una capa negra y de oro, y habría grandes cirios

amarillos ante el altar y alrededor del catafalco. Y sacarían lentamente el ataúd de la capilla y le enterrarían

en el pequeño cementerio de la comunidad al otro lado de la gran calle de tilos. Y Wells sentiría entonces lo

que había hecho. Y la campana doblaría lentamente.

La oía doblar. Y se recitaba la canción que Brígida le había enseñado.

¡Din-don! ¡La campana del castillo!
¡Madre mía, adiós!
Que me entierren en el viejo cementerio
junto a mi hermano mayor.
Que sea negra la caja.
Seis ángeles detrás vayan:
dos para cantar, dos para rezar
y dos para que se lleven mi alma a volar.

¡Qué hermoso y qué triste era aquello! ¡Qué hermosas las palabras cuando decía: «Que me entierren en el

viejo cementerio!» Un estremecimiento le pasó por el cuerpo. ¡Qué triste y qué hermoso! Le daban ganas

de llorar mansamente, pero no de llorar por él, de llorar por aquellas palabras tristes y hermosas como

música. ¡La campana! ¡La campana! ¡Adiós! ¡Oh, adiós!

La fría luz solar era aún más débil y el hermano Michael _ estaba a la cabecera de la cama con un cuenco

de caldo. Le vino bien, porque tenía la boca ardiente y seca. Les oía jugar en los campos de recreo. Y la

distribución del día continuaba en el colegio como si él estuviera allí.

El hermano Michael iba a salir y el muchacho de tercero de gramática le dijo que no dejara de volver

para contarle las noticias del periódico. Luego le dijo a Stephen que su nombre era Athy y que su padre

tenía la mar de caballos de carreras que saltaban pistonudamente; y que su padre le daría una buena propina

al hermano Michael siempre que lo necesitase, porque era bueno para con él y porque le contaba las noticias

del periódico que se recibía todos los días en el castillo. Había noticias de todas clases en el

periódico: accidentes, naufragios, deportes y política.

––Ahora los periódicos no traen más que cosas de política ––dijo––. ¿Hablan también en su casa de eso?

––Sí ––dijo Stephen.

––En lamía también ––dijo él.

Después se quedó pensando un rato, y añadió:

––Dédalus, tú tienes un apellido muy raro, y el mío es muy raro también. Mi apellido es el nombre de

una ciudad. Tu nombre parece latín.

Después preguntó:

––¿Qué tal maña te das para acertijos?

Stephen contestó:

––No muy buena.

El otro dijo:

––A ver si me puedes acertar éste: ¿En qué se parecen el condado de Kildare y la pernera de los

pantalones de un muchacho?

Stephen estuvo pensando cuál podría ser la respuesta y luego dijo:

––Me doy por vencido.

––En que los dos contienen «un muslo». ¿Comprendes el chiste? Athy es la ciudad del condado de

Kildare y a thig [un muslo] lo que hay en una pernera.

––¡Ah, ya caigo! ––dijo Stephen.

––Es un acertijo muyviejo ––dijo el otro.

Y después de un momento:

––¡Oye!

––¿Qué? ––dijo Stephen.

––¿Sabes? Se puede preguntar ese acertijo de otro modo.

––¿Se puede? ––dijo Stephen.

––El mismo acertijo. ¿Sabes la otra manera de preguntarlo?

––No.

––¿No te puedes imaginar la otra forma?

Y miraba a Stephen por encima de las ropas de la cama mientras hablaba. Despues se reclinó sobre la

almohada y dijo:

––Hay otra manera, pero no te la quiero decir.

¿Por qué no lo decía? Su padre, que tenía una cuadra de caballos de carreras, debía de ser también

magistrado como el padre de Saurín y el de Rocke el Malo. Pensó en su propio padre, en las canciones que

cantaba mientras su madre tocaba, y en cómo le daba un chelín cada vez que le pedía seis peniques, y sintió

pena por él porque no era magistrado como los padres de los otros chicos. Entonces, ¿por qué le había

mandado a él allí con ellos? Pero su padre le había dicho que no se sentiría extraño allí porque en aquel

mismo sitio su tío abuelo había dirigido una alocución al libertador, hacía cincuenta años. Se podía

reconocer a la gente de aquella época por los trajes antiguos. Y se preguntaba si era en aquel tiempo cuando

los estudiantes de Clongowes llevaban trajes azules con botones de latón y chalecos amarillos y gorras de

piel de conejo y bebían cerveza como la gente mayor y tenían traíllas de galgos para correr liebres.

Miró a la ventana y vio que la luz del día se había hecho más débil. En los campos de juego debía de

haber una luz nubosa y gris. Ya no se oía ruido. Debían de estar en clase haciendo los temas o tal vez el

Padre Arnall les estaba leyendo.

Era raro que no le hubiesen dado ninguna medicina. Tal vez se las traería el hermano Michael cuando

volviera. Le habían dicho que cuando se estaba en la enfermería había que beber muchos mejunjes

repugnantes. Pero ahora se sentía mejor. Sería una cosa que estaría muy bien, irse poniendo bueno, poquito

a poco. En ese caso, le darían un libro. En la biblioteca había un libro que trataba de Holanda. Tenía unos

nombres extranjeros encantadores y dibujos de ciudades de aspecto muy raro y de barcos. ¡Se ponía uno tan

contento de verlos!

¡Qué pálida, la luz, en la ventana! Pero hacía muy bonito. El resplandor del fuego subía y bajaba por la

pared. Hacía como las olas. Alguien había echado carbón y él había sentido que hablaban. Estaban

hablando. Era el ruido de las olas. O quizás las olas estaban hablando entre sí, al subir y al bajar.

Vio el mar de olas, de amplias olas oscuras que se levantaban y caían, oscuras bajo la noche sin luna.

Una lucecilla brillaba al final de la escollera, por donde el barco estaba entrando. Y vio una muchedumbre

congregada a la orilla del agua para ver el barco que entraba en el puerto. Un hombre alto estaba de pie

sobre cubierta mirando hacia la tierra oscura y llana. A la luz de la escollera se le podía ver la cara: era la

cara triste del hermano Michael.

Le vio levantar la mano hacia la multitud y le oyó decir por encima de las aguas, con voz potente y triste:

––Ha muerto. Le hemos visto yacer tendido sobre el catafalco.

Un gemido de pena se elevó de la muchedumbre.

––¡Parnell! ¡Parnell! ¡Ha muerto!

Todos cayeron de rodillas, sollozando de dolor.

Y vio a Dante con un traje de terciopelo marrón y con un manto de terciopelo verde pendiente de los

hombros, que se alejaba, altiva y silenciosa, por entre la muchedumbre, arrodillada a la orilla del mar.

En el hogar llameaba una gran fogata roja, bien apilada contra el muro; y bajo los brazos adornados con

yedra de la lámpara, estaba puesta la mesa de Navidad. Habían vertido a casa un poco tarde y, sin embargo,

la cena no estaba lista aún. Pero su madre había dicho que iba a estar en un periquete. Estaban esperando a

que se abriera la puerta del comedor y entraran los criados llevando las grandes fuentes tapadas con sus

pesadas coberteras de metal.

Todos estaban esperando: tío Charles, sentado lejos, en lo oscuro de la ventana; Dante y míster Casey, en

sendas butacas, a ambos lados del hogar: Stephen, entre ellos, en una silla y con los pies apoyados sobre un

requemado taburete. Míster Dédalus se estuvo mirando un rato en el espejo de encima de la chimenea,

atusándose las guías de los bigotes, y luego se quedó en pie, vuelto de espaldas al hogar y con las manos

metidas por la abertura de atrás de la chaqueta, no sin que de vez en cuando retirara una para darse un

último toque a los bigotes.

Míster Casey inclinaba la cabeza hacia un lado, sonriendo, y se daba golpecitos con los dedos en la nuez.

Y Stephen sonreía también porque ahora sabía ya que no era verdad que míster Casey tuviera una bolsa de

plata en la garganta. Se reía de pensar cómo le había engañado aquel ruido argentino que míster Casey

acostumbraba a hacer. Y una vez que había intentado abrirle la mano para ver si es que tenía escondida allí

la bolsa de plata, había visto que no se le podían enderezar los dedos. Y míster Casey le había dicho que

aquellos dedos se le habían quedado agarrotados de una vez que había querido hacerle un regalito a la

Reina Victoria, por sus días.

Míster Casey se golpeaba la nuez y le sonreía a Stephen con ojos soñolientos. Míster Dédalus comenzó a

hablar.

––Sí. Bien, bueno está. ¡Oh!, nos hemos dado un buen paseo, ¿no es verdad, John? Sí... No hay nada

comparable a la cena de esta noche. Sí... Bien, bien: nos hemos ganado hoy una buena ración de ozono,

dando la vuelta a la Punta. ¡Vaya que sí!

Se volvió hacia Dante, y dijo:

––¿Usted no se ha movido en todo el día, mistress Riordan? Dante frunció el entrecejo, y respondió

escuetamente:

––No.

Míster Dédalus abandonó los faldones de su chaqueta, y se dirigió hacia el aparador. Sacó de él un gran

frasco de barro lleno de whisky, y comenzó a echar lentamente el líquido en una botella de mesa,

inclinándose de vez en cuando para ver si había vertido bastante. Después volvió a colocar el frasco en su

cajón, echó un poquito de whisky en dos vasos, añadió algo de agua y volvió con ellos a la chimenea.

––John, una dedalada de whisky ––dijo––. Únicamente para abrir el apetito.

Míster Casey cogió el vaso, bebió, y lo colocó cerca de sí, sobre la repisa de la chimenea. Después dijo:

––Pues bien: no puedo dejar de pensar en cómo nuestro amigo Christopher fabrica...

Le dio un ataque de risa y tos, hasta que pudo continuar:

––... fabrica el champán para la gente aquella.

Míster Dédalus se echó a reír ruidosamente.

––¿Se trata de Christy? ––dijo––. Hay más astucia en una sola de aquellas verrugas de su calva, que en

toda una manada de zorras.

Inclinó la cabeza, cerró los ojos y, después de haberse lamido a su sabor los labios, comenzó a hablar,

imitando la voz del dueño del hotel.

––Y pone una boca tan dulce cuando le está hablando a usted, ¿sabe usted? Parece que le está chorreando

la baba por el papo, así Dios le salve.

Míster Casey estaba aún debatiéndose entre su ataque de risa y tos. Stephen se echó a reír al ver y

escuchar al hotelero a través de la voz de su padre.

Míster Dédalus se colocó el monóculo y, bajando la vista hacia él, dijo con tono tranquilo y afable:

––¿De qué te estás riendo tú, muñeco?

Entraron los criados y colocaron las fuentes sobre la mesa. Tras ellos entró mistress Dédalus, quien, una

vez hecha la distribución de los sitios, dijo:

––Siéntense ustedes.

Míster Dédalus se adelantó hasta la cabecera de la mesa y dijo:

––Vamos, mistress Riordan, siéntese usted.

Volvió la vista hacia el sitio donde tío Charles estaba sentado, y le llamó:

––¡Eh, señor!: que aquí hay un ave que está esperando por usted.

Cuando todos hubieron ocupado sus sitios, colocó una mano sobre la cubierta de la fuente; mas la retiró

de pronto y dijo:

––¡Vamos, Stephen!

Stephen se levantó de su asiento y dijo el Benedicite:

––Bendícenos, Señor, y a estos tus dones, que de tu liberalidad vamos a recibir, por Cristo, Nuestro

Señor. Amén.

Todos se santiguaron y míster Dédalus, dando un suspiro de satisfacción, levantó la tapadera de la fuente,

toda perlada de gotitas brillantes alrededor del borde.

Stephen contemplaba el pavo cebón que había visto yacer atado con bramante y espetado sobre la mesa

de la cocina.

Sabía que su padre había pagado por él una guinea en la tienda de Dunn, el de D'Olier Street, y recordaba

cómo el vendedor había sobado y resobado el esternón del ave para mostrar su buena calidad, y también la

voz del hombre cuando decía:

––Lleve usted éste, señor. Es cosa superior.

¿Por qué razón acostumbraba a llamar míster Barret en Clongowes «mi pava» a su palmeta? Pero

Clongowes estaba muy lejos, y el tibio y denso olor del pavo, del jamón y del apio se elevaba de los platos

y de la fuente, y en el hogar llameaba un gran fuego rojo, bien apilado contra la pared de la chimenea; y la

yedra verde y el acebo encarnado ¡le hacían sentirse a uno tan feliz! Y luego, al acabarse la cena, entrarían

el gran plumpudding, tachonado de almendras peladas, todo rodeado de llamitas azules oscilantes alrededor,

de aquí para allá y con su banderita verde flameante en la cima.

Era su primera cena de Navidad y pensaba en sus hermanitos y sus hermanitas, recluidos en el cuarto de

los niños, esperando, como él tantas veces lo había hecho, a que llegase la hora del pudding. Su amplio

cuello bajo y su chaquetilla de colegial la hacían extrañarse de sí mismo y sentirse más hombre. Y aquella

misma mañana, cuando su madre le había conducido a la sala vestido para misa, su padre se había echado a

llorar. Era porque le había recordado a su propio padre. Y tío Charles le había dicho lo mismo.

Míster Dédalus cubrió la fuente y comenzó a devorar. Al cabo de un rato, dijo:

––¡Vaya con el pobre Christy! Ahí le tenéis, doblegado con el peso de tanta truhanería.

––Simón ––dijo mistress Dédalus––, mira que no has servido salsa a mistress Riordan.

Míster Dédalus cogió la salsera.

––¿Es posible? ––exclamó––. Mistress Riordan, tenga usted compasión de este pobre ciego.

Dante puso ambas manos sobre el plato y dijo:

––No; gracias.

Míster Dédalus se volvió entonces hacia tío Charles.

––¿Cómo anda usted de todo, señor?

––Ando que ni una locomotora, Simón.

––¿Y tú, John?

––Perfectamente. Preocúpate de ti mismo.

––¿Mary? ... Mira, Stephen, aquí hay algo para que se te rice el pelo.

Vertió salsa en abundancia en el plato de Stephen y volvió a colocar la salsera sobre la mesa. Después

preguntó a tío Charles si estaba tierno. Tío Charles no pudo contestar porque tenía la boca llena. Pero hizo

signos con la cabeza de que sí lo estaba.

––Ha sido una respuesta de primera ––dijo míster Dédalusla que nuestro común amigo ha dado al

canónigo. ¿Qué les parece?

––Yo no creí que se le pudiera ocurrir otro tanto ––dijo míster Casey.

––Padre, yo pagaré los diezmos cuando ustedes dejen de convertirla casa de Dios en una agencia

electoral.

––Una respuesta muy bonita ––dijo Dante––, para ser dada a un sacerdote por cualquiera que se llame

católico.

––Ellos son los que tienen la culpa ––dijo con tono suave míster Dédalus––. El más lerdo les había de

decir que se redujeran estrictamente a los asuntos religiosos.

––Eso es religión también ––dijo Dante––. Cumplen con su deber previniendo al pueblo.

––A lo que vamos a la casa de Dios ––intervino míster Casey––, es a rogar humildemente a nuestro

Criador y no a escuchar arengas electorales.

––Eso es religión también ––volvió a afirmar Dante––. Hacen bien. Están obligados a dirigir sus ovejas.

––Pero, ¿es religión el hacer política desde el altar? ––preguntó míster Dédalus.

––Ciertamente ––contestó Dante––. Es una cuestión de moralidad pública. Un sacerdote dejaría de ser

sacerdote si dejara de advertir a sus fieles qué es lo bueno y qué es lo malo.

Mistress Dédalus abandonó sobre el plato el cuchillo y el tenedor para decir:

––Por el amor de Dios, por el amor de Dios, no nos metamos en discusiones políticas en este día único

entre todos los días del año.

––Me parece muy bien, señora ––dijo tío Charles–– ¡Vamos, Simón, ya es bastante! Ni una palabra más

sobre el asunto. ––Sí, sí ––dijo rápidamente míster Dédalus.

Destapó impetuosamente la fuente y añadió: ––Vamos a ver: ¿quién quiere más pavo? Nadie contestó.

Dante volvió a insistir:

––¡Bonito lenguaje en boca de un católico!

––Mistress Riordan, le suplico ––dijo mistress Dédalus–– que deje ya el asunto en paz.

Dante se volvió hacia ella y exclamó:

––¿Pero es que he de estar aquí sentada con toda calma oyendo que se hace mofa de los pastores de mi

Iglesia? ––Nadie tendrá lo más mínimo que decir contra ellos, simplemente con que se reduzcan a no

mezclarse en política ––dijo míster Dédalus.

––Los obispos y los sacerdotes de Irlanda han hablado ––dijo Dante––. Hay que obedecerlos.

––Que abandonen la política ––agregó míster Casey––, o el pueblo abandonará su Iglesia.

––¿Oye usted? ––exclamó Dante, volviéndose hacia mistress Dédalus.

––!Míster Casey! ¡Simón! ¡Vamos a dejarlo ya de una vez!

––¡Demasiado fuerte! ¡Demasiado fuerte! ––dijo tío Charles.

––Pero, ¿qué? ¿Es que habíamos de hacerle traición sólo porque nos lo mandaran los ingleses?

––Se había hecho indigno del mando ––dijo Dante––. Era un pecador público.

––Todos somos pecadores, y empecatados pecadores ––masculló fríamente míster Casey.

––¡Ay de aquel por quien el escándalo se comete! ––dijo mistress Riordan––. Más le valdría atarse una

rueda de molino al cuello y ser arrojado a los profundos del mar antes que escandalizar a uno de mis

pequeñuelos. Tal es el lenguaje del Espíritu Santo.

––Y muy mal lenguaje, si he de decir mi opinión ––dijo con frialdad míster Dédalus.

––¡Simón! ¡Simón! ––exclamó tío Charles––. ¡El niño!

––Sí, sí ––dijo míster Dédalus––. Quería decir el... Estaba pensando en el mal lenguaje de aquel mozo de

estación. Bueno, perfectamente. ¡Vamos a ver, Stephen! Enséñame tu plato, barbián. Toma: cómete eso.

Llenó hasta los bordes el plato de Stephen y sirvió grandes pedazos de pavo y chorreones de salsa a tío

Charles y a míster Casey. Mistress Dédalus comía poco. Y Dante estaba sentada con las manos sobre la

falda: tenía la cara arrebatada. Míster Dédalus desenterró algo con el cubierto en un extremo de la fuente y

dijo:

––Aquí hay un pedazo suculento al que se suele llamar el obispillo. Si alguna señora o caballero...

Y sostenía un pedazo de ave en la punta del trinchante. Nadie habló. Se lo puso en su propio plato

diciendo:

––Bueno, no podrán ustedes decir que no se lo he ofrecido. Pero creo que haré mejor comiéndolo yo

mismo, porque no me encuentro bien de salud de algún tiempo a esta parte.

Le guiñó un ojo a Stephen y volviendo a colocar la tapadera se puso a comer de nuevo.

Todos permanecieron callados mientras él comía. Al cabo de un rato dijo:

––Por fin ha acabado el día con buen tiempo. Y han venido la mar de forasteros a la ciudad.

Todo el mundo continuaba callado. Volvió a hablar de nuevo:

––Creo que han venido más forasteros este año que las últimas Navidades.

Pasó revista a las caras de los demás y las encontró inclinadas sobre los platos. Y como no recibiera

respuesta, esperó un momento, para decir por fin amargamente:

––¡Vaya! Ya se me ha aguado la cena de Navidad.

––No puede haber ni buena suerte ni gracia en una casa en donde no existe respeto para los pastores de la

Iglesia.

Míster Dédalus arrojó ruidosamente el cuchillo y el tenedor sobre el plato.

––¡Respeto! ––dijo––. ¿A quién? ¿A Billy el Morrudo o al otro tonel de tripas, al de Armagh? ¡Respeto!

––¡Príncipes de la Iglesia! ––dijo míster Casey saboreando despectivamente las palabras.

––Sí: el cochero de lord Leitrim ––dijo míster Dédalus.

––Son los ungidos del Señor ––exclamó Dante––. Son la honra de su nación.

––Es un tonel de tripas ––prorrumpió sin miramientos míster Dédalus––. Bonita cara, sí, en visita. Pero

tendrían ustedes que ver al amigo atiborrándose de berzas con tocino un día de invierno. ¡Je, Johnny!

Contrajo sus facciones hasta darles una apariencia de crasa brutalidad, mientras hacía un ruido hueco con

los labios. ––Simón, de verdad que no deberías hablar de ese modo delante de Stephen. No está bien.

––Bien que se acordará él cuando sea mayor ––dijo acaloradamente Dante––; bien que se acordará del

lenguaje que oyó en su propia casa contra Dios y contra la religión y sus ministros.

––Pues que se acuerde también ––gritó míster Casey dirigiéndose a Dante a través de la mesa––, que se

acuerde también del lenguaje con el que los sacerdotes y su cuadrilla remataron a Parnell y le llevaron a la

sepultura. Que se acuerde también de esto cuando sea mayor.

––¡Hijos de perra! ––gritó míster Dédalus––. Cuando estuvo caído, se echaron sobre él como ratas de

alcantarilla para traicionarle y arrancarle la carne a pedazos. ¡Miserables perros! ¡Y que lo parecen! ¡Por

Cristo, que lo parecen!

––Obraron rectamente ––exclamó Dante––. Obedecían a sus obispos y a sus sacerdotes. ¡Honor a ellos!

––Vaya, que es verdaderamente terrible el decir que no ha de haber ni un solo día en el año ––dijo

mistress Dédalus–– en el que nos podamos ver libres de estas tremendas disputas.

Tío Charles levantó ambas manos tratando de imponer paz, y dijo:

––Vamos, vamos, vamos. ¿Pero es que no se puede seguir teniendo nuestras ideas, sean las que fueren,

sin usar esos modales y esas palabras gruesas? Verdaderamente que es una desgracia.

Mistress Dédalus se inclinó para hablar a Dante en voz baja, pero Dante contestó levantando la voz:

––No me he de callar. Defenderé mi Iglesia y mi religión siempre que sean insultadas y escupidas por

católicos renegados.

Míster Casey empujó rudamente su plato hasta el centro de la mesa, e hincando los codos delante de él,

dijo con voz ronca a su huésped:

––¿Te he contado alguna vez la historia de aquel célebre escupitinajo?

––No, John, no me lo has contado ––contestó míster Dédalus.

––¿No? ––dijo míster Casey––, pues es una historia la mar de instructiva. Ocurrió no hace mucho tiempo

en este mismo condado de Wicklow en el cual nos encontramos ahora.

Se interrumpió de pronto y, volviéndose hacia Dante, dijo con reposada indignación:

––Y le puedo decir a usted, señora, si es a mí a quien usted se refiere, que yo no soy un católico

renegado. Yo soy tan católico como eran mi padre y el padre de mi padre y el padre del padre de mi padre,

en aquellos tiempos en que estábamos dispuestos a dar nuestras vidas antes que traicionar nuestra fe.

––Pues más vergonzoso aún para usted ––dijo Dante–– el hablar como usted lo hace ahora.

––¡La historia, John! ––dijo míster Dédalus sonriente––. Conozcamos esa historia antes que nada.

––¡Católico, católico! ––repitió irónicamente Dante––. El más empecatado protestante no hablaría con el

lenguaje que yo he oído esta noche.

Míster Dédalus comenzó a menear la cabeza a un lado y otro canturreando a la manera de un cantor

rústico.

––Yo no soy protestante, se lo repito a usted ––dijo míster Casey poniéndose arrebatado.

Míster Dédalus seguía aún canturreando y meneando la cabeza; luego se puso a entonar con unos a

manera de gruñidos nasales:

Oh, vosotros, romanocatólicos
que jamás asististeis a misa.

Volvió a coger de nuevo el tenedor y el cuchillo y se dispuso a comer dando señales de buen humor y

mientras decía a míster Casey:

––Cuéntanos esa historia, John. Nos servirá para hacer la digestión más fácilmente.

Stephen contemplaba con afecto la cara de míster Casey, el cual, desde el otro lado de la mesa, miraba

con fijeza al frente, por encima de sus manos.

A Stephen le gustaba estar sentado cerca de la lumbre, contemplando aquella cara sombría y torva. Pero

los ojos miraban benignamente y la despaciosa voz resultaba grata al oído. Y, entonces, ¿cómo era posible

que atacase a los sacerdotes? Porque Dante debía de tener razón. Y, sin embargo, había oído decir a su

padre que Dante era una monja fracasada y que había salido del convento donde estaba en Alleghanies

cuando su hermano hizo dinero vendiéndoles a los salvajes baratijas y cacharros de loza. Tal vez ésa era la

razón por la cual se mostraba tan severa con Parnell. Y además no le gustaba que él jugase con Eileen,

porque Eileen era protestante, y cuando Dante era joven había conocido niños que jugaban con protestantes

y los protestantes se solían burlar de las letanías de la Santísima Virgen. Torre de Marfil, solían decir, Casa

de Oro: ¿cómo es posible que una mujer pueda ser una torre de marfil o una casa de oro? ¿Pues, quién tenía

razón entonces? Y recordó aquella tarde en la enfermería de Clongowes, las aguas sombrías, la luz de la

escollera y el gemido de pena de la muchedumbre al escuchar la noticia.

Eileen tenía las manos largas y blancas. Y una vez, jugando a uno de los juegos de niños, ella le había

puesto las manos sobre los ojos: largas y blancas y finas y frías y suaves. Aquello era lo que era marfil: una

cosa fría y blanca. Aquello era lo que quería decir Torre de Marfil.

––La historia es sumamente corta y muy interesante ––dijo míster Casey––. Sucedió un día en Arklow,

en un día de frío glacial, no mucho tiempo antes de la muerte del jefe; ¡Dios tenga piedad de su alma!

Cerró con aire cansado los ojos e hizo una pausa. Míster Dédalus cogió un hueso del plato y arrancó con

los dientes un residuo de carne, diciendo:

––Querrás decir antes de que lo mataran.

Míster Casey abrió los ojos, suspiró y siguió adelante.

––Ello sucedió cierto día en Arklow. Habíamos ido allí a un mitin y después del mitin tuvimos necesidad

de abrirnos paso por entre la multitud para llegar a la estación del ferrocarril. Seguramente no has oído en

tu vida un abucheo y unos alaridos semejantes. Nos llamaban todas las cosas que se pueden llamar en este

mundo. Y había allí entre la gente una harpía vieja ––y amiga del mosto que debía ser por cierto–– que

todos sus insultos me los dedicaba a mí. Andaba todo el tiempo danzando entre el barro en torno a mí, desgañitándose

y gritándome a la cara: ¡Perseguidor del clero! ¡Los dineros de París! iMísterFox!iKitty

O'Shea!

––¿Y qué hacías tú? ––preguntó míster Dédalus.

––Yo la dejaba que se desahogara a placer. Era un día de frío, y para reconfortarme tenía (con el perdón

de usted, señora) una brizna de tabaco de Tullamore en la boca y, desde luego, no podía hablar palabra,

porque mi boca estaba llena de jugo de tabaco.

––¿Y?...

––¡Verás! Conque la dejo que se desgañite a su sabor gritando Kítty O'Shea, y todo lo demás, hasta que

va y da a esta dama un nombre que yo no me atrevería a repetir aquí, por no manchar esta cena de Navidad,

ni sus oídos de usted, señora, ni aun mis propios labios.

Hizo otra pausa. Míster Dédalus, apartando la cabeza de hueso, preguntó:

––¿Y tú, qué hicieste, John?

––¿Que qué hice? La vieja había pegado su cara a la mía para decirlo, y yo tenía la boca llena de jugo de

tabaco. Con que me inclino hacia ella, y no hago más que hacer con la boca así: ¡pss!

Se volvió de lado e hizo la acción de escupir.

––Con que voy y le hago con la boca pss, dirigiéndole bien la puntería hacia el ojo.

Se aplicó una mano contra el ojo, imitando un alarido de dolor.

––¡Ay, Jesús, María y José! ––grita la vieja––. ¡Que me han cegado!¡Que me han anegado!

Se detuvo con un ataque de risa y tos, repitiendo a intervalos:

––¡Que me han cegado completamente!

Míster Dédalus se reía sonoramente a carcajadas, echándose hacia atrás en la silla, mientras tío Charles

meneaba la cabeza a un lado y otro.

Dante parecía terriblemente furiosa, y repitió mientras los otros reían:

––¡Muy bonito! ¡Ja! ¡Muy bonito!

No estaba bien aquello de escupirle a una mujer en el ojo. Pero, ¿cuál era el nombre que la mujer había

dado a Kitty O'Shea, y que míster Casey no se atrevía a repetir? Se imaginó a míster Casey avanzando entre

una multitud de gente y echando discursos desde una vagoneta. Era por eso por lo que había estado en la

cárcel: y recordaba que una noche el sargento O'Nell había venido a casa y había estado hablando en voz

baja con su padre, en el vestíbulo, mientras mordía nerviosamente el barbuquejo de la gorra. Y aquella

noche no había ido míster Casey a Dublín en el tren, sino que un coche había venido hasta la puerta, y él

había oído decir a su padre algo acerca de la carretera de Cabinteely.

Míster Casey era partidario de Irlanda y de Parnell, y lo mismo su padre. Y Dante había sido también así

a lo primero, porque una noche que estaba tocando la banda en la explanada, había golpeado en la cabeza

con un paraguas a un caballero que se había descubierto al ejecutar la banda, al final, el God save the

Queen.

Míster Dédalus dio un bufido de desprecio:

––Ay, John ––dijo––. Somos una raza manejada por los curas, y lo hemos sido siempre, y lo seremos

hasta la consumación de los siglos.

Tío Charles meneó la cabeza diciendo:

––¡Mala cosa! ¡Mala cosa!

Míster Dédalus repitió:

––Una raza gobernada por los curas y dejada de la mano de Dios.

Señaló hacia el retrato de su abuelo, que pendía en la pared a su derecha:

––¿Ves aquel valiente que está ahí encima, John? ––dijo––. Fue un buen irlandés en aquellos tiempos en

que se combatía sin esperanza de recompensa. Le condenaron a muerte acusado de pertenecer a la sociedad

de los Whiteboys. Pues él acostumbraba a decir de nuestros amigos, los curas, que jamás permitiría poner

los pies a ninguno de ellos bajo el tablero de su mesa de comedor.

Dante no pudo ya reprimir su cólera y exclamó:

––Pues si somos una raza gobernada por los sacerdotes, debemos estar orgullosos de ello. Ellos son la

niña del ojo de Dios. No los toquéis, dice Cristo, porque ellos son la niña de mi ojo.

––Según eso, ¿no debemos amar a nuestro país? ––preguntó míster Casey––. ¿Y no hemos de seguir al

hombre que había nacido para conducirnos?

––¿A un traidor a su patria? ––replicó Dante––. ¡A un traidor, a un adúltero! Los sacerdotes hicieron bien

en abandonarle. Los sacerdotes han sido siempre los verdaderos amigos de Irlanda.

––¿Qué me cuenta? ¿En serio? ––dijo míster Casey.

Dejó caer el puño sobre la mesa y, frunciendo el entrecejo coléricamente, se puso a contar por los dedos,

enderezándolos uno a uno.

––¿Acaso no nos hicieron traición los obispos de Irlanda en tiempos de la Unión, cuando el obispo

Lanigan dirigió un mensaje de lealtad al marqués Cornwallis? ¿No vendieron los obispos y los sacerdotes

las aspiraciones de su propio país en 1829 a cambio de obtener la emancipación católica? ¿No

desaprobaron el movimiento feniano desde el púlpito y en el confesionario? ¿Y no profanaron las cenizas

de Terence Bellew Mac Manus?

Tenía el rostro resplandeciente de cólera y a Stephen se le arrebataban también las mejillas sólo con la

conmoción que aquellas palabras causaban en él. Míster Dédalus lanzó una risotada de desprecio.

––¡Por Cristo! ––exclamó––. ¡Que se nos olvidaba el chiquitín de Paul Cullen! Otra niña del ojo de Dios.

Dante avanzó el cuerpo por encima de la mesa y gritó dirigiéndose a míster Casey:

––¡Han hecho bien! ¡Han hecho bien! ¡Han obrado siempre bien! Dios, moralidad y religión son antes

que nada.

Mistress Dédalus, viendo su excitación, le dijo:

––Mistress Riordan, no se excite contestándoles.

Míster Casey levantó un puño crispado y lo dejó caer sobre la mesa con estrépito.

––Muy bien ––gritó con voz ronca––. Pues si vamos a parar ahí, ¡que no haya Dios para Irlanda!

––¡John, John! ––exclamó míster Dédalus cogiéndole por la manga de la chaqueta.

Dante, desde su sitio, con las mejillas trémulas, clavó sus ojos espantados en míster Casey. Éste pugnaba

por levantarse de la silla y, doblando el tronco en dirección a ella por encima de la mesa, gritó, mientras

con una mano arañaba el aire delante de él como si tratara de destruir una tela de araña:

––¡Que no haya Dios para Irlanda! ¡Es ya mucho Dios el que hemos tenido en Irlanda! ¡Afuera con él!

––¡Blasfemo! ¡Demonio! ––chilló Dante, poniéndose en pie y casi escupiéndole al rostro.

Tío Charles y míster Dédalus pugnaban por reducir a míster Casey de nuevo a su asiento, tratando de

aplacarle, cada uno por su lado, a fuerza de buenas razones. Y él, con la mirada estática, lanzando

llamaradas sombrías por los ojos, repetía:

––Afuera con él, he dicho.

Dante empujó violentamente su silla hacia un lado y abandonó la mesa derribando el servilletero, que

rodó lentamente por la alfombra y fue a quedar inmóvil al pie de una butaca. Mister Dédalus se levantó

rápidamente y siguió a Dante hacia la puerta. Al llegar a ella, Dante se volvió de pronto con violencia y

clamó con las mejillas arrebatadas y trémula de ira:

––¡Demonio de los infiernos! ¡Le hemos vencido! ¡Le hemos aplastado la cabeza! ¡Enemigo malo!

La puerta se cerró de golpe tras ella.

Míster Casey, libertándose de los que le sujetaban, abatió repentinamente la cabeza entre las manos con

un sollozo de dolor.

––¡Pobre Parnell! ––exclamó––. ¡Mi rey muerto!

Y sollozó ruidosamente, amargamente.

Stephen levantó la cara aterrada y vio que los ojos de su padre estaban llenos de lágrimas.

Los alumnos charlaban en grupitos.

Uno dijo:

––Los han cogido cerca de la colina de Lyons.

––¿Quién los cogió?

––Míster Gleeson y el Padre Ministro. Iban en un coche. El mismo muchacho añadió:

––Me lo ha dicho uno de la primera división.

Fleming preguntó:

––Pero, dinos, ¿por qué se escapaban?

––Yo sé por qué ––dijo Cecil Thunder––. Porque habían robado el dinero del cuarto del rector.

––¿Quién lo robó?

––El hermano de Kickham. Y se lo repartieron entre todos. ¡Pero aquello era robar! ¿Cómo podían haber

hecho aquello? ––¡Sí que sabes tú mucho, Thunder! ––dijo Wells––. Yo sé por qué se han largado ésos.

––Dinos por qué.

––Me han dicho que no lo dijera.

––¡Anda, Wells! ¡Ya nos lo puedes contar! ––exclamaron todos––. ¡Que no se lo diremos a nadie!

Stephen inclinó la cabeza hacia adelante para oír. Wells miró alrededor para ver si venía alguien.

Después dijo en tono de secreto:

––¿Sabéis el vino de misa que está guardado en el armario de la sacristía?

––Sí.

––Bueno; pues se lo bebieron y han sabido quiénes eran por el olor. Y por eso fue por lo que se

escaparon, si es que queréis saber por qué.

Y el chico que había hablado primero dijo:

––Sí, eso fue también lo que me dijo el de la primera división.

Todos se quedaban callados. Stephen estaba entre ellos, escuchando, asustado de hablar. Sentía un leve

malestar, un desfallecimiento de pavor. ¿Cómo podían haber hecho aquello? Se imaginaba la sacristía

oscura y silenciosa. Había en ella unos armarios de madera oscura en donde yacían inmóviles las rizadas

sobrepellices. No era la capilla y, sin embargo, había que hablar allí en voz baja. Era un lugar santo. Y

recordaba la tarde de verano cuando había estado allí para revestirse y llevar la naveta del incienso en la

procesión hasta el altarcillo colocado en el bosque. Un lugar extraño y santo. El muchacho que llevaba el

incensario lo había estado balanceando, cogido por la cadena de en medio, para que los carbones

prendieran bien.

Aquello se llamaba carbón de leña, y ardía suavemente cuando el chico lo balanceaba con cuidado y

exhalaba un ligero olor agrio. Y luego, cuando todos estuvieron revestidos, él le había presentado la naveta

al rector. El rector puso una cucharada de incienso en el incensario. Y el incienso silbaba al caer sobre los

carbones encendidos.

Los alumnos charlaban en pequeños grupos, aquí y allá, por los campos de recreo. Le daba la sensación

de que los muchachos se habían empequeñecido. Y era que un ciclista, a uno de segundo de gramática, le

había atropellado el día anterior. La bicicleta le había arrojado sobre la pista de escorias y se le habían roto

las gafas en tres pedazos y algunas partículas de escorias le habían entrado en la boca. Y por eso le parecían

los muchachos más pequeños y más distantes y las porterías tan lejanas y delgadas y tan alto el cielo

apacible y gris. Pero nadie jugaba en los campos de fútbol porque iba a empezar la temporada de cricket.

Unos decían que Barnes sería el entrenador, y otros, que lo sería Flowers. Por todos lados había muchachos

que ensayaban en lanzar pelotas muertas y pelotas con efecto.

Y de aquí y de allá venían a través del aire suave y gris los golpes de las palas del cricket. Hacían: pic,

pac, poc, puc; como gotitas de agua al caer sobre el tazón repleto de una fuente. Athy, que había estado

callado hasta entonces, dijo: ––Todos estáis equivocados.

Todos se volvieron hacia él con curiosidad.

––¿Por qué?

––¿Es que tú sabes?...

––¿Quién te lo dijo?

––Cuéntanos, Athy.

Athy señaló al otro lado del campo de recreo, hacia donde estaba Simón Moonan paseándose, llevándose

por delante una piedra a patadas.

––Preguntadle a ése ––dijo.

Los chicos miraron hacia allá y dijeron:

––¿Por qué a ése?

––¿Tiene que ver con ello?

Athy bajó la voz y dijo:

––¿Sabéis por qué se largaron esos? Os lo diré, pero tenéis que hacer como que no lo sabéis.

––Dínoslo, Athy. Sigue. Dínoslo, si lo sabes.

una pausa y luego dijo misteriosamente:

––Los pescaron con Simón Moonan y Boyle, el de los camellos, una noche en los lugares.

Los chicos le miraron sin comprender y preguntaron.

––¿Los pescaron?

––¿Qué estaban haciendo?

––Besuqueándose.

Todos se quedaron callados. Y Athy añadió:

––Y ésa es la razón.

Stephen observó las caras de sus compañeros, pero todos estaban mirando hacia el otro lado del campo.

Necesitaba preguntar a alguien.

¿Qué significaba aquello de besuquearse en los lugares? ¿Por qué se habían escapado por eso los

muchachos de la primera división? Era una broma, pensaba. Simón Moonan tenía unos trajes muy bonitos

y una noche le había enseñado una bola de bombones de crema que los jugadores del equipo de fútbol le

habían enviado rodando a lo largo de la alfombra del centro del comedor. Era la noche del partido contra el

equipo de los Bective Rangers, y la bola presentaba exactamente una manzana roja y verde, sólo que se

abría y estaba llena de bombones de crema. Y un día Boyle había dicho que un elefante tenía dos camellos,

en lugar de dos colmillos, y era por eso por lo que le llamaban Boyle el de los camellos, pero algunos

chicos le llamaban la señorita Boyle, porque siempre se estaba arreglando las uñas.

Eileen tenía también las manos finas, frescas y delgadas, porque era una chica. Eran como mármol, sólo

que blandas. Aquello era lo que quería decir Torre de Marfil, pero los protestantes no lo podían entender y

se reían de ello. Un día estaba él al lado de ella mirando los campos del hotel. Un criado izaba una

banderola en su mástil y un perro foxterrier daba huidas locas de acá para allá sobre el césped soleado. Ella

le metió la mano en el bolsillo donde él tenía la suya propia y Stephen sintió entonces el frescor, la

delgadez y la tersura de aquella mano. Ella le había dicho que el tener bolsillos era una cosa bien chistosa,

y luego, de pronto, había echado a correr cuesta abajo por el sendero en curva. Su cabello rubio le ondeaba

por detrás, como oro al sol. Torre de Marfil. Casa de Oro. Había que pensarlas cosas para entenderlas.

Pero, ¿por qué en los lugares? Allí se iba cuando se tenía alguna necesidad. Era aquél un sitio formado

todo de gruesas planchas de pizarra, donde el agua goteaba continuamente a través de unos agujeritos

pequeñitos, como hechos con alfileres, y donde había un extraño olor a agua corrompida. Y detrás de la

puerta de uno de los retretes había un dibujo a lápiz rojo de un hombre barbudo en traje romano y con un

par de ladrillos en las manos, y debajo estaba escrito el título:

Balbo construyendo un muro.

Algún chico lo había pintado allí por broma. Tenía una cara chistosa, pero representaba muy bien un

hombre con barba. Y en la pared de otro retrete había este letrero, escrito con hermosos caracteres

inclinados hacia la izquierda:

Julio César escribió de Bello Galgo.

Tal vez estaban allí porque aquél era un sitio donde los chicos escribían cosas por broma. Y sin embargo,

era muy raro lo que había dicho Athy, y sobre todo, la manera de decirlo. Y no era una broma, puesto que

se habían escapado. Miró con los demás hacia la otra parte del campo de juego, y comenzó a sentirse

asustado.

Por último, Fleming dijo:

––¿Y nos van a castigar à todos por lo que han hecho otros?

––Yo no vuelvo al colegio, lo vais a ver ––dijo Cecil Thunder––. ¡Tres días de silencio en el refectorio, y

que nos manden a cada momento a recibir seis u ocho palmetazos!

––Sí ––añadió Wells––, y que el vejete de Barrett tiene una nueva manera de doblar la papeleta, y ya no

la puedes abrir y volverla a doblar después para ver cuántos palmetazos te vas a ganar. Yo tampoco vuelvo.

––Claro ––dijo Cecil Thunder––, y además el prefecto de estudios ha estado esta mañana en segundo de

gramática.

––Vamos a insubordinarnos ––propuso Fleming––. ¿Queréis?

Todos se quedaron callados. Había un profundo silencio en el aire, y se podían oír los golpes de las palas

de cricket, pero más despacio que antes: pic, poc.

Wells preguntó:

––¿Qué es lo que les van a hacer?

––A Simón Moonan y a Camellos los van a azotar ––contestó Athy––, y a los de la primera les han dado

a escoger entre los azotes o ser expulsados.

––¿Y por qué se deciden? ––preguntó el muchacho que había hablado primero.

––Todos prefieren la expulsión, excepto Corrigan ––contestó Athy––. A él le va a azotar míster Gleeson.

––Ya comprendo por qué ––dijo Cecil Thunder––. Él está en lo cierto, y los otros no, porque los azotes

se pasan al cabo de un rato, pero a un chico al que le han expulsado, le queda una marca para toda la vida.

Además que Gleeson no le azotará muy fuerte.

––A él mismo le conviene no hacerlo ––dijo Fleming.

––No me gustaría ser Simón Moonan o Camellos ––dijo Cecil Thunder––. Pero no creo que los vaya a

azotar. Quizás les den sólo nueve palmetazos en cada mano.

––No, no ––dijo Athy––. Los recibirán en el punto doloroso. Wells se rascó y dijo lloriqueando:

––¡Por favor, señor, déjeme usted!

Athy hizo una mueca burlona y se remangó las mangas de la chaqueta, diciendo:

No hay otro remedio,
no te salvarás.
Abajo con los pantalones
y afuera con el tras.

Todos se reían. Pero Stephen sintió que estaban un poco asustados. En el silencio del suave aire gris

venía de aquí y de allá el ruido de las palas de cricket: poc. Aquello era un sonido si se oía; pero si se

recibía el pelotazo, se sentía dolor. La palmeta hacía ruido también, pero era muy distinto. Los chicos

decían que estaba hecha de hueso de ballena y cuero con plomo dentro; y se imaginaba cómo sería el dolor.

Había diferentes clases de sonidos. Una vara larga y delgada daría un silbido agudo; y se imaginaba cómo

sería el dolor que produciría. Le daba un estremecimiento de frío; y también le hacían estremecerse las

palabras de Athy. Pero, ¿qué era lo que encontraban digno de risa? Le daba un estremecimiento, pero era

porque siempre se siente un estremecimiento cuando se baja uno los pantalones. Lo mismo que en el baño,

al desnudarse. Y se ponía a pensar quién tendría que echar abajo los pantalones, si el maestro o el chico

mismo. ¡Oh!, ¿cómo podían reírse de aquel modo?

Contempló las mangas remangadas de Athy y sus manos de gruesos nudillos y manchadas de tinta. Se

había recogido las mangas para remedar cómo se las remangaría míster Gleeson. Pero míster Gleeson tenía

los puños de la camisa blancos y brillantes, y unas muñecas limpias y blancas, y unas manos blancas y

gordezuelas, con las uñas crecidas y puntiagudas. Quizás se las arreglaba también como la señorita Boyle.

Pero eran unas uñas enormemente largas y puntiagudas. ¡Qué largas, qué crueles! Pero las manos blancas y

gordezuelas no eran crueles, sino benignas. Y aunque temblaba de miedo y de frío al pensar en las uñas

largas y crueles y en el silbido agudo de la varilla y en el escalofrío que se siente hacia los faldones de la

camisa cuando se desnuda uno para el baño, sin embargo, experimentaba una sensación extraña y reposada

de placer al pensar en las manos limpias y gordezuelas, fuertes y benignas. Y Fleming había dicho que no

pegaría muy fuerte porque era su propio interés. Pero no era por eso.

Una voz gritó desde otro extremo del campo de juego:

––¡Todos adentro!

Y otras voces repitieron:

––¡Todos adentro! ¡Todos adentro!

Durante la lección de escritura se estuvo sentado con los brazos cruzados, escuchando el lento rasguear

de las plumas. Míster Harford iba de aquí para allá haciendo unas señalitas con lápiz rojo y sentándose

algunas veces al lado de cada muchacho para enseñarles cómo debían tener la pluma. Stephen había

intentado deletrear la primera línea, aunque se la sabía de memoria por ser la última del libro. Celo sin

prudencia es como nave a la deriva. Pero los trazos de las letras le formaban como hilos invisibles y sólo

cerrando bien el ojo derecho y mirando fijamente con el izquierdo podía llegar a distinguir todos los rasgos

de la inicial.

Pero míster Harford era muy bueno y nunca se encolerizaba como los otros maestros que solían ponerse

furiosos. ¿Por qué habían de sufrir ellos por lo que hicieran los de la primera división? Wells había dicho

que se habían bebido parte del vino de misa del armario de la sacristía y que se lo habían conocido en el

olor. Quizás habían robado una custodia para escaparse con ella y venderla en cualquier parte. Debía de

haber sido un terrible pecado el ir de noche, pasito, a abrir el negro armario y robar aquella cosa de oro,

resplandeciente, en la cual Dios era expuesto sobre el altar en la bendición entre cirios y flores, cuando el

incienso se levantaba en nubes a ambos lados del chico que balanceaba el incensario y mientras Domingo

Kelly entonaba en el coro la primera parte del Tantum Ergo. Por supuesto, Dios no estaba allí cuando la

habían robado. Sin embargo, era un pecado enorme aun tocarla sólo. Pensó en ello con profundo terror. Un

pecado terrible y extraño: le estremecía pensarlo, en el silencio sólo levemente arañado por el rasgueo de

las plumas. Y beberse el vino de misa, sacándolo del armario, y ser delatado por el olor, era también

pecado. Pero no era terrible y extraño. Le hacía a uno sentirse ligeramente mareado por el olor del vino. El

día de su primera comunión, en la capilla, Stephen había cerrado los ojos y abierto la boca y sacado la

lengua un poquito, y cuando el rector se inclinó para darle la santa comunión había sentido un ligero olor a

vino en el aliento del rector, al vino de la misa, sin duda. ¡Qué magnífica palabra: vino! Le hacía a uno

pensar en el color púrpura oscuro, porque las uvas tenían ese color también y crecían allá en Grecia a la

parte de fuera de unas casas como templos blancos. Pero el día de su primera comunión el aliento del rector

le había hecho sentirse mareado. El día de la primera comunión era el día más feliz de la vida. Y una vez un

grupo de generales le había preguntado a Napoleón cuál había sido el día más feliz de su vida. Todos

pensaban que diría que el día que había ganado alguna gran batalla o el día que le habían hecho emperador.

Pero él dijo:

––Señores, el día más feliz de mi vida fue el día en que hice mi primera comunión.

Entró el Padre Arnall y comenzó la clase de latín. Y él seguía quieto, apoyándose sobre la mesa con los

brazos cruzados. El Padre Arnall devolvió los cuadernos de ejercicios y dijo que eran escandalosamente

malos y que los tenían que volver a copiar corregidos inmediatamente. Pero el peor ejercicio de todos era el

de Fleming, porque las páginas se habían pegado en un borrón las unas a las otras. El Padre Arnall lo

levantó por una esquina y dijo que era un insulto para cualquier profesor el mandarle un ejercicio como

aquél. Después le preguntó a Jack Lawton la declinación del nombre mare y Jack Lawton se atrancó en el

ablativo del singular y no pudo continuar con el plural.

––Debía usted tener vergüenza de sí mismo ––dijo severamente el Padre Arnall––. ¡Usted, el primero de

la clase!

Después se lo preguntó al chico siguiente, y al siguiente, y al otro. Ninguno lo sabía. El Padre Arnall se

iba poniendo tranquilo, cada vez más tranquilo, según los alumnos iban intentando responder sin acertar.

Pero su cara tenía un aspecto sombrío, y aunque la voz era tranquila, los ojos miraban fijamente. Por

último le preguntó a Fleming, y Fleming dijo que la palabra no tenía plural. El Padre Arnall cerró de golpe

el libro y le gritó:

––¡Afuera! ¡De rodillas en medio de la clase! Es usted el muchacho más vago que he conocido. Los

demás: ¡a copiar otra vez los ejercicios!

Fleming salió pesadamente de su sitio y se arrodilló entre los dos últimos bancos. Los otros muchachos

se doblaron sobre los cuadernos y comenzaron a escribir. El silencio reinó en la clase y Stephen, mirando

tímidamente a la cara sombría del Padre Arnall, vio que de tanta cólera como tenía se le había puesto un

poquito colorada.

¿Pecaba el Padre Arnall encolerizándose o le estaba permitido cuando los alumnos eran perezosos porque

con esto estudiaban mejor? ¿O es que sólo fingía que se enfadaba? Sin duda era que le estaba permitido,

porque un sacerdote conocería lo que era pecado y no lo haría. Pero, y si lo hiciera una vez por

equivocación, ¿tendría que ir a confesarse? Quizás iría a confesarse con el ministro. Y si lo hiciera el ministro,

iría con el rector; y el rector, con el provincial; y el provincial, con el general de los jesuitas. Aquello

era la Orden. Y él había oído decir a su padre que todos ellos eran hombres muy inteligentes y que habrían

podido alcanzar los primeros puestos en el mundo si no se hubieran hecho jesuitas. Y hacía esfuerzos para

imaginarse lo que habrían llegado a ser el Padre Arnall y Paddy Barret y lo que habrían llegado a ser míster

Mc Glade y míster Gleeson, si no se hubieran hecho jesuitas. Era difícil porque había que representárselos

de otro modo distinto, con trajes de color y pantalones y barbas y bigotes y con otros sombreros.

La puerta se abrió y se cerró silenciosamente. Un rápido cuchicheo corrió a través de la clase: ¡el prefecto

de estudios! Por un instante hubo un silencio de muerte y luego el recio chasquido de una palmeta sobre el

último pupitre. A Stephen se le saltó de miedo el corazón.

––¿Hay aquí algún chico que necesite ser azotado, Padre Arnall? ––gritó el prefecto de estudios––. ¿Hay

algún vago, algún gandul que necesite azotes?

Avanzó hasta el medio de la clase y vio a Fleming de rodillas.

––¡Hola! ––exclamó––. ¿Quién es este muchacho? ¿Por qué está de rodillas? ¿Cuál es tu nombre?

––Fleming, señor.

––¡Ajajá, Fleming! Un vagazo, sin duda. Te lo leo en los ojos, ¿Por qué está de rodillas, Padre Arnall?

––Ha escrito un ejercicio de latín muy malo ––dijo el Padre Arnall–– y no ha contestado a ninguna

pregunta de gramática.

––¡Claro está que sí! ––exclamó el prefecto de estudios––, ¡claro está que sí! ¡Un vago de nacimiento! Se

le ve en las niñas de los ojos.

Golpeó con su férula sobre el pupitre y gritó:

––¡Arriba, Fleming! ¡Arriba, querido! Fleming se levantó despacio.

––¡La mano! ––gritó el prefecto de estudios.

Fleming extendió la mano. La palmeta se abatió sobre ella con un fuerte chasquido: una, dos, tres, cuatro,

cinco, seis.

––¡La otra mano!

La palmeta se abatió de nuevo con seis fuertes y rápidos chasquidos.

––¡De rodillas! ––exclamó el prefecto de estudios.

Fleming se arrodilló, apretándose las manos contra los sobacos y con la cara contorsionada por el dolor.

Pero Stephen sabía que Fleming tenía las manos endurecidas porque se las estaba siempre frotando con

resina. Pero quizás el dolor era muy fuerte porque el ruido de los palmetazos había sido terrible. El corazón

de Stephen latía y temblaba.

––¡A trabajar todo el mundo! ––gritó el prefecto de estudios––. No queremos aquí vagos, haraganes ni

maulas. ¡A trabajar, he dicho! El Padre Dolan entrará todos los días a visitaros. El Padre Dolan entrará

mañana.

Tocó a uno de los chicos con el extremo de la palmeta:

––¡Tú, muchacho! ¿Cuándo volverá el Padre Dolan?

––Mañana, señor ––dijo la voz de Tom Furlong.

––Mañana y pasado y el otro ––dijo el prefecto de estudios––. Que se os quede bien grabado. Todos los

días el Padre Dolan. ¡A escribir! Tú, muchacho, ¿quién eres tú?

A Stephen se le saltó de golpe el corazón.

––Dédalos, señor.

––¿Por qué no estás escribiendo como los demás?

––Yo... mis...

No podía hablar de terror.

––¿Por qué no está escribiendo éste, Padre Arnall?

––Se le han roto las gafas y le he exceptuado por eso de trabajar ––contestó el Padre Arnall.

––¿Qué se le han roto? ¿Qué es lo que oigo? ¿Cómo dices que es tu nombre? ––dijo el prefecto de

estudios.

––Dédalus, señor.

––¡Sal aquí fuera, Dédalus! Holgazán y trapisondilla. Se te conoce él ardid en la cara. ¿Dónde se te

rompieron las gafas?

Dédalus salió a trompicones hasta el centro de la clase, ciego de miedo y de ansia.

––¿Dónde se te rompieron las gafas? ––repitió el prefecto de estudios.

––En la pista, señor.

––¡Je, jé! ¡En la pista! ––exclamó el prefecto de estudios––. Me sé de memoria esa artimaña.

Stephen levantó los ojos asombrado y vio por un momento la cara gris blancuzca y ya no joven del Padre

Dolan, su cabeza calva y blanquecina con un poco de pelusilla a los lados, los cercos de acero de sus gafas

y sus ojos sin color que le miraba a través de los cristales. ¿Por qué decía que se sabía de memoria aquella

artimaña?

––¡Haragán, maulero! ––gritó el prefecto––. ¡Se me han roto las gafas! ¡Es una treta de estudiantes ya

muy antigua ésa! ¡A ver, la mano, inmediatamente!

Stephen cerró los ojos y extendió su mano temblorosa, con la palma hacia arriba. Sintió que el prefecto le

tocaba un momento los dedos para ponerla plana y luego el silbido de las mangas de la sotana al levantarse

la palmeta para dar. Un golpe ardiente, abrasador, punzante, como el chasquido de un bastón al quebrarse,

obligó a la mano temblorosa a contraerse toda ella como una hoja en el fuego. Y al ruido, lágrimas

ardientes de dolor se le agolparon en los ojos. Todo su cuerpo estaba estremecido de terror, el brazo le

temblaba y la mano, agarrotada, ardiente, lívida, vacilaba como una hoja desgajada en el aire. Un grito que

era una súplica de indulgencia le subió a los labios. Pero, aunque las lágrimas le escaldaban los ojos y las

piernas le temblaban de miedo y de dolor, ahogó las lágrimas abrasadoras y el grito que le hervía en la

garganta.

––¡La otra mano! ––exclamó el prefecto.

Stephen retiró el herido y tembloroso brazo derecho y extendió la mano izquierda. La manga de la sotana

silbó otra vez al levantar la palmeta y un estallido punzante, ardiente, bárbaro, enloquecedor, obligó a la

mano a contraerse, palma y dedos confundidos en una masa cárdena y palpitante. Las escaldantes lágrimas

le brotaron de los ojos, y abrasado de vergüenza, de angustia y de terror, retiró el brazo y prorrumpió en un

quejido. Su cuerpo se estremecía paralizado de espanto y, en medio de su confusión y de su rabia, sintió

que el grito abrasador se le escapaba de la garganta y que las lágrimas más ardientes le caían de los ojos y

resbalaban por las arreboladas mejillas.

––¡Arrodíllate! ––gritó el prefecto.

Stephen sé arrodilló prestamente, oprimiéndose las manos laceradas contra los costados. Y de pensar en

aquellas manos, en un instante golpeadas y entumecidas de dolor, le dio pena de ellas mismas, como si no

fueran las suyas propias, sino las de otra persona, de alguien por quien él sintiera lástima. Y al arrodillarse,

calmando los últimos sollozos de su garganta y sintiendo el dolor punzante y ardiente oprimido contra los

costados, pensó en aquellas manos que él había extendido con las palmas hacia arriba, y en firme presión

del prefecto al estirarle los dedos contraídos, y en aquellos dedos y aquellas palmas que, en una masa

golpeada, entumecida, roja, temblaban, desvalidos, en el aire.

––A trabajar todo el mundo ––gritó el prefecto de estudios desde la puerta––. El Padre Dolan entrará

todos los días para ver si algún chico perezoso y holgazán que necesite ser azotado. Todos los días. Todos

los días.

La puerta se cerró tras él.

La clase continuó copiando los ejercicios en silencio.

El Padre Arnall se levantó de su asiento y se puso a pasear entre los alumnos, ayudándolos con cariñosas

palabras y diciéndoles los errores que habían hecho. Su voz era amable y dulce. Después volvió a su

asiento, y dijo a Fleming y a Stephen:

––Vosotros dos volved a vuestros sitios.

Fleming y Stephen se levantaron y, volviendo a sus sitios, se sentaron. Stephen, rojo escarlata de

vergüenza, abrió rápidamente un libro con una sola y débil mano, y se doblegó sobre él con la cara contra

la página.

Era una crueldad y una injusticia porque el médico le había mandado que no leyera sin gafas y él había

escrito aquella mañana a su padre diciéndole que le mandara otras nuevas. Y el Padre Arnall había dicho

que no necesitaba estudiar hasta que no vinieran. Además, ¡llamarle maulero a él que siempre había sido el

primero o el segundo de la clase y que era el jefe del partido de York! ¿Cómo podía el prefecto saber que

era una artimaña? Sintió el tacto de los dedos del prefecto al estirarle la mano. Al principio había creído

que le iba a dar la mano, porque los dedos eran suaves y estaban tranquilos, pero en seguida había oído el

silbar de la manga de la sotana y el estallido. Y era una crueldad y una injusticia el ponerle de rodillas en

medio de la clase. Y el Padre Arnall les había dicho a los dos que podían volver a sus sitios, sin hacer

distinción entre ellos. Escuchó la voz templada y cariñosa del Padre Arnall, que estaba corrigiendo los

ejercicios. Quizás le dolía ahora y quería estar amable. Pero había sido una injusticia y una crueldad. El

prefecto de estudios era un sacerdote, pero era injusto y cruel. Y su cara blancuzca y sus ojos sin color, tras

las gafas encercadas de acero, eran crueles porque le había sostenido la mano primero con sus dedos firmes

y suaves, sólo para afinar la puntería, para pegar más recio.

––Es una canallada repugnante, eso es lo que es, dar de palmetazos a un chico por lo que no tiene él la

culpa ––decía Fleming en el tránsito, al salir las filas para el refectorio.

––Es cierto que se te rompieron las gafas por accidente, ¿no es verdad? ––le preguntó Roche el Malo.

Stephen sentía su corazón lleno todavía de las palabras de Fleming, y no contestó.

––¡Claro que sí! ––dijo Fleming––. Yo que él no me aguantaría. Yo iría y se lo diría al rector.

––Sí ––dijo apresuradamente Cecil Thunder––, que yo le vi levantar la palmeta por encima del hombro, y

eso no está autorizado a hacerlo.

––¿Te ha dolido mucho? ––preguntó Roche el Malo.

––Muchísimo ––dijo Stephen.

––Yo no se lo aguantaría ––repitió Fleming––, ni a Cabezacalva, ni a ningún otro Cabezacalva. Es una

villanía y una guarrada, eso es lo que es. Yo que él me iría derechamente al rector y se lo contaría después

de la cena.

––Sí, sí, hazlo ––dijo Cecil Thunder.

––Sí, sí. Sube y acúsale al rector, Dédalus ––dijo Roche el Malo––, porque ha dicho que volverá a entrar

mañana para darte de palmetazos otra. vez.

––Anda, sí. Díselo al rector ––dijeron todos.

Estaban por allí, escuchando, algunos alumnos de segundo de gramática, y dijeron:

––El Senado y el pueblo romano declaran que Dédalús ha sido injustamente castigado.

Estaba muy mal: era injusto y cruel. Sentado en el refectorio estuvo rumiando, una vez y otra, el recuerdo

de su afrenta, hasta que se puso a pensar si realmente no habría algo en su cara que le hiciera parecer

trapisondista. Hubiera deseado tener allí un espejito para verse. Pero no lo tenía. Y era una injusticia y una

crueldad.

No pudo comer los fritos negruzcos de pescado que tenían los miércoles de Cuaresma; además una de las

patatas tenía la señal del azadón. Sí, haría lo que le habían dicho los chicos. Subiría y le diría al rector que

le habían castigado injustamente. Una cosa así había sido hecha antes en la historia por alguien, por un gran

personaje cuya cabeza estaba representada en los libros de historia. Y el rector declararía que le habían

castigado injustamente, porque el Senado y el pueblo romano, cuando alguien iba en queja, declaraban

siempre que el castigo había sido injusto. Aquéllos habían sido los grandes hombres, cuyos nombres

estaban en el Libro de Preguntas, de Richmal Magnall. Toda la historia no hacía sino tratar de estos

hombres y de lo que habían hecho, y esto era también lo que contenían las Narraciones Griegas y Romanas

de Peter Parley. Peter Parley en persona estaba representado en la primera página. Estaba allí pintado un

camino a través de una llanura con hierba y con pequeños arbustos a un lado, y Peter Parley tenía un

sombrero ancho como el de un pastor protestante y un bastón muy grueso e iba caminando a buen paso por

el camino de Grecia y de Roma.

Era muy fácil lo que tenía que hacer. Todo lo que tenía que hacer era, cuando se acabara la cena, al salir

del comedor, no tirar por el tránsito adelante, sino subir por la escalera de la derecha que conducía al

castillo. Lo único que tenía que hacer era torcer a la derecha, subir aprisa las escaleras y en medio minuto

se pondría en aquel corredor bajo de techo, estrecho y oscuro, que conducía a través del castillo a la

habitación del rector. Y todos los chicos habían afirmado que era una injusticia, hasta el de segundo de

gramática que había dicho aquello del Senado y del pueblo romano.

¿Qué ocurriría?

Oyó levantarse a los de la primera y sintió sus pasos al marchar a lo largo de la esterilla: Paddy Rath,

Jimmy Magee, el español y el portugués. Y el que seguía el quinto era aquel gordo de Corrigan que iba a

ser azotado por míster Gleeson. Por causa de aquél le había llamado trapisondista y le había azotado sin

motivo el prefecto de estudios. Y esforzando sus ojos débiles y cansados de llorar, observó al pasar la fila

las anchas espaldas de Corrigan y su hundida cabezota. Pero aquél había hecho algo y además míster

Gleeson no le azotaría muy fuerte. Y se acordaba de lo grande que parecía Corrigan en el baño. Tenía la

piel del mismo color que el agua rojiza y fangosa de la parte poco profunda de la piscina y al andar por la

orilla sus pies chapoteaban sonoramente en las baldosas húmedas y los muslos le retemblaban un poquito

de gordo que estaba.

El refectorio estaba medio vacío y los alumnos seguían pasando en fila. Podría subir por la escalera

porque nunca había ningún padre ni ningún prefecto en la parte de afuera del refectorio. Pero no iría. El

rector daría la razón al prefecto de estudios y pensaría que se trataba de una artimaña de estudiante, y luego

el prefecto de estudios entraría todos los días lo mismo; sólo que sería mucho peor porque se debía de

poner horriblemente enfadado de que un alumno fuera a quejarse de él al rector. Los otros le habían dicho

que fuera, pero no habían ido ellos. Y ya se habían olvidado. No: lo mejor era olvidarlo todo, que quizás el

prefecto habría dicho que iba a volver sólo por decir. No: lo mejor era ponerse a un lado. Cuando uno es

pequeño, lo mejor es escapar inadvertido.

Los de su mesa se levantaron también. Él se levantó y salió en fila con los demás. Había que decidirse. Él

estaba llegando a la puerta. Si seguía adelante con los chicos ya no podría subir a ver al rector porque no

podría salir del campo de juego para eso. Y si iba y le seguían dando de palmetazos lo mismo, todos los

chicos harían burla de él y andarían diciendo cosas del peque de Dédalus, que había ido al rector a quejarse

del prefecto de estudios.

¿Por qué no se habría acordado del nombre cuando se lo dijo la primera vez? ¿Era que no estaba

escuchando cuando lo dijo o que quería hacer burla del nombre? Los grandes hombres de la historia habían

tenido nombres como aquél y nadie se había burlado de ellos. Si quería burlarse de algo se debía haber

burlado de su propio nombre. Dolan: parecía el nombre de una lavandera.

Había llegado a la puerta y, torciendo rápidamente a la derecha, trepó escaleras arriba, y, antes de que

pudiera ni pensar en volverse atrás, había entrado ya en el corredor bajo de techo, estrecho y oscuro que

conducía al castillo. Y al trasponer el umbral de la puerta del tránsito, vio, sin volver la cabeza, que todos

los chicos le estaban mirando según iban pasando en fila.

Siguió por el corredor estrecho y oscuro, pasando por delante de unas puertecitas que eran las puertas de

los cuartos de la comunidad. Escudriñó en la oscuridad delante de sí y a su derecha y a su izquierda, y

pensó que aquéllos debían de ser retratos. Estaba el pasillo silencioso y oscuro. Sus ojos eran débiles y

estaban cansados de llorar, así que no podía ver. Pero pensó que eran los retratos de los santos y grandes

hombres de la Orden Ignacio de Loyola, con un libro abierto y señalando hacia el lema escrito en él: Ad

Majorem Dei Gloriam; San Francisco Javier, señalándose el pecho; Lorenzo Ricci, con un bonete en la

cabeza como los de los prefectos de las divisiones; los tres patronos de la santa juventud: San Estanislao de

Kostka, San Luis Gonzaga y el beato Juan Berchmans, todos con caras juveniles porque se habían muerto

siendo muy jóvenes; y el Padre Peter Kenny envuelto en un manteo muy grande.

Salió al rellano sobre el vestíbulo de entrada y miró en torno de sí. Por allí era por donde había pasado

Hamilton Rowan y donde estaban las huellas de las balas de los soldados. Y era allí donde los viejos

criados habían visto el espíritu envuelto en un manto blanco de mariscal.

Un criado viejo estaba barriendo al extremo del rellano. Le preguntó dónde estaba el cuarto del rector y

el criado se lo señaló al fondo y se le quedó mirando al marcharse y mientras llamaba a la puerta.

No contestaban. Volvió a llamar más fuerte y le palpitó el corazón al oír una voz apagada que decía:

––¡Adelante!

Dio la vuelta al tirador, abrió la puerta y estuvo palpando para encontrar el tirador de la segunda puerta

de bayeta verde. Lo encontró, abrió y entró dentro.

Vio al rector que estaba sentado a una mesa escribiendo. Había una calavera sobre la mesa y un olor

solemne y extraño en la habitación como a cuero viejo de sillones.

El corazón le latía apresuradamente a causa de la solemnidad del sitio en que se encontraba y del silencio

de la estancia. Y contemplaba la calavera y la cara amable del rector.

––Bueno ––dijo el rector––. ¿Qué es lo que te trae a ti, mocito?

Stephen se tragó una cosa que se le había puesto en la garganta y dij o:

––Se me han roto las gafas, señor.

El rector abrió la boca y comentó:

––¡Caramba!

Después se sonrió y dijo:

––Bueno, si se nos han roto las gafas hay que escribir a casa para que nos manden otras.

––He escrito a casa, señor, y el Padre Arnall me dijo que no estudiara hasta que vinieran.

––¡Perfectamente!, ––dijo el rector.

Stephen se volvió a tragar la cosa otra vez y trató de impedir que le temblasen las piernas y la voz.

––Pero, señor...

––¿Qué es ello?

––El Padre Dolan ha entrado hoy en clase y me ha dado de palmetazos porque no estaba escribiendo mi

ejercicio.

El rector le miró en silencio mientras él sentía que la sangre le subía al rostro y que en los ojos estaban a

punto de reventar las lágrimas.

El rector dijo:

––Tu nombre es Dédalus, ¿no es eso?

––Sí, señor.

––Y ¿dónde se te rompieron las gafas?

––En la pista, señor. Me tiró un chico que salía del depósito de las bicicletas y se me rompieron. No sé el

nombre del chico. El rector le volvió a mirar en silencio. Después se sonrió y dijo:

––Bueno, todo ha sido una equivocación. Estoy seguro de que el Padre Dolan no lo sabía.

––Sí; le dije que se me habían roto, y sin embargo, me pegó con la palmeta.

––¿Le dijiste que habías escrito a casa para que te mandaran otras? ––preguntó el rector.

––No, señor.

––Bueno, ¿ves? ––dijo el rector––, el Padre Dolan no comprendió bien. Di que yo te he excusado de dar

lección por algunos días.

Stephen dijo prestamente, de miedo que su temblor se lo impidiera.

––Sí, señor; pero el Padre Dolan ha dicho que volverá a entrar mañana para pegarme otra vez.

––Muy bien ––dijo el rector––, es una equivocación y yo mismo hablaré con el Padre Dolan. ¿Estás

contento ahora?

Stephen sintió que las lágrimas le humedecían los ojos y murmuró:

––Sí, señor, sí, gracias.

El rector extendió la mano por encima del lado de la mesa donde estaba la calavera y Stephen, al colocar

en ella por un momento la suya, sintió una palma húmeda y fría.

––Y ahora, buenas tardes ––dijo el rector, retirando la mano y diciéndole adiós con la cabeza.

––Buenas tardes, señor ––dijo Stephen.

Hizo una inclinación y salió suavemente del cuarto cerrando cuidadosamente y sin ruido las puertas.

Pero cuando hubo pasado el criado que estaba en el rellano y se vio de nuevo en el corredor estrecho y

oscuro, comenzó a andar de prisa, cada vez más de prisa. Se precipitó a través de la oscuridad, cada vez

más aprisa y en un estado de excitación. Empujó con el codo la puerta del fondo, voló escaleras abajo y

echó a correr por los dos tránsitos hasta salir al aire libre.

Se oían los gritos de los chicos en los campos de juego. Rompió en una carrera cada vez más acelarada,

cruzó la pista y llegó jadeando al campo de la tercera división.

Los chicos le habían visto correr. Se estrecharon alrededor de él formando un corro, empujándose los

unos a los otros para escuchar.

––¡Cuéntanos, cuéntanos!

––¿Qué te ha dicho?

––¿Entraste?

––¿Qué te ha dicho?

––¡Cuéntanos, cuéntanos!

Les contó lo que había dicho y lo que le había contestado el rector, y cuando hubo terminado, todos los

chicos arrojaron las gorras dando vueltas por el aire y gritaron:

––¡Hurra!

Recogieron las gorras y las volvieron a arrojar girando a lo alto, y gritaron de nuevo:

––¡Hurra! ¡Hurra!

Después juntaron las manos entre todos y levantándole en vilo le pasearon en triunfo hasta que se debatió

para que le dejaran. Y cuando se desasió de ellos, echaron a correr en todas direcciones, arrojando las

gorras a lo alto, dando silbidos mientras giraban por el aire y gritando:

––¡Hurra!

Y aún dieron tres fueras a Dolan el Cabezacalva y tres vivas a Conmee, diciendo que era el mejor rector

que había habido nunca en Clongowes.

Los vivas se dispararon en el aire suave y gris. Estaba solo. Estaba libre; se sentía feliz. Pero no se había

de mostrar ensoberbecido con el Padre Dolan. Se portaría bien y sería obediente. Y deseaba que se le

ofreciera una ocasión de poder hacerle alguna atención para demostrar que no estaba ensoberbecido.

El aire era suave y tibio y gris. Anochecía. Se sentía en el aire el aroma de la noche, el olor de aquellos

campos donde los chicos arrancaban nabos para pelarlos y comérselos cuando iban de paseo hacia la casa

del Mayor Barton, el olor que se sentía en el bosquecillo detrás del pabellón donde cogían las agallas.

Los alumnos se ejercitaban sacando desde lejos, lanzando la pelota lentamente o haciendo que tomara

efecto. En el ambiente suave y gris resonaba el choque de las pelotas. Y de aquí, de allá, a través de la

serena atmósfera venía el ruido de las palas de cricket: pic, pac, poc, puc, como lentas gotas de agua al caer

sobre el tazón repleto de una fuente.

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