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Los talibas. - La persecución. - Un país devastado. - Viento moderado. - El Victoria baja. - Las últimas provisiones. - Los saltos del Victoria. - Defensa a tiros. El viento refresca. - El río Senegal. - Las cataratas de Gouina. - El aire caliente. - Travesía del río

-Si ayer por la noche no hubiésemos tomado la precaución de aligerar peso -dijo el doctor-, a estas horas estaríamos irremisiblemente perdidos.

-Por eso es bueno hacer las cosas a tiempo -repuso Joe-. Gracias a eso nos hemos salvado, y es muy natural.

-No estamos fuera de peligro -replicó Fergusson.

-¿Qué temes? -preguntó Dick-. El Victoria no puede descender sin tu permiso, y aun cuando descendiera...

-¡Como descendiese ... ! ¡Mira, Dick!

Los viajeros acababan de trasponer el lindero del bosque, y vieron a unos treinta jinetes vestidos con pantalón ancho y albornoz ondeante. Unos armados con lanzas y otros con espingardas, seguían al trote, a lomos de sus caballos vivos y ardientes, la dirección del Victoria, que avanzaba a una velocidad moderada.

Al ver a los viajeros prorrumpieron en gritos salvajes, blandiendo sus armas. La cólera y la amenaza se leían en sus semblantes morenos, cuya ferocidad acentuaba una barba escasa pero erizada. Atravesaban con facilidad las mesetas bajas y las suaves colinas que descienden al Senegal.

-¡Son ellos! -dijo el doctor-. ¡Los crueles talibas, los feroces morabitos de Al-Hadjí!

Preferiría hallarme en el bosque rodeado de fieras, que caer en manos de tan inmundos bandidos.

-Su aspecto no es tranquilizador -dijo Kennedy~. ¡Y se les ve muy fornidos!

-Afortunadamente -dijo Joe-, son bestias de una especie que no vuela; al menos es un consuelo.

-¡Mirad esas aldeas en ruinas y esas chozas reducidas a cenizas! -dijo Fergusson-. Es obra de ellos; la aridez y la devastación marcan las huellas de su paso.

-Pero no pueden alcanzarnos -replicó Kennedy-. Si logramos poner el río entre ellos y nosotros, estaremos completamente seguros.

-Dices bien, Dick; pero para eso es preciso no caer -respondió el doctor, mirando el barómetro.

-Por si acaso, Joe -repuso Kennedy-, no estaría de mas preparar las armas.

-Eso no puede perjudicarnos, señor Dick; ha sido una suerte no haberlas sembrado por el camino.

-¡Mi carabina! --exclamó el cazador-. Espero no separarme nunca de ella.

Y Kennedy la cargó con el mayor cuidado. Le quedaba aún pólvora y balas suficientes.

-¿A qué altura nos mantenemos? -preguntó el cazador.

-A unos setecientos cincuenta pies. Pero ya no tenemos la posibilidad de buscar corrientes favorables subiendo o bajando; nos hallamos a merced del globo.

-Lo cual es un grave inconveniente -repuso Kennedy-. El viento es bastante flojo; si hubiéramos encontrado un huracán como el de otros días, ya habriamos perdido de vista a esos infames bandidos.

-Esos malditos -dijo Joe- nos siguen sin ninguna dificultad, al trote. ¡Un auténtico paseo!

-Si los tuviésemos a tiro -dijo el cazador-, me divertiría derribándolos a todos uno tras otro.

-¡Buena la haríamos! -respondió Fergusson-. Si los tuviesemos a tiro, ellos también nos tendrían a tiro a nosotros, y nuestro Victoria ofrecería un blanco fácil a las balas de sus largas espingardas. Hazte cargo de lo que sería de nosotros si agujereasen el globo.

La persecución de los talibas continuó toda la mañana. Hacia las once, los viajeros apenas habían recorrido quince millas hacia el oeste.

El doctor examinaba en el horizonte hasta las más pequeñas nubecillas. Temía una variación atmosférica. Si el viento arrastraba el globo hacia el Níger, ¿qué sería de ellos?

Notaba, además, que el globo tendía a bajar sensiblemente. Desde su partida había perdido ya más de trescientos pies, y el Senegal debía de estar aún a unas doce millas; a la velocidad actual todavía les faltaban tres horas de viaje.

En aquel momento, nuevos gritos llamaron su atención. Los talibas se agitaban, precipitando el galope de sus caballos.

El doctor consultó el barómetro y comprendió la causa de aquella algarabía.

-Bajamos -dijo Kennedy.

-Sí -respondió Fergusson.

« ¡Malo! », pensó Joe.

Pasado un cuarto de hora, la barquilla se hallaba a menos de ciento cincuenta pies del suelo, pero el viento era más fuerte.

Los talibas, sin detenerse, hicieron una descarga.

-¡Estáis demasiado lejos, imbéciles! -exclamó Joe-. Bueno será tenerlos a raya.

Y, apuntando a uno de los jinetes que iban delante, hizo fuego. El taliba dio una voltereta; sus compañeros se detuvieron y el Victoria les sacó ventaja.

-Son prudentes -dijo Kennedy.

-Porque creen estar seguros de cogernos -respondió el doctor-. Y nos cogerán si seguimos bajando. Es absolutamente indispensable que nos elevemos.

-¿Qué vamos a echar? -preguntó Joe.

-Todo el pemmican que queda. Serán treinta libras menos de peso.

-¡Pues allá va! -dijo Joe, obedeciendo las órdenes de su señor.

La barquilla, que casi llegaba al suelo, subió entre el griterío de los talibas; pero, media hora después, el Victoria volvía a bajar rápidamente.

El gas se escapaba por los poros de sus paredes.

La barquilla rozó el suelo y los negros de Al-Hadjí se precipitaron hacia ella; pero, como sucede en semejantes circunstancias, apenas el globo tocó el suelo, dio un salto y fue a caer una milla más adelante.

-¡No escaparemos! -dijo Kennedy con rabia.

-Joe, echa nuestra reserva de aguardiente -ordenó el doctor-, nuestros instrumentos, todo lo que pese, por poco que sea, y también el ancla.

Joe arrancó los barómetros y los termómetros; pero todo eso suponia muy poco, y el globo, que subió momentáneamente, no tardó en volver a tocar el suelo Los talibas corrían tras ellos y no estaban ya más que a doscientos pasos.

-¡Echa las dos escopetas! -exclamó el doctor.

-No será sin haberlas descargado -respondió el cazador.

Y cuatro disparos sucesivos hicieron morder el suelo a cuatro talibas, que cayeron entre los frenéticos gritos de la horda.

El Victoria se levantó de nuevo, dando saltos enormes, como una inmensa pelota que bota en el suelo.

¡Extraño espectáculo el que ofrecían aquellos desdichados intentando huir a pasos de gigante, y que, a semejanza de Anteo, parecia que recobraban fuerzas al llegar a tierra!

Pero aquella situación no podía prolongarse incesantemente. Era casi mediodía. El Victoria se agotaba, se vaciaba, se alargaba; su envoltura se tornaba fofa y ondulante; los pliegues del tafetán rechinaban al rozar unos con otros.

-¡El Cielo nos abandona! -dijo Kennedy-. ¡Vamos a caer!

Joe no respondió, no hacía más que mirar a su señor.

-¡No! -dijo éste-. Aún podemos desprendernos de más de ciento cincuenta libras.

-¿Dónde están? -preguntó Kennedy, pensando que el doctor se había vuelto loco.

-¡La barquilla! -respondió éste-. Colguémonos de la red. Las mallas nos sostendrán y llegaremos al río. ¡Pronto! ¡Pronto!

Y aquellos hombres audaces no vacilaron en intentar semejante medio de salvación. Se colgaron de las mallas de la red, tal como había indicado el doctor, y Joe, sosteniéndose con una mano, cortó con la otra las cuerdas de la barquilla, la cual cayó en el momento preciso en que el aeróstato iba a desplomarse definitivamente.

-¡Hurra! ¡Hurra! -exclamó, mientras el globo, sin lastre alguno, ascendía a trescientos pies de altura.

Los talibas espoleaban a sus caballos, que barrían el suelo con los cascos; pero el Victoria, encontrando un viento más activo, les tomó la delantera y avanzó rápidamente hacia una colina que cerraba el horizonte al oeste. Fue una circunstancia favorable para los viajeros, porque pudieron pasar al otro lado de la colina, mientras que la horda de Al-Hadjí se vio obligada a dar un rodeo por el norte para salvar el obstáculo.

Los tres compañeros se sostenían agarrados de la red, que habían podido atar por debajo, de suerte que formaba una especie de bolsa flotante.

De repente, después de haber pasado la colina, el doctor exclamó:

-¡El río! ¡El río! ¡El Senegal!

En efecto, a una distancia de dos millas fluía una extensa corriente de agua. La orilla opuesta, baja y fértil, ofrecía una retirada segura y un lugar favorable para el descenso.

-Un cuarto de hora más -dijo Fergusson-, y a salvo.

Pero, desgraciadamente, el globo vacío caía poco a poco sobre un terreno casi enteramente desprovisto de vegetación, compuesto de largas pendientes y llanuras pedregosas, donde no se velan mas que algunos matorrales y una hierba espesa que el ardor del sol había secado.

El Victoria tocó varias veces el suelo y volvió a elevarse; pero sus saltos disminuían en extensión y altura, y en el último se quedó enganchado por la parte superior de la red a las altas ramas de un baobab aislado, único árbol en medio de aquel terreno desierto.

-¡Todo ha concluido! -exclamó el cazador.

-Y a cien pasos del río -dijo Joe.

Los tres desdichados saltaron a tierra y el doctor condujo a sus dos compañeros hacia el Senegal.

En aquel lugar, el río producía un barboteo continuado; al llegar a la orilla Fergusson reconoció las cataratas de Goulna. No había ni una barca, ni un ser animado a la vista. El Senegal, que tenía allí dos mil pies de ancho, se precipitaba con atronador ruido desde una altura de ciento cincuenta de este a oeste, y la línea de peñascos que se oponía a su curso se extendía de norte a sur. En medio de la cascada había rocas de extrañas formas, como inmensos animales antediluvianos petrificados entre las aguas.

La imposibilidad de atravesar aquel abismo era evidente. Kennedy no pudo reprimir un gesto de desesperación.

Pero el doctor Fergusson, en un tono de enérgica audacia, exclamó:

-¡Todavía nos queda un medio!

-Ya lo sabía yo -dijo Joe, con esa confianza en su señor que no le abandonaba jamás.

La hierba seca le había inspirado al doctor una idea atrevida. Era el único recurso.

Volvió rápidamente con sus compañeros al punto donde se había quedado la envoltura del aeróstato.

-Les llevamos al menos una hora de delantera a los bandidos -dijo-. No perdamos tiempo, compañeros; recoged hierba seca, mucha hierba seca; necesito por lo menos cien libras.

-¿Para qué? -preguntó Kennedy.

-Como no tenemos gas, cruzaremos el río utilizando aire caliente.

-¡Ah, mi querido Samuel! -exclamó Kennedy-. ¡Eres verdaderamente un gran hombre!

Joe y Kennedy pusieron manos a la obra y en un momento reunieron una enorme pila de hierba junto al baobab.

Entretanto, el doctor había agrandado el orificio del aeróstato cortando su parte inferior, tras haber hecho salir por la válvula el poco hidrógeno que aún pudiera contener; despues amontono cierta cantidad de hierba seca bajo la envoltura y le prendió fuego.

No hace falta mucho tiempo para hinchar un globo con aire caliente. Una temperatura de 1800, es suficiente para disminuir a la mitad, enrareciéndolo, el peso del aire que contiene, de manera que el Victoria empezó a recobrar sensiblemente su forma redondeada. La hierba abundaba; el doctor activaba el fuego y el volumen del aeróstato aumentaba visiblemente.

Era entonces la una menos cuarto.

En aquel momento unas dos millas al norte, apareció la partida de talibas. Oíanse sus gritos y el ruido de los cascos de los caballos corriendo a todo galope.

-Dentro de veinte minutos estarán aquí -dijo Kennedy.

-¡Hierba! ¡Hierba, Joe! ¡Dentro de diez minutos estaremos en el aire!

~Aquí tiene, señor.

El Victoria estaba hinchado en sus dos terceras partes.

-Amigos míos, agarrémonos a la red, como hemos hecho antes.

-Ya está -respondió el cazador.

Diez minutos después, unas sacudidas indicaron la tendencia del globo a elevarse. Los talibas se acercaban; estaban apenas a quinientos pasos.

-Agarraos bien -exclamó Fergusson.

-¡No tema, señor, no!

Y el doctor, con el pie añadió más hierba a la hoguera.

El globo, totalmente dilatado por el aumento de temperatura, se elevó rozando las ramas del baobab.

-¡En marcha! -exclamó Joe.

Una descarga de mosquetes le respondió, y una de las balas le hizo un rasguño en un hombro; pero Kennedy, inclinándose, descargó su carabina y derribó a otro enemigo.

Gritos de rabia imposibles de reproducir acompañaron la ascensión del globo, que subió cerca de ochocientos pies. Se apoderó de él un viento fuerte que le hizo oscilar de manera alarmante, mientras el intrépido doctor y sus dignos compañeros contemplaban bajo sus pies el abismo de las cataratas.

Diez minutos después, sin haber hablado una palabra, los intrépidos viajeros descendian poco a poco al tiempo que se acercaban a la otra orilla.

Allí, sorprendido, maravillado, atónito, había un grupo de unos diez hombres con uniforme francés. júzguese cuál sería su asombro al ver elevarse aquel globo en la margen derecha del río. Casi creyeron en un fenómeno celeste. Pero sus jefes, que eran un teniente de Marina y un alférez de navío, conocían por los periódicos de Europa la audaz tentativa del doctor Fergusson y al momento comprendieron el suceso.

El globo, deshinchándose poco a poco, descendía con los atrevidos aeronautas colgados de su red; pero era muy dudoso que pudiese llegar a tierra, por lo que los franceses se echaron al río y recibieron en sus brazos a los tres ingleses en el momento de bajar el Victoria a algunas toesas de la orilla izquierda del Senegal.

-¡El doctor Fergusson! -dijo el teniente.

-El mismo -respondió tranquilamente el doctor-, y sus dos amigos.

Los franceses llevaron a los viajeros a la orilla del río, mientras que el globo, medio deshinchado y arrastrado por una corriente rápida, fue a sepultarse como una inmensa burbuja, con las aguas del Senegal, en las cataratas de Gouina.

-¡Pobre Victoria! -exclamó Joe.

El doctor no pudo reprimir una lágrima; abrió los brazos, y sus dos amigos se precipitaron hacia él profundamente conmovidos.