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El bosque de gomeros. - El antílope azul - La señal de reunión. - Un asalto inesperado. - El Kanyemé. - Una noche en el aire. - El Mabunguru. -Jihoue-la-Mkoa. - Provisión de agua. - Llegada a Kazeb

El país, árido, seco, formado de una tierra arcillosa que el calor agrietaba, parecía desierto. De vez en cuando se encontraban algunos vestigios de caravanas, osamentas blanquecinas de hombres y animales, medio roídas y mezcladas con el polvo.

Dick y Joe, después de una media hora de marcha, se internaron en un bosque de gomeros, al acecho y con el dedo en el gatillo de la escopeta. No sabían con quién tendrían que habérselas. Joe, sin ser un tirador de primera, manejaba bien un arma de fuego.

-Caminar sienta bien, señor Dick, aunque el terreno que pisamos no es muy cómodo -dijo Joe, tropezando con los fragmentos de cuarzo de que estaba sembrado el suelo.

Kennedy indicó con un gesto a su compañero que callase y se detuviese. Faltaban perros, y la agilidad de Joe, por mucha que fuese, no equivalía al olfato de un pachón o de un podenco.

En el lecho de un torrente, en el que quedaban algunas aguas estancadas, saciaba su sed un grupo de unos diez antílopes. Aquellos graciosos animales, olfateando un peligro, parecían inquietos; entre sorbo y sorbo de agua, levantaban la cabeza con azoramiento, husmeando con sus hocicos las emanaciones de los cazadores.

Kennedy rodeó unos matorrales, en tanto que Joe permanecía inmóvil. Llegó a tiro de los antílopes y disparó su escopeta. El grupo desapareció rápidamente, quedando sólo un antílope macho que cayó como herido por un rayo. Kennedy se precipitó sobre su víctima.

Era un magnífico ejemplar de un azul claro, casi ceniciento, con el vientre y la parte anterior de las patas de una blancura deslumbradora.

-¡Buen tiro! -exclamó el cazador-. Es una especie de antilope muy rara, y espero poder preparar su piel para conservarla.

-¿Qué dice, señor Dick?

-Lo que oyes. ¡Mira qué pelaje tan espléndido!

-Pero el doctor Fergusson no admitirá un exceso de peso.

-¡Tienes razón, Joe! Triste cosa es, sin embargo, no aprovechar nada de una pieza tan magnífica.

-¿Nada? No, señor Dick; vamos a sacar del animal todas las ventajas nutritivas que posee, y, con su permiso, lo haré ahora mismo pedazos tan bien como pudiera hacerlo el síndico de la ilustre corporación de carniceros de Londres.

-Pues ya puedes empezar, camarada; aunque debes saber que, a fuer de cazador, me desenvuelvo tan bien desollando una res como matándola.

-Estoy seguro de ello, señor Dick, como lo estoy también de que, en menos que canta un gallo, con tres piedras armará una parrilla. Leña seca no falta, y sólo le pido unos minutos para utilizar sus ascuas.

-La operación no es muy larga -replicó Kennedy.

Y procedió de inmediato a la construcción de la parrilla, de la que unos instantes después salían numerosas llamas.

Joe sacó del cuerpo del antilope una docena de chuletas y trozos de lomo, que se convirtieron muy pronto en un asado delicioso.

-El amigo Samuel -dijo el cazador- se va a chupar los dedos de gusto.

-¿Sabe lo que estoy pensando, señor Dick?

-¿En qué has de pensar más que en lo que estás haciendo?

-Pues, no, señor. Pienso en la cara que pondríamos si no encontráramos el globo.

-¡Vaya una ocurrencia! ¿Había el doctor de abandonarnos?

-Pero ¿y si se desenganchara el ancla?

-Imposible. Y aunque se desenganchara, ya sabría Samuel bajar con su globo.

-Pero ¿y si el viento se lo llevase?

-Mala cosa sería; pero, no hagas semejantes suposiciones que nada tienen de agradable.

-No hay nada imposible en este mundo, señor, y es por tanto preciso preverlo todo...

En aquel mismo momento se oyó un tiro.

-¡Oh! -gritó Joe.

-¡Mi carabina! Conozco su detonación.

-¡Una señal!

-¡Un peligro nos amenaza!

-¡A él tal vez! -replicó Joe.

-¡En marcha!

Los cazadores recogieron en un momento la carne que habían asado y empezaron a desandar el camino, guiándose por las ramas que Kennedy había esparcido con esa intención. La espesura de la arboleda les impedía ver el Victoria, del cual no podían estar lejos.

Se oyó un segundo disparo.

-La cosa apremia -dijo Joe.

-¡Otro tiro!

-Eso tiene trazas de una defensa personal.

-¡Corramos!

Y echaron a correr con todo el vigor de sus piernas. Al salir del bosque vieron el Victoria, con el doctor en la barquilla.

-¿Qué pasa, pues? -preguntó Kennedy.

-¡Dios del cielo! -exclamó Joe.

-¿Qué ves?

-¡Mire! ¡Una caterva de negros asaltan el globo!

En efecto, a dos millas de donde ellos estaban, unos treinta individuos se agolpaban, gesticulando, gritando y brincando, al pie del sicomoro. Algunos, encaramándose por el árbol, subían hasta las ramas más altas. El peligro parecia inminente.

-¡Mi señor está perdido! -exclamó Joe.

-¡Calma, Joe, y apunta bien! En nuestras manos tenemos la vida de cuatro de esos monigotes. ¡Adelante!

Habían avanzado una milla con suma rapidez, cuando partió de la barquilla otro tiro que derribó a uno de aquellos demonios que se encaramaba por la cuerda del ancla. Un cuerpo sin vida cayó de rama en rama y quedó colgado a veinte pies del suelo, con las piernas y los brazos extendidos.

-¿Por dónde diablos se sostiene ese bárbaro? -exclamó Joe.

-¿Qué nos importa? -respondió Kennedy-. ¡Corramos! ¡Corramos!

-¡Ah, señor Kennedy! -exclamó Joe, sin poder contener la risa-. ¡Por el rabo! ¡Es un mono! ¡Un asalto de monos!

-Mejor, más vale que sean monos que hombres -replicó Kennedy, precipitándose hacia el grupo vociferante.

Era una manada de cinocéfalos bastante temibles, feroces y brutales, con un hocico de perro que les daba un aspecto repugnante. Sin embargo, unos cuantos tiros bastaron para obligarles a abandonar el campo de batalla, donde dejaron no pocos cadáveres.

Kennedy se encaramó por la escala. Joe subió al sicomoro, desenganchó el ancla y subió a la barquilla sin dificultad. Algunos minutos después, el Victoria volvió a remontarse y se dirigía hacia el este a impulsos de un viento moderado.

-¡Vaya un asalto! -exclamó Joe.

-Creíamos que estabas rodeado de indígenas.

-Afortunadamente, no eran más que monos -respondió el doctor.

~De lejos, la diferencia no es grande, amigo Samuel.

-Ni de cerca tampoco -replicó Joe.

-De cualquier modo -repuso Fergusson-, este ataque de monos podía haber tenido funestas consecuencias. Si, con sus repetidos tirones llegan a desenganchar el ancla, no sé adónde me hubiera llevado el viento.

-¿No se lo decía yo, señor Kennedy?

-Tenías razón, Joe; pero, aun teniéndola, en aquel momento estabas asando unas chuletas de antilope cuya visión me abría el apetito.

-Lo creo -respondió el doctor-. La carne de antílope es exquisita.

-Ahora la probaremos señor; la mesa está puesta.

-En verdad -dijo el cazador- que estas lonchas de venado echan un humillo montaraz nada desdeñable.

-¡Ya lo creo! -respondió Joe con la boca llena-. Yo me comprometería a no comer mas que antílope todos los días de mi vida, con tal que no me faltase un buen vaso de grog para digerirlo más fácilmente.

Joe preparó la codiciada pócima y los tres la paladearon con recogimiento.

-La cosa marcha -dijo.

-A pedir de boca -respondió Kennedy.

-¿Qué tal, señor Dick? ¿Siente habernos acompañado?

-¿Quién hubiera sido capaz de impedírmelo? -respondió el cazador resueltamente.

Eran las cuatro de la tarde. El Victoria encontró una corriente más rápida. El terreno se elevaba insensiblemente, y muy pronto la columna barométrica indicó una altura de mil quinientos pies sobre el nivel del mar. El doctor se vio entonces obligado a sostener el aeróstato mediante una dilatación de gas bastante fuerte, y el soplete funcionaba incesantemente.

Hacia las siete, el Victoria planeaba sobre la cuenca de Kanyemé. El doctor reconoció al momento aquel vasto desmonte de seis millas de extensión, con sus aldeas ocultas entre baobabs y güiras. Allí se encuentra la residencia de uno de los sultanes del país de Ugogo, donde la civilización está menos atrasada y se comercia rara vez con carne humana; sin embargo, hombres y animales viven juntos en chozas redondas sin armazón de madera, que parecen haces de heno.

Después de Kanyemé, el terreno se vuelve árido y pedregoso; pero a una hora de distancia, cerca de Mdaburu, hay un valle fértil donde la vegetación recobra todo su vigor. El viento cesó al anochecer, y la atmósfera pareció dormirse. El doctor buscó en vano una corriente a diferentes alturas; al constatar la calma de la naturaleza, resolvió pasar la noche en el aire y, para mayor seguridad, se elevó unos mil pies. El Victoria permanecía inmóvil, y la noche, magníficamente estrellada, cayó en silencio.

Dick y Joe se tumbaron en su apacible cama y se sumieron en un profundo sueño durante la guardia del doctor, que fue reemplazado por el escocés a medianoche.

-Si se produce cualquier incidente -le dijo a Dick-, despiértame y, sobre todo, no pierdas de vista el barómetro. El barómetro es nuestra brújula.

La noche fue fría; llegó a haber 270 de diferencia con la temperatura del día. Con las tinieblas había empezado el concierto nocturno de los animales, a quienes la sed y el hambre obligaban a abandonar sus guaridas. Se oyo la voz de soprano de las ranas, acompañada de los aullidos de los chacales, mientras que los imponentes graves de los leones sostenían los acordes de aquella orquesta viviente.

Por la mañana, al volver a su puesto, el doctor Fergusson consultó la brújula, y observó que durante la noche había variado la dirección del viento. Hacía cosa de dos horas que el Victoría derivaba unas treinta millas hacia el noreste. Pasaba por encima de Mabunguru, país pedregoso, sembrado de bloques de sienita bellamente pulida y de gibosos montículos; masas cónicas, análogas a los peñascos de Karnak, erizaban el terreno cual dólmenes druídicos; numerosas osamentas de búfalos y elefantes salpicaban el suelo de blanco, y, exceptuando la parte del este, en que se levantaban profundos bosques bajo los cuales se ocultaban algunas aldeas, había pocos árboles.

Hacia las siete, una roca esférica, que tendría dos millas de extensión, apareció como inmensa concha de galápago.

-Vamos bien encaminados -dijo el doctor Fergusson-. Allí está Jihoue-la-Mkoa, donde nos detendremos un rato. Quiero renovar la provisión de agua necesaria para alimentar el soplete. Busquemos un sitio donde agarrarnos.

-Pocos árboles hay -respondió el cazador.

-Probemos. Joe, echa las anclas.

El globo, perdiendo poco a poco su fuerza ascensional, se acercó a tierra; las anclas corrieron hasta que una de ellas hincó una uña en la hendidura de una roca, y el Victoria quedó sujeto.

No se crea que el doctor, durante las paradas, pudo apagar completamente el soplete. El equilibrio del globo había sido calculado al nivel del mar, y como el terreno se elevaba sin cesar, al hallarse a una altura de seiscientos o setecientos pies, el globo habría tenido una tendencia a descender más abajo que el propio suelo; por eso era preciso sostenerlo mediante una dilatación del gas. Sólo en el caso de que, en ausencia total de viento, el doctor hubiera dejado la barquilla descansar en el suelo, el aeróstato, libre de un peso considerable, se habría mantenido en el aire sin ayuda del soplete.

Los mapas indicaban vastas cienagas en la vertiente occidental de Jihoue-la-Mkoa. Joe se dirigió allí solo con un barril que podría contener unos diez galones; encontró sin trabajo el punto indicado, no lejos de un poblado desierto, hizo su provision de agua y en menos de tres cuartos de hora estuvo ya de vuelta. No había visto nada de particular, aparte de enormes trampas para cazar elefantes; incluso estuvo a punto de caer en una de ellas, en la que yacía un esqueleto medio roído.

Trajo de su excursion una especie de nísperos que los monos comían ávidamente. El doctor reconoció el fruto del mbenbú, árbol que abunda en la parte occidental de Jihoue-la-Mkoa. Fergusson aguardaba a Joe con cierta impaciencia, porque en aquella tierra inhospitalaria una detención, por breve que fuese, le inspiraba siempre zozobra.

El agua fue embarcada sin dificultad, pues la barquilla descendió casi al nivel del suelo; Joe, tras desenganchar el ancla, subió con presteza junto a su señor. En cuanto éste reavivó la llama, el Victoria reemprendió su ruta por los aires.

Se hallaba entonces a unas cien millas de Kazeh, importante establecimiento del interior de África, donde, gracias a una corriente del sureste, podían prometerse los viajeros llegar durante aquel día. Avanzaban a una velocidad de catorce millas por hora.

La conducción del aeróstato se hizo entonces bastante difícil; no era posible elevarse a gran altura sin dilatar excesivamente el gas, porque el terreno se hallaba ya a una altura media de tres mil pies. El doctor prefería, en la medida de lo posible, no forzar su dilatación, por lo que siguió muy hábilmente las sinuosidades de una pendiente bastante empinada, y pasó casi rozando las aldeas de Thembo y de Tura-Wels. Esta última forma parte del Unyamwezy, magnífica comarca donde los árboles alcanzan las más colosales dimensiones, especialmente los cactos, que son gigantescos.

Hacia las dos, con un tiempo magnífico, bajo un sol ardiente que devoraba la menor corriente de aire, el Victoria planeaba sobre la ciudad de Kazeh, situada a trescientas cincuenta millas de la costa.

-Partimos de Zanzíbar a las nueve de la mañana -dijo el doctor Fergusson, consultando sus notas-, y en dos días de travesía hemos recorrido más de quinientas millas geográficas. ¡Los capitanes Burton y Speke invirtieron cuatro meses y medio en hacer el mismo camino!