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David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 9. Un cumpleaños memorable
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Paso en silencio todo lo sucedido en la escuela desde mi llegada hasta el día de mi cumpleaños, que era en marzo. Lo único que recuerdo de entonces es que admirábamos a Steer­forth más que nunca. Pensaba salir ya del colegio a finales del semestre o antes, y cada vez me parecía más espiritual y más independiente, y también más amable. Pero aparte de esto, no me viene a la imaginación otra cosa.

El inmenso recuerdo que ha marcado aquella época pa­rece haberlo absorbido todo para subsistir único.

¡Me cuesta trabajo creer que hubiesen transcurrido dos meses entre mi vuelta a Salem House y el día de mi cumple­años! Si lo creo es porque lo sé; de otro modo estaría con­vencido de que no había pasado apenas tiempo entre una cosa y otra.

Recuerdo perfectamente el día, con la niebla que rodeaba todo y la escarcha que cubría los árboles, y siento mis cabe­llos húmedos pegarse a mis mejillas, y veo la perspectiva de la clase, los faroles opacos alumbrando la mañana brumosa, y el humear del aliento de los niños en el ambiente frío, mientras soplan sus dedos y golpean el suelo con los pies.

Fue después del desayuno. Acabábamos de subir del re­creo cuando míster Sharp apareció y me dijo:

-David Copperfield, le están esperando en el salón.

Pensé en algún regalo de Peggotty, y se me iluminó la cara al oír esta orden. Al salir de la clase, algunos de los chi­cos me dijeron que no les olvidase para las golosinas. Y salí de mi sitio presuroso.

-No se apresure, Davy -me dijo míster Sharp-. Tiene tiempo de sobra; no corra usted, hijo mío.

Si lo hubiese pensado me habría sorprendido su tono cari­ñoso. Pero no me di cuenta hasta mucho después. Me dirigí corriendo al salón. Encontré a míster Creakle sentado ante su desayuno, con el bastón y un periódico en la mano, y a mistress Creakle con una carta abierta. Pero carta de envío no había ninguna.

-David Copperfield -me dijo mistress Creakle, lleván­dome a un sofá y sentándose a mi lado-: tengo que hablarle de algo muy personal; he de darle una noticia, hijo mío.

Míster Creakle, a quien miré, como era natural, bajó la cabeza y ahogó un suspiro con un enorme pedazo de pan un­tado de manteca.

-Eres demasiado pequeño para saber cómo cambian las cosas todos los días, Davy -me dijo mistress Creakle- y cómo aparecen y se van los seres. Pero todos tenemos que aprenderlo, hijo mío: algunos, de muy jóvenes; otros, cuando son viejos, y otros, a todas horas.

La miré gravemente.

-Cuando volviste aquí, después de las vacaciones --continuó mistress Creakle, después de un momento de si­lencio-, ¿todos los de tu casa estaban bien? -y después de otra pausa-: ¿Tu madre estaba bien?

Sin saber por qué temblé y continué mirándola grave­mente, sin fuerzas para contestar nada.

-Porque -continuó- siento mucho tenerte que decir que he recibido noticias en las que se me informa que ahora está bastante mala.

Una especie de niebla se levantó entre mistress Creakle y yo, y su figura se movió en ella un momento. Después sentí que lá­grimas ardientes corrían por mi rostro, y volví a verla bien.

-Está enferma de mucha gravedad -añadió.

Ya lo sabía todo.

-Ha muerto.

No era necesario decírmelo. Ya había lanzado un grito, y me sentía huérfano en el mundo vacío.

Mistress Creakle fue muy buena conmigo. Me retuvo a su lado todo el día y me dejaba solo algunos ratos; yo lloraba, y después me dormía de cansancio y me volvía a despertar llo­rando. Cuando ya no podía llorar empecé a meditar; pero el peso de mi pena me ahogaba y no tenía consuelo. Y eso que todavía no me daba cuenta totalmente de la desgracia. Pen­saba en nuestra casa cerrada y silenciosa. Pensaba en mi her­manito, de quien mistress Creakle me había dicho que iba debilitándose desde hacía ya tiempo y temían que también se muriese. Pensaba en el sepulcro de mi padre y en el ce­menterio, tan cerca de casa, y veía a mi madre tendida allí, debajo de los árboles, que tan bien conocía. Cuando me en­contré solo me subí en una silla y me miré al espejo, para ver cómo estaban de encarnados mis ojos y de triste mi ros­tro. Después, cuando hubieron pasado algunas horas, pen­saba si mis lágrimas se habrían terminado para siempre y ya no lloraría cuando volviera a casa, pues me llamaban para asistir al funeral. Al mismo tiempo pensaba que tenía que demostrar cierta dignidad ante mis compañeros, de acuerdo con la importancia de mi pena.

Si algún niño ha sentido una pena sincera, era yo; sin em­bargo, recuerdo que la importancia de mi desgracia me cau­saba cierta satisfacción mientras me paseaba por el patio mientras los otros niños continuaban en clase. Cuando les veía asomarse furtivamente a las ventanas, sentía una espe­cie de orgullo, y andaba más despacio y más triste, y cuando terminó la clase y se acercaron a hablarme estaba satisfecho de mí mismo por no ser orgulloso con ellos y acogerlos exactamente como antes.

Debía partir al día siguiente por la noche; pero no en la diligencia, sino en un coche llamado El Labrador», que es­taba destinado principalmente para los campesinos que ha­cían sólo pequeñas distancias. Aquella noche no contamos historias, y Traddles se empeñó en dejarme su almohada. No sé qué bien pensaría hacerme con aquello, pues yo tenía una; pero era todo lo que podia darme el pobre, excepto un papel lleno de esqueletos que me entregó al partir como consuelo de mis penas y para que contribuyera a la paz de mi espíritu.

Dejé Salem House al día siguiente por la tarde. ¡Qué poco me imaginaba que era para no volver nunca! Viajamos muy despacio por la noche y llegamos a Yarmouth a las nueve o las diez de la mañana. Miré, buscando a Barkis; pero no le encontré. En su lugar estaba un hombrecito grueso y de as­pecto jovial, vestido de negro, con unos lacitos en las rodi­llas de sus pantalones cortos, medias negras y sombrero de ala ancha. Se acercó a la ventanilla del coche y dijo:

-¿Mister Copperfield?

-Sí, señor.

-¿Quiere usted hacer el favor de venirse conmigo --dijo abriendo la portezuela- y tendré el gusto de llevarle a su casa?

Me agarré de su mano preguntándome quién sería, y lle­gamos por una calle estrecha delante de una tienda en cuya fachada se leía: «Omer, tapicero, sastre, novedades, funera­ria, etc.». Era una tienda ahogada y pequeñita, llena de toda clase de vestidos, hechos y sin hacer, con un escaparate re­pleto de sombreros y cofias. Pasamos a otra habitación que había detrás de la tienda, donde se encontraban tres mucha­chas cosiendo ropa negra, color del que estaba también cu­bierta la mesa; asimismo el suelo estaba lleno de trocitos pe­queños. Había un buen fuego en la habitación y olía mucho a crespón tostado. Yo no conocía aquel olor hasta entonces; pero ahora lo reconocería siempre.

Las tres muchachas, que parecían trabajadoras y alegres, levantaron la cabeza para mirarme y después siguieron su trabajo: cosían, cosían, cosían; al mismo tiempo, de un taller que había al otro lado del patio llegaba un martillar monó­tono: rat-tat-tat, rat-tat-tat, rat-tat-tat.

-Bien -dijo mi guía a una de las tres muchachas-. ¿Cómo va eso Minnie?

-Terminaremos a tiempo -replicó alegremente y sin le­vantar la vista-; descuide, papá.

Míster Omer se quitó el sombrero, se sentó y resopló. Es­taba tan grueso, que se vio obligado a resoplar muchas veces antes de poder decir:

-Está bien.

-Padre -dijo Minnie riéndose-, ¡está usted engor­dando como un cerdo!

-Tienes razón, querida. No comprendo el porqué ---dijo reflexionando-; pero es así.

-Es que es usted un hombre muy tranquilo --dijo Min­nie- y que toma las cosas con calma.

-¿Y para qué tomarlas de otro modo, querida? -dijo míster Omer.

-No, naturalmente -replicó su hija---. Aquí todos so­mos alegres, gracias a Dios. ¿Verdad, papá?

-Así lo creo -dijo míster Omer-. Ahora que he des­cansado voy a tomar medida a este niño. ¿Quiere hacer el favor de pasar a la tienda, míster Copperfield?

Precedí a míster Omer, quien después de enseñarme una pieza de tela, que me dijo era extrafina y demasiado buena, no siendo para luto de parientes muy cercanos, me tomó medida y lo escribió en un libro. Mientras escribía me hacía observar todos los objetos que llenaban su tienda; fijarme en ciertas mo­das que acababan de llegar y en otras que acababan de pasar.

-Estas cosas son las que nos hacen perder dinero -dijo míster Omer-; pero las modas son como los hombres, lle­gan nadie sabe por qué, cuándo ni cómo, y se marchan lo mismo; todo es igual en la vida, según mi opinión, si se mira desde un punto de vista.

Estaba demasiado triste para discutirle la cuestión; ade­más, es posible que en cualquier circunstancia hubiera estado fuera de mi alcance. Luego míster Omer me llevó al gabi­nete, respirando con dificultad en el camino, y asomándose a una escalerita llamó:

-¡Traigan el té con pan y manteca!

Al cabo de un momento, durante el cual yo había estado mirando a mi alrededor y pensando y escuchando el ruido de las agujas en la habitación y el del martillo al otro lado del patio, apareció el té, que era para mí.

-Hace mucho tiempo que le conozco -me dijo Omer, después de mirarme unos minutos, durante los cuales yo no había hecho honor al desayuno, pues los crespones negros me quitaban el apetito- Hace mucho tiempo que te co­nozco, amiguito.

-¿De verdad?

-Toda la vida, puedo decirlo; antes que a ti ya conocía a tu padre; era un hombre que medía cinco pies y nueve pul­gadas, y su tumba tiene veinticinco pies de larga. (Rat-tat­tat, rat-tat-tat, rat-tat-tat, se oía por el patio.) Su tumba tiene veinticinco pies de terreno, ni una pulgada menos -dijo míster Omer alegremente- He olvidado si fue ella o él quien lo quiso.

-¿Sabe usted cómo está mi hermanito, caballero? -pre­gunté.

Míster Omer sacudió la cabeza.

Rat-tat-tat, rat-tat-tat, rat-tat-tat.

-Está en los brazos de su madre --dijo.

-¡Oh! ¿Ha muerto el pobrecito?

-No te entristezcas más de lo debido. Sí; el niño ha muerto.

Al oír esto, todas mis heridas se abrieron. Dejé el des­ayuno, que apenas había tocado, y fui a ocultar mi cabeza encima de una mesa que había en un rincón. Minnie quitó al momento lo que había allí encima, no lo fuera a manchar con mis lágrimas. Era una muchacha buena y bonita, que me retiró el pelo de los ojos con dulzura; pero ¡estaba tan alegre de haber terminado su trabajo a tiempo y yo estaba tan triste!

El ruido del martillo cesó, y un muchacho de aspecto sim­pático atravesó el patio y entró en la habitación. Llevaba un martillo en la mano y la boca llena de clavitos, que tuvo que sacarse para poder hablar.

-Y bien, Joram, ¿cómo va eso? -dijo míster Omer.

-Muy bien. Ya está terminado --dijo Joram.

Minnie se ruborizó un poco y las otras muchachas se son­rieron una a otra.

-Entonces has trabajado mucho. Anoche, mientras yo estaba en el Club, ¡hay que ver! -dijo míster Omer gui­ñando un ojo.

-Sí -dijo Joram-; como me había prometido usted que si lo terminaba podríamos hacer esa pequeña excursión juntos Minnie y yo... con usted.

-¡Oh! Creía que ibais a olvidarme -dijo míster Omer riendo.

-Como me había prometido eso --contestó el joven ­he hecho todo lo posible. ¿Quiere venir a verlo y darme su opinión?

-Sí -dijo míster Omer levantándose-. Querido -dijo volviéndose hacia mí-, ¿te gustaría ver ..?

-No, padre -interrumpió Minnie.

-Pensaba que podía gustarle, querida -dijo míster Omer-; pero quizá tienes razón.

No puedo decir por qué; pero sabía que lo que iban a ver era el féretro de mi querida madre. Nunca había oído contar cómo se hacían, ni había visto uno; pero se me ocurrió mien­tras oía los martillazos, y cuando entró el muchacho estoy seguro de que ya sabía lo que estaba haciendo.

Cuanto terminaron el trabajo, las dos muchachas, cuyos nombres no había oído, se cepillaron y arreglaron un poco y entraron en la tienda para ponerla en orden y esperar a la parroquia. Minnie continuó allí doblando lo hecho y colo­cándolo en dos cestas. Lo hacía arrodillada, murmurando entretanto una canción ligera. Joram, que sin duda era su enamorado, entró de puntillas y le robó un beso sin preocu­parse de mi presencia. Después le dijo que su padre había ido a buscar el coche y que él iba a prepararse en un mo­mento. Se fue; ella se guardó el dedal y las tijeras en el bol­sillo, prendió cuidadosamente en su pecho una aguja enhe­brada con hilo negro y se arregló con coquetería ante un espejito que había detrás de la puerta, en el que vi reflejarse su rostro satisfecho.

Yo lo observaba todo sentado en una esquina de la mesa, con la cabeza apoyada en mis manos, y mis pensamientos versaban sobre las cosas más dispares. El coche llegó pronto, y lo primero que colocaron en él fue las dos cestas; después me metieron a mí, y ellos tres me siguieron. Re­cuerdo que era una especie de carro como los que utilizan para llevar pianos. Estaba pintado de un color oscuro y lo arrastraba un caballo negro con la cola muy larga. Había si­tio de sobra para todos nosotros.

Ahora me parece que nunca he experimentado un senti­miento más extraño en mi vida (quizá es que ya soy viejo) que el que sentía entonces observando lo contenta que estaba aquella gente después del trabajo que habían terminado. No estaba enfadado con ellos, pero me producían una especie de miedo, como si fueran seres de otra casta que no tuvieran nada en común conmigo. Estaban muy alegres. El anciano, sentado delante, conducía, y los dos jóvenes, cuando él les hablaba, se inclinaba cada uno por un lado de su alegre rostro prestándole mucha atención. También hubieran querido hablar conmigo; pero yo continuaba de espaldas en mi rincón; me molestaba su alegría y su amor, aunque no eran demasiado ruidosos, y casi me admiraba de que Dios no castigara su dureza de corazón.

Cuando se detuvieron para dar pienso al caballo, también comieron y bebieron alegremente ellos; yo no pude tocar nada de lo que me ofrecían, y cuando ya estuvimos cerca de mi casa me bajé apresuradamente del coche por detrás, para no llegar en semejante compañía ante aquellas ventanas que ahora me parecían ciegas como ojo,,, cerrados y antes luminosos.

¿Cómo podía haber dudado de que me volvieran las lágri­mas al mirar la ventana del cuarto de mi madre, y a su lado aquella otra que en mejores tiempos había sido mía?

Antes de llegar a la puerta ya estaba en brazos de Peg­gotty. Su pena estalló al verme, pero se dominó. Hablaba en un susurro, y andaba suavemente, como si temiera molestar a los muertos. No se había acostado hacía mucho tiempo, y aún seguía en vela por las noches, pues mientras estuviera su niña querida en la casa decía que no era capaz de abando­narla.

Míster Murdstone ni siquiera se percató de mi llegada cuando entré en la habitación en la que estaba sentado al lado del fuego, llorando en silencio. Miss Murdstone, muy ocupada en su escritorio, que tenía cubierto de cartas y pa­peles, me tendió la punta de sus dedos, preguntándome en tono glacial si me habían tomado medida para el luto.

-Sí -le dije.

-Y tu ropa -dijo-, ¿la has traído?

-Sí, señora; lo he traído todo.

Este fue el único consuelo que su firmeza me administró. Estoy seguro de que sentía un verdadero placer en exhibir, en aquella ocasión, lo que ella llamaba su presencia de espí­ritu y su firmeza y su fuerza de voluntad y su sentido co­mún y todo el diabólico catálogo de sus antipáticas cualida­des. Estaba particularmente orgullosa de su disposición para los negocios, y ahora lo demostraba reduciéndolo todo a pluma y tinta, y sin dejarse conmover por nada. El resto del día, y desde la mañana a la noche de los que siguieron, estuvo en su pupitre sin dejar de escribir con una pluma dura, hablando en el mismo tono imperturbable a todo el mundo, y sin que un solo músculo de su cara se inmutara, una suavidad en su tono de voz apareciera, ni un átomo de su indumento se desarreglara.

Su hermano a veces cogía un libro; pero estoy conven­cido de que no lo leía. Lo abría y miraba las letras como si lo leyera; pero permanecía durante horas enteras sin volver una hoja; después lo dejaba y se paseaba de arriba abajo por la habitación. Yo permanecía sentado con las manos cruzadas, mirándole y contando sus pasos hora tras hora.

Muy rara vez hablaba a su hermana, y a mí nunca. Era lo único que se movía (él y el reloj) en la absoluta inmovilidad de la casa.

En aquellos días, antes del funeral, vi muy poco a Peg­gotty, excepto cuando subía al otro piso, que me la encon­traba en la habitación donde mamá y su nene reposaban, y por las noches, que venía a mi cuarto y se sentaba allí hasta que me dormía. Un día o dos antes del funeral (presumo que era un día o dos antes, pero creo que los días se confundían en mi memoria en aquella triste época, cuando nada mar­caba el progreso del tiempo) me hizo entrar con ella en la habitación en que estaba mi madre, y ahora sólo recuerdo que bajo un lienzo blanco que cubría su lecho, de una blan­cura deslumbrante, como todo lo que le rodeaba, parecía es­tar allí tendido y personificado el solemne silencio que rei­naba en la casa, y sé que cuando Peggotty quiso levantar suavemente aquel lienzo yo grité: «¡Oh, no, no!», dete­niendo su mano.

Si el entierro hubiera sido ayer, no lo recordaría mejor. El aspecto solemne del salón cuando entré; lo brillante del fuego, el vino que brillaba en las jarras, la forma de los va­sos, de los platos; el dulce perfume del bizcocho, el olor de la ropa de miss Murdstone y de nuestros trajes de luto.

Allí estaba míster Chillip y se acercó a hablarme.

-¿Cómo estás, Davy? -me dijo con bondad.

Yo no podía contestarle que muy bien y le alargué mi mano, que retuvo entre las suyas.

-¡Pobrecillo! -me dijo sonriendo dulcemente y con los ojos húmedos- Nuestros amiguitos crecen a nuestro alre­dedor; pronto no los reconoceremos. ¿Verdad, señora? -dijo dirigiéndose a miss Murdstone, que no le contestó.

-Y a lo que parece aprovechamos el tiempo, ¿no es así, señora? -insistió míster Chillip.

Miss Murdstone sólo le contestó con un frío saludo, y míster Chillip, desconcertado, se fue a un rincón, lleván­dome consigo y sin volver a desplegar los labios.

Observo esto porque lo observo todo; pero no me interesa lo más mínimo desde que he vuelto a casa. Ahora las campa­nas empiezan a sonar, y míster Omer, con otros empleados, empieza a prepararlo todo, todo, como cuando hacía mucho tiempo (Peggotty me lo había contado) se llevaron a mi pa­dre a aquella misma tumba, después de prepararle en la misma habitación.

Somos pocos: nada más míster Murdstone, nuestro ve­cino Graypper, míster Chillip y yo. Cuando llegamos a la puerta los de la funeraria están ya con su carga en el jardín y van delante de nosotros por el sendero, debajo de los árbo­les. Pasan la verja y entran en el cementerio, donde tan a me­nudo he oído cantar a los pájaros en las mañanas de verano.

Rodeamos la tumba. El día me parece distinto de todos los demás días y la luz de otro color, de un color más triste, y hay allí un silencio solemne, que a mí me parece que lo hemos traído de casa con el féretro; y mientras estamos de pie, descubiertos, oigo la voz del clérigo, resonando remota en el aire libre, que dice claramente: «Yo soy la resurrección y la vida, dice el Señor». Oigo sollozos, y apartada entre los curiosos veo a la buena y fiel criada, la persona para mí más querida de todos los que quedan en la tierra y a la que en mi infantil corazón estoy seguro de que Dios dirá un día: « Has hecho bien»

Hay muchos rostros conocidos entre la gente aquella, ros­tros que recordaba de la iglesia cuando sicmpre miraba alre­dedor, rostros que habían sido los primeros en ver a mi ma­dre cuando llegó a la aldea en todo el esplendor de su joven belleza. No me ocupo de ellos; sólo pienso en mi pena, y, sin embargo, veo y reconozco a todos; hasta allá en el fondo, muy lejos, veo a Minnie lanzando miradas a su enamorado, que está cerca de mí.

Todo ha terminado, y volvemos a casa, que se alza ante nosotros tan bonita como siempre, no ha cambiado; pero está tan unida en mi pensamiento con la idea de lo que ya no existe, que toda mi pena no es nada en comparación a lo que siento ahora. Míster Chillip me lleva, me habla y me hace beber un poco de agua, y cuando le pido permiso para reti­rarme se despide de mí con dulzura de mujer.

Todo esto, lo repito, es para mí como si hubiera sucedido ayer. Sucesos de fecha más reciente han huido de mi pensa­miento, y he olvidado cosas que más tarde quizá reaparece­rán; pero esto continúa inmóvil ante mí como una gran roca en el océano.

Sabía que Peggotty vendría a buscarme. La quietud del momento (el día debía de ser domingo, pero lo he olvidado) nos era favorable. Se sentó a mi lado, encima de mi cama, y cogiendo mi mano, que de vez en cuando llevaba a sus la­bios y a veces acariciaba con las suyas como hubiera podido hacer para consolar a mi hermanito, me contó a su manera todo lo que tenía que contarme concerniente a los últimos sucesos.

-Desde hacía mucho tiempo no estaba nunca bien --dijo Peggotty-; su espíritu estaba atormentado y no era feliz. Cuando nació su niño pensé que eso le curaría; pero, por el contrario, estaba cada vez más triste. Antes del nacimiento de su hijo le gustaba quedarse sola y llorar; pero después se acostumbró a cantarle, y lo hacía con una voz tan dulce, que más de una vez, al escucharla. pensaba que era como una voz en el aire que subía hacia el cielo. Cada vez se volvía más tímida y más asustadiza, y al final una palabra dura era como un golpe para ella; pero conmigo siempre fue la misma. ¡Nunca cambió con su loca Peggotty la dulce niña!

Aquí Peggotty se detuvo y acarició dulcemente mi mano durante un momento.

-La última vez que la he visto como en sus buenos tiem­pos fue la tarde de tu llegada, hijo mío. El día de tu partida me dijo: «Nunca volveré a ver a mi niño querido; algo me lo asegura, y es la verdad, lo sé». Hacía lo posible por soste­nerse, y en muchas ocasiones, cuando le reprochaban su aturdimiento y su carácter ligero, hacía como que lo creía; pero ya hacía tiempo que aquello había pasado. Nunca le ha­bía dicho a su marido lo que me había dicho a mí; le asus­taba hablar de ello; por fin, una noche, una semana antes, le dijo: «Querido, creo que me muero». « Ahora tengo el espí­ritu en reposo, Peggotty -me dijo al acostarla aquella no­che-. El pobre hombre se irá haciendo a la idea durante va­rios días y después se le pasará pronto. Estoy tan cansada; si es sueño, siéntate a mi lado mientras duermo, no me dejes. ¡Que Dios bendiga a mis dos niños y proteja y conserve a mi niño sin padre! » Después ya no la abandoné un momento -siguió Peggotty-. Ella hablaba a menudo con ellos dos, porque los quería: no podía vivir sin amar a los que la rodea­ban; pero cuando la dejaban sola siempre se volvía hacia mí, como si sólo encontrara reposo donde Peggotty estaba, y nunca se dormía de otro modo. La última noche, por la tarde, me besó y me dijo: « Si mi nene muriera también, Peggotty, te ruego que le pongas en mis brazos y nos entierren jun­tos». Y es lo que se ha hecho, porque el pobre angelito sólo vivió un día más que ella. « Que mi querido Davy nos acom­pañe al lugar de reposo --dijo-, y dile que su madre, en el lecho de muerte, lo ha bendecido y no una vez, mil veces.»

Otro silencio siguió -a esto, y de nuevo Peggotty acarició dulcemente mi mano.

-Estaba ya muy adelantada la noche -prosiguió­cuando pidió de beber, y después me dirigió una sonrisa tan dulce, ¡estaba tan hermosa!... Amanecía, y el sol se levan­taba cuando me dijo lo cariñoso y bueno que mister Copperfield había sido siempre para ella, y tu paciente que era, y cómo le decía, cuando dudaba de sí misma, que un corazón amante valía más que la sabiduría y que él era el hombre más feliz a su lado... « Peggotty, querida mía -dijo des­pués-, acércate más (estaba muy débil), pasa tu brazo por mi cuello y vuélveme hacia ti; tu rostro parece que se aleja y quiero verlo cerca.» Hice lo que pedía, y, ¡oh Davy!, se cum­plía lo que yo había dicho una vez. Apoyó su dulce cabecita en el brazo de esta necia Peggotty. Y murió como un niño que se duerme.

Así terminó el relato de Peggotty. Desde el momento en que supe la muerte de mi madre, la idea de lo que había sido últimamente desapareció por completo para mí, y desde aquel instante la recuerdo como la madre joven de mis pri­meros años, la que enrollaba sus bucles en los dedos y bai­laba conmigo por la noche en la sala. Lo que Peggotty me contaba, en lugar de recordarme el último período, confir­maba en mi espíritu la primera imagen; podrá ser extraño, pero es la verdad. En un instante había vuelto a mis ojos su tranquila juventud, borrando todo el resto.

La madre que descansaba en la tumba era la madre de mis primeros años, y la criaturita que tenía en sus brazos era yo como estaba en mi infancia, sólo que ahora me estrechaba ya en ellos para siempre.