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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 8. Mis vacaciones, y en especial una tarde dichosa
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Al amanecer llegamos a la fonda en que el coche pa­raba (no era la misma en que había almorzado a la ida y donde vivía mi amigo el camarero), y allí me condujeron a una alcoba muy limpia, en cuya puerta se leía: «Dolphin». Tenía mucho frío, a pesar del té caliente que acababan de darme ante la chimenea, y muy contento me acosté en la cama de dolphin, me arrebujé en las sábanas y me quedé dormido.

Míster Barkis, el cochero de Bloonderstone, debía venir a recogerme a las nueve de la mañana siguiente. Me levanté a las ocho algo cansado por haber dormido poco, y antes de la hora ya le estaba esperando. Barkis me recibió exacta­mente como si acabara de verme cinco minutos antes y solo nos hubiéramos separado para entrar yo al hotel a cambiar un billete.

Tan pronto como estuvimos instalados en el carro mi ma­leta y yo, el caballo echó a andar, a su paso de siempre.

-Tiene usted buen aspecto, míster Barkis -dije, pen­sando que le halagaría.

Barkis se restregó la mejilla con la manga y después la miró, esperando sin duda encontrar algún rastro de su salud en ella; pero esa fue la única contestación que obtuvo mi cumplido.

-Ya ejecuté su encargo, míster Barkis -dije-, escri­biendo a Peggotty.

-¡Ah! -dijo Barkis.

Estaba de mal humor y respondía secamente.

-¿Es que no lo hice bien, míster Barkis? -pregunté des­pués de un momento de duda.

-¡No! -dijo Barkis.

-¿No era aquel su encargo?

-Quizá usted hizo bien el encargo -contestó Barkis-;, pero no ha pasado de ahí.

No comprendiendo a qué se refería, repetí sus palabras, sólo que interrogando:

-¿No ha pasado de ahí, míster Barkis?

-¡Claro! --explicó, mirándome de lado-. ¡No me ha contestado!

-¡Ah! ¿Tenía que haberle contestado? -dije abriendo los ojos.

Aquello daba una luz nueva al asunto.

-Cuando un hombre le dice a una mujer «que está dis­puesto» -dijo Barkis, volviéndose muy despacio a mi­rarme- es como si se dijera que ese hombre espera una con­testación.

-¿Y bien, míster Barkis?

-Pues bien -dijo, volviéndose a mirar las orejas del ca­ballo-. ¡Este hombre está esperando una contestación desde entonces!

-¿Y no le ha hablado usted, míster Barkis?

-No -gruñó Barkis mientras reflexionaba- No tenía por qué ir a hablarle. No le he dicho nunca seis palabras ¿y voy a ir a contarle eso ahora?

-¿Quiere usted que me encargue yo de ello? -dije titu­beando.

-Puede usted decirle, si quiere -prosiguió Barkis diri­giéndome otra mirada lenta-, que Barkis está esperando una contestación. ¿Dice usted que se llama?

-¿Su nombre?

-Sí -dijo Barkis moviendo la cabeza.

-Peggotty.

-¿Nombre de pila o apellido? -preguntó Barkis.

-¡Oh!, no es su nombre de pila; su nombre es Clara.

-¿Es posible? -preguntó Barkis.

Y pareció encontrar abundante materia de reflexión en ello, pues permaneció inmóvil meditando durante mucho tiempo.

-Bien -repuso por último-; le dice usted: «Peggotty: Barkis está esperando una contestación». Ella quizá le diga: « ¿Contestación a qué?». Y usted le dice entonces: « A lo que ya te he dicho». «¿A qué?», insistirá ella. «A lo de que Bar­kis está dispuesto», le dice usted.

Esta extraordinaria y artificiosa sugerencia la acompañó Barkis con un codazo, que me dolió bastante. Después siguió mirando a su caballo como siempre, sin hacer la menor alusión al asunto hasta media hora después, que, sacando un trozo de tiza de su bolsillo, escribió en el interior del carro: «Clara Peggotty», supongo que para no olvidarlo.

¡Oh, qué extraño sentimiento experimentaba al volver a mi casa, convencido de que ya no era mi casa, y encontrando en todo lo que miraba el recuerdo de mi antigua felicidad, que me parecía como un sueño que nunca podría volver a realizarse! Aquellos días en que mi madre, yo y Peggotty éramos por completo y en todo el uno para el otro, cuando nadie había ve­nido todavía a ponerse por medio, ¡qué tristes aparecieron ante mí aquellos recuerdos! Tanto, que no sabía si me alegraba de volver, y hubiera preferido seguir viviendo lejos para olvidarlo todo al lado de Steerforth. Pero ya estaba allí, y enseguida lle­gamos a casa, donde las ramas de los viejos olmos retorcían sus innumerables brazos a los golpes del viento de invierno, columpiando los restos de los antiguos nidos de cuervos.

Barkis depositó la maleta en el suelo ante la verja del jar­dín y se fue. Yo torné el sendero de la casa, mirando a las ventanas con el temor de ver aparecer en alguna de ellas a míster Murdstone o a su hermana. Nadie se asomó, y al lle­gar a la puerta, como yo sabía el modo de abrirla desde fuera mientras era de día, entré sin que me oyeran, ligero y tímido.

Dios sabe cómo se despertó mi infantil memoria al entrar en el vestíbulo y oír a mi madre desde su gabinete cantando a media voz. Sentí que estaba en sus brazos como de peque­ñito. La canción era nueva para mí; sin embargo, me lle­naba el corazón hasta los bordes, como un amigo que vuelve después de larga ausencia. Por el tono pensativo y serio con que mi madre tarareaba su canción me figuré que estaba sola y entré sin hacer ruido. Estaba sentada delante de la chimenea, dando de mamar a un niño, de quien estrechaba la manita contra su cuello. Sus ojos estaban fijos en el ros­tro del nene y lo dormía cantándole. Había acertado, pues estaba sola.

La llamé, y ella se estremeció, lanzando un grito llamán­dome su Davy, su hijito querido, y saliendo a mi encuentro se arrodilló en el suelo para besarme, estrechando mi cabeza contra su pecho al lado de la cabecita dormida, y puso la ma­nita del nene sobre mis labios. Hubiera deseado morir; hu­biera deseado morir con aquellos sentimientos en mi cora­zón. En aquellos momentos estaba más cerca del cielo de lo que nunca he vuelto a estarlo.

-Es tu hermanito -dijo mi madre acariciándome-. ¡Davy, niño mío, pobrecito!

Y me besaba más y más y me estrechaba en sus brazos. Así estábamos cuando llegó Peggotty corriendo, y tirándose al suelo a nuestro lado estuvo como loca durante un cuarto de hora.

No me esperaban tan pronto. Al parecer, Barkis había ade­lantado la hora de costumbre. Míster Murdstone y su her­mana habían ido a una visita en los alrededores y no volve­rían antes de la noche. Nunca me hubiera esperado tanta felicidad. Nunca me hubiera parecido posible volver a en­contrarnos los tres solos, tranquilos, y en aquel momento me parecía haber vuelto a los antiguos días.

Comimos juntos ante la chimenea. Peggotty nos quería servir; pero mamá no le dejó y le hizo sentarse a nuestro lado. A mí me pusieron mi antiguo plato con su fondo os­curo, en el que había pintado un barco con un marino bo­gando a toda vela. Peggotty lo había tenido escondido du­rante mi ausencia, pues decía que ni por cien mil libras hubiera querido que se rompiese. También me puso el vaso de cuando era pequeño, con mi nombre grabado en él, mi te­nedorcito y mi cuchillo, que no cortaba nada.

Mientras comíamos pensé que era la mejor ocasión para hablar a Peggotty de Barkis; pero no había terminado de ex­plicarle su encargo cuando empezó a reírse, tapándose la cara con el delantal.

-Peggotty --dijo mi madre-, ¿qué te pasa?

Peggotty se reía cada vez más fuerte, apretándose el de­lantal contra la cara cuando mi madre trataba de quitárselo, y parecía que había metido la cabeza en un saco.

-Pero ¿qué haces, tonta? -insistió mi madre riendo.

-¡Oh, el necio del hombre! -exclamó Peggotty-. ¿Pues no quiere casarse conmigo?

-Sería un buen partido para ti, Peggotty ---dijo mamá.

-¡Oh, no lo sé! -dijo Peggotty-. No me hable usted de ellos. No le aceptaría aunque fuera de oro. Ni a él ni a nin­gún otro.

-Entonces ¿por qué no se lo dices, ridícula? -preguntó mi madre.

-¿Decírselo? -replicó Peggotty, sacando la cara del de­lantal-. Pero si nunca me ha dicho una palabra de ello. Me conoce, y sabe que si se atreviese a decirme cualquier cosa le daría un bofetón.

Estaba roja, como nunca la había visto ni a ella ni a nadie, y volvió a taparse la cara durante unos momentos, atacada otra vez por una risa violenta. Después de dos o tres de aque­llos ataques continuó comiendo.

Observé que mi madre, aunque se sonreía al mirar a Peg­gotty, se había quedado más seria y pensativa. Desde el pri­mer momento ya la había notado muy cambiada. Su rostro era muy bello todavía, pero parecía preocupado y demasiado transparente. Sus manos también, tan delgadas y pálidas, casi se clareaban. Pero sobre todo en lo que ahora me parece que estaba más cambiada era en que parecía que estaba siempre inquieta y asustada. Por último, dijo, acariciando afectuosamente la mano de su antigua criada:

-Peggotty, querida, ¿no pensarás casarte?

-¿Yo, señora? -preguntó Peggotty estupefacta, ¡Dios la bendiga! ¡No!

-Al menos no muy pronto -dijo mi madre con ternura.

-¡Nunca! -gritó Peggotty.

Mi madre, cogiéndole la mano, dijo:

-No me dejes, Peggotty; no te separes de mí. Quizá no sea para mucho tiempo, y ¿qué sería de mí si no estuvie­ras tú?

-¿Dejarla yo, hija mía? -exclamó Peggotty-. No. Ni por todos los tesoros del mundo. Pero ¿quién meterá esas cosas en esa cabecita?

Peggotty a veces le hablaba a mi madre como si fuera un niño.

Mi madre sólo contestó para darle las gracias, y Peggotty continuó a su modo:

-¿Yo dejarla? ¡Maldita la gana que tengo de ello! ¿Mar­charse Peggotty de su lado? ¡Me gustaría verlo! No, no -dijo Peggotty, sacudiendo su cabeza y cruzando los bra­zos-, no hay cuidado, hija mía. No es que no haya personas que lo estén deseando; pero que se fastidien. Yo sigo con us­ted hasta que sea un vejestorio inútil. Y cuando ya esté sorda y demasiado vieja y demasiado ciega, y hasta incapaz de ha­blar por no tener un diente; cuando ya no sirva en absoluto para nada, ni siquiera para que me regañen, entonces iré a buscar a Davy y le diré si quiere recogerme.

-Y yo te recibiré muy contento, Peggotty: te recibiré lo mismo que a una reina.

-¡Dios bendiga tu buen corazón! -exclamó Peg­gotty-. ¡Estaba tan segura! -Y me besó, anticipadamente agradecida a mi hospitalidad. Después volvió a taparse la cara con el delantal y a reírse de Barkis; después, cogiendo al niño de la cuna, lo estuvo arreglando; luego se llevó las cosas de la comida, y por fin volvió con otra cofia y su caja de labor, con su metro y su pedazo de cera, todo lo mismo que en los antiguos días.

Estábamos sentados alrededor del fuego, y charlábamos alegremente. Yo les contaba la crueldad de Míster Creakle, y me compadecían. Les decía lo bueno que era Steerforth, cómo me protegía, y Peggotty me dijo que sería capaz de andar a pie unas millas por verle. Cuando se despertó cogí al niño en mis brazos y le dormí cantando dulcemente. Después me fui al lado de mi madre, y pasando mis brazos alre­dedor de su talle, como me había gustado siempre tanto ha­cer, apoyé mi mejilla en su hombro, y una vez mas sus hermosos cabellos cayeron sobre mí, «como las alas de un ángel»; me gusta pensar cuando me acuerdo de ello. ¡Qué feliz era!

Mientras estábamos sentados así mirando el fuego y viendo las extrañas figuras que formaban las llamas, casi me parecía que nunca había estado lejos, y que míster Murd­stone y su hermana eran figuras como aquellas, que se des­vanecerían al apagar el fuego, y que de todos mis recuerdos los únicos reales éramos mi madre, Peggotty y yo.

Peggotty, mientras hubo luz, remendaba una media, y después continuó con ella metida en una mano, como si fuera un guante, y la aguja en la otra dispuesta a dar una pun­tada cuando el fuego lanzase un resplandor. No puedo com­prender de quién eran las medias que Peggotty estaba re­mendando siempre, ni de dónde provenía aquella cantidad inagotable de medias que coser. Desde mi más tierna infan­cia siempre la había visto con aquella costura, y ni una vez con otra.

-Pienso -dijo Peggotty, a quien a veces preocupaban las cosas más inesperadas- qué habrá sido de la tía de Davy.

-¡Dios mío, Peggotty! -contestó mi madre saliendo de su ensueño-. ¡Qué tonterías dices!

-Sí; pero realmente me preocupa,

-¿Cómo se te ha ocurrido pensar en semejante persona? -preguntó mi madre-, ¿No hay en el mundo otras de quie­nes ocuparse?

-No sé por qué será -dijo Peggotty-; puede que sólo sea a causa de mi estupidez; pero mi cabeza nunca puede es­coger mis pensamientos. Van y vienen por ella como quie­ren, y ahora he pensado qué habrá sido de ella.

-¡Qué absurda eres, Peggotty! Se diría que deseas otra visita suya.

-¡Dios nos libre! -gritó Peggotty.

-Entonces no hables de cosas tristes -dijo mamá-. Miss Betsey continuará encerrada en su casita a la orilla del mar y no será probable que venga a molestarnos.

-No -murmuró Peggotty-, no es probable. Pero lo que pensaba era si en caso de morirse dejaría algo a Davy.

-¡Dios me perdone, Peggotty; pero eres una mujer sin sentido! ¡Sabiendo lo que le ofendió que naciera el pobre chico!

-Pensaba que quizá estaría dispuesta a perdonarle ahora -murmuró Peggotty.

-¿Por qué iba a estar dispuesta a perdonarle ahora? --dijo mi madre casi con dureza.

-¡Como tiene un hermano!... --dijo Peggotty.

Mi madre inmediatamente empezó a llorar diciendo que parecía mentira que Peggotty se atreviera a decirle aquellas cosas.

-Como si el pobrecito inocente, en su cuna, te hubiera hecho algún daño a ti ni a nadie. Eres una envidiosa-, mucho mejor harías casándote con míster Barkis y marchándote le­jos. ¿Por qué no?

-Porque miss Murdstone se pondría demasiado contenta --dijo Peggotty.

-¡Qué mal carácter tienes, Peggotty! --contestó mi ma­dre-. Tienes celos de miss Murdstone, unos celos absur­dos. Querrías ser tú quien guardara las llaves y manejara todo, estoy segura. No me sorprendería. Cuando debes estar convencida de que si lo hace es sólo por bondad y con las mejores intenciones del mundo. ¡Lo sabes, Peggotty, lo sa­bes muy bien!

Peggotty murmuró algo como: «Estoy harta de buenas in­tenciones», y también algo como: «Que ya resultaban dema­siadas buenas intenciones».

-Ya sé a qué te refieres -dijo mi madre-; lo com­prendo perfectamente, Peggotty, y sabes que lo sé; no nece­sitas ponerte más roja que el fuego. Pero punto por punto. Y ahora el punto es miss Murdstone, y no tienes escape. No le has oído decir una vez y otra vez que la parece que soy de­masiado niña y demasiado...

-Bonita -sugirió Peggotty.

-Bien -contestó mi madre medio riendo-; si es tan loca para pensar así, ¿acaso tengo yo la culpa?

-Nadie la ha acusado a usted --dijo Peggotty.

-Claro que no -contestó mi madre, ¿No le has oído decir una vez y otra que ella lo único que desea es evitarme trabajos, para los que le parece que no estoy hecha, y que real­mente yo misma no sé si sirvo para ellos? ¿No ves que se está en pie de la mañana a la noche, yendo de un lado a otro, haciéndolo todo y mirando en todas partes, hasta en la car­bonera, todos los sitios nada agradables? Y viendo todo esto, ¿quieres insinuar que no hay una especie de abnegación en ello?

-Yo no insinúo nada ---dijo Peggotty.

-Sí lo haces, Peggotty -contestó mi madre-. Nunca haces otra cosa, excepto tu trabajo. Siempre estás insi­nuando. Gozas con ello. Y cuando hablas de las buenas in­tenciones de míster Murdstone...

-Nunca hablo de ellas -dijo Peggotty.

-No, Peggotty -contestó mama-; pero insinúas, que es lo que te decía precisamente ahora. Es tu lado malo. In­sinúas. Hace un momento te he dicho que te comprendía, y ya lo ves. Cuando te refieres a las buenas intenciones de míster Murdstone, pretendiendo despreciarlas (pues dentro de tu corazón realmente no lo sientes), estás tan conven­cida como yo de lo buenas que son, en todo y para todo. Y si te parece que es algo severo con cierta persona (tú com­prendes, y Davy también que no hablo de nadie presente), es únicamente porque está convencido de que es beneficioso para ella. Él, como es natural, quiere mucho a esa persona por cariño a mí y obra únicamente por su bien. Él es más capaz de juzgar que yo, pues demasiado sé que soy una criatura joven, débil y delicada, mientras que él es un hombre firme, serio y grave. Y, además, que se toma -dijo mi madre, con el rostro inundado de lágrimas afectuo­sas-, que se toma muchos trabajos por mí. Yo debo es­tarle muy agradecida y someterme a él aun en mis pensa­mientos; y cuando no lo hago, Peggotty, me lo reprocho, me condeno y hasta dudo de mi corazón, y no se ya que hacer.

Peggotty, con la barba apoyada en el pie de la media, mi­raba al fuego en silencio.

-Vamos, Peggotty -dijo mi madre cambiando de tono-, no nos enfademos, no lo podría soportar. Eres mi única amiga, ya lo sé; no tengo otra en el mundo. Y cuando te llamo criatura ridícula o insoportable, o cualquier otra cosa por el estilo, sólo quiero decirte que eres mi verdadera amiga, que siempre lo has sido, siempre, desde la noche en que míster Copperfield me trajo por primera vez a esta casa y tú saliste a la verja a recibirme.

Peggotty no tardó en responder y ratificar el tratado de amistad dándome su más fuerte abrazo. Pienso que ya en­tonces comprendía yo algo del verdadero sentido de aque­lla conversación; pero ahora estoy seguro de que esa exce­lente criatura la había provocado y sostenido únicamente para dar motivo a mi madre de consolarse contradicién­dola.

Si era ese su designio, fue eficaz, pues recuerdo que mi madre pareció más tranquila durante el resto de la velada, y Peggotty la miraba menos.

Después de tomar el té, cuando se reanimó el fuego y se encendió la luz, leí a Peggotty un capítulo del libro de los cocodrilos, en recuerdo de los antiguos tiempos. Peggotty sacó el libro del bolsillo; no sé si lo tendría allí desde que me marché. Después estuvimos hablando otra vez de Salem House, lo que me llevó a hablar también de Steerforth de nuevo, tema para mí inagotable. Éramos muy dichosos, y aquella noche, la última en su género y destinada a cerrar para siempre un capítulo de mi vida, nunca se borrará de mi memoria.

Eran casi las diez cuando oímos el ruido de las ruedas del coche. Todos nos levantamos precipitadamente, y mi madre nos dijo que, como era muy tarde y a míster y miss Murd­stone les gustaba que los niños se acostasen temprano, lo mejor era que me fuese a la cama. La besé y subí con la luz a mi cuarto antes de que llegaran. Me parecía, en mi infantil imaginación, mientras subía al cuarto en que había estado prisionero, que traían consigo un soplo de aire helado, que se llevaba la felicidad y la intimidad de nuestro cariño lo mismo que una pluma.

A la mañana siguiente estaba muy preocupado con la idea de bajar a desayunar, pues desde el día de la ofensa mortal no había vuelto a ver a míster Murdstone. Sin embargo, no tenía más remedio que hacerlo, y después de bajar dos o tres veces y volverme a meter corriendo en mi alcoba, me decidí y entré en el comedor.

Míster Murdstone estaba de pie ante la chimenea y de es­paldas a ella. Miss Murdstone estaba haciendo el té. Él me miró fijamente al entrar, como si no me conociera.

Después de un momento de confusión y dudas me acer­qué a él diciendo:

-Le pido a usted perdón; estoy muy triste de lo que hice, y espero que me perdone.

-Me alegro de que te disculpes, Davy -me dijo.

La mano que me tendía era la del mordisco, y no pude por menos de lanzar una mirada a la marquita roja; pero no era tan roja como yo me puse al ver después la siniestra expre­sión de su mirada.

-¿Cómo está usted? --dije a miss Murdstone.

-¡Ah, Dios mío! -suspiró ella, alargándome las pinzas del azúcar en lugar de sus dedos-. ¿Cuánto duran las vaca­ciones?

-Un mes, señora.

-¿A contar desde cuándo?

-Desde hoy mismo, señora.

-¡Ah! --exclamó miss Murdstone-, entonces ya es un día menos.

Marcó en un calendario el tiempo que duraban, y cada mañana tachaba un día exactamente de la misma manera.

Lo hacía con tristeza hasta que llegaron a diez; desde en­tonces, el ver dos cifras le hizo recobrar la esperanza, y al fi­nal estaba casi alegre.

Desde el primer momento tuve la desgracia de ponerla (a ella, que no estaba, por lo general, sujeta a esas debilida­des) en un estado de violenta consternación. La cosa fue que entré en la habitación en que estaba con mi madre y el niño. El niño solamente tenía unas semanas. Mi madre tenía el niño en sus rodillas, y yo le cogí con cariño en mis brazos. De pronto miss Murdstone lanzó tal grito de espanto, que estuve a punto de dejarlo caer al suelo.

-Jane, ¿qué tienes? --exclamó mi madre.

-¡Dios mío, Clara! ¿Pero no lo ves? -exclamó miss Murdstone.

-¿Qué es lo que ves, querida? -dijo mi madre-. ¿Dónde?

-¡Que lo ha cogido! ¡Que David tiene al niño!

Estaba lívida de horror; pero se reanimó para precipitarse sobre mí y arrancarme al niño de los brazos. Después se puso mala, tan mala que tuvo que tomar una copa de brandy de Jerez. Desde aquel momento me fue solemnemente prohibido por ella el tocar a mi hermano bajo ningún pre­texto; y mi pobre madre, que yo me daba cuenta no era de su opinión, confirmó dulcemente la orden diciendo:

-Sin duda tienes razón, Jane.

En otra ocasión, estando los tres juntos, también el pobre nene, que me era tan querido a causa de mi mamá, fue la ino­cente causa de la cólera de miss Murdstone. Mi madre había estado mirando los ojos de su niño teniéndole en sus brazos, y después me llamó.

-Ven, Davy -y me miró a los ojos.

Vi que miss Murdstone dejaba la cuenta que engarzaba.

-Realmente -dijo mi madre con dulzura-, son exacta­mente iguales. Deben de ser los míos; creo que son del color de los míos, porque son exactamente iguales.

-¿De quién estás hablando, Clara? -preguntó miss Murdstone.

-Jane -balbució mi madre un poco avergonzada de la dureza del tono con que le preguntaba-. Encuentro que los ojos del nene y los de Davy son absolutamente iguales.

-¡Clara! -dijo miss Murdstone levantándose con có­lera-. ¡Algunas veces parece que estás loca!

-¡Mi querida Jane! -reprochó mi madre.

-Verdaderamente loca --dijo miss Murdstone-. Si no, ¿cómo se te iba a ocurrir el comparar al niño de mi hermano con tu hijo? No se parecen en nada. Son completamente dis­tintos, diferentes en todo, y espero que así seguirá siendo siempre. Me voy de aquí. No quiero seguir oyéndote hacer semejantes comparaciones.

Y diciendo esto, salió majestuosamente, dando un por­tazo.

En una palabra, a miss Murdstone no le caía en gracia, mejor dicho, no le caía a nadie, ni aun a mí mismo, pues los que me querían no podían demostrármelo, y los que no me querían me lo demostraban tan claramente, que me hacían tener la dolorosa conciencia de que era siempre torpe, anti­pático y necio.

Me daba cuenta de que ellos sentían el mismo malestar que me hacían sentir. Si entraba en la habitación donde esta­ban hablando y mi madre parecía contenta, un velo de tristeza cubría su rostro en cuanto me veía. Si míster Murdstone estaba de buen humor, se le cambiaba. Si miss Murdstone es­taba en el suyo, malo de costumbre, se le acrecentaba.

Yo me daba bastante cuenta de que mi madre era siempre la víctima y de que no se atrevía ni a hablarme con cariño, por miedo a que ellos se ofendieran y después le riñesen. Constantemente le preocupaba el miedo a ofenderlos o de que yo los ofendiera, y en cuanto me movía sus miradas in­terrogaban con temor. En vista de ello, resolví separarme de su camino en todo lo posible. ¡Y cuántas horas de invierno he oído sonar la campana de la iglesia, sentado en mi triste habitación, envuelto en mi batín de casa, inclinado sobre un libro!

Por la noche algunas veces iba a sentarme a la cocina con Peggotty. Allí estaba en mi casa, sin miedos y riendo; ¡allí podía ser yo mismo! Pero ninguno de estos dos recur­sos fue aprobado por los hermanos Murdstone. Al sombrío carácter que dominaba allí le molestaba todo, y al parecer todavía creían que era yo necesario para la educación de mi pobre madre y, por lo tanto, no quisieron consentir mi ausencia.

-David -me dijo un día míster Murdstone después de la comida, cuando yo me marchaba como de costumbre-, me apena el observar que seas tan huraño.

-Huraño como un oso -dijo miss Murdstone.

Yo me detuve y bajé la cabeza.

-Y has de saber, David, que esa es una de las peores con­diciones que puede tener nadie.

-Y este chico la tiene de lo más acentuado que he visto nunca -observó su hermana-; es terco y voluntarioso. Supongo, querida Clara, que tú también lo habrás obser­vado.

-Perdóname, Jane -dijo mi madre-; pero ¿estás se­gura (y me dispensarás lo que voy a decirte), estás segura de que entiendes a Davy?

-Me avergonzaría de mí misma, Clara -repuso mi Murdstone-, si no comprendiera a este niño, o a cualquier otro. No presumo de profundidad; pero creo que tengo sentido común.

-Sin duda, mi querida Jane; tu inteligencia es grande.

-¡Oh no, querida! Te ruego que no digas eso, Clara- dijo miss Murdstone con cólera.

-Pero si estoy segura de ello -repuso mi madre-; todo el mundo lo sabe, y yo misma me aprovecho de ella a todas horas; así que nadie puede estar más convencida, y cuando estás delante sólo hablo con terror, te lo aseguro, mi querida Jane.

-Bien; supongamos que yo no entiendo al chico, Clara -repuso miss Murdstone, arreglándose las cadenas que adornaban sus puños-. De acuerdo, si te parece, en que no lo comprendo. Es demasiado profundo para mí; pero quizá la inteligencia penetrante de mi hermano haya sido capaz de formarse alguna idea del carácter del niño, y creo que estaba hablando de ello cuando nosotras, muy descortésmente, le hemos interrumpido.

-Creo, Clara -dijo mister Murdstone en voz baja grave-, que en este asunto puede haber jueces mejor y más desapasionados que tú.

-Edward -replicó mi madre tímidamente-, tú en todas las cuestiones juzgas mejor que yo, y tu hermana también; solamente decía...

-Solamente decías algo inútil a irrefexivo -repuso él-. Trata de no volver a hacerlo, querida Clara, y de dominate mejor.

Los labios de mi madre se movieron como si contestaran «Sí, mi querido Edward»; pero no llegaron a pronunciar palabra.

-Me apena, David, el observar -repitió mister Murdstone, volviéndose hacia mí- que seas tan huraño. Yo no puedo consentir que un carácter así se desarrolle delante de mis ojos sin hacer un esfuerzo para corregirlo. Trata, por lo tanto, de cambiar, si no quieres que tratemos nosotros de cambiarte.

-Dispénseme usted, mister Murdstone; pero le aseguro que ni por un momento he tenido la intención de ser, desde mi llegada, como usted dice.

-No te refugies en la mentira -me contestó tan irritado, que vi a mi madre extender involuntariamente su mano como interponiéndose-. Tu mal humor te ha hecho retirarte a tu habitación, y allí te has pasado horas enteras, cuando debías haber estado aquí. Ya sabes de una vez para siempre, te lo ordeno, que tienes que estar aquí. Además, exijo que seas obediente en todo. Ya me conoces, David; cuando quiero una cosa, esa cosa ha de hacerse.

Miss Murdstone lanzó un suspiro de satisfacción.

-Y además exijo respeto y prontitud en obedecerme, y lo mismo respecto a mi hermana y respecto a tu madre. No quiero que un chiquillo huya de nuestro lado como si hu­biera peste. Siéntate.

Me hablaba como a un perro, y yo le obedecía como un perro.

-Además, otra cosa -prosiguió-. He observado que te atraen las compañías vulgares. No quiero que te juntes con los sirvientes. La cocina no mejorará en nada tus defectos. De la mujer que te sostiene allí no digo nada; hasta tú, Clara -dijo dirigiéndose a mi madre en voz más baja-,tienes una debilidad por ella, formada por antiguas costumbres e ideas que todavía no has abandonado.

-¡La más incomprensible de las aberraciones!-ex­clamó miss Jane.

-Solamente digo -resumió él, dirigiéndose a mí de nuevo- que desapruebo tu afición a la compañía de Peg­gotty y que debes desistir de ella. Ahora, David, creo que me has comprendido y que sabes las consecuencias si no me obe­deces al pie de la letra.

Lo sabía, ¡vaya si lo sabía!, mejor quizá de lo que él pen­saba, sobre todo en lo que se refería a mi madre, y le obedecí al pie de la letra. No volví a quedarme solo en mi habitación, ni a buscar consuelo en Peggotty; permanecía sentado triste­mente con ellos un día tras otro, deseando que llegara la no­che para irme a la cama.

¡Qué cruel tortura era para mí estar allí sentado en la misma actitud horas y horas, sin atreverme a mover un brazo ni una pierna, para que miss Murdstone no pudiera quejarse, como lo hacía con cualquier pretexto, de mi movilidad, y tampoco me atrevía a levantar la vista, por temor de encon­trarme con alguna mirada de desagrado o escudriñadora que buscase en mis ojos nuevas causas de queja! ¡Qué intolera­ble aburrimiento era el estar sentado escuchando el tictac del reloj y viendo cómo miss Murdstone engarzaba sus cuentas de metal, pensando en si llegaría a casarse, y en ese caso la suerte de su desdichado marido; dedicado a contar las mol­duras de la chimenea o a pasear la vista por el techo o por los dibujos del papel de la pared!

¡Qué paseos he dado con la imaginación, solo en medio del frío, por caminos de barro, llevando sobre mis hombros el gabinete entero, con miss Murdstone y todo, monstruosa carga que me obligaban a llevar, horrible pesadilla de la que me era imposible despertar, peso terrible que aplastaba mi inteligencia y me embrutecía!

¡Qué de comidas en un silencio embarazoso, siempre sintiendo que allí había un cubierto de sobra, que era el mío; un apetito de más, que era el mío; un plato y una silla de más, que eran los míos, y una persona que estorbaba, y que era yo!

¡Qué veladas, cuando traían luces y me obligaban a que hiciera algo! Yo no me atrevía a coger algún libro divertido, y meditaba sobre algún indigesto tratado de aritmética, en el que las tablas de pesos y medidas se transformaban en can­ciones como Rule Britannia o Away Malancholy, y las lecciones se negaban a dejarse estudiar, y todo pasaba a través de mi desdichada cabeza, entrándome por un oído y salién­dome por otro.

¡Qué de bostezos he dejado escapar a pesar de todo mi cuidado! ¡Qué estremecimientos para arrojar el sueño que se apoderaba de mí! Si por casualidad se me ocurría decir algo, nadie me contestaba. Era un cero a la izquierda, al que nadie hace caso, y que, sin embargo, estorba a todo el mundo. Y con qué descanso oía a miss Murdstone enviarme a la cama cuando daban las nueve.

Así pasaron mis vacaciones hasta que llegó la mañana de mi marcha y miss Murdstone me dijo: «Hoy es el último día», y me dio la taza de té de despedida.

No me entristecía el marcharme. Había caído en un es­tado de embrutecimiento del que sólo salía pensando en Steerforth, a pesar de que detrás de él veía a mister Creakle. De nuevo Barkis apareció en la verja, y de nuevo miss Murdstone dijo con voz severa: «¡Clara!», cuando mi madre se inclinaba a besarme.

La besé y también a mi hermanito. Y al besarlos sí que sentí tristeza; pero no por marcharme; el abismo abierto en­tre nosotros continuaba y la separación era diaria. Y lo que todavía vive en mi espíritu como si fuera ayer no es el abrazo que me dio, a pesar de lo ferviente que era, sino lo que si­guió al abrazo aquel.

Estaba ya en el carro, cuando le oí llamarme. Miré y es­taba sola en medio del camino, levantando a su niño en los brazos para que yo le viera. Hacía frío, pero era un frío he­lado, y ni un solo cabello ni un pliegue de su ropa se movía, mientras que me miraba intensamente, levantando en sus brazos al pequeño para que yo le viera.

¡Y así la perdí! Así la vi después en mis largos ensueños de colegial, silenciosa y presente al lado de mi lecho, mirán­dome con la misma intensidad de entonces, levantando a su nene para que yo le viera.

 
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