Read synchronized with Chinese English French German Italian Portuguese Russian 
David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 7. Mi primer semestre en Salem House
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >
Font:
-
T
+
Select text to read:

Las clases empezaron en serio al día siguiente. Recuerdo cómo me impresionó el ruido de las voces en la sala de estu­dio, trocada de pronto en un silencio de muerte cuando míster Creakle entró, después del desayuno, y desde la puerta nos miró a todos como el gigante de los cuentos de hadas contempla a sus cautivos.

Tungay entró con él, y a mí me pareció que no había mo­tivo para gritar de aquel modo:

«¡Silencio!», pues estába­mos todos petrificados, mudos é inmóviles.

-Se le vio a míster Creakle mover los labios y se oyó a Tungay.

-Muchachos: empezamos el curso; cuidado con lo que se hace, y tomad con afán vuestros estudios, os lo aconsejo, porque yo también vengo decidido a tomar con afán los cas­tigos. Y no tendré piedad. Y os prometo que por mucho que os restreguéis después no lograréis quitaros las huellas de mis golpes. Ahora ¡al trabajo todos!

Cuando terminó este terrible exordio y Tungay se mar­chó, mister Creakle se acercó a mi pupitre y me dijo que si yo era célebre por morder, también él era una especialidad en aquel arte. Y enseñándome su bastón, me preguntó qué me parecía aquel diente. ¿Era bastante duro? ¿Era fuerte? ¿Tenía las puntas afiladas? ¿Mordía bien? ¿Mordía? Y a cada pregunta me daba tal palo, que me hacía retorcerme. Aquella fue mi confirmación en Salem House, según decía Steerforth; había sido confirmado pronto; igual de pronto estuve deshecho en lágrimas.

Y no vaya a creerse que aquellas demostraciones de aten­ción las recibía yo solo. Al contrario, casi todos los niños (sobre todo los que eran pequeños) se veían favorecidos con igual suerte cada vez que míster Creakle recorría la clase. La mitad del colegio ya estaba retorciéndose antes de que em­pezasen las tareas del día, y ¡cuántos se retorcían y gritaban antes de que el trabajo del día terminase! Realmente lo re­cuerdo asustado; pero si contara mas detalles, no querrían creerme.

Pienso que no he visto en mi vida un hombre a quien gus­tase más su oficio que mister Creakle. Se veía que gozaba pegándonos, como si satisficiera un apetito imperioso. Estoy convencido de que no podía resistir el deseo de azotarnos; sobre todo los que éramos gorditos ejercíamos una especie de fascinación sobre él, que no le dejaba descansar hasta que nos marcaba para todo el día. Yo era gordito entonces, y lo he experimentado. Estoy seguro de que ahora, cuando pienso en aquel hombre, la sangre hierve en mis venas con la misma desinteresada indignación que sentiría si hubiera visto sus cosas sin haberlas sufrido, y me indigna porque es­toy convencido de que era un malvado sin ningún derecho a cuidar del tesoro que se le confiaba, menos derecho que a see gran mariscal o general en jefe... Es más, quizá en cualquiera de esos otros dos casos habría hecho infinitamente menos daño.

Miserables, pequeñas víctimas de un ídolo sin piedad, ¡qué abyectos éramos! ¡Qué comienzo en la vida (pienso ahora) el aprender a arrastrarse de aquel modo ante un hom­bre así!

Todavía me parece estar sentado en mi pupitre y espiando sus ojos, observándolos humildemente, mientras él raya el cuaderno de otra de sus víctimas a quien acaba de cruzar las manos con la regla y que trata de aliviar sus heridas envol­viéndoselas en el pañuelo. Tengo mucho que hacer, y si ob­servo sus ojos no es por holgazanería: es una especie de atracción morbosa, un deseo imperioso de saber qué va a ha­cer, y si me tocará el turno de sufrir o le tocará a otro. Delante de mí hay una fila de los más pequeños, que también está pendiente de sus ojos con el mismo interés. Yo creo que él lo sabe; pero finge no verlo, y gesticula de un modo terro­rífico mientras raya el cuaderno; después nos mira de sos­layo, y todos nos inclinamos temblorosos sobre los libros; pero al momento volvemos a fijar los ojos en él. Un desgra­ciado, culpable de haber hecho mal un ejercicio, se acerca a su llamada, balbuciendo excusas y propósitos de hacerlo bien mañana. Míster Creakle hace un chiste cuando le va a pegar. Todos se lo reírnos, ¡miserables perrillos!, se lo reí­mos, con los rostros más blancos que la muerte y el corazón encogido de miedo.

Todavía me veo sentado en el pupitre en una calurosa tarde de verano. Un rumor sordo me rodea, como si los chi­cos fueran moscones. Tengo una desagradable sensación de lo que hemos comido (comimos hace una hora o dos) y me siento la cabeza pesada, como si fuera de plomo. Daría el mundo entero por poderme dormir. Tengo los ojos fijos en míster Creakle y abiertos como los de una lechuza. Cuando el sueño me vence demasiado, sigo viéndole a través de una bruma, siempre rayando los cuadernos .... hasta que suave­mente llega detrás de mí y me hace tener una percepción más clara de su existencia dándome un bastonazo en la es­palda.

Estamos en el patio de recreo, y yo sigo con los ojos fas­cinados por él, aunque no puedo verle. Allí está la ventana de la habitación donde debe de estar comiendo. Sé que está allí y miro a la ventana. Si pasa por ella su sombra, al ins­tante mi cara adopta una expresión sumisa y resignada. ¡Y si nos mira a través del cristal, hasta los más traviesos (excep­tuando Steerforth), se interrumpen en medio de sus gritos para tomar una actitud contemplativa! Un día, Traddles (el chico más desgraciado del colegio) rompió accidentalmente el cristal con su pelota. Aún hoy me estremezco al recordar la tremenda impresión del momento, cuando pensábamos que la pelota habría rebotado en la sagrada cabeza de míster Creakle.

¡Pobre Traddles! Con su traje azul celeste, que le estaba pequeño y hacía que sus brazos y piernas parecieran salchi­chas alemanas, era el más alegre y el más desgraciado del colegio. Ni un día dejaban de pegarle, creo que ni un solo día, exceptuando un lunes, que fue fiesta, y nada más le dio con la regla en las manos. Siempre estaba diciendo que iba a escribir a su tío quejándose de ello; pero nunca lo hacía. Cuando le habían pegado tenía la costumbre de inclinar la cabeza encima del pupitre durante unos minutos; después se enderezaba alegre y empezaba a reírse, cubriendo la pizarra de esqueletos antes de que sus ojos estuvieran secos. Al prin­cipio me extrañaba bastante el consuelo que encontraba di­bujando esqueletos, y durante cierto tiempo le consideré como una especie de asceta que trataba de recordar por me­dio de aquel símbolo de mortalidad lo limitado de todas las cosas, consolándole el pensar que tampoco los palos podían durar siempre. Después supe que si lo hacía así era por ser más fácil, pues no tenía que ponerlos cara.

Traddles era un chico muy bueno y de gran corazón. Con­sideraba como un deber sagrado para todos los niños el sos­tenerse unos a otros, y sufrió en muchas ocasiones por este motivo. Una vez Steerforth se echó a reír en la iglesia, y el bedel, creyendo que había sido Traddles, lo arrojó a la calle. Le veo todavía saliendo custodiado bajo las indignadas mi­radas de los fieles. Nunca dijo quién había sido el verdadero culpable, aunque le castigaron duramente y lo tuvieron preso tantas horas, que al salir del encierro traía un cementerio completo de esqueletos dibujados en su diccionario de latín. En verdad sea dicho que tuvo su compensación. Steerforth dijo de él que era un chico valiente, y a nuestros ojos aquel elogio valía más que nada. Por mi parte, habría sido capaz de soportarlo todo (aunque no era tan bravo como Traddles y además más pequeño) por una recompensa semejante.

Una de las mayores felicidades de mi vida era ver a Steer­forth dirigirse a la iglesia delante de nosotros dando el brazo a miss Creakle.

Miss Creakle no me parecía tan bonita como Emily ni es­taba enamorado de ella, no me hubiera atrevido; pero la en­contraba extraordinariamente atractiva, y en cuanto a genti­leza, me parecía que nadie podía comparársela. Cuando Steerforth, con sus pantalones blancos, llevaba su sombrilla, me sentía orgulloso de ser amigo suyo y pensaba que miss Creakle no podía por menos que adorarle. Míster Sharp y míster Mell eran dos personajes muy importantes a mis ojos; pero Steerforth los eclipsaba como el sol eclipsa a las estre­llas.

Steerforth continuaba protegiéndome y su amistad me ayudaba mucho, pues nadie se atrevía a meterse con los que él protegía. No podía, ni lo intentó siquiera, defenderme de míster Creakle, que era muy severo conmigo; pero cuando me había tratado con dureza, Steerforth me decía que yo ne­cesitaba algo de su valor; que él no hubiera consentido nunca que le trataran mal, y aquello me animaba y me hacía quererle. Una ventaja saqué, la única que yo sepa, de la se­veridad con que me trataba míster Creakle, pues parecién­dole que mi letrero le estorbaba al pasar entre los bancos, cuando tenía ganas de pegarme, me lo mandó quitar, y no lo volví a ver.

Una circunstancia fortuita aumentó más aún la intimidad entre Steerforth y yo, de una manera que me causó mucho orgullo y satisfacción, aunque no dejaba de tener sus incon­venientes. En una ocasión en que me hacía el honor de char­lar conmigo en el patio de recreo me atreví a hacerle obser­var que algo o alguien se parecía a algo o a alguien de Pere­grine Pickle. Él no me dijo nada entonces; pero cuando nos fuimos a la cama me preguntó si tenía aquel libro.

Le contesté que no, y le expliqué cómo lo había leído, igual que los demás de que ya he hablado.

-¿Y los recuerdas bien? -me preguntó Steerforth.

-¡Oh, sí, perfectamente! -repliqué- Tengo buena me­moria, y creo que los recuerdo muy bien todos.

-Entonces ¿quieres que hagamos una cosa, pequeño Copperfield? Me los vas a contar. Yo no puedo dormirme tan temprano, y por lo general me despierto casi de madru­gada. Me irás contando uno después de otro y será lo mismo que Las mil y una noches.

La proposición me halagó de un modo extraordinario, y aquella misma noche la pusimos en práctica. ¿Qué mutila­ciones cometería yo con mis autores favoritos en el curso de mi interpretación? No estoy en condiciones de decirlo, y además prefiero no saberlo; pero tenía fe profunda en ellos, y, además, lo mejor que creo que tenía era el modo sencillo y grave de contarlos. Con esas cualidades se va lejos.

El reverso de la medalla era que muchas noches tenía un sueño horrible o estaba triste y sin ganas de reanudar la his­toria. En esas ocasiones era un trabajo duro; pero hubiera sido incapaz de defraudar a Steerforth. También había días en que por la mañana me sentía cansado y me habría gus­tado una hora más de sueño, y en aquellos momentos no era muy agradable el ser despabilado igual que la sultana Shee­rezade y forzado a contar durante largo rato antes de que so­nara la campana. Pero Steerforth estaba decidido, y como él me explicaba mis problemas y todo aquello de mis deberes que yo no entendía, no perdía en el cambio. Sin embargo, debo hacerme justicia: ni por un momento me movió el inte­rés ni el egoísmo, ni tampoco el temor. Admiraba a Steer­forth y le amaba, y su aprobación lo compensaba todo. Y el sentimiento aquel era tan precioso a mis ojos, que aun ahora, al pensar en aquellas chiquilladas, me duele el corazón.

Steerforth era también muy considerado conmigo y me demostraba mucho interés; sobre todo en una ocasión lo de­mostró de un modo inflexible. Sospecho que en aquella oca­sión debió de ser un poco de suplicio de Tántalo para el pobre Traddles y todos los demás. La prometida carta de Peg­gotty (¡qué carta tan alegre y animadora era!) llegó en las primeras semanas del semestre, y con ella un bizcocho per­fectamente rodeado de naranjas y con dos botellas de vello­rita. Este tesoro, como es natural, me apresuré a ponerlo a los pies de Steerforth, rogándole que lo distribuyese.

-Bueno; pero has de saber, pequeño Copperfield, que el vino lo guardaremos para remojarte el gaznate cuando cuentes historias.

Enrojecí ante aquel interés, y, en mi modestia, le supliqué que no pensara semejante cosa. Pero él insistió, diciendo que había observado que algunas veces me ponía ronco, y que, por lo tanto, aquel vino se emplearía desde la primera hasta la última gota en lo que había dicho. En consecuencia, lo guardó en su caja y echó un poco en un frasco, y me lo ad­ministraba gota a gota por medio de un palito cuando le pa­recía que lo necesitaba. A veces lo hacía exprimiendo en el vino jugo de naranja y echándole ginebra. No estoy muy se­guro de que el sabor mejorase con aquello ni de que resultara un licor muy estomacal para tomar a las altas horas de la noche y de madrugada; pero yo lo bebía con agradecimiento y era muy sensible a aquellas atenciones.

Me parece que tardé varios meses en contarle la historia de Peregrine Pickle, y más tiempo todavía en las otras nove­las. La institución nunca flaqueó por falta de una historia, y el vino duró casi tanto como los relatos. ¡Pobre Traddles! No puedo pensar en él sin una extraña predisposición a reír y a llorar. Por las noches coreaba las historias y afectaba convulsiones de risa en los pasajes cómicos y un miedo mor­tal en los más peligrosos. A veces casi me cortaba el hilo. Recuerdo que uno de sus grandes gestos era hacer como que no podía por menos de castañetear los dientes cuando men­cionaba a los alguaciles en las aventuras de Gil Blas; y re­cuerdo que cuando Gil Blas se encuentra en Madrid con el capitán de los ladrones, el desgraciado Traddles lanzó tales alaridos de terror, que lo oyó mister Creakle y le dio una so­berana paliza.

Yo tenía ya espontáneamente una imaginación romántica y soñadora, y se me acentuaba cada día más con aquellas historias contadas en la oscuridad, por lo que dudo de que aquella práctica me haya resultado beneficiosa; pero el verme mimado por todos, como un juguete, en el dormito­rio, y el darme cuenta de la importancia y el atractivo que te­nía entre los otros niños (a pesar de ser yo el más pequeño) me estimulaba mucho. En una escuela regida con la cruel­dad de aquella, por grande que sea el mérito del que la pre­side no hay cuidado de que se aprenda mucho. Nosotros, en general, éramos los colegiales más ignorantes que pueden existir; estábamos demasiado atormentados y preocupados para poder estudiar, pues nada se consigue hacer en una vida de perpetua intranquilidad y tristeza. Sin embargo, a mí, mi pequeña vanidad, estimulada por Steerforth, me hacía trabajar, y aunque no me salvaba de castigos, evitó, mientras estuve allí, que me hundiera en la pereza general y me hizo asimilar de aquí y de allá algunas briznas de conocimientos.

En esto me ayudaba mucho míster Mell. Me tenía cariño, lo recuerdo con agradecimiento. Observaba con pena cómo Steerforth le trataba con un desprecio sistemático, y no per­día ninguna ocasión de herirle ni de inducir a los demás a hacerlo. Esto me preocupó durante mucho tiempo, porque yo ya le había contado (no hubiera podido dejarle sin parti­cipar de un secreto, como de ninguna otra posesión mate­rial) lo de las dos ancianas del hospicio que mister Mell ha­bía visitado, y temía que Steerforth se aprovechara de ello para hacerle sufrir.

¡Qué poco podíamos imaginar míster Mell y yo, cuando estuve desayunando y durmiendo, escuchando su flauta, las consecuencias que traería la visita al hospicio de mi insigni­ficante personilla! Tuvo las más inesperadas y graves conse­cuencias.

Sucedió que un día míster Creakle no salió de sus habita­ciones por estar indispuesto; esto, naturalmente, nos puso tan contentos, que armamos la mayor algarabía. La enorme satisfacción que experimentábamos nos hacía muy difíciles de manejar, y aunque Tungay apareció dos o tres veces con su pierna de palo y tomó nota con su voz estentórea de los más revoltosos, no causó la menor impresión en los niños. Estaban tan seguros de que hicieran lo que hicieran al día si­guiente los castigaban, que preferían divertirse y aprovechar el día.

Era sábado y, por consiguiente, medio día de fiesta; pero el tiempo no estaba para ir de paseo, y para que el ruido en el patio no molestara a míster Creakle, se nos ordenó continuar en clase por la tarde haciendo unos deberes más ligeros, que había preparados para estas ocasiones. Era el día de la se­mana en que míster Sharp salía siempre a rizar su peluca. Por lo tanto, fue míster Mell, a quien siempre tocaban las cosas más difíciles, quien tuvo que quedarse a pelear con to­dos aquel día.

Si pudiera asociarse la imagen de un toro, de un oso o de algo semejante a la de míster Mell, yo la compararía con al­guno de aquellos animales acosados por un millar de perros, aquella tarde, cuando el ruido era más fuerte. Lo recuerdo apoyando la cabeza en sus delgadas manos, sentado en su pupitre, inclinado sobre un libro y esforzándose en prose­guir su cansada labor a través de aquel ruido que habría vuelto loco hasta al presidente de la Cámara de los Comu­nes. Había chicos que se habían levantado de sus sitios y ju­gaban a la gallina ciega en un rincón; los había que se reían, que cantaban, que hablaban, que bailaban, que rugían; los había que patinaban; otros saltaban formando corro alrede­dor del maestro y gesticulaban, le hacían burla por detrás y hasta delante de sus ojos, parodiando su pobreza, sus botas, su traje, hasta a su madre; se burlaban de todo, hasta de lo que más hubieran debido respetar.

-¡Silencio! -gritó de pronto míster Mell, levantándose y dando un golpe en el pupitre con el libro- ¿Qué significa esto? No es posible tolerarlo. ¡Es para volverse loco! ¿Por qué se portan así conmigo, señores?

El libro con que había dado en el pupitre era el mío, y como yo estaba de pie a su lado, siguiendo su mirada vi a los chicos pararse sorprendidos de pronto, quizá algo asustados y también un poco arrepentidos.

El pupitre de Steerforth era el mejor de la clase y estaba al final de la habitación, en el lado opuesto al del maestro. En aquel momento estaba Steerforth recostado en la pared, con las manos en los bolsillos, y cada vez que míster Mell le mi­raba adelantaba los labios como para silbar.

-¡Silencio, míster Steerforth! -dijo míster Mell.

-Cállese usted primero! -replicó Steerforth, ponién­dose muy rojo- ¿Con quién cree usted que está hablando?

-¡Siéntese usted! -replicó míster Mell.

-¡Siéntese usted si quiere! --dijo Steerforth-, y métase donde le llamen.

Hubo cuchicheos y hasta algunos aplausos; pero míster Mell estaba tan pálido, que el silencio se restableció inme­diatamente, y un chico que se había puesto detrás de él a imitar a su madre cambió de parecer a hizo como que había ido a preguntarle algo.

-Si piensa usted, Steerforth -continuó míster Mell­ que no sé la influencia que tiene aquí sobre algunos espíritus (sin darse cuenta, supongo, puso la mano sobre mi cabeza) o que no le he observado hace pocos minutos provocando a los pequeños para que me insultasen de todas las maneras imaginables, se equivoca.

-No me tomo la molestia de pensar en usted -dijo Steerforth fríamente-; por lo tanto, no puedo equivocarme.

-Y cuando abusa usted de su situación de favorito aquí para insultar a un caballero...

-¿A quién? ¿Dónde está? -dijo Steerforth.

En esto alguien gritó:

-¡Qué vergüenza, Steerforth; eso está muy mal!

Era Traddles, a quien míster Mell ordeno inmediatamente silencio.

-Cuando insulta usted así a alguien que es desgraciado y que nunca le ha hecho el menor daño; a quien tendría usted muchas razones para respetar ya que tiene usted edad sufi­ciente, tanto como inteligencia, para comprender -dijo mis­ter Mell con los labios cada vez más temblorosos-; cuando hace usted eso, mister Steerforth, comete usted una cobardía y una bajeza. Puede usted sentarse o continuar de pie, como guste. Copperfield, continúe.

-Pequeño Copperfield --dijo Steerforth, avanzando ha­cia el centro de la habitación-, espérate un momento. Tengo que decirle, míster Mell, de una vez para siempre, que cuando se torna usted la libertad de llamarme cobarde o miserable o algo semejante, es usted un mendigo desvergon­zado. Usted sabe que siempre es un mendigo; pero cuando hace eso es un mendigo desvergonzado.

No sé si Steerforth iba a pegar a míster Mell, o si mister Mell iba a pegar a Steerforth, ni cuáles eran sus respectivas intenciones; pero de pronto vi que una rigidez mortal caía sobre la clase entera, como si se hubieran vuelto todos de piedra, y encontré a míster Creakle en medio de nosotros, con Tungay a su lado. Miss y mistress Creakle se asomaban a la puerta con caras asustadas.

Míster Mell, con los codos encima del pupitre y el rostro entre las manos, continuaba en silencio.

-Mister Mell -dijo míster Creakle, sacudiéndole un brazo, y su cuchicheo era ahora tan claro que Tungay no juzgó necesario repetir sus palabras-. ¿Espero que no se habrá usted olvidado?

-No, señor, no -contestó míster Mell levantando su rostro, sacudiendo la cabeza y restregándose las manos con mucha agitación-; no, señor, no; me he acordado..., no, mister Creakle; no me he olvidado... Yo... he recordado.... yo... de­searía que usted me recordase a mí un poco más, mister Creakle... Sería más generoso, más justo, y me evitaría cier­tas alusiones.

Mister Creakle, mirando duramente a mister Mell, apoyó su mano en el hombro de Tungay, subió al estrado y se sentó en su mesa. Después de mirar mucho tiempo a mister Mell desde su trono, mientras él seguía sacudiendo la cabeza y restregándose las manos, en el mismo estado de agitación, mister Creakle se volvió hacia Steerforth y dijo:

-Steerforth, puesto que mister Mell no se digna expli­carse, ¿quiere usted decirme qué sucede?

Steerforth eludió durante unos minutos la pregunta, mi­rando con desprecio y cólera a su contrario. Recuerdo que en aquel intervalo no pude por menos de pensar en lo noble y lo hermoso del aspecto de Steerforth comparado con mister Mell.

-¡Bien! Veamos qué ha querido decir al hablar de favo­ritos -dijo por fin Steerforth.

-¿Favoritos? -repitió mister Creakle con las venas de la frente a punto de estallar- ¿Quién se ha atrevido a ha­blar de favoritos?

-Él -dijo Steerforth.

-¿Y qué entiende usted por eso, caballero? Haga el fa­vor -pregunto mister Creakle volviéndose furioso hacia el profesor.

-Me refería, mister Creakle -respondió en voz muy baja-, quería decir que ninguno de los alumnos tenía dere­cho a abusar de su situación de favorito degradándome.

-¿Degradándole? -repitió mister Creakle-. ¡Dios mío! Pero bueno, mister no sé cuántos (y aquí mister Crea­kle cruzó los brazos, con bastón y todo, sobre el pecho, y frunció tanto las cejas, que sus ojillos eran casi invisibles), ¿quiere usted decirme si al hablar de favoritos me demuestra el respeto que me debe? Que me debe -repitió mister Creakle adelantando la cabeza y retirándola enseguida-, a mí, que soy el director de este establecimiento, del que usted no es más que un empleado.

-En efecto, hice mal en decirlo; estoy dispuesto a reco­nocerlo --contestó míster Mell-; y no lo habría hecho si no me hubieran empujado a ello.

Aquí Steerforth intervino.

-Me ha llamado cobarde y miserable, y entonces yo le he dicho que él era un mendigo. Si no hubiera estado enco­lerizado no le habría llamado mendigo; pero lo he hecho, y estoy dispuesto a soportar las consecuencias de ello.

Quizá sin darme cuenta de si aquello podría tener o no consecuencias para Steerforth, me sentí orgulloso de aque­llas nobles palabras, y en todos los niños produjo la misma impresión, pues hubo un murmullo; pero nadie pronunció una palabra.

-Me sorprende, Steerforth, aunque su ingenuidad le hace honor, ¡le hace honor, es evidente! Repito que me sor­prende, Steerforth, que usted haya podido calificar así a un profesor empleado y pagado en Salem House.

Steerforth soltó una carcajada.

-Eso no es contestar a mi observación, caballero -dijo míster Creakle-; espero más de usted, Steerforth.

Si míster Mell me había parecido vulgar al lado de Steer­forth, sería imposible decir lo que me parecía míster Creakle.

---Que lo niegue --dijo Steerforth.

-¿Que niegue que es un mendigo, Steerforth? -ex­clamó míster Creakle-. ¿Acaso va pidiendo por las calles?

-Si él no es un mendigo, lo es su pariente más cercana --dijo Steerforth-. Por lo tanto, es lo mismo.

Me lanzó una mirada, y la mano de míster Mell me acari­ció cariñosamente el hombro. Le miré con rubor en mi ros­tro y remordimiento en el corazón; pero los ojos de míster Mell estaban fijos en Steerforth. Continuaba acariciándome con dulzura en el hombro; pero le miraba a él.

-Puesto que espera usted de mí, míster Creakle, que me justifique -dijo Steerforth- y que diga a lo que me refiero, lo que tengo que decir es que su madre vive de caridad en un asilo.

Míster Mell seguía mirándole y seguía acariciándome con dulzura en el hombro. Me pareció que se decía a sí mismo en un murmullo: «Sí; es lo que me temía».

Míster Creakle se volvió hacia el profesor con cara severa y una amabilidad forzada:

-Ahora, míster Mell, ya ha oído usted lo que dice este caballero. ¿Quiere tener la bondad, haga el favor, de rectifi­car ante la escuela entera?

-Tiene razón, señor; no hay que rectificar -contestó míster Mell en medio de un profundo silencio-; lo que ha dicho es verdad.

-Entonces tenga la bondad de declarar públicamente, se lo ruego -contestó míster Creakle, poniendo la cabeza de lado y paseando la mirada sobre todos nosotros-, si he sa­bido yo nunca semejante cosa antes de este momento.

-Directamente, creo que no -contestó míster Mell.

-¡Cómo! ¿No lo sabe usted? ¿Qué quiere decir eso?

-Supongo que nunca se ha figurado usted que mi posi­ción era ni siquiera un poquito desahogada -dijo el profe­sor-, puesto que sabe usted cuál ha sido siempre mi situa­ción aquí.

-Al oírle hablar de ese modo, temo -contestó míster Creakle con las venas más hinchadas que nunca- que ha estado usted aquí en una situación falsa y ha tomado esto por una escuela de caridad o algo semejante. Míster Mell, debemos separarnos cuanto antes.

-No habrá mejor momento que ahora mismo --dijo míster Mell levantándose.

-¡Caballero! -exclamó míster Creakle.

-Me despido de usted, míster Creakle, y de todos uste­des -pronunció míster Mell mirándonos a todos y acariciándome de nuevo el hombro-. James Steerforth, lo mejor que puedo desearle es que algún día se avergüence de lo que ha hecho hoy. Por el momento, prefiero que no sea mi amigo ni de nadie por quien yo me interese.

Una vez más apoyó su mano en mi hombro con dulzura y, después, cogiendo la flauta y algunos libros de su pupitre y dejando la llave en él para su sucesor, salió de la escuela. Míster Creakle hizo entonces una alocución por medio de Tungay, en que daba las gracias a Steerforth por haber de­fendido (aunque quizá con demasiado calor) la independen­cia y respetabilidad de Salem House; después le estrecho la mano, mientras nosotros lanzábamos tres vivas. Yo no supe por qué; pero suponiendo que eran para Steerforth, me uní a ellos con entusiasmo, aunque en el fondo me sentía triste. Al salir, míster Creakle le pegó un bastonazo a Tommy Tradd­les porque estaba llorando en lugar de adherirse a nuestros vivas, y después se volvió a su diván o a su cama; en fin, adonde fuera.

Cuando nos quedamos solos estábamos todos muy des­concertados y no sabíamos qué decir. Por mi parte, sentía mucho y me reprochaba, arrepentido, la parte que había te­nido en lo sucedido; pero no hubiera sido capaz de dejar ver mis lágrimas, por temor a que Steerforth, que me estaba mi­rando, se pudiera enfadar o le pareciese poco respetuoso, te­niendo en cuenta nuestras respectivas edades y el sentimiento de admiración con que yo le miraba. Steerforth estaba muy enfadado con Traddles, y decía que habían hecho muy bien en pegarle.

El pobre Traddles, pasado ya su primer momento de desesperación, con la cabeza encima del pupitre, se conso­laba, como de costumbre, pintando un regimiento de esque­letos, y dijo que le tenía sin cuidado lo que a él le pareciera, y que se habían portado muy mal con míster Mell.

-¿Y quién se ha portado mal con él, señorita? -dijo Steerforth.

-Tú -dijo Traddles.

-¿Pues qué le he hecho? -insistió Steerforth.

-¿Cómo que qué le has hecho? -replicó Traddles-. Herir todos sus sentimientos y hacerle perder la colocación que tenía.

-¡Sus sentimientos! -repitió Steerforth desdeñosa­mente-. Sus sentimientos se repondrán pronto. ¿O es que crees que son como los tuyos, señorita Traddles? En cuanto a su colocación, ¡era tan estupenda! ¿Pensáis que no voy a escribir a mi madre diciéndole que le mande dinero?

Todos admiramos las nobles intenciones de Steerforth, cuya madre era una viuda rica y dispuesta según decía él, a hacer todo lo que su hijo quisiera. Estábamos encantados de ver cómo había puesto a Traddles en su puesto, y le exalta­mos hasta las estrellas, especialmente cuando nos dijo que se había decidido a hacerlo y lo había hecho exclusivamente por nosotros y por nuestra causa, y que no había tenido en ello ni el menor pensamiento de egoísmo.

Pero debo decir que aquella noche, mientras estaba con­tando mi novela en la oscuridad del dormitorio, me parecía oír en mi oído tristemente la flauta de míster Mell; y cuando, por último, Steerforth se durmió y yo me dejé caer en la cama, al pensar que quizá en aquel momento aquella flauta estaría sonando dolorosamente, me sentí desgraciado por completo.

Pronto lo olvidé todo, en mi constante admiración por Steerforth, que como interesado y sin abrir un libro (a mí me parecía que los sabía todos de memoria) repasaba sus clases mientras venía un nuevo profesor. El que vino salía de una escuela elemental, y antes de entrar en funciones fue invi­tado a comer por míster Creakle un día, para serle presen­tado a Steerforth. Steerforth lo aprobó y nos dijo que era un Brick, y aunque yo no entendía exactamente lo que quería decir aquello, le respeté al momento, y no se me ocurrió du­dar de su saber, aunque nunca se tomó por mí el interés que se había tomado míster Mell.

Sólo hubo otro acontecimiento en aquel semestre de la vida escolar que me impresionara de un modo persistente. Fue por varias razones.

Una tarde en que estábamos en la mayor confusión, y míster Creakle pegándonos sin descansar, se asomó Tungay gritando con su terrible voz de trueno:

-Visita para Copperfield.

Cambió unas breves palabras con míster Creakle sobre la habitación a que los pasaría y diciéndole quiénes eran. Entre tanto, yo estaba de pie y a punto de ponerme malo por la sor­presa. Me dijeron que subiera a ponerme un cuello limpio antes de aparecer en el salón. Obedecí estas órdenes en un estado de emoción distinta a todo lo que había sentido hasta entonces, y al llegar a la puerta, pensando que quizá fuese mi madre (hasta aquel momento sólo había pensado en miss o míster Murdstone), me detuve un momento sollozando.

Al entrar no vi a nadie, pero sentí que estaban detrás de la puerta. Miré y con gran sorpresa me encontré con míster Peggotty y con Ham, que se quitaban ante mí el sombrero y se inclinaban para saludarme. No pude por menos de echarme a reír; pero era más por la alegría de verlos que por sus reve­rencias.

Nos estrechamos las manos con gran cordialidad, y yo me reía, me reía, hasta que tuve que sacar el pañuelo para secar mis lágrimas.

Míster Peggotty (recuerdo que no cerró la boca durante todo el tiempo que duró la visita) pareció conmoverse cuando me vio llorar, y le hizo señas a Ham de que dijera algo.

-Vamos, más alegría, señorito Davy --dijo Ham en su tono cariñoso-. Pero ¡cómo ha crecido!

-¿He crecido? -dije enjugándome los ojos.

No sé por qué lloraba. Debía de ser la alegría de verlos.

-¿Que si ha crecido el señorito Davy? ¡Ya lo creo que ha crecido! -dijo Ham.

-¡Ya lo creo que ha crecido! -dijo míster Peggotty.

Empezaron a reírse de nuevo uno y otro, y los tres termi­namos riendo hasta que estuve a punto de volver a llorar.

-¿Y sabe usted cómo está mamá, míster Peggotty? -dije- ¿Y cómo mi querida Peggotty?

-Están divinamente -dijo míster Peggotty.

-¿Y la pequeña Emily y mistress Gudmige?

-Divinamente están -dijo míster Peggotty.

Hubo un silencio. Para romperlo, míster Peggotty sacó dos prodigiosas langostas y un enorme cangrejo; además, una bolsa repleta de gambas, y lo fue amontonando en los brazos de Ham.

-¿Sabe usted, señorito? Nos hemos tomado la libertad de traerle estas pequeñeces acordándonos de lo que le gusta­ban cuando estuvo usted en Yarmouth. La vieja comadre es quien las ha cocido. Sí, las ha cocido ella, mistress Gudmige -dijo míster Peggotty muy despacio; parecía que se agarraba a aquel asunto, no encontrando otro a mano- Se lo aseguro; las ha cocido ella.

Les dije cómo lo agradecía, y míster Peggotty, después de mirar a Ham, que no sabía qué hacer con los crustáceos, y sin tener la menor intención de ayudarle, añadió:

-Hemos venido, con el viento y la marea a nuestro fa­vor, en uno de los barcos desde Yarmouth a Gravesen. Mi hermana me había escrito el nombre de este sitio, dicién­dome que si la casualidad me traía hacia Gravesen no dejara de ver al señorito Davy para darle recuerdos y decirle que toda la familia está divinamente. Ve usted. Cuando volva­mos, Emily escribirá a mi hermana contándole que le hemos visto a usted y que le hemos encontrado también divina­mente. Resultará un gracioso tiovivo.

Tuve que reflexionar un rato antes de comprender lo que míster Peggotty quería decir con su metáfora expresiva res­pecto a la vuelta que darían así las noticias. Le di las gracias de todo corazón, y dije, consciente de que me ruborizaba, que suponía que la pequeña Emily también habría crecido desde la época en que corríamos juntos por la playa.

-Está haciéndose una mujer; eso es lo que está hacién­dose -dijo míster Peggotty-. Pregúnteselo a él.

Me señalaba a Ham, que me hizo un alegre signo de afir­mación por encima de la bolsa de gambas.

-¡Y qué cara tan bonita tiene! -dijo míster Peggotty con la suya resplandeciente de felicidad.

-¡Y es tan estudiosa! -dijo Ham.

-Pues ¿y la escritura? Negra como la tinta, y tan grande que podrá leerse desde cualquier distancia.

Era un espectáculo encantador el entusiasmo de míster Peggotty por su pequeña favorita.

Le veo todavía ante mí con su rostro radiante de cariño y de orgullo, para el que no encuentro descripción. Sus hon­rados ojos se encienden y se animan, lanzando chispas. Su ancho pecho respira con placer. Sus manos se juntan y es­trechan en la emoción, y el enorme brazo con que acciona ante mi vista de pigmeo me parece el martillo de una fragua.

Ham estaba tan emocionado como él. Y creo que habrían seguido hablando mucho de Emily si no se hubieran cortado con la inesperada aparición de Steerforth, quien al verme en un rincón hablando con extraños detuvo la canción que tara­reaba y dijo.

-No sabía que estuvieras aquí, pequeño Copperfield (no estaba en la sala de visitas), y cruzó ante nosotros.

No estoy muy seguro de si era que estaba orgulloso de te­ner un amigo como Steerforth, o si sólo deseaba explicarle cómo era que estaba con un amigo como míster Peggotty, el caso es que le llamé y le dije con modestia (¡Dios mío qué presente tengo todo esto después de tanto tiempo!):

-No te vayas, Steerforth, hazme el favor. Son dos pesca­dores de Yarmouth, muy buenas gentes, parientes de mi ni­ñera, que han venido de Gravesen a verme.

-¡Ah, ah! -dijo Steerforth acercándose- Encantado de verles. ¿Cómo están ustedes?

Tenía una soltura en los modales, una gracia espontánea y clara, que atraía. Todavía recuerdo su manera de andar, su alegría, su dulce voz, su rostro y su figura, y sé que tenía un poder de atracción que muy pocos poseen, que le hacía do­blegar a todo lo que era más débil, y que había muy pocos que se le resistieran. También a ellos les conquistó al mo­mento, y estuvieron dispuestos a abrir su corazón desde el primer instante.

-Haga usted el favor de decir en mi casa, míster Peg­gotty, cuando escriba, que míster Steerforth es muy bueno conmigo y que no sé lo que habría sido de mí aquí sin él.

-¡Qué tontería! -dijo Steerforth-. ¡Haga el favor de no decir nada de eso!

-Y si míster Steerforth viniera alguna vez a Norfolk o Sooffolk mientras esté yo allí, puede usted estar seguro, míster Peggotty, de que lo llevaré a Yarmouth a enseñarle su casa. Nunca habrás visto nada semejante, Steerforth. Está hecha en un barco.

-¿Está hecha en un barco? -dijo Steerforth-. Enton­ces es la casa más a propósito para un marino de pura raza.

-Eso es, señorito, eso es -exclamó Ham riendo-. Este caballero tiene mucha razón, señorito Davy. De un marino de pura raza; eso es, eso es. ¡Ah! ¡Ah!

Míster Peggotty no estaba menos halagado que su so­brino; pero su modestia no le permitía aceptar un cumplido personal de un modo tan ruidoso,

-Bien, señorito -dijo inclinándose y metiéndose las puntas de la corbata en el chaleco-; se lo agradezco mucho. Yo nada más trato de cumplir mi deber en mi oficio, señorito.

-¿Qué más puede pedirse, míster Peggotty? -le con­testó Steerforth. (Ya sabía su nombre.)

-Estoy seguro de que usted hará lo mismo --dijo míster Peggotty moviendo la cabeza- Y hará usted bien, muy bien. Estoy muy agradecido de su acogida; soy rudo, seño­rito, pero soy franco; al menos me creo que lo soy, ¿com­prende usted? Mi casa no tiene nada que merezca la pena, señorito; pero está a su disposición si alguna vez se le ocurre ir a verla con el señorito Davy. ¡Bueno! Estoy aquí como un caracol -dijo míster Peggotty, refiriéndose a que tardaba en irse, pues lo había intentado después de cada frase sin con­seguirlo-. ¡Vamos, les deseo que sigan con tan buena salud y que sean felices!

Ham se unió a sus votos y nos separamos con mucho ca­riño. Aquella noche estuve casi a punto de hablarle a Steer­forth de la pequeña Emily; pero era tan tímido, que no me atrevía ni a nombrarla; además tuve miedo de que fuera a reírse. Recuerdo que me preocupaba mucho y de un modo molesto lo que me habían dicho de que se estaba haciendo una mujer; pero al fin decidí que era una tontería.

Transportamos aquellas «porquerías», como las había lla­mado modestamente míster Peggotty, al dormitorio, sin que nadie lo viera, y tuvimos banquete aquella noche. Pero Traddles no podía salir felizmente de nada. Tenía la desgra­cia de no poder soportar ni una comida extraordinaria como otro cualquiera y se puso muy malo, tan malo, a consecuen­cia de la langosta, que le hicieron beber cosas negras y tra­gar unas píldoras azules, lo que, según Demple, cuyo padre era médico, habría sido suficiente para matar a un caballo. Además, recibió una paliza y seis capítulos del Testamento griego por negarse en rotundo a confesar la causa.

El resto del semestre confunde en mi memoria la monoto­nía diaria y triste de nuestras vidas: la huida del verano; el frío de la mañana al saltar de la cama y el frío más frío toda­vía de la noche cuando volvíamos a ella. Por la tarde la clase estaba mal alumbrada y peor calentada, y por la mañana, igual que una nevera; la alternativa entre la carne de vaca cocida y asada y del cordero cocido y del cordero asado; el pan con mantequilla; el jaleo de libros y de pizarras rotas, de cuadernos manchados de lágrimas, de bastonazos, de golpes dados con la regla, del corte de cabellos, de domingos llu­viosos y de los puddings agrios; el todo rodeado de una at­mósfera sucia, impregnada de tinta.

Recuerdo cómo la lejanía de las vacaciones, después de pa­recer que había estado detenida durante tanto tiempo, empe­zaba a acercarse a nosotros poco a poco. Y cómo de contar por meses el tiempo que faltaba llegamos a contarlo por semanas y después ya por días. El miedo que pasé pensando que quizá no fueran a buscarme, y después, cuando supe por Steerforth que me habían llamado, el temor de romperme alguna pierna o que ocurriera algo. Y ¡cómo iba cambiando de sitio el ben­dito día señalado! Después de ser dentro de quince días, era a la otra semana; después, ya en esta misma; luego, pasado ma­ñana; luego, mañana, y, por fin, hoy, esta noche, subo a la dili­gencia de Yarmouth y ya estoy camino de mi casa.

Dormí, con varias interrupciones, en el coche de Yar­mouth, y tuve muchos sueños incoherentes sobre aquellos recuerdos. Me despertaba a intervalos, y el musgo que veía al asomarme no era ya el del patio de recreo de Salem House, y los golpes que oían mis oídos no eran los de míster Creakle castigando al buen Traddles, sino los latigazos que el cochero arreaba a los caballos.

 
< Prev. Chapter  |  Next Chapter >