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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 57. Los emigrantes
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Todavía tenía una cosa más que hacer antes de ceder al choque de aquellas emociones, y era ocultar, a los que iban a partir, lo que había sucedido, y dejarles emprender el viaje en una feliz ignorancia. Para esto no había tiempo que perder.

Cogí a míster Micawber aparte aquella noche y le confié el cuidado de impedir que aquella terrible noticia llegara a míster Peggotty. Se encargó con gusto de ello y me prometió interceptar todos los periódicos, que sin aquella precaución pudieran revelárselo.

-Antes de llegar a él -dijo míster Micawber, golpeán­dose el pecho- sería necesario que esa triste historia pasara por encima de mi cadáver.

Míster Micawber, desde que trataba de adaptarse a su nuevo estado de sociedad, había tomado aires de cazador aventurero, si no precisamente en contra de las leyes, al me­nos a la defensiva. Hubiera podido tomársele por un hijo del desierto, acostumbrado desde hacía mucho tiempo a vivir fuera de los confines de la civilización y a punto de volver a sus desiertos nativos. Se había provisto, entre otras cosas, de un traje completo de hule, y de un sombrero de paja, de copa muy baja y untado por fuera de alquitrán. Con aquel traje grosero, y un telescopio común de marinero debajo del brazo, dirigiendo a cada instante al cielo una mirada de entendido, como si esperase mal tiempo, tenía un aspecto mu­cho más náutico que míster Peggotty. Si puedo expresarme así, había preparado para la acción a toda su familia. Encon­tré a mistress Micawber con el sombrero más hermético, más cerrado y más discreto, sólidamente atado bajo la barbi­lla, y cubierta con un chal que la empaquetaba como me ha­bían empaquetado a mí en casa de mi tía el día en que había ido a verla por primera vez. Mistress Micawber, por lo que pude ver, también se había preparado para hacer frente al mal tiempo, aunque no había nada superfluo en su vesti­menta. A Micawber hijo apenas si se le veía, perdido bajo el traje de marinero más peludo que he visto en mi vida. En cuanto a los niños, los habían embalado, como conservas, en estuches impermeables. Míster Micawber y su hijo mayor tenían las mangas subidas para demostrar que estaban dis­puestos a echar una mano en cualquier parte o a subir al puente y cantar en coro al subir el ancla KYeo... yeo... yeo», a la voz de mando.

Con este aparejo los encontramos reunidos por la noche, bajo la escalera de madera, que llamaban entonces «Hunger­ford Stairs». Vigilaban la salida de una barca que llevaba parte de su equipaje. Yo había contado a Traddles el cruel suceso, que le había conmovido dolorosamente; pero se daba cuenta como yo de que convenía guardar el secreto, y venía a ayudarme en este último servicio. Allí mismo fue donde me llevé a míster Micawber a solas y obtuve de él aquella promesa.

La familia Micawber se alojaba en un sucio tabernucho, completamente al pie de « Hungerford Stairs», cuyas habita­ciones, de tabiques de madera, avanzaban sobre el río. La familia de emigrantes excitaba bastante la curiosidad en el barrio, y estuvimos encantados de poder refugiamos en su habitación. Era precisamente una de esas habitaciones de madera, por debajo de las cuales sube la marea. Mi tía y Ag­nes estaban allí, muy ocupadas, confeccionando algunos vestidos suplementarios para los niños. Peggotty las ayu­daba; tenía delante de sí su vieja caja de labor, con su metro y el pedacito de cera, que había atravesado sano y salvo tan­tas vicisitudes.

Me costó mucho trabajo eludir sus preguntas, y todavía más el insinuar en voz baja, y sin ser observado, a míster Peggotty, que acababa de entrar, que había entregado la carta y que todo iba bien. Pero por fin lo conseguí, y los pobres eran dichosos. Yo no debía de estar muy alegre; pero había sufrido bastante personalmente para que a nadie pudiera ex­trañarle.

-¿Y cuándo se pone el barco a la vela, míster Micaw­ber? -preguntó mi tía.

Míster Micawber juzgo necesario prepárar poco a poco a mi tía o a su mujer para lo que iba a decirles, y les dijo que sería antes de lo que se esperaba la víspera.

-¡El barco lo habrá avisado, supongo! --dijo mi tía.

-Sí, señora -respondió.

-Y bien --dijo mi tía-, ¿se echa a la mar?

-Señora -respondió él-, estoy informado de que tene­mos que estar a bordo mañana, a las siete de la mañana.

-¿Eh? -dijo mi tía-. ¡Qué pronto! ¿Es eso cierto, mís­ter Peggotty!

-Sí, señora; el barco bajará el río con la próxima marea. Si el señorito Davy y mi hermana vienen a Gravesen con no­sotros, mañana a mediodía nos despediremos.

-Puede usted estar seguro -le dije.

-Hasta entonces, y hasta el momento en que estemos en el mar -dijo míster Micawber lanzándome una mirada de inteligencia-, míster Peggotty y yo vigilaremos juntos nues­tros equipajes. Emma, amor mío -continuó míster Micaw­ber, tosiendo con la majestad de costumbre para aclararse la voz-, mi amigo míster Thomas Traddles tiene la bondad de proponerme en voz baja que le permita encargar todos los ingredientes necesarios para la composición de cierta bebida, que se asocia naturalmente en nuestros corazones, al rosbif de la vieja Inglaterra; quiero decir.. ponche. En otras circunstancias yo no me atrevería a pedir a miss Trotwood y a miss Wickfield... pero...

-Todo lo que puedo decir ---contestó mi tía- es que, en cuanto a mí, beberé a su salud y a su éxito con el mayor gusto, míster Micawber.

-Y yo también -dijo Agnes sonriendo.

Míster Micawber bajó inmediatamente al mostrador y vol­vió cargado con una olla humeante. No pude por menos de observar que pelaba los limones con un cuchillo que tenía, como conviene a un plantador consumado, de lo menos un pie de largo, y que lo limpiaba con ostentación sanguinaria en la manga de su traje. Mistress Micawber y los dos hijos mayores estaban también provistos de aquellos formidables instrumentos; en cuanto a los más pequeños, les habían atado a cada uno, a lo largo del cuerpo, una cuchara de madera, pendiente de un fuerte cordón. También, para gustar de ante­mano la vida de a bordo o de su existencia futura en medio de los bosques, míster Micawber se complació en ofrecer el ponche a mistress Micawber y a su hija en horribles tacitas de estaño, en lugar de emplear los vasos que llenaban una mesa. En cuanto a él, nunca había estado más encantado que aquella noche, bebiendo en su pinta de estaño y volviendo a guardarla cuidadosamente en el bolsillo al fin de la velada.

-Abandonamos -dijo míster Micawber- el lujo de nuestra antigua patria- y parecía renunciar a él con la más viva satisfacción, Los ciudadanos de los bosques no pue­den esperar encontrar allí los refinamientos de esta tierra de libertad.

En esto, un chico vino a decir que esperaban abajo a mís­ter Micawber.

-Tengo el presentimiento -dijo mistress Micawber, de­jando encima de la mesa su tacita de estaño- de que debe de ser algún miembro de mi familia.

-Si es así, querida -observó míster Micawber, con su viveza habitual, cuando se trataba aquel asunto---, como el miembro de tu familia, sea el que sea, hombre o mujer, nos ha hecho esperar durante mucho tiempo, quizá no le moleste ahora esperar a que yo esté dispuesto a recibirle.

-Micawber -dijo su mujer en voz baja-, en un mo­mento como este...

-¡No habría generosidad --dijo míster Micawber levan­tándose-en vengarse de las ofensas! Emma, reconozco mis culpas.

-Y además no eres tú quien ha sufrido por ello, sino mi familia. Si mi familia se da cuenta por fin del bien de que se ha privado voluntariamente; si quiere tendernos ahora la mano de amigos, ¡no la rechacemos!

-Querida mía, que así sea.

-Si no lo haces por ellos, Micawber, hazlo por mí

-Emma -respondió él-, yo no sabría resistir a seme­jante llamamiento. No puedo prometerte que saltaré al cuello de los de tu familia; pero el miembro de ella que me espera abajo no verá enfriarse su ardor por una acogida glacial.

Míster Micawber desapareció y tardaba en volver. Mistress Micawber tenía aprensión de que hubiera surgido alguna dis­cusión entre él y el miembro de su familia. Por fin, el mismo chico reapareció, y me presentó una carta escrita con lápiz, con el encabezamiento oficial: «Heep contra Micawber».

Por aquel documento supe que míster Micawber, al verse detenido de nuevo, había caído en la más violenta desespe­ración; me rogaba que le enviase con el muchacho su cuchi­llo y su trozo de estaño, que podrían serle útiles en la prisión durante los cortos momentos que le quedaban de vida. Me pedía también, como última prueba de amistad, que llevara a su familia al Hospicio de Caridad de la Parroquia y que olvi­dara que había existido nunca una criatura con su nombre.

Como es natural, le contesté apresurándome a bajar con el chico para pagar su deuda. Le encontré sentado en un rincón, mirando con expresión siniestra al agente de policía que le había detenido. Una vez en libertad, me abrazó con la mayor ternura y se apresuró a inscribir aquello en su libreta, con algunas notas, donde tuvo buen cuidado, lo recuerdo, de añadir medio penique, que yo había omitido, por olvido, en el total.

Aquel memorable cuaderno le recordó precisamente otra transacción, como él lo llamaba. Cuando subimos dijo que su ausencia había sido causada por circunstancias indepen­dientes de su voluntad; después sacó de su bolsillo una gran hoja de papel, cuidadosamente doblada y cubierta con una larga suma. A la primera ojeada me di cuenta de que nunca había visto nada tan monstruoso en ningún cuademo de arit­mética. Era, según parece, un cálculo de intereses compues­tos sobre lo que él llamaba « el total principal de cuarenta y una libras, diez chelines, once peniques y medio», para épo­cas diferentes. Después de haber estudiado cuidadosamente sus recursos y comparado las cifras, había llegado a deter­minar la suma que representaba el todo, interés y principal, por dos años, quince meses y catorce días, desde esa fecha. Había preparado con su mejor escritura una nota que entregó a Traddles, dando miles de gracias por encargarse de su deuda íntegra, como debe hacerse de hombre a hombre.

-Sigo teniendo el presentimiento --dijo míster Micaw­ber moviendo la cabeza con expresión pensativa- de que encontraremos a nuestra familia a bordo antes de nuestra partida definitiva.

Míster Micawber, evidentemente, tenía otro presenti­miento sobre el mismo asunto; pero lo metió en su taza de estaño, y se lo tragó todo.

-Si durante el viaje tiene usted alguna ocasión de escri­bir a Inglaterra, mistress Micawber -dijo mi tía---, no deje de damos noticias suyas.

-Mi querida miss Trotwood -respondió ella-, seré de­masiado dichosa pensando que hay alguien a quien le interesa saber de nosotros, y no dejaré de escribirle. Míster Cop­perfield, que es desde hace tanto tiempo nuestro amigo, es­pero que no tenga inconveniente en recibir de vez en cuando algún recuerdo de una persona que le ha conocido antes de que los mellizos fueran conscientes de su existencia.

Respondí que tendría mucho gusto en tener noticias suyas siempre que tuviera ocasión de escribirnos.

-Las facilidades no nos faltaran, gracias a Dios -dijo míster Micawber-. El océano ya es sólo una gran flota, y seguramente encontraremos más de un barco durante la tra­vesía. Es una diversión este viaje -continuó, cogiendo su telescopio-, una verdadera diversión. La distancia es ima­ginaria.

Cuando lo recuerdo no puedo por menos que sonreír. Aquello era muy de míster Micawber... Antes, cuando iba de Londres a Canterbury, hablaba corno de un viaje al fin del mundo, y ahora que dejaba Inglaterra para ir a Australia, le parecía que partía para atravesar la Mancha.

-Durante el viaje probaré a hacerles tener paciencia des­granando mi rosario, y confío que durante las largas veladas no les molestará oír las melodías de mi hijo Wilkins, alrede­dor del fuego. Cuando mistress Micawber tenga ya el pie se­guro y no se maree (perdón por la expresión), ella también les cantará su cancioncita. A cada instante veremos pasar a nuestro lado tiburones y delfines; a babor como a estribor descubriremos todo el tiempo cosas llenas de interés. En una palabra -dijo míster Micawber con su antigua elegancia-, es probable que tengamos a nuestro alrededor tantos moti­vos de distracción, que cuando oigamos gritar «¡Tierra!» desde lo alto del gran mástil, nos quedemos muy sorpren­didos.

Y blandió victoriosamente su tacita de estaño, como si ya hubiera efectuado el viaje y acabara de sufrir un examen de primera clase ante las autoridades marítimas más compe­tentes.

-En cuanto a mí, yo espero sobre todo, mi querido mís­ter Copperfield --dijo mistress Micawber-, que un día re­vivamos en nuestra antigua patria la persona de algún miem­bro de nuestra familia. No frunzas el ceño, Micawber; no me refiero ahora a mi familia, sino a los hijos de nuestros hijos. Por vigorosa que pueda ser la rama trasplantada, yo no po­dré olvidar el árbol de donde ha salido; y cuando nuestra raza haya llegado a la grandeza y a la fortuna, confieso que me gustaría que esa fortuna viniera a las arcas de la Gran Bretaña.

-Querida mía -dijo míster Micawber-, que la Gran Bretaña busque su suerte donde pueda; yo me veo obligado a decir que, como ella no ha hecho nunca gran cosa por mí, no me preocupa mucho su suerte.

-Micawber -continuó mistress Micawber-, haces mal. Cuando se parte para un país lejano, no es para debilitar, sino para fortalecer los lazos que le unen a uno con Albión.

-Los lazos en cuestión, querida mía -repuso míster Mi­cawber-, no me han cargado, lo repito, de obligaciones per­sonales, para que yo tema lo más mínimo formar otros.

-Micawber -insistió mistress Micawber-, insisto en que estás equivocado; tú mismo no sabes de lo que eres ca­paz, Micawber; y por eso yo cuento con fortalecer, aun ale­jándote de tu patria, los lazos que lo unen con Albión.

Míster Micawber se sentó en su butaca, con las cejas lige­ramente fruncidas; parecía no admitir más que a medias las ideas de mistress Micawber a medida que las enunciaba, aunque estuviera profundamente marcado por la perspectiva que abrían ante él.

-Mi querido míster Copperfield --dijo mistress Micaw­ber-, deseo que míster Micawber comprenda su situación. Me parece extraordinariamente importante que, desde el momento de nuestro embarque, míster Micawber com­prenda su situación. Usted me conoce lo bastante, míster Copperfield, para saber que yo no tengo la viveza de carácter de míster Micawber. Yo soy, si se me permite decirlo, una mujer eminentemente práctica. Sé que vamos a em­prender un largo viaje; sé que tendremos que sufrir muchas dificultades y privaciones; es una verdad demasiado clara. Pero también sé lo que es míster Micawber; sé mejor que él de todo lo que es capaz. Y por eso considero como de mucha importancia el que míster Micawber comprenda su situación.

-Querida mía ---contestó él-, permíteme que te haga observar que me resulta imposible darme cuenta de mi situa­ción en el momento actual.

-No soy de esa opinión, Micawber --contestó ella-; al menos, no lo soy por completo. Mi querido míster Copper­field, la situación de míster Micawber no es como la de todo el mundo: míster Micawber se va a un país lejano precisa­mente para hacerse conocer y apreciar por primera vez en su vida. Yo quiero que míster Micawber se ponga a la proa del barco y diga con voz segura: «Vengo a conquistar este país. ¿Tenéis honores? ¿Tenéis riquezas? ¿Tenéis empleos esplén­didamente retribuidos? ¡Que me los traigan! ¡Sois míos!».

Míster Micawber nos lanzó una mirada que quería decir: «Verdaderamente hay mucho sentido en lo que está di­ciendo».

-En resumen -dijo mistress Micawber en tono deci­sivo-, quiero que míster Micawber sea el César de su for­tuna. Así es como yo considero la verdadera situación de míster Micawber, mi querido míster Copperfield. Deseo que desde el primer día de viaje míster Micawber se ponga en la proa del barco, diciendo: «¡Basta de retrasos, basta de des­conciertos, basta de apuros! Eso pasaba en nuestra antigua patria; pero esta es nuestra patria nueva y me debe una repa­ración; ¡que nos la dé! ».

Míster Micawber cruzó los brazos con resolución, como si ya estuviera de pie, dominando la figura que adorna la proa del navío.

-Y si comprende su situación, ¿no tengo razones para decir que fortificará el lazo que le une con la Gran Bretaña en lugar de debilitarle? ¿Habrá quien pretenda que no llegue hasta la madre patria la influencia del hombre importante cuyo astro se levantará en otro hemisferio? ¿Tendré la debi­lidad de creer que, una vez en posesión del cetro de la for­tuna y del genio en Australia, míster Micawber no será nada en Inglaterra? Yo sólo soy una mujer; pero sería indigna de mí misma y de papá si tuviera que reprocharme esta absurda debilidad.

En su profunda convicción de que no había nada que con­testar a aquellos argumentos, mistress Micawber había dado a su tono una elevación moral que yo no le había conocido antes.

-Y por eso deseo más todavía que podamos volver un día a habitar en la tierra natal. Míster Micawber llegará a te­ner (no puedo por menos de creerlo muy probable), míster Micawber llegará a tener un gran nombre en la historia, y entonces será el momento de que reaparezca glorioso en el país que le ha visto nacer y que no había sabido apreciar sus grandes facultades.

-Amor mío -repuso míster Micawber-, no puede por menos que conmoverme tu afecto, y estoy siempre dispuesto a acatar tu buen juicio. ¡Será lo que tenga que ser! ¡Dios me libre de querer arrebatar a mi tierra natal la menor parte de las riquezas que podrán un día acumularse en nuestros des­cendientes!

-Está bien -dijo mi tía, volviéndose hacia míster Peg­gotty-; bebo a la salud de todos. ¡Que toda clase de bendi­ciones y de éxitos los acompañen!

Míster Peggotty soltó a los dos niños, que tenía sobre sus rodillas, y se unió a míster y mistress Micawber para brindar a nuestra salud; después, los Micawber y él se estrecharon cordialmente la mano, y al ver la sonrisa que iluminaba el rostro brillante de míster Peggotty, pensé que él sí que sabría vivir, tener un buen nombre y hacerse querer por todas, par­tes donde fuera.

Los niños también tuvieron permiso para meter sus cu­charas de palo en la taza de míster Micawber y unirse al brindis general; después de esto, mi tía y Agnes se levanta­ron y se despidieron de los emigrantes. Fue un momento do­loroso. Todo el mundo lloraba; los niños se agarraban a la falda de Agnes, y dejamos al pobre míster Micawber en un arrebato de violenta desesperación, llorando y sollozando, a la luz de una sola vela, cuya claridad, vista desde el Táme­sis, debía de dar a la habitación el aspecto de una pobre casa.

Al día siguiente por la mañana fui a asegurarme de que habían partido. Habían subido a la chalupa a las cinco de la mañana, y al ver la pobre casa donde sólo los había visto una vez, y encontrarle un aspecto triste y desierto, porque se ha­bían ido, comprendí el vacío que dejan semejantes despedidas.

Por la tarde de aquel día nos dirigimos a Gravesen Peg­gotty y yo. Encontramos el barco, rodeado de una multitud de barcas, en medio del río... El viento era bueno; la bandera de partida flotaba en lo alto del mástil. Alquilé inmediata­mente una barca y subimos a bordo, a través del laberinto confuso del navío.

Míster Peggotty nos esperaba en el puente. Me dijo que míster Micawber acababa de ser detenido de nuevo (y por última vez) a petición de Heep, y que, según mis instruccio­nes, había pagado el total de la deuda, que yo le entregué al momento. Después nos hizo bajar al entrepuente, y allí se disiparon los temores que yo había podido concebir de que llegara a saber lo ocurrido en Yarmouth. Míster Micawber se acercó a él, le agarró del brazo amistosamente y me dijo en voz baja que desde la antevíspera no le había dejado ni un momento.

Era para mí un espectáculo tan extraño, la oscuridad me parecía tan grande y el espacio tan angosto. que en el primer momento no me daba cuenta de nada; sin embargo, poco a poco mis ojos se acostumbraron a aquellas tinieblas, y me creí en el centro de un cuadro de Ostade. En medio de las vi­gas y cuerdas del barco se veían las hamacas, las maletas, los baúles, los barriles, que componían el equipaje de los emigrantes; algunas linternas iluminaban la escena; más le­jos, la pálida luz del día entraba por una escotilla o una manga de viento. Grupos muy diferentes se apiñaban; ha­cían nuevas amistades, se despedían de las antiguas, se ha­blaba, se reía, se lloraba, se comía, se bebía; algunos estaban ya instalados en el pedazo de suelo que les correspondía, y se ocupaban en arreglar sus efectos, colocando a los niños en taburetes o sillitas; otros, no sabiendo dónde meterse, va­gaban de un lado para otro desolados. Había niños que sólo conocían la vida hacía una semana o dos, y viejos encorva­dos que parecían no tener más que una semana o dos de vida por delante. Labradores que llevaban en sus botas tierra del suelo natal, y herreros cuya piel iba a dar al nuevo mundo una muestra del humo de Inglaterra; en el poco espacio del entrepuente habían encontrado medio de amontonarse mues­tras de todas las edades y estados.

Lanzando una mirada a mú alrededor, me pareció ver, sen­tada al lado de uno de los pequeños Micawber, una mujer cuyo aspecto me recordaba a Emily. Otra mujer se inclinó hacia ella, abrazándola, y después se alejó rápidamente a través de la multitud, dejándome un vago recuerdo de Agnes. Pero en medio de la confusión general y del desor­den de mis pensamientos, la perdí de vista, y ya sólo vi una cosa: que daban la señal de dejar el puente a todos los que no partían; que mi buena Peggotty lloraba a mi lado, y que mistress Gudmige se ocupaba activamente en arreglar las cosas de míster Peggotty, con la ayuda de una joven vestida de negro, que me volvía la espalda.

-¿Tiene usted algo más que decirme, señorito Davy? -me preguntó míster Peggotty-. ¿No tiene ninguna pre­gunta que hacerme mientras estamos aquí todavía?

-Una sola -le dije- ¿Martha?...

Tocó el brazo de la joven que había visto a su lado. Se volvió, y era Martha.

-¡Que Dios le bendiga! ¡Es usted el hombre más bueno de la tierra! ¿Se va con ustedes?

Ella me contestó por él deshaciéndose en lágrimas. No pude decir una palabra; pero estreché la mano de mister Peg­gotty; y si alguna vez he estimado y querido a un hombre en el mundo, ha sido a él.

Los que no partían abandonaban el navío. Yo tenía toda­vía que cumplir mi deber más penoso. Le dije lo que me ha­bía encargado que le repitiera, en el momento de su partida, el noble corazón que había dejado de latir. Se conmovió pro­fundamente. Pero cuando, a su vez, me encargó sus afectos y sentimientos para el que ya no podia oírles, estaba yo más conmovido que él.

Había llegado el momento. Le abracé, cogí del brazo a mi antigua niñera, que lloraba, y subimos al puente. Me despedí de la pobre mistress Micawber, que continuaba esperando a su familia con inquietud, y sus últimas palabras fueron para decirme que no abandonaría nunca a mister Micawber.

Volvimos a bajar a nuestra barca, y a cierta distancia nos, detuvimos para ver al barco tomar su impulso. El sol se po­nía. El navío flotaba entre nosotros y el cielo rojizo; se veía el menor de sus cables y cuerdas en aquel fondo deslum­brante. Resultaba tan hello, tan triste, y al mismo tiempo tan alentador, el ver al glorioso barco, inmóvil todavía sobre el agua débilmente agitada, con todo su cargamento, con todos sus pasajeros reunidos en multitud en el puente, silenciosos, con las cabezas desnudas. Nunca había visto nada seme­jante.

El silencio sólo duró un momento. El viento levantaba las velas; el barco empezó a moverse; resonaron tres ¡hurras!, salidas de todas las barcas, y, repetidas a bordo, fueron de eco en eco a morir en la orilla. El corazón se desfallecía a la vista de los pañuelos y de los sombreros que se movían en señal de adiós, y entonces fue cuando la vi.

La vi, al lado de su tío, todavía temblorosa, estrechándose contra él. Y él nos la enseñaba. Nos vio, y me envió con la mano un último adiós. ¡Adiós, pobre Emily, bella y frágil planta arrastrada por la tormenta! ¡Agárrate a él con toda la confianza que lo deje tu corazón roto, pues él te agarra a ti con toda la fuerza de su inmenso amor!...

Entre los matices sonrosados del cielo, Emily, apoyada en su tío, y él sosteniéndola en su brazo, pasaron majestuosa­mente y desaparecieron. Cuando llegamos a la orilla, la no­che había caído sobre las colinas de Kent... y también, tene­brosa, sobre mí.

 
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