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David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 55. La tempestad
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Me acerco ahora a un suceso de mi vida, tan horrible, tan inolvidable, tan ligado a todo lo que llevo relatado en estas páginas, que desde el principio de mi narración lo he visto irse levantando como una torre gigantesca en la llanura, y dar sontbra anticipada hasta a los menores incidentes de mi niñez.

Muchos años después de ocurrido todavía soñaba con ello. Me impresionó tan vivamente, que aún ahora me pa­rece que atruena mi tranquila habitación, en noches de calma, y sueno con ello, aunque cada vez con intervalos in­seguros y más largos. Lo asocio en mi memoria con el viento tormentoso y con la playa, tan íntimamente, que no puedo oírlos mencionar sin acordarme de ello.

Lo vi tan claramente como intentaré describirlo. No nece­sito hacer memoria; lo tengo presente como si lo viera, como si volviera a suceder de nuevo ante mí.

Como se acercaba la fecha de la salida del barco, mi buena y vieja Peggotty vino a Londres a verme y a despe­dirse. Era nuestra primera entrevista después de mi desgra­cia, y la pobre tenía el corazón destrozado. Estuve constan­temente a su lado, con su hermano y con los Micawber (pues estaban casi siempre reunidos), pero nunca vi a Emily.

Una tarde, muy próxima ya su marcha, estando yo solo con Peggotty, y su hermano, nuestra conversación recayó sobre Ham. Peggotty nos contó la ternura con que se había despedido de ella y la tranquila virilidad, cada vez mayor, con que se había portado últimamente cuando a ella le pare­cía más puesto a prueba. Era un asunto sobre el que nunca se cansaba de hablar, y nuestro interés al oír los muchos ejemplos que podía relatar, pues estaba constantemente a su lado, igualaba al que ella tenía por contárnoslos.

Mi tía y yo habíamos abandonado las dos casas de High­gate; yo, porque me marchaba fuera, y ella, porque volvía a su casa de Dover; y teníamos una habitación provisional en Covent Garden. Cuando volvía hacia casa después de aque­lla conversación, reflexionando sobre lo que había pasado entre Ham y yo la última vez que estuve en Yarmouth, dudé entre mi primer proyecto de dejar una carta para Emily, a su tío, cuando me despidiera de él a bordo, o si sería mejor es­cribirla en aquel mismo momento. Pensaba que ella podía desear, después de recibida mi carta, mandar conmigo algu­nas palabras de despedida a su desgraciado enamorado, y en ese caso yo debía proporcionarle la ocasión.

Así es que antes de acostarme le escribí. Le decía que ha­bía estado con él y que me había pedido que le dijera lo que ya he escrito, en su lugar correspondiente, en estas páginas. Todo se lo contaba fielmente. Aunque hubiera tenido dere­cho para hacerlo, no veía la necesidad de aumentarlo. Su bondad profunda y su constante fidelidad no las podían adornar ni yo ni ningún otro hombre. Dejé la carta fuera, para que se la llevaran a la mañana siguiente, con unas letras para míster Peggotty, en las que le rogaba entregara la carta a Emily, y me metí en la cama, al amanecer

Estaba entonces más débil de lo que yo creía; y no pu­diendo conciliar el sueño sino hasta que el sol estuvo muy alto, seguí en la cama hasta muy tarde. Me despertó la presen­cia silenciosa de mi tía al lado de mi cama. La presentía en mi sueño, como supongo que todos presentimos estas cosas.

-Trot, querido mío -me dijo cuando abrí los ojos-. No me podía decidir a molestarte. Pero míster Peggotty está aquí. ¿Le digo que suba?

Le contesté que sí y apareció enseguida.

-Señorito Davy ---dijo después de darme la mano-, le he dado su carta a Emily, y ella ha escrito esta y me ha pedido que le diga a usted que la lea, y que si no ve ningún mal en ello, tenga la bondad de entregársela a Ham.

-¿La ha leído usted? -le dije.

Asintió tristemente. Abrí la carta y leí lo que sigue:

«He recibido tu mensaje. ¡Oh! ¿Qué podría yo es­cribir para agradecer tu inmensa bondad conmigo?

He puesto esas palabras junto a mi corazón. Las guar­daré hasta que me muera. Son como espinas agudas, pero que reconfortan. He rezado sobre ellas; ¡he rezado tanto! Cuando veo tu que eres tú y lo que es el tío, pienso en lo que debe ser Dios, y me atrevo a llorar ante Él.

Adiós para siempre. Ahora, amigo mío, adiós para siempre en este mundo. En el otro, si Dios me perdona, podré despertarme como un niño a ir hacia ti.

Gracias, y bendito seas otra vez, ¡adiós!»

Estaba emborronada con lágrimas.

-¿Puedo decir a Emily que, como no ve usted ningún mal en ello, tendrá la bondad de encargarse de ella, señorito Davy? --dijo míster Peggotty cuando terminé de leerla.

-Naturalmente --dije-; pero estoy pensando...

-¿Qué, señorito Davy?

-Estoy pensando -dije- que voy a volver a Yarmouth. Hay tiempo de sobra para ir y volver antes de que salga el barco. No hago más que acordarme de él en su soledad. Así, le pongo ahora en las manos esta carta, y usted puede decirle que la ha recibido; será una buena acción para los dos. Estoy in­tranquilo; el movimiento me distraerá. Iré esta misma noche.

A pesar de que trató de disuadirme, vi que era de mi opi­nión, y si hubiera necesitado que afirmaran mi intención, lo hubiese conseguido. Le encargué que fuera a la oficina de la diligencia y tomase un asiento en el pescante, para mí. Al anochecer salí por la carretera que había recorrido bajo tan­tas vicisitudes.

-¿No cree usted -pregunté al cochero en cuanto sali­mos de Londres- que el cielo está muy extraño? No me acuerdo haberlo visto nunca así.

-Ni yo -contestó-. Eso es viento, señor. Habrá des­gracias en el mar, me parece...

Estaba el cielo en una sombría confusión, manchado aquí y allí de un color parecido al del humo de un combustible como fuel; las nubes, que, volando, se amontonaban en las montañas más altas, fingían alturas mayores en las nubes, y bajo ellas una profundidad que llegaba a lo más hondo de la tierra; la luna salvaje parecía tirarse de cabeza desde la al­tura como si en aquel disturbio terrible de las leyes de la na­turaleza hubiera perdido su camino y tuviera miedo. Había hecho aire durante todo el día; pero entonces empezó a arre­ciar, con un ruido horrible. Aumentaba por momentos, y el cielo también estaba cada vez más cargado.

Según avanzaba la noche, las nubes se cerraban y se ex­tendían densas sobre el cielo, ya muy oscuro, y el viento so­plaba cada vez con más fuerza. Los caballos apenas si po­dían seguir. Muchas veces, en la oscuridad de la noche (era a fines de septiembre, cuando las noches son largas), los que iban a la cabeza se volvían o se paraban, y temíamos que el coche fuera derribado por el viento.

Ráfagas de lluvia llegaron antes que la tormenta, azotán­donos como si fueran chaparrones de acero; y en aquellos momentos no había ni árboles ni muros donde guarecerse, y nos vimos forzados a detenernos, en la imposibilidad de continuar la lucha.

Cuando amaneció, el viento seguía arreciando. Yo había estado en Yarmouth cuando los marinos decían que «sopla­ban los cañones»; pero nunca había visto nada semejante ni que se le acercara. Llegamos a Ipswich tardísimo, habiendo tenido que luchar por cada pulgada de terreno que ganába­mos, desde diez millas fuera de Londres, y encontramos en la plaza un grupo de gente que se había levantado de la cama por miedo a que se derrumbasen las chimeneas. Algunas de estas gentes se reunieron en el patio de la posada mientras cambiábamos de caballos, y nos contaron que el viento había arrancado grandes láminas de plomo de la torre de una igle­sia, y que habían caído en una cane cercana, cerrando el paso por completo. Otros contaban que unos aldeanos que venían de pueblos cercanos habían visto árboles grandes arrancados de raíz y cuyas ramas cubrían los caminos y el campo. Pero la tormenta no amainaba, sino que cada vez era más fuerte.

Según íbamos avanzando hacia el mar, de donde venía el viento, su fuerza era cada vez más terrible. Mucho antes de ver el mar nos mojamos con su agua salada y con su espuma. El agua había invadido kilómetros y kilómetros del terreno llano que rodea Yarmouth, y cada arroyuelo se salía de su cauce y se unía a otros un poco mayores. Cuando llegamos a ver el mar, las olas en el horizonte, vistas de vez en cuando sobre los abismos que se ahondaban, parecían las torres y las construcciones de otra costa cercana. Cuando por fin lle­gamos a la ciudad, la gente salía a las puertas de las casas, con los cabellos erizados por el viento, y se maravillaba de que la diligencia hubiera podido llegar con semejante noche.

Bajé en la posada vieja, y enseguida, dando tropezones por la calle, que estaba sembrada de arena y algas y volan­deros copos de espuma, temiendo que me cayeran encima tejas o pizarras, y agarrándome a la gente que encontraba, me fui a ver el mar. Al llegar a la playa vi no sólo a los mari­neros, sino a medio pueblo, que estaba allí, refugiado detrás de unas construcciones; algunos, desafiando la furia de la tormenta, miraban mar adentro; pero al momento tenían que volver a guarecerse haciendo verdaderos zigzag para que el viento no los empujara.

Uniéndome a aquellos grupos vi mujeres que se asusta­ban y lloraban porque sus maridos estaban en la pesca del arenque y de ostras, y pensaban, con razón, que los botes podían haberse ido a pique antes de encontrar puerto. Entre la gente había marinos viejos, curtidos en su oficio, que sa­cudían la cabeza mirando al mar y al cielo, y hablándome entre dientes; amos de barcos, excitados y violentos; hasta lobos de mar preocupados mirando con ansiedad desde sus cobijos y fijando en el horizonte sus anteojos como si obser­varan las maniobras de un enemigo.

Cuando ya no me confundió ni el ruido horroroso de la tormenta, ni las piedras y la arena que volaban, y me fui acostumbrando al viento cegador, pude mirar al mar, que es­taba grandioso. Cuando se levantaban las enormes montañas de agua para derrumbarse desde lo más alto, parecía que la más pequeña podría tragarse la ciudad entera. Las olas, al retroceder con un ronco rugido, socavaban profundas caver­nas en la arena, como si se propusieran minar la tierra para su destrucción. Y cuando, coronadas de espuma, se rompían antes de llegar a la orilla, cada fragmento parecía poseído por toda su cólera y se precipitaba a componer otro nuevo monstruo. Colinas ondulantes se transformaban en valles; de valles ondulantes (con alguna gaviota posada entre ellos) surgían colinas; enormes masas de agua hacían retemblar la playa con su horroroso zumbido; cada ola, tan pronto como estaba hecha, tumultuosamente cambiaba de sitio y de forma, para tomar al lugar y la forma de otra a la que vencía; la otra costa, imaginada en el horizonte, con sus grandes to­rres y construcciones, subía y bajaba sin cesar; las nubes bai­laban vertiginosas danzas; me parecía que presenciaba una rebelión de la naturaleza.

Al no encontrar a Ham entre las gentes que había reunido aquel vendaval memorable (porque aún lo recuerdan por allí como el viento más fuerte que soplara nunca en la costa) me fui a su casa. Estaba cerrada, y como nadie contestó a mi lla­mada, me fui por los caminos de detrás al astillero donde trabajaba. Allí me dijeron que se había ido a Lowestoft para hacer algunas reparaciones que habían requerido su talento, pero que volvería a la mañana siguiente.

Volví a la posada, y después de lavarme y arreglarme traté de dormir; pero era en vano. Eran las cinco de la tarde. No había estado sentado ni cinco minutos junto al fuego, cuando el camarero que vino a atizarlo (una disculpa para charlar) me dijo que dos barcos carboneros se habían ido a pique con toda su gente a unas pocas millas, y que otros barcos estaban luchando contra el temporal en gran peligro de estrellarse contra las rocas. «Que Dios los perdone -dijo---, si tene­mos otra noche como la última. »

Estaba muy deprimido, muy solo, y me turbaba la idea de que Ham no estuviera en su casa. Los últimos sucesos me habían afectado seriamente, sin que yo supiera hasta qué punto, y el haber estado expuesto a la tormenta durante tanto tiempo me había atontado la cabeza. Estaban tan embrolla­das mis ideas, que había perdido la norma del tiempo y la distancia. De modo que no me hubiera sorprendido nada en­contrarme por aquellas calles con personas que yo sabía que tenían que estar en Londres. Había en mi mente un vacío ex­traño respecto a estas ideas; pero mi memoria estaba muy ocupada con los recuerdos claros y vivos que este lugar des­pertaba en mí.

Estando en aquel estado, sin ningún esfuerzo de voluntad, combiné lo que me acababa de contar el camarero con mis extraños temores acerca de Ham. Me temía su vuelta de Lo­westoft por mar, y su naufragio. Esta idea creció en mí de tal manera que resolví volver al astillero antes de comer y pre­guntar al botero si creía que había alguna probabilidad de que Ham volviera por mar, y, si me dejaba alguna duda, obli­garle a venir por tierra yendo a buscarle.

Ordené aprisa la comida y volví al astillero con toda opor­tunidad, porque el botero, con una lintema en la mano, estaba cerrando la entrada. Casi se rio cuando le hice mi pregunta, y me contestó que no había miedo de que ningún hombre en sus cabales saliera a la mar con semejante galerna, y menos que nadie Ham Peggotty, que había nacido para marino.

Tranquilizado con esto y casi avergonzado de haberlo pre­guntado, volví a la posada. Si un vendaval como aquel podía aumentar, creo que entonces estaba aumentando. El rechinar de ventanas y puertas, el aullido del viento dentro de las chi­meneas, el aparente temblor de la casa misma que me cobi­jaba y el prodigioso tumulto del mar eran más tremendos que por la mañana. Además, había que añadir la oscuridad, que invadía todo con nuevos terrores, reales a imaginarios.

No podía comer, no podía estar sentado, no podía prestar una atención continuada a nada. Algo dentro de mí, contes­tando débilmente a la tormenta exterior, revolvía lo más pro­fundo de mi memoria, confundiéndola. Sin embargo, en el atropello de mis pensamientos, que corrían, como salvajes, al compás del mar, la tormenta y mi preocupación por Ham me angustiaban de un modo latente.

Se llevaron la comida sin que casi la probara. Intenté re­frescarme con un vaso o dos de vino; pero fue inútil. Me amodorré junto al fuego, sin perder del todo la consciencia ni de los ruidos de fuera ni de donde me encontraba. Pronto se oscurecieron por un nuevo a indefinible horror, y cuando desperté (o mejor dicho, cuando sacudí la modorra que me sujetaba en mi silla) todo mi ser temblaba de un miedo sin objeto a inexplicable.

Me paseé de arriba abajo; intenté leer un periódico viejo; escuché los ruidos horribles de fuera; me entretuve viendo escenas, casas y cosas en el fuego. Por fin, el tranquilo tictac de un reloj que había en la pared me atormentó de tal modo que resolví irme a la cama.

Me tranquilizó un poco el oír decir que algunos de los criados de la posada habían decidido no acostarse aquella noche.

Me fui a la cama excesivamente cansado y aburrido; pero en el momento que me acosté todas estas sensaciones desa­parecieron como por encanto, y estaba perfectamente des­pierto y con todos los sentidos aguzados.

Horas y horas estuve oyendo al viento y al agua, imagi­nándome que oía gritos en el mar; tan pronto disparaban ca­ñonazos como oía derrumbarse las caws de la ciudad. Me levanté varias veces y miré fuera; pero nada podía ver, ex­cepto el reflejo de la vela que había dejado encendida, y mi propia cara hosca, que me miraba reflejándose en lo negro del cristal de la ventana.

Por último, mi nerviosidad llegó a tal punto, que me vestí precipitadamente y bajé. En la gran cocina, donde distinguía las ristras de ajos y los jamones colgando de las vigas, los que estaban de guardia se habían reunido en varias actitudes alrededor de una mesa que habían corrido a propósito hacia la puerta. Una muchachita muy bonita, que tenía los ojos ta­pados con el delantal y los ojos fijos en la puerta, se puso a chillar cuando entré, creyendo que era un espíritu; pero los demás, que tenían más sangre fría, se alegraron de que me uniera a su compañía. Uno de ellos, refiriéndose a lo que habían estado discutiendo, me preguntó que si creía que las al­mas de la tripulación de los carboneros que se habían ido a pique estarían en la tormenta.

Estuve allí unas dos horas.

Una vez abrí la puerta del patio y miré a la calle, vacía. Las algas, la arena y los copos de espuma seguían arrastrán­dose, y tuve que pedir ayuda para conseguir cerrar la puerta contra el viento.

Cuando por fin volví a mi cuarto oscuro y solitario estaba tan cansado que me metí en la cama y me quedé profunda­mente dormido. Sentí como si me cayera de una alta torre a un precipicio, y aunque soñé que estaba en sitios muy distintos y veía otras escenas, en mi sueño oía soplar al vendaval. Por fin perdí este pequeño lazo que me unía con la realidad y soñé que estaba con dos amigos míos muy queridos, pero que no sé quienes eran, en el sitio de una ciudad rodeada de cañonazos.

El ruido del cañón era tan fuerte a incesante, que no podía oír una cosa que estaba deseando oír, hasta que, haciendo un gran esfuerzo, me desperté. Estábamos en pleno día, entre ocho y nueve de la mañana; la tormenta atronaba en lugar de las baterías, y alguien me llamaba dando golpes en la puerta.

-¿Qué pasa? -grité.

-¡Un naufragio muy cerca!

Salté de la cama y pregunté:

-¿Qué naufragio?

-Una goleta española o portuguesa, cargada con fruta y vinos. Dése prisa si quiere verlo. Creo que está cerca de la playa y que se hará pedazos muy pronto.

La voz excitada se alejaba alborotando por la escalera; me vestí lo más aprisa que pude y corn a la calle.

Un público numeroso estaba allí antes de que yo llegara, todos corriendo en la misma dirección a la playa. Corrí yo también, adelantando a muchos, y pronto llegué frente al mar enfurecido.

Puede que el viento hubiera amainado un poco, pero tan poco como si en el cañoneo con que yo soñaba, que era de cientos de cañones, hubieran callado una media docena de ellos. Pero el mar, que tenía sumada toda la agitación de la noche, estaba infinitamente más terrible que cuando yo lo había dejado de ver. Parecía como si se hubiera hinchado, y la altura donde llegaban las olas, y cómo se rompían sin ce­sar, aumentando de un modo espantoso.

Entre la dificultad de oír nada que no fuera viento y olas, y la inenarrable confusión de las gentes, y mis primeros es­fuerzos para mantenerme contra el huracán, estaba tan atur­dido que miré al mar para ver el naufragio, y no vi más que las crestas de espuma de las enormes olas.

Un marinero a medio vestir, que estaba a mi lado, me apuntaba hacia la izquierda con su brazo desnudo (que tenía el tatuaje de una flecha en esa misma dirección). Entonces; ¡cielo santo!, lo vi muy cerca, casi encima de nosotros.

Tenía la goleta uno de los palos rotos a unos seis a ocho pies del puente, tumbado por encima de uno de los lados, enredado en un laberinto de cuerdas y velas; y toda esta ruina, con el balanceo y el cabeceo del barco, que eran de una violencia inconcebible, golpeaba el flanco del barco como si quisiera destrozarlo. Como que estaban haciendo esfuerzos aún entonces para cortarlos, y al volverse la go­leta, con el balance, hacía nosotros vi claramente a su tripu­lación, que trabajaba a hachazos, especialmente un mucha­cho muy activo, con el pelo muy largo y rizado, que sobresalía entre todos los demás.

Pero en aquel momento un grito enorme, que se oyó por encima del ruido de la tormenta, salió de la playa; el mar ha­bía barrido el puente, llevándose hombres, maderas, toneles, tablones, armaduras y montones de esas bagatelas dentro de sus olas bullientes.

El otro palo seguía en pie, con los trapos de su rasgada vela y un tremendo enredo de cordajes que le golpeaban en todos los sentidos. «La ha cabeceado por primera vez», me dijo roncamente al oído el marinero que estaba a mi lado; pero se alzó y volvió a cabecear. Me pareció que añadía que se estaba hundiendo, como era de suponer, porque los golpes de mar y el balanceo eran tan tremendos que ninguna obra humana podría soportarlos durante mucho tiempo. Mientras hablaba se oyó otro grito de compasión, que salía de la playa; cuatro hombres salieron a flote con los restos del barco, tre­pando por los aparejos del último mástil que quedaba; iba el primero el activo muchacho de cabellos rizados.

Había una campana a bordo; y mientras la goleta, como una criatura que se hubiera vuelto loca, furiosa cabeceaba y se bamboleaba, enseñándonos tan pronto la quilla como el puente desierto, la campana parecía tocar a muerte. Volvió a desaparecer y volvió a alzarse. Faltaban otros dos hombres. La angustia de las gentes de la playa aumentó. Los hombres gemían y se apretaban las manos; las mujeres gritaban vol­viendo la cabeza. Algunos corrían de arriba abajo en la playa, pidiendo socorro, cuando no se podía socorrer. Yo me encontraba entre ellos, implorando como loco, a un grupo de marineros que conocía, que no dejasen perecer a aquellas dos criaturas delante de nuestros ojos.

Ellos me explicaban con mucha agitación (no sé cómo, pues lo poco que oía no estaba casi en disposición de enten­derlo) que el bote salvavidas había intentado con valentía socorrerlos hacía una hora, pero que no pudo hacer nada; y como ningún hombre estaba tan desesperado como para arriesgarse a llegar nadando con una cuerda y establecer una comunicación con la playa, nada quedaba por intentar. En­tonces noté que se armaba un revuelo entre la gente, y vi adelantarse a Ham, abriéndose paso por entre los grupos.

Corrí hacia él (puede que a repetir mi demanda de soco­rro); pero aunque estaba muy aturdido por un espectáculo tan terrible y tan nuevo para mí, la determinación pintada en su rostro y en su mirada fija en el mar (exactamente la misma mirada que tenía la mañana después de la fuga de Emily) me hicieron comprender el peligro que corría. Le su­jeté con los dos brazos, implorando a los hombres con quie­nes había estado hablando que no le escucharan, que no co­metieran un asesinato, que no le dejaran moverse de la playa.

Otro grito se elevó de entre la multitud, y al mirar a los restos de la goleta vimos que la vela cruel, a fuerza de gol­pes, había arrancado al hombre que estaba más bajo, de los dos que quedaban, y envolvía de nuevo la figura activa que quedaba ya sola en el mástil.

Contra aquel espectáculo y contra la determinación de un hombre tranquilo, acostumbrado a imponerse a la mitad de la gente allí reunida, todo era inútil; lo mismo podía amena­zar al viento.

-Señorito Davy -me dijo apretándome las dos ma­nos-, si mi día ha llegado, es que ha llegado, y si no, pronto nos veremos. ¡Que Dios le bendiga y nos bendiga a todos! ¡Compañeros, preparadme, porque voy a salir!

Me arrastraron suavemente a alguna distancia, donde la gente me rodeó para no dejarme marchar, argumentándome que, puesto que se había propuesto socorrerle, lo haría con o sin ayuda de nadie, y que ya no hacía más que dificultar las precauciones que estaban tomando para su seguridad. No sé lo que les dije ni lo que me contestaron; pero vi hombres que trajinaban en la playa, y otros que corrían con las cuerdas de un cabrestante cercano, y se metían en un círculo de gentes que me lo escondían. Luego lo vi, en pie, solo, vestido con su traje de mar: con una cuerda en la mano o arrollada a la muñeca, otra alrededor de la cintura, que él mismo iba sol­tando al andar y en el extremo varios de los hombres más fuertes la sujetaban.

La goleta se hundía delante de nuestros ojos. Vi que se abría por el centro y que la vida del hombre sujeto al mástil pendía de un hilo nada más; pero él se agarraba fuertemente. Tenía puesto un extraño gorro rojo (no de mejor color que el de los marineros), y mientras las pocas tablas que le separa­ban del abismo se balanceaban y se doblaban, y la campana se anticipaba a tocar a muerto, todos le vimos hacemos señas con su gorro, y yo creí que me volvía loco, porque aquel gesto me trajo a la memoria el recuerdo de un amigo que me fue muy querido.

Ham, en pie, miraba al mar, solo, con el silencio de la respi­ración contenida; detrás de él, y ante él, la tormenta. Por fin, aprovechando una gran ola que se retiraba, miró a los que suje­taban la cuerda, para que la largasen, y se precipitó en el agua; en un momento se puso a luchar fieramente, subiendo con las colinas, bajando con los valles, perdido en la espuma y arras­trado a tierra por la resaca. Pronto le arriaron con la cuerda.

Se había herido. Desde donde estaba le vi la cara ensan­grentada; pero él no se fijaba en semejante cosa. Me pareció que daba algunas órdenes para que le dejaran los movimien­tos más libres (o por lo menos así lo juzgué yo al ver cómo accionaba) y otra vez volvió a lanzarse al agua.

Ahora se acercaba a la goleta, subiendo con las colinas, ca­yendo a los valles, perdido bajo la ruda espuma, traído hacia la playa, llevado hacia el barco, en una lucha muy dura y muy valiente. La distancia no era nada, pero la fuerza del mar y del viento hacían la contienda mortal. Por fin se acercó a la goleta. Estaba tan cerca ya, que con una de sus brazadas vigorosas hu­biera podido llegar y agarrarse; pero una montaña de agua verde altísima se abalanzó sobre él y el barco desapareció.

Vi algunos fragmentos arremolinados, como si sólo un to­nel se hubiera roto al ser rodado para cargarlo en algún barco. La consternación se pintaba en todos los semblantes. Lo sacaron del agua y lo trajeron hasta mis mismos pies in­sensible, muerto.

Se lo llevaron a la casa más cercana, y como ya nadie me prohibía que me acercase a él, me quedé probando todos los medios posibles para hacerle volver en sí; pero aquella ola terrible le había dado un golpe mortal, y su generoso cora­zón se había parado para siempre.

Cuando, después de haberlo intentado todo y perdida la última esperanza, estaba sentado junto a la cama, un pesca­dor que me conocía desde que Emily y yo éramos niños, murmuró mi nombre desde la puerta.

-Señorito Davy -me dijo, temblándole los labios y con lágrimas en su cara curtida, que entonces estaba de color ce­niza-, ¿quiere usted venir conmigo?

El antiguo recuerdo que había vuelto a mi memoria es­taba en su mirada. Me apoyé en el brazo que me tendía para sostenerme y le pregunté lleno de terror:

-¿Ha traído el mar algún cadáver a la playa?

-Sí -me contestó.

-¿Le conozco yo? -le pregunté entonces.

No me contestó; pero me llevó a la playa, y en la parte donde ella y yo, cuando niños, buscábamos conchas (en la parte donde había algunos fragmentos del viejo barco, que había sido destrozado la noche anterior por el vendaval, entre las ruinas del hogar que había deshonrado) le vi a «él», con la cabeza descansando encima de su brazo, como le ha­bía visto tantas veces dormir en el colegio.