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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 54. Las operaciones de míster Micawber
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No voy ahora a describir mi estado de ánimo bajo el peso de aquella desgracia. Pensaba que el porvenir no existía para mí; que la energía y la acción se me habían terminado, y que no podría encontrar mejor refugio que la tumba. Digo que llegué a pensar en todo esto; pero no fue en el primer mo­mento de mi pena. Aquellas ideas fueron germinando poco a poco en mí. Si los acontecimientos que voy a narrar ahora no me hubieran envuelto desde el primer instante, distra­yendo mi aflicción, y más tarde aumentándola, es posible (aunque no lo creo probable) que hubiese caído enseguida en aquel estado. Pero hubo un intervalo antes de que me diera cuenta bien de toda mi desgracia; un intervalo durante el cual hasta supuse que sus más agudos sufrimientos habían pasado ya y en el que pude consolar mi memoria, descan­sándola en todo lo más hermoso a inocente de la tiema his­toria que se me había cerrado para siempre.

Todavía hoy no sé cuándo se habló por primera vez de que yo debía ir al continente, ni cómo llegamos a estar todos de acuerdo en que debía buscar el restablecimiento de mi calma en el cambio y los viajes. El espíritu de Agnes domi­naba de tal modo todo lo que pensamos, dijimos a hicimos en aquella época de tristeza, que puedo achacar el proyecto a su influencia. Pero aquella influencia era tan serena, que Ya no sé más.

Y ahora pienso que mi modo de asociarla en la infancia con la vidriera de la iglesia era como una visión profética de lo que iba a ser para mí en la desgracia que debía ago­biarme un día. En efecto; desde el momento inolvidable en que se presentó ante mí, con la mano levantada, su presencia fue como la de una santa en mi solitaria morada: y cuando el ángel de la muerte entró en ella, mi «mujer-niña» se durmió con una sonrisa sobre su pecho. Me lo contaron cuando ya pude soportar el oírlo.

De mi inconsciencia desperté para ver sus lágrimas de compasión, para oír sus palabras de esperanza y de paz, para ver su dulce rostro inclinado, como desde una región más pura y más cercana al cielo, sobre mi indisciplinado cora­zón, dulcificando sus dolores.

Pero voy a proseguir mi relato.

Iba a marcharme para el continente. Esto parecía cosa de­cidida desde el primer momento. La tierra cubría ya los res­tos mortales de mi mujercita, y sólo esperaba por lo que mís­ter Micawber llamaba la «pulverización final de Heep» y «la marcha de los emigrantes».

Volvimos a Canterbury, llamados por Traddles (el más ca­riñoso y mejor de los amigos en mi desgracia), mi tía, Agnes y yo, y nos citamos todos en casa de míster Micawber; allí y en casa de míster Wickfield había estado trabajando sin ce­sar mi amigo desde nuestra reunión « explosiva» . Cuando la pobre mistress Micawber me vio entrar de luto, lo sintió muy sinceramente. Había mucha bondad en el corazón de mistress Micawber que no le había sido arrancada en el trans­curso de los años.

-Muy bien, míster y mistress Micawber -saludó mi tía en cuanto nos sentamos-. ¿Hacen ustedes el favor de de­cirme si han pensado bien en mi proposición de emigrar'?

-Querida señora -contestó míster Micawber-, quizá no pueda expresar mejor la conclusión a la que mistress Mi­cawber, su humilde servidora, y puedo añadir nuestros hijos, hemos junta y separadamente llegado, sino, adoptando el lenguaje de un ilustre poeta, contestando que nuestro bote está en la playa y nuestra barca está en el mar.

-Eso está muy bien -dijo mi tía-. Auguro toda clase de cosas buenas por esta decisión tan sensata.

-Señora, nos honra usted mucho -afirmó. Y enseguida, consultando el memorándum, dijo: -Respecto a la ayuda pecuniaria que nos permita lanzar nuestra frágil canoa sobre el océano de las empresas, he vuelto a considerar detenida­mente este punto importante del negocio, y me atrevo a pro­poner mis notas de mano, hechas (no necesito decirlo) en papel timbrado, como lo requieren varios actos del Parla­mento relativos a estas garantías. Ofrezco el reembolso a dieciocho, veinticuatro y treinta meses. La proposición que primeramente expuse era doce, dieciocho y veinticuatro me­ses; pero temí no tener tiempo suficiente para reunir la canti­dad necesaria. Podría suceder -dijo míster Micawber, mi­rando alrededor de la habitación, como si representara varios cientos de áreas de tierra cultivada- que al primer venci­miento no hubiéramos tenido éxito en nuestra cosecha, o no la hubiéramos recogido aún. Creo que la labor es difícil en esa parte de nuestras posesiones coloniales, donde nos será forzoso luchar contra la tierra inculta.

-Arréglelo usted como quiera -dijo mi tía.

-Señora -contestó él-, mistress Micawber y yo esta­mos profundamente agradecidos por la consideración y bon­dad de nuestros amigos y patronos. Lo que deseo es poder ser exactamente puntual y un perfecto negociante. Vol­viendo, como estamos a punto de volver, una hoja completa­mente nueva, y retrocediendo, como estamos ahora en el acto de retroceder, hacia una primavera de tranquilidad no común, es importante para mi sentido de la dignidad, ade­más de ser un ejemplo para mi hijo, que estos arreglos se ha­gan entre nosotros como de hombre a hombre.

No sé qué sentido prestaría míster Micawber a esta última frase; no creo que ninguno de los que la emplearon se lo haya dado nunca; pero a él le gustó mucho y la repitió, con una tos expresiva: «como de hombre a hombre» .

-Propongo -continuó míster Micawber- pagarés; es­tán muy en uso en el mundo comercial, y creo que debemos su origen a los judíos, que me parece han tenido mucho que ver con ello desde entonces, y los propongo porque son ne­gociables. Pero si una letra o cualquier otra garantía es pre­ferida, me sentiré dichoso conformándome a lo que ustedes decidan sobre ello, « como de hombre a hombre».

Mi tía observó que en el caso en que estaban las dos par­tes, de convenir en cualquiera cosa que fuera, estaba segura de que no habría dificultades para resolver aquel punto. Mís­ter Micawber fue de su misma opinión.

-En cuanto a nuestras preparaciones domésticas, señora -dijo míster Micawber con alguna vanidad-, para hacer frente al destino a que debemos consagramos, pido permiso para referirlas. Mi hija mayor va todas las mañanas, a las cinco, a un establecimiento cercano para adquirir el talento (si se puede llamar así) de ordeñar vacas. Mis hijos más pe­queños tienen instrucciones para que observen, tan de cerca como las circunstancias se lo permitan, las costumbres de los cerdos y aves de corral que hay en los barrios más pobres de esta ciudad; persiguiendo este objetivo, los han traído a casa en dos ocasiones a punto de ser atropellados. Yo mismo he prestado alguna atención, durante la semana pasada, al arte de fabricar pan; y mi hijo Wilkins se ha dedicado a conducir, con un cayado, el ganado, cuando se lo permiten los zafios que lo cuidan. Los ayudaba voluntariamente; pero siento decir que no era muy a menudo, porque generalmente le insultaban con palabrotas, para que desistiera.

-Muy bien, muy bien -dijo mi tía para animar-. No dudo que mistress Micawber también habrá tenido algo que hacer...

-Querida señora -contestó mistress Micawber con su expresión atareada-, le confieso que no me he dedicado ac­tivamente a nada que se relacione directamente con el cul­tivo y el almacenaje, a pesar de estar enterada de que ello ha de reclamar mi atención en playas extrañas. Todas las opor­tunidades que he podido restar a mis quehaceres domésticos las he consagrado a una correspondencia algo extensa con mi familia; porque me parece a mí, mi querido míster Cop­perfield -dijo mistress Micawber, que siempre se volvía hacia mí (supongo que por su antigua costumbre de pronun­ciar mi nombre al empezar sus discursos)-, que ha llegado el momento de enterrar el pasado en el olvido, y que mi fa­milia debe dar a míster Micawber la mano, y míster Micaw­ber dársela a mi familia. Ya es hora de que el león se acueste con el cordero y de que mi familia se reconcilie con míster Micawber.

Dije que pensaba lo mismo.

-Ese es, por lo menos, el modo como yo considero el asunto. Mi querido míster Copperfield -continuo mistress Micawber-, cuando vivía en mi casa con mi papá y mi mamá, mi papá tenía la costumbre de consultarme cuando se discutía cualquier punto en nuestro estrecho círculo: «¿Desde qué aspecto ves tú el asunto, Emma mía?». Ya sé que papá era demasiado parcial-, sin embargo, respecto a la frialdad que ha existido siempre entre míster Micawber y mi familia, me he formado necesariamente una opinion, por falsa que sea.

-Sin duda. Claro que la tiene usted que habérsela for­mado, señora -dijo mi tía.

-Precisamente -asintió mistress Micawber-. Sin em­bargo, puedo estar equivocada en mis conclusiones; es muy probable que lo esté; pero mi impresión individual es que el abismo que hay entre mi familia y míster Micawber puede haberse abierto por el temor, por parte de mi familia, de que míster Micawber necesitara algún auxilio pecuniario. No puedo por menos de pensar -dijo mistress Micawber con expresión de profunda sagacidad- que hay miembros de mi familia que han temido que míster Micawber les pidiera el nombre para algo. Y no me refiero para el caso de bautizar a nuestros hijos, sino para inscribirlo en letras de cambio y ne­gociarlo en la Banca.

La mirada penetrante con que mistress Micawber enunció aquel descubrimiento, como si nadie hubiera pensado en ello, pareció extrañar mucho a mi tía, quien contestó de re­pente:

-Bien, señora; en el fondo, no me chocaría que tuviera usted razón.

-Como míster Micawber está en vísperas de soltar las cadenas que le han atado durante tanto tiempo -continuo mistress Micawber- y de empezar una nueva carrera, en una tierra donde hay campo abierto para sus habilidades (lo que, en mi opinion, es muy importante, porque las habilida­des de míster Micawber requieren mucho espacio), me pa­rece a mí que mi familia debía señalar esta ocasión adelan­tándose la primera. Lo que yo desearía es ver reunidos a míster Micawber y a mi familia en una fiesta dada y coste­ada por mi familia; donde, al proponer algún miembro im­portante de mi familia un brindis a la salud de míster Mi­cawber, míster Micawber pudiera tener ocasión de desarrollar sus puntos de vista.

-Querida mía -dijo míster Micawber con cierta pa­sión-, quizá sea mejor que yo declare ahorra mismo aquí que si desarrollara mis puntos de vista ante esta reunion, pro­bablemente los encontrarían ofensivos, porque mi impresión es que todos los miembros de tu familia son, en general, unos impertinentes snobs, y en detalle, unos bribones sin pa­liativo.

-Micawber -dijo mistress Micawber, sacudiendo la ca­beza-, nunca les has comprendido, y ellos nunca lo han comprendido a ti.

Míster Micawber tosió.

-Nunca lo han comprendido -dijo su mujer-. Puede que sean incapaces de ello. Si es así, esa es su desgracia, y soy muy dueña de compadecerlos.

-Siento mucho, mi querida Emma -dijo, con mayor lentitud míster Micawber-, el haberme traicionado en ex­presiones que puedan, aunque sea remotamente, tener la apariencia de ofensivas. Todo lo que digo es que puedo irme al continente sin que tu familia se adelante a favorecerme; en resumen, con una última sacudida de sus hombros; y que prefiero dejar Inglaterra con el ímpetu que poseo, que deber­les la menor ayuda. Eso no quita, querida mía, que si llega­ran a contestar a tus comunicaciones (lo que nuestra expe­riencia hace muy improbable), lejos de mí está el ser una barrera para tus deseos.

Habiendo arreglado este asunto amigablemente, míster Micawber dio su brazo a mistress Micawber, y mirando al montón de libros y papeles que había encima de la mesa, ante Traddles, dijo que nos dejaban solos, lo que ceremonio­samente llevaron a cabo.

-Mi querido Copperfield --dijo Traddles, apoyándose en su silla, cuando se fueron, y mirándome con tanto carmo que se le enrojecieron los ojos y el pelo se le puso de mil formas raras-, no me disculpo por molestarte con negocios, porque sé que lo interesan profundamente y que hasta podrán dis­traerte. Y espero, amigo mío, que no estés cansado.

-Estoy completamente repuesto -le dije después de una pausa-. Tenemos que pensar en mi tía antes que en nadie. ¡Ya sabes todo lo que ha hecho!

-¡Claro, claro! -contestó Traddles-. ¿Quién puede ol­vidarlo?

-Pero no es eso todo -dije-. Durante estos últimos días le atormentaban preocupaciones nuevas, y ha ido y vuelto a Londres todos los días. Varias veces ha salido tem­prano y no ha vuelto hasta el anochecer. Anoche, Traddles, sabiendo que tenía que hacer este viaje y todo, era casi me­dia noche cuando volvió a casa. Ya sabes hasta qué punto es considerada con los demás, y por eso no quiere decirme lo que ha ocurrido ni lo que le hace sufrir.

Mi tía, muy pálida y con arrugas profundas en su frente, permanecía inmóvil escuchándome; algunas lágrimas extra­viadas corrían por sus mejillas, y puso su mano en la mía.

-No es nada, Trot; no es nada. Ya ha terminado todo, y lo sabrás un día de estos. Ahora, Agnes, querida mía, vamos a dedicamos a estos asuntos.

-Tengo que hacer justicia a míster Micawber -empezó Traddles- diciendo que, aunque parece que para sí mismo no ha conseguido trabajar con éxito, es el hombre más in­cansable cuando trabaja para los demás. Nunca he visto cosa semejante. Si siempre ha hecho lo mismo, a mi juicio, es como si tuviera ya doscientos años. El calor con que lo ha hecho todo y el modo impetuoso con que ha estado exca­vando noche y día entre papeles y libros, sin contar el in­menso número de cartas suyas que han venido a esta casa desde la de míster Wickfield; y a veces hasta de un lado a otro de la mesa en que estábamos sentados, cuando le hu­biera sido más cómodo hablar, es extraordinario.

-¿Cartas? --exclamó mi tía-. ¡Yo creo que sueña con cartas!

-También míster Dick ---dijo Traddles- ha hecho ma­ravillas. Tan pronto como le descargamos de observar a Uriah Heep, cosa que hizo con un celo que nunca vi exce­dido,empezó a dedicarse a míster Wickfield; y realmente, su ansia de ser útil en nuestras investigaciones, y su verdadera utilidad en extraer y copiar, y traer y llevar, han sido un estímulo para nosotros.

-Dick es un hombre muy notable -exclamó mi tía-; yo siempre lo he dicho. Trot, tú lo sabes.

-Me alegra mucho decirle, miss Wickfield -continuó Traddles, con una delicadeza y seriedad conmovedoras-, que, en su ausencia, míster Wickfield ha mejorado conside­rablemente. Libertado del peso que le agobiaba desde hacía tanto tiempo, y de los horribles temores bajo los que ha vi­vido, ahora no es el mismo de antes. A veces hasta recobraba su fuerza mental para concentrar su memoria y atención en algunos puntos del asunto; y ha podido ayudamos a esclare­cer algunas cosas que sin su ayuda habrían sido muy difíci­les, si no imposibles, de desenredar. Pero quiero llegar cuanto antes al resultado, en lugar de charlar de todas las circunstancias que he observado, pues si no, no acabaría nunca.

Su sencillez dejaba traslucir que decía todo aquello para ponernos contentos y preparar a Agnes a oír nombrar a su padre en cosas más confidenciales; pero no por eso era me­nos agradable su naturalidad.

-Ahora vamos a ver -continuó Traddles mirando entre los papeles de la mesa-. Después de saber con lo que con­tamos, y de haber contado en primer lugar con una cantidad grande de confusión involuntaria, y en segundo con una con­fusión y falsificación voluntarias, queda demostrado que míster Wickfield puede cerrar ahora su negocio y su notaría sin ningún déficit ni desfalco.

-¡Oh, gracias, Dios mío! --exclamó Agnes con fervor.

-Pero -dijo Traddles- lo que quedaría entonces para subvenir a sus necesidades (y al decir esto supongo la casa ya vendida) sería tan exiguo, que probablemente no excede­ría a unos cientos de libras. Por lo tanto, miss Wickfield, convendría reflexionar si no se podría conservar la notaría abierta. Sus amigos podrían aconsejarle, ya sabe usted, ahora que está libre. Usted misma, miss Wickfield, Copper­field, yo.

-Ya lo he pensado, Trotwood -dijo Agnes mirán­dome-, y siento que no debe ser, y que no será, aunque me lo aconseje un amigo a quien agradezco y debo tanto.

-No diré que te he aconsejado -observó Traddles-. Me parecía bien sugerirlo nada más.

-Me alegra el oírselo decir --contestó Agnes con tranqui­lidad-; esto me hace esperar, casi me da la seguridad de que opinamos del mismo modo. Querido míster Traddles y que­rido Trotwood, papá libre y con honra, ¡qué más puedo desear! Siempre he aspirado, de poder ser, a disminuir los embrollos en que se había metido, a devolverle un poco de los cuidados y cariños que le debo, y dedicarle mi vida. Esta ha sido durante muchos años mi mejor esperanza. Tener la responsabilidad de nuestro porvenir sobre mí será mi segunda gran alegría des­pués de librarle de toda preocupación y responsabilidad.

-¿Has pensado cómo, Agnes?

-Muchas veces. No tengo miedo, querido Trotwood. Es­toy segura del éxito. Tanta gente me conoce aquí y me apre­cia, que estoy segura. No dudes de mí. Nuestras necesidades no son muchas. Si alquilo nuestra querida y vieja casa, y pongo una escuela, seré útil y feliz.

El fervor tranquilo de su alegre voz me trajo a la memoria tan vivamente la querida casa vieja primero, y luego mi ho­gar solitario, que mi corazón estaba demasiado lleno para poder hablar. Traddles hizo como que estaba muy ocupado, buscando entre los papeles durante un rato.

-Ahora, miss Trotwood -dijo Traddles-, esa propie­dad es suya.

-¡Bueno! Lo que tengo que decir es que si desapareció puedo sobrellevarlo, y que si aun existe, me alegraré mucho de recobrarla.

-En su origen creo que eran ocho mil libras -dijo Traddles.

-Eso era ---contestó mi tía.

-No he conseguido encontrar más de cinco -dijo Traddles, perplejo.

-¿Miles quiere usted decir -inquirió mi tía con com­postura nada vulgar-, libras?

-Cinco mil libras -dijo Traddles.

-Eso es lo que quedaba --contestó mi tía-. Yo misma vendí tres mil; pagué mil por tus cosas, Trot querido, y llevo conmigo las otras dos mil. Cuando perdí lo demás me pare­ció prudente no hablar de esta cantidad y guardarla en se­creto para algún día de apuro. Quería ver cómo saldrías de la prueba, Trot; saliste de ella noblemente, con perseverancia, abnegación, confiando en ti mismo. ¡Lo mismo se ha portado Dick! ¡No me hablen, porque tengo los nervios alterados!

Nadie lo hubiera creído viéndola tan tiesa, sentada, con los brazos cruzados; pero es que se dominaba maravillosamente.

-Pues no saben lo que me alegro decirles -exclamó Traddles radiante de alegría- que hemos recobrado todo el dinero.

-Que nadie me dé la enhorabuena --exclamó mi tía---. ¿Y cómo es eso, caballero?

-¿Usted creía que míster Wickfield lo había malver­sado? --dijo Traddles.

-Claro que lo creía -dijo mi tía-, y por eso me lo ca­llaba. Agnes, ni una palabra.

-Y se vendió --dijo Traddles-, ¡vaya si se vendió!, en virtud de un poder suyo que él tenía; pero no necesito decir por quién fue vendido o bajo qué firma. Luego el vendedor lo fingió a míster Wickfield (y probó con números el muy canalla) que él mismo se había apoderado del dinero (dán­dole instrucciones generales, decía) para ocultar otros defi­cits y deudas. Míster Wickfield, desamparado, fue tan débil en sus manos, que llegó a pagarle a usted varias cantidades de intereses de un capital que sabía que no existía, hacién­dose así, desgraciadamente, cómplice del fraude.

-Y por fin cargó con toda la culpa -añadió mi tía---, y me escribió una carta loca, culpándose de robo y maldades que nadie puede imaginar. Entonces fui a visitarle una ma­ñana temprano, pedí una vela, quemé la carta y le dije que si alguna vez podía justificarse ante mí y ante sí mismo, que lo hiciera, y que si no podía, se callara por amor a su hija. Si al­guien me habla, me marcho ahora mismo.

Todos nos quedamos silenciosos; Agnes se tapaba la cara.

-Bien, amigo mío --dijo mi tía después de una pausa-, ¿y por fin le ha vuelto usted a sacar el dinero?

-El hecho es --contestó Traddles- que míster Micaw­ber le había cercado de tal modo, que tenía siempre prepara­dos argumentos nuevos por si alguno fallaba, y no se nos pudo escapar. Una de las circunstancias más notables es que no creo que se apoderara de la cantidad por satisfacer su ava­ricia desordenada, sino más bien por el odio que sentía con­tra Copperfield. Me lo dijo claramente. Dijo que hubiese gastado otro tanto por hacer daño a Copperfield.

-¡Ah! -exclamó mi tía frunciendo su entrecejo y mi­rando hacia Agnes-. ¿Y qué ha sido de él?

-No lo sé -dijo Traddles-. Se marchó de aquí con su madre, que no había cesado de clamar, descubrirse y amena­zarnos. Se marcharon en una de las diligencias de la noche, y ya no he vuelto a saber de él, excepto que su odio hacia mí al despedimos fue inmenso. Se considera poco más o menos tan deudor contra mí como contra míster Micawber, lo que considero (como se lo dije) un cumplido.

-¿Supones que tendrá algún dinero, Traddles? -pre­gunté.

-Creo que sí, querido --contestó, sacudiendo muy serio la cabeza- Estoy seguro de que, de un modo o de otro, se ha metido en el bolsillo buenas cantidades. Pero, Copper­field, creo que si pudieras observar a ese hombre en el trans­curso de su vida, verías que el dinero no le impedirá que sea dañino. Es tan profundamente hipócrita, que cualquier fin que persiga tiene que perseguirlo por caminos torcidos. Es su única compensación, por lo que se domina exteriormente. Como siempre se arrastra para conseguir cualquier fin pe­queño, siempre le parece monstruoso cualquier obstáculo que halle en su camino; en consecuencia, odiará y sospe­chará de todo el mundo que se coloque, del modo más ino­cente, entre él y su objetivo. Así, los caminos tortuosos se volverán más torcidos en cualquier momento y por cualquier razón o por ninguna. No hay más que fijarse en su historia de aquí -dijo Traddles- para saberlo.

-Es un monstruo de mezquindad -dijo mi tía.

-Realmente, no sé -observó Traddles pensativo-. Cualquiera puede ser un monstruo de mezquindad propo­niéndoselo.

-Y ahora, respecto a míster Micawber... --dijo mi tía.

-Bien -dijo Traddles alegremente-. Debo una vez más alabar a míster Micawber, pues si no hubiera sido por su paciencia y perseverancia durante todo este tiempo nunca hubiese conseguido nada que mereciese la pena; y creo que debemos considerar que mister Micawber ha hecho el bien por amor a la justicia, si consideramos las condiciones que podía haberle propuesto a Uriah Heep por su silencio.

-Lo mismo pienso yo --dije.

-Y usted ¿qué le daría? -insistió mi tía.

-¡Oh! Antes de tratar de esto ---dijo Traddles, un poco desconcertado- temo haber omitido (como no podía expo­ner todo a un tiempo) dos puntos al hacer este arreglo ilegal (porque es perfectamente ilegal desde el principio hasta el fin) de un negocio difícil. Las letras y demás que mister Mi­cawber le dio por los adelantos a Uriah...

-Bien. Hay que pagarlos -dijo mi tía.

-Sí; pero no sé cuándo se podrán encontrar, no sé dónde estarán -contestó Traddles abriendo los ojos-; y les ad­vierto que desde ahora hasta su marcha se verá arrestado constantemente y puesto en la prisión por deudas.

-Pues habrá que ponerlo en libertad cada vez y pagar lo que sea -dijo mi tía-. ¿A cuánto asciende el total?

-Mister Micawber tiene apuntadas en un libro, con el mayor orden, todas las operaciones (las llama operaciones) -comentó Traddles sonriendo-, y la suma total asciende a ciento tres libras y cinco chelines.

-¿Y qué le daríamos además, incluyendo esa suma? -dijo mi tía- Agnes, querida mía, tú y yo hablaremos des­pués de repartírnoslo. ¿Cuánto le daremos? ¿Quinientas li­bras?

A esto Traddles y yo contestamos a un tiempo. Los dos recomendábamos una pequeña cantidad en dinero, y el pago, sin condiciones, de las reclamaciones de Uriah según fueran viniendo. Propusimos que se pagara a la familia el pasaje y los gastos y que se les diera cien libras, y también que se de­bía atender con seriedad a los arreglos de míster Micawber para el pago de los adelantos, ya que el suponerse bajo una responsabilidad así podia ser beneficioso para él. A esto añadí la idea de dar explicaciones de su carácter a historia a mister Peggotty, en quien yo sabía que se podía confiar, y dejar a su discreción el poderle adelantar otras cien libras. Luego propusimos interesar a míster Micawber por mister Peggotty, contando a aquel parte de la historia de este, lo que yo creyera justo y conveniente, a intentar que cada uno de ellos ayudara al otro para su beneficio común. Todos es­tábamos de acuerdo en ello, y también los interesados lo hi­cieron poco después, con una muy buena voluntad y en per­fecta armonía.

Viendo que Traddles volvía a mirar con ansiedad a mi tía, le recordé el segundo y último punto que había prometido.

-Tú y tu tía me disculparéis, Copperfield, si toco, como temo, un asunto doloroso --dijo Traddles vacilando--; pero creo necesario recordároslo. El día de la memorable denun­cia de míster Micawber, Uriah Heep hizo una alusión ame­nazadora al marido de tu tía.

Mi tía, manteniéndose en su tiesa postura y aparente sere­nidad, asintió con la cabeza.

-Quizá -observó Traddles- fuera sólo una imperti­nencia voluntaria.

-No -contestó mi tía.

-¿Existía, perdóneme, de verdad esa persona y estaba en su poder? -insinuó Traddles.

-Sí, amigo mío --dijo mi tía.

A Traddles se le alargó la cara perceptiblemente y explicó que no había podido tocar aquel asunto; que había compar­tido la suerte de las habilidades de míster Micawber al no ser comprendido en cuantos términos había usado; que ya no teníamos ninguna autoridad sobre Uriah Heep, y que si nos podía hacer a cualquiera de nosotros algún daño o cau­sarnos alguna molestia, nos lo haría seguramente.

Mi tía permaneció inmóvil hasta que otra vez algunas lá­grimas rebeldes rodaron por sus mejillas.

-Tiene usted razón --dijo, Estaba bien pensado el alu­dir a ello.

-¿Podernos Copperfield o yo hacer algo? -preguntó Traddles suavemente.

-Nada -dijo mi tía-. Muchísimas gracias, Trot, que­rido mío. ¡Era una amenaza vana! ¡Que vuelvan míster y mistress Micawber, y que ninguno de vosotros me hable!

Al decir esto se arregló su traje y se sentó, con su porte erguido, mirando hacia la puerta.

-Bien, míster y mistress Micawber --dijo mi tía cuando entraron-. Hemos estado discutiendo su emigración, y les pedimos mil perdones por haberlos tenido fuera durante tanto rato; y ahora les diré las condiciones que les proponemos.

Les explicó todo, para satisfacción indudable de toda la familia; y como los niños estaban presentes, se despertaron en míster Micawber sus costumbres puntillosas en cuestio­nes de deudas, y no pudimos disuadirle de salir corriendo, con alegría, a comprar pólizas para sus pagarés. Pero su alegría recibió un gran golpe. A los cinco minutos volvió, cus­todiado por un oficial del sheriff, informándonos, con un diluvio de lágrimas, de que todo se había perdido. Noso­tros, que estábamos preparados a esto, que era, natural­mente, un procedimiento de Uriah Heep, pagamos ense­guida, y al momento ya estaba míster Micawber, sentado ante la mesa, llenando el papel sellado con esa expresión de perfecta alegría que sólo esta ocupación y el hacer ponche podían prestar a su reluciente cara. Era graciosísimo verle trabajar en sus pólizas con la delicadeza de un artista, reto­cándolas como si fueran estampas, mirándolas de lado y re­cogiendo en su cuaderno de bolsilo apuntes de fechas y can­tidades y contemplándolas al terminar, muy convencido de su precioso valor.

-Ahora, lo mejor que puede usted hacer, caballero, si me penmite aconsejarle ---dijo mi tía después de observarle en silen­cio-, es renunciar para siempre a esta clase de ocupaciones.

-Señora -contestó míster Micawber-, mi intención es consultar este voto en la página virgen del futuro. Mistress Micawber lo atestiguará. Confío ---dijo míster Micawber so­lemnemente- en que mi hijo Wilkins se acordará siempre de que es infinitamente mejor poner el puño en el fuego que usarlo para manejar las serpientes que han envenenado la sangre y la vida de su desgraciado padre.

Profundamente afectado y transformado en un momento en la imagen de la desesperación, míster Micawber miraba a las serpientes con una cara de aborrecimiento horroroso (en el que no se dejaba traslucir su no muy antigua admiración); después dobló el papel y se lo metió en el bolsillo. Esto ter­minó los asuntos de la tarde. Estábamos cansados y tristes, y mi tía y yo teníamos que volver a Londres al día siguiente. Se había decidido que los Micawber nos seguirían después de efectuar la venta de sus cosas a algún corredor-, que los negocios de míster Wickfield debían llegar a un arreglo con la prisa conveniente y bajo la dirección de Traddles, y que mientras estos negocios estaban pendientes Agnes vendría también con nosotros a Londres. Pasamos la noche en la casa vieja, que, libre de la presencia de los Heeps, parecía curada de una enfermedad. Dormí en mi antigua habitación como un náufrago aventurero que vuelve a su hogar.

Al día siguiente volvimos a casa de mi tía (no a la mía), y cuando estábamos sentados solos, como antiguamente, antes de acostamos, me dijo:

-Trot, ¿quieres de veras saber lo que últimamente me ha preocupado?

-Ya lo creo, tía. Si ha habido algún tiempo en que he querido compartir tus penas y tus ansiedades, es ahora.

-Bastantes penas has tenido ya, niño -me contestó ca­riñosamente-,sin necesidad de aumentarlas con las mías. No había más motivo que este para que te las ocultara.

-Lo sé -dije-; pero, cuéntamelas ahora.

-¿Quieres acompañarme mañana? Saldremos en coche -me dijo mi tía.

-¡Claro que sí!

-¡A las nueve! --dijo ella-. Y entonces te lo contaré, hijo mío.

A la mañana siguiente, a las nueve, salimos en el coche y nos dirigimos a Londres. Paseamos en coche entre calles mucho rato hasta que llegamos a una en que están los gran­des hospitales. Junto al edificio había un coche fúnebre sen­cillo. El cochero reconoció a mi tía, y obedeciendo a una seña que por la ventanilla le hizo mi tía, echó a andar despa­cio. Nosotros le seguíamos.

-¿Lo comprendes ahora, Trot? -dijo mi tía-. ¡Se fue!

-¿Murió en el hospital?

-Sí.

Estaba inmóvil a mi lado; pero otra vez volví a ver las lá­grimas rebeldes correr por sus mejillas.

-Primero volvió a verme -dijo mi tía---. Llevaba bas­tante tiempo enfermo; era un hombre destrozado, roto, estos últimos años. Cuando supo el estado en que estaba pidió que me llamaran. Estaba arrepentido, muy arrepentido.

-¡Y tú fuiste, tía; lo sé!

. -Fui. Y estuve con él varias veces.

-¿Y se murió la noche anterior a nuestro viaje a Canter­bury? -le dije.

Mi tía afirmó con la cabeza.

-Nadie le puede hacer daño ahora -dijo-. Era una amenaza vana.

Salimos de la ciudad, y llegamos al cementerio de Hom­sey.

-Mejor aquí que entre calles -dijo mi tía---. Aquí na­ció.

Bajamos, y seguimos al féretro sencillo a un rincón que recuerdo muy bien, donde leyeron las oraciones del ritual y le cubrieron de tierra.

-Hoy hace treinta y seis años, querido mío --dijo mi tía cuando volvíamos al coche-, que me casé. ¡Dios nos per­done a todos!

Nos sentamos en silencio, y así seguimos mucho rato, con su mano en la mía. Por fin se echó a llorar y dijo:

-Era un hombre muy guapo cuando me casé con él, Trot. ¡Ahora había cambiado tanto!

Después del alivio de las lágrimas, se serenó pronto y hasta estuvo alegre.

-Estoy mal de los nervios -me dijo-; por eso me he dejado llevar por mi pena. ¡Que Dios nos perdone a todos!

Volvimos a su casa de Highgate, donde encontramos la si­guiente carta, de míster Micawber, que había llegado en el correo de la mañana:

«Canterbury.

Mi querida señora, y Copperfield: La tierra prometida que brillaba hace poco en el horizonte está otra vez envuelta en niebla impenetrable y desaparece para siempre a los ojos de un infeliz que va a la deriva y cuya sentencia está sellada.

Una nueva orden ha sido dada (en el Tribunal Su­premo de Su Majestad, en King's Bench Westminster) sobre la causa de Heep y Micawber, y el demandado de esta causa es la presa del sheriff, que tiene legal ju­risdicción en esta bailía.

Ahora es el día, y ahora es la hora;

ved el frente de la batalla más bajo,

ved acercarse el poder de Eduardo el vanidoso.

¡Cadenas y esclavitud!

Por consiguiente, y para un fin rápido (porque la tortura mental sólo se puede soportar hasta cierto punto, al que siento que he llegado) mi carrera du­rará poco. ¡Los bendigo, los bendigo! Algún viajero futuro, que visite por curiosidad, y espero que tam­bién por simpatía, el sitio que dedican en esta ciu­dad a los deudores, confío en que reflexionará cuando vea en sus muros, inscritas con un clavo mo­hoso,

Las oscuras iniciales

W M.

P S. -Vuelvo a abrir esta carta para decirles que nues­tro común amigo míster Thomas Traddles (que aún no nos ha dejado y que sigue muy bien) ha pagado la deuda y cos­tes en nombre de la noble miss Trotwood, y que yo mismo y mi familia estamos en la cúspide de la felicidad hu­mana. »

 
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