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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 53. Otra mirada retrospectiva
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Aún me detendré otra vez a mirarte, ¡oh, mi «mujer-­niña»! Veo delante de mí, entre el tropel de gentes que se agitan en mi memoria, una figura tranquila y quieta que me dice, con su amor inocente y con su infantil belleza: «De­tente a pensar en mí; vuélvete a mirar al "Capullito" que va a marchitarse».

Me vuelvo, y todo lo demás se bona y desaparece. Estoy otra vez con Dora, en nuestra casa. No sé cuánto tiempo lleva enferma. Me he acostumbrado de tal modo a compade­cerla, que no puedo calcular el tiempo. No es que hayan pa­sado muchos mews ni muchas semanas; pero para mí ha sido una época muy triste y muy larga.

Ya no me dicen: «Espera todavía unos cuantos días más». He empezado a temer que puede no llegar a brillar el día en que vuelva a ver a mi mujercita corriendo al sol, con su viejo amigo Jip.

Se ha vuelto muy viejo de repente el pobre Jip. Puede que la eche de menos; tenía algo de su ama, que le animaba, rejuveneciéndole; ya no ve apenas, y se arrastra débilmente.

A mi tía le entristece que no le gruña ya cuando se acerca a la cama de Dora, donde él está tumbado; ahora se acerca, y suavemente le lame las manor.

Dora, acostada, nor sonríe con su encantadora carita, y no deja escapar ni una palabra de queja ni de desagrado. Dice que somos muy buenos con ella; que su querido niño y en­fermero se agota por mimarla; que lo sabe muy bien; que mi tía no duerme, y que, sin embargo, siempre está dispuesta, activa y servicial. Algunas veces sus dos tías vienen a verla, y entonces charlamos del día de nuestra body y de todo aquel tiempo feliz.

¡Qué extraño reposo en mi existencia de entonces, tanto interior como exteriormente, mientras estoy sentado en la habitación, ordenada y tranquila, con los ojos azules de mi «mujer-niña» vueltos hacia mí, y sus deditos jugando alre­dedor de mi mano! Muchas y muchas horas he pasado así; pero de todo aquel tiempo hay tres episodios que todavía tengo presenter en la imaginación.

Es por la mañana, y Dora, a quien las manor de mi tía aca­ban de arreglar, me enseña cómo sus preciosos cabellos se rizan todavía sobre la almohada, y lo largos y brillantes que son, y cómo le gusta tenerlos flojos en su redecilla.

--No es que esté orgullosa de ellos ahora, burlón -me dice al verme sonreír-, sino que me acuerdo de que a ti te parecían preciosos, y cuando empecé a pensar en ti me miraba al espejo y me figuraba que te gustaría mucho que te diera un rizo. ¡Oh cuántas tonterías hiciste, Doady, cuando te lo di!

-Fue el día que estabas pintando las flores que te había dado yo, Dora, y cuando te dije todo lo enamorado que es­taba.

-¡Ah! Pero yo no guise decírtelo entonces, Doady. ¡Cómo llore, creyendo que de veras me querías! Cuando pueda co­rrer como antes, Doady, iremos a ver los sitios donde hacía­mos una pareja tan tonta, ¿verdad? Y pasearemos por los pa­seos viejos. Y no nor olvidaremos del pobre papá.

-Sí; pasaremos unos días muy felices. Pero date prisa para ponerte buena, querida.

-Sí; muy pronto me curaré, ¿lo sabes? Estoy ya mucho mejor.

Es por la tarde; estoy sentado en la misma silla, junto a la misma cama, con la misma carita vuelta hacia mí. Hemos estado callados, y una sonrisa vaga por sus labios. Ya he de­jado de subir y bajar de un piso a otro mi ligera carga. Está acostada arriba todo el día.

-¡Doady!

-¡Dora querida!

-¿Te parecerá muy disparatado que después de haberme contado hace tan poco que mister Wickfield no está bueno, quiera yo que venga Agnes? Porque, si supieras, ¡tengo tan­tas, tantas, ganas de verla!

-Le escribiré, querida mía.

-¿De verdad?

-enseguida.

-¡Qué bueno eres, Doady; abrázame! No es un capricho. No es un deseo tonto. Es que necesito verla.

-Estoy seguro de ello, y con sólo decírselo vendrá segu­ramente.

-¿Estás muy solo ahora cuando bajas al despacho? -mur­mura Dora, echándome los brazos al cuello.

-¿Cómo podría ser de otro modo, cariño mío, cuando veo tu silla vacía?

-¡Mi silla vacía! -dice, estrechándose contra mí toda­vía más-. ¿De verdad me echas de menos, Doady? -repite, mirándome y sonriéndome con alegría, ¡A mí, a una per­sonita tonta y estúpida!

-¿Quién hay en el mundo a quien pudiera echar de me­nos como a ti?

-¡Oh, Doady! ¡Estoy tan contenta y tan... tan triste! -dice, abrazándome más fuerte y envolviéndome con sus dos brazos.

Se ríe, llora, se tranquiliza y por fin se pone del todo con­tenta.

-Del todo -dice-; sólo que tienes que mandarle mi cariño a Agnes y decirle que quiero verla; y que ya no desea­ré nada más.

-Excepto curarte, Dora.

-¡Ah Doady! Algunas veces pienso (ya sabes que siem­pre he sido una cosa tan tonta) que eso no sucederá jamás.

-¡No digas eso, Dora! ¡No lo pienses, querida mía!

-Si puedo, no lo pensaré, Doady. Pero soy muy feliz, a pesar de que mi querido Doady está tan solo frente a la silla vacía de su «mujer-niña».

Es de noche y sigo con ella; Agnes ha llegado, y ha estado con nosotros toda la mañana y la tarde. Ella, mi tía y yo he­mos estado con Dora desde por la mañana. No hemos char­lado mucho; pero Dora ha estado muy contenta y alegre. Ahora estamos solos.

Sé que mi mujercita-niña me abandonará muy pronto. Me lo han dicho; no me han contado nada nuevo; lo sabía; pero estoy muy lejos de haber convencido a mi corazón de esta triste verdad. No lo puedo dominar. Me he escondido hoy varias veces para llorar a solas. Me he acordado del que llo­raba antes de la separación entre la vida y la muerte. He pen­sado en toda esta historia de compasión y de gracia. He in­tentado resignarme y consolarme; pero lo que no puedo creer es que el fin tiene que llegar pronto. Tengo su mano en la mía; tengo su corazón en el mío; veo su cariño hacia mí, vivo, con toda su fuerza. No puedo borrar una débil, pálida, desvanecida esperanza de que viva.

-Voy a hablarte, Doady. Te voy a decir una cosa que es­taba pensando decirte desde hace mucho tiempo. No te im­porta, ¿verdad? -me dice con mirada cariñosa.

-¿Importarme, querida mía?

-Porque yo no sé lo que puedes pensar o lo que habrás pensado algunas veces. Quizá hayas pensado muchas veces lo mismo. Doady querido, temo haber sido demasiado chi­quilla.

Apoyo mi cabeza junto a la suya, en su almohada. Ella me mira dentro de los ojos y me habla muy suavemente. Poco a poco, mientras sigue hablando, me voy dando cuenta, con el corazón dolorido, de que habla en pasado.

-Temo, querido, haber sido demasiado chiquilla; no quiero decir sólo por los años, sino en experiencia, ideas, en todo. Era una criaturita tan tonta, que quizá habría sido me­jor que sólo nos hubiéramos querido como niño y niña que se quieren y se olvidan. He empezado a pensar que no era digna de ser una mujer casada.

Intenté aguantar mis lágrimas para contestarle.

-¡Oh Dora querida mía! ¡Tan digna como yo de ser ma­rido!

-No sé -dice, sacudiendo sus tirabuzones como anti­guamente-. Puede ser. Pero si yo hubiera sido mejor, puede que lo hubiese hecho serio a ti también. Además, tú eres muy inteligente, y yo nunca lo he sido.

-Hemos sido muy felices, mi dulce Dora.

-He sido muy feliz; pero cuando hubieran pasado unos años, mi pobre Doady se hubiese aburrido de su «mujer-­niña». Cada vez habría sido ella menos su compañera, y él se hubiese dado más cuenta de lo que faltaba en su hogar. Ella no habría adelantado nada. Es mejor que sea lo que es.

-¡Oh Dora querida, querida Dora; no me hables así! ¡Cada palabra tuya me parece un reproche!

-No, ni una sílaba -me contesta besándome-. ¡Oh, querido mío!, nunca los has merecido, y te quiero demasiado para dirigirte una sola palabra de reproche, de veras. Era el único mérito que tenía, excepto el ser bonita, o que tú me creyeras bonita. ¿Estás muy solo abajo, Doady?

-¡Mucho, mucho!

-No llores. ¿Está mi silla allí?

-En su sitio de siempre.

-¡Oh cómo llora mi pobre Doady! ¡Huch! ¡Huch! Ahora prométeme una cosa. Quiero hablar con Agnes. Cuando ba­jes, díselo y mándamela; y mientras le hablo no dejes entrar a nadie, ni tan siquiera a la tía; quiero hablar con Agnes a solas.

Le prometo que enseguida subirá Agnes; pero no puedo dejarla, de pena que tengo.

-He dicho que es mejor que sea lo que ha de ser -mur­mura mientras me estrecha en sus brazos- ¡Oh Doady!, des~ pués de unos años no hubieses podido creer más que ahora a tu pobre «mujer-niña», y después de unos años te habría im­pacientado tanto y desilusionado tanto, que no hubieses po­dido quererla ni la mitad. Sé que era demasiado chiquilla y tonta. ¡Es mejor que sea lo que ha de ser!

Agnes está abajo cuando entro en la sala y le doy el re­cado. Desaparece, dejándome solo con Jip.

Su caseta está junto al fuego, y él está tumbado dentro, en su cama de franela, intentando dormir. La luna, brillante, está muy clara y muy alta. Mientras miro la noche, mis lá­grimas corren y mi indisciplinado corazón sufre.

Estoy junto al fuego, pensando con remordimiento en to­dos los secretos sentimientos que he alimentado desde mi boda. Pienso en todas las cosas pequeñas que ha habido entre Dora y yo, y veo que tienen razón los que dicen que las cosas pequeñas hacen la suma de la vida. Para siempre, levantán­dose del mar de mis recuerdos, está la imagen de mi querida niña como la conocí al principio, agraciada por mi amor jo­ven y por el suyo y rica de todos los encantos que llenaban aquel amor. « ¿Habría sido mejor que nos hubiéramos que­rido como un niño y una niña que se quieren y se olvidan?»

¡Corazón indisciplinado, contesta!

No sé cómo pasa el tiempo, hasta que me hace volver a la realidad el viejo compañero de mi «mujercita-niña». Está muy intranquilo, se arrastra fuera de su caseta, me mira y va hacia la puerta, y llora para que le deje subir.

-No, Jip. ¡Esta noche no!

Vuelve hacia mí muy despacito, me lame las manos, le­vanta sus húmedos ojos hacia mi cara.

-¡Oh Jip; puede que ya nunca más!

Se echa a mis pies, se estira como para dormirse y con un gemido se queda muerto.

-¡Oh Agnes! ¡Mira! ¡Mira! ¡Ven!

¡Pero esa cara tan llena de compasión, de dolor; esa lluvia de lágrimas, ese horrible llamamiento, esa mano solemne­mente levantada hacia el cielo!

-¿Agnes?

Se acabó. La oscuridad llega a mis ojos, y durante algún tiempo todo se borra de mi memoria.

 
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