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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 52. Asisto a una explosión
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Cuando llegó la víspera del día para el cual míster Mi­cawber nos había dado una cita tan misteriosa, consultamos mi tía y yo la manera de proceder, pues mi tía no tenía ganas de separarse de Dora. ¡Oh con qué facilidad transportaba ya a Dora en mis brazos de un lado a otro!

A pesar del deseo expresado por míster Micawber, está­bamos decididos a que mi tía se quedara en casa y que le representara míster Dick. En una palabra, lo teníamos ya decidido así, cuando Dora nos lo trastornó de nuevo, de­clarando que nunca se perdonaría a sí misma ni a la mala persona de su marido, si mi tía, bajo cualquier pretexto, se quedaba allí.

-No le dirigiré la palabra -dijo Dora a mi tía sacu­diendo los rizos-. Estaré insoportable. Haré que Jip le esté ladrando todo el día. Si no va usted, me convenceré de que es una vieja gruñona.

-¡Bah, bah, Capullito! -dijo mi tía riéndose-. ¡Ya sa­bes que no puedes hacer nada sin mí!..

-Sí que puedo -contestó Dora-. Y no me hace usted ninguna falta. Durante todo el día no sube ni baja una vez por verme. Nunca se sienta a mi lado, ni me cuenta cuentos de Doady, de cómo tenía los zapatos rotos y cómo estaba cu­bierto de polvo el pobrecito. Nunca hace usted nada por darme gusto, ¿verdad?

Dora se apresuró a besar a mi tía, y dijo:

-Sí, sí que lo hace; lo digo en broma. (Por temor de que mi tía tomara la cosa en serio.)

-Pero, tía -continuó Dora en tono mimoso-, escú­cheme usted bien. Tiene usted que ir; le atormentaré hasta que haga lo que yo quiero, y le haré pasar muy malos ratos a ese chico si no la convence. Me pondré insoportable, y Jip lo mismo. Y si no se va, no la dejaré un momento tranquila, para que le pese el no haberse marchado. Además -dijo Dora echándose el pelo hacia atrás y mirándonos con inquie­tud-, ¿por qué no han de ir ustedes? ¿Es que estoy muy en­ferma? ¿Verdad?

-¡ Vaya una pregunta! --exclamó mi tía.

-¡Qué idea! --dije yo.

-Sí; ya sé que soy una tontuela -dijo Dora mirándonos fijamente a uno y a otro y ofreciéndonos sus labios para que la besáramos, mientras se tendía en la cama-. Bueno; si es así, tenéis que marcharos los dos, y si no, no les creeré, y eso me hará llorar.

Vi en la expresión de mi tía que empezaba a ceder, y Dora también lo vio y se puso muy contenta.

-Volverán con tantas cosas que contarme, que me hará falta lo menos una semana para comprenderlas -dijo Dora-. Porque ya sé que no lo entenderé en mucho tiempo si hay negocios en ello. Y seguramente habrá algún negocio. Y si además hay algo que sumar, no sé cómo me las voy a arreglar; y este malo estará todo el tiempo fastidiando. Así, pues, se marcharán ustedes, ¿verdad? No estarán fuera más que una noche, y entre tanto Jip me cuidará. Doady me su­birá antes de que se marchen, y no bajaré hasta que vuelvan. Llevarán a Agnes una carta mía llena de reproches porque no viene a vernos.

Sin más comentarios decidimos que nos marcharíamos los dos y que Dora era una impostora infantil que fingía es­tar muy mala para que la mimasen. Estaba muy contenta, y mi tía, míster Dick, Traddles y yo nos fuimos aquella noche a Canterbury, en la diligencia de Dover.

En el hotel en que míster Micawber nos rogó que le es­perásemos, y al que llegamos a media noche, después de algunas molestias; encontré una carta suya diciéndome que aparecería a la mañana siguiente, a las nueve y media en punto. Después de eso fuimos todos, tiritando, a esa hora intempestiva, a acostarnos en nuestras respectivas camas, pasando a través de estrechos pasillos que olían como si du­rante años enteros hubieran estado metidos en una disolu­ción de sopa y estiércol.

A la mañana siguiente, muy temprano, vagaba yo por aquellas viejas calles tranquilas, confundido otra vez con las sombras de los claustros venerables y de las iglesias. Los cuervos seguían planeando sobre las torres de la catedral, y las torres mismas, que dominaban toda la rica región de los contornos, con sus graciosos arroyos, parecían hendir el aire matinal como si nada hubiera cambiado en la tierra. Sin em­bargo, las campanas al sonar me decían tristemente el cam­bio de todas las cows de este mundo, y me recordaban su propia vejez y la juventud de mi querida Dora; me contaban la vida de todos los que habían pasado cerca de ellas, que ja­más envejecieron, que vivieron, amaron, murieron mientras que el sonido plañidero resonaba en la armadura enmohe­cida del Príncipe Negro, para perderse después en el espa­cio, como un círculo que se forma y desaparece en la super­ficie de las aguas.

Miré la vieja casa desde la esquina de la calle sin atre­verme a acercarme, por no perjudicar involuntariamente, si acaso era observado, el motivo por el que había venido. El sol de la mañana doraba con sus rayos el tejado y las venta­nas, y sus resplandores conmovían mi corazón.

Me paseé por los contornos durante una hora o dos, y re­gresé por la calle principal, que en el intervalo había sacu­dido su último sueño. Entre los que abrían las tiendas vi a mi antiguo enemigo, el carnicero, que ahora parecía un perso­naje importante, meciendo a un niño.

Al sentarnos a desayunar estábamos todos muy inquietos e impacientes. A medida que se acercaban las nueve y me­dia, nuestra agitación esperando a míster Micawber iba cre­ciendo. Al fin, sin hacer caso del desayuno, el cual, excepto para míster Dick, había sido desde el primer momento una pura fórmula, mi tía empezó a pasearse de un lado a otro de la habitación. Traddles se sentó en un sofá, haciendo como que leía el periódico, pero con los ojos fijos en el techo; y yo miraba por la ventana para avisar la llegada de míster Mi­cawber. No tuve que esperar mucho, pues a la primera cam­panada de la media apareció en la calle.

-¡Aquí está! --dije- ¡Y no trae su traje negro!

Mi tía se ató las cintas de su cofia (había bajado a desayu­nar con ella) y se puso su chal, como preparándose para cual­quier asunto que requiriese toda su energía. Traddles se abro­chó con resolución la chaqueta. Míster Dick, aturdido con aquellos formidables preparativos, pero juzgando necesario imitarlos, se encasquetó el sombrero hasta las orejas, con las dos manos, con toda la energía que pudo, a instantáneamente se lo volvió a quitar para saludar a míster Micawber.

-Señores y señora -dijo míster Micawber-, ¡buenos días! Mi querido señor -dijo a míster Dick, que le estre­chaba la mano violentamente-, es usted extraordinariamente amable.

-¿,Ha desayunado usted? -dijo míster Dick-. Tome usted algo.

-Por nada del mundo, amigo mío --exclamó míster Mi­cawber impidiéndole que tocara el timbre-; el apetito y yo, míster Dixon, hace tiempo que somos extraños el uno al otro.

Míster Dixon estaba tan contento con su nuevo nombre, y le parecía tan amable que míster Micawber se lo hubiera dado, que volvió a estrecharle la mano y a reírse como un chiquillo.

-Dick -dijo mi tía-, ten cuidado.

Dick se recobró enrojeciendo.

-Ahora, caballero -dijo mi tía a míster Micawber, mientras se ponía los guantes-, estamos dispuestos para ir al Vesubio o a cualquier otro sitio en cuanto usted guste.

-Señora ---contestó míster Micawber-, creo que efecti­vamente asistirá usted pronto a una explosión. Míster Tradd­les, creo que tengo su permiso para mencionar aquí que us­ted y yo hemos tenido algunas confidencias.

-Es indudablemente un hecho, Copperfield -dijo Traddles, al cual yo miraba sorprendido- Míster Micaw­ber me ha consultado sobre lo que pensaba hacer, y yo le he dado mi opinión lo mejor que he podido.

-A menos de equivocarme, míster Traddles -siguió di­ciendo míster Micawber-, lo que tengo intención de descu­brir es muy importante.

-Extremadamente -dijo Traddles.

-Quizá en esas circunstancias, señora y señores -dijo míster Micawber-, me harán ustedes el favor de someterse por un momento a la dirección de un hombre que, aunque indigno de considerarse de otra manera que como una frágil barca naufragada sobre la playa de la vida humana, es toda­vía un hombre como ustedes, aunque aplastado por errores individuales y por una total combinación de circunstancias que le han obligado a cambiar su forma primitiva.

-Tenemos plena confianza en usted, míster Micawber -dije yo-, y haremos lo que usted quiera.

-Míster Copperfield -contestó míster Micawber-, no está, por ahora, mal colocada su confianza. Les ruego me permitan adelantarme cinco minutos, y luego recibiré a to­dos los presentes, que deben preguntar por miss Wickfield, en la oficina de Wickfield-Heep, de la cual soy empleado.

Mi tía y yo miramos a Traddles, que hacía una señal de asentimiento.

-No tengo nada más que decir por ahora -añadió mís­ter Micawber.

Y, con gran sorpresa mía, nos saludó a todos ceremonio­samente y desapareció. Sus modales eran muy extraños y su cara estaba extraordinariamente pálida. Traddles fue el único que sonrió, moviendo la cabeza, con su pelo más tieso que nunca, al mirarle yo pidiéndole una explicación; como úl­timo recurso saqué mi reloj y estuve contando cinco minu­tos. Mi tía, con su reloj en mano, hizo lo propio. Cuando transcurrió el tiempo fijado, Traddles le dio el brazo, y nos dirigimos todos juntos a la vieja mansión, sin decir una sola palabra por el camino.

Encontramos a míster Micawber en el pupitre de su des­pacho, en la planta baja de la torre, escribiendo, o haciendo como que escribía, con la mayor actividad. La larga regla de oficinista atravesaba su chaleco, y no muy bien disimulada, pues un palmo o más del instrumento se dejaba ver como una nueva especie de chorrera.

Como me pareció que yo era el que debía hablar, dije en voz alta:

-¿Cómo está usted, míster Micawber?

-Míster Copperfield -dijo míster Micawber grave­mente-, ¿supongo que se encuentra usted bien?

-¿Está miss Wickfield en casa? --dije yo.

-Míster Wickfield está en la cama, algo indispuesto, con una fiebre reumática -contestó él-; pero estoy seguro de que miss Wickfield se alegrará mucho de ver a sus antiguos amigos. ¿Quieren ustedes pasar, señores?

Nos precedió al comedor (la primera habitación que había pisado cuando entré por primera vez en aquella casa), y em­pujando la puerta de lo que antes era el despacho de míster Wickfield, dijo con voz sonora:

-¡Miss Trotwood, míster David Copperfield, míster Thomas Traddles y míster Dixon!

No había visto a Uriah Heep desde el día en que le pegué. Evidentemente nuestra visita le chocaba casi tanto como nos extrañaba a nosotros mismos. No frunció el entrecejo, por­que no tenía cejas; pero nos miró con tal ceño, que parecía que tenía los ojos cerrados, mientras la precipitación con que llevaba su mano cartilaginosa a la barbilla mostraba miedo y sorpresa. Esto fue cosa de un segundo, en el mo­mento de entrar en su cuarto, cuando le vislumbré por en­cima del hombro de mi tía. Inmediatamente después se puso tan humilde y servil como siempre.

-¡Realmente -dijo- es un placer inesperado, una suerte, tener tantos amigos a un tiempo alrededor de uno!.. Míster Copperfield, espero que esté usted bien... Y, si humil­demente puedo expresarme así, ¿seguirá siendo tan amable con sus amigos? mistress Copperfield, espero que siga mejorando... Le aseguro que hemos estado muy inquietos por las malas noticias que hemos tenido de su salud.

Me sentía avergonzado dejándole estrechar mi mano; pero no sabía qué hacer.

-Las cosas han variado mucho, miss Trotwood, desde que yo no era más que un humilde empleado y cuidaba de su poney, ¿no le parece? --dijo Uriah con su sonrisa enfer­miza-. Pero yo no he cambiado, miss Trotwood.

-A decir verdad, caballero --contestó mi tía-, y si puede ser una satisfacción para usted, encuentro que ha cumplido usted todo lo que prometía en su juventud.

-Gracias por su buena opinión, miss Trotwood -dijo Uriah con sus artificiosas y burdas maneras de costumbre-. Micawber, avise usted a miss Agnes y a mi madre. Mi madre estará encantada de verlos a todos ustedes -dijo Uriah ofre­ciéndonos sillas.

-¿No está usted ocupado, míster Heep? --dijo Traddles, cuyos ojos encontraron su mirada astuta, que nos exami­naba.

-No, míster Traddles -replicó Uriah volviendo a ocu­par su asiento oficial, apretando la una contra la otra sus huesudas manos entre sus huesudas rodillas-. No tanto corno yo quisiera, pues jueces tiburones y sanguijuelas no se conforman fácilmente, ¿sabe usted? Esto no quiere decir que míster Micawber y yo no tengamos que hacer suficiente, pues míster Wickfield apenas si puede ocuparse ya de nin­gún trabajo. Pero es para nosotros un gusto, así como un de­ber, el trabajar para él. ¿No ha tratado usted a míster Wick­field, creo, míster Traddles? Me parece que yo mismo sólo he tenido el honor de verle a usted una vez.

-No; no he tratado íntimamente a míster Wickfield-con­testó Traddles-; de ser así quizá hubiese tenido ocasión de visitarle a usted hace ya tiempo, míster Heep.

Había algo en el tono de esta contestación que hizo a Uriah mirar al que hablaba con una expresión siniestra y suspicaz; pero viendo la cara bonachona de Traddles, sus mo­dales sencillos, y sus cabellos erizados, siguió hablando con una sacudida en todo su cuerpo, pero especialmente en su garganta.

-Lo siento mucho, míster Traddles. Le hubiese usted ad­mirado tanto como le admiramos todos; sus pequeños defec­tos habrían servido para que le apreciara más. Pero si quiere usted oír el elogio de mi asociado, diríjase a Copperfield. Está muy enterado de todo lo concerniente a esta familia, si es que todavía no le ha oído nunca.

No tuve tiempo de declinar el elogio (aun cuando hu­biera estado dispuesto a hacerlo) porque Agnes entraba en aquel momento, escudada por míster Micawber. Me pare­ció que no estaba tan tranquila como de costumbre; era evi­dente que había pasado mucha ansiedad y fatiga; pero esto hacía resaltar más su serena belleza y su brillante amabi­lidad.

Vi que Uriah la observaba mientras nos saludaba, y me pareció un espíritu maligno acechando a un hada buena. En­tre tanto, míster Micawber hizo una seña discreta a Traddles, al cual no le observaba nadie más que yo, y salió.

-No tiene usted necesidad de esperar -dijo Uriah.

Míster Micawber, con la mano puesta sobre la regla, se­guía de pie delante de la puerta, contemplando a uno de los que estábamos allí; y ese individuo era, sin duda alguna, su patrón.

-¿Qué aguarda usted? -dijo Uriah-. Micawber, ¿no me ha oído usted decirle que se marche?

-Sí --dijo míster Micawber sin moverse.

-Entonces, ¿por qué espera usted? --dijo Uriah.

-Porque... me da la gana -contestó en un estallido mís­ter Micawber.

Las mejillas de Uriah perdieron el color, sólo sus párpa­dos estaban enrojecidos. Miró atentamente a míster Micaw­ber, con la respiración entrecortada.

-No es usted más que un hombre intratable, como todo el mundo sabe -dijo con una sonrisa forzada-, y me temo que me obligue a que le despache. Salga usted. Luego habla­remos.

-Si hay en el mundo algún bribón -dijo míster Micaw­ber estallando con la mayor vehemencia- con el cual he hablado ya demasiado, ese bribón es... Heep...

Uriah se echó hacia atrás como si le hubieran dado un golpe. Mirándonos lentamente, con la expresión más som­bría y malvada que su cara podía expresar, dijo en voz baja:

-¡Oh! ¡Esto es una conspiración! Se han citado ustedes aquí. Se entienden ustedes con mi empleado, ¿no es cierto, Copperfield? Pero tengan ustedes cuidado, porque no les ha de salir bien. Ya nos conocemos ustedes y yo. No existe ca­riño entre nosotros. Desde que vino usted aquí no ha sido más que un intrigante, y ahora envidia usted mi posición; pero les advierto que no conspiren contra mí, porque yo sa­bré defenderme. Micawber, salga usted. Le hablaré en se­guida.

-Míster Micawber -dije yo-, se ha efectuado un cam­bio rápido en este individuo en algunos aspectos; entre otros el muy extraordinario de decir la verdad sobre un punto, lo cual me demuestra que se halla rodeado de enemigos. ¡Trá­tele como se merece!

-Son ustedes gente muy amable -dijo Uriah, siempre en el mismo tono, secándose con su mano flaca y larga unas gotas de sudor que resbalaban por su frente- que viene a comprar a un empleado, la verdadera escoria de la sociedad (como usted mismo lo era, Copperfield, antes de que nadie tuviera compasión de usted) y a pagarle para que me calum­nie. Miss Trotwood, mejor haría usted interrumpiendo esto antes de que haga yo detener a su marido, que sería en me­nos tiempo del que usted desea. ¡Para algo me he enterado de su historia privada, mi buena señora! Y usted, miss Wick­field, si tiene algún cariño a su padre, mejor haría no uniéndose con esta gentuza, si no quiere usted que lo arruine. Y ahora venga. Le tengo a usted bajo mis garras, Micawber; piénselo usted bien antes de obrar, si no quiere que le aplaste. Le recomiendo que se aleje mientras pueda. Pero, ¿dónde está mi madre? -dijo de repente, notando con alarma la ausencia de Traddles y tirando con fuerza de la campanilla-. ¡Bonito modo de comportarse en casa ex­traña!

-Míster Heep, está aquí --dijo Traddles volviendo con la digna madre de tan digno hijo- Me he tomado la liber­tad de presentarme a ella yo mismo.

-¿Y quién es usted para presentarse? -preguntó Uriah-. ¿Qué es lo que quiere usted aquí?

-Soy el agente y amigo de míster Wickfield, caballero -dijo Traddles con tono tranquilo, como de hombre de ne­gocios-, y tengo en mi bolsillo plenos poderes para actuar como procurador en su nombre en cualquier circunstancia.

-Ese viejo asno habrá bebido hasta perder el sentido -dijo Uriah, que cada vez iba poniéndose más feo-, y le habrán sonsacado ese acta por medios fraudulentos.

-Ya sabemos que le han sonsacado bastantes cosas por medios fraudulentos -contestó Traddles tranquilamente-. Y usted también lo sabe, míster Heep. Pero si usted quiere vamos a dejar este asunto para que lo trate míster Micawber.

-¡Ury! -empezó mistress Heep con inquietud.

-Detén tu lengua, madre; contestó él: «cuanto menos se habla, menos se yerra».

-¡Pero Ury!

-¿Quieres callarte, madre? ¡Déjame hablar!

A pesar de que sabía desde hace mucho que su servilismo era falso y que todo en él era mentira y simulación, no tenía ni idea de su hipocresía hasta que vi cómo se quitaba la ca­reta. La rapidez con que se desprendió de ella cuando vio que era inútil; la malicia, la insolencia y el rencor que de­mostró; el placer que experimentaba aún en aquel momento por el daño cometido, me llenó de sorpresa a pesar de que por intuición creía ya detestarlo. No digo nada de la mirada que me lanzó mientras estaba de pie, mirándonos a unos des­pués de otros, pues hacía tiempo que sabía que me odiaba y me acordaba de las marcas que mi mano le dejaron en la cara. Pero cuando sus ojos se fijaron en Agnes tenían una expresión de rabia que me hizo temblar; se veía que sentía cómo se le escapaba: ya no podía satisfacer su odiosa pa­sión, que le había hecho esperar el poseer una mujer cuyas virtudes era incapaz de apreciar. ¿Cómo podía ser posible que ella hubiera vivido ni una hora en compañía de seme­jante hombre?

Después de rascarse la barbilla y de miramos, con los ojos llenos de odio, a través de sus flacos dedos, se volvió hacia mí y me dijo en tono medio burlón, medio insolente:

-¿Le parece a usted bonito, míster Copperfield, usted, que siempre ha estado orgulloso de su honor y de todo lo de­más, el venir a espiarme y sobornar a mi empleado? Si hu­biera sido yo, no tendría nada de extraño, porque no me tildo de caballero (aunque nunca he vagado por las calles, como usted lo hacía, según cuenta Micawber); pero siendo usted, ¿no le da vergüenza hacerlo? ¿No supone usted lo que yo puedo hacer a cambio? Hacerle perseguir por complot, etcé­tera, etcétera. Muy bien. Ya veremos. Y usted, caballero, no sé cómo iba usted a hacer unas preguntas a Micawber. Aquí tiene a su interlocutor. ¿Por qué no le hace usted hablar? Por lo que veo, se sabe la lección de memoria.

Viendo que lo que decía no me causaba ningún efecto, ni a ninguno de nosotros, se sentó en el borde de la mesa, con las manos en los bolsillos y las piernas cruzadas, y esperó con expresión resuelta los acontecimientos.

Míster Micawber, cuyo ímpetu me costó trabajo dominar, y que ya había varias veces pronunciado la primera sílaba de la palabra « bribón» , sin que yo se la dejase terminar, estalló al fin, sacó del chaleco la larga regla (probablemente destinada a servirle de arma defensiva) y del bolsillo un docu­mento voluminoso, plegado en forma de carta. Abrió aquel paquete con expresión dramática, lo contempló con admira­ción, como si estuviese encantado de su talento de autor, y empezó a leer lo que sigue:

«Querida miss Trotwood y señores: »

-¡Válgame Dios! --exclamó mi tía en voz baja- Si se tratara de un recurso en gracia por un crimen capital gastaría toda una resma de papel en su petición.

Míster Micawber, sin oírla, continuó:

«Aparezco ante ustedes para denunciar al mayor sinver­güenza que ha existido -míster Micawber, sin levantar la vista de la carta, apuntó con la regla, como si fuese la cachi­porra de un aparecido, a Uriah Heep-, y les pido conside­raciones para mí. Víctima desde mi cuna de deficiencias pe­cuniarias, a las cuales me ha sido imposible responder siempre, he sido el juguete de las más tristes circunstancias. Ignominia, desesperación y locura han sido, juntas o por se­parado, las compañeras de mi triste vida.»

La satisfacción con que míster Micawber se describía a sí mismo como una presa de aquellas viles calumnias se podrá únicamente igualar con el énfasis con que leía su carta y la clase de homenaje que le rendía con un movimiento de ca­beza cuando creía llegar a una frase enérgica.

« En una acumulación de ignominia, miseria, desespera­ción y locura, entré en esta oficina (o, como dirían nuestros vecinos los galos, en este bureau), cuya firma nominal es Wickfield y Heep; pero, en realidad, dirigida por Heep úni­camente. Heep y solamente Heep es el gran resorte de esta máquina. Heep y solamente Heep es el falsificador y el chantajista.»

Uriah, más azul que blanco a estas palabras, se abalanzó sobre la carta como para hacerla pedazos. Míster Micawber, por un milagro de destreza o de suerte, cogió al vuelo sus dedos con la regla y le inutilizó la mano derecha. Él se agarró el puño como si se lo hubieran roto. El golpe sonó como si hubiera caído sobre madera.

-¡Que el diablo lo lleve! ---dijo Uriah retorciéndose de dolor-. ¡Ya me las pagarás!

-Intente usted acercarse otra vez... infame Heep -ex­clamó míster Micawber-, y si su cabeza es humana, la hago astillas. ¡Acérquese! ¡Acérquese!

Creo que nunca he visto cosa más ridícula (me daba per­fecta cuenta aun entonces) que míster Micawber haciendo mo­linetes con la regla y gritando «¡acérquese!», mientras que Traddles y yo le empujábamos a un rincón, de donde trataba de salir en cuanto podía, haciendo unos esfuerzos sobrehumanos.

Su enemigo, murmurando para sí, después de frotarse la mano dolorida, sacó lentamente el pañuelo y se la vendó; luego la apoyó en la otra mano y se sentó encima de la mesa, con aire taciturno y mirando al suelo.

Cuando míster Micawber se apaciguó lo suficiente prosi­guió la lectura de la carta:

«Los honorarios, en consideración de los cuales entré al servicio de Heep -continuó, parándose siempre antes de esta palabra para proferirla con más vigor-, no habían sido fijados, aparte del jornal de veintidós chelines y seis peni­ques por semana. El resto fue dejado al contingente de mis facultades profesionales o, dicho de otra manera más expre­siva, a la bajeza de mi naturaleza, a los apetitos de mis de­seos, a la pobreza de mi familia, y, en general, al parecido moral o, mejor dicho, inmoral entre Heep y yo. No necesito decir que pronto me fue necesario solicitar de Heep adelan­tos pecuniarios para ayudar a las necesidades de mistress Micawber y de nuestra desdichada y creciente familia. ¿Debo decir que esas necesidades habían sido previstas por Heep? ¿Que esos adelantos eran asegurados por letras y otros reconocimientos semejantes, dadas las instituciones le­gales de este país? ¿Y que de ese modo me cogió en la tela­raña que había tejido para mi admisión?»

La satisfacción que sentía míster Micawber por sus facul­tades epistolares al describir este estado de cosas desagrada­bles parecía aligerar la tristeza y ansiedad que la realidad le causaba. Continuó leyendo:

«Entonces fue cuando Heep empezó a favorecerme con las confidencias necesarias para que le ayudara en las combi­naciones infernales. Entonces fue cuando empecé (para ex­presarme como Shakespeare) a decaer, a languidecer y des­fallecer. Me utilizaba constantemente para cooperar en falsificaciones de negocios y para engañar a un individuo, al cual le designaré como míster W. Se le engañaba por todos los medios imaginables. Entre tanto, el ladrón de Heep de­mostraba una amistad y gratitud infinitas al engañado caba­llero. Esto estaba bastante mal; pero, como observa el filó­sofo danés, con esa universal oportunidad que distingue el ilustre ornato de la Era de Elisabeth, « lo malo siempre queda atrás».

Míster Micawber se quedó tan entusiasmado con aquella cita feliz, que, bajo pretexto de haberse perdido, se obsequió y nos obsequió con una segunda lectura del párrafo:

« No es mi intención -continuó leyendo- el entrar en una lista detallada en la presente epístola (aunque ya está anotado en otro lugar) de los diferentes fraudes de menor cuantía que afectan al individuo a quien he designado con el nombre de míster W. y que he consentido tácitamente. Mi objetivo cuando dejé de discutir conmigo mismo la dolorosa alternativa en que me encontraba de aceptar o no sus hono­rarios, de comer o morirme, de vivir o dejar de existir, fue aprovecharme de toda oportunidad para descubrir y exponer todas las fechorías cometidas por Heep en detrimento de ese desgraciado señor. Estimulado por una silenciosa voz inte­rior y por la no menos conmovedora voz exterior que nom­braré como miss W., me metí en una labor no muy fácil de investigación clandestina, prolongada ahora, a mi entender, sobre un período pasado de doce meses.»

Leyó este párrafo como si hubiera sido un acta del Parla­mento, y pareció agradablemente refrescado por el sonido de sus palabras.

«Mis cargos contra Heep -dijo mirando a Uriah y colo­cando la regla en una posición conveniente debajo del brazo izquierdo, para caso de necesidad- son los siguientes.»

Todos contuvimos la respiración, y me parece que Uriah más que los demás.

« Primero ---dijo míster Micawber-: Cuando las faculta­des intelectuales y la memoria de míster W. se tomaron, por causas que no es necesario mencionar, débiles y confusas, Heep, con toda intención, embrolló y complicó las transac­ciones oficiales. Cuando míster W se encontraba incapaci­tado para los negocios, Heep le obligaba a que se ocupara de ellos. Consiguió la firma de míster W para documentos de gran importancia, haciéndole ver que no tenían ninguna. In­dujo a míster W a darle poder para emplear una suma impor­tante, ascendiendo a doce mil quinientas catorce libras, dos chelines y nueve peniques, en unos pretextados negocios a su cargo y unas deficiencias que estaban ya liquidadas.

»En todo ello hizo aparecer intenciones que no habían existido nunca. Empleó el procedimiento de poner todos los actos poco honorables a cargo de míster W, y luego, con la menor delicadeza, se aprovechó de ello para torturar y obli­gar a míster W a cederle en todo. »

-Tendrá usted que demostrar todo eso, Micawber -dijo Uriah, sacudiendo la cabeza con aire amenazador-; a todos les llegará su hora.

-Míster Traddles, pregunte usted a Heep quién ha vivido en esta casa además de él -dijo míster Micawber interrum­piendo su lectura---. ¿Quiere usted?

-Un tonto, y sigue viviendo todavía -dijo Uriah desde­ñosamente.

-Pregunte usted a Heep si por casualidad no ha tenido cierto memorándum en esta casa ---dijo Micawber-. ¿Quiere usted?

Vi cómo Uriah cesó de repente de rascarse la barbilla.

-O si no, pregúntele usted -dijo Micawber- si no ha quemado uno en esta casa. Si dice que sí y le pregunta usted dónde están las cenizas, diríjase usted a Wilkins Micawber, y entonces oirá algo que no le agradará mucho.

El tono triunfante con que dijo míster Micawber estas pa­labras tuvo un efecto poderoso para alarmar a la madre, que gritó agitadamente:

-¡Ury, Ury! ¡Sé humilde y trata de arreglar el asunto, hijo mío!

-Madre -replicó él-, ¿quiere usted callarse? Está us­ted asustada y no sabe lo que se dice. ¡Humilde! -repitió, mirándome con maldad-. ¡He humillado a muchos durante mucho tiempo, a pesar de «mi humildad» !

Míster Micawber, metiendo lentamente su barbilla en la corbata, continuó leyendo su composición:

«Segundo: Heep, en muchas ocasiones, según me he in­formado, sabido y creído ...»

-¡Vaya unas pruebas! -dijo Uriah tranquilizándose-. Madre, esté usted tranquila.

-Ya pensaremos en encontrar dentro de muy poco algu­nas que valgan y que le aniquilen, caballero --contestó mís­ter Micawber.

« Segundo: Heep, en muchas ocasiones, según me he in­formado, sabido y creído, ha falsificado, en diversos escri­tos, libros y documentos, la firma de míster W., y particular­mente en una circunstancia que puedo atestiguar. Por ejemplo, del modo siguiente, a saber.»

De nuevo míster Micawber saboreó este amontonamiento de palabras, cosa que generalmente le era muy peculiar. Lo he observado en el transcurso de mi vida en muchos hom­bres. Me parece que es una regla general. Tomando por ejemplo un asunto puramente legal, los declarantes parecen regocijarse muchísimo cuando logran reunir unas cuantas palabras rimbombantes para expresar una idea, y dicen, por ejemplo, que odian, aborrecen y abjuran, etc., etc. Los anti­guos anatemas estaban basados en el mismo principio. Ha­blamos de la tiranía de las palabras, pero también nos gusta tiranizarlas, nos gusta tener una colección de palabras super­fluas para recurrir a ellas en las grandes ocasiones; nos pa­rece que causan efecto y que suenan bien. Así como en las grandes ocasiones somos muy meticulosos en la elección de criados, con tal de que sean suficientemente numerosos y vistosos, así, en este sentido, la justeza de las palabras es una cuestión secundaria con tal de que haya gran cantidad de ellas y de mucho efecto.

Y del mismo modo que las gentes se crean disgustos por presentar un gran número de figurantes, como los esclavos, que cuando son demasiado numerosos se levantan contra sus amos, así podría citar yo una nación que se ha acarreado grandes disgustos, y que se los acarreara aun mayores, por conservar un repertorio demasiado rico en vocabulario na­cional.

Míster Micawber continuó su lectura, poco menos que la­miéndose los labios:

« Por ejemplo, del modo siguiente, a saber: estando míster W. muy enfermo, y siendo lo más probable que su muerte trajera algunos descubrimientos propios para destruir la in­fluencia de Heep sobre la familia W (a menos que el amor filial de su hija nos impidiera hacer una investigación en los negocios de su padre), yo, Wilkins Micawber, abajo fir­mante, afirmo que el susodicho Heep juzgó prudente tener un documento de míster W, en el que se establecía que las sumas antes mencionadas habían sido adelantadas por Heep a míster W para salvarle a este de la deshonra, aunque real­mente la suma no fue nunca adelantada por él y había sido liquidada hacía tiempo. Este documento, firmado por míster W y atestiguado por Wilkins Micawber, era combinación de Heep. Tengo en mi poder su agenda, con algunas imitacio­nes de la firma de míster W., un poco borradas por el fuego, pero todavía legibles. Y yo jamás he atestiguado ese docu­mento. Es más, tengo el mismo documento en mi poder. »

Uriah Heep, sobresaltado, sacó de su bolsillo un manojo de llaves y abrió cierto cajón; pero, cambiando repentina­mente de idea, se volvió hacia nosotros, sin mirar dentro.

«Y tengo el documento -leyó de nuevo míster Micaw­ber, mirándonos como si fuera el texto de un sermón- en mi poder; es decir, lo tenía esta mañana temprano, cuando he escrito esto; pero desde entonces lo he transmitido a mís­ter Traddles.»

-Es completamente cierto -asintió Traddles.

-¡Ury, Ury! -gritó la madre-. Sé humilde y arréglate con estos señores. Yo sé que mi hijo será humilde, caballe­ros, si le dan ustedes tiempo para que lo piense. Míster Cop­perfield, estoy segura de que usted sabe que ha sido siempre muy humilde.

Era curioso ver cómo la madre usaba las antiguas artima­ñas, después de que el hijo las había abandonado como inú­tiles.

-Madre -dijo él mordiendo con impaciencia el pañuelo en que tenía envuelta la mano- Mejor harías cogiendo un fusil y descargándolo contra mí.

-Pero yo lo quiero, Uriah -exclamó mistress Heep; y no dudo de que así fuera, por muy extraño que esto pueda parecer, pues eran tal para cual-, y no puedo soportar el oírte provocar a esos señores y ponerte todavía más en peli­gro. enseguida he dicho a los señores, cuando me han dicho arriba que todo se había descubierto, que yo respondía de que tú serías humilde y que cederías. ¡Oh, señores; miren cuán humilde soy y no hagan caso de él!

-Pero ¡madre; ahí está Copperfield --contestó furioso, apuntándome con su flaco dedo; todo su odio lo dirigía con­tra mí, como si fuera yo el promotor del descubrimiento, y no le desengañé-, ahí está Copperfield, que te hubiera dado cien libras por decir menos de todo lo que estás soltando.

-¡No lo puedo remediar, Ury! -gritó su madre-. No puedo verte correr un peligro así llevando la cabeza tan alta.

Es mucho mejor que seas humilde, como siempre lo has sido.

Uriah permaneció un momento mordiendo su pañuelo, y luego me dijo, mirándome con ceño:

-¿Qué más tienen ustedes que añadir, si es que hay algo más? ¿Qué quieren ustedes de mí?

Míster Micawber empezó nuevamente con su carta, con­tento de representar un papel de que estaba altamente satis­fecho:

«Tercero y último: Estoy ahora en condición de demos­trar, por los libros falsos de Heep y por el memorándum au­téntico de Heep, que durante muchos años Heep se ha apro­vechado de las debilidades y defectos de míster W. Para llegar a sus infames propósitos. Con este fin ha sabido tam­bién aprovechar las virtudes, los sentimientos de honor y de afecto paternal del infortunado míster W Todo esto lo de­mostraré gracias al cuaderno quemado en parte (que al prin­cipio no entendí, cuando mistress Micawber lo descubrió accidentalmente en nuestro domicilio, en el fondo de un co­fre destinado a contener las cenizas que se consumían en nuestro hogar doméstico). Durante muchos años míster W ha sido engañado y robado, de todas las maneras imagina­bles, por el avaro, el falso, el pérfido Heep. El fin principal de Heep, después de su pasión por el lucro, era tener un poder absoluto sobre míster y miss W.. (no diré nada acerca de sus intenciones ulteriores sobre esta). Su última acción, aca­ecida hace algunos meses, fue inducir a míster W a abando­nar su parte de la asociación y vender el mobiliario de su casa con la condición de que recibiría de Heep, exacta y fiel­mente, una renta vitalicia, pagadera cada tres meses. Estos enredos empezaban con las cuentas falsas sobre el estado fi­nanciero de míster W., en un período en que se había lan­zado a especulaciones aventuradas y no podía tener entremanos el dinero de que era moral y legalmente responsable; continuaban con pretendidos préstamos de dinero a interés enorme, efectuados en realidad por Heep, y seguían, por úl­timo, con una serie de trampas, siempre crecientes, hasta que míster W creyó que había quebrado su fortuna, sus es­peranzas terrestres, su honor, y ya no vio más salvación po­sible que el monstruo en forma humana que había sabido ha­cerse el indispensable y le había conducido a la ruina (míster Micawbér gustaba de emplear la expresión «monstruo de fi­gura humana», que le parecía nueva y original). Puedo pro­bar esto y muchas otras cosas más. »

Murmuré unas palabras al oído de Agnes, quien lloraba de gozo y de pena a mi lado, y hubo un movimiento entre nosotros, como si míster Micawber hubiera terminado. Dijo con un tono grave: «Perdónenme ustedes», y siguió, con una mezcla de decaimiento y de intensa alegría, la peroración de su carta:

« Ya he terminado. Ahora sólo me queda demostrar palpablemente estas acusaciones y desaparecer con mi desgraciada familia de este lugar, en el cual parece que estamos de más y somos una carga para todos.

Esto se hará pronto. Podemos figuramos que nuestro hijito será el primero en morirse de inanición, por ser el miembro más frágil de nuestro círculo, y que nues­tros mellizos le seguirán. ¡Que así sea! En cuanto a mí, mi estancia en Canterbury ha hecho ya mucho; la prisión por deudas y la miseria harán pronto lo demás.

Confío que el feliz resultado de una investigación larga y laboriosa, ejecutada entre incesantes trabajos y dolorosos temores desde el amanecer hasta el atarde­cer y durante las sombras de la noche, bajo la mirada vigilante de un individuo que es superfluo llamarle demonio, y las angustias que me causaba la situación de mis infortunados herederos, derramará sobre mi fúnebre hogar unas gotas de misericordia. Que me ha­gan únicamente justicia y que digan de mí, como de ese eminente héroe naval, al cual no tengo la preten­sión de compararme, que lo que he hecho lo he hecho a despecho de intereses egoístas y mercenarios. Por Inglaterra, por el hogar y por la Belleza. Queda suyo afectísimo, etc.,

Muy afectado, pero con una viva satisfacción, mister Mi­cawber dobló su carta y se la entregó a mi tía con un saludo, como si fuera un documento que le agradase guardar.

Había allí, como ya lo había notado en mi primera visita, una caja de caudales, de hierro. Tenía la have puesta. De re­pente, una sospecha pareció apoderarse de Uriah; echó una mirada sobre mister Micawber, se abalanzó a la caja y abrió con estrépito las puertas. Estaba vacía.

-¿Dónde están los libros? -gritó con una expresión es­pantosa-. ¡Algún ladrón ha robado los libros!

Mister Micawber se dio un golpecito con la regla.

-Yo he sido. Me ha entregado la llave como de costum­bre, un poco más temprano que otras veces, y la he abierto.

-No esté usted inquieto -dijo Traddles-; han llegado a mi poder. Tendré cuidado de ellos bajo la autoridad que re­presento.

-¿Es que admite usted cosas robadas? -gritó Uriah.

-En estas circunstancias, sí --- contestó Traddles.

Cuál sería mi asombro cuando vi a mi tía, que había es­tado muy tranquila y atenta, dar un salto hacia Uriah Heep y agarrarle del cuello con las dos manos.

-¿Sabe usted lo que necesito? -dijo mi tía.

-Una camisa de fuerza -dijo él.

-No; mi fortuna -contestó mi tía-. Agnes, querida mía, mientras he creído que era tu padre el que la había perdido, no he dicho ni una sílaba (ni al mismo Trot) de que la había depositado aquí. Pero ahora que sé que es este indivi­duo el responsable, quiero que me la devuelvan. ¡Trot, ven y quítasela!

No sé si mi tía creía en aquel momento que su fortuna es­taba en la corbata de Uriah Heep; pero lo parecía, por el modo como le empujaba. Me apresuré a ponerme entre ellos y a asegurarle que tendríamos cuidado de que devolviera todo lo que había adquirido indebidamente. Esto y unos mo­mentos de reflexión la apaciguaron; pero no estaba nada des­concertada por lo que acababa de hacer (no podría decir otro tanto de su gorro) y volvió a sentarse tranquilamente.

Durante los últimos minutos, mistress Heep había estado vociferando a su hijo que se humillara, y fue arrastrándose sobre las rodillas hacia cada uno de nosotros, haciéndonos las promesas más extravagantes. Su hijo la sentó en la silla, permaneciendo de pie a su lado con aire descontento, soste­niéndole el brazo con su mano, pero sin brutalidad, y me dijo, con una mirada feroz:

-¿Qué quiere usted que se haga?

-Ya le diré yo lo que hay que hacer -dijo Traddles.

-¿Es que no tiene lengua Copperfield? -murmuró Uriah-. Haría cualquier cosa por usted si pudiera usted de­cirme sin mentir que se la habían cortado.

-Mister Uriah va a humillarse -exclamó su madre-. ¡No hagan ustedes caso de lo que diga, buenos señores!

-Lo que hay que hacer es esto -dijo Traddles-: Pri­mero me va usted a devolver aquí mismo el acta por la cual mister Wickfield le abandonaba sus bienes.

-¿Y si no la tuviere? -interrumpió él.

-La tiene usted -dijo Traddles-; así que no tenemos que hacer esa suposición.

No puedo dejar de decir que esta era la primera ocasión en la cual hice verdadera justicia al entendimiento claro y al sentido común práctico y paciente de mi condiscípulo.

-Así, pues --dijo Traddles-, tiene usted que prepararse a devolver por fuerza todo lo que su rapacidad ha acaparado, hasta el último céntimo. Todos los libros y papeles de la so­ciedad quedarán en nuestro poder; todos los libros y todos sus documentos; todas las cuentas y recibos de ambas cla­ses; en una palabra, todo lo que hay aquí.

-¿De verdad? No estoy dispuesto a ello -dijo Uriah-. Me hace falta tiempo para pensarlo.

-Sí ---dijo Traddles-; pero entre tanto, y hasta que todo se arregle a nuestro gusto, tenemos que apoderarnos de to­das estas cosas, y le rogamos (o si es necesario le obliga­mos) a quedarse en su cuarto, sin comunicarse con nadie.

-No lo haré --dijo Uriah con un juramento.

-La cárcel de Maidstone es un sitio más seguro de arresto --observó Traddles-, y aunque la ley tardará más en arreglar las cosas y no las arreglará tan completamente como usted puede hacerlo, no hay duda que ha de castigarle a usted. ¡Querido: esto lo sabe usted tan bien como yo! Cop­perfield, ¿quiere usted ir a Guildhall y traer dos guardias?

Aquí mistress Heep estalló otra vez, y llorando y arras­trándose de rodillas se dirigió a Agnes para rogarle que la ayudara, diciendo que su hijo era muy humilde, y que todo era verdad, y que si no hacía lo que nosotros queríamos lo haría ella, y otras muchas cosas por el estilo. Estaba casi fre­nética de miedo por su querido hijo. En cuanto a él, al pre­guntarse lo que hubiese podido hacer si hubiera sido más va­liente, sería lo mismo que preguntarse qué podría hacer un perro con la audacia de un tigre. Era un cobarde de pies a ca­beza, y en este momento, más que en ningún otro de su vida miserable, mostraba su baja naturaleza por su desesperación y su aspecto sombrío.

-Espere -me gruñó, y se secó con su mano sudorosa---. Madre, cállate; dales ese papel; ve y tráelo.

-¿Quiere usted hacer el favor de ayudarla, míster Dick? --dijo Traddles.

Orgulloso de esta misión, cuya importancia comprendía, míster Dick la acompañó como un perro acompaña al re­baño. Pero mistress Heep le dio algún quehacer, pues no so­lamente volvió con el papel, sino también con la caja que lo contenía y donde encontramos una libreta y algunos otros papeles que utilizamos más tarde.

-Bien -dijo Traddles cuando lo hubo traído- Ahora, míster Heep, puede usted retirarse a pensar; pero haciendo el favor de observar detenidamente que le declaro, en nom­bre de todos los presentes, que no hay nada más que una sola cosa que hacer: esto es, lo que he explicado anteriormente, y hay que ejecutarlo sin dilación.

Uriah, sin levantar los ojos del suelo, atravesó brusca­mente el cuarto, con su mano puesta en la barbilla; y parán­dose en la puerta, dijo:

-Copperfield, siempre le he odiado. Ha sido usted siem­pre un hombre de suerte; siempre ha estado usted contra mí.

-Como ya le dije en otra ocasión --contesté yo-, usted ha sido el que ha estado en contra de todo el mundo, por su astucia y su codicia. En lo sucesivo, piense que no ha habido todavía en el mundo codicia y astucia que no se extralimita­sen, aun en contra de sus propios intereses. Esto es tan cierto como la muerte.

-O quizá tan cierto como lo que nos enseñaban en el co­legio (en el mismo colegio donde he aprendido a ser tan hu­milde). De nueve a once nos decían que el trabajo era una lata; de once a una, que era una bendición, un encanto, una dignidad, y qué sé yo cuántas cosas más, ¿eh? -dijo con una mirada de desprecio- Predica usted cosas tan conse­cuentes como ellos lo hacían. La humildad vale más que todo eso; es un sistema excelente. Me parece que sin ella no hubiese arrollado tan fácilmente a mi señor socio. ¡Y tú, Mi­cawber, animal, ya me las pagarás!

Míster Micawber le miró con desprecio olímpico hasta que abandonó el cuarto; luego se volvió hacia mí y me propuso darme el gusto de presenciar cómo se volvía a estable­cer la confianza entre mistress Micawber y él. Después de lo cual invitó al resto de la compañía a que contemplaran un espectáculo tan conmovedor.

-El velo que largo tiempo nos había separado a mistress Micawber y a mí ha caído al fin --dijo míster Micawber-. Mis hijos y el autor de sus días pueden una vez más ponerse en contacto, en los mismos términos de antes.

Como todos le estábamos muy agradecidos y todos deseá­bamos demostrárselo, tanto como nos lo podía permitir la precipitación y desorden de nuestro espíritu, todos hubiése­mos aceptado su ofrecimiento si Agnes no hubiera tenido que volver al lado de su padre, al cual no le habían hecho entrever más que una pequeña esperanza. Hacía falta, ade­más, que alguno se ocupara de hacer guardia a Uriah. Tradd­les se quedó con esa misión, en la cual lo relevaría míster Dick, y míster Dick, mi tía y yo acompañamos a míster Mi­cawber. Al separarme precipitadamente de mi querida Ag­nes, a la cual debía tanto, y pensando en los peligros de que la habíamos salvado quizá aquella mañana, a pesar de su re­solución, me sentía lleno de agradecimiento hacia las des­venturas de mi juventud, que me habían hecho conocer a míster Micawber.

Su casa no estaba lejos, y como la puerta de la sala daba a la calle, entró con su precipitación acostumbrada y ense­guida nos encontramos todos en el seno de la familia. Mís­ter Micawber, exclamando: «¡Emma, vida mía!» , se preci­pitó en los brazos de mistress Micawber. Mistress Micawber lanzó un grito y estrechó a su marido contra su corazón. Miss Micawber, que estaba acunando al inocente extraño, del cual me hablaba mistress Micawber en su última carta, estaba visiblemente emocionada. El pequeñito saltó de ale­gría. Los mellizos manifestaron su júbilo por varias demos­traciones inconvenientes a inocentes. Míster Micawber, cuyo humor parecía agriado por decepciones prematuras, y cuya cara era algo adusta, cediendo a sus mejores senti­mientos, lloriqueó.

-Emma -dijo míster Micawber-, la nube que cubría mi alma se ha desvanecido; la confianza mutua que existía entre nosotros vuelve otra vez para no interrumpirse jamás. Ahora, ¡bienvenida seas, miseria! --exclamó míster Micaw­ber derramando lágrimas-. ¡Bienvenidos seáis, pobreza, hambre, harapos, tempestad y mendicidad! ¡La confianza recíproca nos sostendrá hasta el fin!

Hablando de esta manera, míster Micawber hizo sentar a su mujer y abrazó a toda la familia, continuando con entu­siasmo la bienvenida a una serie de calamidades que no me parecían muy deseables, y después los invitó a todos a can­tar en coro por las calles de Canterbury, ya que no les que­daba otro recurso para vivir.

Pero habiéndose desmayado mistress Micawber por la fuerza de las emociones, lo primero que había que hacer an­tes de completar el coro era volverla en sí. De esto se encar­garon mi tía y míster Micawber. Después le presentaron a mi tía, y mistress Micawber me reconoció.

-Dispénseme usted, mi querido Copperfield -dijo la pobre señora dándome la mano-; pero no estoy fuerte, y el ver desaparecer de pronto todas las incomprensiones entre míster Micawber y yo ha sido una emoción demasiado fuerte.

-¿Es esta toda la familia, señora? -dijo mi tía.

-No tengo más por ahora -contestó mistress Micawber.

-¡Dios mío! No quería decir eso --dijo mi tía-. Quería decir si todos estos chicos eran de usted.

-Señora, todos estos son míos, es la cuenta exacta.

-Y este joven -dijo mi tía con aire pensativo-, ¿qué hace?

-Cuando vine aquí era mi esperanza -dijo míster Mi­cawber- hacerle entrar a Wilkins en la Iglesia o, para ex­presar mi idea con más exactitud, en el coro. Pero no había plaza vacante de tenor en este venerable edificio, que es la gloria de esta ciudad, y... en una palabra, se ha acostumbrado a cantar en cafés y lugares públicos, en vez de ejercitarse en los edificios sagrados.

-Pero es con buena intención -dijo tiernamente mis­tress Micawber.

-Estoy segura, amor mío --contestó míster Micawber-, que lo hace con la mejor intención del mundo; pero hasta ahora no ves demasiado para qué le ha servido.

El aspecto negativo le volvió a míster Micawber, y pre­guntó, un poco enfadado, qué querían que hiciese. Si creían que podía improvisarse un carpintero, o un herrero, sin aprendizaje. Eso era lo mismo que pedirle que volara sin ser pájaro. Si querían que abriera una botica en la calle de al lado, o si querían que se presentara en la Audiencia y que se proclamase él mismo abogado. ¿O querían que cantase en la ópera y obtuviera éxito a fuerza de violencia? ¿Qué querían que hiciera, si no le habían enseñado nada?

Mi tía reflexionó un momento, y dijo luego:

-Míster Micawber, me sorprende que no haya usted pen­sado nunca en emigrar.

-Señora -contestó míster Micawber-, ha sido el sueño dorado de mi juventud y la aspiración feliz de mi edad madura. (Estoy plenamente convencido de que jamás había pensado semejante cosa.)

-¡Ay! -dijo mi tía, lanzándome una mirada-, ¡qué cosa más buena sería para ustedes y su familia, míster y mistress Micawber, que emigraran ahora!

-Sí; pero... ¿y el capital, señora? -exclamó míster Mi­cawber tétricamente.

-Esta es la principal, y puedo decir la única, dificultad, mi querido míster Copperfield -asintió su mujer.

-¿Capital? -exclamó mi tía-. ¡Pero nos están ha­ciendo y nos han hecho ya un gran servicio, y puedo decir que seguramente saldrían todavía muchas cosas de este fuego! ¿Qué mejor cosa podríamos hacer por ustedes que procurarles el capital para ese objetivo?...

-No lo recibiría como donativo --dijo míster Micawber con fuego y animación-; pero si pudieran adelantarme una suma suficiente, al cinco por ciento de interés anual, bajo mi responsabilidad personal, podría reembolsarlo poco a poco; por ejemplo, en una fecha de doce, dieciocho o veinticuatro meses, para darme tiempo.

-¿Si se pudiera? Sí que se puede, y se hará -dijo mi tía---, si a ustedes les conviene. Piénsenlo bien ahora los dos. David tiene amigos que marcharán dentro de poco a Austra­lia. Si ustedes se deciden a irse, ¿por qué no aprovechar el mismo barco? Podían ayudarse mutuamente. Piénsenlo bien, míster y mistress Micawber; piénsenlo con tiempo.

-Una sola pregunta quisiera hacer, mi querida señora -dijo mistress Micawber-: ¿Es sano el clima?

-Es el mejor clima del mundo --contestó mi tía.

-Muy bien -dijo mistress Micawber-. Entonces mi pregunta es la siguiente: ¿Son las circunstancias de ese país tales que un hombre como míster Micawber pudiera elevarse en la escala social? No quiero decir que por ahora aspire a ser gobernador o algo por el estilo; pero ¿encontraría él un campo de acción amplio para el desenvolvimiento de sus facultades?

-¡En ningún sitio lo encontraría más amplio! -dijo mi tía-; para un hombre que sabe comportarse y es trabajador.

-«Para un hombre que sabe comportarse y es trabaja­dor» -repitió lentamente mistress Micawber-. Muy bien. Es evidente que Australia es la esfera de acción adecuada a míster Micawber.

-Estoy convencido, mi querida señora --dijo míster Mi­cawber-, que es, en las circunstancias actuales, el único país propio para mí y para mi familia, y que algo extraordi­nario nos está reservado en esa costa desconocida. No hay distancia, relativamente; y aunque conviene pensar en su proposición, le aseguro que es sólo cuestión de forma.

No olvidaré nunca cómo en un momento se transformó en un hombre temerario, ardiente y lleno de locas esperanzas; y cómo al instante mistress Micawber empezó a hablar de las costumbres del canguro. Jamás pensaré en era cane de Can­terbury, en día de feria, sin recordar el aire resuelto con que andaba a nuestro lado, adoptando ya los modales bruscos y despreocupados de un colono de aquellas tierras y mirando a las reses que pastaban como si ya fuera un labrador aus­traliano.

 
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