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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 50. El sueño de míster Peggotty llega a realizarse
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Habían transcurrido algunos meses desde que tuvo lugar nuestra entrevista con Martha a orillas del Támesis. Yo no la había vuelto a ver; pero ella había tenido en varias ocasiones comunicación con míster Peggotty. Su celo era inútil, y no encontrábamos en nada de lo que nos decía datos que nos pusieran sobre la pista de Emily. Confieso que empezaba a dudar de poder encontrarla y que cada día estaba más con­vencido de que había muerto.

Por lo que yo podía apreciar, míster Peggotty seguía con la misma convicción, y su corazón no tenía nada oculto para mí. No titubeaba ni un momento; no sentía quebrantada su seguridad solemne de que terminaría por encontrarla. Su pa­ciencia era infatigable, y aunque a veces yo temblaba ante la idea de que su desesperación fuese funesta si un día llegaba a convencerse de lo contrario, no podía por menos de esti­mar y respetar cada día más aquella fe sólida que nacía de su corazón puro y elevado.

No era de los que se duermen en una esperanza y en una con­fianza inactivas. Toda su vida había sido una vida de acción y de energía. Sabía que en todo había que cumplir fielmente el deber y no confiarse en los demás. Yo le he visto salir por la no­che, a pie, para Yarmouth, por tcmor de que olvidasen encender la vela que iluminaba el barco. Le he visto, si por casualidad leía en algún periódico algo que pudiera relacionarse con su Emily, coger el bastón de viajero y emprender una nueva pere­grinación de treinta o cuarenta leguas. Cuando le hube contado lo que sabía por medio de miss Dartle, se fue a Nápoles por mar. Todos aquellos viajes eran muy penosos, pues economizaba lo que podía por amor a Emily. Pero nunca le oí quejarse; nunca le oí confesar que estuviera cansado o deprimido.

Dora lo había visto muchas veces después de casada con­migo y le quería mucho. Le veo todavía de pie, al lado del sofá en que ella descansa; tiene la gorra en la mano; mi «mu­jer-niña» levanta hacia él sus grandes ojos azules, con una especie de sorpresa tímida. A menudo, por la noche, cuando tenía que hablarme, lo llevaba a fumar su pipa en el jardín; charlábamos paseando, y entonces yo recordaba su casa abandonada y todo lo que había querido a aquel viejo barco que representaba a mis ojos de niño un espectáculo tan sor­prendente por la noche, cuando el fuego ardía alegremente y el viento gemía a nuestro alrededor.

Un día me dijo que la víspera había encontrado a Martha cerca de su casa y que le había dicho que no abandonara bajo ningún pretexto Londres antes de volver a verla.

-¿Y no le ha dicho por qué?

-Se lo he preguntado, señorito Davy -me contestó-; pero Martha habla muy poco, y en cuanto se lo he pregun­tado se ha marchado.

-¿Y le ha dicho cuándo volverá?

-No, señorito Davy -repuso, pasándose la mano por la frente, con gravedad- Se lo he preguntado; pero me ha di­cho que no me lo podía decir.

Yo había resuelto desde hacía mucho tiempo no animar aquellas esperanzas, que pendían de un hilo; por lo tanto, no hice el menor comentario; sólo añadí que seguramente la volvería a ver pronto. Y guardé para mí solo las demás refle­xiones, aunque tampoco daba demasiada importancia a las palabras de Martha.

Quince días después paseaba una tarde solo por el jardín. Recuerdo perfectamente aquella tarde. Era al día siguiente de la visita de míster Micawber. Había llovido todo el día; el aire estaba húmedo; las hojas parecían pesar en las ramas, cargadas de lluvia; el cielo esta todavía oscuro, pero los pájaros empezaban a cantar alegremente. A medida que el cre­púsculo avanzaba se iban callando por grados; todo estaba silencioso a mi alrededor; ni un soplo de viento movía los árboles; no oía más que el ruido de las gotas de agua, que corrían lentamente por las ramas verdes mientras paseaba de arriba abajo en el jardín.

Había allí, al lado de nuestra casa, un pequeño cobertizo, desde donde se veía el camino. Miraba hacia aquel lado, pensando en una multitud de cosas, cuando vi una persona que parecía llamarme.

-¡Martha! -dije, acercándome a ella.

-¿Puede usted venir conmigo? -me preguntó con voz conmovida-. He estado en casa de él y no le he encontrado. He escrito en un trozo de papel el sitio donde tiene que bus­carme, y lo he puesto encima de su mesa. Me han dicho que no tardará en volver. Tengo muchas noticias. ¿Puede usted venir enseguida?

Le respondí abriendo la verja para seguirla. Me hizo un gesto con la mano, como para pedirme paciencia y silencio, y se dirigió hacia Londres. En el polvo que cubría sus ropas se veía que había venido a pie y a toda prisa.

Le pregunté si íbamos a Londres, y me hizo un gesto de que sí. Detuve un coche que pasaba, y subimos los dos en él. Cuando le pregunté la dirección, me respondió: «Hacia Gol­den Square, y deprisa».

Después se hundió en un rincón, ocultándose la cara con una mano temblorosa y pidiéndome que guardara silencio, como si no pudiera soportar el sonido de una voz.

Estaba turbado y confuso entre la esperanza y el temor. La miraba para obtener alguna explicación; pero era evi­dente que no quería dármela, y yo tampoco quería romper el silencio. Avanzábamos sin pronunciar palabra. A veces ella miraba la portezuela, como si le pareciese que íbamos de­masiado despacio, aunque en realidad el coche iba a buen paso; pero continuaba callándose.

Nos detuvimos en el sitio que había indicado, y dije al cochero que esperase, pensando que quizá volviéramos a necesitarle. Martha me cogió del brazo y me arrastró rápi­damente hacia una de esas calles sombrías que antes ser­vían de morada a familias nobles, pero donde ahora se al­quilan por separado habitaciones a un precio módico. Entró en una de aquellas grandes casas y, soltándome el brazo, me hizo seña de que la siguiera por la escalera, que servía a muchísimos huéspedes y ponía toda una multitud de habi­tantes en la calle.

La casa estaba llena de gente. Mientras subíamos la esca­lera, las puertas se abrían a nuestro paso; otras personas se nos cruzaban a cada instante. Antes de entrar ya había visto yo mujeres y niños asomando sus cabezas a las ventanas, entre tiestos de flores; probablemente habíamos excitado su curiosidad, pues eran los mismos que abrían las puertas para vemos pasar. La escalera era alta y ancha, con una balaus­trada de madera maciza y tallada; por encima de las puertas se veían cornisas adornadas de flores y frutas; las ventanas eran grandes; pero todos aquellos restos de antiguas grande­zas estaban en ruinas. El tiempo, la humedad y la podredum­bre habían atacado el suelo, que temblaba bajo nuestros pa­sos. Habían tratado de infiltrar algo de sangre nueva en aquel cuerpo viejo, y, en algunos sitios, hermosas esculturas ha­bían sido reparadas con material mucho más ordinario; pero aquello era como el matrimonio de un viejo noble arruinado con una pobre hija del pueblo: ninguna de las partes parecía resolverse a aquella unión tan desigual. Se habían tapado muchas de las ventanas de la escalera, y las que quedaban apenas tenían vidrieras, y a través de las maderas apolilla­das, que parecían aspirar el mal olor sin devolverlo nunca, veía otras casas en el mismo estado, y un patio interior y os­curo que parecía ser el basurero del viejo castillo.

Subimos casi al último piso de la casa. Dos o tres veces me pareció ver en la oscuridad los pliegues de un traje de mujer; alguien nos precedía. Llegábamos al último piso cuando vi a aquella persona detenerse delante de una puerta y entrar.

-¿Qué quiere decir esto? -murmuró Martha-. Entra en mi habitación y yo no la conozco.

Yo sí la conocía. Con gran sorpresa había visto los rasgos de miss Dartle.

Hice comprender en pocas palabras a Martha que era una señora a quien yo había conocido, y apenas había terminado de hablar, cuando oímos su voz en la habitación; pero desde donde estábamos no podíamos oír lo que decía. Martha me miraba con sorpresa. Después me hizo terminar de subir, y empujando una puertecita sin cerradura, que había al lado de la de su cuarto, me metió en una habitacioncita vacía, del ta­maño de un armario. Había entre aquel rincón y su alcoba una puerta que comunicaba. Estaba entreabierta. Nos acer­camos. Habíamos andado tan deprisa, que yo apenas podía respirar. Martha me puso dulcemente su mano sobre los la­bios. Yo, desde donde estaba, podía ver el rincón de una ha­bitación bastante grande, donde había una cama; sobre las paredes, algunas malas litografías de barcos. No veía a miss Dartle ni a la persona a quien se dirigía. Mi compañera de­bía de verlas todavía menos que yo.

Durante un instante reinó un profundo silencio. Martha continuaba con una mano encima de mis labios y levantaba la otra al inclinarse para escuchar.

-Poco me importa que no esté aquí; no la conozco. Es a usted a quien vengo a ver -dijo Rosa Dartle, con altanería.

-¿A mí? -respondió una voz dulce.

-Sí -repuso miss Dartle-; he venido para mirarla. ¿Cómo no se avergüenza usted de ese rostro que ha hecho tanto daño?

El odio implacable y resuelto que animaba su voz, la fría amargura y la rabia contenida de su tono, me la hacían tan presente como si hubiera estado frente a ella. Veía, sin verlos, aquellos ojos negros que despedían llamas; aquel rostro desfigurado por la cólera. Veía la cicatriz blancuzca atrave­sar sus labios, temblar y estremecerse mientras hablaba.

-He venido a ver -continuó- a la que ha vuelto loco a James Steerforth; la muchacha que ha huido con él, escan­dalizando a toda su ciudad natal; a la atrevida, a la hábil, a la pérfida querida de un hombre como James Steerforth. ¡Quiero saber cómo es semejante criatura!

Se oyó ruido, como si la desgraciada a quien agobiaba con sus insultos intentara escaparse. Miss Dartle le impidió el paso. Después continuó, con los dientes apretados y gol­peando el suelo con el pie:

-¡Estése quieta, o la desenmascaro delante de todos los habitantes de esta casa y de esta calle! Si trata usted de esca­parse, la detendré, aunque tenga que agarrarla de los cabe­llos y levantar contra usted las piedras de la casa.

Un murmullo de terror fue la única respuesta que me llegó; después hubo un momento de silencio. No sabía qué hacer. Deseaba ardientemente poner término a la entrevista aquella, pero no me atrevía a presentarme; sólo míster Peg­gotty tenía el derecho de verla y de reclamarla. ¡Cuándo lle­garía!

-¡Por fin la veo! -continuó Rosa, con una risa de des­precio-. Nunca hubiese creído que Steerforth se dejase se­ducir por esa falsa modestia y esa expresión ingenua.

-¡Oh, por amor de Dios! ---exclamó Emily-. Sea usted quien sea, si sabe mi triste historia, ¡por amor de Dios, tenga piedad de mí, si quiere que la tengan de usted!

-¿Si quiero que tengan piedad de mí? -respondió miss Dartle en tono feroz-. ¿Y qué hay de común entre nosotras, dígame?

-Al menos, nuestro sexo -dijo Emily deshaciéndose en lágrimas.

-¿Y ese es un lazo tan fuerte cuando lo invoca una cria­tura tan infame como usted, que si pudiera tener en el corazón otra cosa que no fuese desprecio y odio, la cólera me ha­ría olvidar que es usted mujer? ¡Nuestro sexo! ¡Sí que hace usted honor a nuestro sexo!

-Comprendo que es un reproche muy merecido -ex­clamó Emily-; pero ¡es terrible! ¡Oh señora, piense usted en todo lo que he sufrido y en las circunstancias de mi caída! ¡Oh Martha, vuelve! ¡Oh, cuándo encontraré el abrigo de mi hogar!

Miss Dartle se sentó en una silla al lado de la puerta; te­nía los ojos fijos en el suelo, como si Emily se arrastrara a sus pies. Ahora podía ver sus labios apretados y sus ojos cruelmente fijos en un solo punto: en la embriaguez de su triunfo.

-Escuche lo que voy a decirle, y guárdese sus hipocre­sías y habilidades. No me conmoverá con sus lágrimas, como no me conquistará con sus sonrisas, esclava despre­ciada.

-¡Oh, tenga piedad de mí! ¡Demuéstreme algo de com­pasión, o voy a morir loca!

-¡Sólo sería un débil castigo de sus crímenes! -dijo Rosa Dartle-. ¿Sabe usted lo que ha hecho? ¿Se atreve us­ted a invocar el hogar, cuando usted lo ha pisoteado?

-¡Oh! -exclamó Emily-. ¡No ha pasado un día ni una noche sin que lo pensara! -Y la vi caer de rodillas, con la cabeza hacia atrás, su pálido rostro levantado al cielo y las manos juntas, con angustia; sus largos cabellos se habían soltado- ¡No ha pasado un solo instante sin que haya pen­sado en mi querida casa, en los días que pasaron cuando la abandoné para siempre! ¡Oh, tío mío, tío mío; si hubieras podido saber el dolor que me causaba el recuerdo punzante de tu ternura cuando me alejé del buen camino, no me hu­bieses demostrado tanto amor, habrías hablado, por lo me­nos, una vez con dureza a tu Emily, y eso le hubiese servido de consuelo! Pero no, no hay consuelo para mí en el mundo. ¡Han sido todos demasiado buenos conmigo!

Cayó con la cara contra el suelo, esforzándose en tocar el borde de la falda de su tirano, que permanecía inmóvil ante ella.

Rosa Dartle la miraba fríamente; una estatua no hubiera sido más inflexible. Apretaba con fuerza los labios, como si necesitara contenerse para no pisotear a la encantadora cria­tura que estaba tirada con tanta humildad ante ella. La veía distinta; parecía necesitar toda su energfa para contenerse. ¿Cuándo llegaría míster Peggotty?

-¡He ahí la ridícula vanidad que tienen esos gusanos! -dijo cuando se calmó un poco el furor que le impedía ha­blar-. ¡Su casa, su hogar! ¿Y piensa usted que hago a esas gentes el honor de pensar ni de creer que ha hecho usted el menor daño a semejante hogar que no se pueda pagar larga­mente con dinero? ¡Su familia! ¡Sólo era usted para ella un objeto con que negociar, como lo demás; algo que vender y comprar!

-¡Oh, no! -exclamó Emily-. Dígame todo lo que quiera; pero no haga caer mi vergüenza (demasiado pesa ya sobre ellos) sobre personas que son tan respetables como us­ted. Si verdaderamente es usted una señora, hónrelos al me­nos a ellos, aunque no tenga piedad de mí.

-Hablo -dijo miss Dartle, sin dignarse escuchar aque­lla súplica y retirando su falda, como si Emily la hubiera manchado al tocarla-, hablo de la casa de él, la casa en que yo habito. ¡He ahí --dijo con una risa sarcástica, mirando a su pobre víctima-, he ahí una bonita causa de división en­tre una madre y un hijo! ¡He ahí a la que ha llevado la deses­peración a una casa donde no la hubieran querido ni para fregar la vajilla! ¡La que ha llevado la cólera, los reproches, las recriminaciones! ¡Vil criatura, que han recogido a la ori­lla del agua, para divertirse durante una hora y rechazarla después con el pie hacia el fango donde había nacido!

-¡No, no! -exclamó Emily juntando las manos- La primera vez que él se encontró en mi camino (¡Ah! ¡Si Dios hubiera querido que sólo me hubiera encontrado el día que me llevaran a enterrar!) yo había sido educada en ideas tan severas y tan virtuosas como usted o cualquier otra mujer; yo iba a casarme con el mejor de los hombres. Si usted vive a su lado, si le conoce, sabe quizá la influencia que puede ejercer sobre una pobre muchacha, débil y trivial como yo. No me defiendo; pero lo que sé, y él lo sabe también, o al menos lo que sabrá a la hora de su muerte, cuando su alma se turbe, es que ha utilizado todo su poder para engañarme y que yo creía en él, confiaba en él y lo amaba.

Rosa Dartle saltó en la silla y retrocedió un paso para pe­garla, con tal expresión de maldad y de rabia, que estuve a punto de lanzarme entre las dos. El golpe se perdió en el va­cío. Ella continuó de pie, temblando de furor, palpitante de pies a cabeza, como una verdadera furia. No, no había visto nunca, no podré volver a ver rabia semejante.

-¿Usted le quiere? ¿Usted? -exclamó, apretando el puño como si hubiera querido tener en él un arma para herir al objeto de su odio.

Yo no podía ya ver a Emily, y no se oyó ninguna res­puesta.

-¿Y eso me lo dice usted a mí -añadió- con su boca de­pravada? ¡Ah! ¡Cómo me gustaría que azotaran a estas perdi­das! ¡Oh! Si dependiera de mí las haría azotar hasta la muerte.

Y lo hubiese hecho, estoy seguro. Mientras duró aquella mirada no le hubiera confiado la menor arma de tortura.

Después, muy poco a poco, fue echándose a reír, pero con una risa cortante y señalando a Emily con el dedo, como a un objeto de vergüenza a ignominia para Dios y para los hombres.

-¡Le quiere! ¡Dice que le quiere! ¡Y querrá hacerme creer que él se ha preocupado nunca lo más mínimo de ella! ¡Ah, ah! ¡Qué embusteras son esta clase de mujeres!

Su burla era todavía mayor que su rabia y que su cruel­dad; era peor que todo: no se desataba de una vez, sino por momentos, exponiéndose a que su pecho estallara; pero con­tenía su rabia para torturar mejor a su víctima.

-He venido aquí, como le decía hace un momento, ma­nantial de amor puro, para ver cómo era usted. Tenía curio­sidad; ya la he satisfecho. Quería también aconsejarle que volviera pronto a su casa, a ocultarse entre su excelente fa­milia, que la espera, y a quien su dinero consolará de todo. Y cuando se lo hayan gastado, no tendrá más que buscar un nuevo sustituto para creer en él, confiarse a él y amarle. Yo creía encontrar un juguete roto, que ya había dejado de ser­vir; una joya falsa estropeada por el use y tirada a un rincón. Pero puesto que me encuentro con oro fino, con una verda­dera dama, una inocente a quien se ha engañado, pero que tiene todavía un corazón nuevo, lleno de amor y de sinceri­dad, pues verdaderamente lo parece usted y está muy en ar­monía con su historia, todavía tengo algo más que decir. Es­cúcheme, y sepa que lo que voy a decirle lo haré. ¿Me oye usted, hada espiritual? Lo que digo lo hago.

Por un momento no pudo reprimir su rabia; pero fue sólo un instante, un espasmo que terminó en una sonrisa.

-Vaya usted a ocultarse, si no a su antigua casa, a otra parte; ocúltese lo más lejos posible. Vaya a vivir en la oscuri­dad, o mejor todavía, vaya a morir en cualquier rincón. Me sor­prende que no haya encontrado todavía medio de calmar ese tierno corazón, que no quiere romperse. Y, sin embargo, hay medios para ello, y me parece que no es difícil encontrarlos.

Se interrumpió un momento, mientras Emily sollozaba. La escuchó como si aquello fuera para ella una música.

-Quizá soy una criatura extraña -prosiguió Rosa Dar­tle-; pero no puedo respirar libremente en el mismo aire que usted; me parece que está corrompido. Tengo que purifi­carlo, que purgarlo de su presencia. Si está usted todavía aquí mañana, su historia y su conducta se sabrán por todos los que habitan esta casa. He sabido que hay aquí mujeres honradas. Sería lástima que no pudieran apreciar un tesoro como usted. Si una vez fuera de aquí vuelve a buscar refugio en esta ciudad, en cualquier otra condición que en la de mu­jer perdida (puede estar tranquila, esa no le impediré que la tome), iré a hacerle el mismo servicio por todas partes por donde pase. Estoy segura de conseguirlo con la ayuda de cierto caballero que ha solicitado su bella mano no hace mu­cho tiempo.

¿Pero míster Peggotty no llegaría nunca? ¿Cuánto tiempo habría de soportar todavía aquello? ¿Cuánto tiempo estaba yo seguro de contenerme?

-¡Oh, Dios mío! -exclamó la desgraciada Emily, en un tono que hubiese conmovido el corazón más duro.

Rosa Dartle seguía sonriendo.

-¿Qué quiere usted que haga?

-¿Lo que quiero que haga? ¿No puede usted vivir di­chosa con sus recuerdos? ¡Puede usted pasarse la vida recor­dando la ternura de James Steerforth! Quería que se casara usted con un criado, ¿no es así? Y también puede usted pen­sar en el buen hombre que aceptaba el ofrecimiento de su amo; y si todos estos pensamientos, si el recuerdo de su vir­tud y del puesto honroso que le han hecho adquirir no son suficientes para llenar su corazón, puede casarse con ese ex­celente hombre y aprovecharse de su condescendencia. Y si esto no es todavía bastante para satisfacerla, ¡mátese usted! No faltarían ríos ni montones de basura buenos para morir en ellos cuando se tienen esas penas ¡Busque usted uno para desde allí volar al cielo!

Oí pasos. Estaba seguro de que era él. ¡Bendito sea Dios!

Rosa se acercó lentamente a la puerta y desapareció a mi vista.

-Pero acuérdese que estoy decidida, y tengo mis razones para ello (y mi odio personal), a perseguirla por todas partes, a menos de que huya lejos de aquí o de que arroje esa más­cara de inocencia que quiere tomar. Eso es lo que tenía que decirle, y lo que digo lo haré.

Los pasos se acercaban, ya estaban en la puerta, y se pre­cipitaban en la habitación.

-¡Tío!

Un grito terrible siguió a aquellas palabras. Esperé un mo­mento antes de entrar y le vi sosteniendo en sus brazos a Emily desvanecida. Un instante contempló su rostro; des­pués se inclinó para besarla, ¡oh, con qué ternura!, y le cu­brió la cabeza con un pañuelo.

-Señorito Davy -dijo en voz baja y trémula cuando hubo cubierto el rostro de la muchacha-, doy gracias a nuestro Padre celestial porque mi sueño se ha realizado; le doy las gracias con todo mi corazón porque me ha guiado hasta encontrar a mi querida niña.

Al decir estas palabras la cogió en sus brazos, mientras ella continuaba con el rostro velado. Inclinando la cabeza y estrechando contra la suya la mejilla de su sobrina querida bajó lentamente las escaleras con ella inconsciente.

 
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