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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 5. Me alejan del hogar
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Habíamos andado como una media milla y mi pañuelo es­taba completamente empapado cuando el carro se paró brus­camente.

Miré para ver lo que pasaba, y con gran asombro vi a Peg­gotty surgiendo de un arbusto y encaramándose en el carro. Me cogió en sus brazos y me estrechó contra el corsé con tal fuerza, que casi me deshizo la nariz, aunque yo no me di cuenta de ello hasta después de un rato, al ver que me dolía. Peggotty no pronunció palabra. Soltándome con uno de los brazos, se lo hundió en el bolsillo hasta el codo y sacó unos paquetes llenos de dulces, que introdujo en los míos, y puso entre mis manos una bolsa, todo sin desplegar los labios. Después, dándome otro abrazo de despedida, bajó del carro y se marchó corriendo; estoy seguro de que se fue sin un solo botón en la blusa. Yo cogí uno, entre varios que habían caído a mi alrededor, y lo guardé durante mucho tiempo como un tesoro.

El carretero me miró, como preguntándome si ya no vol­vería. Sacudí la cabeza y le dije que creía que no.

-Entonces ¡en marcha! -le dijo a su caballo.

Y, efectivamente, este se puso en marcha.

Después de llorar cuanto me fue posible empecé a com­prender que no conducía a nada el llorar de aquel modo, principalmente porque ni Roderich Ramdom ni el capitán de la marina real inglesa habían llorado nunca, ni aun en las si­tuaciones más críticas. El carretero, viéndome con aquella resolución---me propuso poner a secar el pañuelo en el lomo de su caballo. Le di las gracias, consintiendo, y el pañuelo me parecía ridículamente pequeño colocado allí.

No tardé en examinar la bolsa. Era un portamonedas fuerte de cuero, que contenía tres chelines muy brillantes, evidente­mente pulidos con esmero por Peggotty para mi mayor satis­facción; pero, su más precioso tesoro eran dos medias coro­nas, que encontré envueltas en un papelito, en el que se leía, de letra de mi madre: «Para Davy, con mi cariño».

Esto me conmovió de tal manera, que pedí a Barkis (el cochero se llamaba así) que tuviera la bondad de devolverme mi pañuelo; pero me contestó que le parecía más prudente que siguiera sin él, y comprendiendo que tenía razón, me se­qué los ojos con la manga y dejé de llorar.

Había dejado de llorar del todo; pero a consecuencia de mis emociones, todavía me sacudía de vez en cuando un pro­fundo sollozo.

Después de haber viajado así durante un rato pregunté a Barkis si iba a llevarme él todo el camino.

-¿Todo el camino a dónde? -me preguntó.

-Allí -dije.

-¿Y dónde es allí? -insistió el hombre.

-Cerca de Londres --dije.

-Pero este caballo -me contestó, sacudiendo las rien­das para que le mirase- estaría más muerto que un cochini­llo asado antes de la mitad del camino.

-¿Entonces no va usted más que a Yarmouth? -pre­gunté.

-Eso es -dijo Barkis-. Allí tendrás que tomar la dili­gencia, y la diligencia te llevará hasta... donde vas.

Como esto era mucho hablar para él, pues ya observé en un capítulo precedente que era hombre flemático y nada charlatán, le ofrecí un bizcocho en agradecimiento, y se lo zampó de un bocado, exactamente como lo hubiera hecho un elefante, y en su rostro no se observó más impresión de la que se hubiera observado en el del elefante.

-¿Es ella quien los ha hecho? -preguntó, inclinado, como siempre, hacia delante y con un brazo sobre cada rodilla.

-¿Se refiere usted a Peggotty?

-Sí --contestó Barkis.

-Sí; en casa es ella quien hace los pasteles y toda la co­cina.

-Según eso, ¿lo hace ella?

Y Barkis puso la boca como si fuera a silbar, pero no silbó. Se inclinó a mirar las orejas de su caballo, como si viera en ellas algo nuevo, y así continuó durante mucho tiempo.

-¿Y amorcillos no habrá, supongo?

-¿Se refiere usted a los amorcillos de dulce, míster Bar­kis? -pregunté, creyendo que le apetecían.

-Novios -dijo Barkis-. Noviazgos. ¿No habla nadie con ella?

-¿Con Peggotty?

-Sí.

-¡Oh, no! Nunca ha tenido novio.

-¿Nunca lo ha tenido?

Y de nuevo Barkis puso la boca como si fuera a silbar y no silbó, y volvió a la contemplación de las orejas de su caballo.

-Según eso -dijo después de un largo rato de refle­xión- ¿ella es quien hace todas las tartas de manzana y toda la cocina?

Respondí que así era.

-Bien, pues voy a decirte una cosa -me dijo Barkis-. ¿Tú piensas escribirle?

-Sí que pienso -respondí.

-¡Ah! -dijo, volviéndose a mirarme lentamente---. ¡Bien! Si le escribes, ¿te importaría decirle que Barkis está dispuesto?

-¿Que Barkis está dispuesto? -repetí con inocencia---. ¿Nada más?

-Sí --dijo lentamente-. Sí: «Barkis está dispuesto».

-Pero usted volverá mañana a Bloonderstone, míster Barkis -dije algo emocionado, al pensar que yo, en cam­bio, estaría muy lejos-. ¿No podría decírselo usted mismo?

Rechazó aquella sugerencia con un movimiento de ca­beza a insistió en su encargo, diciendo con profunda grave­dad: «Barkis está dispuesto». Ese era el mensaje. Yo estaba decidido a transmitírselo; y aquella misma tarde, mientras esperaba a la diligencia en el hotel de Yarmouth pedí papel y pluma y escribí a Peggotty:

«Mi querida Peggotty: He llegado aquí bien. "Barkis está dispuesto." Mis cariños a mamá. Tu afectuoso, DAVY.

» P. D. Dice que quiere que sepas muy particularmente que "Barkis está dispuesto".»

Cuando le prometí cumplir su sugerencia, Barkis volvió a caer en profundo silencio, y yo, sintiéndome agotado por todo lo sucedido en los últimos días, caí encima de un saco y me quedé dormido.

Duró mi sueño hasta llegar a Yarmouth, que por cierto en el hotel en que nos detuvimos me pareció un Yarmouth tan distinto al que yo recordaba, que perdí la esperanza que ha­bía acariciado de encontrarme con alguien de la familia Peg­gotty. ¡Quién sabe! ¡Quizá hasta con Emily!

La diligencia estaba ya en el patio, muy limpia y relu­ciente, pero sin los caballos, y al verla así parecía increíble que pudiera llegar nunca hasta Londres. Pensaba en esto y me preocupaba lo que sería de mi maleta (que Barkis había dejado en el suelo del patio, marchándose después con su carro), y también meditaba en mi suerte futura cuando por una ventana en la que había colgadas aves y algunos embuti­dos se asomó una señora y dijo:

-¿Es ese el viajero procedente de Bloonderstone?

-Sí, señora -le dije.

-¿Cómo se llama usted? -insistió la señora.

-Copperfield.

-No, no es eso -replicó la señora-; la comida está en­cargada a otro nombre.

-¿Será a nombre de Murdstone? -le pregunté.

-Si se llama usted Murdstone, ¿por qué ha dicho otro nombre primero? -preguntó la mujer.

Le expliqué lo que era, y ella entonces tocó una campani­lla y ordenó:

-William, conduce a este caballero al comedor.

Al oír esto, un camarero que salía corriendo del lado opuesto del patio me miró y pareció muy sorprendido al ver que sólo se trataba de mí.

El comedor era una habitación enorme, rodeada de ma­pas. Dudo que me hubiera sentido más confuso si los mapas hubieran sido verdaderos países extranjeros donde hubiera caído de improviso. Me parecía que era un atrevimiento enorme el de sentarme allí, con la gorra en la mano, en el borde de la silla más cercana a la puerta. Y cuando el cama­rero extendió un mantel para mí y puso el salero encima, sentí que me ponía rojo de vergüenza.

Después trajo unas fuentes con chuletas y legumbres. Pero colocaba las cosas de un modo tan brusco, que yo es­taba asustado y con temor de haberle ofendido. Me tranqui­licé mucho cuando, poniendo una silla para mí delante de la mesa, me dijo cordialmente:

-Vamos, gigante, siéntate.

Le di las gracias y me senté; pero me parecía dificilí­simo manejar el cuchillo y el tenedor con algo de soltura y no mancharme con la salsa mientras él continuara enfrente sin dejar de mirarme y haciéndome ruborizar de la manera más horrible cada vez que mis ojos se encontraban con los suyos. Cuando me vio empezar la segunda chuleta me dijo:

-Le traigo media pinta de cerveza; ¿la quiere usted ahora?

Le di las gracias y le dije que sí.

Entonces me la sirvió en un vaso y la acercó a la luz para enseñarme el hermoso color que tenía.

-¡Pardiez! -dijo-, es buena cantidad.

-Sí es buena cantidad -le contesté con una sonrisa, pues estaba encantado de verle tan amable. Tenía los ojos muy brillantes, las mejillas muy coloradas y los cabellos tie­sos. Y en aquel momento, con un puño en la cadera y en la otra mano el vaso lleno de cerveza, tenía un aspecto de lo más campechano.

-Ayer llegó aquí un caballero -dijo-, un caballero muy grueso, que se llamaba Topsawyer; quizá le conoce usted.

-No, no creo...

-Llevaba pantalones cortos, polainas y sombrero de ala ancha, un traje gris y tapabocas -dijo el camarero.

-No --dije confuso-, no tengo ese gusto...

-Pues vino aquí -continuó el mozo mirando la luz a través del vaso- y pidió un vaso de esta misma cerveza y se empeñó en beberla. Yo le dije que no debía hacerlo; pero se la bebió y cayó muerto instantáneamente. Era demasiado fuerte para él. No debían volver a servirla.

Me impresionó muchísimo aquel triste accidente, y dije que en vez de cerveza pensaba tomar un poco de agua.

-Pero lo malo -dijo el camarero, mirando todavía la luz a través del líquido y guiñándome un ojo- es que los amos se disgustan si se dejan las cosas después de pedi­das. Se ofenden. Lo que sí se puede hacer, si le parece bien, es que yo me la beba; estoy acostumbrado, y la cos­tumbre es todo. No creo que pueda hacerme daño, sobre todo si echo bien la cabeza hacia atrás y la bebo deprisa. ¿Quiere usted?

Le contesté que lo agradecería; pero sólo en el caso de que pudiera hacerlo sin el menor peligro; de no ser así, de nin­guna manera. Cuando le vi echar la cabeza hacia atrás y be­berla deprisa, confieso que sentí un miedo horrible de verlo caer muerto como a míster Topsawyer. Pero no le hizo daño; por el contrario, hasta me pareció que le sentaba bien.

-¿,Qué estábamos comiendo? -dijo después, metiendo un tenedor en mi plato- ¡Ah! ¿Chuletas?

-Sí, chuletas --dije.

-¡Dios me bendiga! -exclamó-. No sabía que fueran chuletas. Precisamente es lo único para evitar los malos efectos de esta cerveza. ¡Cuánta suerte tenemos!

Con una mano me cogió una chuleta, con la otra, una pa­tata, y lo comió con el mayor apetito. Yo estaba radiante. Después cogió otra chuleta y otra patata; después otra patata y otra chuleta. Cuando terminó, me trajo un pudding, y sen­tándose enfrente de mí rumió algo entre dientes, como si es­tuviera pensando en otra cosa durante unos minutos.

-Qué, ¿cómo está ese bizcocho? --dijo de pronto.

-Es un pudding -le contesté.

-¡Pudding! -exclamó-. ¡Dios me bendiga! ¿De ver­dad es pudding? ¡Cómo! -dijo mirándolo más de cerca---. ¿Pero no será un pudding de frutas?

-Sí, precisamente.

-Es que el pudding de frutas -dijo cogiendo una gran cuchara- es lo que más me gusta. ¿No es una suerte? Va­mos, pequeño, ¡a ver cuál de los dos lo come más deprisa!

Como es natural, él era quien comía más deprisa. De vez en cuando me animaba para que intentara adelantarle; pero no había competencia posible entre su cucharón de servir y mi cucharilla de café, entre su agilidad y la mía, entre su apetito y el mío; tanto es así, que desde el primer momento perdí las esperanzas de ganarle. Pienso que nunca he visto a nadie saborear un pudding de aquel modo, y después de terminar, todavía se reía como si lo estuviera saboreando.

Le encontré tan amable que me atreví a pedirle pluma, tinta y papel para escribir a Peggotty. No sólo me lo trajo al momento, sino que estuvo mirando por cncima do mi hombro mientras escribía la carta. Cuando terminé me preguntó que a qué escuela me mandaban. Yo dije:

-A una cerca de Londres --que era lo que sabía.

-¡Oh, Dios mío! -exclamó mirándome con compa­sión-. ¡Cuánto lo siento!

-¿Por qué? -le pregunté.

-Porque -dijo moviendo la cabeza- esa es la escuela donde han roto a un muchacho dos costillas, a un niño. Tendría, vamos a ver.. ¿Cuántos años tienes?

Le dije que ocho y medio.

-¡Precisamente su edad! -dijo-. Ocho años y seis me­ses tenía cuando le rompieron la primera costilla, y ocho años y ocho meses cuando le rompieron la segunda, y murió a consecuencia de ello.

No pude disimular ante mí mismo ni ante el camarero la impresión que me hacía aquella desgraciada coincidencia, y pregunté cómo había sucedido. Su contestación no fue para animarme, pues consistió en estas terribles palabras:

-De una paliza.

El ruido de la diligencia en el patio fue una distracción oportuna, que me hizo preguntar algo confuso y en un tono entre orgulloso y desafiante, si le debía algo.

-Un pliego de papel -me contestó---. ¿Has comprado alguna vez papel de cartas?

No recordaba haberlo comprado nunca.

-Es raro -dijo- a causa de los derechos. Tres peni­ques. Es la tarifa en esta región. Y no creo que lo tenga na­die, excepto el camarero. La tinta no se cuenta; soy yo quien pierde en ello.

-¿Y qué sería.... cuánto sería..., cuánto daré..., cuánto será razonable para pagar al camarero? Dígame -balbucí enrojeciendo.

-Si no tuviera una familia y esta familia no estuviera ahora enferma -dijo el camarero- no aceptaría seis peni­ques. Si no tuviera que sostener a una madre anciana y a una encantadora hermanita (al llegar aquí pareció muy conmo­vido), no aceptaría ni un cuarto de penique. Si tuviera un buen sueldo y me trataran bien, sería yo el que de buena gana ofrecería algo en lugar de aceptarlo. Pero vivo de los desperdicios y duermo en la carbonera... (Al llegar a esto el camarero se deshizo en lágrimas.)

Me conmovieron mucho sus desgracias y sentí que una propina menor de nueve peniques demostraría un corazón muy duro. Así es que le di uno de mis relucientes chelines. Lo recibió con muchas bendiciones, y un momento después lo hacía sonar con la uña, para estar seguro de que no era malo.

Lo que me desconcertó bastante al ir a subirme al coche fue observar que todos suponían que me había comido el al­muerzo sin ayuda de nadie. Lo descubrí porque oí a la se­ñora de la ventana, que le decía al cochero: «George, cuida bien de ese niño, no vaya a reventar». Y también al ver que todas las criadas de la casa se acercaban a contemplarme como a un fenómeno.

Mi desgraciado amigo el camarero, que había recobrado todo su buen humor, no parecía turbado lo más mínimo, y se unía a la admiración general sin la menor vergüenza. Aun no teniendo la menor duda de él, esto podia haberme hecho du­dar; pero creo que, con la sencilla confianza de los niños y el natural respeto que se tiene a esa edad por los que son mayo­res (cualidad que me entristece mucho ver que los niños pierden tan prematuramente), no se me ocurrió sospechar de él ni aun entonces.

Sin embargo, debo confesar que me molestaba mucho ser el objeto de las bromas entre el cochero y el conductor, y es­tar oyéndoles, sin poder protestar, decir cosas como que el coche se inclinaba por el peso hacia donde yo estaba, y que sería mucho mejor para mí viajar en furgón. La historia de mi supuesto apetito se extendió pronto entre los viajeros, a los que también divirtió mucho, y me preguntaban si en la escuela iba a pagar como si fuésemos dos hermanos o tres, y que si el contrato lo habían hecho en las mismas condicio­nes que para los demás, y otras muchas cosas semejantes. Pero lo peor de todo era que estaba convencido de que no me atrevería a comer nada cuando llegara la hora, y que, después de haber comido poco, tendría que aguantar toda la noche el hambre, pues en mi prisa había dejado olvidados los pasteles de Peggotty en el hotel. En efecto, mis temores se confirmaron; pues cuando nos detuvimos para cenar, no tuve valor para tomar nada, aunque tenía hambre, y me senté al lado de la chimenea, diciendo que no quería nada. Esto no me libró de nuevas bromas, pues un caballero de voz ronca y rostro rojizo, que había estado comiendo sandwiches todo el camino, excepto cuando bebía vino, dijo que yo debía de ser como las boas, que en una comida tornan lo suficiente para unos cuantos días; después de lo cual se sirvió un trozo enorme de carne cocida.

Habíamos salido de Yarmouth a las tres de la tarde y debíamos llegar a Londres a eso de las ocho de la mañana si: Terminaba el verano y la noche era hermosa.

Cuando atravesábamos una aldea, yo trataba de figurarme cómo sería el interior de sus casas y los que las habitaban; y cuando los chicos se encaramaban en el estribo de la dili­gencia, pensaba si tendrían padres y si serían felices en sus casas. Como se ve, no dejaba de pensar un momento, aun­que lo que más me preocupaba era el sitio donde me dirigía, horrible motivo de reflexión. A veces recuerdo que me po­nía a pensar en mi casa y en Peggotty, y trataba confusa­mente de recordar cómo sentía y qué clase de niño era antes de haber mordido a míster Murdstone; pero no lo conse­guía. Me parecía que aquello databa de la más remota anti­güedad.

La noche fue menos alegre que la tarde, porque hacía frío. A mí me colocaron entre dos caballeros (el de la cara roja y otro), por precaución no me fuera a caer. Y aquellos dos se­ñores, a cada cabezada que daban al dormir casi me despachurraban. Algunas veces me oprimían tanto, que no podía por menos de gritar: «¡Oh, por favor»!, lo que les molestaba extraordinariamente.

Enfrente llevaba a una señora vieja, envuelta en una capa de piel, y que en la oscuridad más parecía un almiar que una se­ñora, de tal modo iba empaquetada. Dicha señora llevaba consigo una cesta que durante mucho tiempo estuvo sin sa­ber dónde ponerla, hasta que se le ocurrió meterla debajo de mis piernas, que eran las más cortitas. Aquello era un horri­ble tormento y me hacía desgraciado, pues no dejaba de ro­zarme un instante. Al menor movimiento la loza que conte­nía la cesta chocaba contra alguna otra cosa, y entonces la señora me daba un golpe terrible con el pie y me decía:

-¿Quieres estarte quieto? ¡Tan chico y tan inquieto!

Por último, empezó a amanecer, y entonces me pareció que mis compañeros dormían más tranquilos, desapare­ciendo las dificultades con que luchaban durante la noche y que habían encontrado expresión en los más horribles ron­quidos y resoplidos concebibles. Conforme el sol subía, su sueño era más ligero, y poco a poco se iban despertando. Recuerdo cómo me sorprendió muchísimo la comedia de to­dos asegurando que no habían dormido en absoluto, y la ex­traña indignación con que lo aseguraban. Todavía persiste en mí el sentimiento de asombro de aquel día, pues he ob­servado invariablemente que, de todas las debilidades huma­nas, la que menos dispuesto se está a reconocer es la de ha­ber dormido yendo en coche.

Lo extraño que me pareció Londres cuando lo vi a distan­cia, el convencimiento que tenía de que todas las aventuras de mis héroes favoritos se renovaban allí, y cómo me parecía que la ciudad aquella estaba más llena de maravillas y de crímenes que todas las ciudades, no terminaría nunca de contarlo. Fuimos acercándonos poco a poco, y por fin lle­gamos al barrio de Whitechapel, donde paraba la diligencia. He olvidado si aquello se llamaba « El toro azul» o «El jabalí azul»; pero era algo azul, y lo que fuese estaba pintado en la portezuela del coche.

El conductor me miró fijamente mientras bajaba y pre­guntó asomándose a la puerta de las oficinas:

-Si hay alguien que pregunte por un muchacho llamado Murdstone, que viene de Bloonderstone Sooffolk, que se acerque a reclamarle.

Nadie contestó.

-Intente usted diciendo Copperfield, ¿quiere hacer el fa­vor? --dije bajando con temor los ojos.

-Si hay alguien que busque a un muchacho inscrito con el nombre de Murdstone, procedente de Bloonderstone Sooffolk, pero que responde al nombre de Copperfield, y que debe esperar aquí a que le reclamen -dijo el conduc­tor-, que venga. ¿No hay nadie?

No, no había nadie. Miré ansiosamente a mi alrededor; pero la pregunta no había impresionado a ninguno de los presentes; sólo un hombre con polainas y tuerto sugirió la idea de que lo mejor sería ponerme un collar y atarme en el establo como a un perro sin dueño.

Pusieron una escala y bajé detrás de la señora que parecía un almiar, pues no me había atrevido a moverme hasta que hubo quitado su cesta. Entre tanto, los viajeros ya habían desocupado el coche; también habían sacado los equipajes, des­enganchado los caballos, y hasta la diligencia había sido conducida entre varios empleados fuera del camino, cuando todavía no se había presentado nadie a reclamar al polvo­riento niño que venía de Bloonderstone.

Más solitario que Robinson Crusoe, pues aquel, por lo menos, no tenía a nadie que le mirase mientras estaba solita­rio, entré en las oficinas de la diligencia, y por invitación de un empleado pasé a sentarme detrás del mostrador, en la báscula de pesar los equipajes. Mientras estaba allí mirando los montones de maletas y libros y percibiendo el olor de las cuadras (que para siempre estará asociado en mi memoria con aquella mañana), una procesión de los más terribles pen­samientos empezó a desfilar por mi cerebro. Suponiendo que nadie se presentase a buscarme, ¿cuánto tiempo me per­mitirían estar allí? ¿Podría estar hasta que se me terminaran los siete chelines? ¿Dormiría por la noche en uno de aque­llos departamentos de madera con los equipajes? Y por las mañanas, ¿tendría que lavarme en la bomba del patio? ¿O tendría que marcharme todas las noches y esperar a que fuese de día y abrieran la oficina para entrar, por si acaso me habían reclamado? ¿Y si aquello sólo hubiera sido una in­vención de míster Murdstone para deshacerse de mí? ¿Qué me ocurriría? Si al menos me dejaran permanecer allí hasta que se me terminaran los chelines; lo que no podía esperar ni remotamente era que me dejasen continuar cuando empe­zase a morirme de hambre. Sería muy molesto para los em­pleados, y además se exponía «El yo no sé qué azul» a tener que pagarme el entierro. Si intentara volver a mi casa, ¿con­seguiría encontrar el camino? ¿Sería posible que pudiera ir andando hasta tan lejos? Y además, ¿estaba seguro de que en casa quisieran recibirme si volvía? Sólo estaba seguro de Peggotty. ¿Y si fuera a buscar a las autoridades y me ofre­ciera como soldado o marino? Era un niño tan chico, que se­guro no querrían tomarme. Estos pensamientos y otros mil semejantes me tenían febril de miedo y emoción. Y estaba en lo más fuerte de mi fiebre cuando se presentó un hombre, cuchicheó con el empleado, y este, levantándome de la báscula, me presentó como si fuera un paquete vendido, pa­gado y pesado.

Mientras salía de la oficina con mi mano en la de aquel señor, le lancé una mirada. Era un joven pálido y delgado, de mejillas hundidas y barbilla negra como la de míster Murdstone. Pero esa era la única semejanza, pues llevaba las patillas afeitadas y sus cabellos eran duros y ásperos. Iba vestido con un traje negro, también viejo y raído y que le es­taba corto, y llevaba un pañuelo blanco que no estaba muy limpio. No he supuesto nunca, ni quiero suponerlo, que aquel pañuelo fuese la única prenda de ropa blanca que lle­vase el joven; pero desde luego era lo único que se veía de ella.

-¿Es usted el nuevo alumno? -me preguntó.

-Sí, señor -dije.

Suponía que lo era, aunque no lo sabía.

-Yo soy un profesor de Salem House -me dijo.

Le saludé con miedo. Me avergonzaba aludir a una cosa tan vulgar como mi maleta ante aquel profesor de Salem House; tanto, que hasta que no estuvimos a alguna distancia no me atreví a decirlo. Ante mi humilde insinuación de que quizá después podría serme útil, volvimos atrás, y dijo al empleado que tenía ya el mozo instrucciones para recogerla a mediodía.

-Si hiciera usted el favor -dije cuando estuvimos, poco más o menos, a la distancia de antes-. ¿,Es muy lejos?

-Por Blackheath -me dijo.

-¿Y eso está muy lejos, caballero? -pregunté tímido.

-Sí; es buena tirada; pero iremos en la diligencia. Habrá unas seis millas.

Estaba tan débil y cansado, que la idea de hacer otras seis millas sin restaurar mis fuerzas me pareció imposible, y me atreví a decir que no había cenado aquella noche y que si me permitía comprar algo de comer se lo agradecería. Se sorprendió bastante (le veo todavía detenerse a mirarme), y después de unos segundos me dijo que sí; que él tenía que visitar a una anciana que vivía allí cerca, y que lo mejor se­ría que comprase algo de pan y cualquier otra cosa que me gustase y fuese sana y que en casa de la anciana me lo come­ría. Además, allí podrían darme leche.

Entramos en una panadería, y después de proponer yo la compra de varios pasteles, que él rechazó una a una, nos de­cidimos en favor de un apetitoso panecillito integral que costó tres peniques. Además compramos un huevo y un trozo de tocino ahumado. Al pagar me devolvieron tanta cal­derilla del segundo chelín, que Londres me pareció un sitio muy barato. Con estas provisiones atravesamos, en medio de un ruido y un movimiento horribles, un puente que debía de ser el puente de Londres (hasta creo que el profesor me lo dijo, pero yo iba dormido), y llegamos a casa de la anciana, que vivía en un asilo, como me figuré por su aspecto y supe por una inscripción que había sobre la piedra del dintel, donde decía que había sido fundado para veinticinco ancia­nas pobres.

El profesor de Salem House abrió una de aquellas puerte­citas negras, que eran todas iguales y que tenía una ventanita de cristales a un lado y otra encima, y entramos en la casita de una de aquellas pobres ancianas. Su dueña estaba ati­zando el fuego, sobre el que había colocado un puchero. Al ver entrar a mi acompañante se dio un golpe con el soplillo en las rodillas y dijo algo como «Mi Charles»; pero al verme a mí se levantó frotándose las manos y haciendo una con­fusa reverencia.

-¿Podría usted hacer el favor de preparar el desayuno de este niño? --dijo el profesor.

-¿Que si puedo? ¡Ya lo creo! -dijo la anciana.

-¿Y cómo se encuentra hoy mistress Fibitson? -dijo ¡ni acompañante, mirando a otra anciana que había sentada en una silla, muy cerca del fuego, y que parecía un montón de harapos, que todavía ahora, cuando lo recuerdo, doy gracias a Dios de no haberme sentado, por distracción, encima.

-No está muy bien la pobre -dijo la primera anciana-. Está en uno de sus peores días. Si se apagase el fuego, se apagaba con él.

Y como la miraban, la miré también yo. Aunque en reali­dad era un día bastante caluroso, la anciana no parecía poder pensar en nada que no fuese aquel fuego. Sentía celos de la cacerola que había puesta encima, y tengo motivos para sospechar que la odiaba por hervir mi huevo y freír mi tocino, pues vi que cuando nadie la miraba me amenazaba con el puño. El sol entraba por la ventanita; pero ella, sentada en su sillón, le volvía la espalda y contemplaba el fuego como si quisiera conservarlo caliente en lugar de calentarse ella. Cuando los preparativos de mi desayuno acabaron y quedó libre el fuego, le dio tal alegría, que soltó una carcajada, y debo decir que su risa no era muy melodiosa. Me senté ante mi panecillo, mi huevo y mi trozo de tocino. Además, me pusieron una taza de leche; me parecía un desayuno deli­cioso. Todavía estaba gozando de ello, cuando la dueña de la casa dijo a mi profesor:

-¿Llevas ahí la flauta?

-Sí ---contestó él.

-Pues anda, toca algo --dijo suplicante la anciana.

El profesor metió su mano en un bolsillo y sacó las tres piezas de una flauta, la armó y empezó a tocar. Mi impresión ahora, después de tantos años, es que no puede haber en el mundo nadie que toque peor. Sacaba los ruidos más disparata­dos que puedan producirse por ningún medio natural o artifi­cial. No sé qué tocaría, si es que tocaba algo, que lo dudo; pero la impresión que aquella melodía me produjo fue: primero, ha­cerme pensar en todas mis desdichas, hasta el punto de hacerme llorar; segundo, quitarme el apetito, y, por último, producirme tal sueño, que no podía seguir con los ojos abier­tos. Todavía se me cierran si pienso en el efecto que me causó la música en aquella ocasión. Aún me parece ver la habita­ción aquella, con su armario entreabierto en un rincón y las sillas con los respaldos perpendiculares, y la pequeña y angu­losa escalera que conducía a otra habitacioncita, y las tres plumas de pavo real extendidas encima de la chimenea. Re­cuerdo que en el primer momento me preocupó lo que el pavo pensaría si supiese para lo que servían sus hermosas plumas; pero al fin todo se borra, inclino la cabeza y me duermo. La flauta deja de oírse; en cambio se oyen las ruedas de la diligencia, y estoy de viaje. La diligencia se detiene, me despierto sobresaltado, y la flauta se oye de nuevo y el profe­sor de Salem House está sentado, con las piernas cruzadas, to­cándola tristemente, mientras la dueña de la casa le escucha deleitada. Pero también esto desaparece, todo desaparece; ya no hay flauta, ni profesor, ni Salem House, ni David Copper­field; sólo hay un profundo sueño.

Y pensé que soñaba cuando, una vez de las que oía aque­lla horrible música, me pareció ver a la anciana que se acer­caba poquito a poco, en su estática admiración, se inclinaba sobre el respaldo de la silla y dabs al músico un beso cari­ñoso, interrumpiendo la música un momento. Estaba en ese estado, entre la vigilia y el sueño, pues cuando continuó (el que se interrumpió la música es seguro) vi y oí a la misma anciana preguntar a mistress Fibitson si no le parecía deli­cioso, refiriéndose a la flauta. A lo que mistress Fibitson re­plicó: « ¡Ah, sí! ¡Ah, sí! », y se inclinó hacia el fuego, al que estoy seguro que atribuía todo el mérito de la música.

Me pareció que había pasado mucho tiempo cuando el profesor de Salem House, desmontando su flauta, se guardó los pedazos en el bolsillo y partimos. Encontramos la dili­gencia muy cerca de allí, y subimos en la imperial; pero yo tenía un sueño tan terrible, que cuando nos paramos para co­ger más gente me metieron dentro, donde no iba nadie, y pude dormir profundamente hasta que el coche llegó ante una gran pendiente, que tuvo que subir al paso, entre dos hi­leras de árboles. Pronto se detuvo. Habíamos llegado a nues­tro destino.

A los pocos pasos el profesor y yo nos encontramos de­lante de Salem House. El edificio estaba rodeado de una ta­pia muy alts de ladrillo y tenía un aspecto muy triste. En­cima de una puerta practicada en el muro se leía: «Salem House». Llamamos, y a través de un ventanillo de la puerta nos contempló un rostro antipático, que pertenecía, según vi cuando se abrió la puerta, a un hombre grueso con cuello de toro, una pierna de palo, frente muy abultada y cabellos cor­tados al rape.

-El nuevo alumno --dijo el profesor.

El hombre de la pierna de palo me miró de arriba abajo; no tardó mucho en ello, ¡era yo, tan pequeño! Después cerró la puerta, guardándose la llave en el bolsillo. Nos dirigíamos a la casa, pasando por debajo de algunos grandes y sombríos árboles, cuando llamó a mi guía:

-¡Eh!

Nos volvimos. Estaba parado ante su portería, con un par de botas en la mano.

-¡Oiga! El zapatero ha venido -dijo-cuando usted no estaba, míster Mell, y dice que esas botas ya no se pueden volver a remendar; que no queda ni un átomo de la primera piel, y que le asombra que pueda usted esperarlo.

Al decir esto, arrojó las botas tras de míster Mell, que vol­vió atrás para cogerlas y las miró muy desconsoladamente mientras se acercaba a mí. Entonces observé por primera vez que las botas que llevaba debían de haber trabajado mu­cho, y que hasta por un sitio asomaba el calcetín.

Salem House era un edificio cuadrado, de ladrillo, con pabellones, de aspecto desnudo y desolado. Todo a su alre­dedor estaba tan tranquilo, que pregunté a mi guía si era que los niños estaban de paseo. Pareció sorprenderse de que yo no supiera que era época de vacaciones. Todos los chicos es­taban en sus casas. Míster Creakle, el director, estaba en una playa con mistress Creakle y miss Creakle; y si yo estaba allí, era como castigo por mi mala conducta. Todo esto me lo explicó a lo largo del camino.

La clase donde me llevó me pareció el lugar más triste que he visto en mi vida. Todavía lo estoy viendo: una habita­ción larga, con tres hileras de pupitres y seis de bancos, y todo alrededor perchas para sombreros y pizarras. Trozos de cuadernos y de ejercicios ensucian el suelo. Algunas cajas de gusanos de seda ruedan por encima de los pupitres. Dos desgraciadas ratas blancas, abandonadas por su dueño, reco­rren de arriba abajo un castillo muy sucio hecho de cartón y de alambre, y sus ojillos rojos buscan por todas partes algo que comer. Un pajarillo, dentro de una jaula tan chica como él, hace un ruido monótono saltando desde el palito al suelo y del suelo al palito; pero no canta ni silba. En la habitación reina un olor extraño a insano a cuero podrido, a manzanas guardadas y a libros apolillados. Y no podría haber más tinta vertida por toda ella si al construir la casa hubieran olvidado poner techo y hubiera estado lloviendo, nevando o grani­zando tinta durante todas las estaciones del año.

Míster Mell me dejó solo mientras subía sus botas irrepa­rables.

Yo avanzaba despacio por la habitación observándolo todo. De pronto, encima de un pupitre me encontré con un cartel escrito en letra grande y que decía: «¡Cuidado con él! ¡Muerde! ».

Me encaramé inmediatamente encima del pupitre, con­vencido de que por lo menos había un perro debajo. Pero por más que miraba con ojos asustados en todas direcciones, no veía ni rastro. Estaba todavía así, cuando volvió míster Mell y me preguntó qué hacía allí subido.

-Dispénseme; es que estaba buscando al perro.

-¿Al perro? --dijo él- ¿A qué perro?

-¿No es un perro?

-¿Que si no es un perro?

-Del que hay que tener cuidado porque muerde.

-No, Copperfield -me dijo gravemente-. No es un perro; es un niño. Tengo órdenes, Copperfield, de poner ese cartel en su espalda. Siento mucho tener que empezar con usted de este modo; pero no tengo otro remedio.

Me hizo bajar al suelo y me colgó el cartel (que estaba he­cho a propósito para ello) en la espalda como una mochila, y desde entonces tuve el consuelo de llevarlo a todas partes conmigo.

Lo que yo sufrí con aquel letrero nadie lo puede imaginar. Tanto si era posible vérmelo como si no, yo siempre creía que lo estaban leyendo, y no me tranquilizaba el volverme a mirar, pues siempre seguía pareciéndome que alguien lo es­taba viendo. El hombre de la pierna de palo, con su cruel­dad, agravaba mis males. Era una autoridad allí, y si alguna vez me veía apoyado en un árbol, o en la tapia, o en la fa­chada de la casa, se asomaba a su puerta y me gritaba con voz estentórea:

-¡Eh! Míster Copperfield, enseñe su letrero si no quiere que se lo haga enseñar yo.

El patio de recreo estaba abierto, por la parte de atrás, a las dependencias de la casa, y yo sabía que todas las criadas leían mi letrero, y el panadero, y el carbonero; en una pala­bra, todo el mundo que iba por la mañana a la hora en que yo tenía orden de pasear por allí; todos leían que había que te­ner cuidado conmigo, porque mordía. Y recuerdo que positi­vamente empecé a tener miedo de mí mismo como de un niño salvaje que mordiese.

En aquel patio había una puerta muy vieja, donde los chicos acostumbraban a grabar sus nombres, y que estaba cubierta por completo de inscripciones. En mi miedo a la llegada de los otros niños, no podía leer aquellos nombres sin pensar en el tono con que leerían: « ¡Cuidado con él! ¡Muerde! ». Había uno, un tal J. Steerforth, que grababa su nombre muy a menudo y muy profundamente y a quien me figuraba leyéndolo a gritos y después tirándome del pelo. Y había otro, un tal Tommy Traddles, de quien temía que se acercara como distraído y des­pués hiciera como que se asustaba de encontrarse a mi lado. A otro, George Demple, me le figuraba leyéndolo cantando. Y me pasaba el tiempo mirando aquella puerta (pequeña y tem­blorosa criatura) hasta que todos aquellos propietarios de los nombres (eran cincuenta y cuatro, según me dijo míster Mell) quisieran enviarme a Coventry por unanimidad, y gritaran cada uno a su manera: «¡Cuidado con él! ¡Muerde!» .

Lo mismo me ocurría mirando los pupitres y los bancos; lo mismo con las camas del dormitorio desierto, a las que miraba cuando estaba acostado. Todas las noches soñaba: unas, que estaba con mi madre, como de costumbre; otras, que estaba en casa de míster Peggotty, o viajando en la dili­gencia, o almorzando con mi desgraciado amigo el cama­rero, y en todas aquellas circunstancias, la gente terminaba asustándose al darse cuenta de que sólo llevaba la ligera ca­misa de dormir y el letrero.

La monotonía de mi vida y la constante aprensión de la reapertura de la escuela me tenían en una insoportable aflic­ción. Todos los días tenía que hacer muchos deberes para míster Mell; pero lo hacía bien, pues allí no estaban los dos hermanos Murdstone. Antes y después de mi trabajo, me pa­seaba, vigilado, como ya he dicho, por el hombre de la pierna de palo. ¡Cómo recuerdo la humedad de la tierra alre­dedor de la casa, las piedras cubiertas de musgo en el patio, una fuente muy vieja y destrozada, y los descoloridos tron­cos de algunos árboles raquíticos, que parecía que no podía haber en el mundo otros que hubieran recibido más lluvia y menos sol! A la una comíamos míster Mell y yo en una es­quina del largo comedor, lleno de mesas desnudas. Después nos poníamos a trabajar hasta la hora triste del té, que mister Mell tomaba en una taza azul y yo en una de estaño. Todo el día y hasta las siete o las ocho de la noche míster Mell per­manecía en su pupitre trabajando sin descanso con plumas, tinta, papel y libros, haciendo las cuentas, según supe des­pués, del último semestre. Cuando, ya por la noche, dejaba su trabajo, armaba la flauta y la tocaba con tanta energía, que yo tenía miedo de que de un soplido fuera a entrar por el gran agujero del instrumento y después saliera por algún agujerillo de las teclas.

Todavía me parece ver a mi pequeña personilla en la ha­bitación apenas iluminada, sentado, con la cabeza entre las manos y escuchando la dolorosa melodía de míster Mell y estudiando. Me veo también con los libros cerrados a mi lado y oyendo a través de aquella música los ruidos habitua­les de mi casa, o el soplar del viento en la llanura de Yar­mouth, y sintiéndome muy triste y muy solo. Me veo metién­dome en la cama, entre todos aquellos lechos solitarios, y sentándome en ella a llorar de deseo por una palabra cariñosa de Peggotty. Y luego, a la mañana, me veo bajando la esca­lera y mirando a través de un tragaluz, que la ilumina, la campana de la escuela, suspendida en lo alto, con la veleta encima, y pienso en cuándo sonará llamando a J. Steerforth y a todos los demás al trabajo. Y, sin embargo, este no es mas que un temor secundario, pues lo que me horroriza es el momento en que el hombre de la pierna de palo abra la puerta para dejar pasar al terrible míster Creakle.

Y aunque creo que no soy un chico malo .... como sigo lle­vando el cartel en la espalda...

Míster Mell nunca me hablaba mucho, pero no era malo conmigo. Creo que nos hacíamos mutuamente compañía, aunque no nos habláramos. He olvidado mencionar que él, algunas veces, hablaba solo; entonces rechinaba los dientes, apretaba los puños y se tiraba de los pelos de una manera ex­traña; pero debía de ser costumbre, y aunque al principio me asustaba mucho, pronto me habitué a ello.

 
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