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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 49. Me veo envuelto en un misterio
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Una mañana recibí por correo la siguiente carta, fechada en Canterbury, y que me habían dirigido a Doctors' Com­mons. La leí con sorpresa:

« Muy señor mío y querido amigo:

Circunstancias que no han dependido de mi vo­luntad han enfriado desde hace tiempo una intimi­dad que siempre me ha causado las más dulces emo­ciones. Todavía hoy, cuando me es posible en los raros instantes que me deja libre mi profesión, con­templo las escenas del pasado con los colores bri­llantes del prisma de la memoria y las considero con felicidad. Nunca me atrevería, mi querido amigo, ahora que su talento le ha elevado a un puesto tan distinguido, a dar a mi compañero de la juventud el nombre familiar de Copperfield. Me basta saber que ese nombre a que tengo el honor de hacer alusión quedará eternamente rodeado de afecto y estima en los archivos de nuestra casa (quiero hablar de los ar­chivos concernientes a nuestros antiguos huéspedes, conservados cuidadosamente por mistress Micaw­ber).

No me corresponde a mí, que por una serie de erro­res personales y una combinación fortuita de sucesos nefastos me encuentro en la situación de una barca que ha naufragado (si me está permitido emplear esta comparación náutica); no me corresponde a mí, re­pito, dirigirle cumplidos ni felicitaciones. Dejo este gusto a manos más puras y más dignas.

Si sus importantes ocupaciones (no me atrevo a es­perarlo) le permiten recorrer estas líneas imperfectas, seguramente se preguntará usted con qué objeto es­cribo la presente carta. Permítame que le diga que comprendo toda la justeza de esa pregunta y que voy a demostrárselo, declarándole en primer lugar que no tiene nada que ver con asuntos económicos.

Sin aludir directamente al talento que yo pueda te­ner para dirigir el rayo o la llama vengadora contra quienquiera que sea, puedo permitirme observar de pasada que mis más brillantes esperanzas están des­truidas, que mi paz está destrozada y que todas mis alegrías se han agotado; que mi corazón no sé dónde está, y que ya no puedo llevar la cabeza alta ante mis semejantes. La copa de amargura desborda, el gu­sano trabaja y pronto habrá roído a su víctima. Cuanto antes será mejor. Pero no quiero alejarme de mi asunto.

Estando en la más penosa situación de ánimo, de­masiado desgraciado para que la influencia de mis­tress Micawber pueda dulcificar mi sufrimiento, aun­que la ejerce en su triple calidad de mujer, de esposa y de madre, tengo la intención de huir durante unos ins­tantes y emplear cuarenta y ocho horas en visitar, en la capital, los lugares que fueron teatro de mi alegría. Entre los puertos tranquilos en que he conocido la paz de mi alma, me dirigiré, naturalmente, a la prisión de King's Bench. Y habré conseguido el objeto de mi co­municación epistolar si le anuncio que estaré (D. m.) al lado exterior del muro de esta prisión pasado ma­ñana a las siete de la tarde.

No me atrevo a pedir a mi antiguo amigo míster Copperfield, ni a mi antiguo amigo míster Thomas Traddles, si es que vive todavía, que se dignen venir a encontrarme para reanudar (en lo posible) nuestras relaciones de los buenos tiempos. Me limito a lanzar al viento esta indicación: la hora y el lugar antes dichos, donde podrán encontrarse los vestigios ruinosos que todavía quedan de una torre derrumbada.

WILKINS MICAWBER.

P. S.-Quizá sea prudente añadir que no he dicho a mis­tress Micawber el secreto de mis intenciones.»

Releí muchas veces aquella carta. A pesar de que recor­daba el estilo pomposo de las composiciones de míster Mi­cawber, y cómo le había gustado siempre escribir cartas in­terminables aprovechando todas las ocasiones posibles e imposibles, me parecía que debía de haber en el fondo de aquel galimatías algo de importancia. Dejé la carta para re­flexionar; después la volví a leer, y estaba embebido en su tercera lectura cuando llegó Traddles.

-Querido -le dije-, ¡qué oportunidad la tuya vi­niendo! Vas a ayudarme con tu juicio reflexivo. He recibido, mi querido Traddles, la carta más extravagante de míster Mi­cawber.

-¿De verdad! ¡Vamos! Pues yo he recibido una de mis­tress Micawber.

Y Traddles, sofocado por el camino, con los cabellos eri­zados como si acabara de encontrarse un aparecido, me tendió su carta y cogió la mía. Yo le miraba leer, y vi que sonreía al llegar a «lanzar el rayo o dirigir la llama venga­dora».

-¡Dios mío, Copperfield! -exclamó.

Después me dediqué a la lectura de la epístola de mistress Micawber. Era esta:

«Presento todos mis respetos a mistress Thomas Traddles, y si acaso guarda algún recuerdo de una per­sona que tuvo la felicidad de estar relacionada con él, me atrevo a pedirle que me consagre unos instantes. Le aseguro, míster Thomas Traddles, que no abusaría de su bondad si no estuviera a punto de perder la ra­zón.

Es muy doloroso para mí el confesar que es la frialdad de míster Micawber para con su mujer y sus hijos (¡él, tan tierno siempre!) la que me obliga a di­rigirme hoy a míster Traddles solicitando su ayuda. Míster Traddles no puede hacerse idea del cambio que se ha operado en la conducta de míster Micaw­ber, de su extravagancia y de su violencia. Esto ha ido creciendo y ha llegado a ser una verdadera abe­rración. Puedo asegurar a míster Traddles que no pasa día sin que tenga que soportar algún paroxismo de ese género. Míster Traddles no necesitará que yo me extienda sobre mi dolor cuando le diga que oigo con­tinuamente a míster Micawber afirmar que se ha ven­dido al diablo. El misterio y el secreto son desde hace mucho tiempo su carácter habitual, en lugar de su an­tigua a ilimitada confianza. A la más insignificante provocación; por ejemplo, si yo le pregunto: «¿Qué quieres comer?», me declara que va a pedir la separa­ción de cuerpos y de bienes. Ayer por la tarde, porque le pidieron sus hijos dos peniques para caramelos de limón, amenazó con un cuchillo de ostras a los dos mellizos.

Suplico a míster Traddles que me perdone todos es­tos detalles, que únicamente pueden darle una muy li­gera idea de mi horrible situación.

¿Puedo ahora confiar a míster Traddles el objeto de mi carta? ¿Me permite que me abandone a su amis­tad? ¡Oh, sí! Conozco muy bien su corazón.

Los ojos del afecto ven claro, sobre todo en noso­tras las mujeres. Míster Micawber va a Londres. Aun­que ha tratado de ocultarse, mientras escribía la direc­ción en la maleta oscura que ha conocido nuestros días dichosos, la mirada de águila de la ansiedad ha sabido leer la última sílaba: «dres». La diligencia para en La Cruz de Oro. ¿Puedo pedir a míster Traddles que haga por ver a mi esposo, que se extravía, y por atraerle al buen camino? ¿Puedo pedir a míster Traddles que ayude a una familia desesperada? ¡Oh, no! ¡Esto sería demasiado!

Si míster Copperfield, en su gloria, se acuerda to­davía de una persona tan insignificante como yo, ¿querría míster Traddles transmitirle mis saludos y mis súplicas? En todo caso, le ruego que mire esta carta como exclusivamente particular y que no haga alusión a ella, bajo ningún pretexto, en presencia de míster Micawber.

Si míster Traddles se digna contestarme (lo que me parece muy poco probable) una carta dirigida a M. E., lista de Correos, Canterbury, tendrá bajo esta dirección consecuencias menos dolorosas, que bajo cualquier otra, para la que ha tenido el honor de ser con la más profunda desesperación

su muy respetuosa y suplicante amiga,

EMMA MICAWBER.»

-¿Qué te parece esta carta? -me dijo Traddles mirán­dome.

-Y tú ¿qué piensas de la otra? -le dije, pues la leía con expresión ansiosa.

-Creo, Copperfield, que estas dos camas reunidas son más significativas de lo que son en general las epístolas de míster y de mistress Micawber; pero no acabo de comprender lo que quieren decir. No dudo de que las han escrito con la mejor fe del mundo. ¡Pobre mujer! -dijo mirando la carta de mistress Micawber, mientras comparábamos las dos misivas-. De to­dos modos, hay que tener compasión de ella y escribirle di­ciendo que no dejaremos de ver a míster Micawber.

Consentí con tanto gusto porque me reprochaba el haber considerado con demasiada ligereza la primera carta de aque­lla pobre mujer. Entonces me había hecho reflexionar; pero es­taba preocupado con mis propios asuntos, conocía bien a los individuos y poco a poco había terminado por olvidarlos. El recuerdo de los Micawber me preocupaba a menudo; pero era sobre todo preguntándome cuáles serían los «compromisos pe­cuniarios» que estaban a punto de contraer en Canterbury, y para recordar la confusión con que mister Micawber me había recibido al poco tiempo de ser el empleado de Uriah Heep.

Escribí una carta consoladora a mistress Micawber, en nombre de los dos, y la firmamos también los dos. Salimos para echarla al correo, y en el camino nos dedicamos Tradd­les y yo a hacer una multitud de suposiciones que sería inútil repetir aquí. Pedimos consejo a mi tía; pero el único resul­tado positivo de la charla fue que no dejaríamos de ir a la cita fijada por mister Micawber.

En efecto, llegamos al lugar convenido con un cuarto de hora de anticipación; míster Micawber estaba ya allí. Estaba de pie, con los brazos cruzados y apoyado en la pared; mi­raba de un modo sentimental las puntas de hierro que coro­naban la tapia, como si fueran las ramas enlazadas de los ár­boles que le habían abrigado los días de su juventud.

Cuando estuvimos a su lado nos pareció menos suelto y elegante que en el pasado. Aquel día no se había puesto el traje negro; llevaba su antigua chaqueta y su pantalón ce­ñido; pero ya no lo llevaba con la misma gracia de entonces.

A medida que hablábamos recobraba algo de sus antiguos modales; pero su lente no pendía con la misma elegancia, y el cuello de su camisa estaba menos cuidado.

-Caballeros -dijo míster Micawber cuando cambiamos los primeros saludos-, son ustedes verdaderos amigos, los amigos de la adversidad. Permítanme que les pida algunos detalles sobre la salud física de mistress Copperfield, in esse, y de mistress Traddles, in posse; suponiendo que mister Traddles no se haya unido todavía a la razón de su cariño para compartir el bien y el mal de la casa.

Le contestamos como era de esperar. Después, señalándo­nos con el dedo la pared, había ya empezado a componer su discurso con «Les aseguro, caballeros ...», cuando me atreví a oponerme a que nos tratara con tanta ceremonia, y a ro­garle que nos considerara como antiguos amigos.

-Mi querido Copperfield -repuso estrechándome la mano-, su cordialidad me aturde. Recibiendo con tanta bondad este fragmento ruinoso de un templo al que antes se consideraba como hombre, si puedo expresarme así, da us­ted pruebas de sentimientos que honran nuestra común natu­raleza. Estaba a punto de decir que volvía a ver hoy el lugar tranquilo donde han transcurrido algunos de los años más bellos de mi existencia.

-Gracias a mistress Micawber, estoy convencido -con­testé-. ¿Y cómo sigue?

-Gracias -repuso míster Micawber, cuyo rostro se ha­bía ensombrecido-; está regular. Vea usted -continuó mis­ter Micawber, inclinando la cabeza-, vea usted el King's Bench, el lugar donde por primera vez durante muchos años la dolorosa carga de compromisos pecuniarios no ha sido proclamada cada día por voces inoportunas que se negasen a dejarme salir; donde no había a la puerta aldaba que permi­tiera a los acreedores llamar; donde no exigían ningún servi­cio personal, y donde aquellos que os detenían en la prisión tenían que esperar en la puerta. Caballeros ---dijo mister Micawber-, cuando la sombra de esos picos de hierro que adornan el muro de ladrillo llegaba a reflejarse en la arena de la pared, he visto a mis hijos jugar, siguiendo con sus pies el laberinto complicado del suelo, tratando de evitar los pun­tos negros. Todas las piedras de este edificio me son familia­res. Si no puedo ocultarles mi debilidad, dispénsenme.

-Todos hemos hecho carrera en el mundo desde aque­llos tiempos, míster Micawber -le dije.

-Míster Copperfield -me respondió con amargura-, cuando yo habitaba este retiro podía mirar de frente a mis prójimos y podía destruirlos si llegaban a ofenderme. Ya no estoy a ese nivel de igualdad con mis semejantes.

Míster Micawber se alejó con abatimiento, y cogiendo el brazo de Traddles por un lado, mientras con el otro se apo­yaba en el mío, continuó así:

-Hay en el camino que lleva a la tumba límites que nunca se querría haber franqueado, si no se pensara que se­mejante deseo era impío. Eso es para mí el King's Bench en mi vida abigarrada.

-Está usted muy triste, míster Micawber -dijo Traddles.

-Sí, señor -respondió míster Micawber.

-Espero que no sea porque se haya asqueado usted del Derecho, pues yo soy ahogado, como usted sabe.

Míster Micawber no contestó una palabra.

-¿Cómo está nuestro amigo Heep, míster Micawber? -le pregunté, después de un momento de silencio.

-Mi querido Copperfield -respondió míster Micawber, que en el primer momento pareció presa de una violenta emoción, y después se puso muy pálido-, si llama usted su amigo al que me emplea, lo siento; si le llama usted mi amigo, le contestaré con una risa sardónica. Sea cual fuere el nombre que usted dé a ese caballero, le pido permiso para responderle sencillamente que, cualquiera que sea su estado de salud, parece una zorra, por no decir un diablo. Me per­mitirá usted que no me extienda más, como individuo, sobre un asunto que como hombre público me ha arrastrado casi al borde del abismo.

Le expresé mi sentimiento por haber abordado inocente­mente un tema de conversación que parecía conmoverle tan vivamente.

-¿Puedo preguntarle, sin correr el mismo peligro, cómo están mis queridos amigos míster y miss Wickfield?

-Miss Wickfield -dijo míster Micawber, y su rostro en­rojeció violentamente-, miss Wickfield es lo que ha sido siempre: un modelo, un ejemplo deslumbrante. Mi querido Copperfield, es la única estrella que brilla en medio de una noche profunda. Mi respeto por esa señorita, mi admiración por su virtud, mi cariño a su persona... tanta bondad, tanta ternura, tanta fidelidad... ¡Llévenme a un sitio solitario -dijo al fin-, porque no soy dueño de mí!

Le condujimos a una estrecha callejuela, se apoyó contra la pared y sacó su pañuelo. Si yo le miraba con la seriedad que Traddles, nuestra compañía no era lo más apropiado para devolverle el valor.

-Estoy condenado -dijo míster Micawber sollozando, pero sin olvidar al sollozar algo de su elegancia pasada-, es­toy condenado, caballeros, a sufrir, a causa de todos los Bue­nos sentimientos que encierra la naturaleza humana. El ho­menaje que acabo de hacer a miss Wickfield me traspasa el corazón. Más vale que me dejen vagar por el mundo; les re­pito que los gusanos no tardarán en arreglar cuentas conmigo.

Sin responder a aquella invocación, esperamos a que se volviera a guardar el pañuelo en el bolsillo, estirado el cue­llo de la camisa y silbado una canción, con el aire más des­preocupado para engañar a los que pasaban y que hubieran podido fijarse en sus lágrimas. Entonces le dije, muy deci­dido a no perderle de vista (para no perder tampoco lo que queríamos saber), que estaría encantado de presentarle a mi tía, si quería acompañarnos hasta Highgate, donde podíamos ofrecerle una cama.

-Nos hará usted un vasito de su excelente ponche, mis­ter Micawber -le dije-, y además los recuerdos agrada­bles le harán olvidar sus actuales preocupaciones.

-O si usted encuentra algún descanso confiando a sus amigos las causas de su angustia, míster Micawber, estamos dispuestos a escucharle -añadió prudentemente Traddles.

-Caballeros -respondió míster Micawber-, hagan de mí lo que quieran; soy una paja que lleva el océano furioso; estoy empujado en todas las direcciones por los elefantes. Ustedes perdonen, quería decir por los elementos.

Reanudamos la marcha, del brazo; tomamos el ómnibus, llegando sin dificultad a Highgate. Yo estaba muy confuso y no sabía qué hacer ni qué decir; a Traddles le ocurría lo mismo. Míster Micawber estaba sombrío. De vez en cuando hacía un esfuerzo para reponerse, y silbaba una cancioncilla; pero pronto volvía a caer en profunda melancolía, y cuanto más abatido estaba, más se retorcía el sombrero y más se es­tiraba el cuello de la camisa.

Nos dirigimos a casa de mi tía, mejor que a la mía, porque Dora no estaba bien. Mi tía acogió a míster Micawber con graciosa cordialidad. Míster Micawber le besó la mano, se retiró a un rincón de la ventana, y sacando el pañuelo del bolsillo se dedicó a una lucha interior contra sí mismo.

Míster Dick estaba en casa. Era naturalmente compasivo con todo el que sufría, y sabía descubrirlo tan pronto, que en cinco minutos lo menos estrechó media docena de veces la mano a míster Micawber. Este afecto, que no esperaba por parte de un extraño, conmovió de tal modo a mister. Micaw­ber, que repetía a cada instante: «Mi querido señor, es dema­siado». Y míster Dick, animado por el éxito, volvía a la carga con nuevo ardor.

-La bondad de este caballero, señora -dijo míster Mi­cawber al oído de mi tía---, si usted me permite que saque una comparación florida del vocabulario de nuestros juegos na­cionales, un poco vulgares, me traspasa; semejante recibimiento es una prueba muy sensible para un hombre que lucha, como yo, contra un montón de preocupaciones y dificultades.

-Mi amigo míster Dick -repuso mi tía con orgullo­- no es un hombre vulgar.

-Estoy convencido, señora -dijo míster Micawber-. Caballero -continuó, pues míster Dick le estrechaba de nuevo las manos-, agradezco vivamente su bondad.

-¿Cómo está usted? -dijo míster Dick en tono afec­tuoso.

-Regular, caballero -respondió, suspirando, míster Micawber.

-No hay que dejarse abatir -dijo míster Dick-; por el contrario, trate de alegrarse como pueda.

Aquellas palabras amistosas conmovieron profundamente a míster Micawber, y míster Dick le estrechó otra vez la mano entre las suyas.

-Tengo la suerte de encontrar a veces, en el panorama tan variado de la existencia humana, un oasis en mi camino; pero nunca lo he visto de tal verdor ni tan refrescante como el que ahora se ofrece ante mis ojos.

En otro momento me hubiera hecho reír la comparación; pero estábamos todos demasiado preocupados a inquietos, y yo seguía con tanta ansiedad las incertidumbres de míster Micawber, dudando entre el deseo manifiesto de hacernos una revelación y la disposición de no revelar nada, que tenía verdaderamente fiebre. Traddles, sentado en el borde de la silla, con los ojos muy abiertos y los pelos más tiesos que nunca, miraba alternativamente al suelo y a míster Micaw­ber, sin decir una palabra. Mi tía, mientras trataba con mu­cha discreción de comprender a su nuevo huésped, conser­vaba más presencia de ánimo que ninguno de nosotros, pues charlaba con él y le hacía charlar quisiera o no.

-Es usted un antiguo amigo de mi sobrino, míster Mi­cawber --dijo mi tía-, y siento no haber tenido el gusto de conocerle antes.

-Señora -dijo míster Micawber-, yo también hubiera sido muy dichoso conociéndola antes, pues no he sido siem­pre el miserable náufrago que ahora contempla usted.

-¿Espero que mistress Micawber y toda su familia se encuentren bien, caballero? -preguntó mi tía.

Míster Micawber saludó.

-Están todo lo bien que pueden estar unos desgraciados proscritos, señora -dijo en tono desesperado.

-¡Oh Dios mío, caballero! -exclamó mi tía con su brus­quedad habitual-. ¿Qué me dice usted?

-La existencia de mi familia-repuso Micawber- pende de un hilo. El que me emplea...

En esto Micawber se detuvo, con gran disgusto mío, y em­pezó a hablar de los limones, que yo había hecho traer a la mesa con los demás ingredientes que necesitaba para el ponche.

-El que le emplea, decía usted... -repuso míster Dick, empujándole suavemente con el codo.

-Muchas gracias, caballero -respondió Micawber-, por recordarme lo que quería decir. Pues bien, señora, aquel que me emplea, míster Heep, un día me hizo el honor de de­cirme que si no cobrara el sueldo del empleo que tengo a su lado no sería probablemente más que un desgraciado saltim­banqui, y que recorrería los pueblos tragándome sables y de­vorando llamas. Y es muy posible, en efecto, que mis hijos se vean en la necesidad de ganarse la vida haciendo contorsio­nes, mientras mistress Micawber toca el organillo para acom­pañar a esas desdichadas criaturas en sus atroces ejercicios.

Míster Micawber blandió su cuchillo con aire distraído, pero expresivo, como si quisiera decir que, felizmente, él ya no estaría allí para verlo; después se puso a mondar los li­mones, con expresión de angustia.

Mi tía le miraba atentamente, con el codo apoyado en la mesita. A pesar de mi repugnancia para obtener de él por sorpresa las confidencias que no parecía muy dispuesto a hacernos, quería aprovechar la ocasión para hacerlo hablar, pero no había medio. Estaba demasiado ocupado echando la corteza del limón en el agua hirviendo. Yo me daba cuenta de que estábamos en una crisis, y no se hizo esperar. De pronto lanzó lejos de sí todos sus utensilios, se levantó brus­camente y, sacando el pañuelo, se deshizo en lágrimas.

-Mi querido Copperfield -me dijo, enjugándose los ojos-, esta ocupación requiere más tranquilidad y respeto de sí mismo. Hoy no soy capaz de encargarme de ella. No hay duda.

-Míster Micawber -le dije-, ¿qué es lo que le ocurre? Hable, se lo ruego; aquí todos somos amigos.

-¡Amigos! Caballero -repitió míster Micawber, y el se­creto que había contenido hasta entonces a duras penas se le escapó de pronto-, ¡Dios mío!, precisámente porque me veo rodeado de amigos estoy en este estado. ¿Lo que ocurre, lo que pasa, señores? Preguntadme más bien lo que no me pasa. Hay maldad, hay bajeza, hay desilusión, fraude, conspiraciones, y el nombre de todo ese conjunto de atrocidades es... ¡Heep!

Mi tía golpeó las manos y todos nos estremecimos como poseídos.

-No, no, basta de combates; basta de luchas conmigo mismo -dijo míster Micawber gesticulando violentamente con el pañuelo, extendiendo los dos brazos ante sí de vez en cuando, rítmicamente, como si nadara en un océano de difi­cultades sobrehumanas-; no podría seguir más tiempo con esta vida; soy demasiado miserable. Me han arrebatado todo lo que hace soportable la existencia; me han condenado a la incomunicación del tabú mientras he estado al servicio de ese canalla. Que me devuelvan a mi mujer y a mis hijos; que vuel­van a poner a Micawber en el lugar del desgraciado que anda hoy dentro de mis botas, y que me digan mañana que me tra­gue un sable, y lo haré. ¡Ya veréis con qué apetito!

Nunca había visto un hombre tan exaltado. Trataba de tranquilizarle y de sacarle palabras más sensatas; pero él su­bía como la espuma, sin querer escucharme siquiera.

-¡No estrecharé la mano de nadie -continuó, ahogando un sollozo y resoplando como un hombre que se ahoga ­hasta que haya hecho trizas a esa detestable... serpiente de Heep! ¡No aceptaré de nadie hospitalidad hasta que haya de­cidido ir al monte Vesubio a que haga salir sus llamas... so­bre ese miserable bandido de... Heep! ¡No podré tragar el... menor refresco... bajo este techo..., sobre todo, ponche... an­tes de haber arrancado los ojos... al ladrón, al embustero Heep! ¡No quiero vera nadie... no quiero decir nada... yo... no quiero habitar en ninguna parte... hasta que haya redu­cido... a polvo impalpable a ese inmortal hipócrita, a ese eterno perjuro de Heep!

Yo empezaba a temer que míster Micawber se muriese de repente. Pronunciaba todas aquellas frases entrecortadas y con voz ahogada; y cuando se acercaba al nombre de Heep redoblaba la prisa y el ardor, y su acento apasionado tenía algo que asustaba; pero cuando volvió a dejarse caer sobre la silla, fuera de sí, mirándonos con ojos extraviados, con las mejillas violetas, la respiración cortada y la frente llena de sudor, parecía estar en el último extremo. Me acerqué a él para ayudarle; pero me apartó con un signo, y prosiguió:

-¡No, Copperfield!... ¡Nada de amistad entre nosotros... hasta que miss Wickfield... haya obtenido una reparación... de los perjuicios que le ha causado ese taimado canalla de Heep! -Estoy seguro de que no hubiese tenido fuerzas para pronunciar tres palabras si no hubiera dicho al final el nom­bre odioso que le devolvía valor...- Que se guarde un se­creto inviolable... Nada de excepciones... de hoy a una se­mana a la hora del desayuno... que todos los presentes... incluida la tía... y este excelente caballero... se encuentren reunidos en el hotel de Canterbury... Nos encontrarán a mis­tress Micawber y a mí... Cantaremos a coro, en recuerdo de los hermosos tiempos pasados, y... ¡desenmascararé a ese horrible bandido de Heep! No tengo nada más que decir.. nada más que oír... ¡Me voy inmediatamente... pues la compañía me pesa... sobre las huellas del traidor, del canalla, del bandido de Heep!

Y después de esta última repetición de la palabra mágica que le había sostenido hasta el fin, después de haber agotado las fuerzas que le quedaban, míster Micawber se precipitó fuera de la casa, dejándonos en tal estado de inquietud, de espera y de sorpresa, que no estábamos menos palpitantes que él. Pero ni aun entonces pudo resistir a su pasión episto­lar, pues todavía estábamos en el paroxismo de la excitación y de la sorpresa, cuando nos entregaron la carta siguiente, que acababa de escribir en un café de los alrededores:

«Muy secreta y confidencial.

Muy querido amigo:

Le ruego me haga el favor de transmitir a su exce­lente tía todas mis excusas por la inquietud que he de­jado aparecer delante de ella. La explosión de un vol­cán largo tiempo contenido ha sido la consecuencia de una lucha interior que no sabría describir. Ustedes la adivinarán.

Espero haberles hecho comprender, sin embargo, que de hoy en una semana cuento con ustedes en el café de Canterbury, allí donde hace tiempo tuvimos el honor, mistress Micawber y yo, de unir nuestras voces a la suya para repetir los acentos del hombre inmortal, alimentado y educado a la otra orilla del Tweed.

Una vez cumplido este deber y este acto de repara­ción, lo único que puede darme valor para mirar al pró­jimo de frente, desapareceré para siempre, y sólo pe­diré ser depositado en ese lugar de asilo universal donde duermen los oscuros antepasados. Con esta sencilla inscripción:

WILKINS MICAWBER.»

 
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