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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 48. Suceso doméstico
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Trabajaba activamente en mi libro, sin interrumpir mis ocupaciones de taquígrafo, y cuando lo publiqué obtuvo un gran éxito. Yo no me dejaba aturdir por las alabanzas que so­naban en mis oídos, y, sin embargo, gozaba vivamente, y es­toy seguro de que pensaba de mi obra mejor que todo el mundo. He observado a menudo que los que tienen razones legítimas de estimar su talento no lo demuestran a los ojos de los demás, con objeto de que crean en él. Por esto yo con­tinuaba modesto, por respeto a mí mismo, y cuanto más me elogiaban, más trataba de merecerlo.

Mi intención no es contar en este relato (por lo demás completo) de mi vida la historia de los libros que he publi­cado. Ellos hablan por sí mismos y les dejo ese cuidado; sólo hago alusión de pasada porque sirven para conocer en parte el desarrollo de mi carrera.

Tenía entonces algunas razones para creer que la natura­leza, ayudada por las circunstancias, me había destinado a ser escritor, y me dediqué con firmeza a mi vocación. Sin aquella confianza seguramente hubiese renunciado, para dar algún otro objetivo a mi energía, y hubiese tratado de descu­brir lo que la naturaleza y las circunstancias podían real­mente hacer de mí, para dedicarme a ello exclusivamente.

Había tenido tanto éxito desde hacía algún tiempo en mis ensayos literarios, que creí poder razonablemente, después de un nuevo éxito, escapar por fin al aburrimiento de los terribles debates del Parlamento. Una noche, por lo tanto, ¡qué feliz noche!, enterré bien hondas aquellas transcripciones musicales de trombones parlamentarios. Desde aquel día ni siquiera he querido volver a oírles; bastante es verme toda­vía perseguido, cuando leo el periódico, por ese runruneo eterno y monótono.

En el momento de que hablo hacía, poco más o menos, un año y medio que nos habíamos casado. Después de diferen­tes pruebas, habíamos terminado por decir que no merecía la pena dirigir nuestra casa. Se dirigía sola, con la ayuda de un muchacho, cuya principal ocupación era pelearse con la co­cinera, y en ese punto era un perfecto Whitington; la única diferencia es que no había gato, ni la menor esperanza de llegar nunca a alcalde, como él.

Vivía en medio de una lluvia continua de cacerolas. Su vida era un combate. Se le oía gritar «¡socorro!» en las oca­siones más molestas; por ejemplo, cuando teníamos gente a comer, o algunos amigos por la noche; o bien, salía rugiendo de la cocina, y caía bajo el peso de una parte de nuestros utensilios, que su enemiga le tiraba. Deseábamos desemba­razarnos de él; pero nos quería mucho y no podía dejamos. Lloraba sin cesar, y cuando se trataba de separarnos de él, lanzaba tales gemidos, que nos veíamos obligados a conser­varle a nuestro lado. No tenía madre, y por toda familia tenía una hermana que se había embarcado para América iel día que él entró a nuestro servicio; le teníamos, por lo tanto, en­cima, como un pequeño idiota a quien la familia se ve obli­gada a mantener. Sentía muy vivamente su desgracia y se enjugaba constantemente los ojos con la manga de su cha­queta, cuando no estaba ocupado sonándose en una esqui­nita de su pañuelo, que por nada del mundo se hubiera atre­vido a sacar entero del bolsillo, por economía y por discreción.

Aquel diablo de muchacho, que habíamos tenido la des­gracia, en un momento nefasto, de tomar a nuestro servicio por el precio de seis libras al año, era para mí un objeto continuo de preocupaciones. Le observaba, le veía crecer, pues, ya se sabe, la mala hierba .... y pensaba con angustia en la época en que tuviera barba; después, en la época en que es­taría calvo. No veía la menor esperanza de deshacerme de él, y pensando en el porvenir, pensaba en lo que nos estorba­ría cuando fuera viejo.

No me esperaba lo más mínimo el procedimiento que uti­lizó el infeliz para sacarme del apuro. Robó el reloj de Dora, que, naturalmente, no estaba nunca en su sitio, como todo lo que nos pertenecía; lo vendió, y gastó el dinero (¡pobre idiota!) en pasearse sin cesar en la imperial del ómnibus de Londres a Ubridge. Iba a emprender su viaje número quince cuando un policía le detuvo. No se le encontraron encima más que cuatro chelines y una flauta, comprada de segunda mano y que no sonaba.

Aquel descubrimiento y sus consecuencias no me hubie­sen sorprendido tan desagradablemente si no se hubiera arrepentido. Pero lo estaba, y de una manera muy particu­lar..., no en grande..., por decirlo así, sino en detalle. Por ejemplo, al día siguiente, cuando me vi obligado a declarar contra él, hizo ciertas declaraciones concernientes a una cesta de botellas de vino que creíamos llena y que ya sólo contenía dos botellas vacías.

Esperábamos que ya sería lo último, que habría descar­gado su conciencia y que no tendría nada que contamos so­bre la cocinera; pero dos o tres días después tuvo nuevos re­mordimientos de conciencia, que le obligaron a confesar que la cocinera tenía una niña, que venía todos los días muy tem­prano a llevarse nuestro pan, y que también a él le habían so­bornado para que proveyera de carbón al lechero. Después de cierto tiempo fui informado por las autoridades de que salió en una dirección penitencial muy distinta, y se puso a confe­sar al camarero del café cercano, que pensaba robar en casa. Detuvieron al camarero. Yo estaba tan confuso del papel de víctima por que me hacía pasar con aquellas torturas repetidas, que le hubiese dado todo el dinero que me hubiera pe­dido porque se callase, o hubiera ofrecido con gusto una suma redonda porque le permitieran escapar. Y lo peor es que no tenía ni idea de lo que me molestaba; y, por el contrario, creía que cada nuevo descubrimiento era una reparación. ¡Dios me perdone! Pero no me sorprendería que se creyera que multiplicaba así sus derechos a mi agradecimiento.

Por fin tomé la decisión de ser yo quien se escapase siem­pre que veía un enviado de la policía encargado de transmi­tirme alguna nueva revelación, y viví, por decirlo así, de ocultis hasta que aquel desgraciado muchacho fue juzgado y condenado a la deportación. Pero ni aun así podía permane­cer tranquilo, y nos escribía constantemente. Pidió porfiada­mente ver a Dora antes de marcharse; Dora consintió, fue y se desvaneció al ver la reja de la prisión cerrarse tras de ella. En una palabra, fui un desgraciado hasta el momento de su partida; por fin fue expatriado y supe que se había hecho pastor, allá lejos, en el campo, no sé dónde. Me faltan cono­cimientos geográficos.

Todo aquello me hizo reflexionar seriamente y me pre­sentó nuestros errores bajo un aspecto nuevo; no pude por menos de decírselo a Dora una noche, a pesar de mi ternura por ella.

-Amor mío -le dije-, me resulta muy penoso pensar que la mala administración de nuestra casa no solamente nos perjudica a nosotros (ya nos habíamos acostumbrado), sino también a los demás.

-Hace mucho tiempo que no me decías nada; no vayas otra vez a ser gruñón -me contestó Dora.

-No; es en serio, Dora; déjame que te explique lo que quiero decir.

-No tengo ganas de saberlo.

-Pero tienes que saberlo, amor mío; suelta a Jip.

Dora puso la nariz de Jip encima de la mía, diciendo «¡Boh!», para tratar de hacerme reír; pero viendo que no lo conseguía, envió al perro a su pagoda y se sentó delante de mí, con las manos juntas y la cara resignada.

-El caso es, hija mía -continué-, que nuestra enfer­medad se contagia; se la pegamos a todo el que nos rodea.

Hubiese continuado en aquel estilo figurado si el rostro de Dora no me hubiera advertido que esperaba que le propu­siera alguna nueva vacuna o algún otro remedio médico para curar aquella enfermedad contagiosa que padecíamos. Por lo tanto me decidí a decirle sencillamente:

-No sólo, querida mía, perdemos dinero y comodidad por nuestro descuido; no solamente nuestro carácter también sufre a veces, sino que tenemos la grave responsabilidad de estropear a todos los que entran a nuestro servicio o que tie­nen que ver con nosotros. Empiezo a temer que no esté toda la culpa en un lado sólo, y que si todos esos individuos se estropean, sea porque tampoco nosotros vamos muy bien.

-¡Oh, qué acusación! ---exclamó Dora, abriendo mucho los ojos- ¡Cómo! ¿Quieres decir que me has visto alguna vez robar relojes de oro? ¡Oh!

---Querida mía -contesté-, no digamos tonterías. ¿Quién te habla de relojes?

-Tú -repuso Dora-, tu sabes muy bien. Has dicho que yo tampoco voy bien, y me has comparado con él.

-¿Con quién? -pregunté

-Con nuestro criado -dijo sollozando- ¡Oh, qué malo eres! ¡Comparar a una mujer que lo quiere con ternura con un muchacho a quien acaban de deportar! ¿Por qué no me dijiste lo que pensabas de mí antes de casamos? ¿Por qué no me previniste de que lo parecía peor que un chico a quien acaban de deportar? ¡Oh, qué horrible opinión tienes de mí, Dios mío!

-Vamos, Dora, amor mío -repuse, tratando de quitarle dulcemente el pañuelo con que ocultaba los ojos-, no sola­mente lo que dices es ridículo, sino que está mal. En primer lugar no es verdad.

-Eso es. Siempre le habías acusado de decir mentiras (cada vez lloraba más), y ya dices lo mismo de mí. ¡Oh! ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de mí?

-Querida mía, te suplico muy en serio que seas más ra­zonable y que escuches lo que tengo que decirte. Querida Dora, si no cumplimos nuestros deberes con los que nos sir­ven, no aprenderán nunca sus deberes con nosotros. Tengo miedo de que les demos ocasiones de obrar mal. Aunque fuéramos por gusto tan descuidados (y no es así); aunque nos resultara hasta agradable (y no es nada de eso), estoy convencido de que no tenemos derecho para obrar así. Co­rrompemos verdaderamente a los demás. En conciencia es­tamos obligados a fijarnos un poco. Yo no puedo por menos de pensar en ello, Dora. Es un pensamiento que no sabría desechar y que me atormenta mucho. Eso es todo, querida. ¡Ven aquí, no seas niña!

Pero Dora no consintió en mucho tiempo que le levantara el pañuelo. Continuaba sollozando, y murmurando que, puesto que estaba tan atormentado, hubiese debido no ca­sarme. ¿Por qué no le había dicho, aunque hubiera sido la víspera de la boda, que iba a estar demasiado atormentado, y que era mejor renunciar a ello? Puesto que no podía resis­tirla, ¿por qué no la enviaba con sus tías a Putney, o con Ju­lia Mills a la India? Julia estaría encantada de verla y no la compararía con un criado deportado; nunca le había hecho una injuria semejante. En una palabra, Dora estaba tan afli­gida, y su pena me entristecía tanto, que sentí que era inútil repetir mis sermones, por dulzura que pusiera en ellos, y que había que probar de otra manera.

Pero ¿qué podía hacer? ¿Tratar de «formar su espíritu»? Son lugares comunes que prometen, y resolví formar el es­píritu de Dora.

Me puse a la tarea inmediatamente. Cuando veía a Dora hacer la niña y tenía muchas ganas de participar de su hu­mor, trataba de estar grave... y sólo conseguía desconcertarla y desconcertarme yo. Le hablaba de las cosas que me preocupaban ya en aquella época, le leía a Shakespeare, y entonces la cansaba hasta más no poder. Trataba de insi­nuarle, como por casualidad, algunas nociones útiles o algu­nas opiniones sensatas, y en cuanto terminaba se apresuraba a escaparse, como si la hubiera tenido presa. Por mucho que hacía para estar natural cuando quería «formar el espíritu» de mi mujercita, veía que adivinaba siempre dónde quería it a parar y que temblaba de antemano. Era evidente que mi­raba a Shakespeare como un fastidio terrible. Decidida­mente, no se formaba deprisa.

Empleé a Traddles en aquella gran empresa, sin preve­nirle, y siempre que nos venía a ver ensayaba sobre él mis máquinas de guerra para la edificación de Dora por vía indi­recta. Agobiaba a Traddles con una multitud de excelentes máximas; pero toda mi sabiduría no obtenía más resultado que entristecer a Dora; siempre tenía miedo de que le tocara la vez. Hacía el papel de un maestro de escuela o de una bruja; me había convertido en la araña de aquella mosca de Dora, siempre dispuesto a lanzarme sobre ella desde el fondo de mi tela; la veía muy bien en su infinita turbación.

Sin embargo, perseveré durante meses enteros, esperando siempre que llegara un momento en que se estableciera entre nosotros una simpatía perfecta y en que hubiera por fin « for­mado su espíritu» a mi entero placer. Por último, creí darme cuenta de que, a pesar de toda mi resolución, y aunque me había vuelto un erizo, un verdadero puercoespín, no había adelantado nada, y pensé que quizá el espíritu de Dora es­taba formado del todo ya.

Reflexionando sobre ello, me pareció tan verosímil, que abandoné mi proyecto, que no había respondido lo más mí­nimo a mis esperanzas, y decidí contentarme para siempre con tener una « mujer-niña» , en lugar de tratar de cambiarla sin éxito. Yo mismo estaba cansado de mi prudencia y de mi razón solitarias, y sufría al ver la violencia habitual a que había condenado a mi querida esposa. Un día le compré unos bonitos pendientes, y un collar para Jip, y volví a casa deci­dido a ser agradable.

Dora se quedó encantada con los regalitos y me abrazó con ternura; pero había entre nosotros una sombra, y, por li­gera que fuese, yo no quería que subsistiera; me había deci­dido a cargar yo solo con todos los fastidios de la vida.

Me senté en el sofá, al lado de mi mujer, y le puse sus pendientes; después le dije que desde hacía algún tiempo no éramos tan buenos amigos, y que era culpa mía; que lo reco­nocía sinceramente. Y era la verdad.

-El caso es, Dora mía, que trataba de ser razonable.

-Y también hacerme razonable a mí, ¿no es verdad, Davy?

Le hice un signo afirmativo, mientras ella levantaba hacia mí sus hermosos ojos, y besé sus labios entreabiertos.

-Es inútil ---dijo Dora, sacudiendo la cabeza para mover los pendientes-; ya sabes lo que soy y has olvidado el nom­bre que quería que me dieras desde el principio. Si no pue­des resignarte a ello creo que no me querrás nunca. ¿Estás se­guro de que no piensas alguna vez que... quizá... te hubiera valido más ...?

-¿Valido más qué, querida mía? -pues se había callado.

-Nada -dijo Dora.

-¿Nada? -repetí.

Me rodeó el cuello con los brazos, riéndose y tratándose a sí misma de tontuela, como de costumbre, y escondió la cabeza en mi hombro, en medio de un verdadero bosque de bucles que me costó un trabajo infinito separar para mirarle la cara.

-¿Quieres decir que hubiera sido mejor no hacer nada para tratar de «formar el espíritu» de mi querida mujer? -dije, riendo yo también de mi feliz invención- ¿No era esa tu pregunta? ¡Sí, yo creo que sí!

-¡Cómo! ¿Era eso lo que tratabas de hacer? -exclamó Dora-. ¡Oh qué malo!

-Pero ya no volveré a hacerlo, pues la quiero tal como es.

-¿De verdad? ¿De verdad? -me preguntó, apretándose contra mí.

-¿Para qué voy a tratar de cambiar lo que me es tan que­rido desde hace tanto tiempo? Nunca estás mejor que cuando eres tú misma, mi querida Dora; por lo tanto, no volveremos a hacer pruebas temerarias; recobremos nuestras antiguas costumbres para ser dichosos.

-¿Para ser dichosos? -repuso Dora-. ¡Oh, síl, todo el día. ¿Y me prometes no enfadarte si las cosas van algo tras­tomadas?

-No, no; trataremos de hacerlo lo mejor posible.

-Y no volverás a decirme que estropeamos a los que nos rodean --dijo con mimo-, ¿no es verdad? ¡Está tan mal!

-No, no -dije.

-Más vale todavía que sea estúpida que desagradable, ¿no es verdad? -dijo Dora.

-Más vale ser sencillamente Dora que cualquiera del mundo.

-¡El mundo! ¡Oh mi Davy, el mundo es muy grande!

Y sacudiendo alegremente la cabeza, volvió hacia mí sus ojos encantados, se echó a reír, me abrazó y saltó para alcan­zar a Jip y probarle su nuevo collar.

Así terminó mi último intento de cambiar a Dora. Había sido una equivocación el intentar cambiarla: no podía sopor­tar mi formalidad solitaria, no podía olvidar cómo me ha­bía pedido que la llamara mi < mujer-niña». En el futuro, pensaba, trataría de mejorar lo más posible las cosas, pero sin ruido; esto no era muy fácil: estaba siempre expuesto a volver a mi papel de araña que espía desde el fondo de su tela.

Y ninguna sombra debía volverse a poner entre nosotros; ya sólo debían pesar sobre mi corazón. ¡Van a ver ustedes cómo!

El sentimiento penoso que había concebido hacía tiempo se extendió desde entonces sobre mi vida entera, más pro­fundo quizá que en el pasado, pero más vago que nunca, como el acento quejoso de una música triste que oyera vi­brar en medio de la noche. Amaba tiernamente a mi mujer y era dichoso; pero la felicidad que gozaba no era la que había yo soñado: siempre me faltaba algo.

Decidido a cumplir la promesa que me había hecho a mí mismo de poner en este papel el relato fiel de mi vida, me examino cuidadosamente, sinceramente, para poner a la vista todos los secretos de mi corazón. Lo que me faltaba lo miraba todavía y lo había mirado siempre como un sueño de mi imaginación, un sueño que no podía realizarse. Sufría como sufren, poco más o menos, todos los hombres al sentir que era una quimera imposible. Pero a pesar de todo no po­día por menos de decirme que más hubiese valido que mi mujer me ayudara más, que participara de todos mis pensa­mientos, en lugar de dejarme a mí solo todo el peso. Hubiese podido hacerlo y no lo hacía. Eso estaba obligado a recono­cerlo.

Dudaba entre dos conclusiones que no podían conciliar­se: o bien lo que sentía era general, inevitable, o bien era una cosa particular mía, de la que me hubiese podido librar. Cuando pensaba en aquellos castillos en el aire, en aquellos sueños de mi juventud, que no podían realizarse, reprochaba a la edad madura ser menos rica en felicidad que la adoles­cencia, y entonces aquellos días de felicidad al lado de Ag­nes, en su vieja casa, se levantaban ante mí como espectros del tiempo pasado, que podrían resucitar quizá en otro mundo, pero que yo no podía esperar revivir aquí abajo.

A veces otro pensamiento me atravesaba el espíritu: ¿Qué hubiese sucedido si Dora y yo no nos hubiéramos conocido nunca? Pero Dora estaba tan mezclada en mi vida, que era una idea fugitiva, que pronto volaba lejos, como el hilo de la Virgen, que flota y desaparece en el aire.

La quería siempre. Los sentimientos que describo aquí dormitaban en el fondo de mi corazón; apenas tenía consciencia de ellos. No creo que tuvieran ninguna in­fluencia sobre mis palabras ni sobre mis acciones. Yo lle­vaba el peso de todas nuestras pequeñas preocupaciones, de nuestros proyectos; Dora seguía dándome las plumas, y los dos sentíamos que las cosas así estaban repartidas lo mejor que podían estarlo. Me quería y estaba orgullosa de mí; y cuando Agnes le escribía que mis antiguos amigos se regocijaban con mis éxitos, cuando le decía que al le­erme le parecía oír mi voz, Dora tenía lágrimas de alegría en los ojos, me llamaba su querido, su ilustre, su viejo marido.

«El primer movimiento de un corazór. :rdisciplinado.» Aquellas palabras de mistress Strong me volvían sin cesar al espíritu, las tenía siempre presentes. Por la noche las encon­traba al despertarme; en mis sueños las leía escritas en las paredes de la casa. Pues ahora sabía que mi corazón no ha­bía conocido disciplina cuando se había enamorado de Dora, y que hoy mismo, si estuviera mejor disciplinado, no hubiese sentido, después de nuestro matrimonio, los sentimientos de que hacía secreta experiencia.

« No hay matrimonio más desacertado que aquel en que no hay comunión de ideas ni de carácter.» Tampoco había olvidado aquellas palabras. Había tratado de moldear a Dora a mi carácter, y no lo había conseguido. No me que­daba más remedio que hacerme yo al carácter de Dora, compartir con ella lo que pudiera y contentarme, llevando el resto sobre mis hombros. Esa era la disciplina a que tenía que someter mi corazón. Gracias a aquellas resoluciones, mi segundo año de matrimonio fue mucho más dichoso que el primero, y, lo que valía más todavía, la vida de Dora era un rayo de sol.

Pero al transcurrir aquel año había disminuido la fuerza de Dora. Yo había esperado que manos más delicadas que las mías vinieran a ayudarme a modelar su alma y que la sonrisa de un nene hiciera de mi «mujer-niña» una mujer. ¡Vana esperanza! El pequeño espíritu que debía bendecir nuestra casa se estremeció un momento en la puerta de su prisión y después voló al cielo, sin conocer siquiera su cauti­verio.

-Cuando pueda empezar a correr como antes, tía -de­cía Dora-, haré salir a Jip; se está volviendo muy pesado y muy perezoso.

-Sospecho, querida -dijo mi tía, que trabajaba tranqui­lamente al lado de mi mujer-, que tiene una enfermedad más grave que la pereza: es la edad, Dora.

-¡Cree usted que es viejo! ¡Oh qué cosa tan extraña, que Jip sea viejo!

-Es una enfermedad a la que estamos expuestos todos, pequeña, a medida que avanzamos en la vida. Yo me resiento de ella más que nunca, te lo aseguro.

-Pero Jip -dijo Dora mirándole con compasión-, ¿el pequeño Jip también? ¡Pobrecito mío!

-Yo creo que todavía vivirá mucho tiempo, Capullito -dijo mi tía, besando a Dora, que se había inclinado sobre el borde del sofá para mirar a Jip. (El pobre animal respon­día a sus caricias sosteniéndose en las patas traseras, y se esforzaba, a pesar de su asma, en subirse encima de su ama.)

-Este invierno haré forrar de franela su caseta, y estoy segura de que para la primavera próxima estará mejor que nunca, como las flores.

¡Horroroso animalito! -exclamó mi tía- Si estuviera dotado de tantas vidas como los gatos, y a punto de perder­las todas, creo que verdaderamente utilizaría su último sus­piro para ladrar contra mí.

Dora le había ayudado a subirse al sofá, desde donde pa­recía desafiar a mi tía, con tal furia, que no quería estarse quieto y no dejaba de ladrar de medio lado. Cuanto más lo miraba mi tía, más la provocaba él, sin duda porque hacía poco que se había puesto anteojos, y Jip, por razones cono­cidas sólo por él, consideraba aquello como un insulto per­sonal.

A fuerza de persuasión Dora había conseguido hacerle echarse a su lado y, cuando ya estaba tranquilo, acariciaba con dulzura sus largas orejas, repitiendo con aire pensativo: «Tú también, mi pequeño Jip; ¡pobrecito!».

-Todavía está bastante bien -dijo alegremente mi tía-: la vivacidad de sus antipatías demuestra que no ha perdido fuerzas; tiene muchos años ante sí, te lo aseguro; pero si quieres un perro que corra tanto como tú, Capullito, Jip ha vivido ya demasiado para ese oficio. Yo te regalaré otro.

-Gracias, tía -dijo débilmente Dora-; pero no lo ha­gas, te lo ruego.

-¿No? --dijo mi tía quitándose las gafas.

-No quiero más perro que Jip -dijo Dora- Sería de­masiada crueldad. Además, nunca podría querer a otro pe­rro como quiero a Jip; no me conocería desde mi boda, no sería el que ladraba cuando llegaba Davy a nuestra casa. ¡Temo mucho, tía, que no podría querer a otro perro como a Jip!

-Tienes razón -dijo mi tía, acariciando a Dora en la mejilla-, tienes razón.

-No se enfada conmigo, ¿verdad? -dijo Dora.

-Pero ¡vaya una tontería! --exclamó mi tía, mirándola con ternura-. ¿Cómo puedes suponer que me enfade?

-¡Oh, no! No lo creo -respondió Dora-; únicamente estoy un poco cansada, y eso es lo que me pone tan tonta. Siempre soy una tontuela; pero el hablar de Jip me ha puesto todavía más tonta. Me ha conocido toda mi vida; sabe todo lo que me ha sucedido, ¿no es verdad, Jip?

Jip se apretaba contra su ama, lamiéndole lánguidamente la mano.

-Todavía no eres bastante viejo para abandonar a tu ama, ¿verdad, Jip? -dijo Dora-. Todavía nos haremos compa­ñía durante algún tiempo.

¡Mi pequeña Dora! Cuando bajó a la mesa al domingo si­guiente y estuvo tan encantadora con Traddles, que comía con nosotros todos los domingos, pensamos que al cabo de unos días volvería a correr por todas partes como antes. Nos decían: «Esperen todavía algunos días», y después: «Espe­ren algunos días más»; pero no se ponía a correr, ni siquiera a andar. Estaba muy bonita y muy alegre; pero sus piececi­tos, que antes danzaban tan alegres alrededor de Jip, seguían débiles a inmóviles.

Tomé la costumbre de bajarla en brazos todas las maña­nas y de volver a subirla lo mismo todas las noches. Pasaba sus brazos alrededor de mi cuello y reía a lo largo del ca­mino como si hubiera sido una apuesta. Jip nos precedía la­drando y se detenía sofocado en el descansillo para ver si llegábamos. Mi tía, la mejor y más alegre de las enfermeras, nos seguía con todo un cargamento de chales y de almoha­das. Míster Dick no hubiese cedido a nadie el derecho de abrir la marcha con una luz en la mano. Traddles se quedaba al pie de la escalera, recibiendo todos los mensajes locos que le encargaba Dora para la muchacha más encantadora del mundo. Parecía una alegre procesión, y mi «mujer-niña» era la más alegre de todos.

Pero a veces, cuando la cogía en mis brazos y la sentía cada vez más ligera, un vago sentimiento de tristeza se apo­deraba de mí; me parecía que iba hacia un país glacial des­conocido, y aquella idea ensombrecía mi vida. Trataba de ahogar aquel pensamiento; me lo ocultaba a mí mismo; pero una noche, después de oír gritar a mi tía: « ¡Buenas noches, Capullito!» , me quedé solo ante mi pupitre, y lloré, pen­sando: « ¡Oh qué nombre fatal! ¡Si fuera a secarse en su tallo, como las flores! ».

 
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