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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 46. Inteligencia
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Si creo a mi memoria, bastante insegura en cuestión de fechas, hacía un año que me había casado, cuando una tarde, que volvía solo a casa, pensando en el libro que escribía (pues mi éxito había seguido el progreso de mi aplicación, y ya estaba embarcado en mi primer trabajo de ficción), de­tuve el paso al pasar por delante de la casa de mistress Steer­forth. Esto me había ya ocurrido muchas veces desde que vivía en la vecindad, aunque cuando podía elegía siempre otro camino. Aquello me obligaba a dar un gran rodeo, y ter­miné por pasar por allí muy a menudo.

Nunca había hecho más que mirar rápidamente a la casa. Ninguna de las habitaciones principales daba a la calle, y las ventanas estrechas, anticuadas, no resultaban muy alegres de mirar, tan cerradas. Había un caminito cubierto que cru­zaba un patio embaldosado que llegaba a la puerta de en­trada y a una ventana en arco de la escalera, muy en armonía con lo demás, que, aunque era la única que no estaba ce­rrada con persianas, no dejaba de resultar tan triste y aban­donada como las otras. No recuerdo haber visto nunca una luz en la casa. Si hubiera pasado por allí como cualquier otro indiferente, hubiera creído que el dueño había muerto sin dejar hijos; y si hubiera tenido la felicidad de que me interesase aquel lugar y lo hubiera visto siempre en su in­movilidad, mi imaginación es probable que hubiera for­jado sobre ella las más ingeniosas suposiciones.

A pesar de todo, trataba de pensar en ello lo menos posi­ble; pero mi espíritu no podía pasar por allí, como mi cuerpo, sin detenerse, y no podía substraerme a los pensa­mientos que me asaltaban. Aquella tarde en particular, mien­tras proseguía mi camino, evocaba sin querer las sombras de mis recuerdos de infancia, sueños más recientes, esperanzas vagas, penas demasiado reales y demasiado profundas; ha­bía en mi alma una mezcla de realidad y de imaginación que se confundía con el plan del asunto en que acababa de estar pensando, dando a mis ideas un aspecto singularmente no­velesco. Meditaba tristemente mientras andaba, cuando una voz cercana me hizo estremecer de pronto.

Era voz de mujer, y reconocí la de la doncella de mistress Steerforth, aquella que llevaba una cofia con cintas azules. Las cintas habían desaparecido, probablemente para estar más en armonía con el aspecto lamentable de la casa, y no tenía más que un lazo o dos, de un marrón modesto.

-¿Quiere usted tener la bondad, caballero, de venir a ha­blar con miss Dartle?

-¿Miss Dartle me llama?

-Esta tarde no, caballero; pero es lo mismo. Miss Dartle le ha visto a usted pasar hace uno o dos días, y me ha dicho que me sentara en la escalera a trabajar y le rogara que en­trase a hablarle la primera vez que le viera.

La seguí, y en el camino le pregunté cómo se encontraba mistress Steerforth. Me contestó que estaba siempre indis­puesta y que salía muy poco de su habitación.

Cuando llegamos a la casa me condujeron al jardín, donde encontré a miss Dartle. Me adelanté solo hacia ella. Estaba sentada en un banco, al final de una especie de terraza, desde donde se veía Londres. La tarde era oscura, y sólo una clari­dad rojiza iluminaba el horizonte; y la gran ciudad, que se percibía a lo lejos gracias a aquella claridad siniestra, me pa­reció muy apropiada con el recuerdo de aquella mujer ar­diente y altanera.

Me vio acercarme y se levantó para recibirme. La encontré todavía más pálida y más delgada que en nuestra última entre­vista; sus ojos brillaban más y su cicatriz era más visible.

Nuestro encuentro no fue cordial. La última vez que nos habíamos visto nos habíamos separado después de una es­cena bastante violenta, y había en toda su persona un aire de desdén que no se tomaba el trabajo de disimular.

-Me dicen que desea usted hablarme, miss Dartle -le dije, deteniéndome a su lado, con la mano apoyada en el res­paldo del banco.

-Sí -dijo ella-; haga usted el favor de decirme si han encontrado a esa muchacha.

-No.

-Sin embargo, ¡se ha escapado!

Veía sus labios delgados contraerse al hablarme, como si la ahogaran los deseos de llenar a Emily de reproches.

-¿Escapado? -repetí yo.

-Sí, le ha dejado -dijo riendo-; si no la han encontrado ahora, quizá no la encuentren nunca. Quizá haya muerto.

Jamás he visto en ningún rostro semejante expresión de crueldad triunfante.

-La muerte es quizá la mayor felicidad que le pueda de­sear una mujer -le dije-; me alegra ver que el tiempo la ha hecho tan indulgente, miss Dartle.

No se dignó a contestarme, y se volvió hacia mí, con una sonrisa de desprecio.

-Los amigos de esa excelente y virtuosa persona son amigos de usted. Usted es su campeón y defiende sus dere­chos. ¿Quiere usted que le diga todo lo que se sabe de ella?

-Sí -respondí.

Se levantó con una sonrisa de maldad y gritó:

-¡Venga usted aquí! -como si llamara a algún animal inmundo-. Espero que no se permitirá usted ningún acto de venganza en este lugar, míster Copperfield -dijo mientras continuaba mirándome con la misma expresión.

Yo me incliné sin comprender lo que quería decir, y ella repitió por segunda vez: «Venga usted aquí». Entonces vi aparecer al respetable Littimer, que, siempre tan respetuoso, me hizo un profundo saludo y se colocó detrás de ella. Miss Dartle se tendió en el banco y me miró con una expresión triunfante y de malicia, en la que había, sin embargo, algo extraño, algo de gracia femenina, un atractivo singular: tenía el aspecto de esas crueles princesas que sólo se encuentran en los cuentos de hadas.

-Y ahora -le dijo en tono imperioso, sin mirarle si­quiera y pasándose la mano por la cicatriz, en aquel instante quizá con más placer que pena ---diga usted a míster Cop­perfield todo lo que sabe de la huida.

-Míster James y yo, señora...

-No se dirija usted a mí --dijo, frunciendo las cejas.

-Míster James y yo, caballero...

-Ni a mí; se lo ruego -le dije.

Littimer, sin parecer desconcertarse lo más mínimo, se in­clinó ligeramente para demostrar que todo lo que nos agra­dara le era igualmente agradable, y prosiguió:

-Míster James y yo hemos viajado con esa joven desde el día en que ella abandonó Yarmouth bajo la protección de míster James. Hemos estado en una multitud de lugares y hemos visto muchos países; hemos visitado Suiza, Francia, Italia; en fin, estuvimos en todas partes.

Fijó los ojos en el respaldo del banco, como si fuera a él a quien se dirigía, y paseó por él suavemente sus dedos, como si tocara un piano mudo.

-Míster James quería mucho a aquella jovencita, y du­rante mucho tiempo ha llevado la vida más regular que yo le he visto hacer desde que estoy a su servicio. La joven hizo muchos progresos; hablaba ya los idiomas de los paí­ses por donde nos establecíamos; ya no era la campesinita de antes; he observado que la admiraban mucho por todas partes.

Miss Dartle se llevó la mano al costado. La vi lanzarle una mirada y sonreír a medias.

-De verdad, la admiraban mucho. Quizá su modo de vestir, quizá el efecto del sol y del aire libre en su cutis, quizá las atenciones de que era objeto; que fuera esto o aque­llo, la cuestión es que poseía un encanto que atraía la aten­ción general.

Se detuvo un momento; los ojos de miss Dartle vagaban sin reposo de un punto a otro del horizonte, y se mordía con­vulsivamente los labios.

Littimer unió las manos, se puso en equilibrio en una sola pierna y con los ojos bajos adelantó su respetable cabeza; después continuó:

-La muchacha vivió así durante cierto tiempo, con un poco de depresión de vez en cuando, hasta que al fin em­pezó a cansar a míster James con sus gemidos y sus escenas repetidas. Ya no iba todo tan bien: míster James empezó a desarreglarse como antes. Cuanto más se alejaba él, más se entristecía ella, y puedo asegurar que no me sentía a gusto entre los dos. Sin embargo, se reconciliaron muchas veces, y verdaderamente esto ha durado más tiempo de lo que podía esperarse.

Miss Dartle fijó en mí sus miradas con la misma expre­sión victoriosa. Littimer tosió una o dos veces para aclararse la voz, cambió de pierna y prosiguió:

-Por fin, después de muchos reproches y lágrimas de la muchacha, míster James partió una mañana (estábamos en una casa de huéspedes, en las cercanías de Nápoles, porque a ella le gustaba mucho el mar), y bajo pretexto de que tenía que marcharse para bastante tiempo, me encargó que le anunciara que, en el interés de todo el mundo, se... -aquí Littimer tosió de nuevo- se marchaba. Pero míster James, debo decirlo, se comportó del modo más caballeroso, pues propuso a la muchacha que se casara con un hombre muy respetable, que estaba dispuesto a pasar la esponja por el pasado, y que valía tanto como cualquier otro al que hu­biera pretendido por buen camino, pues ella era de una fa­milia muy vulgar.

Cambió de nuevo de pierna y se pasó la lengua por los la­bios. Yo estaba convencido de que era a él a quien el canalla se refería, y veía que miss Dartle participaba de mi opinión.

-Fui igualmente encargado de aquella comunicación; yo no pedía más que hacer todo lo posible para sacar a míster James de su apuro y reconciliarle con su buena madre, a quien tanto ha hecho sufrir-, he aquí por qué me encargué de aquello. La violencia de la muchacha cuando supo su par­tida sobrepasó todo lo que podía esperarse. Estaba como loca, y si no se hubiera empleado la fuerza, se habría apuña­lado o tirado al mar, o se habría destrozado la cabeza contra las paredes.

Miss Dartle se movía en el banco, con expresión de ale­gría, como si quisiera saborear mejor las palabras de que se servía el miserable.

-Pero sobre todo cuando llegué al segundo punto -dijo Littimer con cierta turbación- es cuando la muchacha se mostró tal como era. Se podría creer que por lo menos hu­biera comprendido toda la generosa bondad de la intención; pero nunca he visto furor semejante. Su conducta excede todo lo que se pudiera expresar. Un palo, una piedra, hubie­ran demostrado más agradecimiento, más corazón, más pa­ciencia, más razón. Si no hubiera estado preparado, estoy seguro de que hubiera atentado contra mi vida.

-¡La estimo todavía más! --dije con indignación.

Littimer inclinó la cabeza, como para decir: «¿Verdadera­mente? ¡Pero es usted tan joven! ». Después continuó su re­lato:

-En una palabra: me vi obligado durante cierto tiempo a no dejarle a su alcance ninguno de los objetos con que hu­biera podido hacerse daño o hacer daño a los demás y a te­nerla encerrada. Pero, a pesar de todo, una noche rompió los cristales de una ventana que yo mismo había cerrado con clavos, se dejó caer por una parra, y no he vuelto a oír hablar de ella.

-¡Puede haber muerto! --dijo miss Dartle con una son­risa, como si hubiera querido empujar con el pie el cadáver de la desgraciada muchacha.

-Quizá se haya ahogado, señorita -repuso Littimer, de­masiado dichoso de poder dirigirse a alguien-. Es muy po­sible. O bien la habrán ayudado los pescadores, o sus muje­res. Le gustaban mucho las malas compañías, miss Dartle, e iba a sentarse al lado de los barcos, en la playa, para charlar con los pescadores. La he visto hacerlo durante días enteros, cuando míster James estaba ausente. Y un día míster James se enfadó mucho cuando supo que había dicho a los niños que ella también era hija de un pescador y que de pequeña, en su país, corría, como ellos, descalza por la playa.

¡Oh., Emily! ¡Pobre muchacha! ¡Qué cuadro se presentó a mi imaginación! La veía sentada en la orilla lejana, en me­dio de los niños, que le recordaban los días de su inocencia; escuchando aquellas vocecitas que le hablaban de amor ma­ternal, de las puras y dulces alegrías que habría conocido si hubiera sido la mujer de un honrado marinero, o bien pres­tando oído a la voz solemne del océano, que le murmuraría eternamente: «Nunca más».

-Cuando ya era evidente que no podía hacer nada, miss Dartle...

-Le he dicho que no me hable -respondió miss Dartle con una dureza despreciativa.

-Es porque usted me había hablado, señorita -respon­dió-. Le pido perdón. Sé muy bien que mi deber es obe­decer.

-En ese caso, cumpla con su deber; termine la historia y márchese.

-Cuando fue evidente ---continuó, en el tono más respe­table y haciendo un profundo saludo- que no se la encontraba en ninguna parte, fui a unirme a míster James al sitio en que habíamos convenido que le escribiría y le informé de lo que había sucedido. Nos peleamos, y me pareció mi deber dejarle. Podía soportar, y había soportado, muchas cosas; pero míster James había llevado sus insultos hasta pegarme: era demasiado. Sabiendo el desgraciado resentimiento que existía entre él y su madre, y la angustia en que esta última debía de estar, me tomé la libertad de volver a Inglaterra para contarle...

-No le escuche usted; le he pagado para esto -me dijo miss Dartle.

-Precisamente, señorita... para contarle lo que sabía. No creo -dijo Littimer después de un momento de reflexión­tener nada más que decir Por el momento estoy sin empleo, y me gustaría encontrar en alguna parte una situación respe­table.

Miss Dartle me miró como preguntándome si no tenía ninguna pregunta que hacer... Se me había ocurrido una, y dije:

-Querría preguntar a... este individuo (me fue imposible pronunciar una palabra más cortés) si no se ha interceptado una carta escrita a esa desgraciada muchacha por su familia, o si supone que la ha recibido.

Permaneció tranquilo y silencioso, con los ojos fijos en el suelo y la punta de los dedos de su mano izquierda delicada­mente arqueados sobre la punta de los dedos de su mano de­recha.

Miss Dartle volvió hacia él la cabeza, con aire desdeñoso.

-Dispénseme usted, señorita; pero, a pesar de toda mi obediencia por usted, conozco mi posición, aunque no sea más que un criado. Míster Copperfield y usted, señorita, no son lo mismo. Si míster Copperfield desea saber algo de mí, me tomo la libertad de recordarle que si quiere una respuesta puede dirigirme a mí sus preguntas. Tengo que mantener mi dignidad.

Hice un violento esfuerzo sobre mi desprecio, y, volvién­dome hacia él, le dije:

-¿Ha oído usted mi pregunta? Si quiere, es a usted a quien la dirijo. ¿Qué me contesta?

-Caballero -repuso, uniendo y separando alternativa­mente la punta de sus dedos-, no puedo contestar a la li­gera. Traicionar la confianza de míster James para con su madre o para con usted es muy distinto. No era probable que míster James quisiera facilitar una correspondencia que pro­piciara redoblar la depresión y los reproches de la señorita; pero, caballero, deseo no ir más lejos.

-¿Es eso todo? -me preguntó miss Dartle.

Contesté que no tenía nada más que añadir.

-Únicamente -dije, viéndole alejarse- comprendo el papel que ha representado este miserable en todo este culpa­ble asunto, y voy a contárselo al hombre que ha servido a Emily de padres desde la infancia. Por lo tanto, sí tengo un consejo que dar a ese tipo: es que no aparezca mucho en pú­blico.

Al oírme hablar, se había detenido con su calma habitual.

-Gracias, señor; pero permítame que le diga que en este país no hay esclavos ni amos, y que nadie tiene derecho a to­marse la justicia por su mano; y si acaso se llega a hacer, no creo que se lleve la mejor parte. Es para decirle, caballero, que iré donde me parezca.

Me saludó cortésmente, hizo otro tanto con miss Dartle y salió por el mismo sendero que había venido. Miss Dartle y yo nos miramos un momento sin decir palabra; parecía con­tinuar en la misma disposición de espíritu que cuando había hecho aparecer a aquel hombre ante mí.

-Además dice -observó, apretando lentamente los la­bios- que su señor viaja por las costas de España y que pro­bablemente continuará mucho tiempo sus excursiones marí­timas. Pero eso no le interesa a usted. Hay entre estas dos naturalezas orgullosas, entre esta madre y este hijo, un abismo más profundo que nunca y que no podrá llenarse, pues son de la misma raza; el tiempo los vuelve más obsti­nados a imperiosos. Pero eso tampoco le interesa. He aquí lo que quería decir. Ese demonio al que usted hace un ángel; esa criatura vil que él ha sacado del lodo (y volvió hacia mí sus ojos negros, llenos de pasión), quizá viva todavía. A esas criaturas les dura la vida. Si no ha muerto, usted segura­mente tendrá interés en encontrar a esa perla preciosa para encerrarla en un estuche. También nosotros lo deseamos, para que él no pueda volver a ser su presa. Así es que tene­mos el mismo interés. Por eso, como quisiera encontrarla para hacerle todo el daño a que puede ser sensible una cria­tura tan despreciable, le he hecho que viniera a escuchar lo que ha oído.

Vi, por el cambio de su fisonomía, que alguien se acer­caba por detrás de mí. Era mistress Steerforth, que me tendió la mano, más fríamente que de costumbre, y con una ex­presión todavía más solemne que antes. Sin embargo, me di cuenta, no sin emoción, de que no podía olvidar mi antiguo cariño por su hijo. Había cambiado mucho; su arrogante es­tatura se había encorvado; profundas arrugas se marcaban en su bello rostro, y sus cabellos estaban casi blancos; sin embargo, todavía estaba bella, y reconocí en ella los ojos brillantes y el aire imponente que producían mi admiración en mis sueños infantiles del colegio.

-¿Míster Copperfield lo sabe todo, Rose?

-Sí.

-¿Ha visto a Littimer?

-Sí, y ya le he dicho por qué había usted expresado ese deseo.

-Eres una buena chica. Desde que no le he visto he te­nido alguna relación con su antiguo amigo, caballero -dijo dirigiéndose a mí-; pero no ha aceptado todavía sus debe­res para conmigo. En esto no tengo otro objetivo que el que Rose le ha dado a conocer, y si al mismo tiempo se pueden consolar las penas del buen hombre que usted me trajo aquí, pues no le quiero mal, lo que ya es bastante de mi parte, y salvar a mi hijo del peligro de volver a caer en los lazos de esa intrigante.

Se irguió y se sentó, mirando ante ella, a lo lejos, muy a lo lejos.

-Señora -le dije en tono respetuoso-, la comprendo. Y le aseguro que no deseo atribuirle otros motivos; pero debo decirle, yo que he conocido desde la infancia a esa desgra­ciada familia, que se equivoca usted si se figura que esa pobre muchacha, indignamente tratada, no ha sido engañada cruel­mente y que no preferiría hoy morir que aceptar ni un vaso de agua de la mano de su hijo. ¡Se equivoca usted por completo!

-¡Chis, Rose, chis! -dijo mistress Steerforth al ver que su compañera iba a replicar-. Es inútil; no hablemos más. ¡He oído decir que se había casado usted!

Respondí que, en efecto, me había casado hacía un año.

-¡Y que tiene usted éxito! Vivo tan lejos del mundo, que no me entero de nada; pero he oído decir que empieza usted a ser célebre.

-He tenido mucha suerte, y mi nombre empieza a cono­cerse.

-¿Y no tiene usted madre? -dijo con voz más dulce.

-No.

-¡Es una lástima! Hubiera estado orgullosa de usted. Adiós.

Cogí la mano que me tendía con una dignidad mezclada de dureza; estaba tan tranquila de rostro como si su alma es­tuviera en reposo. Su orgullo era lo bastante fuerte para im­poner silencio hasta a los latidos de su corazón y para exten­der sobre su rostro el velo de insensibilidad mentirosa a través del cual miraba, desde la silla en que estaba sentado ante ella, a lo lejos, muy a lo lejos.

Al alejarme de ellas, a lo largo de la terraza, no pude por menos que volverme para ver a aquellas dos mujeres, cuyos ojos estaban fijos en el horizonte, cada vez más sombrío a su alrededor. Aquí y allí se veían brillar algunas luces, en la ciu­dad lejana; una claridad rojiza iluminaba todavía el oriente con sus reflejos; pero del valle subía una niebla que se exten­día como el mar en las tinieblas, para envolver en sus plie­gues aquellas dos estatuas vivas que acababa de dejar. No lo puedo pensar sin terror, pues cuando volví a verlas un mar furioso se había verdaderamente abierto bajo sus pies.

Reflexionando sobre lo que acababa de oír, pensé que se lo debía contar a míster Peggotty. Al día siguiente fui a Lon­dres para verle. Erraba sin cesar de una ciudad a otra, preo­cupado únicamente por la misma idea; pero en Londres es donde más estaba. ¡Cuántas veces le he visto, en medio de las sombras de la noche, atravesar las calles para descubrir, entre las raras sombras que parecían buscar fortuna a aque­llas horas descompasadas, lo que tanto temía encontrar!

Había alquilado una habitación encima de la tiendecita de velas, en Hungerford Market, de que ya he hablado. De allí fue de donde salió la primera vez, cuando emprendió su pe­regrinación piadosa. Fui a buscarle. Me dijeron que no había salido todavía, y le encontré en su habitación.

Estaba sentado al lado de una ventana, donde cultivaba algunas ílores. La habitación estaba limpia y bien arreglada. En una ojeada vi que todo estaba preparado para recibirla, y que nunca salía sin pensar que quizá la traería aquella no­che. No me había oído llamar a la puerta, y no levantó los ojos hasta que puse la mano en su hombro.

-¡Señorito Davy! ¡Gracias, muchas gracias por su vi­sita! Siéntese y sea bienvenido.

-Míster Peggotty -le dije, cogiendo la silla que me ofrecía-, yo no querría darle demasiadas esperanzas; pero me he enterado de algo.

-¿Sobre Emily?

Se tapó la boca con la mano, con una agitación febril, y, fijando los ojos en mí, palideció mortalmente.

-Esto no me puede dar ningún indicio sobre el lugar en que se encuentra; pero el caso es que ya no está con él.

Se sentó sin dejar de mirarme, y escuchó en el más pro­fundo silencio todo lo que tenía que contarle. No olvidaré nunca la dignidad de aquel rostro grave y paciente; me escu­chaba con los ojos bajos y la cabeza entre las manos; perma­neció todo el tiempo inmóvil, sin interrumpirme ni una sola vez. Parecía que no hubiera en todo ello más que una figura, que él perseguía a través de mi relato, y dejaba pasar todas las demás como sombras vulgares, de las que no se preocu­paba.

Cuando hube terminado se tapó un momento la cara con las manos, en el mismo silencio. Yo me volví hacia la ven­tana, como para mirar las flores.

-¿Qué piensa usted, señorito Davy? -me preguntó por fin.

-Creo que vive -respondí.

-No sé; quizá el primer choque ha sido demasiado fuerte, y en la angustia de su alma... ese mar azul de que tanto hablaba; ¡quizá pensaba en él desde hacía tanto tiempo por­que tenía que ser su tumba!

Hablaba en voz baja y conmovida, mientras paseaba por la habitación.

-Y, sin embargo, señorito Davy -añadió-, yo estaba seguro de que vivía; día y noche, al pensarlo, estaba seguro de que la encontraría; esto me ha dado tanta fuerza, tanta confianza, que no creo haberme equivocado. No, no; Emily vive.

Puso con firmeza la mano encima de la mesa, y su rostro tostado tomó una expresión de resolución indecible.

-Mi Emily vive, señorito -dijo en tono enérgico-. Yo no sé de dónde proviene, ni en qué consiste; pero hay algo que me dice que vive.

Parecía casi inspirado al decir esto. Esperé un momento a que estuviera preparado para escucharme; después traté de sugerirle una idea que se me había ocurrido la víspera por la noche.

-Amigo mío -le dije.

-Gracias, señorito, gracias -y estrechó mis manos en­tre las suyas.

-Si viniera a Londres, lo que es probable, pues en nin­guna parte puede estar segura de ocultarse con la facilidad que aquí, en esta gran ciudad... ¿Y qué podrá hacer sino ocultarse a los ojos de todos, de no volver con usted?...

-A casa no volvería -dijo, sacudiendo tristemente la cabeza-. Si se hubiera marchado contenta, puede que hu­biese vuelto; pero así, no.

-Si viniera a Londres, yo creo que hay una persona que tendría más facilidad de encontrarla que cualquier otra. ¿Se acuerda usted?... Escúcheme con firmeza, piense en su gran fin. ¿Se acuerda usted de Martha?

-¿Nuestra paisana?

No necesitaba respuesta; no había más que mirarle.

-¿Sabe usted que está en Londres?

-La he visto por las calles -me contestó estremeciéndose.

-Pero lo que usted no sabe es que Emily estuvo llena de bondad con ella, ayudada por Ham, mucho tiempo antes de que abandonara su casa. Usted tampoco sabe que la no­che en que yo le encontré, y en que estuvimos charlando en aquella habitación, allá abajo, Martha estaba escuchando en la puerta.

-Señorito Davy -respondió con sorpresa-, ¿la noche que nevaba tanto?

-Sí. Luego no he vuelto a verla. Después de dejarle a us­ted traté de buscarla; pero se había marchado. No quería ha­blarle a usted de ella; hoy mismo, si lo hago, es con repug­nancia; pero es que creo que es a ella a quien se debe dirigir usted. ¿Me comprende?

-Comprendo demasiado -respondió. Nos hablábamos en voz baja.

-¿Usted dice que la ha visto? ¿Cree usted que podría volver a encontrarla? Pues yo sólo podría encontrarla por casualidad.

-Creo, señorito Davy, que sé dónde se la puede buscar.

-Es de noche. Puesto que estamos juntos, ¿quiere usted que tratemos de encontrarla?

Consintió en ello y se preparó a acompañarme. Haciendo como que no me fijaba en lo que hacía, vi el cuidado con que arreglaba la pequeña habitación. Preparó una vela y puso cerillas encima de la mesa. Preparó la cama, sacó de un cajón un traje que yo recordaba haberle visto puesto a Emily, lo dobló cuidadosamente, con alguna otra ropa de mujer, unió a ello un sombrero y lo puso todo encima de una silla. Pero no hizo la menor alusión a aquellos preparativos, y yo también guardé silencio. Sin duda hacía mucho tiempo que aquel traje esperaba cada noche a Emily.

-Antes, señorito Davy -me dijo mientras bajaba la es­calera-, yo miraba a esa muchacha, a esa Martha, como el fango de los zapatos de mi Emily. ¡Que Dios me perdone; pero hoy ya no es lo mismo!

Mientras andábamos le hablé de Ham; era un modo de obligarle a charlar, y al mismo tiempo deseaba saber algo de aquel pobre muchacho. Me repitió, casi en los mismos tér­minos que la vez anterior, que Ham era siempre el mismo, que abusaba de su vida sin cuidarse de ella; pero que no se quejaba nunca, y que se hacía querer por todo el mundo.

Le pregunté si sabía las disposiciones de Ham respecto al autor de tanto infortunio. ¿No habría algo que temer por aquel lado?

-¿Qué ocurriría, por ejemplo, si Ham se encontrara por casualidad con Steerforth?

-No lo sé, señorito. He pensado en ello a menudo; pero no sé qué decir.

Yo le recordé la mañana en que habíamos paseado los tres por la playa, al día siguiente de la partida de Emily.

-¿Se acuerda usted -le dije- de la manera como mi­raba el mar y como murmuraba entre dientes: «Ya veremos cómo termina todo esto»?

-Sí, lo recuerdo.

-¿Qué cree usted que quería decir?

-Señorito Davy -me contestó-, me lo he preguntado muchas veces y nunca he encontrado respuesta satisfactoria. Lo más curioso es que, a pesar de toda su dulzura, creo que nunca me atreveré a preguntárselo; nunca me ha dicho la menor palabra fuera del respeto más profundo, y no me pa­rece probable que quiera empezar ahora; pero no es un agua tranquila donde duermen semejantes pensamientos: es un agua muy profunda, y no puedo ver lo que hay en el fondo.

-Tiene usted razón, y eso es lo que me inquieta a veces.

-A mí también, señorito Davy -replicó-, y me preo­cupa todavía más que sus aficiones aventureras. Sin em­bargo, todo proviene del mismo manantial. No puedo decir a qué extremo llegaría en semejante caso; pero quiero creer que esos dos hombres no volverán a encontrarse nunca.

Atravesábamos Temple Bar, en la City. Ya no hablába­mos; andaba a mi lado absorto en un solo pensamiento, en una preocupación constante, que le hubiera hecho encontrar la soledad en medio de la multitud más ruidosa. Estábamos cerca del puente de Blackfriars cuando volvió la cabeza para enseñarme con la mirada a una mujer que iba sola por la otra acera. Enseguida reconocí a la que buscábamos.

Atravesamos la calle, a íbamos a abordarla, cuando se me ocurrió que quizá estaría más dispuesta a dejarnos ver su simpatía por la pobre muchacha si le hablábamos en un sitio más tranquilo y alejado de la multitud. Por lo tanto, aconsejé a mi compañero que la siguiéramos sin hablarle; además, sin darme yo mismo cuenta, deseaba saber adónde iba.

Consintió, y la seguimos de lejos, sin perderla de vista un momento, pero también sin acercarnos demasiado; ella a cada momento miraba a un lado y a otro. Una vez se detuvo para escuchar una banda de música. Nosotros también nos detuvimos.

Continuaba andando, y nosotros siguiéndola. Era evi­dente que se dirigía a un lugar determinado; aquella circuns­tancia, unida al cuidado que ponía en seguir las calles más populosas, y quizá una especie de fascinación extraña que me producía aquella misteriosa persecución, me confirma­ron cada vez más en mi resolución de no abordarla. Por fin entró en una calle sombría y triste; allí no había gente ni ruido. Dije a míster Peggotty:

-Ahora podemos hablarle.

Y apretando el paso la seguimos más de cerca.

 
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