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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 42. Una desgracia
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Comprendo que no debía ser yo quien contara, aunque este manuscrito sólo sea para mí, el ardor con que traté de progre­sar en mi trabajo para corresponder a las esperanzas de Dora y a la confianza de sus tías. Únicamente añadiré a lo que ya he dicho que mi perseverancia en aquella época y la paciente energía que empezaba a formar el fondo de mi carácter son las cualidades a que sobre todo he debido más adelante la feli­cidad del éxito. He tenido mucha suerte en los asuntos de esta vida; muchas personas han trabajado más que yo sin tanto re­sultado; pero creo que nunca hubiera podido hacer lo que he hecho sin las costumbres de puntualidad y orden que empe­zaba a contraer y sobre todo sin la facultad que adquirí de con­centrar toda la atención en un solo objeto, sin preocuparme por lo que tendría que hacer quizá al momento siguiente. ¡Dios sabe que no lo escribo para vanagloriarme! Verdaderamente habría que ser un santo para no sentir, al repasar la vida como lo hago aquí página a página, muchas facultades des­cuidadas y muchas ocasiones favorables desperdiciadas, mu­chos errores y muchas faltas. Es probable que, como cual­quier otro, haya aprovechado mal los dones recibidos. Lo que quiero decir sencillamente es que desde entonces todo lo que he tenido que hacer en este mundo he tratado de hacerlo bien; que me he dedicado por completo a lo que he emprendido, y que tanto en las cosas pequeñas como en las grandes he perse­guido siempre seriamente mi objetivo. No creo que sea po­sible, ni aun a aquellos que tienen familias numerosas, con­seguir el éxito si no unen a su talento natural cualidades sencillas, sólidas, laboriosas, y sobre todo una legítima con­fianza en sí mismos. No hay nada en el mundo como «que­rer». Facultades excepcionales y ocasiones propicias forman, por decirlo así, los dos escalones de la escala que hay que su­bir; pero, ante todo, es necesario que los barrotes sean de una madera dura resistente; nada podrá reemplazar, para conse­guir el éxito, a una voluntad seria y sincera. En lugar de tocar las cosas con la punta del dedo, yo me entregaba en cuerpo y alma, y fuera cual fuera mi obra, nunca intentaba despreciarla. Estas son reglas con las que me ha ido bien.

No quiero repetir aquí todo el reconocimiento que debo a Agnes en la práctica de estos preceptos. Mi relato me arras­tra hacia ella lo mismo que mi reconocimiento y mi amor.

Vino Agnes a hacer al doctor una visita de quince días. Míster Wickfield era un antiguo amigo de aquel hombre ex­celente, que deseaba verle para tratar de hacerle algún bien. Agnes le había hablado de su padre en su última visita a Londres, y aquel viaje era el resultado de su conversación. Agnes acompañaba a míster Wickfield. No me sorprendió saber que había prometido a mistress Heep encontrarle alo­jamiento en las cercanías, pues su reúma exigía, según ella, un cambio de aire, y estaría encantada de encontrarse en tan buena compañía. Tampoco me sorprendió ver al día siguiente a Uriah, que llegaba, como un buen hijo, para insta­lar a su respetable madre.

-¿Ve usted, míster Copperfield? --dijo, imponiéndome su compañía, mientras me paseaba por el jardín del doctor-. Cuando se ama se está siempre un poco celoso, o por lo me­nos se desea poder vigilar al objeto amado.

-¿Y de quién está usted celoso ahora? -le dije.

-Gracias a usted, míster Copperfield -repuso-, de nadie en particular, por lo menos, de ningún hombre.

-¿Entonces será por casualidad de una mujer?

Me lanzó una mirada de soslayo con sus siniestros ojos encarnados y se echó a reír.

-Verdaderamente, señorito Copperfield --dijo-, us­ted... (debía decir míster Copperfield; pero me perdonará esta costumbre inveterada), es usted tan hábil, que me saca todo lo que quiere. Pues bien, no titubeo en decírselo (y puso sobre mí su mano pegajosa): nunca he sido el niño mimado de las mujeres y nunca he gustado a mistress Strong.

Sus ojos se ponían verdes mientras me miraba con su in­fernal astucia.

-¿Qué quiere usted decir? -le pregunté.

-Aunque soy procurador, míster Copperfield -repuso con una risita seca-, por el momento quiero decir exacta­mente lo que digo.

-¿Y qué quiere decir su mirada? --continué con calma.

-Mi mirada; pero, querido Copperfield, ¡qué exigencias! ¿Mi mirada?

-Sí, sí, su mirada.

Pareció encantado, y reía con todas las ganas que podia. Después de rascarse la barbilla repuso lentamente, con los ojos bajos:

-Cuando yo no era más que un empleadillo me despre­ciaba. Siempre quería que Agnes fuera a su casa, y también le quería a usted, míster Copperfield. Pero yo estaba muy por debajo de ella para que se fijara en mí.

-Y bien ---dije-, aunque así fuera.

-Y por debajo de él también -prosiguió Uriah muy cla­ramente y en tono reflexivo, mientras continuaba rascándose la barbilla.

-Debía conocer usted lo bastante al doctor para saber que, con su espíritu distraído, no pensaba en usted más que cuando le tenía delante de los ojos.

Me miró de nuevo de soslayo, alargando su delgado ros­tro para rascarse con más comodidad, y me respondió:

-¡Oh, querido, no me refiero al doctor; pobre hombre! Hablo de mister Maldon.

Se me apretó el corazón. Todas mis dudas, todas mis aprensiones sobre aquel asunto, toda la paz y la felicidad de la vida del doctor, aquella mezcla de inocencia y de compro­miso que no había podido desvelar; vi en un momento que estaba a merced de aquel miserable.

-Nunca entraba en el despacho sin mandarme salir y em­pujarme fuera -continuó Uriah- un lindo caballero. Yo era dulce y humilde como lo soy siempre. Pero eso no im­pide que en aquel tiempo no me gustara aquello, como tam­poco me gusta ahora.

Cesó de rascarse la barbilla y se puso a chuparse las me­jillas de tal modo, que debían tocarse en el interior, mien­tras continuaba mirándome con la misma mirada oblicua y falsa.

-Es lo que se llama una mujer bonita --continuó cuando su rostro recobró la forma natural-, y comprendo que no mire con buenos ojos a un hombre como yo. Por eso estoy seguro de que enseguida hubiera dado a mi Agnes el deseo de aspirar a más; pero si no soy del gusto de las señoras, mis­ter Copperfield, eso no impide que tenga ojos y que vea. En general, nosotros, con nuestra humildad, tenemos ojos y sa­bemos servirnos de ellos.

Traté de goner una expresión despreocupada; pero adivi­naba en su rostro que no le engañaba.

-No quiero dejarme pegar, Copperfield --continuó, frunciendo con expresión diabólica el sitio en que deberían encontrarse sus cejas rojas si las hubiera tenido-, y haré lo posible para poner término a esta amistad. No la apruebo, y no temo confesarle que mi naturaleza no es la de un marido cómodo, y quiero alejar a los intrusos. No tengo ganas de exponerme a que conspiren contra mí.

-Como usted está siempre conspirando, se figura que todo el mundo hace lo mismo -le dije.

-Es posible, míster Copperfield -respondió--; pero yo tengo un objetivo, como solía decir mi asociado, y haré todo lo posible por conseguirlo. Por mucha que sea mi humildad, no me dejo pisar. No quiero que nadie se interponga en mi camino. Y realmente les haré volver la espalda, míster Cop­perfield.

-No le comprendo --dije.

-¿De verdad? -respondió con uno de sus estremeci­mientos habituales-. Me sorprende mucho, míster Copper­field. ¿Usted, de tan rápida comprensión? Otra vez trataré de ser más explícito. Pero ¿no es precisamente míster Mal­don el que llega por allí a caballo? Me parece que llama en la verja.

-Sí; parece que es él -respondí con toda la indiferencia que pude.

Uriah se detuvo bruscamente, metió las manos entre sus rodillas y se dobló en dos a fuerza de reír. Era una risa silen­ciosa; no se le oía. Yo estaba tan indignado por su conducta odiosa, y sobre todo por sus últimas palabras, que le volví la espalda sin más ceremonia, dejándole que riera a su gusto en el jardín, donde parecía un espantapájaros para los go­rriones.

No fue aquella tarde, sino dos días después, un sábado, lo recuerdo muy bien, cuando llevé a Agnes a que viese a Dora. Había arreglado de antemano la visita con miss Lavima y habían invitado a Agnes a que tomara el té.

Estaba al mismo tiempo orgulloso a inquieto; orgulloso de mi querida y pequeña Dora; inquieto por ver si le gustaría a Agnes. Durante todo el camino de Putney (Agnes iba en el ómnibus y yo en la imperial) traté de imaginarme a Dora bajo uno de sus aspectos encantadores que yo conocía tan bien, y tan pronto pensaba que me gustaría encontrarla exac­tamente como en tal momento, como pensaba que quizá se­ría mejor como en tal otro. Tenía fiebre.

De todos modos tenía la seguridad de que estaría muy bo­nita; pero sucedió que nunca me había parecido tan encanta­dora. No estaba en el salón cuando presenté a Agnes a sus dos tías; había huido por timidez. Pero ahora ya sabía dónde había que it a buscarla, y la encontré tapándose los oídos con las manos y la cabeza apoyada contra la misma pared del primer día.

En el primer momento me dijo que no quería ir; después me pidió que le concediera cinco minutos de mi reloj y, por fin, se agarró de mi brazo; su lindo rostro estaba cubierto de un modesto rubor: nunca había estado tan bonita; pero cuando entramos en el salón se puso completamente pálida, lo que la ponía cien veces más bonita todavía.

Dora temía mucho a Agnes, pues decía que era «tan inte­ligente». Pero cuando la vio mirándola con sus ojos a la vez serios y alegres, tan pensativos y tan buenos, lanzó un ligero grito de sorpresa, se lanzó en los brazos de Agnes y apoyó dulcemente su mejilla inocente contra la de aquella.

Nunca había sido tan feliz; nunca había estado tan con­tento como cuando las vi sentarse una al lado de otra. ¡Qué bueno ver a mi querida Dora mirando con afecto los ojos ca­riñosos de Agnes! ¡Qué alegría ver la ternura incomparable con que Agnes la miraba!

Miss Lavinia y miss Clarissa participaban de mi alegría a su manera. Nunca había visto un té tan alegre. Miss Clarissa lo presidía; yo cortaba y hacía circular el pudding, helado, con pasas de Corinto. A las dos hermanas les gustaba, como a los pájaros, picotear los granos y el azúcar. Miss Lavinia nos miraba con benévola protección, como si nuestro amor y nuestra felicidad fueran obra suya, y todos estábamos con­tentos unos de otros.

La dulce serenidad de Agnes había conquistado a todos. Parecía haber venido a completar nuestro feliz círculo. ¡Con qué tranquilo interés se ocupaba de todo lo que interesaba a Dora! ¡Cómo había sabido hacerse enseguida amiga de.lip! ¡Con qué amable alegría bromeaba con Dora, que no se atre­vía a venir a sentarse a mi lado! ¡Con qué gracia modesta y sencilla arrancaba a Dora, encantada, una multitud de pe­queñas confidencias que la hacían enrojecer hasta el blanco de los ojos!

-¡Estoy tan contenta de que me quieras! -dijo Dora cuando terminamos de tomar el té-. No estaba muy segura, y ahora que Julia Mills se ha marchado, todavía necesito más que me quieran.

Recuerdo que había olvidado mencionar el hecho impor­tante de que miss Mills se había embarcado para la India y que Dora y yo habíamos ido a visitarla a bordo del barco en el puerto de Gravesend. Nos habían dado para merendar jen­gibre, guayaba y otras golosinas del mismo género, y había­mos dejado a miss Mills deshecha en lágrimas, sentada a bordo con un grueso cuaderno debajo del brazo, donde se proponía escribir todos los días, y guardar cuidadosamente bajo llave, las reflexiones que le inspirase el espectáculo del océano.

Agnes dijo que temía no haber hecho de ella un retrato demasiado agradable; pero Dora le aseguró enseguida lo contrario.

-¡Oh, no! --dijo sacudiendo sus bucles- Al contrario, sus alabanzas no terminaban y tiene tanto en cuenta tu opi­nión, que yo casi la temía.

-Mi opinión no puede añadir ni quitar nada de su afecto por ciertas personas -dijo Agnes sonriendo.

-¡Oh!, repítemelo enseguida -repuso Dora con su voz más acariciadora.

Nos divertimos mucho viendo que Dora quería a toda costa que la quisieran.

Después, para vengarse, me dijo tonterías, declarando que no me quería nada, y con aquellas chiquilladas la tarde nos pareció muy corta. El ómnibus iba a pasar y había que marcharse. Estaba solo ante el fuego, cuando Dora entró despacito para besarme antes de mi partida, según su cos­tumbre.

-Doady, ¿no crees que si hubiera tenido una amiga así desde hace mucho tiempo -me dijo con los ojos brillantes y su manita jugando con uno de mis botones- qu iza seria más inteligente de lo que soy?

-Querida mía -le dije-, ¡qué locura!

-¿Crees que es una tontería? -repuso Dora sin mi­rarme-. ¿Estás seguro?

-Completamente seguro.

-He olvidado -continuó Dora dando vueltas a mi bo­tón- cuál es tu grado de parentesco con Agnes, ¡malo!

-No es parienta mía; pero nos hemos educado juntos, como hermano y hermana.

-No comprendo cómo has podido enamorarte de mí -dijo Dora dedicándose a otro botón de mi chaqueta.

-¡Quizá porque no es posible verte sin quererte, Dora!

-¿Pero, y si no me hubieras visto nunca? --dijo Dora pa­sando a otro botón.

-¿Y suponiendo que no hubiéramos nacido? -dije ale­gremente.

Me preguntaba en qué pensaría mientras admiraba en si­lencio la mano dulce que pasaba revista sucesivamente a to­dos los botones de mi chaqueta, los bucles ondulantes que caían sobre mi hombro y las largas pestañas que cubrían sus ojos bajos. Por fin los levantó hacia mí, irguiéndose en la punta de los pies para darme, con expresión más pensativa que de costumbre, su precioso besito, una vez, dos, tres; des­pués salió de la habitación.

Todo el mundo volvió cinco minutos después. Dora ha­bía recobrado su alegría habitual. Estaba decidida a hacer ejecutar a Jip todos sus ejercicios antes de la llegada del ómnibus. Aquello fue muy largo, no por la variedad de ejer­cicios, sino por la mala voluntad de Jip, y cuando el coche llegó ante la puerta todavía no habíamos visto más que la mitad. Agnes y Dora se despidieron apresuradamente, pero con mucha ternura, y quedaron en que Dora escribiría a Ag­nes (a condición de que no le parecieran sus cartas dema­siado tontas) y que Agnes le contestaría. A la puerta del co­che se despidieron de nuevo, y todavía otra vez después, cuando Dora, a pesar de miss Lavinia, que la detenía, corrió a la portezuela del coche para recordar a Agnes su promesa y hacer revolotear ante mí una vez más sus encantadores bucles.

El coche nos dejaba cerca de Covent Garden, y desde allí teníamos que tomar otro para llegar a Highgate. Yo esperaba con impaciencia el momento de estar solo con Agnes para saber lo que le había parecido Dora. ¡Oh, qué de elogios me hizo! ¡Con qué ternura y bondad me felicitó por haber con­quistado el corazón dé aquella encantadora criatura, que ha­bía desplegado ante ella toda su gracia inocente! ¡Con qué seriedad me recordó, sin darle importancia, la responsabili­dad que pesaba sobre mí!

Nunca, nunca había querido a Dora tan profunda ni tan sinceramente como aquel día. Cuando nos bajamos del co­che y entramos en el tranquilo sendero que conducía a casa del doctor le dije a Agnes que a ella le debía mi felicidad.

-Cuando estabas sentada a su lado -le dije- me pare­cías también su ángel guardián, igual que el mío, Agnes.

-Un pobre ángel -repuso ella-, pero fiel.

La dulzura de su voz me llegó al corazón y le contesté con naturalidad:

-Me parece que has recobrado toda esa serenidad que sólo es tuya, Agnes, y eso me hace esperar que seáis más di­chosos en tu casa.

-Soy muy dichosa en mi interior, pues tengo el corazón tranquilo y alegre.

Yo miraba su dulce rostro a la luz de las estrellas, ¡y me parecía tan noble!

-En casa todo sigue igual -continuó Agnes después de un momento de silencio.

-Yo no querría aludir de nuevo .... no querría atormen­tarte, Agnes; pero no puedo por menos de preguntarte..., ya sabes de lo que hablamos la última vez que nos vimos.

-No, no hay nada nuevo -me contestó.

-¡He pensado tanto en ello!

-Piensa menos. Recuerda que yo tengo plena confianza en el afecto sencillo y fiel; no temas nada por mí, Trotwood -añadió al cabo de un momento-; no haré nunca lo que temes que haga.

En los momentos de tranquila reflexión nunca lo había te­mido, y, sin embargo, fue para mí un descanso inexplicable recibir la seguridad de aquella boca cándida y sincera. Se lo dije vivamente.

-Ahora ya -le dije- no podemos estar seguros de po­der hablar a solas otra vez. ¿Tardarás mucho en volver a Londres cuando te marches, mi querida Agnes?

-Probablemente sí -respondió-. Creo que para mi pa­dre vale más que permanezcamos en nuestra casa. Así es que no nos veremos a menudo durante mucho tiempo; pero es­cribiré a Dora, y por ella sabré noticias tuyas.

Llegamos al patio de la casa del doctor. Empezaba a ser tarde. En la habitación de mistress Strong brillaba una luz. Agnes me la señaló y me deseó las buenas noches.

-No te preocupes -me dijo al estrecharme la mano­pensando en nuestras inquietudes. Nada me hace tan di­chosa como tu felicidad. Si alguna vez puedes ayudarme, ten la seguridad de que te lo pediré. ¡Que Dios siga bendi­ciéndote!

Su sonrisa era tan tierna y su voz tan alegre, que todavía me parecía ver y oír a su lado a mi pequeña Dora. Permanecí un momento en la puerta con los ojos fijos en las estrellas y el corazón lleno de amor y agradecimiento; después eché a andar lentamente. Había alquilado una habitación cerca de allí a iba a atravesar la verja, cuando, volviendo casualmente la cabeza, vi luz en el despacho del doctor, y me entró el re­mordimiento de que quizá había trabajado en el diccionario sin mi ayuda. Quise saberlo y darle las buenas noches, si es­taba todavía entre sus libros, y atravesando suavemente el vestíbulo entré en su despacho.

La primera persona a quien vi a la débil luz de la lámpara fue a Uriah. Me sorprendió mucho. Estaba de pie al lado de la mesa del doctor, con una de sus manos de esqueleto cu­briéndose la boca. El doctor, sentado en su sillón, tenía la cabeza oculta entre las manos. Míster Wickfield, con expre­sión cruelmente preocupada y afligida, se inclinaba hacia adelante, sin atreverse apenas a tocar el brazo de su amigo.

Por un momento pensé que el doctor se había puesto en­fermo. Me acerqué a él apresuradamente; pero encontrán­dome con la mirada de Uriah, comprendí al momento de lo que se trataba. Quise retirarme; mas el doctor hizo un gesto para detenerme, y me quedé.

-De todos modos -dijo Uriah retorciéndose de un modo horrible- haríamos bien cerrando la puerta: no hay necesidad de que se entere todo el mundo.

Al mismo tiempo se acercó a la puerta de puntillas y la cerró con cuidado. Después volvió al sitio que ocupaba. Ha­bía en su voz y en todos sus movimientos un celo, una com­pasión hipócrita que me resultaban más intolerables que el mayor cinismo.

-Me ha parecido mi deber, míster Copperfield -dijo Uriah-, poner en conocimiento del doctor Strong aquello de que ya hemos hablado usted y yo el día en que usted no acabó de comprenderme por completo.

Le lancé una mirada sin contestarle y me acerqué a mi an­ciano maestro, murmurándole algunas palabras de consuelo y de ánimo. Él puso su mano en mi hombro, como acostum­braba a hacerlo cuando era yo un chiquillo; pero no levantó su cabeza gris.

-Como no me comprendió usted, míster Copperfield -repuso Uriah en el mismo tono oficioso-, me tomaré la libertad de decir humildemente aquí, donde estamos entre amigos, que he llamado la atención del doctor Strong sobre la conducta de mistress Strong. Ha sido muy a pesar mío, se lo aseguro, Copperfield, si me encuentro mezclado en una cosa tan desagradable; pero el caso es que siempre se encuentra uno mezclado en lo que más desearía evitar. He aquí lo que quería decir, caballero, el día en que usted no me comprendió.

No sé cómo pude resistir la tentación de estrangularle.

-Yo no debí explicarme bien ni usted tampoco -conti­nuó-. Naturalmente, no teníamos muchos deseos de exten­dernos sobre semejante asunto. Sin embargo, por fin me he decidido a hablar con claridad y le he dicho al doctor Strong que... ¿Decía usted algo, caballero?

Esto último se dirigía al doctor, que había dejado oír un gemido. Ningún corazón hubiera podido por lo menos con­moverse, excepto el de Uriah.

-Decía al doctor Strong -prosiguió- que todo el mundo podía ver que entre míster Maldon y su encantadora prima había demasiada intimidad. Y en realidad ha llegado el momento (puesto que nos encontramos mezclados en co­sas que no debían ser) de que el doctor Strong sepa lo que estaba ya claro como el día para todo el mundo antes de la partida de míster Maldon para la India: que míster Maldon no ha vuelto por otra cosa, y que por eso mismo se pasa aquí la vida. Cuando usted ha entrado, caballero, rogaba a míster Wickfield, mi asociado, que dijera, bajo su palabra de honor, al doctor Strong si desde hace mucho tiempo no pensaba lo mismo. Míster Wickfield, ¿quiere usted tener la bondad de decírnoslo? ¿Sí o no, caballero? ¡Vamos, asociado!

-¡Por amor de Dios, amigo mío --dijo míster Wickfield poniendo de nuevo su mano indecisa sobre el brazo del doctor-, no dé demasiada importancia a las sospechas que yo haya podido abrigar!

-¡Ah! -exclamó Uriah sacudiendo la cabeza-. ¡Qué triste confirmación a mis palabras! ¡Un amigo tan antiguo! Pero, Copperfield, ¡yo no era todavía más que un empleadi­llo en su despacho cuando ya le veía yo, no una vez, sino veinte, muy disgustado (con razón, en su calidad de padre, y no seré yo quien le critique) al ver a miss Agnes mezclada en cosas que no debían ser!

-Mi querido Strong -dijo míster Wickfield con voz temblorosa-, amigo mío, no necesito decirte que siempre he tenido el defecto de buscar en todo el mundo un móvil domi­nante y de juzgar todos los actos de los hombres con esa me­dida estrecha. Quizá es eso lo que también me ha engañado en estas circunstancias, haciéndome tener dudas temerarias.

-¿Ha tenido usted dudas, Wickfield? ¿Ha tenido usted dudas? ---dijo el doctor sin levantar la cabeza.

-Hable usted, Wickfield --dijo Uriah.

-Sí; las he tenido alguna vez --dijo míster Wickfield-; pero .... ¡que Dios me perdone!, creía que usted también las tenía.

-No, no, no -respondió el doctor en tono patético.

-Creí -continuó Wickfield- que cuando deseaba us­ted enviar a Maldon al extranjero era con objeto de conse­guir una separación deseable.

-No, no, no -respondió el doctor-;era para dar gusto a Annie, buscando un porvenir a su compañero de infancia. Nada más.

-Ya lo he visto después -contestó míster Wickfield- y no podía dudarlo; pero creía .... recuerde usted, se lo repito, que siempre he tenido la desgracia de juzgar desde un punto de vista demasiado estrecho .... creía que en un caso donde había una diferencia tan grande de edad...

-Así es como hay que considerar la cosa, ¿no es verdad, míster Copperfield? -observó Uriah con una hipócrita a in­solente piedad.

-No me parecía imposible que una persona tan joven y tan bella pudiera, a pesar de todo su respeto por usted, ha­berse dejado llevar, al casarse, por consideraciones exclusi­vamente mundanas. No pensaba en otra multitud de razones y sentimientos que podían haberla decidido. ¡Por amor de Dios, no olvide eso!

-¡Qué interpretación caritativa! -exclamó Uriah mo­viendo la cabeza.

-Es que yo sólo lo consideraba desde mi punto de vista -continuó míster Wickfield-. Por todo lo que le es que­rido, amigo mío, le suplico que reflexione por sí mismo; me veo obligado a confesarle que no puedo por menos...

-No; es imposible, míster Wickfield. Una vez que ha lle­gado usted ahí...

-Me veo obligado a confesar -dijo míster Wickfield mi­rando a su asociado con expresión lastimosa y desolada- que he dudado de ella, que he creído que faltaba a sus deberes con usted, y si es necesario decirlo todo, a veces me ha preocu­pado mucho la idea de que Agnes le tenía cariño al ver lo que veía, o al menos lo que creía ver mi imaginación. Nunca se lo he dicho a nadie. Me hubiera guardado muy bien de insinuar siquiera la idea. Y por terrible que le resulte a usted oírlo -ter­minó míster Wickfield, vencido por la emoción-, si supiera lo que me duele decírselo tendría lástima de mí.

El doctor, en su gran bondad, te tendió la mano. Míster Wickfield la retuvo un momento entre las suyas y bajó tris­temente la cabeza.

-Lo que es seguro -dijo Uriah, que durante aquel tiempo se retorcía en silencio como una anguila- es que para todo el mundo es un asunto muy penoso. Pero puesto que hemos llegado tan lejos, me tomaré la libertad de hacer observar que Copperfield también se había percatado.

Me volví hacia él preguntándole cómo se atrevía a mez­clarme en ello.

-¡Oh!; es muy suyo, Copperfield; reconocemos toda su bondad; pero usted sabe que la otra tarde, cuando le he ha­blado de ello, me ha comprendido enseguida. Lo sabe usted, Copperfield, no lo niegue. Si lo niega usted, es con las mejo­res intenciones del mundo; pero no lo niegue; Copperfield.

Vi detenerse un momento en mi rostro la duke mirada del buen anciano y me di cuenta de que leería muy claramente en mis ojos la confesión de mis sospechas y de mis dudas. Era inútil decir lo contrario; no podia hacer nada, no podia contradecirme a mí mismo.

Todo el mundo se había callado. El doctor recorrió dos o tres veces la habitación; después se acercó al sitio donde es­taba su butaca, y apoyándose en el respaldo y enjugándose de vez en cuando las lágrimas, nos dijo, con una rectitud y sencillez que le hacían mucho más honor que si hubiera tra­tado de ocultar su emoción:

-Tengo mucho que reprocharme. Creo sinceramente que tengo mucho que reprocharme. He expuesto a la persona que más quiero a dificultades y sospechas de que sin mí no hu­biera sido nunca objeto.

Uriah Heep dejó oír una especie de relincho. Supongo que era para expresar su simpatía.

-Sin mí nunca hubiera estado mi Annie expuesta a se­mejantes sospechas. Soy viejo, caballeros, lo saben ustedes, y esta noche siento que ya no tengo lazos que me aten a la vida. Pero por mi vida respondo, sí, por mi vida, de la felici­dad y del honor de la querida mujer que ha sido el objeto de esta conversación.

No creo que entre los más nobles caballeros ni entre los tipos más bellos y románticos inventados por la imaginación de los pintores pudiera encontrarse un anciano capaz de ha­blar con una dignidad más conmovedova que el buen doctor.

-Pero -continuo- si antes he podido hacerme ilusio­nes sobre ello, ahora no puedo disimular que yo soy el único culpable de que haya caído Annie en los peligros de un ma­trimonio imprudente y funesto. No tengo la costumbre de observar lo que pasa a mi alrededor, y me veo obligado a creer que las observaciones de personas distintas en edad y posición, cuando todas han creído ver lo mismo, valen, na­turalmente, más que mi ciega confianza.

Yo había admirado a menudo, ya lo he dicho, el cariño con que trataba a su joven esposa; pero a mis ojos nada podia ser más conmovedor que la ternura respetuosa con que hablaba de eila en aquellas circunstancias, la noble seguridad con que arrojaba lejos de sí la más ligera duda sobre su fidelidad.

-Me he casado con esa mujer -continuó el doctor­ cuando casi era una niña, antes de que su carácter estuviera formado siquiera. Yo había contribuido a su educación. Co­nocía mucho a su padre y también a ella. Le había enseñado todo lo posible, por cariño a sus grandes dotes. Si la he he­cho daño, como creo, abusando sin darme cuenta de su agra­decimiento y de su afecto, le pido que me perdone desde el tondo de mi corazón.

Recorrió de nuevo la habitación y después volvió al mismo lugar; su mano temblorosa oprimía el sillón; su voz vibraba con una emoción contenida.

-Me consideraba respecto a ella como un refugio contra los peligros de la vida; me figuraba que a pesar de la desigual­dad de nuestras edades podría vivir tranquila y dichosa a mi lado. Pero no crean que he dejado de pensar en que un día la dejaría fibre, todavía bella y joven. únicamente esperaba que para entonces la dejaría con un criterio más formado para ha­cer su elección. Sí, señores, esta es la verdad, ¡por mi honor!

Su honrado rostro se animaba y rejuvenecía bajo la inspi­ración de tanta nobleza y generosidad. Había en cada una de sus palabras una fuerza y una grandeza que sólo la altura de aquellos sentimientos podía dar.

-Mi vida con ella ha sido muy dichosa. Hasta esta tarde, había bendecido constantemente el día en que había cometido con ella, sin darme cuenta, una injusticia tan grande.

So voz temblaba cada vez más. Se detuvo un momento, y después prosiguió:

-Una vez despierto de mi sueño (he sido siempre un po­bre soñador, de una manera o de otra, toda mi vida), com­prendo que quizá sea natural que piense con sentimiento en su antiguo amigo, en su camarada de la infancia. Quizá sea demasiado verdad que piensa en él con algo de tristeza, que piensa en lo que hubiera podido ser si yo nó me hubiera in­terpuesto. Durante esta hora dolorosa que acabo de pasar con ustedes he recordado y comprendido muchas cosas en las que no me había fijado antes. Pero, caballeros, recuerden que ni una palabra ni un soplo de duda debe manchar el nombre de esta mujen

Por un instante su mirada se encendió y su voz se ase­guró. Después se calló de nuevo, y por último prosiguió:

-Sólo me queda soportar con la mayor resignación que pueda el sentimiento de desgracia de que soy culpable. Ella es quien debía acusarme, y no yo a ella. Mi deber ahora es protegerla contra todo juicio temerario, juicio cruel del que ni mis amigos han estado libres. Cuanto más lejos vivamos del mundo más fácil me resultará esto. Y cuando llegue el día (que Dios, con su gran misericordia, hará que no tarde demasiado) en que la muerte la deje libre, cerraré los ojos después de haber contemplado su querido rostro con una confianza y un amor sin límites. Entonces la dejaré sin tris­teza libre para que viva más dichosa.

Las lágrimas me impedían verle; tanta bondad, tanta sen­cillez y fortaleza me conmovían hasta el fondo del corazón. Se dirigía hacia la puerta cuando añadió:

-Caballeros, les he enseñado mi corazón. Estoy seguro de que lo respetarán. Lo que hemos hablado esta noche no debe repetirse nunca. Wickfield, amigo mío, dame el brazo para subir.

Míster Wickfield acudió presuroso, y salieron lentamente sin cambiar una sola palabra. Uriah los seguía con los ojos.

-Y bien, míster Copperfield -dijo volviéndose hacia mí con benevolencia-. La cosa no ha resultado del todo como yo esperaba, pues el viejo sabio (¡qué hombre tan ex­celente!) es más ciego que un murciélago; pero, lo mismo da: a esta familia ya la he echado fuera del carro.

El sonido de su voz me hizo sentir tal acceso de rabia, que nunca lo he tenido igual antes ni después.

-¡Miserable! -exclamé- ¿Por qué pretende usted mezclarme en sus intrigas? ¿Cómo se ha atrevido hace un momento a acudir a mi testimonio? ¡Vil embustero! ¡Como si hubiéramos discutido juntos semejante cuestión!

Estábamos uno frente a otro. Leía claramente en su rostro su secreto triunfo; sabía que me había obligado a oírle úni­camente para desesperarme y que me había tendido expresa­mente un lazo. Era ya demasiado. Su flaca mejilla estaba a mi alcance, y le di tal bofetada, que mis dedos se estreme­cieron como si los hubiera metido en el fuego.

Él cogió la mano que le había golpeado, y permanecimos mucho rato mirándonos en silencio, lo bastante para que las huellas blancas que mis dedos habían impreso en su mejilla se transformaran en rojo violeta.

-Copperfield --dijo, por fin, con voz ahogada-, ¿se ha vuelto usted loco?

-¡Déjeme en paz! -dije arrancando mi mano de la suya- Déjeme en paz, perro; no le conozco.

-Verdaderamente -dijo poniéndose la mano sobre la mejilla dolorida-, por mucho que haga usted no podría por menos de reconocerme. ¿Sabe que es usted muy in­grato?

-Le he demostrado ya muchas veces todo lo que le despre­cio, y acabo de probárselo más claramente que nunca. ¿Por qué temer tratarle como se merece por miedo a que perjudique a los que le rodean? ¿No les hace ya todo el daño que puede?

Comprendió perfectamente esta alusión a los motivos que hasta entonces me habían obligado a moderarme. Pero creo que no hubiera llegado a hablarle así ni a castigarle con mi propia mano si no hubiera recibido aquella misma noche la seguridad de Agnes de que nunca sería suya.

Hubo de nuevo un largo silencio. Mientras me miraba, sus ojos parecían tomar los matices más repugnantes.

-Copperfield -me dijo separando la mano de su meji­lla-,siempre me ha hecho usted la contra. Sé que en casa de míster Wickfield siempre estaba usted en contra mía.,

-Puede usted creer lo que le parezca -le dije con có­lera-. Si no es verdad, peor para usted.

-Y, sin embargo, yo siempre le he querido, Copperfield -añadió.

No me digné a responderle y cogí mi sombrero para salir de la habitación; pero él vino a interponerse ante la puerta.

-Copperfield -me dijo-, para querellarse hay que ser dos, y yo no quiero ser uno de -ellos.

-¡Váyase al diablo!

-¡No diga eso! -contestó-. ¡Después lo sentirá! ¿Cómo puede ponerse tan por debajo de mí demostrándome un carác­ter tan malo? Pero le perdono.

-¡Me perdona! -repetí con desdén.

-Sí, y no puede usted impedírmelo -respondió Uriah-. ¡Cuando pienso que me ha atacado usted a mí, que siempre he sido para usted un amigo verdadero! Pero cuando uno no quiere dos no regañan, y yo no quiero. Quiero ser su amigo a pesar suyo. Ahora ya sabe usted mis sentimientos y lo que debe esperar de ellos.

Estábamos obligados a bajar la voz para no turbar el si­lencio de la casa a aquella hora avanzada, y su voz era humilde; pero la mía no, y la necesidad de contenerme no me ayuda nada a mejorar de humor; sin embargo, mi cólera em­pezaba a calmarse. Le dije sencillamente que esperaba de él lo que había esperado siempre y que nunca me había enga­ñado. Después abrí la puerta por encima de su hombro, como si hubiera querido aplastarlo contra la pared, y salí de la casa. Pero él también dormía fuera, en las habitaciones de su madre, y no había dado cien pasos cuando le oí andar de­trás de mí.

-Sabe usted muy bien, Copperfield -me dijo inclinán­dose hacia mí, pues yo ni siquiera volví la cabeza-, sabe usted muy bien que se ha puesto en mala situación.

Era verdad, y eso me irritaba todavía más.

-Por mucho que haga, nunca será una acción honrosa, y usted no me puede impedir que le perdone. No pienso hablar de ello a mi madre ni a nadie en el mundo. Estoy decidido a perdonarle; pero me sorprende que haya podido levantar us­ted la mano contra una persona a quien sabe tan humilde.

Me parecía que yo era casi tan despreciable como él. Me co­nocía mejor que yo mismo. Si se hubiera quejado amargamente o si hubiera tratado de exasperarme, me hubiera tranquilizado y justificado a mis propios ojos; pero me quemaba a fuego lento, y estuve así en el asador más de la mitad de la noche.

Al día siguiente, cuando salí, la campana llamaba a la iglesia; Uriah se paseaba de arriba abajo con su madre. Me habló como si no hubiera sucedido nada, y no tuve más re­medio que contestarle. Le había pegado tan fuerte que, se­gún creo, tenía un buen dolor de muelas. El caso es que lle­vaba el rostro envuelto en un pañuelo de seda negra y el sombrero encaramado encima, lo que no le embellecía mu­cho que digamos. Al día siguiente por la mañana supe que había tenido que it a Londres a sacarse una muela. Espero que fuese una de las mayores.

El doctor nos había mandado decir que no se encontraba bien, y permaneció solo durante la mayor parte del tiempo que duró nuestra estancia. Hacía ya una semana que habían partido Agnes y su padre cuando reanudamos nuestro tra­bajo de costumbre. La víspera del día en que volvimos a po­nernos manos a la obra, el doctor me entregó él mismo una cartita sin cerrar, donde me suplicaba, en los términos más afectuosos, que nunca hiciera la menor alusión a la conver­sación que había tenido lugar unos días antes. Yo se lo había contado a mi tía, pero a nadie más. Era una cuestión que no podía discutir con Agnes; y ella seguramente no tenía ni la más ligera sospecha de lo que había sucedido.

Mistress Strong tampoco sospechaba nada, estoy conven­cido. Muchas semanas transcurrieron antes de que yo viera en ella el menor cambio. Fue viniendo lentamente, como una nube cuando no hace viento. En primer lugar pareció sorprenderse de la tierna compasión con que el doctor le ha­blaba y del deseo que expresó de que viniera su madre a acompañarla, para romper así un poco la monotonía de su vida. A menudo, cuando estábamos trabajando y ella se sen­taba a nuestro lado, la veía detener su mirada en el doctor con aquella expresión inolvidable. Y algunas veces la veía levantarse y salir de la habitación con los ojos llenos de lá­grimas. Poco a poco una sombra de tristeza se extendió so­bre su bello rostro, y aquella tristeza aumentaba cada día. Mistress Markleham se había instalado en casa; pero ha­blaba tanto, que no tenía tiempo de observar nada.

A medida que Annie cambiaba (ella, que era antes como un rayo de sol en casa del doctor) el doctor parecía cada vez más viejo y más grave; pero la dulzura de su carácter, la tranquila bondad de sus modales y su cariñosa solicitud con ella habían aumentado, si es que era posible. Una vez, la ma­ñana del día de cumpleaños de su mujer, acercándose a la ventana donde ella estaba sentada mientras trabajábamos (an­tes tenía siempre la costumbre de ponerse allí; pero ahora, cuando lo hacía, era con una timidez a indecisión que me apretaba el corazón), cogió la cabeza de Annie con las dos manos, la besó y se alejó rápidamente para ocultar su emo­ción. La vi quedarse inmóvil como una estatua en el sitio en que la había dejado; después, cruzando las manos, bajó la cabeza y se puso a llorar con angustia.

Algunos días más tarde me parecía que deseaba hablarme en los momentos en que estábamos solos; pero nunca me dijo una palabra. El doctor inventaba siempre alguna nueva diversión para alejarla de casa, y su madre, a quien le gus­taba mucho divertirse, mejor dicho, era lo único que le gustaba en el mundo, se unía a él de todo corazón y no esca­timaba los elogios a su yerno. En cuanto a Annie, se dejaba llevar donde querían, con expresión triste y abatida; pero no parecía disfrutar con nada.

Yo no sabía qué pensar. Mi tía, tampoco, y estoy seguro de que aquella incertidumbre la hizo andar más de treinta le­guas en su habitación. Lo más extraño es que la única per­sona a quien parecía tranquilizar un poco aquella pena inte­rior y misteriosa era míster Dick.

Me hubiera sido completamente imposible, y quizá tam­bién a él mismo, el explicar lo que pensaba de todo aquello; pero, como ya he dicho al contar mi vida de colegial, su ve­neración por el doctor no tenía límites; y hay en un afecto verdadero, aunque sea por parte de un animal, un instinto sublime y delicado que supera a la inteligencia más elevada. Míster Dick tenía lo que podríamos llamar inteligencia del corazón, y con ella percibía algunos rayos de la verdad.

Había recobrado la costumbre, en sus horas de descanso, de recorrer el jardincillo con el doctor, lo mismo que años antes recorría con él la larga avenida del jardín de Canter­bury. Pero cuando las cosas llegaron a aquel estado, no sólo dedicó sus horas de descanso completas a los paseos, sino que hasta las aumentó levantándose más temprano. Antes nunca se consideraba tan dichoso como cuando el doctor le leía su maravillosa obra, el diccionario; ahora era verdadera­mente desgraciado hasta que el doctor no lo sacaba de su bolsillo para reanudar la lectura. Mientras el doctor y yo tra­bajábamos había tomado la costumbre de pasearse con mis­tress Strong, le ayudaba a cuidar sus flores predilectas y a limpiar sus macizos. Estoy seguro de que no cruzaban más de doce palabras por hora; pero su sereno interés, su afec­tuosa mirada, encontraban un eco dispuesto en los dos cora­zones; cada uno de ellos sabía que el otro quería a míster Dick y que él los quería a los dos; y así llegó a ser lo que na­die podia ser...: un motivo de unión entre ellos.

Cuando lo recuerdo y lo veo con su rostro inteligente, pero impenetrable, arriba y abajo al lado del doctor, radiante, oyendo las palabras incomprensibles del diccionario, o lle­vándole a Annie inmensas regaderas, o a cuatro patas y con guantes fabulosos para limpiar, con una paciencia de ángel, las plantitas microscópicas, haciendo comprender delicada­mente a mistress Strong con cada uno de sus actos el deseo de serie agradable, con una bondad que ningún filósofo hu­biera podido igualar; haciendo salir por cada agujerito de su regadera su simpatía, su fidelidad y su afecto; cuando pienso que en aquellos momentos su alma estaba entregada a la pena de sus amigos y no se extraviaba en sus antiguas locu­ras, y que no introdujo ni una sola vez en el jardín al desgra­ciado rey Carlos; que no desfalleció un momento en su buena voluntad agradecida; que no olvidaba ni un momento que allí debía de haber un equívoco que reparar, me siento casi avergonzado de haber podido creer que no tenía siem­pre toda la razón, sobre todo si pienso en el use que yo hacía de la mía, yo, que presumo de no haberla perdido.

-¡Nadie más que yo sabe lo que vale este hombre, Trot! -me decía con orgullo mi tía cuando hablábamos de él-. ¡Dick se distinguirá algún día!

Es necesario que antes de terminar este capítulo pase a otro asunto. Mientras el doctor tenía todavía a sus huéspe­des en su casa, pude observar que el cartero traía todos los días dos o tres cartas a Uriah Heep, que permaneció en Highgate tanto tiempo como los demás, bajo pretexto de que era época de vacaciones; cartas de negocios firmadas por mister Micawber, que había adoptado la redondilla para los negocios. Y yo había deducido con gusto, por aquellos indicios, que a míster Micawber le iba bien; por lo tanto, me sorprendió mucho recibir un día la carta siguiente, de su amable esposa:

«Canterbury, lunes por la noche.

Le sorprenderá mucho, mi querido Copperfield, re­cibir esta carta. Quizá le sorprenda todavía más su contenido, y quizá más todavía la súplica de secreto absoluto que le dirijo; pero, en mi doble calidad de es­posa y madre, tengo necesidad de desahogar mi cora­zón, y como no quiero consultar a mi familia (siempre poco favorable a míster Micawber), no conozco a na­die a quien poder dirigirme con mayor confianza que a mi amigo y antiguo huésped.

Quizá sepa usted, mi querido míster Copperfield, que había existido siempre una completa confianza entre míster Micawber y yo (a quien no abandonaré jamás). No digo que mister Micawber no haya fir­mado a veces una letra sin consultarme ni me haya en­gañado sobre la fecha de su cumplimiento. Es posi­ble; pero, en general, míster Micawber no ha tenido nada oculto para el jirón de su afecto (hablo de su mu­jer), y siempre a la hora de nuestro reposo ha recapi­tulado ante ella los sucesos de la jornada.

Puede usted figurarse, mi querido míster Copper­field, toda la amargura de mi corazón cuando le diga que mister Micawber ha cambiado por completo. Se hace el reservado, el discreto. Su vida es un misterio para la compañera de sus alegrías y de sus penas (es también a su mujer a quien me refiero), y puedo asegurarle que estoy tan poco al corriente de lo que hace durante el día en su oficina como de la existencia de ese hombre milagroso del que se cuenta a los niños que vivía de chupar las paredes. Es más, de ese se sabe que es una fábula popular, mientras que lo que yo cuento de míster Micawber es demasiado verdad, desgraciadamente.

Y no es eso todo: míster Micawber está triste, se­vero; vive alejado de nuestro hijo mayor, de nuestra hija; ya no habla con orgullo de los mellizos, y hasta lanza una mirada glacial sobre el inocente extraño que ha venido últimamente a aumentar el círculo de fami­lia. Sólo obtengo de él, a costa de las mayores dificul­tades, los recursos pecuniarios indispensables para mis gastos, muy reducidos, se lo aseguro; sin cesar me amenaza con hacerse despedir (es su expresión) y rechaza con barbarie el darme la menor explicación de una conducta que me desespera.

Es muy duro de soportar; mi corazón se rompe. Si usted quisiera darme su opinión añadiría un agradeci­miento más a todos los que ya le debo. Usted conoce mis débiles recursos; dígame cómo puedo emplearlos en una situación tan equívoca. Mis niños me encargan mil ternuras; el pequeño extraño, que tiene la felici­dad, ¡ay!, de ignorarlo todavía todo, le sonríe, y yo, mi querido míster Copperfield, soy

Su afligida amiga,

EMMA MICAWBER.»

Yo no me creía con derecho para dar a una mujer tan llena de experiencia como mistress Micawber otro consejo que el de tratar de reconquistar la confianza de mister Mi­cawber a fuerza de paciencia y de bondad (estoy seguro que no dejaría de hacerlo); sin embargo, aquella carta me dio que pensar.

 
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