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David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 41. Las tías de Dora
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Por fin recibí contestación de las dos ancianas. Saludaban a míster Copperfield y le informaban de haber leído con la mayor atención su carta, «teniendo en cuenta el interés de ambas partes». Aquella frase me alarmó bastante, no sólo porque sabía que la habían empleado en la ocasión del dis­gusto de familia antes mencionado, sino porque siempre he observado que las frases convencionales son una especie de fuegos de artificio, de los que al empezar no se puede prever la variedad de formas ni de colores que los hacen cambiar en absoluto de su forma primitiva. Mistres Spenlow añadían que era difícil dar por escrito una opinión sobre el asunto de que trataba míster Copperfield; pero que si míster Copper­field les hacía el honor de visitarlas en un día que señalaban de antemano, acompañado, si le parecía bien, de un amigo de confianza, tendrían mucho gusto en discutir con él el asunto.

Ante semejante favor, míster Copperfield contestó inme­diatamente a misses Spenlow que las saludaba respetuosa­mente y que tendría el honor de visitarlas el día designado, en compañía, como le indicaban, de su amigo míster Thomas Traddles, del Templo Inner. Una vez enviada aquella carta, míster Copperfield cayó en un estado de agitación nerviosa que duró hasta el día indicado.

Lo que aumentaba mucho mi inquietud era no poder, en una crisis tan importante, recurrir a los inestimables servi­cios de miss Mills. Pero míster Mills, que se dedicaba a lle­varme la contraria (al menos a mí me lo parecía, lo que es lo mismo), míster Mills, repito, había decidido marcharse a la India. Y díganme ustedes: ¿para qué se iba a la India si no era para fastidiarme? Claro que podrán contestarme: ¿Y por qué no a la India mejor que a otra parte cualquiera, sobre todo si se tiene en cuenta que la India le podia interesar más porque comerciaba con ella? Yo no estaba muy enterado de sobre qué comerciaba; pero tengo idea de que se trataba de chales de tisú de oro y colmillos de elefante. Había estado en Calcuta en su juventud, y quería volver allí a establecerse como asociado residente. Pero todo aquello me era indife­rente; lo importante era que al partir se llevaba a Julia y que Julia se había tenido que it al campo a despedirse de su fa­milia; su casa estaba en venta o en alquiler, y el mobiliario (con lixiviadora y todo) se subastaba. Era, por lo tanto, un nuevo terremoto bajo mis pies antes de que estuviera re­puesto del anterior.

Me preocupaba mucho el pensar cómo me vestiría el día solemne; pues por un lado quería ir lo mejor posible y por otro temía que cualquier detalle de mi ropa pudiera perjudi­car mi reputación de seriedad a los ojos de misses Spenlow. Intenté un feliz término medio, que mi tía aprobó, y mister Dick, para asegurar el éxito de nuestra empresa, arrojó un zapato tras de nosotros mientras bajábamos la escalera.

A pesar del cariño y el afecto que sentía por Traddles no pude por menos desear en aquella ocasión tan delicada que nunca hubiera tenido la costumbre de peinarse con cepillo, pues sus cabellos tiesos le daban una expresión como asustada; hasta podría decir que parecía una escoba de crin, y mis aprensiones me hacían temer que aquello nos fuera fatal.

En el camino me tomé la libertad de decírselo y de insi­nuarle que tratara de aplastárselos un poco...

-Me querido Copperfield --dijo Traddles quitándose el sombrero y alisándose los cabellos en todas las direccio­nes-, nada podría serme más agradable; pero no quieren.

-¿No quieren quedarse aplastados?

-No -dijo Traddles-, nada puede convencerlos. Aun­que me pusiera encima de la cabeza un peso de cincuenta li­bras y fuera con él hasta Putney no lo conseguiría: volverían a ponerse de puma en cuanto quitase- el peso. No puedes ha­certe idea de su terquedad, Copperfield. Parezco un puerco­espín constantemente encolerizado.

Debo confesar que me quedé un poco desconcertado, aun­que al mismo tiempo me encantaba su sencillez. Le dije todo lo que estimaba su buen carácter y que pensaba que toda la terquedad se le había ido a los cabellos y que por eso a él no te quedaba ni rastro.

-¡Oh! -repuso Traddles riéndose-. Es ya antigua la historia de mis desgraciados cabellos. La mujer de mi tío no los podia resistir; decía que la exasperaban. Y también me han perjudicado mucho al principio, cuando me enamoré de Sofia. ¡Oh, sí, mucho!

-¿No le gustaban tus cabellos?

-A ella sí -repuso Traddles-; pero su hermana mayor (la que es una belleza) no los podia tomar en serio. ¡Y todas las hermanas se han reído con ganas de ellos!

-¡Qué agradable!

-¡Oh, sí! -repuso Traddles con perfecta inocencia-. Es una diversión para nosotros. Dicen que Sofia tiene un mechón de mis cabellos en su cajón, y que para tenerlos aplastados se ve obligada a meterlos en un libro con bro­ches. ¡Nos reímos mucho, ya lo creo!

-A propósito, mi querido Traddles, tu experiencia podrá serme muy útil. Cuando te comprometiste con la muchacha de que me hablas, ¿tuviste que hacer a la familia una propo­sición formal? Por ejemplo: ¿has tenido que cumplir la cere­monia por que vamos a pasar hoy nosotros? -añadí nervio­samente.

-¿Sabes? --dijo Traddles poniéndose serio-. Mi caso ha sido muy complicado, Copperfield, y que me ha hecho sufrir mucho. Sofía es tan útil en su casa, que no podían ha­cerse a la idea de que se casara. Hasta habían decidido entre ellos que no se casaría nunca, y la llamaban siempre la «sol­terona». Así es que cuando empecé a hablar a mistress Crew­ler, con todas las precauciones imaginables...

-¿La mamá?

-Sí. El padre es el reverendo Horace Crewler, de quien ya te he hablado. Cuando empecé a hablar a mistress Crew­ler, a pesar de todas mis precauciones para prepararla, lanzó un grito y se desvaneció. Tuve que esperar meses antes de poder abordar el mismo asunto.

-¿Pero por fin lo hiciste?

-Fue el reverendo Horace quien lo hizo --dijo Tradd­les-, que es el hombre más excelente y ejemplar en todos sentidos. Le hizo ver que, como cristiana, debía aceptar aquel sacrificio, tanto más porque no lo era, y desechar todo sentimiento contrario a la caridad conmigo. Yo, te doy mi palabra de honor, Copperfield, me daba horror a mí mismo; me parecía un pájaro de presa que había caído sobre aquella familia.

-¿Espero que las hermanas estuvieran a tu favor, Tradd­les?

-No del todo, pues cuando mistress Crewler ya se había hecho un poco a la idea tuvimos que anunciárselo a Sarah. ¿Recuerdas lo que te he dicho de Sarah? Es la que tiene algo en la espina dorsal.

-¡Ah, sí, perfectamente!

-Pues Sarah cruzó las manos, mirándome con angustia; después cerró los ojos y se puso verde; su cuerpo estaba tieso como un palo, y durante dos días no pudo comer más que agua con pan, a cucharaditas.

-¿Debe de ser una chica insoportable, Traddles?

-Perdona, Copperfield; pero es una chica encantadora. ¡únicamente tiene tanta sensibilidad! Todas son lo mismo. Sofía me dijo después que no podía figurarme los remordi­mientos que tenía, mientras cuidaba a Sarah. Y estoy seguro de que debió de sufrir mucho, Copperfield; lo juzgo por mí, pues yo me consideraba como un verdadero criminal. Cuando Sarah se restableció hubo que anunciárselo a las otras ocho, y en todas se produjo el efecto más conmovedor. Las dos pequeñas, a quienes Sofía educa, empiezan ahora a no odiarme tanto.

-¿Pero habrán terminado por hacerse a la idea?

-Sí..., sí; al menos creo que están resignadas -dijo Traddles en tono de duda---. A decir verdad, evitamos hablar de ello, y lo que las consuela mucho es la incertidumbre de mi porvenir y mis escasos medios. Pero si nos casamos será una escena deplorable y más parecerá un funeral que una boda; además me odiarán a muerte por habérsela arrebatado.

Su rostro tenía una expresión ingenua, seria y cómica a la vez, cuyo recuerdo quizá me impresiona ahora más que en­tonces, pues estaba en un estado tal de ansiedad a inquietud, que era incapaz de fijarme en nada. A medida que nos acer­cábamos a la casa de misses Spenlow me sentía más intran­quilo respecto a mi aspecto externo y a mi presencia de ánimo; tanto es así, que Traddles me propuso, para ani­marme, beber algo que me repusiera un poco: un vaso de cerveza, por ejemplo. Me condujo a un café cercano, y al sa­lir de allí me dirigí con paso tembloroso hacia la puerta de aquellas mujeres.

Tuve como una vaga sensación de que habíamos llegado cuando vi a una doncella que nos abría la puerta. Me pareció que entraba tambaleándome en un vestíbulo donde había un barómetro y que daba a un saloncito en el primer piso. El sa­lón se abría sobre un bonito y pequeño jardín. Después creo que me senté en un diván, que Traddles se quitó el sombrero, y que sus cabellos se enderezaron, haciéndole parecer una de esas figuritas con sorpresa que salen de una caja cuando se levanta la tapa. Creo haber oído el tic tac de un viejo reloj rococó que adornaba la chimenea, y traté de poner mi cora­zón al unísono; pero ¡latía demasiado! Creo que buscaba con los ojos algo que me recordase a Dora; pero no vi nada. Creo también que oí ladrar a Jip a lo lejos, y que al momento aho­garon sus ladridos, y, en fin, estuve a punto de lanzar a Traddles a la chimenea al hacer una reverencia, muy con­fuso, a dos diminutas señoras vestidas de negro que parecían dos miniaturas del difunto míster Spenlow.

-Siéntese, se lo ruego -dijo una de las dos señoras.

Cuando dejé de empujar a Traddles y conseguí sentarme, por fin, en una silla (primero me había sentado encima de un gato), recobré el suficiente aplomo para darme cuenta de que mister Spenlow debía de ser seguramente el más joven de la familia: debía de haber seis a ocho años de diferencia entre las dos hermanas. La más joven parecía ser la que lle­vaba la voz cantante, pues tenía mi carta en la mano (con qué temor la reconocí) y la consultaba de vez en cuando con sus lentes. Las dos hermanas iban vestidas igual; pero la más joven llevaba algo que le daba un aire más coquetón; no sé si alguna puntilla más en el cuello, o un broche, o un braza­lete, pero algo así, que le daba un aspecto más juvenil. Las dos eran tiesas, tranquilas y acompasadas. La que no tenía mi carta llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, como un ídolo.

-¿Mister Copperfield, supongo? -dijo la que tenía mi carta en la mano dirigiéndose a Traddles.

Era un modo de empezar terrible. ¡Traddles teniendo que explicar que mister Copperfield era yo, y yo teniendo que reclamar mi personalidad, mientras ellas a su vez se veían obligadas a deshacerse de la opinión preconcebida de que Traddles era míster Copperfield! ¡Una situación deliciosa! Además oírnos claramente los ladridos de Jip y que de nuevo le hacían callar.

-¡Mister Copperfield! -dijo la hermana que tenía la carta.

No sé lo que hice; probablemente saludé; después presté la atención más sostenida a lo que me dijo la otra hermana.

-Como mi hermana Lavinia es más competente que yo en semejantes materias, ella le dirá lo que nos parece más oportuno, teniendo en cuenta el interés de ambas partes.

Más adelante supe que miss Lavinia era una autoridad en los asuntos del corazón porque hacía mucho tiempo había existido un tal míster Pidger que jugaba al whist y que, se­gún creían, había estado enamorado de ella. Mi opinión es que aquello era una suposición completamente gratuita y que mister Pidger había sido inocente de semejante senti­miento; el caso es que nunca lo había demostrado. Pero miss Lavinia y miss Clarissa creían como artículo de fe que le hu­biera declarado su pasión si la muerte no se le hubiera lle­vado en la flor de la edad (a los sesenta años), a consecuen­cia del abuso del alcohol, corregido con poca oportunidad con el abuso de las aguas de Bath. Y hasta sospechaban las dos hermanas que su secreto amor era la causa de su muerte. Debo decir que en el retrato que conservaban de él tenía una nariz roja que no hubiera hecho sospechar semejante cosa.

-No haremos historia del pasado -dijo miss Lavinia-; la muerte de nuestro pobre hermano Francis lo ha borrado todo.

-No nos tratábamos mucho con nuestro hermano -dijo miss Clarissa-; pero no había ninguna querella entre noso­tros; Francis seguía su camino y nosotras el nuestro, porque nos pareció que era lo mejor que se podía hacer en interés de ambas partes, y era verdad.

Las dos hermanas se inclinaban del mismo modo hacia adelante para hablar; después sacudían la cabeza y se er­guían cuando habían terminado. Miss Clarissa no movía nunca los brazos. Tocaba encima de ellos con sus dedos marchas y minuetos, pero sus brazos permanecían inmó­viles.

-La posición de nuestra sobrina, al menos la posición que se le suponía, ha cambiado mucho desde la muerte de nuestro hermano Francis. Por lo tanto, debemos creer -dijo miss Lavinia- que la opinión de nuestro hermano sobre la posición de su hija ya no tiene la misma importancia. No te­nemos motivos para dudar, míster Copperfield, de que usted tenga una reputación honorable y un carácter excelente, ni de que quiera usted a nuestra sobrina, o al menos de que lo cree usted firmemente.

Respondí, como hacía siempre, sin dejar escapar la oca­sión, que nunca se había amado a nadie como yo amaba a Dora. Traddles vino en mi ayuda con un murmullo de afir­mación.

Miss Lavinia iba a hacer alguna observación, cuando miss Clarissa, que parecía perseguida por la necesidad de aludir a su hermano Francis, tomó la palabra.

Si la madre de Dora nos hubiera dicho, el día que se casó con nuestro hermano Francis, que no había sitio para noso­tras en su mesa, hubiera sido mejor para ambas partes.

-Hermana Clarissa -dijo miss Lavinia-, quizá sería mejor no ocuparse de eso.

-Hermana Lavinia --dijo miss Clarissa-, esto se re­fiere al asunto. Yo no me atrevería a mezclarme en la parte del asunto que te corresponde, pues sólo tú eres competente para tratarla. Pero en esta otra parte del asunto me reservo mi voz y mi opinión, y hubiera valido más, en interés de am­bas partes, que la mamá de Dora nos hubiera expresado cla­ramente sus intenciones el día en que se casó con nuestro hermano Francis. Hubiéramos sabido a qué atenernos y le hubiéramos dicho: «Que no se molestase en invitarnos nunca a nada». Así no hubiera habido equívocos.

Cuando miss Clarissa terminó de sacudir la cabeza, miss Lavinia tomó la palabra, consultando mi carta a través de sus lentes. Las dos hermanas tenían los ojitos pequeños, re­dondos y brillantes; parecían ojos de pájaro. En general te­nían mucho de pajaritos. En su tono breve, pronto y brusco y en la limpieza y cuidado de su ropa había algo que hacía re­cordar a los canarios.

Miss Lavinia tomó la palabra:

-¿Usted nos pide a mi hermana y a mí, míster Copper­field, autorización para venir a visitarnos como novio de nuestra sobrina?

-Si le ha convenido a nuestro hermano Francis -dijo miss Clarissa estallando de nuevo (si es que se puede llamar estallar a una interrupción hecha con la mayor tranquili­dad)-; si ha querido rodearse de la atmósfera del Tribunal de Doctores, ¿teníamos acaso nosotras el derecho ni el de­seo de oponernos? No, de verdad. Nunca hemos tratado de imponemos a nadie. Pero, ¿por qué no decirlo?, mi hermano Francis y su mujer eran muy dueños de elegir sus amistades, como mi hermana Clarissa y yo de elegir las nuestras. ¡Te­nemos edad para poder hacerlo, me parece!

Como aquello parecía dirigirse a Traddles y a mí, nos creí­mos obligados a contestar algo. Traddles habló demasiado bajo y no se le entendió; yo creo que dije que aquello hacía mucho honor a todos; pero no sé lo que quería decir con aquello.

-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa después de de­sahogarse-, continúa.

Miss Lavinia continuó:

-Míster Copperfield, mi hermana Clarissa y yo hemos reflexionado mucho sobre su carta, y antes de reflexionar hemos empezado por enseñársela a nuestra sobrina y por discutirla con ella. No dudamos de que usted está conven­cido de quererla mucho.

-¡Sí creo quererla! ¡Señoras! ¡!Oh!...

Iba a extasiarme; pero miss Clarissa me lanzó tal mirada (exactamente la de un canario) como para rogarme que no interrumpiera al oráculo, que me callé pidiendo que me dis­pensaran.

-El afecto -dijo miss Lavinia mirando a su hermana como pidiéndole una aprobación, que miss Clarissa no dejaba de darle al fin de cada frase con un ligero mo­vimiento-, el afecto, verdad, el respeto, la abnegación, ¡cuesta tanto trabajo expresarlo! Su voz es débil. Modesto y reservado, el amor se oculta y espera, espera siempre. Es como un fruto que espera estar maduro. A veces pasa la vida mientras él continúa madurando en la sombra.

Naturalmente, yo entonces no comprendí que era una alu­sión a los presuntos sufrimientos del desgraciado Pidger; únicamente me daba cuenta, al ver la gravedad con que miss Clarissa movía la cabeza, de que había un gran sentido ence­rrado en aquellas palabras.

-Las inclinaciones ligeras (pues no podría compararlas con los sentimientos profundos de que hablo) -continuó miss Lavinia-, las inclinaciones ligeras de los jovencitos no son, al lado de eso, más de lo que el polvo es al lado de la roca. Y es tan difícil saber si tienen un fundamento sólido, que mi hermana Clarissa y yo verdaderamente no sabíamos qué hacer, míster Copperfield y usted, caballero...

-Traddles --dijo mi amigo viendo que le miraban.

-Usted me dispense, ¿Traddles del Templo Inner, según creo? -dijo miss Clarissa volviendo a mirar la carta.

-Sí -dijo Traddles poniéndose rojo.

No era que me hubieran animado positivamente; pero me parecía observar que las dos hermanitas, y sobre todo miss Lavinia, se complacían con aquella cuestión de inte­rés doméstico y que trataban de sacar el mayor partido po­sible de ella y de hacerlo durar cuanto pudieran, lo que me daba buenas esperanzas. Me parecía que a miss Lavinia le entusiasmaba la idea de manejar a dos jóvenes enamorados como Dora y yo, y que a su hermana casi le complacía tanto el verla manejarnos, permitiéndose de vez en cuando disertar sobre la parte de la cuestión que se había reser­vado. Esto me animó a declarar con el mayor calor que amaba a Dora más de lo que podía expresarse ni creerse; que todos mis amigos sabían cómo la amaba; que mi tía, Agnes, Traddles, todos los que me conocían sabían cómo me había vuelto de formal aquel amor. Acudí al testimonio de Traddles. Y Traddles se lanzó en un verdadero debate parlamentario, viniendo noblemente en mi ayuda; es evi­dente que sus palabras sencillas y sensatas produjeron una impresión favorable.

-Si me permiten decirlo, tengo alguna experiencia en esta materia --dijo Traddles-, pues estoy prometido a una joven (la mayor de diez hermanas, en Devonshire); y es más, no hay ninguna probabilidad de que podamos realizar nues­tras esperanzas en mucho tiempo.

-Entonces estará usted de acuerdo con lo que yo he di­cho -replicó miss Lavinia (a quien evidentemente inspiró desde aquel momento un interés nuevo)- sobre el afecto, modesto y silencioso, que sabe esperar, esperar siempre.

-Por completo, señora -dijo Traddles.

Miss Clarissa miró a miss Lavinia con un movimiento de cabeza lleno de gravedad. Miss Lavinia miró a miss Clarissa con una expresión sentimental y lanzando un ligero suspiro.

-Hermana Lavinia -dijo miss Clarissa-, toma mi frasco de sales.

Miss Lavinia se reconfortó con las sales de su hermana y después continuó, con voz más débil, mientras Traddles y yo la mirábamos solícitos.

-Hemos tenido muchas dudas mi hermana y yo, míster Traddles, sobre lo que convendría hacer respecto al afecto, o al menos al afecto supuesto, de dos niños como su amigo Copperfield y nuestra sobrina.

-La hija de nuestro hermano Francis -hizo observar miss Clarissa-. Si la mujer de nuestro hermano Francis hu­biera juzgado conveniente (aunque tenía derecho para obrar como quisiera) el invitar a la familia a comer a su casa, hoy conoceríamos mejor a la hija de nuestro hermano Francis. Hermana Lavinia, continúa.

Miss Lavinia dio la vuelta a mi carta para mirar la direc­ción, y después recorrió con sus lentes algunas notas bien alineadas que había escrito allí.

-Nos parece prudente, míster Traddles --dijo-, el juz­gar por nosotras mismas la profundidad de estos sentimien­tos. De momento no sabemos ni podemos saber cómo son realmente, y todo lo que creemos poder hacer es autorizar a míster Copperfield para que venga a vernos.

-¡Nunca podré olvidar su bondad! -exclamé entusias­mado, con el corazón libre de un gran peso.

-Pero por ahora -repuso miss Lavinia- deseamos que estas visitas sean para nosotras, míster Traddles. No quere­mos sancionar ningún compromiso serio entre míster Cop­perfield y nuestra sobrina antes de haber tenido la ocasión...

-Antes de que tú hayas tenido la ocasión, hermana Lavi­nia -dijo miss Clarissa.

-Está bien --dijo miss Lavinia con un suspiro--; antes de haber tenido yo ocasión de juzgar.

-Copperfield -dijo Traddles volviéndose hacia mí-, te darás cuenta de que no podría decirse nada más razonable y más sensato.

-No, de verdad --exclamé-, y lo agradezco muchísimo.

-En el estado actual de las cosas -dijo miss Lavinia, que recurrió de nuevo a sus notas-, y una vez decidido en el plan que autorizamos las visitas de míster Copperfield, le pedimos que nos dé su palabra de honor de que no tendrá con nuestra sobrina ninguna comunicación de ninguna espe­cie sin prevenirnos antes, y que no formará ningún proyecto respecto a nuestra sobrina sin comentárnoslo de antemano...

-Sin comentártelo, hermana Lavinia-interrumpió miss Clarissa.

-Está bien, Clarissa -respondió miss Lavinia en tono re­signado-, a mí personalmente... y sin haber obtenido nuestra aprobación. Hacemos de ello una condición expresa y abso­luta, que no debe ser atropellada bajo ningún pretexto. Hemos rogado a míster Copperfield que viniera hoy acompañado de una persona de confianza -se volvió hacia Traddles, al que saludó- con objeto de que no pueda haber dudas ni equívo­cos sobre este punto. Míster Copperfield, si usted o míster Traddles tiene el menor escrúpulo para hacer esa promesa, le ruego que se tome el tiempo que quiera para reflexionar.

En mi entusiasmo, exclamé que no tenía necesidad de re­flexionar ni un solo instante. Juré solemnemente y, en el tono más apasionado, apelé al testimonio de Traddles y de­claré de antemano que sería el más perverso de los hombres si faltaba en la menor cosa a aquella promesa.

-Espere -dijo miss Lavinia levantando la mano-; an­tes de tener el gusto de recibirlos habíamos resuelto dejarlos solos un cuarto de hora para que reflexionaran sobre este punto. Permítannos que nos retiremos.

En vano repetí que no necesitaba reflexionar; ellas insis­tieron en retirarse durante un cuarto de hora. Los dos pajari­tos se fueron saltando con dignidad y nos quedamos solos: yo, transportado a las regiones más deliciosas, y Traddles sin dejar de felicitarme. Al cabo de un cuarto de hora, ni más ni menos, reaparecieron, siempre con la misma dignidad. A su salida, el roce de sus trajes había hecho un ligero ruido, como si estuvieran hechos de hojas secas, y cuando volvie­ron se oyó el mismo rumor.

Prometí de nuevo observar fielmente la prescripción.

-Hermana Clarissa -dijo miss Lavinia-, el resto es cosa tuya.

Miss Clarissa dejó por primera vez de tener los brazos cruzados, para coger sus notas y mirarlas.

-Tendremos mucho gusto --dijo miss Clarissa- en que míster Copperfield venga a comer con nosotros todos los domingos, si le parece bien. Nuestra hora es las tres.

Yo saludé.

-Y en el transcurso de la semana -continuó miss Cla­rissa- estaremos encantadas si míster Copperfield viene a tomar el té con nosotras. Nuestra hora es las seis y media.

Saludé de nuevo.

-Dos veces por semana es la regla; más a menudo, no.

Saludé de nuevo.

-Miss Trotwood, a quien míster Copperfield menciona en su carta --dijo miss Clarissa-, quizá venga a vernos. Cuando las visitas son útiles en interés de ambas partes esta­mos encantadas de recibirlas y de devolverlas. Pero cuando en interés de las diferentes partes vale más que no se hagan (como nos ha ocurrido con mi hermano Francis y su fami­lia), entonces es completamente distinto.

Aseguré que mi tía estaría encantada de conocerlas, aun­que debo confesar que no estaba muy seguro de que estuvie­ran siempre en buena armonía. Como ya estaban todas las condiciones bien claras, expresé con calor mi agradeci­miento, y cogiendo la mano primero a miss Clarissa y des­pués a miss Lavinia las llevé a mis labios.

Miss Lavinia se levantó entonces, y rogando a míster Traddles que nos esperase un momento, me rogó que la si­guiera. Obedecí temblando y me condujo a otra habitación. Allí encontré a mi adorada Dora al lado de la puerta, con la cara contra la pared, y a Jip encerrado en el aparador, con la cabeza envuelta en una servilleta.

¡Oh qué bonita estaba con su traje de luto! ¡Cómo lloraba y qué trabajo me costó sacarla de su rincón! ¡Y qué dichosos nos sentimos cuando se decidió! ¡Qué alegría sacar a Jip de su encierro y encontramos los tres reunidos!

-Mi querida Dora, ¡ahora eres mía para siempre!

-Déjame --dijo Dora en tono suplicante-, te lo ruego.

-¿No eres ya mía para siempre?

-Sí, ya lo creo -exclamó Dora- ¡Pero tengo tanto miedo!

-¿Miedo, querida mía?

-Sí, no me gusta -dijo Dora- ¿Por qué no se va?

-¿Pero quién, tesoro mío?

-Tu amigo -dijo Dora- ¿A él qué le importa? ¡Qué estúpido es!

-Amor mío (nunca la he visto más seductora en sus mo­vimientos infantiles), ¡si es el mejor muchacho del mundo!

-¡Pero no necesitamos para nada a un buen muchacho! -dijo con un mohín.

-Querida mía -repliqué-, pronto le conocerás y le querrás mucho. Mi tía también va a venir a verte, y estoy se­guro de que la querrás con todo tu corazón.

-¡Oh, no; no la traigas! -dijo Dora dándome un besito muy asustada y juntando las manos-. ¡Sé que es una vieje­cilla mala! No me la traigas, mi querido Doady. (Era un di­minutivo cariñoso de David.)

El predicarle no hubiera servido de nada, y me eché a reír, contemplándola con amor. ¡Qué felicidad! Me enseñó lo bien que sabía Jip estarse en un rincón en dos patas; es ver­dad que permanecía lo que dura un relámpago y volvía a caer. En fin, no sé el tiempo que hubiera podido pasar así, sin acordarme lo más mínimo de Traddles, si miss Lavinia no hubiera venido a buscarme. Miss Lavinia adoraba a Dora (me dijo que Dora era su vivo retrato de cuando era joven. ¡Cómo debía haber cambiado!) y la trataba como un juguete. Quise convencer a Dora de que saliera a ver a Traddles; pero en cuanto se lo propuse corrió a encerrarse en su habitación; por lo tanto, fui sin ella a reunirme con Traddles, y nos mar­chamos juntos.

-No podía haberte salido mejor -dijo Traddles-, y es­tas dos señoras son muy amables. No me extrañaría nada que te casaras muchos años antes que yo, Copperfield.

-¿Tu Sofía toca algún instrumento, Traddles? -pre­gunté con orgullo en mi corazón.

-El piano lo sabe tocar lo bastante para enseñar a sus hermanitas --dijo Traddles.

-¿Y canta?

-Algunas veces canta baladas para divertir a las otras cuando no están de buen humor -dijo Traddles-; pero nada extraordinario.

-¿Y no canta acompañándose de la guitarra?

-¡No, Dios mío!

-¿Y pinta? .

-No -dijo Traddles.

Le prometí que oiría cantar a Dora y que le enseñaría las flores que pintaba. Me dijo que le encantaría, y volvimos del brazo muy felices. Yo le animaba a que me hablara de Sofía, y lo hacía con tanta ternura y confianza en ella, que me con­movía. La comparaba con Dora en el fondo de mi corazón, con gran satisfacción para mi amor propio; pero recono­ciendo que sería una excelente mujer para Traddles.

Como es natural, le conté inmediatamente a mi tía el di­choso resultado de nuestra charla y la puse al corriente de todos los detalles. Se sentía feliz al verme tan dichoso, y me prometió ir cuanto antes a ver a las tías de Dora. Pero aque­lla noche, mientras yo escribía a Agnes, se estuvo paseando tanto rato de arriba abajo por la habitación, que estuve a punto de creer que pensaba seguir así hasta la mañana si­guiente.

Mi carta a Agnes, llena de afecto y reconocimiento, le de­tallaba todos los buenos resultados de los consejos que me había dado. Me contestó a vuelta de correo con una carta llena de confianza, razonable y contenta; desde aquel día siempre me demostró la misma alegría.

Tenía más trabajo que nunca; pero aunque Putney estaba lejos de Highgate, donde tenía que ir todos los días, iba todo lo que podía. Como no me era posible ir a casa de Dora a la hora del té, obtuve por medio de miss Lavinia el permiso para ir todos los sábados después de comer, sin que eso im­pidiera mi visita del domingo. Por lo tanto, cada semana ter­minaba con dos días dichosos, y los demás se pasaban dul­cemente en espera de aquellos.

Me tranquilizó mucho que mi tía y las tías de Dora se en­tendieron mutuamente mucho mejor de lo que yo había es­perado. Mi tía hizo su visita pocos días después de la charla, y unos días más tarde las tías de Dora se la devolvieron en toda regla y con gran ceremonia. Aquellas visitas se renova­ron, pero de un modo más amistoso, cada tres semanas. Mi tía revolucionaba todas las ideas de las tías de Dora con su desdén por los coches de alquiler, que no utilizaba nunca, prefiriendo ir a pie hasta Putney, y por su modo despreocu­pado de juzgar los prejuicios de la civilización, llegando a horas intempestivas, un momento después del desayuno, o un momento antes del té, o porque se ponía el sombrero del modo más extraño, con el pretexto de que le resultaba más cómodo. Pero pronto se acostumbraron las tías de Dora a considerar a mi tía como una persona extravagante, algo hombruna, pero dotada de gran inteligencia; y aunque mi tía expresaba a veces sobre ciertos convencional ismos sociales opiniones heréticas, que aturdían a las tías de Dora, sin em­bargo, me quería demasiado para no sacrificar por la tran­quilidad general algunas de sus singularidades.

El único miembro de nuestra pequeña sociedad que se negó positivamente a adaptarse a las circunstancias fue Jip. No podía ver a mi tía sin meterse debajo de una silla, rechi­nando los dientes y gruñendo sin descanso. De vez en cuando dejaba oír un aullido lamentable, como si le pu­siera verdaderamente nervioso. Se intentó por todos los me­dios, acariciándole, regañándole, pegándole, llevándole a Buckingham Street, donde se lanzó inmediatamente contra los dos gatos; pero no se logró que soportara la presencia de mi tía. A veces creíamos que había terminado por vencer su antipatía y llegaba a estar amable un momento; pero pronto en­cogía su naricilla y aullaba tan fuerte, que había que meterle en el aparador para que no pudiera verla. Por fin Dora deci­dió tener preparado un paño donde envolverle para meterle en el aparador en el momento en que llegaba mi tía.

Una cosa me inquietaba mucho, aun en medio de aquella vida tan dulce, y era que Dora parecía pasar a los ojos de todo el mundo por un juguete encantador. Mi tía, con la que se había familiarizado poco a poco, la llamaba su «Capu­llito», y miss Lavinia no sabía qué hacer más que cuidarla, hacerle los bucles, adornarla y la tratarla como a una niña mimada. Todo lo que miss Lavinia hacía lo hacía también por su parte su hermana. Y aquello me parecía singular, pues todo el mundo, hasta cierto punto, parecía tratar a Dora casi como Dora trataba a Jip.

Un día que estábamos solos (pues miss Lavinia, al poco tiempo, nos dejaba pasear solos) me decidí a hablarle de ello, y le dije que me gustaría que convenciese a todos de que la trataran de otro modo.

-Porque, querida mía, ya no eres una niña.

-Vamos -dijo Dora-, ¿es que vas a volverte gruñón?

-¿Gruñón, amor mío?

-A mí me parece que todos son muy buenos para mí -dijo Dora-, y soy muy dichosa.

-Está muy bien; pero, querida mía, no serías menos di­chosa si te trataran como persona razonable.

Dora me lanzó una mirada de reproche. ¡Qué mirada tan encantadora! Y se puso a sollozar, diciendo que «puesto que no la quería, no sabía por qué había deseado tanto ser su no­vio, y que puesto que no podía soportarla, lo mejor que po­día hacer era marcharme».

¡Qué otra cosa podía hacer sino besar sus hermosos ojos, llenos de lágrimas, y repetirle que la quería!

-¡Ser así conmigo, que te quiero tanto! -dijo Dora-. ¡No debías de ser así de cruel conmigo, Doady!

-¿Cruel, amor mío? ¡Como si yo pudiera ser cruel contigo! -Entonces no me regañes -dijo Dora con aquel mohín que hacía de su boca un capullo- y seré buena.

Un instante después estaba encantado al ver que ella misma me pedía el libro de cocina de que le había hablado una vez, y que deseaba te enseñara a llevar las cuentas, como también le había prometido. A la próxima visita le llevé el li­bro, muy bien encuadernado, para que lo encontrara más simpático, y mientras nos paseábamos por el campo le en­señé también un antiguo cuaderno de cuentas de mi tía, y le di un carné y un lápiz muy bonito, con su caja de minas de plomo, para que fuera ensayándose en las cuentas.

Pero el libro de cocina le daba dolor de cabeza y las cifras te hicieron llorar. No querían sumarse, según decía, por lo que las borró todas, y dibujó en su lugar en el cuadernito ra­mos de fores y el retrato de Jip y el mío.

Después traté de darle algunos consejos, en nuestros pa­seos del sábado, sobre las cosas de la casa. Por ejemplo: si pasábamos por delante de la carnicería le decía:

-Veamos, pequeña: si estuviéramos casados y tuvieras que comprar una pierna de cordero para nuestro almuerzo, ¿sabrías comprarla?

El lindo rostro de Dora se alargaba, y adelantaba los la­bios como si prefiriera cerrar los míos con uno de sus besos.

-¿Sabrías comprarla, pequeña? -repetía yo, inflexible.

Dora reflexionaba un momento y después me contestaba triunfante:

-Pero el carnicero ya sabría vendérmela, ¿qué más da? ¡Oh Doady, qué tonto eres!

En otra ocasión le preguntaba a Dora, mirando el libro de cocina, lo que haría si estuviéramos casados y yo le pidiera para comer uno de aquellos ricos asados a la irlandesa. Y ella me respondió que le diría a la cocinera: « Haga usted un asado». Después palmoteó y se agarró de mi brazo riendo, más encantadora que nunca.

En consecuencia, el libro de cocina sólo sirvió para po­nerlo en un rincón y que Jip se subiera en dos patas encima. Pero Dora estuvo tan contenta el día que consiguió que Jip permaneciera allí un momento con el lápiz entre los dientes, que no me arrepentí de haberlo comprado.

Volvimos a la guitarra, a los ramos de flores, a las cancio­nes sobre el placer de bailar siempre, tralalá, y toda la se­mana se pasaba en regocijos. De vez en cuando, me hubiera gustado poder insinuar a miss Lavinia que trataba, dema­siado, como un juguete a mi querida Dora; pero terminé por confesarme que también a veces yo caía en falta y la trataba como los demás, aunque no era muy a menudo.