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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 37. Un poco de agua fría
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Mi nueva vida duraba ya más de una semana y estaba más fuerte que nunca en aquellas terribles resoluciones prácticas que consideraba como exigidas imperiosamente por las cir­cunstancias. Continuaba andando muy deprisa, con una vaga idea de que seguía mi camino. Me aplicaba a gastar mis fuer­zas todo lo que podía en el ardor con que cumplía todo lo emprendido. Era, en una palabra, una verdadera víctima de mí mismo. Llegué incluso a preguntarme si no debería ha­cerme vegetariano, con la vaga idea de que volviéndome un animal herbívoro sería un sacrificio más que ofrecer en el altar de Dora.

Hasta entonces mi pequeña Dora ignoraba por completo mis esfuerzos desesperados y no sabía lo que mis cartas hu­bieran podido confusamente dejarla percibir. Pero llegó el sábado. Era el día que debía visitar a miss Mills, y yo tam­bién debía ir allí a tomar el té cuando míster Mills se hubiera marchado a su Círculo para jugar al whist, suceso de que me advertía la aparición de una jaula de pájaro en la ventana de en medio del salón.

Entonces estábamos establecidos del todo en Buckinghan Street. Míster Dick continuaba sus copias con una alegría sin igual. Mi tía había conseguido una victoria señalada so­bre mistress Crupp tirando por la ventana la primera cazuela que encontró emboscada en la escalera y protegiendo su per­sona a la llegada y a la salida con una asistenta que había to­mado para la limpieza. Estas medidas de rigor habían cau­sado tal impresión en mistress Crupp, que se había retirado a su cocina, convencida de que mi tía estaba rabiosa. A mi tía, a quien la opinión de mistress Crupp, como la del mundo entero, tenía completamente sin cuidado, le divertía confir mar aquella idea, y mistress Crupp, antes tan valiente, pront perdió todo su valor; tanto, que para evitar encontrarse con mí tía en la escalera trataba de eclipsar su voluminosa per­sona detrás de las puertas o esconderse en los rincones oscu ros, dejando, sin embargo, aparecer, sin darse cuenta, uno dos volantes de la falda de franela. Miss Betsey encontrab tal satisfacción en asustarla, que yo creo que se divertía su biendo y bajando expresamente la escalera con el sombrer plantado con descaro en lo alto de la cabeza, siempre que tenía esperanzas de encontrar a mistress Crupp en su camino.

Mi tía, con sus costumbre de orden y su espíritu inven tivo, introdujo tantas mejoras en nuestros arreglos interiores que se hubiera dicho que habíamos heredado en lugar d arruinamos. Entre otras cosas convirtió la despensa en u tocador para mi uso, y me compró una cama de madera que se convertía en biblioteca durante el día. Era el objeto de s solicitud, y mi pobre madre misma no me hubiera podid querer más ni preocuparse más por hacerme dichoso.

Peggotty había considerado como un gran favor el privilegio de participar en todos aquellos trabajos, y aunque conservaba hacia mi tía algo de su antiguo terror, había recibid de ella últimamente tantas pruebas de confianza y estima ción, que eran las mejores amigas del mundo. Pero había lle gado el momento (hablo del sábado, en que yo tenía que tomar el té en casa de miss Mills) en que tenía que volver su casa para cuidar de Ham.

-Adiós, Barkis -dijo mi tía-. Cuídese mucho. Nunc hubiera creído que pudiera sentir tanto verla marchar.

Acompañé a Peggotty a las oficinas de la diligencia y dejé en el coche. Lloraba al despedirse y confió a su hermano a mi amistad, como había hecho Ham. No habíamos vuelto a oír hablar de él desde la tarde que se marchó.

-Y ahora, mi querido Davy -dijo Peggotty-, si durante tu aprendizaje necesitas dinero para tus gastos, o si el plazo expira, querido niño, y necesitas algo para estable­certe, en uno a otro caso, o en los dos, ¿quién tendría más derecho para prestártelo que la vieja niñera de mi pobre niña?

No estaba poseído por una pasión de independencia tan salvaje que no quisiera al menos agradecer sus ofrecimien­tos generosos, asegurándole que si pedía alguna vez dinero a alguien sería a ella a quien me dirigiría, y creo que, de no haberle pedido en el momento una gran suma, aquella segu­ridad era lo que más podía complacerla.

-Y además, querido --dijo Peggotty bajito-, dile a tu lindo angelito que me hubiera gustado conocerla aunque sólo hubiera sido un minuto; dile también que antes de ca­sarse con mi niño vendré a arreglaros la casa, si me lo per­mitís.

Le prometí que nadie la tocaría más que ella, y quedó tan encantada, que se marchó radiante.

Me cansé aquel día en el Tribunal más que de costumbre por una multitud de procedimientos para que se me hiciera el tiempo menos largo, y por la tarde, a la hora fijada, fui a la calle en que vivía miss Mills. Míster Mills era un hombre terrible para dormir siempre después de comer y no había salido todavía. La jaula no estaba en la ventana.

Me hizo esperar tanto tiempo, que empecé a desear, a modo de consuelo, que los jugadores de whist que hacían la partida le pusieran multa para enseñarle a no retrasarse. Por fin salió y vi a mi pequeña Dora colgar ella misma la jaula y dar un paso en el balcón para ver si estaba yo allí. A1 verme se entró corriendo, mientras Jip ladraba con todas sus fuer­zas contra un enorme perro que estaba en la calle y que le hubiera podido tragar como una píldora.

Dora salió a la puerta del salón para recibirme; Jip llegó también, gruñendo, convencido de que yo era un bandido, y entramos los tres en la habitación con ternura y muy dicho­sos. Pero pronto lancé yo la desesperación en medio de nuestra alegría (¡ay! fue sin querer; pero estaba tan preocupado por mi asunto) preguntando a Dora sin preámbulos si podría decidirse a querer a un mendigo.

¡Mi querida y pequeña Dora! ¡Pensad en su terror! La idea que aquella palabra despertaba en su espíritu era la de un rostro lleno de arrugas, con un gorro de algodón, con acompañamiento de muletas, de una pierna de palo y de un perro con una cestita en la boca. Así es que me miró toda asustada y con la sorpresa más cómica del mundo.

-¿Cómo puedes hacerme esa pregunta tan loca? --dijo haciendo una mueca-. ¡Querer a un mendigo!

-Dora, amor mío -le dije-. Yo soy un mendigo.

-¿Cómo puedes ser tan loco para venir a contarme se­mejantes cosas? ---dijo, dándome un golpecito en la mano-. Voy a decirle a Jip que te muerda.

Su infantilidad era lo que más me gustaba del mundo; pero tenía que explicarme, y repetí en tono solemne:

-Dora, vida mía, amor mío, ¡tu David se ha arruinado!

-Te aseguro que le diré a Jip que te muerda si continúas con tus locuras -repuso Dora sacudiendo sus bucles.

Pero me vio tan serio, que dejó de sacudir sus bucles, puso su manita temblorosa en mi hombro, me miró primero confusa y con temor, y después se echó a llorar. ¡Era una cosa terrible! Caí de rodillas al lado del diván, acariciándola y rogándole que no me desgarrara el corazón; pero durante un rato mi pobre Dora sólo sabía repetir:

-¡Dios mío, Dios mío! Tengo miedo. ¿Dónde está Julia? Llévame con Julia, y vete, te lo ruego.

Yo no sabía lo que era de mí.

Por fin, a fuerza de ruegos y de protestas, convencí a Dora de que me mirase. Parecía muy asustada; pero poco a poco, con mis caricias, conseguí que me mirase tiernamente, y apoyó su suave mejillita contra la mía. Entonces, teniéndola abrazada, le dije que la quería con todo mi corazón, pero que, en conciencia, me creía obligado a ofrecerle si quería romper nuestro compromiso, porque me había quedado muy pobre; que nunca me consolaría ni podría soportar la idea de perderla; que yo no temía la pobreza si ella tampoco la te­mía; que mi corazón y mis brazos sacarían las fuerzas de mi amor por ella; que ya trabajaba con un valor de que solo los amantes son capaces; que había empezado a entrar en la vida práctica y a pensar en el porvenir-, que una miga de pan ga­nada con el sudor de nuestra frente era más dulce al corazón que un festín debido a una herencia; y muchas más cosas bo­nitas como aquella, pronunciadas con una elocuencia apa­sionada que me sorprendió a mí mismo, aunque me había preparado para aquel momento desde que mi tía me sorpren­dió con su llegada imprevista.

-¿Tu corazón es siempre mío, Dora, querida mía? -le dije con entusiasmo, sabiendo que me pertenecía, pues se estrechaba contra mí.

-¡Oh, sí, completamente tuyo; pero no seas tan terrible!

-¿Yo terrible, pobre Dora?

-No me hables de volverme pobre y de trabajar como un negro -me dijo abrazándome-; te lo ruego, te lo ruego.

-Amor mío -le dije-, una miga de pan... ganada con el sudor...

-Sí, sí; pero no quiero oír hablar de migas de pan. .Jip necesita todos los días su chuleta de cordero a mediodía; si no se morirá.

Yo estaba seducido por su encanto infantil, y le expliqué tiernamente que Jip tendría su chuleta de cordero con toda la regularidad acostumbrada. Le describí nuestra vida modesta, independiente, gracias a mi trabajo; le hablé de la casita que había visto en Highgate, con la habitación en el primer piso para mi tía.

-¿Soy todavía muy terrible, Dora? -le dije con ternura.

-¡Oh, no, no! -exclamó Dora- Pero espero que tu tía esté mucho tiempo en su habitación, y además que no sea una vieja gruñona.

Si me hubiera sido posible amar a Dora más, lo hubiera hecho entonces. Sin embargo, me daba cuenta de que no ser­vía para mucho en el caso actual. Mi nuevo ardor se enfriaba viendo que era tan difícil comunicárselo. Hice un nuevo es­fuerzo. Cuando se hubo repuesto por completo y cogió a Jip sobre sus rodillas para arrollar sus orejas alrededor de sus dedos, yo recobré mi gravedad.

-Querida mía, ¿puedo decirte una palabra?

-¡Oh!, te lo ruego, no hablemos de la vida práctica -me dijo en tono suave-; ¡si supieras el miedo que me da!

-Pero, vida mía, no hay nada que pueda asustarte en todo esto. Yo querría hacerte ver las cosas de otro modo. Por el contrario, querría que esto te inspirase valor.

-¡Es precisamente lo que me asusta! --exclamó Dora.

-No, querida mía; con perseverancia y fuerza de volun­tad se soportan cosas mucho peores.

-Pero yo no tengo ninguna fuerza -dijo Dora sacu­diendo sus bucles-. ¿No es verdad, Jip? ¡Vamos, besa a Jip y sé cariñoso!

Era imposible negarme a besar a Jip cuando me lo tendía expresamente, redondeando ella también para besarle su bo­quita rosa, dirigiendo la operación, que debía cumplirse, con una precision matemática, en medio de la nariz del anima­lito. Hice lo que quería, y después reclamé la recompensa por mi obediencia; y Dora consiguió durante bastante tiempo hacer que fracasara mi gravedad.

-Pero, Dora, amor mío -le dije recobrando mi solemni­dad-, ¡todavía tengo algo que decirte!

Hasta el juez del Tribunal de Prerrogativas se hubiera ena­morado al verla juntar sus manitas y tendérmelas suplicante para que no la asustara.

-Pero si no quiero asustarte, amor mío -repetía yo-; únicamente, Dora, querida mía, si quisieras pensar sin te­mor, si quisieras pensar alguna vez, para darte valor, en que eres la novia de un hombre pobre.

-No, no; te lo ruego; ¡es demasiado terrible!

-Nada de eso, chiquilla -le dije alegremente-; si qui­sieras nada más pensarlo alguna vez y ocuparte de vez en cuando de las cosas de la casa de tu papá, para tratar de acos­tumbrarte...; las cuentas, por ejemplo...

Mi pobre Dora acogió aquella idea con un grito que pare­cía un sollozo.

-... Eso llegará un día en que te será muy útil. Y si me prometieras leer... un librito de cocina que yo te mande, se­ría una cosa bonísima para ti y para mí. Pues nuestro camino en la vida va a ser duro en el primer momento, Dora -le dije, animándome-, y a nosotros toca el mejorarlo. Tene­mos que luchar para conseguirlo, y necesitamos valor. Tene­mos muchos obstáculos que afrontar y hay que afrontarlos sin temor, aplastarlos bajo nuestros pies.

Seguí hablando con el puño cerrado y con resolución; pero era inútil llegar más lejos; había dicho bastante, y había conseguido... volver a asustarla.

-¡Oh! ¿Dónde está Julia Mills? Llévame con Julia Mills, y vete; ¡haz el favor!

En una palabra, estaba medio loco y recorría el salón en todas las direcciones.

Aquella vez creí que la había matado. Le eché agua por la cara. Caí de rodillas, me arranqué los pelos, me acusaba de ser un animal, un bruto sin conciencia y sin piedad. Le pedí perdón. Le suplicaba que abriera los ojos. Destrocé la caja de labor de miss Mills para encontrar un frasco de sales, y, en mi desesperación, tomé el alfiletero de marfil creyendo que era, y vertí todas las agujas en la cara de Dora. Amenacé con el puño a Jip, que estaba tan desesperado como yo, y me entregué a todas las extravagancias imaginables. Hacía mu­cho tiempo que había perdido la cabeza cuando miss Mills entró en la habitación.

-¿Qué ocurre? ¿Qué te han hecho? -exclamó miss Mills acudiendo en. socorro de su amiga.

Yo contesté: «Yo tengo la culpa, miss Mills; yo soy el cri­minal, y una multitud de cosas del mismo estilo. Después, volviendo la cabeza para librarla de la luz, la oculté contra los almohadones del diván.

Miss Mills creyó al principio que era una pelea y que nos habíamos perdido en el desierto de Sahara; pero no estuvo mucho tiempo en la incertidumbre, pues mi pequeña y que­rida Dora exclamó, abrazándola, que yo era un pobre obrero; después se echó a llorar por mí, preguntándome si quería aceptarle todo el dinero que tenía ahorrado, y terminó por echarse en brazos de miss Mills sollozando, como si su co­razoncito fuera a romperse.

Felizmente, miss Mills parecía haber nacido para ser nuestra bendición. Se enteró en pocas palabras de la situa­ción, consoló a Dora, la convenció poco a poco de que yo no era un obrero. Por la manera de contar las cosas creo que Dora había supuesto que me había hecho marinero y que me pasaba el día balanceándome sobre una plancha. Miss Mills, mejor enterada, terminó por restablecer la paz entre noso­tros. Cuando todo volvió a estar en orden, Dora subió a la­varse los ojos con agua de rosas y miss Mills pidió el té. En­tre tanto, yo declaré a aquella señorita que siempre sería su amigo y que mi corazón cesaría de latir antes que olvidar su simpatía.

Le desarrollé entonces el plan que había tratado de hacer comprender con tan poco éxito a Dora. Miss Mills me con­testó, según sus principios generales, que la cabaña de la ale­gría valía más que el palacio del frío esplendor, y que donde había amor lo había todo.

Yo dije a miss Mills que era verdad y que nadie lo sabía mejor que yo, que amaba a Dora como ningún mortal había amado antes que yo. Pero ante la melancólica observación de miss Mills de que sería dichoso para algunos corazones el no haber amado tanto como yo, le dije que mi observación se refería al sexo masculino únicamente.

Después le pregunté a miss Mills si, en efecto, no tendría alguna ventaja práctica la proposición que había querido ha­cer respecto a las cuentas, al cuidado de la casa y a los libros de cocina.

Después de un momento de reflexión, he aquí lo que miss Mills me contestó:

-Míster Copperfield, quiero ser franca con usted. Los sufrimientos y las pruebas morales suplen a los años en cier­tas naturalezas, y voy a hablarle tan francamente como una madre abadesa. No; su proposición no le conviene a nuestra Dora. Nuestra querida Dora es la niña mimada de la Natura­leza. Es una criatura de luz, de alegría y de felicidad. No le puedo ocultar que si eso pudiera ser estaría muy bien, sin duda; pero...

Miss Mills movió la cabeza.

Aquella muda concesión de miss Mills me animó a pre­guntárle si en el caso de que se presentara la ocasión de atraer la atención de Dora hacia las condiciones de ese gé­nero necesarias a la vida práctica si tendría la bondad de aprovecharlas. Miss Mills consintió con tan buena voluntad, que le pedí también si no querría encargarse del libro de co­cina y hacerme el inmenso favor de entregárselo a Dora sin asustarla demasiado. Miss Mills se encargó de la tarea pero se veía que no esperaba gran cosa.

Dora reapareció. Estaba tan seductora, que me pregunté si verdaderamente había derecho de ocuparse en detalles tan vulgares. Y además, me amaba tanto, estaba tan encantadora, sobre todo cuando hacía a Jip tenerse en dos patas para pe­dirle su tostada y ella hacía como que le iba a quemar la nariz con la tetera porque se negaba a obedecerla, que terminé con­siderándome como un monstruo que hubiera venido a asustar al hada en su bosque, cuando pensaba en cómo le había he­cho sufrir y en las lágrimas que había derramado.

Después del té Dora cogió la guitarra y cantó sus cancio­nes francesas sobre la imposibilidad absoluta de dejar de bailar, tralalá, tralalalá, y pensé más que nunca que era un monstruo.

Sólo hubo una nube en nuestra alegría: un momento antes de retirarme miss Mills aludió por casualidad al día siguiente por la mañana, y yo tuve la desgracia de decir que tenía que trabajar y que me levantaba a las cinco. No sé si Dora pensó que era sereno en algún establecimiento particular; pero aquella noticia causó una gran impresión en su espíritu, y dejó de tocar y de cantar.

Todavía pensaba en ello cuando le dije adiós, y me dijo con su aire mimoso, como podía habérselo dicho, según me pareció, a su muñeca.

-¡Malo! No te levantes a las cinco; eso no tiene sentido común.

-Tengo que trabajar, querida.

-Pues no trabajes; ¿para qué?

Era imposible decir de otra manera queriendo a aquel lindo rostro, sorprendido, que había que trabajar para vivir.

-¡Oh, qué ridiculez! -exclamó Dora.

-¿Y cómo viviremos si no, Dora?

-¡Cómo! ¡No importa cómo! --dijo Dora.

Estaba convencida de que había solucionado la cuestión y me dio un beso de triunfo, que brotaba tan espontánea­mente de su corazón inocente, que por todo el oro del mundo no hubiera querido discutirle la respuesta, pues la amaba y continuaba amándola con toda mi alma, con todas mis fuerzas.

Pero al mismo tiempo que trabajaba mucho, que batía el hierro mientras estaba caliente, aquello no me impedía que a veces, por la noche, cuando me encontraba frente a mi tía reflexionando en el susto que había dado a Dora, me preguntase qué haría para pasar a través del bosque de las dificultades con una guitarra en la mano; y a fuerza de pensar en ello me parecía que mis cabellos se volvían blancos.

 
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