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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 34. Mi tía me sorprende
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En cuanto fuimos novios Dora y yo, escribí a Agnes. Le escribí una carta muy larga, en la que trataba de hacerle comprender lo dichoso que era y lo que valía Dora. Le suplicaba que no considerase aquello como una pasión frívola, que podría ceder su lugar a otra, ni que lo comparase lo más mínimo a las fantasías de niño sobre las que acostumbraba a bromear. Le aseguraba que mi amor era un abismo de una profundidad insondable, y expresaba mi convicción de que nunca se había visto nada semejante.

No sé cómo fue; pero mientras escribía a Agnes, en una hermosa tarde, al lado de mi ventana abierta, con el re­cuerdo, presente en mis pensamientos, de sus ojos serenos y limpios y de su dulce rostro, sentí una extraña dulzura que calmaba el estado febril en que vivía desde hacía algún tiempo y que se mezclaba en mi felicidad misma hacién­dome llorar. Recuerdo que apoyé mi cabeza en la mano cuando estaba la carta a medio escribir y que me puse a so­ñar pensando que Agnes era naturalmente uno de los ele­mentos necesarios en mi hogar. Me parecía que en el retiro de aquella casa, que su presencia hacía para mí sagrada, se­ríamos Dora y yo más dichosos que en cualquier otro lado. Me parecía que en el amor, en la alegría y en la pena, la es­peranza o la decepción en todas sus emociones, mi corazón se volvía naturalmente hacia ella como hacia su refugio y su mejor amiga.

No le hablé de Steerforth; nada más le dije que había te­nido muchas penas en Yarmouth a consecuencia de la pér­dida de Emily, y que había sufrido doblemente a causa de las circunstancias que la habían acompañado. Ella con su in­tuición adivinaría la verdad, y sabía que no me hablaría nunca de ello la primera.

Recibí a vuelta de correo contestación a mi carta. Al leer­la me parecía oírla hablar; creía que su dulce voz resonaba en mis oídos. ¿Qué más puedo decir?

Durante mis frecuentes ausencias Traddles había venido a verme dos o tres veces. Había encontrado a Peggotty: ella no había dejado de decirle, como a todo el que quería oírla, que era mi antigua niñera, y él había tenido la bondad de quedarse un momento para hablar de mí con ella. Al menos eso me había dicho Peggotty. Pero yo temo que la conversa­ción no fuera toda de su parte y de una duración desmesu­rada, pues era muy difícil atajar a la buena mujer (que Dios bendiga) cuando había empezado a hablar de mí.

Esto me recuerda no solamente que estaba esperando a Traddles un día que él me había fijado, sino que mistress Crupp había renunciado a todas las particularidades de su oficio (excepto el salario), mientras Peggotty no dejara de presentarse en mi casa. Mistress Crupp, después de haberse permitido muchas conversaciones sobre la cuenta de Peg­gotty, en alta voz, en la escalera, con algún espíritu familiar que sin duda se le aparecía (pues, a la vista, estaba comple­tamente sola en aquellos monólogos), decidió dirigirme una carta en la que me desarrollaba sus ideas. Empezaba con una aclaración de aplicación universal, y que se repetía en todos los sucesos de su vida, a saber: que «ella también era ma­dre»; después me decía que había visto días mejores, pero que en todas las épocas de su existencia había tenido una an­tipatía invencible por los espías, los indiscretos y los chis­mosos. No citaba nombres; decía que yo podría adivinar a quién se referían aquellos títulos; pero ella había sentido siempre el más profundo desprecio por los espías, los indis­cretos y los chismosos, particularmente cuando esos defec­tos se encontraban en una persona que llevaba el luto de viuda (esto subrayado). Si a un caballero le convenía ser víc­tima de los espías, de los indiscretos y de los chismosos (siempre sin citar nombres), era muy dueño. Tenía derecho a hacer lo que me conviniera; pero ella, mistress Crupp, lo único que pedía era que no la pusieran en contacto con se­mejantes personas. Por esta causa deseaba ser dispensada de todo servicio en las habitaciones del segundo hasta que las cosas hubieran recobrado su antiguo curso, lo que era muy de desear. Añadía que su cuaderno se encontraría todos lo sábados por la mañana en la mesa del desayuno, y que pedía el pago inmediato con el objeto caritativo de evitar confu­siones y dificultades a «todas las partes interesadas».

Después de esto mistress Crupp se limitó a poner trampas en la escalera, especialmente con pucheros, para ver si Peg­gotty se rompía la cabeza. Aquel estado de sitio me resul­taba un poco cansado; pero tenía demasiado miedo a mis­tress Crupp para decidirme a salir de él.

-¡Mi querido Copperfield-exclamó Traddles apare­ciendo puntualmente a pesar de todos aquellos obstáculos-, ¿cómo estás?

-¡Mi querido Traddles! -le dije- Estoy encantado de verte por fin, y siento no haber estado en casa las otras ve­ces; pero he tenido tanto que hacer...

-Sí, sí -dijo Traddles-; es natural. ¿La « tuya» vive en Londres supongo?

-¿De quién hablas?

-De ella, dispénsame; de miss D..., ya sabes -dijo Traddles enrojeciendo por un exceso de delicadeza- Vive en Londres, ¿no es así?

-¡Oh, sí; cerca de Londres!

-La mía... quizá recuerdas -dijo Traddles en tono grave- que vive en Devonshire... Son diez hijos... Así es que yo no estoy tan ocupado como tú en ese asunto.

-Me pregunto -le dije- cómo puedes soportar el verla tan de tarde en tarde.

-¡Ah! -dijo Traddles pensativo- Yo también me lo pregunto. Supongo, Copperfield, que es porque no tengo más remedio.

-Ya comprendo que esa debe de ser la razón -repliqué sonriendo y ruborizándome un poco-; pero también es que tienes mucho valor y paciencia, Traddles.

-¿Tú lo crees? -dijo Traddles reflexionando- ¿Esa sensación te transmito, Copperfield? No lo creía. Pero es tan buena chica, que es muy posible que me haya transmitido alguna de las cualidades que posee. Ahora que me lo haces observar, Copperfield, no me extrañaría nada. Te aseguro que se pasa la vida olvidándose de sí misma para pensar en los otros nueve.

-¿Es la mayor? -pregunté.

-¡Oh, no! -dijo Traddles-. La mayor es una belleza.

Supongo que se dio cuenta de que no pude por menos de sonreír de la tontería de su respuesta, y puso su expresión in­genua y sonriente.

-Claro está que eso no quiere decir que mi Sofía... Es bonito nombre, ¿verdad, Copperfield?

-Muy bonito -dije.

-Pues no quiere decir que mi Sofía no sea también en­cantadora a mis ojos, y que no le haga a todo el mundo el mejor efecto; pero cuando digo que la mayor es una belleza quiero decir, verdaderamente... (hizo el gesto de reunir pu­bes alrededor de sí con las dos manos) magnífica; te lo ase­guro --dijo Traddles con energía.

-¿De verdad? --dije.

-¡Oh!, te lo aseguro -dijo Traddles-; una cosa verda­deramente extraordinaria. Y, como es natural, está hecha para brillar en el mundo y que la admiren, aunque no tiene ocasión a causa de su poca fortuna. Por eso a veces es un poco irritable, un poco exigente. Felizmente, Sofía la pone de buen humor.

-¿Sofía es la más pequeña? -pregunté.

-¡Oh, no! -dijo Traddles acariciándose la barbilla-. Las dos más pequeñas tienen nueve y diez años. Sofía las educa.

-¿Es la segunda por casualidad? -me atreví a pre­guntar.

-No -dijo Traddles-; Sarah es la segunda; Sarah tiene algo en la espina dorsal; ¡pobrecilla! Los médicos dicen que se curará; pero entre tanto tiene que estar siempre acostada boca arriba. Sofía la cuida. Sofía es la cuarta.

-Y la madre ¿vive? -pregunté.

-¡Oh, sí! -dijo Traddles-. Y es verdaderamente una mujer superior; pero la humedad del clima no la conviene; y... el caso es que no puede moverse.

-¡Qué desgracia!

-Sí, es muy triste -repuso Traddles-. Pero desde el punto de vista de los quehaceres de la casa es menos incó­modo de lo que podría suponerse, porque Sofía la reem­plaza. Sirve de madre a su madre tanto como a los otros nueve.

Yo sentía la mayor admiración por las virtudes de aquella muchacha, y con objeto de hacer lo posible para que no abu­saran de la buena voluntad de Traddles en detrimento de su porvenir común, le pregunté noticias de míster Micawber.

-Está muy bien, gracias, Copperfield --dijo Traddles-; pero de momento no vivo en su casa.

-¿No?

-No. A decir verdad -repuso Traddles hablando muy bajo-, ahora ha tomado el nombre de Mortimer, a causa de sus dificultades temporales; y sólo sale con gafas. Ha habido un embargo. Mistress Micawber estaba en un estado tan ho­rrible, que yo, verdaderamente, no he podido por menos de firmar el segundo pagaré de que hablamos. Y puedes figu­rarte, Copperfield, mi alegría al ver que aquello devolvía la alegría a mistress Micawber.

-¡Hum! -hice.

-Aunque su felicidad no ha durado mucho -añadió Traddles-, pues, desgraciadamente, al cabo de ocho días ha habido un nuevo embargo. Entonces nos hemos dispersado. Yo desde entonces vivo en una habitación amueblada y los Mortimer viven absolutamente retirados. Espero que no me tacharás de egoísta, Copperfield, si no puedo por menos de sentir que el comprador de los muebles se haya apoderado de mi mesita redonda con tablero de mármol, y del florero y el estante de Sofía.

-¡Qué crueldad! -exclamé con indignación.

-Eso me ha parecido... un poco duro -dijo Traddles con su gesto peculiar cuando empleaba aquella frase-. Además, no digo esto acusando a nadie; pero el caso es, Copperfield, que no he podido rescatar esos objetos en el momento del embargo; primero, porque el comerciante, dándose cuenta de lo que me interesaba, pedía un precio altísimo, y además, porque... no tenía dinero. Pero desde entonces no he perdido de vista la tienda --dijo Traddles, pareciendo gozar con de­licia de aquel misterio-. Está en lo alto de Tottenham­Court-Road y, por fin, hoy los he visto en el escaparate. Úni­camente he mirado al pasar desde la otra acera, porque si el comerciante me ve pedirá un precio ...; pero he pensado que, puesto que tenía dinero, no te importaría que tu buena niñera viniera conmigo a la tienda. Yo le enseñaré los objetos desde una esquina, y ella podrá comprármelos lo más barato posi­ble, como si fueran para ella.

La alegría con que Traddles me desarrolló su plan y el placer que sentía al verse tan astuto están grabados en mi memoria, y es uno de los recuerdos más claros.

Le dije que Peggotty se encantaría de poder hacerle aquel pequeño favor y que podríamos entre los tres resolver el asunto; pero con una condición. Esta condición era que to­maría una determinación solemne de no volver a prestar nada a míster Micawber, ni el nombre ni nada.

-Mi querido Copperfield -me dijo Traddles-, es cosa hecha; no únicamente porque me doy cuenta de que he obrado con precipitación, sino porque es una verdadera injusticia hacia Sofía, y me la reprocho. He dado mi pala­bra, y no hay nada que temer; pero también te la doy de todo corazón. He firmado ese desgraciado pagaré. No dudo de que míster Micawber, si hubiera podido lo hu­biese pagado él; pero no podía. Debo decirte una cosa que me gusta mucho en míster Micawber, Copperfield, y es con respecto al segundo pagaré, que todavía no ha ven­cido. Ya no me dice que lo ha pagado, sino que lo pagará.

Verdaderamente me parece que su proceder es muy hon­rado y muy delicado.

Me repugnaba el destruir la confianza de mi amigo, y le hice un signo de asentimiento. Después de un momento de conversación tomamos el camino de la tienda de velas para recoger a Peggotty, pues Traddles se había negado a pasar la tarde conmigo, en primer lugar porque sentía la mayor in­quietud por sus propiedades, no fuera a ser que cualquier otra persona las comprase antes de hacerlo él, y además por­que era la tarde que dedicaba siempre a escribir a la mejor muchacha del mundo.

No olvidaré nunca la mirada que lanzó desde la esquina de la calle hacia Tottenham-Court-Road, mientras Peggotty regateaba aquellos objetos preciosos, ni su agitación cuando volvió lentamente hacia nosotros después de haber ofrecido inútilmente su precio, hasta que el comerciante la volvió a llamar y retrocedió. Por fin consiguió los objetos de Tradd­les en un precio bastante moderado; y Traddles estaba loco de alegría.

-Estoy agradecidísimo -dijo Traddles, al saber que le enviarían todo a su casa aquella misma tarde-. Pero si se atreviera le pediría todavía un favor. Espero que no te pare­cerá mi deseo demasiado absurdo, Copperfield.

-De verdad que no -respondí de antemano.

-Entonces -dijo Traddles dirigiéndose a Peggotty-, si tuviera usted la bondad de traenne el florero enseguida. Me gustaría llevarlo yo mismo, por ser de Sofía, Copperfield.

Peggotty fue a buscar el florero de muy buena voluntad. Él le dio las gracias calurosamente, y le vimos subir por Tot­tenham-Court-Road con el florero apretado tiernamente en sus brazos y una expresión de júbilo que nunca he visto a nadie.

Enseguida emprendimos el camino de mi casa. Como los escaparates poseían para Peggotty encantos que no les he visto desplegar jamás sobre nadie en el mismo grado, andaba lentamente, divirtiéndome viéndoselos mirar y espe­rándola siempre que le convenía detenerse. Tardamos bas­tante antes de llegar a Adelphy.

Mientras subíamos la escalera le hice observar que las trampas de mistress Crupp habían desaparecido de repente y que se veían huellas recientes de pasos. Los dos nos sorpren­dimos mucho al seguir subiendo y ver abierta la primera puerta, que yo había dejado cerrada al salir, y oyendo voces en mi casa.

Nos miramos con asombro, sin saber qué pensar, y entra­mos en el gabinete. ¡Cuál sería mi sorpresa al encontrarme con las personas que menos me hubiera imaginado: mi tía y mister Dick! Mi tía estaba sentada sobre un montón de ma­letas, la jaula de los pájaros ante ella y el gato sobre sus ro­dillas, como un Robinson Crusoe femenino, bebiendo una taza de té. Mister Dick se apoyaba pensativo en una gran co­meta semejante a las que habíamos lanzado juntos tan a me­nudo, y estaba rodeado de otra carga de maletas.

-Mi querida tía -exclamé-, ¡qué placer tan inespe­rado!

Nos abrazamos tiernamente. Estreché con cordialidad la mano a mister Dick, y mistress Crupp, que estaba haciendo el té y prodigando sus atenciones a mi tía, dijo con viveza que ya sabía ella la alegría de mister Copperfield al ver a sus queridos parientes.

-Vamos, vamos -dijo mi tía a Peggotty, que temblaba en su terrible presencia-, ¿cómo está usted?

-¿Te acuerdas de mi tía, Peggotty? -le dije.

-¡En nombre del cielo, hijo mío --exclamó mi tía-, no llames a esa mujer con ese nombre salvaje! Puesto que al ca­sarse se ha desembarazado de él, que era lo mejor que podia hacer, ¿por qué no concederle al menos las ventajas del cam­bio? ¿Cómo se llama usted ahora, P...? --dijo mi tía, usando esta abreviatura para evitar el nombre que tanto la nuoles­taba.

-Barkis, señora -dijo Peggotty haciendo una reverencia. -Vamos; eso es más humano --dijo mi tía-; ese nom­bre no tiene el aire pagano del otro, que hay que reparar con el bautismo de un misionero. ¿Cómo está usted, Barkis? ¿Supongo que está usted bien?

Animada por aquellas graciosas palabras y por la prisa de mi tía a tenderle la mano, Barkis se adelantó para tomarla con una reverencia de gracias.

-Hemos envejecido desde aquellos tiempos -dijo mi tía-. No nos hemos visto más que una vez. Buen trabajo hi­cimos aquel día. Trot, hijo mío, dame otra taza de té.

Serví a mi tía el brebaje que me pedía, siempre tan tiesa como de costumbre, y me aventuré a hacerle observar que no era un asiento muy cómodo una maleta.

-Déjeme que le acerque el diván o el sillón, tía; está us­ted muy mal ahí.

-Gracias, Trot -replicó-; prefiero estar sentada en­cima de mis trastos.

Y mirando a mistress Crupp a la cara le dijo:

-No se tome el trabajo de esperar, señora.

-¿Quiere usted que ponga un poco más de té en la tetera, señora? -dijo mistress Crupp.

-No, gracias -replicó mi tía.

-¿Quiere usted permitirme que traiga un poco más de manteca, señora, o un huevo fresco, o que le ase un trozo de tocino? ¿No puedo hacer nada más por su querida tía, míster Copperfield?

-Nada, señora; lo haré yo sola, muchas gracias.

Mistress Crupp, que sonreía sin cesar para demostrar una gran dulzura de carácter, y que ponía siempre la cabeza de medio lado para simular una gran debilidad de constitución, y que se frotaba a cada momento las manos para manifestar su deseo de ser útil a todos los que lo merecían, terminó por salir de la habitación con la cabeza de medio lado, frotán­dose las manos y sonriendo.

-Dick --dijo mi tía---, ya sabe lo que le he dicho de los cortesanos y los adoradores de la fortuna.

Míster Dick respondió afirmativamente, pero un poco asustado y como si hubiera olvidado lo que debía recordar tan bien.

-Pues bien; mistress Crupp es de ellos -dijo mi tía-. Barkis: ¿quiere usted hacer el favor de cuidarse del té y de darme otra taza? No quería tomarla de manos de esa intrigante.

Conocía lo bastante a mi tía para saber que tenía algo im­portante que decirme y que su llegada tenía más importancia de lo que un extraño hubiera podido suponer. Observé que sus miradas estaban constantemente fijas en mí cuando se creía que yo no la veía, y que estaba en un estado de indeci­sión y de inquietud interior mal disimulado por la calma y la rectitud que conservaba exteriormente. Empezaba a temer haber hecho algo que pudiera ofenderla, y mi conciencia me dijo bajito que todavía no le había hablado de Dora. ¿No se­ría aquello por casualidad?

Como sabía que no hablaría hasta que le diera la gana, me senté a su lado y me puse a hablar con los pájaros y a jugar con el gato, como si estuviera muy tranquilo; pero no lo es­taba nada, y mi inquietud aumentó al ver que míster Dick, apoyado en su gran cometa detrás de mi tía, aprovechaba to­das las ocasiones en que no nos observaban para hacerme señas misteriosas, señalándome a mi tía.

-Trot -me dijo por fin cuando terminó su té y después de haberse enjugado los labios y arreglado cuidadosamente los pliegues de la falda---... ¡No necesita usted marcharse, Barkis! Trot, ¿tienes ya más confianza en ti mismo?

-Creo que sí, tía.

-Pero, ¿estás bien seguro?

- Creo que sí, tía.

-Entonces, hijo mío -me dijo mirándome fijamente-,¿sabes por qué tengo tanto interés en estar sentada encima de mi equipaje?

Sacudí la cabeza, como hombre que echa su lengua a los perros.

-Porque es todo lo que me queda; porque estoy arrui­nada, hijo mío.

Si la casa hubiera caído al río con todos nosotros dentro creo que el golpe no hubiera sido más violento para mí.

-Dick lo sabe --dijo tranquilamente mi tía poniéndome una mano en el hombro-; estoy arruinada, mi querido Trot. Todo lo que me queda en el mundo está aquí, excepto la ca­sita, que he dejado a Janet el cuidado de alquilar. Barkis, hay que buscar a este caballero un sitio donde pasar la noche. Con objeto de evitar el gasto, quizá podríamos arreglar aquí algo para mí, no importa cómo. Es para esta noche sola­mente; ya hablaremos de ello más despacio.

Me sacó de mi sorpresa y de la pena que sentía por ella .... por ella, estoy seguro, el verla caer en mis brazos, excla­mando que sólo lo sentía por mí; pero un minuto le bastó para dominar su emoción, y me dijo, con más aire de triunfo que de abatimiento.

-Hay que soportar con valor las contrariedades, sin de­jarnos asustar, hijo mío; hay que sostener el papel hasta el fin. Hay que desafiar a la desgracia hasta el fin, Trot.

 
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