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David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 33. Felicidad
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Durante todo aquel tiempo había seguido amando a Dora más que nunca. Su recuerdo me servía de refugio en mis contrariedades y mis penas, y hasta me consolaba de la pér­dida de mi amigo. Cuanta más compasión tenía de mí mismo más piedad sentía por los demás y más buscaba el consuelo en la imagen de Dora. Cuanto más lleno me parecía el mundo de decepciones y de penas, más se levantaba la estre­Ila de Dora, pura y brillante, por encima de él. No creo que tuviera una idea muy clara de la patria donde Dora había na­cido, ni del sitio encumbrado que ocupaba en la escala de ar­cángeles y serafines; pero sé que hubiera rechazado con in­dignación y desprecio el pensamiento de que pudiera ser una criatura humana como todas las demás señoritas.

Sí; puedo expresarme así; estaba absorto en Dora, pues no sólo estaba enamorado de ella hasta perder la cabeza, sino que era un amor que penetraba todo mi ser. Se hubiera po­dido sacar de mí (es una comparación) el amor suficiente para ahogar en él a un hombre, y todavía hubiera quedado bastante para inundar mi existencia entera.

Lo primero que hice por mi propia cuenta al volver a Lon­dres fue ir por la noche a pasearme a Norwood, donde, se­gún los términos de un respetable enigma que me propusie­ron en la infancia, «di la vuelta a la casa sin tocar nunca la casa». Creo que este difícil problema se aplica a la luna. Sea como sea, yo, el esclavo fanático de Dora, di vueltas alrede­dor de la casa y del jardín durante dos horas, mirando a tra­vés de las rendijas de las empalizadas y llegando con esfuer­zos sobrehumanos a pasar la barbilla por encima de los clavos clavos oxidados que guarnecían la parte altar enviando besos a las luces que aparecían en las ventanas, haciendo a la noche súplicas románticas para que tomara en su mano la defensa de mi Dora... no sé bien contra quién: sería contra un incendio; quizá contra los ratones, que le daban mucho miedo.

Mi amor me preocupaba de tal modo y me parecía tan na­tural confiarle todo a Peggotty cuando la volví a encontrar a mi lado por la noche con todos sus antiguos enseres de cos­tura, pasando revista a mi guardarropa, que después de mu­chos circunloquios le comuniqué mi secreto. Peggotty se in­teresó mucho por ello; pero no conseguí que considerase la cuestión desde el mismo punto de vista que yo. Tenía prejui­cios atrevidísimos en mi favor, y no podía comprender mis dudas y mi abatimiento.

-La joven podía darse por muy satisfecha con tener se­mejante adorador -decía-, y en cuanto a su papá, ¿qué mas podía apetecer aquel señor que se lo dijeran'?

Observé, sin embargo, que el traje de procurador y el cue­llo almidonado de míster Spenlow le imponían un poco, ins­pirándole algún respeto por el hombre en el que yo veía to­dos los días y cada vez más una criatura etérea que me parecía despedir rayos de luz mientras estaba sentado en el Tribunal, en medio de sus carpetas, como un faro destinado a iluminar un océano de papeles. Recuerdo también otra cosa que me pasaba mientras estaba sentado entre los señores del Tribunal. Pensaba que todos aquellos viejos jueces y docto­res no se preocuparían siquiera de Dora si la conocieran, y que no se volverían locos de alegría si les propusiera casarse con ella; que Dora podría, cantando y tocando aquella guita­rra mágica, empujarme a mí a la locura sin conmover siquiera ni hacer salir de su paso ni a uno de aquellos seres.

Los despreciaba a todos sin excepción, ¡a todos! Me pare­cían unos viejos helados de corazón y me inspiraban una re­pulsión personal. El Tribunal me parecía tan desprovisto de poesía y de sentimiento como un gallinero.

Había tomado en mi mano con cierto orgullo el manejo de los asuntos de Peggotty; había probado la identidad del testamento; lo había arreglado todo en la oficina de delega­dos, y hasta lo había llevado al banco; en fin, la cosa estaba en buen camino. Daba alguna variedad a los asuntos legales yendo a ver con Peggotty las figuras de cera de Fleet Street (supongo que se habrán fundido desde hace veinte años que no las he visto) y visitando la exposición de miss Linvood, que ha quedado en mi recuerdo como un mausoleo de cro­chet, propicio a los exámenes de conciencia y al arrepenti­miento, y, en fin, recorriendo la torre de Londres y subiendo hasta lo alto del cimborrio de Saint Paul. Estas curiosidades procuraron a Peggotty alguna distracción de la que podía go­zar en sus actuales circunstancias. Sin embargo, hay que con­fesar que la catedral de Saint Paul, gracias al cariño que tenía a su caja de labor, le pareció bastante digna de rivalizar con la pintura de su tapa, aunque la comparación, desde algunos puntos de vista, resultara en ventaja de aquella pequeña obra de arte; al menos esa era la opinión de Peggotty.

Los asuntos de Peggotty estaban en lo que acostumbrába­mos llamar el Tribunal de Negocios ordinarios, clase de nego­cios, entre paréntesis, muy fáciles y lucrativos, y cuando ter­minaron la conduje al estudio para arreglar su cuenta. Míster Spenlow había salido un momento. Según me dijo el viejo Ti­fey, había ido a acompañar a un caballero que venía a prestar juramento para una dispensa de amonestación; pero como yo sabía que volvería enseguida, pues nuestro despacho estaba al lado del vicario general, le dije a Peggotty que esperase.

En el Tribunal, cuando se trataba de examinar un testa­mento, hacíamos un poco el papel de empresarios de pom­pas fúnebres, y teníamos, por regla general, la costumbre de componernos una expresión más o menos sentimental cuando tratábamos con clientes de luto. Por este mismo prin­cipio estábamos siempre alegres cuando se trataba de clien­tes que iban a casarse. Previne a Peggotty que iba a encontrar a míster Spenlow bastante repuesto de la impresión que le había causado la muerte de Barkis y, en efecto, cuando entró parecía que entraba el novio.

Pero ni a Peggotty ni a mí nos divirtió mirarle cuando vimos que le acompañaba míster Murdstone. Había cambiado muy poco. Sus cabellos eran tan abundantes y tan negros como an­tes, y su mirada no inspiraba más confianza que en el pasado.

-¡Ah! Míster Copperfield, ¿creo que ya conoce usted a este caballero?

Saludé fríamente a míster Murdstone. Peggotty se limitó a dejar ver que le reconocía. En el primer momento pareció un poco desconcertado al encontrarnos juntos; pero pronto supo qué hacer y se acercó a mí.

-¿Supongo que está usted bien?

-No creo que pueda interesarle, caballero; pero si quiere usted saberlo, sí.

Nos miramos un momento; después se dirigió a Peggotty.

-Y de usted -dijo- siento saber que ha perdido a su marido.

-No es la primera pérdida de mi vida, míster Murdstone -dijo Peggotty temblando de la cabeza a los pies-. Única­mente me consuela que esta vez no puedo acusar a nadie; nadie tiene que reprochárselo.

-¡Ah! -dijo- Es un gran consuelo. ¿Ha cumplido us­ted con su deber?

-Gracias a Dios no he amargado la vida a nadie, míster Murdstone, ni he hecho morir de miedo y de pena a una cria­tura llena de bondad y de dulzura.

Míster Murdstone la miró con expresión sombría y como de remordimiento durante un minuto; después dijo, volvién­dose hacia mí, pero mirándome a los pies, en lugar de mi­rarme al rostro:

-No es nada probable que nos volvamos a encontrar en mucho tiempo, lo cual debe ser motivo de satisfacción para los dos, sin duda, pues encuentros como este no pueden ser agradables nunca, y no espero que usted, que siempre se ha rebelado contra mi autoridad legítima cuando la empleaba para su bien, pueda ahora demostrarme la menor buena vo­luntad. Hay entre nosotros una antipatía...

-Muy antigua --dije interrumpiéndole.

Sonrió y me lanzó la mirada más venenosa que podían lanzar sus ojos negros.

-Sí; todavía estaba usted en la cuna cuando ya alentaba en su pecho --dijo-; y ello envenenó bastante la vida de su pobre madre; tiene usted razón. Espero, sin embargo, que con el tiempo mejore usted y se corrija.

Así terminó nuestro diálogo, en voz baja, en un rincón. Después de esto entró en el despacho de míster Spenlow, di­ciendo en voz alta, con su tono más dulce:

-Los hombres de su profesión, míster Spenlow, están acostumbrados a las disensiones de familia y sabe lo amar­gas y complicadas que son siempre.

Después pagó su dispensa, la recibió de míster Spenlow cuidadosamente doblada, y después de estrecharse la mano y de hacer por parte del procurador votos por su felicidad y la de su futura esposa, abandonó las oficinas.

Quizá me hubiera costado más trabajo guardar silencio después de sus últimas palabras si no hubiera estado preocu­pado tratando de convencer a Peggotty (que se había encoleri­zado a causa mía) de que no estábamos en un lugar propicio a las recriminaciones y rogándole que se contuviera. Estaba en tal estado de exasperación, que me creí bien librado cuando vi que terminaba con uno de sus tiernos achuchones. Lo debía sin duda a aquella escena, que acababa de desper­tar en ella el recuerdo de las antiguas injurias, y sostuve lo mejor que pude el ataque, en presencia de míster Spenlow y de todos sus empleados.

Míster Spenlow no parecía saber cuál era el lazo que exis­tía entre míster Murdstone y yo, lo que me complacía. pues no podía soportar ni el tener que reconocerlo yo mismo, recordando, como recordaba, la historia de mi pobre madre. Míster Spenlow parecía creer, si es que creía algo, que se trataba de diferentes opiniones políticas; que mi tía estaba a la cabeza del partido del Estado en nuestra familia, y que ha­bía algún otro partido de oposición, dirigido por otra per­sona; al menos esa fue la conclusión que saqué de lo que de­cía mientras esperábamos la cuenta de Peggotty que redactaba míster Tifey.

-Miss Trotwood -me dijo- es muy firme y no está dispuesta a ceder a la oposición, yo creo. Admiro mucho su carácter y le felicito, Copperfield, de estar en el lado bueno. Las querellas de familia son muy de sentir, pero son muy co­rrientes, y el caso es estar del lado bueno.

Con aquello quería decir, supongo, del lado del dinero.

-Según creo, hace un matrimonio bastante conveniente -dijo míster Spenlow.

Le dije que no sabía nada.

-¿De verdad? -dijo- Pues por algunas palabras que míster Murdstone ha dejado escapar, como ocurre siempre en casos semejantes, y por lo que miss Murdstone me ha dado a entender, me parece que se trata de un matrimonio bastante conveniente para él.

-¿Quiere usted decir que ella tiene dinero? -pregunté.

-Sí -dijo míster Spenlow-; parece ser que dinero, y también belleza; al menos eso dicen.

-¿De verdad? ¿Y es joven su nueva mujer?

-Acaba de cumplir su mayoría de edad -dijo míster Spenlow-, y hace tan poco tiempo, que yo creo que no es­peraban más que a eso.

-¡Dios tenga compasión de ella! -exclamó Peggotty tan bruscamente y en un tono tan inesperado, que nos que­damos un poco desconcertados hasta el momento en que Ti­fey llegó con la cuenta.

Apareció pronto y tendió el papel a míster Spenlow para que lo verificase. Míster Spenlow metió la barbilla en la corbata, y después, frotándosela dulcemente, releyó todos los artículos de un cabo al otro, como hombre que quería reba­jar algo; pero, ¡qué quiere usted!, era culpa del diablo de míster Jorkins; después volvió a dar el papel a Tifey con un suspiro.

-Sí -dijo-, está en regla, perfectamente en regla. Hu­biera deseado reducir los gastos estrictamente a nuestros de­sembolsos; pero ya sabe usted que es una de las contrarieda­des penosas de mi vida de negocios el no tener la libertad de obrar según mis propios deseos. Tengo un asociado, míster Jorkins.

Como al hablar así lo hacía con tan dulce melancolía, que casi equivalía a haber hecho nuestros negocios gratis, le di las gracias en nombre de Peggotty y entregué el dinero a Ti­fey. Peggotty volvió a su casa y míster Spenlow y yo nos di­rigimos al Tribunal, donde se presentaba una causa de divor­cio en nombre de una pequeña ley muy ingeniosa, que creo se ha abolido después, pero gracias a la cual he visto anular muchos matrimonios.

Era esta. El marido, cuyo nombre era Thomas Benja­min, había sacado la autorización para la publicación de las amonestaciones bajo el nombre de Thomas única­mente, suprimiendo el Benjamin por si acaso no encon­traba la situación todo lo agradable que esperaba. Ahora bien: no encontrando la situación muy agradable, o quizá un poco cansado de su mujer, el pobre hombre se presentó ante el Tribunal, por mediación de un amigo, después de un año o dos de matrimonio, y declaró que su nombre era Thomas Benjamin y que, por lo tanto, él no se había ca­sado nunca, lo que el Tribunal confirmó, para su gran sa­tisfacción.

Debo decir que tenía algunas dudas sobre la justicia abso­luta de aquel procedimiento, que no justificaba el «árido de trigo» que tapaba todas las anomalías.

Pero míster Spenlow discutió la cuestión conmigo.

-Vea usted el mundo: en él hay bien y mal; vea la legis­lación eclesiástica: en ella hay bien y mal; pero todo esto forma parte de un sistema. Muy bien. Eso es.

No tuve valor para sugerir al padre de Dora que quizá no nos resultaría imposible el hacer algunos cambios beneficio­sos en el mundo si, levantándose temprano, se remangara re­suelto a ponerse con valor a ello; pero sí le confesé que me parecía que podrían introducirse algunos cambios beneficio­sos en el Tribunal.

Míster Spenlow me respondió que me aconsejaba que de­sechara de mi espíritu semejante pensamiento, que no era digno de mi carácter caballeresco; pero que le gustaría saber de qué mejoras creía yo susceptible al sistema del Tribunal.

El matrimonio de nuestro hombre estaba anulado; era un asunto concluido; estábamos fuera de la sala y pasábamos por delante del Tribunal de Prerrogativas; entrando, por lo tanto, en la institución que estaba más cerca de nosotros, le pregunté si el Tribunal de Prerrogativas no era una institu­ción muy singularmente administrada.

Míster Spenlow me preguntó que bajo qué aspecto.

Yo repliqué, con todo el respeto que debía a su experien­cia (pero me temo que sobre todo con el respeto que debía al padre de Dora), que quizá era un poco absurdo que los regis­tradores de aquel Tribunal, que contenía todos los testamen­tos originales de todas las personas que habían dispuesto desde hacía tres siglos de alguna propiedad asentada en el inmenso distrito de Canterbury, se encontrasen colocados en un edificio que no había sido construido con ese objeto; que había sido alquilado por los registradores bajo su responsa­bilidad privada; que no era seguro; que ni siquiera estaba al abrigo de un fuego, y que estaba tan atestado de los docu­mentos importantes que contenía que era todo él, de arriba abajo, una prueba de las sórdidas especulaciones de los re­gistradores, que recibían sumas enormes por el registro de todos aquellos testamentos y se limitaban a meterlos donde podían, sin otro objeto que desembarazarse de ellos con el menor gasto posible. También añadí que quizá no era razo­nable que los registradores, que percibían al año sueldos que ascendían a ocho o nueve mil libras, sin hablar de los pagos extraordinarios, no estuvieran obligados a gastarse parte de este dinero en procurarse un lugar seguro donde depositar aquellos documentos preciosos que todo el mundo, en todas las clases de la sociedad, estaba obligado, quieras que no, a confiarles. Dije que quizá era algo injusto que todos los grandes empleos de aquella administración fuesen magnífi­cas sinecuras, mientras que los desgraciados empleados que trabajaban sin descanso en la habitación sombría y triste de arriba fuesen los hombres peor pagados y menos considera­dos de Londres, en premio a los importantes servicios que prestaban. ¿Y no era también un poco inconveniente que el archivero en jefe, cuyo deber era procurar al público, que llenaba constantemente las oficinas de la administración, lo­cales convenientes, estuviera, en virtud de este empleo, en posesión de una enorme sinecura, lo que no le impedía ocu­par al mismo tiempo un puesto en la Iglesia y poseer mu­chos beneficios, ser canónico en la catedral, etc., mientras el público soportaba molestias infinitas, de las que teníamos una muestra todas las mañanas cuando los asuntos abunda­ban en las oficinas? En fin, me parecía que aquella adminis­tración del Tribunal de Prerrogativas del distrito de Canter­bury era una máquina tan podrida y un absurdo tan peligroso, que si no se le hubiera metido en un rincón del ce­menterio de Saint Paul (que no conoce apenas nadie), toda aquella organización hubiera tenido que cambiarse de arriba abajo desde hacía mucho tiempo.

Míster Spenlow sonrió al ver cómo me excitaba, a pesar de mi reserva habitual en aquella cuestión; y después discu­tió conmigo este punto como los demás. «¿Qué era aquello después de todo? -me dijo-. Pues una simple cuestión de opiniones. Si al público le parecía que los testamentos estaban seguros, y admitía que la administración no podía cum­plir mejor con sus deberes, ¿quién sufría con ello? Nadie. ¿A quién beneficiaba? A todos los que poseían las sinecuras. Muy bien. Las ventajas, por lo tanto, eran mayores que los inconvenientes; quizá no era una organización perfecta, no hay nada perfecto en este mundo; pero bajo la administra­ción del Tribunal de Prerrogativas el país se había cubierto de gloria. Si se metiera el hacha en la administración de Pre­rrogativas, el país dejaría de cubrirse de gloria. Veía como el rasgo distintivo de un espíritu sensato y elevado el tomar las cosas como se encontraban, y no cabía duda que la organiza­ción actual de las Prerrogativas duraría tanto tiempo como nosotros.»

Yo me rendí a su opinion, aunque tuviera, por mi cuenta, muchas dudas sobre ello. Sin embargo, él tenía razón, pues no solamente el Tribunal de Prerrogativas continúa exis­tiendo, sino que existió una grave denuncia presentada de muy mala gana al Parlamento, hace dieciocho años, donde todas mis objeciones estaban desarrolladas en detalle y en una época en que se anunciaba que sería imposible amonto­nar los testamentos del distrito de Canterbury en el local ac­tual durante más de dos años y medio, a partir de aquel mo­mento. Yo no sé lo que se ha hecho después; no sé si se habrán perdido muchos, o si los venden de vez en cuando a las tiendas como papel; pero estoy tranquilo porque el mío no está allí y espero que no lo esté en mucho tiempo.

Si he relatado toda nuestra conversación en este dichoso capítulo no podrá decírseme que no era su lugar apropiado. Charlábamos paseándonos de arriba abajo míster Spenlow y yo antes de pasar a asuntos más generales. Por fin me dijo que el cumpleaños de Dora era dentro de una semana, y que me agradecería mucho que me uniera a ellos para una excur­sion que iban a organizar. Al momento perdí la razón, y al día siguiente mi locura no tenía límites cuando recibí una cartita con estas palabras: «Recomendado al cuidado de papá para recordar a míster Copperfield la excúrsión». Pasé los días que me separaban de aquel gran suceso en un estado cercano a la idiotez.

Creo que debí de cometer todos los absurdos posibles como preparación para aquel día afortunado. Me ruborizo al pensar en la corbata que compré; en cuanto a mis botas, eran dignas de figurar en una colección de instrumentos de tor­tura. Me procuré, y envié la víspera por la noche, por medio del ómnibus de Norwood, una cestita de provisiones que casi equivalía, a mi parecer, a una declaración. Contenía, en­tre otras cosas, almendras envueltas en las divisas más tier­nas que pude encontrar en la confitería. A las seis de la ma­ñana estaba en el mercado de Covent Garden para comprar un ramo de flores a Dora. A las diez montaba a caballo. Ha­bía alquilado un bonito caballo gris para aquella ocasión, y tomé al trote el camino de Norwood con el ramo de flores en el sombrero para que se conservara fresco.

Supongo que cuando vi a Dora en el jardín a hice como que no la veía, pasando por delante de la casa y haciendo como que la buscaba con cuidado, fui culpable de dos pe­queñas locuras que otros muchos jóvenes habrán cometido igual en mi situación; tan naturales me parecen. Pero cuando hube encontrado la casa; cuando me apeé a la puerta; cuando atravesé el césped con las crueles botas para acercarme a Dora, que estaba sentada en un banco a la sombra de un lilo, ¡qué espectáculo ofrecía en medio de las mariposas con su sombrero blanco y su traje azul cielo!

Con ella había otra muchacha, que a su lado parecía mu­chísimo más vieja: tendría veinte años. Se llamaba miss Mills, y Dora la llamaba Julia. Era la amiga íntima de Dora. ¡Dichosa miss Mills!

Jip estaba allí y se empeñaba en ladrarme. Cuando la ofrecí mi ramo, Jip rechinó los dientes de envidia. Tenía ra­zón. ¡Oh, sí! Si tenía la menor idea del ardor con que amaba a su dueña tenía razón.

-¡Oh, muchas gracias, míster Copperfield! ¡Qué flores tan bonitas! -dijo Dora.

Había tenido la intención de decirle que yo también las había encontrado encantadoras antes de verlas a su lado, y estudiaba desde tres millas antes de llegar la mejor manera de soltar la frase, pero no lo conseguí: estaba demasiado se­ductora y perdí toda presencia de espíritu y toda facultad de palabra cuando le vi acercar el ramo a los lindos hoyuelos de su barbilla, y caí en éxtasis. Todavía me sorprende el no ha­berle dicho:

-Máteme, miss Mills, por piedad; ¡quiero morir aquí!

Después Dora alargó mis flores a Jip para que las oliera, y Jip se puso a gruñir y no quiso olerlas. Entonces Dora las acercó a su hocico para obligarle, y Jip cogió una rama de geranio entre sus dientes y la destrozó como si oliera una bandada de gatos imaginarios. Dora le pegaba haciendo mohínes y diciendo: « ¡Mis pobres flores! ¡Mis hermosas flores! » , con un tono tan simpático, me pareció, como si fuera a mí a quien Jip hubiera mordido. ¡Ya lo hubiera que­rido!

-Se alegrará usted mucho de saber, míster Copperfield -dijo Dora-, que la fastidiosa miss Murdstone no está aquí. Ha ido a la boda de su hermano, y se quedará allí por lo menos tres semanas. ¿No es un encanto?

Le dije que, en efecto, debía de estar encantada, y que todo lo que le encantaba a ella me encantaba a mí. Miss Mills nos escuchaba sonriendo con una superioridad de be­nevolencia y simpatía.

-Es la persona más desagradable que conozco -dijo Dora-: no puedes figurarte qué gruñona es y qué mal genio tiene.

-¡Oh!, ya lo creo que puedo, querida mía -dijo Julia.

-Es verdad. «Tú» puede que sí -respondió Dora co­giendo la mano de Julia entre las suyas-. Perdóname no haberte exceptuado enseguida.

De aquello deduje que miss Mills había sufrido las vicisi­tudes de la vida y que era a eso a lo que podía atribuirse sus maneras llenas de gravedad benigna, que ya me habían cho­cado. En el transcurso del día supe que no me había equivo­cado; mis Mills había tenido la desgracia de enamorarse mal, y se decía que se había retirado del mundo después de aquella terrible experiencia de las cosas humanas; pero que se tomaba siempre cierto interés por las esperanzas y afectos de los jóvenes que no habían tenido todavía desengaños.

En esto míster Spenlow salió de la casa, y Dora se ade­lantó a él diciendo:

-¡Mira, papá, qué flores tan hermosas!

Y miss Mills sonrió con aire pensativo, como diciendo:

-¡Pobres flores de un día, gozad de vuestra existencia pasajera bajo el sol brillante de la mañana de la vida!

Y todos abandonamos el césped para subir al coche, que ya estaba enganchado.

Nunca volveré a hacer una excursión semejante; nunca la he hecho después. Iban los tres en el faetón. Su cesta de provisiones, la mía y la caja de la guitarra también iban. El faetón era descubierto, y yo seguía el coche; Dora iba en la parte de delante, frente a mí. Llevaba mi ramo a su lado, encima del asiento, y no permitía a Jip que se subiera allí por miedo de que aplastara mis flores. De cuando en cuando las cogía para respirar su perfume; entonces nues­tros ojos se encontraban, y yo me pregunto cómo no salté por encima de la cabeza de mi bonito caballo gris para caer en el coche.

Había polvo; creo que hasta mucho polvo. Tengo el vago recuerdo de que míster Spenlow me aconsejó que no caraco­leara en el torbellino de polvo que dejaba el faetón; pero yo no me daba cuenta. Yo no veía más que a Dora a través de una nube de amor y de belleza; no podía ver otra cosa. Mis­ter Spenlow se levantaba algunas veces y me preguntaba qué me parecía el paisaje. Yo le respondía que era un sitio encantador, y es probable que lo fuera; pero yo sólo veía a Dora. El sol llevaba a Dora en sus rayos; los pájaros gorjeaban sus alabanzas. El viento del mediodía soplaba el nombre de Dora. Todas las flores salvajes, hasta el último capullo, eran otras tantas Doras. Mi consuelo era que miss Mills me com­prendía. Miss Mills era la única que podía entrar del todo en mis sentimientos.

No sé cuánto tiempo duró el trayecto, ni sé tampoco dónde fuimos. Quizá fue cerca de Guilford. Quizá algún mago de Las mil y una noshes había creado aquel lugar para un solo día y lo destruyó después de nuestra partida. Era una pradera de musgo verde y fino, en una colina. Había grandes árboles, algo de bruma, y tan lejos como podía extenderse la mirada, un bonito paisaje.

Me contrarió mucho encontrar allí gente que nos espe­raba, y mis celos hasta de las mujeres no tenían límites. En cuanto a los seres de mi sexo, un impostor tres o cuatro años mayor que yo y con patillas rojas, que le daban un aplomo intolerable, era sobre todo mi enemigo mortal.

Todo el mundo abrió las cestas y se dispusieron a prepa­rar la comida. Patillas rojas dijo que él sabía hacer la ensa­lada; no lo creo, pero así se atrajo la atención del público. Las muchachas se pusieron a lavar las lechugas y a cortarlas bajo su dirección; Dora estaba entre aquellas. Yo sentí que el Destino me había dado aquel hombre por rival y que uno de los dos tenía que sucumbir.

Patillas rojas hizo la ensalada, y todavía me pregunto como pudieron comerla. En cuanto a mí, nada en el mundo me hubiera decidido a probarla. Después él mismo se nom­bró encargado del vino, y construyó una celda, para guar­darlo, en el hueco de un árbol. ¡Vaya una cosa ingeniosa! Al poco tiempo le vi, con los tres cuartos de una langosta en su plato, sentado y comiendo a los pies de Dora.

Ya no tengo más que una idea imprecisa de lo que ocurrió después de que aquel espectáculo se presentó a mi vista. Estaba muy alegre, no digo que no, pero era una alegría falsa. Me consagré a una muchachita vestida de rosa, con ojos chi­quitos, y le hice la corte desesperadamente. Ella recibió mis atenciones con agrado; pero no sé si era completamente por mí o porque tenía vistas ulteriores sobre Patillas rojas. Se bebió a la salud de Dora. Yo afecté interrumpir mi conversa­ción para beber también, y después la reanudé enseguida. Encontré los ojos de Dora al saludarla, y me pareció que me miraban suplicantes; pero aquella mirada me llegaba por en­cima de la cabeza de Patillas rojas, y fui inflexible.

La jovencita de rosa tenía una madre de verde que nos se­paró; yo creo que con una mira política. Además hubo revo­lución general mientras se quitaban los restos de la comida, y yo lo aproveché para meterme solo entre los árboles, ani­mado por una mezcla de cólera y de remordimientos. Me preguntaba si fingiría alguna indisposición para huir... a cualquier parte... sobre mi bonito caballo gris, cuando me encontré a Dora con miss Mills.

-Míster Copperfield -dijo miss Mills-, ¿está usted triste?

-Usted dispense; pero no estoy nada triste.

-Y tú, Dora --dijo miss Mills-, también estás triste;

-¡Oh Dios mío, no!

-Míster Copperfield, y tú, Dora --dijo miss Mills con una expresión casi venerable-, ¡ya es bastante! No consin­táis que un equívoco insignificante marchite las flores primaverales, que una vez marchitas no pueden volver a florecer. Me hace hablar así mi experiencia del pasado --continuó miss Mills-, de un pasado irrevocable. Los ma­nantiales que brotan al sol no deben ser tapados por capri­cho; el oasis del Sahara no debe ser suprimido a la ligera.

Yo no sabía lo que hacía, pues tenía la cabeza ardiendo; pero cogí la manita de Dora y la besé; ella me dejó. Después besé la mano de miss Mills; y me pareció que subíamos los tres juntos al séptimo cielo.

Ya no volvimos a bajar. Nos quedamos toda la tarde pa­seando entre los árboles con el bracito tembloroso de Dora reposando en el mío, y Dios sabe que, aunque fuera una locura, nuestra felicidad hubiera sido el poder volvemos in­mortales de pronto con aquella locura en el corazón, para errar eternamente así entre los árboles.

Demasiado pronto, ¡ay!, oímos a los demás que reían y charlaban llamando a Dora. Entonces reaparecimos, y roga­ron a Dora que cantase. Patillas rojas quiso it por la caja de la guitarra; pero Dora dijo que yo sólo sabía dónde estaba. Así es que Patillas rojas estaba derrotado, y yo fui quien en­contró la caja, yo quien la abrió, yo quien sacó la guitarra, yo quien se sentó a su lado, yo quien sostuvo su pañuelo y sus guantes y yo quien se embriagó en el sonido de su dulce voz mientras ella cantaba para el que amaba. Los demás po­dían aplaudir si querían; pero nada tenían que ver en su ro­manza.

Estaba borracho de alegría y me parecía que era dema­siado dichoso para que pudiera ser verdad; temía despertarme en Buckinghan Street y oír a mistress Crupp hacer ruido con las tazas mientras preparaba el desayuno. Pero no, ¡era Dora que cantaba! Después también cantaron otras; miss Mills también, y cantó una queja sobre los ecos dormidos de la ca­verna de la memoria, como si tuviera cien años, y llegó la tarde. Tomamos el té, haciendo hervir el agua en una hoguera al modo gitano, y yo era más dichoso que nunca.

Todavía me sentí más dichoso cuando nos separamos de Patillas rojas y cada uno tomó su camino, mientras que yo partía con ella en medio de la calma de la tarde, de la luz moribunda y de los dukes perfumes que se elevaban a nues­tro alrededor. Míster Spenlow iba un poco dormido gracias al champán. ¡Bendito sea el sol que ha madurado la uva, la uva que ha hecho el vino! ¡Bendito el comerciante que lo ha vendido! Y como dormía profundamente en un rincón del coche, yo iba a un lado hablando con Dora. Dora admiraba mi caballo y lo acariciaba (¡oh qué mano tan bonita resul­taba sobre la piel del animal!), y su chal no se sostenía bien, y me veía obligado a arreglárselo a cada momento. Creo que el mismo Jip empezaba a darse cuenta de lo que pasaba y a comprender que había que resignarse y hacer las paces con­migo.

Aquella penetrante miss Mills, aquella encantadora re­clusa que había agotado la existencia, aquel pequeño pa­triarca de veinte años apenas, que había terminado con el mundo y que no hubiera querido por nada despertar los ecos adormecidos en las cavernas de la memoria, ¡qué buena fue para mí!

-Míster Copperfield -me dijo-, venga por este lado del coche un momento, si es que puede dedicármelo. Nece­sito hablarle.

Y en mi bonito caballo gris, con la mano en la portezuela, me incliné a escuchar a miss Mills.

-Dora va a venir a verme. Pasado mañana se viene con­migo y con mi padre a mi casa. Si quisiera usted venir a ver­nos, estoy segura de que papá tendría mucho gusto en reci­birle.

¿Qué podía hacer sino pedir todas las bendiciones del mundo sobre la cabeza de miss Mills, y sobre todo confiar su dirección al rincón más seguro de mi memoria? ¿Qué po­día hacer sino decir a miss Mills, con palabras ardientes y miradas reconocidas, todo lo que le agradecía sus bondades y qué precio infinito daba a su amistad?

Después miss Mills me despidió benignamente: «Vuelva con Dora». Y volví; y Dora se inclinó fuera del coche para charlar conmigo; y fuimos hablando todo el resto del ca­mino; y yo hacía andar tan cerca de la rueda a mi caballo gris, que se desolló toda la pierna derecha, tanto que su pro­pietario me dijo al día siguiente que le debía sesenta y cinco chelines por el daño, lo que pagué sin regatear, encontrando que era barato para una alegría tan grande. Durante el camino miss Mills miraba a la luna, recitando en voz baja ver­sos y recordando, supongo, los tiempos lejanos en que la tie­rra y ella no se habían divorciado por completo.

Norwood estaba demasiado cerca, y llegamos muy pronto. Míster Spenlow se despertó un momento antes de llegar a su casa y me dijo:

-Entre usted a descansar, Copperfield.

Acepté, y nos sirvieron sándwiches, vino y agua. En la habitación, iluminada, Dora me parecía tan encantadora ru­borizándose, que no podía arrancarme de su presencia y con­tinuaba allí mirándola fijamente como en un sueño, cuando los ronquidos de míster Spenlow me indicaron que era hora de retirarme. Me fui, y por el camino sentía todavía la mano de Dora sobre la mía; recordaba mil y mil veces cada inci­dente y cada palabra, y, por fin, me encontré en mi cama tan embriagado de alegría como el más loco de los jovenes in­sensatos a quien el amor haya perdido la cabeza.

Al despertarme a la mañana siguiente estaba decidido a declararle mi pasión a Dora para saber mi suerte. Mi felici­dad o mi desgracia: esa era ahora la cuestión. Para mí no ha­bía otra en el mundo, y a aquello sólo Dora podía contestar. Pasé tres días desesperándome y torturándome, inventando las explicaciones menos animadas que se podían dar a todo lo ocurrido entre Dora y yo. Por fin, muy vestido para las circunstancias, me dirigí a casa de miss Mills con una decla­ración en los labios.

Es inútil decir la de veces que subí la calle para volverla a bajar; la de veces que di la vuelta al lugar, dándome cuenta de que yo era mucho más que la luna, la palabra del antiguo enigma, antes de decidirme a subir las escaleras de la casa y a llamar a la puerta. Cuando por fin llamé, mien­tras esperaba que me abrieran tuve por un momento la idea de preguntar si no vivía allí míster Balckboy (imitando al pobre Barkis) y disculparme y huir. Sin embargo, no lo hice.

Míster Mills no estaba en casa; ya me lo esperaba, ¿para qué le necesitábamos?, y miss Mills sí estaba en casa, y yo no necesitaba más.

Me hicieron entrar en una habitación del primer piso, donde encontré a miss Mills y a Dora; también estaba Jip. Miss Mills copiaba música (recuerdo que era una romanza nueva, titulada De profundis amoris) y Dora pintaba flores. ¡Juzgad de mis sentimientos cuando reconocí mis flores, el ramo del mercado de Covent Garden! No puedo decir que se pareciera mucho, ni que yo hubiera visto nunca flores como aquellas; pero reconocí la intención en el papel que las en­volvía, que, ese sí, estaba copiado con mucha exactitud.

Miss Mills estaba encantada de verme; sentía infinita­mente que su papá hubiera salido, aunque me pareció que soportamos su ausencia con bastante resignación. Miss Mills sostuvo la conversación durante un momento; después, pasando su pluma por el De profundis amoris, se levantó y se fue.

Yo empezaba a creer que dejaría la cosa para el día si­guiente.

-Supongo que su pobre caballo no estaría muy cansado la otra noche cuando volvió usted -me dijo Dora levan­tando sus hermosos ojos-; fue una excursión muy larga para él.

Empecé a creer que sería aquella misma tarde.

-Sí; fue una excursión muy larga para él, pues el pobre animal no tenía nada que le sostuviera durante el viaje.

-¿No le habían dado de comer? ¡Pobre animal!

Empecé a creer que lo dejaría para el día siguiente.

-¡Perdone! Le habían dado de comer; pero quiero decir que no gozaba tanto como yo de la inefable felicidad de es­tar a su lado.

Dora bajó la cabeza sobre su cuaderno y dijo al cabo de un momento (durante aquel tiempo yo estaba en un estado febril y sintiendo mis piernas tiesas como palos):

-Durante parte del día no parecía sentir usted esa felici­dad tan vivamente.

Vi que la suerte estaba echada y que había que terminar allí mismo.

-Parecía interesarle muy poco esa felicidad --continuó Dora con un ligero movimiento de cejas y moviendo la ca­beza- mientras estaba usted sentado al lado de miss Kitt.

Debo hacer observar que miss Kitt era la muchacha ves­tida de rosa, de ojos pequeñitos.

-Además, no sé por qué tenía que haberle importado -dijo Dora-, ni por qué dice usted que era una felicidad. Pero probablemente no piensa usted todo lo que dice. Y es us­ted muy libre de hacer lo que le parezca. ¡Jip, malo; ven aquí!

No sé lo que hice; pero todo fue dicho en un momento. Corté el paso a Jip, cogí a Dora en mis brazos. Estaba lleno de elocuencia; no necesitaba buscar las palabras; le dije a Dora todo lo que la amaba; le dije que me moriría sin ella; le dije que la idolatraba. Jip ladraba con furia todo el tiempo.

Cuando Dora bajó la cabeza y se puso a llorar temblando, mi elocuencia no conoció límites. Le dije que no tenía más que decir una palabra y estaba dispuesto a morir por ella; que a ningún precio quería la vida sin el amor de Dora; que no quería ni podía soportarla. La amaba desde el primer día, y había pensado en ella en todos los minutos del día y de la noche. En el momento mismo en que estaba hablando la amaba con locura, la amaría siempre con locura. Antes que yo había habido amantes y los habría después; pero nunca ninguno podría ni querría amar como yo amaba a Dora.

Cuantas más locuras decía, más ladraba Jip. Él y yo pare­cía que estábamos a ver cuál de los dos se mostraba más in­sensato. Y poco a poco Dora y yo resultamos sentados en el diván tranquilamente, con Jip sobre las rodillas de su dueña, mirándome tranquilizado. Mi espíritu estaba libre de su peso: era completamente dichoso; Dora y yo estábamos pro­metidos.

Supongo que teníamos alguna idea de que aquello debía terminar en matrimonio. Lo pienso, porque Dora declaró que no nos casaríamos sin el consentimiento de su padre; pero en nuestra alegría infantil creo que no mirábamos adelante ni atrás; el presente, en su ignorancia inocente, nos bastaba. Debíamos guardar nuestro compromiso secreto, y ni siquiera se me ocurrió la idea de que pudiera haber en aquel procedi­miento algo que no fuera correcto.

Miss Mills estaba más pensativa que de costumbre cuando Dora, que había ido a buscarla, la trajo, supongo que sería porque lo que acababa de suceder despertaba los ecos dormidos en las cavernas de la memoria. Sin embargo, nos dio su bendición y nos prometió una amistad eterna, y nos habló en general, como era natural, con una voz que salía del claustro profético.

¡Qué niñadas! ¡Qué tiempo de locuras, de ilusiones y de felicidad!

Cuando tomé la medida del dedo de Dora para hacerle un anillo compuesto de « no me olvides», el joyero a quien lo encargué adivinó de lo que se trataba y se echó a reír mien­tras tomaba nota de mi encargo, y me preguntó todo lo que le convino para aquella joyita adornada de piedras azules, que se une de tal modo todavía en mi memoria al recuerdo de la mano de Dora, que ayer, al ver un anillo semejante en el dedo de mi hija, he sentido mi corazón estremecerse de dolor por un momento.

Cuando me paseaba exaltado por mi secreto y mi impor­tancia, pareciéndome que el honor de amar a Dora y de ser amado por ella me elevaba tan por encima de los que no es­taban admitidos a aquella felicidad y que se arrastraban por la tierra como si yo hubiera volado.

Cuando nos citábamos en el jardín de la plaza y charlába­mos en el pabellón polvoriento, donde éramos tan dichosos que todavía ahora amo los gorriones de Londres por la sola ra­zón de que veo los colores del arco iris en sus plumas de humo.

Cuando tuvimos nuestra primera gran discusión, ocho días después de empezar nuestro noviazgo, y Dora me de­volvió el anillo encerrado en una carta triangular con esta te­rrible frase: «Nuestro amor empezó con la locura y termina con la desesperación», y al leer aquello yo me arrancaba los cabellos y pensaba que todo había terminado.

Cuando al oscurecer volé a casa de miss Mills y la vi, a hurtadillas, en una antecocina, donde había una lixiviadora, y le supliqué que intercediera con Dora y que nos salvara de nuestra locura.

Cuando miss Mills consintió en encargarse y volvió con Dora exhortándonos desde lo alto de su juventud rota para que hiciéramos concesiones mutual, con objeto de evitar el desierto de Sahara.

Cuando nos echamos a llorar y nos reconciliamos para gozar de nuevo de una felicidad tan viva en aquella anteco­cina con la lixiviadora, que por lo menos nos parecía el tem­plo del Amor, y cuando arreglamos un sistema de correspon­dencia que debía pasar por manos de miss Mills, y que suponía por lo menos una carta diaria por ambas partes.

¡Cuántas niñerías! ¡Qué tiempos de felicidad, de ilusiones y de locuras! De todas las épocas de mi vida que el tiempo tiene en su mano no hay ninguna cuyo recuerdo traiga a mil labios tantas sonrisas y a mi corazón tanta ternura.