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David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 27. Tommy Traddles
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Quizá fue a consecuencia del consejo de mistress Crupp, o quizá también sin mayor razón que la de recordar algunas partidas que había jugado con Traddles, por lo que al día si­guiente se me ocurrió ir en busca de mi antigun camarada. El tiempo que debía pasar fuera de Londres había transcurrido, y habitaba en una callejuela cercana a la Escuela de Veteri­naria, en Camden Town, barrio principalmente habitado, se­gún me dijo uno de nuestros empleados, que vivía cerca, por jóvenes estudiantes de la Escuela, que compraban burros vi­vos para hacer con ellos experimentos en sus habitaciones particulares. Me hice dar por aquel mismo empleado algunos datos sobre la situación de ese retiro académico, y a medio­día me encaminé en busca de mi antigun camarada.

La calle en cuestión dejaba bastante que desear, y me ha­bría gustado mayor comodidad para mi amigo Traddles. Pa­recía que sus habitantes eran demasiado propensos a lanzar en medio de la calle todo lo que les estorbaba; de manera que no solamente estaba llena de fango y basura, sino que además reinaba el mayor desorden y estaba llena de hojas de coles. Y aquel día no era eso todo, pues además de las ver­duras había una zapatilla vieja, una cacerola sin fondo, un sombrero negro y un paraguas, todo en mayor o menor es­tado de descomposición, según pude apreciar mientras bus­caba el número deseado.

El aspecto general del lugar me recordó vivamente los tiempos en que yo vivía con los Micawber. Cierto aspecto in­definible de elegancia venida a menos, que se observaba en la casa que yo buscaba, diferenciándola de las otras (aunque todas estaban construidas sobre el mismo patrón y parecían esos intentos primitivos de colegial torpe que aprende a dibu­jar casas), me recordaba todavía más a mis antiguos huéspe­des. El diálogo a que asistí al llegar a la puerta, que acababan de abrir al lechero, no hizo más que avivar mis recuerdos.

-Veamos -decía el lechero a una criada muy joven­cita-, ¿han pensado ya en mi cuenta?

-¡Oh! El señor dice que se ocupará de ella enseguida -respondió.

-Porque... -repuso el lechero continuando como si no hubiera recibido respuesta y hablando más bien, según me pareció (por el tono y las miradas furiosas que lanzaba hacia el interior), para que le escuchase alguien que estaba dentro de la casa, que para la criadita- porque hace ya tanto tiempo que esta cuenta va corriendo, que empiezo a creer que va a seguir corriendo siempre, y luego va a ser difícil atraparla. ¡Y puede usted comprender que eso no lo puedo consentir! -gritó cada vez más alto, atravesando con su tono penetrante toda la casa desde el corredor

Sus modales eran una anomalía nada de acuerdo con su tranquilo oficio de lechero. Su cólera habría resultado excesiva en un carnicero y hasta en un vendedor de aguardiente. La voz de la criadita se debilitó; pero me pareció, por el movimiento de sus labios, que murmuraba de nuevo que iban a ocuparse enseguida de la cuenta.

-Escucha lo que voy a decirte -repuso el lechero fi­jando los ojos en ella por primera vez y cogiéndola de la bar­billa-: ¿te gusta la leche?

-Sí, mucho -replicó.

-Pues bien -continuó el lechero-; mañana no la traeré, ¿me oyes? Mañana no traeré ni una gota.

La chica pareció tranquilizada al saber que, por lo menos, hoy sí la tendrían. El lechero, después de hacer un gesto si­niestro, le soltó la barbilla, y abriendo su cacharra de la peor gana del mundo llenó la de la familia. Después se marchó gruñendo y se puso a vocear en la calle la leche en tono fu­rioso.

-¿Vive aquí míster Traddles? -pregunté.

Una voz misteriosa respondió «sí» desde el fondo del corredor. Entonces la criadita repitió: «Sí.»

-¿Está en casa?

La voz misteriosa respondió de nuevo afirmativamente, y la criada hizo eco. Entonces entré y, por las indicaciones de la muchacha, subí, seguido, según me pareció, por un ojo misterioso, que pertenecía sin duda a la voz misteriosa, y procedente de una habitación de la parte de atrás de la casa.

Encontré a Traddles esperándome en el descansillo de la escalera. La casa no tenía más que un piso, y la habitación en que me introdujo, con gran cordialidad, estaba situada en la parte de delante. Estaba muy limpia, aunque pobremente amueblada. Vi que esa era toda su vivienda, pues tenía un lecho-diván, y los cepillos y betunes estaban escondidos entre los libros, detrás de un diccionario, sobre el estante más alto. Tenía la mesa cubierta de papeles; estaba vestido con un traje muy viejo, y trabajaba con toda su alma. Yo no miraba nada; pero lo vi todo a la primera ojeada, antes de sentarme: hasta una iglesia pintada en el tintero de porce­lana. Era también una facultad de observación que había aprendido a ejercitar en los tiempos de los Micawber. Dife­rentes arreglos ingeniosos de su invención, para disimular la cómoda o para esconder las botas, el espejo de afeitarse, etc., me recordaban con una exactitud completamente pecu­liar las costumbres de Traddles en los tiempos en que gas­taba el tiempo en tonterías, o cuando se consolaba de sus penas con las famosas obras de arte de las cuales he hablado más de una vez.

En un rincón de la habitación vi algo que estaba cuidadosamente cubierto con un gran paño blanco, sin poder adivi­nar lo que era.

-Traddles -le dije estrechándole por segunda vez la mano cuando estuve sentado-, estoy encantado de verte.

-Yo sí que estoy encantado, Copperfield -replicó-. ¡Oh, sí! ¡Muy contento! El día que nos encontramos en casa de míster Waterbrook estaba radiante, y estaba seguro de que te ocurría lo mismo. Por eso te di la dirección de mi casa, en lugar de darte la de mi bufete.

-¡Oh! ¿Tienes bufete? -dije.

-Es decir, la cuarta parte de un bufete y de un pasillo, y también la cuarta parte de un empleado -repuso Traddles-. Nos hemos reunido cuatro para alquilar un estudio, y que pa­rezca que tenemos asuntos, y al empleado también le paga­mos entre los cuatro. Me cuesta media corona por semana.

«Su antigua sencillez y buen humor, y también algo de su antigua mala suerte» pensaba yo al verle sonreírse mientras me daba estas explicaciones.

-Te aseguro que no es por orgullo, Copperfield, me comprenderás --dijo Traddles-, por lo que no doy, por lo general, las señas de mi casa; es solamente porque no a to­dos podría gustarles venir aquí. En cuanto a mí, tengo bas­tante que hacer con tratar de salir a flote en el mundo, y sería ridículo que me preocupara otra cosa.

-¿Te piensas dedicar a la abogacía, según me ha dicho míster Waterbrook? -le dije.

-Sí, sí --dijo Traddles restregándose despacio las ma­nos una con otra-; me preparo para eso. El caso es que em­piezo ahora a estudiar, aunque algo tarde, hace ya algún tiempo que estoy inscrito, pero el pago de esas cien libras es un gran pellizco. ¡Un gran pellizco! --dijo Traddles con un gesto como si le sacaran un diente.

-¿Sabes en lo que no puedo por menos de pensar, Tradd­les, mientras estoy aquí sentado mirándote? -le pregunté.

-No -me dijo. -En el traje azul celeste que llevabas entonces.

-¡Dios mío, es verdad! -exclamó Traddles riendo-. Un poco estrecho en los brazos y en las piernas. ¡Dios mío! ¡Ya lo creo! Aquellos eran tiempos felices, ¿no te parece?

-Pienso que nuestro maestro podía habernos hecho más dichosos sin perjudicamos a ninguno, y se lo habría agrade­cido -repuse.

-Quizá podía; pero, amigo, nos divertíamos mucho. ¿Te acuerdas de las noches del dormitorio? ¿Y los banquetes que acostumbrábamos a tener? ¿Y cuando tú nos contabas histo­rias? ¡Ja, ja, ja! ¿Y te acuerdas cómo me pegaron por llorar cuando se fue míster Mell? ¡El viejo Creakle! Me gustaría también volverle a ver

-Era un bruto contigo, Traddles --dije con indignación, pues su buen humor me ponía furioso, como si le hubiera es­tado viendo pegar la víspera.

-¿De verdad lo piensas? ¿Realmente? Quizá lo era; pero hace tanto tiempo. ¡Viejo Creakle!

-¿Era un tío el que se ocupaba de ti entonces? --dije.

-Sí -dijo Traddles-. Aquel a quien siempre iba yo a escribir y nunca lo hacía. ¡Ja, ja, ja! Sí; entonces tenía un tío. Murió poco después de salir yo del colegio.

-¿De verdad?

-Sí. Era ¿cómo se dirá? un comerciante de telas retirado, y había hecho de mí su heredero. Pero dejé de gustarle al crecer.

-¿De verdad fue así? -dije.

No podía comprender que hablara con tanta tranquilidad de semejante asunto.

-¡Oh sí, querido Copperfield, ha sido así! -replicó Traddles-. Fue una desgracia; pero no le gusté en absoluto. Dijo que no era yo lo que se había esperado, y se casó con su ama de llaves.

-¿Y tú qué hiciste? -pregunté.

-Yo no hice nada de particular -dijo Traddles-. Seguí viviendo con ellos, esperando poder salir al mundo; pero a mi tío se le subió la gota al estómago y murió. Entonces ella se casó con un joven, y yo me quedé sin posición.

-¿Pero no te dejó nada, Traddles, después de todo?

-¡Oh sí, querido, sí! -dijo Traddles-. Me dejó cin­cuenta libras. Como nunca me habían dedicado a ninguna profesión, al principio no sabía qué hacer. Sin embargo, em­pecé, con la ayuda del hijo de un profesional, que había es­tado en Salem House: Yawler, con su nariz torcida, ¿no le recuerdas?

-No. No debía de estar cuando yo. En mi época todas las narices estaban derechas.

-Lo mismo da --dijo Traddles-. Empecé, por media­ción suya, a copiar escrituras legales. Pero esto no me repor­taba mucho; entonces empecé a redactar y a hacer toda clase de trabajos para ellos. Trabajo mucho, tanto más porque lo hago deprisa. Bien. Entonces se me metió en la cabeza estu­diar yo también leyes, y así desapareció el final de mis cin­cuenta libras. Yawler me recomendó a uno o dos bufetes, en­tre ellos el de míster Waterbrook; hice algún negociejo que otro. También he tenido la suerte de conocer a un editor que trabaja en la publicación de una enciclopedia, y me ha dado trabajo. En este momento trabajaba para él, y no soy mal compilador, Copperfield -dijo Traddles continuando en el mismo tono de alegre confidencia-; pero no tengo la me­nor imaginación, ni un átomo. Yo creo que no se puede en­contrar un muchacho con menos originalidad que yo.

Como Traddles parecía esperar que yo asintiera a aquello como cosa sabida, asentí; y él continuó con la misma alegre paciencia (no encuentro mejor expresión) de antes:

-Y así, poco a poco, y viviendo con modestia, por fin he conseguido reunir las cien libras, y gracias a Dios las he pa­gado, aunque el trabajo haya sido... haya sido verdadera­mente... -Traddles hizo de nuevo un gesto como si le arrancaran otra muela...- algo duro. Vivo de todo esto, y espero llegar pronto a escribir en un periódico. Por el momento se­ría mi bastón de mariscal. Pero, ahora que me fijo, Copper­field, has cambiado tan poco y estoy tan contento de volver a ver tu cara de bueno, que no quiero ocultarte nada. Has de saber que tengo novia. (¡Novia! ¡Oh Dora!)

-Es la hija de un pastor del Devonshire: son diez herma­nos. Sí -añadió viéndome lanzar una mirada involuntaria hacia el tintero--; esa es la iglesia: se da la vuelta por aquí y se sale por esta verja (me lo iba señalando con el dedo); y aquí donde pongo la pluma está el presbiterio, frente a la iglesia. ¿Te das cuenta?

Sólo un poco más tarde comprendí todo el gusto con que me daba aquellos detalles; pues en aquel momento, en mi egoísmo, seguía en mi cabeza un piano figurado de la casa y del jardín de mister Spenlow.

-¡Es una chica tan buena! -dijo Traddles-. Time al­gún año más que yo; pero ¡es una chica tan buena! ¿No te lo dije la otra vez que te vi cuando me fui de Londres? Es que iba a verla. Voy a pie al ir y al venir; pero ¡qué viaje tan deli­cioso! Probablemente seguiremos de novios mucho tiempo; pero nuestro lema es «Paciencia y esperanza». Y es lo que nos repetimos siempre: «Paciencia y esperanza». Y me espe­rará, querido Copperfield; me esperará hasta los sesenta años y mas si es necesario.

Traddles se levantó y puso la mano con expresión de triunfo encima del paño blanco que ya he mencionado.

-Sin embargo -dijo-, eso no quita que nos estemos ocupando ya de nuestra casa; no, no. Al contrario, ya hemos empezado. Iremos poco a poco; pero ya hemos empezado. Mira -dijo tirando del paño con mucho orgullo y cui­dado-, mira las dos cosas que hemos comprado ya para la casa: este florero y esta repisa; eila misma los ha comprado. Esto en la ventana de un salón --dijo Traddles retrocediendo un poco para mirar mejor- y con una planta en el florero y... ¡ya está! En cuanto a esta mesita con tablero de mármol (tiene dos pies y dos pulgadas de circunferencia), yo soy quien la ha comprado. Se necesita un sitio donde dejar un li­bro, o bien viene alguien a veros, a ti o a tu mujer, y busca un sitio donde dejar su taza de té; pues, ¡aquí está! -repuso Traddles-. Es un mueble muy bien trabajado, y sólido como una roca.

Le alabé las dos cosas, y Traddles volvió a colocar el paño con el mismo cuidado que lo había levantado.

-No es todavía mucho mobiliario -dijo Traddles-; pero siempre es algo. Los manteles, las sábanas y todo eso es lo que más me desanima, Copperfield, y la batería de co­cina, las cacerolas, los asadores; es todo tan indispensable, y es caro, sube mucho. Pero «Paciencia y esperanza», y ade­más, si supieras, ¡es tan... tan buena chica!

-Estoy seguro -le dije.

-Entre tanto --dijo Traddles volviéndose a sentar, y este es el fin de todos estos pesadísimos detalles personales-, hago lo que puedo. No gano mucho dinero, pero gasto poco. En general como con los habitantes del piso bajo, que son muy amables. Míster y mistress Micawber conocen bien la vida, y son compañeros agradables.

-Querido Traddles, ¿qué me dices?

Traddles me miró como si a su vez no supiera lo que yo decía.

-¡Mister y mistress Micawber! ¡Son íntimos amigos míos!

Precisamente en aquel momento sonó en la puerta de la calle un doble golpe, en el que reconocí, a causa de mi larga experiencia de Windsor Terrace, la mano de míster Micawber; sólo él podía llamar así. Por lo tanto, cualquier duda que hu­biera podido quedarme en el espíritu sobre la identidad de mis antiguos amigos se desvaneció, y rogué a Traddles que pidiera al dueño que subiera. Traddles se asomó a la escalera para llamar a míster Micawber, que apareció un momento después. No había cambiado; su pantalón ceñido, su bastón, el cuello de la camisa y su monóculo eran siempre los mis­mos, y entró en la habitación de Traddles con cierto aire de juventud y de elegancia.

-Le pido perdón, míster Traddles --dijo míster Micawber con la misma inflexión de voz de siempre y cesando brusca­mente de canturrear-: no sabía que iba a encontrar en su santuario a un caballero extraño a la casa.

Míster Micawber me hizo un ligero saludo y se tiró del cuello de la camisa.

-¿Cómo está usted, míster Micawber? -le dije.

-Caballero -dijo míster Micawber-, es usted muy amable. Estoy in statu quo.

-¿Y mistress Micawber? -proseguí.

-Caballero -dijo míster Micawber-, también está, gracias a Dios, in statu quo.

-¿Y los niños, míster Micawber?

-Caballero -dijo míster Micawber-, tengo la alegría de poderle contestar que están en el mejor estado de salud.

Durante todo aquel tiempo, míster Micawber no me había reconocido lo más mínimo, aunque estábamos frente a frente. Pero ahora, viendo mi sonrisa, examinó mis rasgos con mayor atención, retrocedió y exclamó:

-¿Es posible? ¿Es a Copperfield a quien tengo el gusto de volver a ver?

Y me estrechó las dos manos con la mayor efusión.

-¡Dios mío, míster Traddles --dijo míster Micawber-, pensar que encuentro en su compañía al amigo de mi juven­tud, al compañero de días más jóvenes! ¡Querida mía! -llamó por la escalera míster Micawber, mientras Traddles parecía, con razón, no poco sorprendido de aquellas expre­siones-. Hay aquí un caballero, en la habitación de míster Traddles, que desea tener el gusto de ser presentado a ti, amor mío.

Míster Micawber reapareció inmediatamente y me estre­chó las manos de nuevo.

-¿Y cómo está nuestro querido amigo el doctor, Copper­field --dijo mister Micawber-, y todos los conocidos de Canterbury?

-Sólo he tenido buenas noticias de ellos --dije.

-¡Cómo me alegro! -dijo míster Micawber-. Fue en Canterbury donde nos encontramos por última vez. A la sombra de aquel edificio religioso, para servirme del estilo figurado inmortalizado por Chance; de ese edificio que ha sido en otras épocas la meta de peregrinación de tantos via­jeros de los lugares más ...; en una palabra --dijo míster Mi­cawber-, al lado de la catedral.

-Es verdad -le dije.

Míster Micawber continuaba hablando con la mayor vo­lubilidad; pero me parecía observar en su rostro que escu­chaba con interés ciertos ruidos que provenían de la habita­ción de al lado, como si mistress Micawber se lavara las manos y abriera y cerrara precipitadamente cajones que no eran fáciles de abrir.

-Nos encuentra usted, Copperfield -dijo míster Mi­cawber mirando a Traddles de reojo-, establecidos por el momento en una situación modesta y sin pretensiones; pero usted sabe que en el curso de mi carrera he tenido que atra­vesar tremendas dificultades y muchos obstáculos que ven­cer. Usted no ignora que ha habido momentos de mi vida en que me he visto obligado a hacer un alto en espera de que al­gunos sucesos previstos salieran bien; y, en fin, que algunas veces he tenido que retroceder para conseguir lo que espero llamar sin presunción dar mejor el salto. Por el momento es­toy en una de esas épocas decisivas en la vida de un hombre. Retrocedo para saltar mejor, y tengo motivos para esperar que no tardaré en terminar con un salto enérgico.

Le expresaba toda mi satisfacción por aquellas noticias, cuando entró mistress Micawber. Un poco más descuidada todavía de indumento que en el pasado, o quizá consistiera en que había perdido la costumbre de verla; sin embargo, se había preparado para ver gente, y hasta se había puesto un par de guantes oscuros.

-Querida mía -dijo mister Micawber acercándola a mí-; aquí está un caballero que se llama Copperfield y que querría renovar la amistad contigo.

Habría sido preferible, por lo visto, preparar aquella sor­presa, pues mistress Micawber, que estaba en un estado de sa­lud precario, se conmovió tanto, que mister Micawber tuvo que correr en busca de agua a la bomba del patio y llenar un cacha­rro para bañarle las sienes. Se repuso pronto, sin embargo, y manifestó un verdadero placer al verme. Estuvimos charlando todos juntos todavía cerca de media hora, y le pregunté por los mellizos, «que estaban enormes», me dijo; en cuanto al seño­rito y a la señorita Micawber, me los describió como «verdade­ros gigantes» ; pero no los vi en aquella ocasión.

Mister Micawber quería convencerme de que me quedase a comer, y yo no habría hecho ninguna objeción si no me hubiera parecido leer en los ojos de mistress Micawber un poco de inquietud calculando la cantidad de fiambre que ten­dría en la despensa. Declaré que estaba comprometido en otra parte, y observando que el espíritu de mistress Micaw­ber parecía libertado de un gran peso, resistí a todas las in­sistencias de su esposo.

Pero les dije a Traddles y a mister y mistress Micawber que antes de decidirme a dejarlos era necesario que me fija­ran el día que les convenía venir a comer a mi casa. Las ocu­paciones que encadenaban a Traddles nos obligaron a fijar una fecha bastante lejana; pero por fin se eligió una tarde que convenía a todo el mundo, y me despedí de ellos.

Mister Micawber, bajo pretexto de enseñarme un camino más corto que aquel por el que había ido, me acompañó hasta un rincón de la calle, con intención, añadió, de decir algunas palabras en confianza a su antigun amigo.

-Mi querido Copperfield -me dijo mister Micawber-, no tengo necesidad de repetirle que para nosotros, en las circunstancias actuales, es un gran consuelo tener bajo nuestro techo un alma como la que resplandece, si puedo expresarme así, en su amigo Traddles. Con la lavandera que vende galle­tas, que es nuestra vecina más cercana, y un guardia que vive en la casa de enfrente, puede usted comprender que la amistad de míster Traddles es una gran dulzura para mistress Micaw­ber y para mí. Por el momento estoy dedicado, míster Copper­field, a comisionista de trigos, lo que no está muy remunerado; en otros términos, no se saca nada de ello y los apuros pecu­niarios de una naturaleza transitoria han sido la consecuencia. Sin embargo, me complace el poderle decir que tengo en pers­pectiva la esperanza de que surja algo (perdóneme que no le diga de qué naturaleza, no soy libre de confiar ese secreto), algo que espero me permitirá salir a flote como su amigo Traddles, por el cual me intereso verdaderamente. Usted quizá no se sorprenderá de saber que mistress Micawber está en un estado de salud que hace sospechar que los lazos del afecto que...; en una palabra, que se aumente la tropa infantil. La fa­milia de mistress Micawber ha expresado su descontento por este estado de cosas. Todo lo que puedo decirle es que no com­prendo qué tienen ellos que ver con eso y que rechazo esa ma­nifestación de sus sentimientos con asco y con desprecio.

Míster Micawber me estrechó de nuevo la mano y me dejó.