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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 20. La casa de Steerforth
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Cuando la criada llamó a mi puerta al día siguiente a las ocho de la mañana, diciéndome que allí dejaba el agua ca­liente para que me afeitara, pensé con pena que no tenía nada que afeitarme, y enrojecí. La sospecha de que se reía bajito al hacerme aquel ofrecimiento me persiguió mientras me arreglaba y me hizo parecer culpable (estoy seguro) cuando me la encontré en la escalera al bajar a almorzar. Sentía tan vivamente mi juventud que durante un momento no pude decidirme a pasar por su lado. Le oía barrer la escalera y yo permanecía al lado de mi ventana mirando la estatua del rey Carlos, que no tenía nada de real, rodeada como estaba de un dédalo de coches bajo la lluvia, y con una niebla espesa; el camarero me sacó de mi indecisión advirtiéndome que Steerforth me aguardaba.

Steerforth me esperaba en un gabinete reservado, ador­nado con cortinas rojas y un tapiz turco. El fuego brillaba, y un abundante desayuno estaba servido en una mesita cu­bierta con un mantel muy blanco. La habitación, el fuego, el desayuno y Steerforth, todo se reflejaba alegremente en un espejito ovalado. Al principio estuve cohibido. Steerforth era tan elegante, tan seguro de sí, tan superior a mí en todo, hasta en edad, que fue necesaria toda la gracia protectora de sus modales para rehacerme. Lo consiguió, sin embargo, y yo no me cansaba de admirar el cambio que se había ope­rado para mí en «La Cruz de Oro», comparando mi triste es­tado de abandono del día anterior con la comida y el lujo que ahora me rodeaba. En cuanto a la familiaridad del cama­rero, parecía no haber existido nunca, y nos servía con la mayor humildad.

-Ahora, Copperfield -me dijo Steerforth cuando nos quedamos solos-, me gustaría saber lo que haces, dónde vas y todo lo que te concierne. Me parece que eres algo mío.

Rebosante de alegría al ver que aún le interesaba así, le conté cómo me había propuesto mi tía aquella pequeña ex­pedición.

-Como no tienes ninguna prisa -dijo Steerforth-, vente conmigo a mi casa de Highgate a pasar con nosotros algún día. Seguramente te gustará mi madre... está tan orgu­llosa de mí, que se repite algo; pero esto es disculpable; y tú también estoy seguro de que le gustarás a ella.

-Quisiera estar tan seguro como tú, que tienes la amabi­lidad de creerlo -contesté sonriendo.

-Sí -dijo Steerforth-, todo aquel que me quiere la conquista; es ella la primera en reconocerlo.

-Entonces me parece que voy a ser su favorito -dije.

-Muy bien -contestó Steerforth-; ven y pruébanoslo. Ahora podemos dedicar un par de horas a que veas las curio­sidades de Londres. No es poca cosa tener un muchacho como tú a quien enseñárselas, Copperfield, y después toma­remos la diligencia para Highgate.

No podía creerlo; me parecía estar soñando, y temía des­pertar en la habitación número cuarenta y cuatro. Después de escribir a mi tía contándole mi afortunado encuentro con mi admirado compañero de colegio, y cómo había aceptado su invitación, tomamos un coche y nos dedicamos a curio­searlo todo. Dimos una vuelta por el Museo, donde no pude por menos de observar todo lo que sabía Steerforth sobre una infinita variedad de asuntos y la poca importancia que daba a su cultura.

-Tendrás el mayor éxito en la Universidad si es que te lo has examinado ya y lo has tenido, y tus amigos tendremos mucha razón para estar orgullosos de ti.

-¡Yo exámenes brillantes! -exclamó Steerforth-; no, florecilla de los campos, no; pero ¿supongo que no te impor­tará que te llame así?

-Nada de eso -le dije.

-Eres muy buen chico, querida florecilla -dijo Steer­forth riendo-. El caso es que no tengo el menor deseo ni la menor intención de distinguirme de ese modo. He hecho su­ficiente para lo que me propongo, y soy ya un hombre bas­tante aburrido sin necesidad de eso.

-Pero la fama --empecé.

-Tú eres una florecilla romántica -continuó Steerforth riendo todavía más fuerte- Díme: ¿para qué voy a moles­tarme? ¿Para que unos cuantos pedantes se queden con la boca abierta y levanten las manos al cielo? Para otros esas satisfacciones de la fama, y que les aproveche.

Yo estaba avergonzado de haberme equivocado de aquel modo y traté de cambiar de asunto. Afortunadamente, con Steerforth era fácil hacerlo, pues él pasaba siempre de un asunto a otro con una gracia y naturalidad que le eran pecu­liares.

Después del paseo almorzamos y, a causa de lo corto de los días de invierno, oscurecía ya cuando la diligencia nos dejó delante de una antigua casona de ladrillo en la cima de Highgate, y una señora de cierta edad, pero todavía joven, con orgulloso empaque y hermoso rostro, esperaba a la puerta la llegada de Steerforth y le estrechó en sus brazos di­ciéndole: «Mi querido James». Steerforth me la presentó: era su madre, que me acogió con amabilidad.

Era una casona a la antigua, agradable, tranquila y orde­nada. Desde las ventanas de mi habitación se veía todo Lon­dres extenderse a lo lejos como un gran mar de niebla, que algunas luces atravesaban. Sólo tuve tiempo, al vestirme, de lanzar una rápida ojeada a los sólidos muebles y a los cua­dros bordados (supongo que por la madre de Steerforth cuando era muchacha). También había algunos retratos a pastel de señoras con cabellos empolvados, que parecían ir y venir por la pared a causa de los reflejos de luz y sombra que salían chisporroteando del fuego recién encendido.

Me llamaron para comer. En el comedor encontré otra se­ñora, morena, menudita y delgada, pero de aspecto poco simpático a pesar de que no era nada fea. Aquella señora atrajo enseguida mi atención, quizá porque no me la espe­raba, quizá porque me encontré sentado frente a ella, quizá por hallar en ella algo que me chocaba. Tenía los cabellos negros y los ojos oscuros, con mucha vida. Era delgada, y una cicatriz le cortaba el labio; debía de ser una cicatriz muy antigua, más bien un costurón, pues el color no se diferen­ciaba del resto de su cutis y debía de estar curada hacía mu­chos años. Aquella señal le atravesaba toda la boca, hasta la barbilla; pero desde donde yo estaba se veía muy poco, sólo se le notaba el labio superior un poco deformado.

Decidí en mi interior que debía de tener lo menos treinta años y que quería casarse; estaba algo envejecida, aunque aún de buen ver, como una casa deshabitada durante mucho tiempo que conserva todavía un buen aspecto. Su delgadez parecía ser el efecto de algún fuego interior que se reflejaba en sus ojos ardientes.

Me fue presentada como miss Dartle, y los Steerforth la llamaban Rose. Vivía en la casa y hacía mucho tiempo que acompañaba a mistress Steerforth. Me parecía que nunca de­cía espontáneamente nada de lo que quería decir, sino que lo insinuaba consiguiendo por este medio dar a todo mucha im­portancia. Por ejemplo: Cuando mistress Steerforth dijo, más bien en broma, que temía que su hijo hubiera hecho una vida algo disipada en la Universidad, miss Dartle contestó:

-¡Ah! ¿De verdad? Ya saben ustedes lo ignorante que soy, y que solo pregunto para instruirme; pero ¿acaso no ocurre siempre así? Yo creí que esa vida era... ¿eh?

-La preparación para una carrera seria, ¿es eso lo que quieres decir, Rose? -preguntó mistress Steerforth con frialdad.

-¡Oh, naturalmente! Esa es la realidad, mistress Steer­forth; pero ¿no ocurre así? Me gusta que me contradigan si me equivoco; pero yo creía... ¿realmente no es así?

-¿Realmente qué? --dijo mistress Steerforth.

-¡Ah! ¿Eso quiere decir que no? Me alegro mucho. Ahora ya lo sé. Esta es la ventaja de preguntar. Y desde este momento nunca permitiré que delante de mí hablen de las extravagancias y prodigalidades de esa vida de estu­diante.

-Y hará usted muy bien -dijo mistress Steerforth-. Además, en este caso el preceptor de mi hijo es un hombre de tal conciencia, que aunque no tuviera confianza en mi hijo la tendría en él.

-¿En serio? -dijo miss Dartle-. Querida mía, ¿conque es un hombre realmente de conciencia?

-Sí; estoy convencida -dijo mistress Steerforth.

-¡Cuánto me alegro! -exclamó miss Dartle-. ¡Qué tranquilidad que sea realmente un hombre de conciencia! ¿Entonces no es ...? Pero naturalmente que no, puesto que es un hombre de conciencia. ¡Qué alegría me da poder tener desde ahora esa opinion de él! No puede usted figurarse lo que ha subido en mi concepto desde que sé que es realmente un hombre de conciencia.

Así insinuaba miss Dartle su opinion sobre todas las co­sas y corregía todo lo que no estaba conforme con sus ideas. A veces (no pude por menos de observarlo) tenía éxito de aquel modo, aun contradiciendo a Steerforth. Antes de ter­minar la comida, mistress Steerforth me hablaba de mi in­tención de ir a Sooffolk, y yo dije, al azar, que me gustaría mucho si Steerforth quisiera acompañarme, y le expliqué que iba a ver a mi antigua niñera y a la familia de míster Peg­gotty, recordándole que era el marinero que había conocido en la escuela.

-¡Oh! ¿Aquel buen hombre --dijo Steerforth- que fue a verte con su hijo?

-No, con su sobrino -repliqué-; es su sobrino, a quien ha adoptado como hijo, y también tiene una linda sobrinita, a la que también ha adoptado como hija. En una palabra, su casa, o mejor dicho su barco, pues viven en un barco sobre la arena, está llena de gentes que son objeto de su generosi­dad y bondad. Te encantaría ver ese interior.

-Sí -dijo Steerforth-; ya lo creo que me gustaría. Veremos si lo puedo arreglar, pues merece la pena, aparte del gusto de viajar contigo, florecilla, para ver de cerca de esa clase de gente y sentirme por unos momentos uno de ellos.

Mi corazón latía de esperanza y de alegría. Pero a propó­sito del tono con que Steerforth había dicho: «esa clase de gente», miss Dartle, con sus penetrantes ojos fijos en mí, se mezcló de nuevo en la conversación.

-Pero dígame, ¿realmente son así?

-¿Si son cómo? ¿Qué quieres decir? -preguntó Steer­forth.

-Esa clase de gente. ¿Si son realmente animales, como brutos, seres de otra especie? Me interesa mucho saberlo.

-En efecto; hay mucha distancia entre ellos y nosotros -dijo Steerforth con indiferencia-. No hay que esperar de ellos una sensibilidad como la nuestra; su delicadeza no se hiere con facilidad; pero son personas de gran virtud, así lo dicen, y yo no tengo por qué ponerlo en duda. Aunque no son naturalezas refinadas, y deben estar contentos de que sus sentimientos no sean más fáciles de herir que su piel ás­pera.

-¿De verdad? -dijo miss Dartle-. No sabes lo que me alegro de saberlo. ¡Es tan consolador, es tan agradable sa­ber que no sienten sus sufrimientos! A mí, a veces me había preocupado esa clase de gente; pero ahora ya no volveré a pensar en ellos. Vivir y aprender. Tenía mis dudas, lo con­fieso; pero ahora ya han desaparecido. Es que antes no sa­bía; esta es la ventaja de las preguntas, ¿no es verdad?

Pensé que Steerforth había dicho aquello para hacer ha­blar a miss Dartle y esperaba que me lo dijera cuando se fuera y nos quedáramos solos sentados ante el fuego. Pero únicamente me preguntó qué pensaba de ella.

-Me ha parecido que es inteligente, ¿no? -pregunté.

-¡Inteligente! A todo saca punta -dijo Steerforth-. Lo afila todo como se ha afilado su rostro y su figura en estos últimos años. Es cortante.

-¡Y qué cicatriz tan extraña tiene en los labios! --dije.

Steerforth palideció y nos callamos un momento.

-El caso --dijo- es que fue culpa mía.

-¿Algún accidente desgraciado?

-No; yo era un niño, y un día que me exasperaba le tiré un martillo. Como puedes ver, era ya un angelito que pro­metía.

Sentí mucho haber tocado un punto tan penoso; pero ya no tenía remedio.

-Y que tiene la marca para toda la vida, como ves --dijo Steerforth-, hasta que descanse en la tumba, si es que en la tumba puede descansar, que lo dudo. Es la huérfana de un primo lejano de mi padre, y mi madre, que era viuda cuando el padre murió, se la trajo para que le hiciese compañía. Miss Dartle posee un par de miles de libras, de las que todos los años economiza la renta para añadirla al capital. Esa es la historia de miss Rosa Dartle.

-¿Y tú la querrás como un hermano? -dije.

-¡Hum! -repuso Steerforth mirando al fuego- Hay her­manos que no se quieren mucho; otros se quieren mal...; pero, sírvete, Copperfield; vamos a brindar por las florecillas del campo, en honor tuyo, y por los lirios del valle, que no traba­jan ni hilan, en honor mío; mejor dicho, para vergüenza mía.

Una sonrisa burlona que erraba por sus labios desapareció al decir estas palabras, y pareció recobrar toda su franqueza y gracia habituales.

Cuando volvimos por la tarde a tomar el té, no pude por menos de mirar con penoso interés la cicatriz de miss Dar­tle; pronto observé que era la parte más sensible de su ros­tro, y que cuando palidecía era lo primero que cambiaba y se ponía de un color plomizo. Entonces se veía en toda su ex­tensión como una raya de tinta invisible al acercarla al fuego. Tuvieron un pequeño altercado ella y Steerforth mientras jugaban a los dados, y en el momento en que se en­colerizó vi aparecer la marca, como las misteriosas palabras escritas en un muro.

No me extrañaba nada el entusiasmo de mistress Steer­forth por su hijo. Parecía no ser capaz de hablar ni de pensar en otra cosa. Me enseñó un retrato de cuando era niño, en un medallón con unos buclecitos. Me enseñó otro de la época en que yo le había conocido, y sobre su pecho llevaba otro actual. Todas las cartas que le había escrito su hijo las guar­daba en un secreter cercano al sillón en que se sentaba junto a la chimenea, y me quiso leer algunas de ellas, y a mí me hubiera gustado mucho oírlas; pero Steerforth se interpuso y no la dejó hacerlo.

-Es en el colegio de míster Creakle donde mi hijo y us­ted se conocieron, ¿verdad? -dijo mistress Steerforth ha­blando conmigo, mientras su hijo y miss Dartle jugaban a los dados-. Recuerdo; entonces me hablaba de un niño más pequeño que él a quien quería mucho; pero su nombre, como puede usted suponer, se ha borrado de mi memoria.

-Era muy generoso y noble conmigo, se lo aseguro --dije-, y yo estaba muy necesitado entonces de un amigo así. Habría sido muy desgraciado allí sin él.

-Es siempre generoso y noble --dijo mistress Steerforth con orgullo.

Asentí con todo mi corazón, Dios lo sabe. Ella también lo sabía, y su altanería se humanizaba para mí, excepto cuando alababa a su hijo, que recobraba todo su orgullo.

-Aquel no era un buen colegio para mi hijo, ni mucho menos; pero había que tener en cuenta circunstancias de ma­yor importancia aun que la elección de profesores. El espí­ritu independiente de mi hijo hacía indispensable que estu­viera a su lado un hombre que reconociera su superioridad y se doblegara ante él. En míster Creakle encontramos al hom­bre que nos hacía falta.

No me decía nada nuevo, pues conocía bien al individuo, y además aquello no me hacía tener peor opinión de él. En­contraba muy disculpable que se hubiera dejado dominar por el encanto irresistible de Steerforth.

-La gran capacidad de mi hijo aumentó allí gracias a un sentimiento de emulación voluntaria y de orgullo consciente -continuó diciendo con entusiasmo la señora---. Contra la tiranía se habría revelado; en cambio, como se sentía dueño y señor, quiso ser digno de su situación. Aquello era muy suyo.

Respondí con toda mi alma que le reconocía muy bien en aquel rasgo.

-Y así fue, por su propia voluntad, y sin ninguna presión, el primero, como lo será siempre que se proponga destacarse de los demás -prosiguió mistress Steerforth-. Mi hijo me ha dicho, míster Copperfield, que usted le quería mucho y que ayer, al encontrarle, se dio usted a conocer con lágrimas de alegría. Sería afectación en mí si pretendiera sorpren­denne de que mi hijo inspire semejantes emociones; pero no puedo permanecer indiferente ante quien reconoce sus méri­tos, y estoy muy contenta de verle a usted aquí, y puedo ase­gurarle que él también siente por usted una amistad nada vul­gar, y que puede contar desde luego con su protección.

Miss Dartle jugaba a los dados con el mismo ardor que ponía en todo. Tanto es así, que si la primera vez la hubiera visto jugando, habría pensado que su delgadez y el brillo de sus ojos eran consecuencia de aquella pasión más que de otra cualquiera. Sin embargo, o estoy muy equivocado, o no per­día una palabra de la conversación, ni un matiz de la alegría con que yo escuchaba a mistress Steerforth, sintiéndome ha­lagado con su confianza y creyéndome ya mucho más viejo que cuando salí de Canterbury. Hacia el fin de la velada tra­jeron vasos y licores, y Steerforth, sentado delante de la chi­menea, me prometió pensar seriamente en acompañarme en mi viaje.

-No nos come prisa -decía---, tenemos una semana por delante.

Su madre, también muy hospitalaria, me repitió lo mismo. Mientras hablábamos, Steerforth me llamó varias veces florecilla del campo, lo que atrajo de nuevo las preguntas de miss Dartle.

-Pero ¿realmente, míster Copperfield -me preguntó-, es un mote? ¿Por qué le llama así? ¿Quizá... porque le pa­rece usted muy joven a inocente? ¡Soy tan torpe para estas cosas!

Respondí, ruborizado, que, en efecto, debía de ser por eso.

-¡Ah! -dijo miss Dartle-. ¡Cómo me alegro de sa­berlo! Pregunto para instruirme, y estoy encantada cuando sé algo nuevo. Steerforth piensa que es usted un inocente, y le hace su amigo. ¡Es verdaderamente encantador!

Después de decir esto se retiró a acostarse, y también mistress Steerforth. Él y yo, después de charlar como una media hora de Traddles y los demás compañeros de Salem House, subimos juntos. La habitación de Steerforth estaba contigua a la mía, y entré un momento a verla. Tenía aspecto de gran comodidad, llena de butacones, de cojines y de tabu­retes bordados por la mano de su madre; no faltaba un deta­lle de lo que puede hacer a una alcoba agradable. Por último, un hermoso retrato de su madre colgaba de la pared en un cuadro, y miraba a su hijo querido como si hasta en su sueño necesitara verle.

En mi habitación encontré encendido el fuego, y las corti­nas del lecho y de la ventana echadas me dieron una impre­sión acogedora. Me senté en un sillón ante la chimenea para pensar en mi felicidad, y estaba hundido en su contempla­ción desde hacía ya un rato cuando mis ojos se encontraron con un retrato de miss Dartle que me miraba con sus agudos ojos desde encima de la chimenea.

El parecido era extraordinario, tanto de rasgos como de expresión. El pintor había suprimido la cicatriz; pero yo se la veía; allí estaba, apareciendo y desapareciendo; tan pronto se veía sólo en el labio superior, como durante la comida, como se presentaba en toda su extensión, como había obser­vado cuando se apasionaba.

Me pregunté con impaciencia por qué no habrían puesto en cualquier otro sitio aquel retrato en lugar de ponerlo en mi cuarto. Para dejar de verla me desnudé deprisa, apagué la luz y me metí en la cama. Pero mientras me dormía no podía olvidar que estaba mirándome. «¿Es realmente así? Deseo saberlo.» Y cuando me desperté a media noche, me di cuenta de que estaba rendido de tanto preguntar a todo el mundo en sueños «si era realmente así o no», sin comprender a qué me refería.

 
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