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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 16. Cambio en más de un sentido
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Al día siguiente, después del desayuno, entré de nuevo en la vida de colegio. Míster Wickfield me acompañó al escenario de mis futuros estudios. Era un edificio de piedra, en el centro de un patio donde se respiraba un aire científico muy en armo­nía con los cuervos y las cornejas que bajaban de las torres de la catedral para pasearse, con paso majestuoso, por la hierba. Me presentaron a mi nuevo maestro, el doctor Strong.

El doctor Strong me pareció casi tan oxidado como la verja de hierro que rodeaba la fachada y casi tan pesado como las grandes umas de piedra colocadas en la verja a in­tervalos iguales en lo alto de sus pilares, como un juego de bolos gigantescos preparado para que el Tiempo lo tirase. Estaba en la biblioteca; me refiero al doctor Strong. Llevaba la ropa mal cepillada, los cabellos despeinados, largas polai­nas negras desabrochadas y los zapatos abiertos como dos cavernas sobre la alfombra. Volvió hacia mí sus ojos apaga­dos, que me recordaron los de un caballo ciego al que había visto pacer y cojear sobre las tumbas del cementerio de Bloonderstone. Me dijo que se alegraba mucho de verme, y me tendió una mano, con la que yo no sabía qué hacer, por­que ella tampoco hacía nada.

Sentada trabajando no lejos del doctor había una linda muchacha, a quien llamaba Annie, y supuse que sería su hija.

Me sacó de mis meditaciones cuando se arrodilló en el suelo para atar los zapatos del doctor Strong y abrocharle las po­lainas, lo que hizo con prontitud y cariño. Cuando terminó y nos dirigimos a la clase, me sorprendió mucho oír a míster Wickfield despedirse de ella bajo el nombre de mistress Strong, y me preguntaba si no sería por casualidad la mujer de algún hijo, cuando el mismo doctor disipó mis dudas.

-A propósito, Wickfield --dijo parándose en un pasillo, con una mano apoyada en mi hombro-, ¿no ha encontra­do usted todavía nada que pueda convenir al primo de mi mujer?

-No -dijo míster Wickfield-, todavía no.

-Desearía que fuera lo más pronto posible, Wickfield -dijo el doctor Strong-, pues Jack Maldon es pobre y está ocioso, y son dos cosas malas, que traen a veces resultados peores. Y es lo que dice el doctor Wats -añadió mirándome y moviendo la cabeza al mismo tiempo que hablaba-, que «Satanás encuentra siempre trabajo para las manos ociosas».

-En verdad, doctor -replicó míster Wickfield-, que el doctor Wats habría podido decir con la misma razón «que Satanás siempre encuentra algo que hacer para las manos ocupadas». Las personas ocupadas también toman parte en el mal del mundo, puede usted estar seguro, y si no, ¿qué es lo que han hecho desde hace un siglo o dos los que más han trabajado en adquirir poder o dinero? ¿Cree usted que no han hecho también bastante daño?

-Jack Maldon nunca trabajará demasiado para adquirir lo uno ni lo otro -dijo el doctor Strong, restregándose la barbilla con aire pensativo.

-Es posible -dijo míster Wickfield-, y me recuerda usted nuestro asunto, y le pido perdón por haberme alejado de él. No; todavía no he encontrado nada para Jack Maldon. Creo -añadió titubeando- que adivino sus aspiraciones, y eso hace la cosa más difícil.

-Mis objetivos --dijo el doctor Strong- son colocar de un modo conveniente al primo de Annie, que además es para ella un amigo de la infancia.

-Sí, ya sé -dijo míster Wickfield-: en Inglaterra o en el extranjero.

-Sí -dijo el doctor, evidentemente sorprendido de la afectación con que pronunciaba aquellas palabras: «en In­glaterra o en el extranjero».

-Son sus propias palabras -dijo míster Wickfield-.« o en el extranjero».

-Sin duda -respondió el doctor-,sin duda; lo uno o lo otro.

-¿Lo uno o lo otro? ¿Le es indiferente? –preguntó míster Wickfield.

-Sí --contestó el doctor.

-¿Sí? -dijo el otro con sorpresa.

-Completamente indiferente.

-¿No tiene usted ningún motivo para preferir en el ex­tranjero mejor que en Inglaterra?

-No -respondió el doctor.

-Me veo obligado a creerle, y no hay duda de que le creo-dijo míster Wickfield-. La misión que usted me ha en­cargado es mucho más sencilla en ese caso de lo que había creído. Confieso que tenía sobre ello ideas muy distintas.

El doctor Strong le miró con una sorpresa que terminó en una sonrisa, y aquella sonrisa me animó mucho, pues respi­raba bondad y dulzura que, unida a la sencillez que se en­contraba también en todos sus modales rompió el hielo for­mado por la edad y los largos estudios. Aquella sencillez era lo mejor para atraer a un joven discípulo como yo. El doctor andaba delante de nosotros con paso rápido y desigual, con­testando «sí», « no» , « perfectamente» y otras respuestas bre­ves sobre el mismo asunto. Mientras nosotros le seguíamos observé que míster Wickfield hablaba solo moviendo la ca­beza con expresión grave, creyendo que yo no le veía.

La clase era una gran sala, en la quietud de un rincón de la casa, desde donde se veía por un lado media docena de las grandes urnas y por el otro un jardín retirado que pertenecía al doctor Strong y en un lado del cual podían verse los melo­cotones puestos a madurar al sol. También había grandes áloes en cajones encima del musgo, por fuera de las venta­nas, y las hojas tiesas de aquella planta, que parecían hechas de zinc pintado, han quedado asociadas durante mucho tiempo en mi memoria como símbolo de silencio y retiro. Veinti­cinco alumnos, poco más o menos, estaban estudiando en el momento de nuestra llegada. Todo el mundo se levantó para dar los buenos días al doctor Strong, y después se quedaron en pie al vernos a míster Wickfield y a mí.

-Un nuevo alumno, caballeros -dijo el doctor-: Trot­wood Copperfield.

Un joven llamado Adams, que era el primero de la clase, salió de su sitio para darme la bienvenida. Su corbata blanca le daba aspecto de joven ministro anglicano, lo que no le im­pedía ser amable y de carácter alegre. Me señaló mi sitio y me presentó a los diferentes maestros con tan buena volun­tad que, de haber sido posible, me hubiese quitado toda la timidez.

Pero me parecía que hacía tanto tiempo que no me encon­traba entre chicos de mi edad, excepto Mick Walker y Fécula de patata, que me sentía aislado como nunca. Tenía tal conciencia de haber vivido escenas de las que ellos no te­nían ni idea, y adquirido una experiencia fuera de mi edad, aspecto y condición, que creo que casi me reprochaba como una impostura el presentarme ante ellos como un colegial cualquiera. Había perdido durante el tiempo, más o menos largo, de mi estancia en Murdstone y Grimby la costumbre de los juegos y diversiones de los chicos de mi edad, y sabía que me encontraría torpe y novato. Lo poco que había po­dido aprender anteriormente se había borrado tan por com­pleto de mi memoria por las preocupaciones sórdidas que agobiaban mi espíritu día y noche, que cuando me examinaron para ver lo que sabía resultó que no sabía nada, y me pu­sieron en la última clase. Pero por preocupado que estuviera de mi torpeza en los ejercicios corporales y de mi ignorancia en estudios más serios, estaba infinitamente más incómodo pensando en el abismo mil veces mayor que abría entre no­sotros mi experiencia de las cosas que ellos ignoraban y que, desgraciadamente, yo no desconocía ya. Me preguntaba lo que podrían pensar si llegaran a saber que conocía íntima­mente la prisión de Bench King's. Mis modales ¿no revela­rían todo lo que había hecho en la sociedad de los Micaw­ber? ¿Aquellas ventas, aquellos préstamos y aquellas comidas que eran su consecuencia? Quizá alguno de mis compañeros me había visto atravesar Canterbury, cansado y andrajoso, y quizá me reconocería. ¿Qué dirían ellos, que daban tan poco valor al dinero, si supieran cómo había con­tado yo mis medios peniques para comprar todos los días la carne y la cerveza y los trozos de pudding necesarios para mi subsistencia? ¿,Qué efecto produciría aquello sobre niños que no conocían la vida de las calles de Londres, si llegaban a saber que yo había frecuentado los peores barrios de la gran ciudad, por avergonzado que pudiera estar de ello? Mi espíritu estaba tan impresionado con aquellas ideas el pri­mer día que pasé en la escuela del doctor Strong que estaba pendiente de mis miradas y mis movimientos, preocupado de que alguno de mis camaradas pudiera acercárseme. En cuanto se terminó la clase hui a toda prisa, por temor a com­prometerme si respondía a sus avances amistosos.

Pero la influencia que reinaba en la antigua casa de míster Wickfield empezó a obrar sobre mí en el momento en que llamé a la puerta con mis nuevos libros debajo del brazo, y sentí que mis temores se disipaban. Al subir a mi habitación, tan ordenada, la sombra seria y grave de la vieja escalera di­sipó mis dudas y mis temores y arrojó sobre mi pasado una oscuridad propicia. Permanecí en mi habitación estudiando con ahínco hasta la hora de cenar (salíamos de la escuela a las tres) y bajé con la esperanza de llegar a ser un niño cual­quiera.

Agnes estaba en el salón esperando a su padre, a quien re­tenía en su despacho un asunto. Vino hacia mí con su sonrisa encantadora y me preguntó lo que me había parecido la es­cuela. Yo respondí que pensaba que iba a estar muy bien en ella, pero que todavía no me había acostumbrado.

-¿Tú no has ido nunca a la escuela? -le dije.

-Al contrario; todos los días estoy en ella.

-¡Ah!; pero ¿quieres decir aquí en tu casa?

-Papá no podría prescindir de mí -dijo sonriendo-, necesita a su lado al ama de casa.

-Te quiere mucho; estoy seguro.

Me indicó que sí y se acercó a la puerta para escuchar si subía, con objeto de salirle al encuentro en la escalera. Pero como no oyó nada, volvió hacia mí.

-Mamá murió en el momento de nacer yo -me dijo con su habitual expresión dulce y tranquila- Sólo conozco de ella su retrato, que está abajo. Ayer lo vi mirarlo. ¿,Sabías quién era?

-Sí -le dije-; ¡se te parece tanto!

-También esa es la opinión de papá -dijo satisfecha-; pero... ahora sí que es papá.

Su tranquilo rostro se iluminó de alegría al salirle al en­cuentro, y entraron juntos dándose la mano. Me recibió con cordialidad y me dijo que estaría muy bien con el doctor Strong, que era el mejor de los hombres.

-Quizá haya gentes, no lo sé, que abusen de su bondad -dijo míster Wickfield-; no los imites nunca, Trotwood; es el ser menos desconfiado que existe, y, sea cualidad o de­fecto, es una cosa que siempre hay que tener en cuenta en el trato que se tenga con él.

Me pareció que hablaba como hombre contrariado o des­contento de algo; pero no tuve tiempo de darme mucha cuenta. Anunciaron la comida y bajamos a sentarnos a la mesa en los mismos sitios que la víspera. Apenas acabába­mos de empezar cuando Uriah Heep asomó su cabeza roja y su mano descarnada por la puerta.

-Mister Maldon querría hablar unas palabras con el señor.

-¡Cómo! ¡Si no hace un instante que nos hemos sepa­rado! --dijo.

-Es verdad, señor; pero acaba de volver para decirle dos palabras.

Al mismo tiempo que tenía la puerta entreabierta, Uriah me había mirado y había mirado a Agnes, a los platos, a las fuentes y a todo lo que la habitación contenía, aunque no pa­reció mirar más que a su amo, sobre el cual se fijaban respe­tuosamente sus ojos rojos.

-Dispénseme; es únicamente para decirle que reflexio­nando... -observó una voz detrás de Uriah, al mismo tiempo que su cabeza era empujada y sustituida por la del nuevo interlocutor-. Le ruego que me perdone la indiscre­ción; pero, puesto que no puedo elegir, cuanto antes me marche, mejor. Mi prima Annie me había dicho, cuando ha­bíamos hablado de este asunto, que prefería tener a sus ami­gos lo más cerca posible mejor que verlos desterrados; y el viejo doctor...

-¿El doctor Strong, quiere usted decir? -interrumpió gravemente míster Wickfield.

-El doctor Strong, naturalmente -repuso el otro-. Yo le llamo el viejo doctor; pero es lo mismo, ¿sabe usted?

-No lo sé --dijo míster Wickfield.

-Pues bien; el doctor Strong -dijo el otro-, el doctor Strong parecía de la misma opinión, creo yo; ahora, según lo que usted me propone, parece ser que ha cambiado de idea. En ese caso, no tengo nada que decir, excepto que cuanto antes, mejor. De manera que, sólo he vuelto para decirle que cuanto antes, mejor. Cuando hay que tirarse al agua de ca­beza, de nada sirve titubear.

-Si lo quiere usted así, mister Maldon, puede usted con­tar con ello --dijo míster Wickfield.

---Gracias -dijo el otro muy agradecido-; a caballo re­galado no se le mira el diente. Si no fuera por eso me atreve­ría a decir que habría sido mejor que mi prima Annie hu­biese arreglado las cosas a su modo; Annie no habría tenido más que decírselo al viejo doctor...

-¿Se refiere usted a que mistress Strong no habría tenido más que decírselo a su marido, no es así? -dijo míster Wickfield.

-Exactamente -replicó Maldon-. Con que ella le hu­biera dicho que fueran las cosas de otra manera, lo habrían sido como la cosa más natural.

-¿Y por qué como la cosa más natural, míster Maldon? -preguntó míster Wickfield, que seguía comiendo tranqui­lamente.

-¡Ah! Porque Annie es una chiquilla encantadora, y el viejo doctor, el doctor Strong quiero decir, no es precisa­mente un muchacho -dijo Jack Maldon riéndose-. No quiero ofender a nadie, míster Wickfield; quiero únicamente decir que supongo que alguna compensación es necesaria y razonable en esa clase de matrimonios.

-¿Compensaciones para la señora, caballero? -pre­guntó míster Wickfield con gravedad.

-Sí; para la señora, caballero -contestó Jack Maldon riendo.

Pero observando que mister Wickfield continuaba su co­mida con la misma tranquila impasibilidad y que no había esperanzas de que se ablandara un solo músculo de su ros­tro, añadió:

-Sin embargo, ya he dicho todo lo que tenía que decir, y pidiéndole de nuevo perdón por ser inoportuno, me retiro. Naturalmente que seguiré sus consejos, considerando el asunto como cosa tratada entre usted y yo solamente, y no haré referencia a ello en casa del doctor.

-¿Ha comido usted? -preguntó míster Wickfield seña­lándole la mesa.

-Gracias; voy a comer con mi prima Annie --dijo Mal­don-. Adiós.

Míster Wickfield, sin levantarse, lo miró pensativo mien­tras se marchaba. Maldon era uno de esos muchachos super­ficiales, guapos, charlatanes y de aspecto confiado y atre­vido. Esta fue la primera vez que vi a Jack Maldon, a quien no esperaba conocer tan pronto cuando oí al doctor hablar de él aquella mañana.

Cuando terminamos de comer subimos al salón, y todo sucedió exactamente como el día anterior. Agnes puso los vasos y botellas en el mismo rincón y míster Wickfield se sentó a beber y bebió bastante. Agnes tocó el piano para él y trabajó y charló y jugó varias partidas al dominó conmigo. A su hora hizo el té; y después, cuando yo cogí mis libros para repasarlos, ella también los miró para decirme lo que sabía de ellos (que era mucho más de lo que yo creía) y me indicó la mejor manera de estudiar y de entenderlos. La veo con sus modales modestos, tranquilos y ordenados, y oigo su hermosa voz serena, mientras escuchaba sus palabras; la in­fluencia beneficiosa que llegó a ejercer en todo sobre mí más adelante empezaba ya a dejarse sentir. Amo a Emily, y no puedo decir que amo a Agnes; es completamente distinto: pero siento que donde Agnes está, con ella están la paz, la bondad y la verdad, y que la plácida luz de vidriera de igle­sia que he visto hace tiempo la ilumina siempre, y a mí tam­bién cuando estoy a su lado, y a todo lo que la rodea.

Llegó la hora de acostarse. Acababa de dejarnos, y yo daba la mano a míster Wickfield para despedimos, cuando me detuvo diciendo:

-¿Qué te gusta más, Trotwood, estar con nosotros o it a otro lado?

-Estar aquí -contesté presuroso.

-¿Estás seguro?

-¡Si usted puede; si le gusta!

-Pero temo que es un poco triste nuestra vida, mucha­cho -dijo.

-¿Por qué va a ser más triste para mí que para Agnes? No es nada triste.

-¿Que Agnes? -repitió acercándose despacio a la gran chimenea y apoyándose en ella-. ¿Que Agnes?

Aquella noche había bebido (me pareció) hasta tener los ojos inyectados. Ahora no podía vérselos porque tenía la ca­beza baja y los tapaba además con sus manos; pero hacía un momento me lo había parecido.

-Ahora me pregunto si mi Agnes estará cansada de mí. Yo nunca podré cansarme de ella; pero es tan diferente, tan completamente diferente...

Hablaba para sí sin dirigirse a mí, así es que permanecí inmóvil.

-Es una casa vieja y triste y una vida monótona. Pero necesito tenerla cerca de mí, lo necesito. Sí; sólo la idea de que puedo morir y dejarla, o de que puede ella morir y de­jarme, viene como un espectro a amargar mis horas más feli­ces, y solamente puedo ahogarlo en...

No pronunció la palabra; pero se acercó lentamente al sitio en que había estado sentado a hizo el gesto de servirse vino de la botella vacía; después la dejó y volvió a pa­searse.

-Y si ese miserable pensamiento es tan punzante tenién­dola a mi lado -prosiguió-, ¿que sería si estuviera lejos? No, no, no; no puedo decidirme.

Volvió a apoyarse en la chimenea durante tanto tiempo, que yo no sabía qué decidir, si marcharme, exponiéndome a interrumpirle, o continuar inmóvil como estaba hasta que saliese de sus sueños. Por último se rehizo y buscó por la ha­bitación hasta que me encontraron sus ojos.

-¿Te quedas con nosotros, verdad, Trotwood? -dijo con su tono habitual, y como si contestara a algo que yo acabara de decir---. Me alegro mucho; nos harás compañía a los dos. Será un bien que te quedes; bien para mí, bien para Agnes, y quizá bien para todos.

-Para mí estoy seguro -dije-. ¡Estoy aquí tan con­tento!

-Eres un buen chico -dijo míster Wickfield-y puedes permanecer aquí todo el tiempo que quieras.

Me estrechó la mano y me dio un golpe afectuoso en el hombro. Después me dijo que por la noche, cuando tuviera algo que estudiar después de que Agnes se acostara, o si que­ría leer por gusto, podía bajar a su estudio si él estaba allí y quería hacerlo.

Le di las gracias por su bondad, y como él se bajó ense­guida y yo no estaba cansado bajé también con un libro en la mano para disfrutar durante media hora del permiso.

Pero viendo luz en la habitación redonda y sintiéndome inmediatamente atraído por Uriah Heep, que ejercía una es­pecie de fascinación sobre mí, entré. Le encontré leyendo un gran libro con tal atención, que su dedo huesudo seguía apuntando cada línea y dejando una huella a todo lo largo de la página, como la de un caracol.

-Trabaja usted hasta muy tarde esta noche, Uriah-le dije.

-Sí, míster Copperfield --dijo Uriah, mientras yo cogía un taburete frente a él para hablarle con más comodidad.

Observé que no sabía sonreír; únicamente abría la boca, y se le marcaban dos arrugas duras a cada lado de las mejillas.

-No estoy trabajando para el bufete, míster Copperfield -dijo Uriah.

-¿En qué trabaja entonces? -pregunté.

-Estoy estudiando Derecho --dijo Uriah-. En este mo­mento aprendo la práctica de Tidd. ¡Qué escritor este Tidd, míster Copperfield!

Mi taburete era un buen sitio de observación, y le con­templé mientras leía de nuevo después de aquella calurosa exclamación y seguía otra vez las líneas con su dedo. Observé también que las aletas de su nariz, que era delgada y puntiaguda, tenían un singular poder de contracción y dila­tación, y parecía guiñar con ellas en lugar de con los ojos, que no decían nada en absoluto.

-¿Supongo que será usted un gran abogado? ---dije des­pués de mirarle durante un rato.

-¿Yo, míster Copperfield? -dijo Uriah-. ¡Oh, no! Yo soy una persona muy humilde.

Pensé que no debía ser aprensión mía lo que me había he­cho sentir el contacto de sus manos, pues continuamente las restregaba una con otra como para calentarlas, y las secaba furtivamente con su pañuelo.

-Sé muy bien lo humilde de mi condición -dijo Uriah Heep con modestia- comparándome con los demás. Mi madre es también una persona muy humilde; vivimos en una casa modestísima, míster Copperfield; pero tenemos mucho que agradecer a Dios. El oficio de mi padre era muy mo­desto: era sepulturero.

-¿Dónde está ahora? -pregunté.

-Ahora está en la gloria, míster Copperfield -dijo Uriah-. Pero ¡cuántas gracias no hemos recibido! ¿No debo dar mil gracias a Dios por haber entrado con míster Wickfield'?

Le pregunté a Uriah si estaba desde hacía mucho tiempo con él.

-Estoy aquí desde hace cuatro años, míster Copperfield -dijo Uriah cerrando el libro, después de señalar cuidado­samente el sitio en que se interrumpía-. Entré aquí un año después de la muerte de mi padre. Y también qué enorme gracia debo a la bondad de míster Wickfield, que me per­mite estudiar gratuitamente cosas que hubieran estado por encima de los humildes recursos de mi madre y míos.

-Entonces, ¿al terminar sus estudios de Derecho se hará usted procurador? -dije.

-Con la bendición de la Providencia, míster Copperfield -respondió Uriah.

-¡Quién sabe si no llegará usted a ser un día el socio de míster Wickfield -dije yo para hacerme agradable- y en­tonces será Wickfield y Heep, o Heep, sucesor de Wickfield!

-¡Oh, no, míster Copperfield! -replicó Uriah sacu­diendo la cabeza- Soy demasiado humilde para eso.

Verdaderamente se parecía de una manera asombrosa a la cabeza tallada en el extremo de la viga cerca de mi ventana mientras estaba así sentado en su humildad, mirándome de lado con la boca abierta y las arrugas en las mejillas.

-Míster Wickfield es un hombre excelente, míster Cop­perfield --dijo Uriah ; pero si usted le conoce desde hace mucho tiempo sabrá sobre él más de lo que yo pueda decirle.

Le repliqué que estaba convencido; pero que no hacía mu­cho tiempo que le conocía, aunque era muy amigo de mi tía.

-¡Ah! En verdad, míster Copperfield, su tía es una mujer muy amable.

Cuando quería expresar entusiasmo se retorcía de la ma­nera más extraña; nunca he visto nada más feo. Así, olvidé por un momento los cumplidos que hacía de mi tía, para fi­jarme en las sinuosidades de serpiente que imprimía a todo su cuerpo.

-Una señora muy amable, míster Copperfield -re­puso-, y creo que tiene una gran admiración por miss Agnes.

Respondí que sí, aunque no sabía nada. ¡Dios me per­done!

-Y espero que usted piensa como ella; ¿no es así?

-Todo el mundo debe estar de acuerdo en eso -res­pondí yo.

-¡Oh!, muchas gracias por esa observación, míster Cop­perfield -dijo Uriah Heep-. Eso que dice usted es tan cierto; a pesar de mi humildad sé que es tan cierto. ¡Oh, gra­cias, míster Copperfield!

Y se retorció en la exaltación de sus sentimientos. Des­pués se levantó y empezó a prepararse para marchar.

-Mi madre debe estar esperándome -dijo mirando un reloj opaco a insignificante que sacó del bolsillo-, y debe de empezar a estar inquieta, pues dentro de nuestra humil­dad nos queremos mucho. Si quisiera usted venir a vernos un día y tomar una taza de té en nuestra pobre morada mi madre se sentiría tan orgullosa como yo de recibirle.

Respondí que iría con mucho gusto.

-Gracias, míster Copperfield -dijo Uriah poniendo su libro encima del estante- ¿Supongo que estará usted aquí bastante tiempo?

Le dije que suponía que viviría con míster Wickfield mientras estuviera en el colegio.

-¡Ah! -exclamó Uriah-. Entonces pienso que termi­nará usted entrando en los negocios, míster Copperfield.

Yo dije que no tenía la menor intención de ello y que a nadie se le había ocurrido pensar semejante cosa; pero Uriah se empeñaba en contestar a todas mis réplicas: «¡Oh, sí, míster Copperfield; seguramente!», o bien: « ¡Oh, natu­ralmente, míster Copperfield; estoy seguro de que será así!». Por último, cuando terminó sus preparativos, me preguntó si le permitía apagar la luz, y al contestarle que sí, la apagó al instante, y después de estrecharme la mano (que en la oscuridad me pareció un pez), entreabrió la puerta de la calle, se deslizó fuera y la volvió a cerrar, de­jándome que buscara mi camino a tientas, lo que hice con mucho trabajo, después de tropezar contra su taburete. Por esto sin duda estuve soñando con él la mitad de la noche. Entre otras cosas, le vi lanzar al mar la casa de míster Peg­gotty para dedicarse a una expedición pirata bajo una ban­dera negra que llevaba como divisa « La práctica de Tidd» y que nos arrastraba tras de sí bajo aquella enseña diabó­lica a la pequeña Emily y a mí para ahogarnos en los ma­res españoles.

Al día siguiente, cuando fui a la escuela, me sentí menos tímido, y mucho menos al otro, y así fui por grados hasta que me encontré completamente a mis anchas y feliz entre mis nuevos compañeros.

Todavía era torpe en los juegos y estaba atrasado en ¡Os estudios; pero contaba con la costumbre para conseguir lo primero, y pensaba trabajar mucho en lo segundo. En conse­cuencia, me puse con ahínco a las dos cosas. En los juegos y en lo serio. Creo que aproveché bastante, y en muy poco tiempo mi vida en Murdstone y Grimby me pareció tan le­jana que me costaba trabajo creer en ella, mientras que mi vida actual me era tan familiar que me parecía que la llevaba hacía mucho tiempo.

La escuela del doctor Strong era inmejorable y se parecía tan poco a la de míster Creakle como el bien y el mal. Es­taba dirigida con un orden grave y decoroso y por un buen sistema. En todas las cosas se apelaba al honor y a la buena fe de los alumnos, con la intención confesada de contar con estas cualidades mientras no se diera motivo para lo contra­rio. Esta confianza daba los mejores resultados. Todos sentía­mos que tomábamos parte en la buena marcha del estableci­miento y que a nosotros tocaba mantener su reputación y su honor. Así, todos nos encariñábamos vivamente con la casa y, por mi parte, puedo responder que no he visto ni a uno de mis camaradas que no pensase como yo.

Estudiábamos con todas nuestras fuerzas, para hacer ho­nor al doctor, y en el recreo nos divertíamos mucho y gozá­bamos de mucha libertad. Recuerdo que con todo aquello hablaban muy bien de nosotros en la ciudad, y que nuestra conducta y modales rara vez perjudicaban la reputación del doctor Strong o la de sus alumnos. Algunos de los mayores, que vivían en casa del doctor, me informaron de ciertos de­talles de su vida. No hacía todavía un año que se había ca­sado con la linda mujer que vi en su despacho. Por su parte había sido un matrimonio de amor. La chica no tenía dinero, según decían nuestros camaradas; pero, en cambio, poseía una cantidad enorme de parientes pobres, siempre dispuestos a invadir la casa de su marido. Se atribuían los modales distraídos del doctor a las pesquisas constantes a que se en­tregaba sobre las raíces griegas. En mi inocencia, o mejor dicho en mi ignorancia, suponía que el doctor tenía una es­pecie de manía botánica, tanto más cuanto siempre iba mi­rando al suelo al andar. Fue bastante más tarde cuando lle­gué a saber que se trataba de las raíces de las palabras, y que tenía intención de hacer un nuevo diccionario. Adams, que era el primero de la clase y que tenía mucha disposición para las matemáticas, había calculado el tiempo que tardaría el doctor en hacer aquel diccionario; teniendo en cuenta su plan primitivo y los resultados obtenidos, calculaba que para dar fin a aquella empresa necesitaría mil seiscientos cua­renta y nueve años a partir del último aniversario del doctor, que había cumplido entonces los sesenta y dos. Pero el doc­tor era el ídolo de los alumnos, y, en realidad, hubiese sido necesario que el colegio hubiera estado compuesto por niños muy malos para que fuera de otro modo, pues verdadera­mente era el mejor de los hombres, lleno de una fe tan senci­lla, que habría podido conmover hasta los corazones de pie­dra de las grandes urnas alineadas a lo largo de la verja cuando paseaba de arriba abajo en el patio, bajo las miradas de los cuervos y de las comejas, que le seguían volviendo la cabeza con expresión de lástima, como si supieran que esta­ban mucho más al corriente que él de los asuntos de este mundo. Si un vagabundo, atraído por el crujir de sus zapa­tos, lograba acercársele lo bastante para llamar su atención con un relato de miseria, podía estar seguro de obtener de su caridad lo suficiente para vivir bien dos días. Sabían esto tan bien en la casa, que los maestros y los discípulos de más edad saltaban muchas veces por la ventana para arrojar a los mendigos antes de que el doctor pudiera percatarse de su presencia, y muchas veces hasta se había hecho esto a unos pasos de él sin que se diera cuenta. Una vez fuera de sus do­minios y desprovisto de toda protección era como una oveja para los rateros. De buena gana se habría quitado las polai­nas para darlas. A decir verdad, circulaba entre nosotros una historia que se remontaba a no sé qué época y se fundaba en no sé qué autoridad, pero que yo creo que era cierta. Se de­cía que un día de invierno, en que hacía mucho frío, el doc­tor había dado sus polainas a una pobre mujer, que ense­guida había suscitado el escándalo de la vecindad paseando de puerta en puerta a su nene envuelto en aquellos pañales improvisados, con gran sorpresa de todos, pues las polainas del doctor eran tan conocidas en los alrededores como la ca­tedral. La leyenda añadía que el único que no las reconoció fue el doctor, que, viéndolas poco después en el escaparate de una tienda de compraventa de mala fama, donde recibían toda clase de cosas a cambio de un vaso de ginebra, se de­tuvo a examinarlas con aire de aprobación, como si obser­vase en ellas algún nuevo perfeccionamiento en su corte que les diera una ventaja señalada sobre las suyas.

Lo que era un encanto era ver al doctor con su mujercita. Tenía una manera afectuosa y paternal de demostrarla su ter­nura, que sólo con eso se expresaba la bondad de aquel hom­bre. A menudo los veía paseando por el jardín, por donde es­taban los melocotones, y a veces lo había observado de cerca en el despacho del doctor o en el salón. Ella parecía cuidarle y quererle mucho, aunque su interés por el diccionario nunca me pareció demasiado grande, a pesar de que los bolsillos y el sombrero del doctor estaban siempre llenos de fragmentos de aquel trabajo y generalmente parecía que se lo explicaba a ella mientras se paseaban.

Yo veía mucho a mistress Strong, pues se había aficio­nado a mí desde el día en que me presentaron al doctor, y siempre continuó interesándose por mí con cariño. Quería mucho a Agnes y venía a menudo a nuestra casa. Era cu­rioso que con míster Wickfield estaba siempre nerviosa, y parecía tenerle miedo. Cuando venía a vernos por la tarde, evitaba siempre aceptar su brazo para volver a su casa, y me pedía a mí que la acompañara. A veces, cuando atrave­sábamos alegremente el patio de la catedral sin esperar en­contrar a nadie, veíamos aparecer a Jack Maldon, que se sorprendía mucho de vemos.

La madre de mistress Strong me entusiasmaba. Se llamaba mistress Mackleham; pero los chicos solían llamarla el Vete­rano, por la táctica con que hacía maniobrar contra el doctor al numeroso batallón de sus parientes. Era una mujercita de ojos penetrantes, que llevaba siempre, cuando iba muy ves­tida, una toca adornada con flores artificiales y dos maripo­sas, también artificiales, que revoloteaban alrededor de las flores. Se decía entre nosotros que aquella toca procedía, se­guramente, de Francia y, en efecto, su origen debía de ser de aquella ingeniosa nación; pero lo que sé con certeza es que aparecía por las noches por todas partes por donde mistress Mackleham hacía su entrada, pues tenía un cestito chino para llevarla de una casa a otra. Las mariposas tenían el don de re­volotear con sus alas temblorosas como las abejas laboriosas, aunque al doctor Strong sólo le ocasionaba gastos.

Observaba al Veterano, y conste que no adopto el nombre por faltarle al respeto, con toda comodidad una noche que se me hizo memorable por otro incidente que también voy a re­latar. El doctor daba aquella noche una reunión de despedida en honor de Jack Maldon, que se marchaba a las Indias, donde iba como cadete en un regimiento o algo parecido, habiendo terminado por fin aquel asunto míster Wickfield. Ese día era también el cumpleaños del doctor. Hacíamos una fiesta y le habíamos hecho nuestro regalo por la mañana. El número uno había pronunciado un discurso en nombre de todos los alumnos y le habíamos vitoreado hasta quedar ron­cos, lo que le había emocionado haciéndole llorar. Y ahora, por la noche, míster Wickfield, Agnes y yo veníamos a to­mar el té en su compañía.

-He olvidado, doctor -dijo la madre de mistress Strong cuando nos hubimos sentado-, felicitarle en este día, como es de rigor, aunque en mi caso esto no es una fórmula; per­mítame desearle muchas felicidades para este año y muchos que le sigan.

-Muchas gracias, señora -contestó el doctor.

-Muchos, muchos, muchos años de felicidad -dijo el Veterano-, no solamente por usted, sino también por An­nie, por Jack Maldon y por otras muchas personas.

-Me parece que fue ayer, Jack -continuó-, cuando eras una criaturita. Copperfield sería mayor que tú cuando cortejabas a Annie detrás de las grosellas en el fondo del jardín.

-Mamá -dijo mistress Strong-, ya no te debe impor­tar esto.

-Annie, no seas absurda -repuso su madre-. Si te ru­borizas al oír estas cosas ahora, que eres toda una señora ca­sada, ¿cuándo vas a dejar de azorarte al oírlas?

-¡Vaya, Annie -exclamó Jack Maldon-, vamos!

-Sí, John; de hecho una señora madura, aunque no lo sea por la edad; porque ¿quién me ha oído decir que una mu­chacha de veinte años sea madura por la edad? Tu prima es la mujer del doctor y como tal la he descrito. Es mejor para ti, John, que tu prima sea la mujer del doctor; has encon­trado en él un buen amigo con influencia, que aún será me­jor, me atrevo a predecírtelo, si te lo mereces. No es falsa vanidad, pues dudo en admitir francamente que hay algunos miembros de nuestra familia que necesitan un amigo. Tú eras uno de ellos, antes de que la influencia de tu prima te lo hubiese procurado.

El doctor, en la bondad de su corazón, movió su mano como para quitarle importancia y ahorrar a Jack Maldon que siguie­ran insistiendo. Pero mistress Mackleham se cambió a una si­lla cerca del doctor, y dándole con el abanico en la manga dijo:

-No, realmente, mi querido doctor; debe usted dispen­sarme que me entrometa, porque lo siento tan intensamente, que casi puede llamarse una monomanía. Es como una obsesión. Usted ha sido una bendición para nuestra familia. Us­ted realmente es nuestra providencia.

-Tonterías, tonterías -dijo el doctor.

-No, no; dispénseme usted -repuso el Veterano-. Sin nadie presente más que nuestro querido a íntimo amigo míster Wickfield, no puedo consentir que me achiquen; voy a tener que reclamar los privilegios de suegra si siguen ustedes así y reñirles. Soy completamente franca; lo que diga es lo que dije cuando me sorprendió usted tanto la primera vez; ¿se acuerda usted qué sorprendida estaba cuando pidió la mano de Annie? No porque fuera nada extraordinario el hecho de la petición, sería ridículo decirlo, sino porque usted conoció a su pobre padre y a ella cuando era un bebé de seis meses. No me lo figuraba a usted bajo ese aspecto, ni como novio posible para nadie.

-¡Ay, ay! -dijo el doctor de buen humor-. Eso no im­porta.

-Pero a mí sí -dijo el Veterano dándole con el abanico en los labios-; me importa mucho recordar estas cosas, que se me pueden discutir si me equivoco. Pues bien, entonces hablé a Annie y le conté lo que había sucedido: «Querida mía, ha venido el doctor Strong, que ha pedido tu mano». ¿Hice yo la menor presión? No; le dije: « Mira, Annie; dime la verdad ahora mismo. ¿Está libre tu corazón?». «Mamá -me contestó llorando-, soy muy joven -lo era real­mente- y casi no sé si tengo corazón.» « Entonces, querida mía -le dije-, puedes estar segura de que está libre. De to­dos modos, el doctor Strong está en una gran inquietud y se le debe contestar. No se le puede tener esperando en ese es­tado.» « Mamá -me dijo Annie, todavía llorando-, ¿será desgraciado sin mí? Si fuera a serlo, le respeto y le estimo tanto, que creo que lo aceptaré.» Así fue decidido; y enton­ces, pero nada más que entonces, le dije a Annie: « El doctor Strong no solamente será tu marido, sino que representará también a tu padre, la cabeza de nuestra familia; representará la sabiduría, el rango, y puede decirse también la for­tuna de nuestra familia; en resumen, será nuestra providen­cia». Usé esa palabra en aquella ocasión, y hoy la he vuelto a repetir. Si tengo algún mérito, es la constancia.

Su hija permanecía silenciosa a inmóvil durante aquel dis­curso, con los ojos fijos en el suelo; su primo, de pie a su lado y mirando también al suelo. Por fin dijo dulcemente, con voz temblorosa:

-Mamá, espero que hayas terminado.

-Mi querida Annie -repuso el Veterano-, no he termi­nado aún. Como me preguntas,te contesto, y no he termi­nado. Me quejo de que realmente eres un poco descastada con tu familia, y como es inútil quejarme a ti, quiero que­jarme a tu marido. Ahora, mi querido doctor, mire a su ton­tuela mujer.

Al volver el doctor su bondadoso rostro con sonrisa de sencillez y dulzura hacia ella, inclinó aún más la cabeza. Ob­servé que míster Wickfield la miraba fijamente.

-Cuando el otro día le dije a esta antipática -prosiguió su madre moviendo la cabeza y su abanico coquetonamente hacia ella- que había una necesidad en la familia que po­dría contarle a usted; mejor dicho, que debía contársela, me dijo que hablar de ello era pedir un favor, y que como usted era demasiado generoso para ella, pedir era tener, y que no lo diría nunca.

-Annie, querida mía --dijo el doctor-, aquello estuvo mal, porque fue robarme una alegría.

-Casi con las mismas palabras que yo se lo dije -ex­clamó su madre-. Desde ahora en adelante, en cuanto sepa que hay algo que no lo va a decir por esa razón, estoy casi segura, mi querido doctor, de que se lo diré yo misma.

-Me alegrará que lo haga -repuso el doctor.

-¿De verdad?

-Ciertamente.

-Bien; entonces lo haré --dijo el Veterano-; trato hecho.

Supongo que por haber conseguido lo que quería golpeó varias veces la mano del doctor con su abanico, que había besado antes, y se volvió triunfante a su primer asiento.

Después llegó más gente. Entre otros, dos profesores con Adams, y la charla se hizo general y, como es natural, versó sobre Jack Maldon, sobre su viaje, sobre el país donde iba y sus diversos planes y proyectos. Partía aquella noche des­pués de la cena en silla de postas para Gravesen, donde el barco en que iba a hacer el viaje lo esperaba, y a menos de que le dieran permiso, o a causa de la salud, partía para no sé cuántos años. Recuerdo que fue generalmente reconocido que la India era un país calumniado, al que no había nada que objetar más que un tigre o dos y un poco de calor exce­sivo durante gran parte del día. Por mi parte, miraba a Jack Maldon como a un Simbad moderno y me lo figuraba amigo íntimo de todos los rajás del Oriente, sentado fumando lar­gas pipas de oro, que lo menos tendrían una milla de largas si se hubieran podido desenvolver.

Yo sabía que mistress Strong cantaba muy bien, porque la había oído a menudo cuando estaba sola; pero fuera porque le asustaba cantar delante de gente o porque aquella noche no tenía buena voz, el caso es que no pudo cantar. Intentó un dúo con su primo Maldon, pero no pasó del principio, y des­pués, cuando intentó cantar sola, aunque empezó dulce­mente, se apagó su voz de pronto, dejándola confusa, con la cabeza inclinada encima de las teclas.

El buen doctor dijo que estaba nerviosa, y para animarla propuso un juego general de cartas, de lo que entendía tanto como de tocar el trombón; pero vi que el Veterano le tomó bajo su custodia como compañero y le daba lecciones, di­ciéndole como primera iniciación que le entregara todo el dinero que llevase en el bolsillo.

Fue un juego divertido, no siendo la menor diversión las equivocaciones del doctor, que eran innumerables a pesar de la vigilancia de las mariposas y de su indignación. Mistress Strong había renunciado a jugar, bajo el pretexto de no en­contrarse muy bien, y su primo Maldon también se excusó porque todavía tenía algunos paquetes por hacer. Cuando volvió de hacerlos, se sentó a charlar con ella en el sofá. De vez en cuando Annie iba a mirar las cartas del doctor y le aconsejaba una jugada. Estaba muy pálida, estaba muy pá­lida cuando se inclinaba hacia él, y me pareció que su dedo temblaba al señalar las cartas; pero el doctor era completa­mente feliz con aquella atención y no se daba cuenta.

La cena no fue tan alegre; todos parecían sentir que una separación de aquella índole era algo embarazoso, y cuanto más se acercaba el momento, más aumentaba la tensión. Jack Maldon intentaba estar muy charlatán, pero no era es­pontáneo y lo estropeaba todo. Y según me pareció también, lo empeoraba el Veterano recordando continuamente episo­dios de la infancia de Maldon.

El doctor, convencido sin embargo (estoy seguro) de que había hecho felices a todos, estaba muy contento y no se le ocurría sospechar que pudiera haber alguien que no estu­viera alegre.

-Annie querida -dijo mirando su reloj y llenando su vaso---, va a ser la hora de partida de tu primo Jack y no de­bemos retenerle, pues ni el tiempo ni la marea esperan. Jack Maldon, va usted a emprender un largo viaje a un país ex­tranjero; muchos hombres lo han hecho y muchos lo harán hasta el fin de los tiempos. Los vientos que usted va a afron­tar han conducido a cientos y miles de hombres a la fortuna y han vuelto a traer a millares y millares felizmente a su patria.

-Es una cosa realmente conmovedora -dijo mistress Macklheam-, por cualquier lado que se mire, el ver a un muchacho agradable, a quien se conoce desde la infancia, partir para el otro extremo del mundo dejando todo lo que conoce detrás de sí y sin saber lo que le espera. Un joven que hace un esfuerzo semejante merece una protección cons­tante --dijo mirando al doctor.

-El tiempo correrá deprisa para usted, Jack Maldon -prosiguió el doctor- y deprisa para todos nosotros. Algu­nos difícilmente podemos esperar, siguiendo el curso natural de las cosas, el poder felicitarle a su regreso; sin embargo, lo mejor es tener esperanza, y ese es mi caso. No le cansaré con buenos consejos. Ha tenido usted durante mucho tiempo un buen modelo delante con su prima Annie. Imítela todo lo más que pueda.

Mistress Macklheam se abanicaba moviendo la cabeza.

-Que siga usted bien, Maldon --dijo el doctor ponién­dose de pie, con lo que todos nos levantamos-. Le deseo un próspero viaje, una carrera brillante y un feliz regreso a su país.

Todos brindamos por él y todos le estrechamos la mano, después de lo cual se despidió de las señoras y se precipitó a la puerta, donde fue recibido, al subir al coche, por una tre­menda descarga de vivas de los alumnos, que se habían reu­nido allí con aquel objeto.

Corrí para reunirme con ellos y llegué muy cerca del co­che en el momento de arrancar, y me causó una impresión muy fuerte, en medio del ruido y del polvo, ver a Jack Mal­don con el rostro agitado y algo color cereza entre sus ma­nos.

Después de vitorear también al doctor y a su señora, los chicos se dispersaron, y yo volví a entrar en la casa, donde encontré a todos formando corro alrededor del doctor, discu­tiendo sobre la marcha de Jack Maldon, sobre su valor, sus emociones y todo lo demás. En medio de todas aquellas ob­servaciones, mistress Mackleham gritó:

-¿Dónde está Annie?

No estaba allí, y cuando la llamaron no contestó. Enton­ces todos salieron a un tiempo del salón para ver qué pasaba, y nos la encontramos tendida en el suelo del vestíbulo. En el primer momento fue muy grande la alarma; pero enseguida se dieron cuenta de que sólo estaba desmayada y de que empezaba ya a volver en sí con los medios que en esos casos se emplean. El doctor, levantándole la cabeza y apoyándola en sus rodillas, separó los bucles de su frente y dijo mirando a su alrededor:

-¡Pobre Annie! ¡Es tan cariñosa, que la partida de su amigo de la infancia ha sido la causa de esto! ¡Cómo lo siento! ¡Estoy muy disgustado!

Cuando Annie abrió los ojos y vio dónde estaba y que todos la rodeaban, se levantó a inclinó la cabeza en el pecho del doc­tor, no sé si para apoyarse o para ocultarla, y todos entramos de nuevo en el salón, dejándola con el doctor y con su madre. Pero, al parecer, ella dijo que se encontraba mejor de lo que había estado durante todo el día y quiso volver entre nosotros. La trajeron muy pálida y débil y la sentaron en el sofá.

-Annie, querida mía -dijo su madre arreglándole el traje-; mira, has perdido uno de tus lazos. ¿Quiere alguien ser tan amable de buscarlo? Es una cinta de color cereza.

Era la que llevaba en el pecho. La buscaron, y yo también la busqué por todas partes, estoy seguro; pero nadie consi­guió encontrarla.

-¿No recuerdas si la tenías hace un momento, Annie? --dijo su madre.

Me sorprendió cómo, estando tan pálida, pudo ponerse de pronto roja como la grana al contestar que sí la tenía hacía un momento; pero que no merecía la pena buscarla.

Seguimos buscándola sin resultado y, por último, insistió tanto en que no merecía la pena, que las pesquisas se enfria­ron. Cuando dijo que se encontraba completamente bien, to­dos nos levantamos y dijimos adiós.

Volvíamos muy despacio míster Wickfield, Agnes y yo. Agnes y yo admirábamos la luz de la luna; pero míster Wickfield no levantaba los ojos del suelo. Cuando por fin llegamos delante de nuestra puerta, Agnes se dio cuenta de que había olvidado su bolsita de labor. Encantado de poder prestarle algún servicio, volví corriendo a buscarla.

Entré en el comedor, que era donde se la había dejado; es­taba oscuro y desierto, pero una puerta de comunicación en­tre aquella habitación y el estudio del doctor, donde había luz, estaba abierta, y me dirigí allí para decir lo que deseaba y pedir una vela.

El doctor estaba sentado en su butaca al lado de la chi­menea y su mujer en un taburete a sus pies. El doctor, con una sonrisa complaciente, leía en alta voz un manuscrito explicación de su teoría sobre aquel interminable dicciona­rio, y ella le miraba; pero con una expresión que no le había visto nunca. Estaba tan bella y tan pálida, tan fija en su abs­tracción, con una expresión tan completamente salvaje y como sonámbula, en un sueño de horror de no sé qué. Sus ojos estaban completamente abiertos, y sus cabellos casta­ños caían en dos espesos bucles sobre sus hombros y su blanco traje, desaliñado por la falta de la cinta. Recuerdo perfectamente su aspecto, y todavía hoy no puedo decir lo que expresaba, y me lo pregunto al recordarlo, trayéndolo de nuevo ante mi actual experiencia. ¿Arrepentimiento?, ¿humillación?, ¿vergüenza?, ¿orgullo?, ¿amor?, ¿con­fianza? Vi todo aquello y, dominándolo todo, vi aquel ho­rror de no sabía qué.

Mi entrada diciendo lo que deseaba le hizo volver en sí y también cambió el curso de las ideas del doctor, pues cuando volví a entrar a devolver la luz, que había cogido de la mesa, le acariciaba la cabeza con ternura paternal, diciéndole que era un egoísta, que abusaba de su bondad leyéndole aquello y que debía marcharse a la cama.

Pero ella le pidió con insistencia que la dejara estar con él, que la dejara convencerse de que poseía toda su confianza (casi balbució estas palabras), y volviéndose hacia él, des­pués de mirarme a mí cuando salía de la habitación, le vi cruzar las manos sobre las rodillas y mirarle con la misma expresión, aunque algo más tranquila, mientras él reanudaba su lectura.

Aquello me impresionó hondamente y lo recordé mucho tiempo después, como tendré ocasión de relatar cuando sea oportuno.

 
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