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David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 15. Vuelvo a empezar
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Míster Dick y yo fuimos pronto los mejores amigos del mundo, y muy a menudo, cuando había terminado su tra­bajo, salíamos juntos a soltar la cometa. Todos los días tra­bajaba largo rato en la Memoria, que no progresaba lo más mínimo a pesar de aquel trabajo constante, pues el rey Car­los I siempre aparecía en ella tarde o temprano y había que volver a empezar. La paciencia y el valor con que soportaba aquellos desengaños continuos; la idea vaga que tenía de que el rey Carlos I no tenía nada que ver en aquello; los dé­biles esfuerzos con que intentaba arrojarle, y la tenacidad con que el monarca venía a condenar su memoria al olvido, todo aquello me dejó una impresión profunda. No sé lo que míster Dick pensaría hacer con la memoria en el caso de terminarla (creo que él no lo sabía mejor que yo), ni dónde pensaba enviarla, ni cuáles serían los efectos del envío. Pero, en realidad, no es necesario que se preocupase demasiado, pues si había algo cierto bajo el Sol, era que aquella memo­ria no se terminaría nunca.

Era conmovedor verle con su cometa cuando había su­bido a mucha altura. Lo que me había dicho en su habitación de las esperanzas que tenía sobre aquella manera de disemi­nar los hechos expuestos en los papeles que la cubrían, y que no eran otros que las hojas sacrificadas de alguna me­moria fracasada, le preocupaba alguna vez dentro de casa; pero una vez fuera ya no pensaba en ello. Sólo pensaba en ver volar a la cometa y en ir soltando el bramante del ovillo que tenía en la mano. Nunca tenía el aspecto más sereno. Yo a veces me decía, cuando estaba sentado a su lado por las tardes, sobre el musgo y viéndole seguir con los ojos los mo­vimientos de la cometa, que su espíritu salía entonces de su confusión para elevarse con su juguete al cielo. Los progre­sos que hacía en la amistad a intimidad de míster Dick no perjudicaban en nada a los que hacía con su amiga miss Bet­sey, que se encariñó tanto conmigo, que en el transcurso de unas semanas acortó mi nombre de adopción, transformán­dolo de Trotwood en Trot; y aún animó mis esperanzas de que si seguía como había empezado podría igualarme en el rango de sus afectos con mi hermana Betsey Trotwood.

-Trot -dijo mi tía una noche, cuando el juego de damas estuvo colocado, como siempre, para ella y míster Dick-, no debemos olvidar tu educación.

Este era mi único motivo de ansiedad, y me sentí comple­tamente dichoso al oírle hablar de ello.

-¿Te gustaría ir a la escuela en Canterbury? -,dijo mi tía.

Le respondí que muchísimo, tanto más porque estaba cerca de ella.

-Bueno --dijo mi tía-; ¿te gustaría ir mañana?

Sin extrañarme ya de la general rapidez de las ideas de mi tía, no me sorprendió su brusquedad y dije:

-Sí.

-Bueno -dijo mi tía de nuevo-. Janet, pedirás el caba­llo gris y el coche pequeño para mañana a las diez de la ma­ñana, y prepararás esta noche las cosas del señorito.

Estaba lleno de alegría al oír dar aquellas órdenes; pero me reproché mi egoísmo cuando vi el efecto que habían cau­sado en míster Dick. Le entristecía tanto la perspectiva de nuestra separación y jugaba tan mal aquella noche, que mi tía, después de advertirle varias veces dando en su caja con los nudillos, cerró el juego declarando que no quería seguir jugando con él; pero al saber que yo vendría algunos sába­dos y que él podría ir a verme algunos miércoles, recobró un poco de valor y juró fabricar para aquellas ocasiones una co­meta gigantesca, mucho más grande que aquella con que nos divertíamos ahora. Al día siguiente había vuelto a caer en su abatimiento y trataba de consolarse dándome todo lo que te­nía de oro y plata; pero habiendo intervenido mi tía, sus li­beralidades se redujeron a cinco chelines; a fuerza de ruegos consiguió subirlos hasta diez. Nos separamos de la manera más cariñosa a la puerta del jardín, y míster Dick no se me­tió en casa hasta que nos perdió de vista.

Mi tía, perfectamente indiferente a la opinión pública, conducía con maestría el caballo gris a través de Dover. Se sostenía derecha como un cochero de ceremonia, y seguía con los ojos los menores movimientos del caballo, decidida a no dejarlo hacer su voluntad bajo ningún pretexto. Cuando estuvimos en el campo le dejó un poco más de libertad, y lanzando una mirada hacia un montón de almohadones, en los que yo iba hundido a su lado, me preguntó si era feliz.

-Mucho, tía, gracias a usted -dije.

Me agradeció tanto la contestación que, como tenía las dos manos ocupadas, me acarició la cabeza con el látigo.

-¿Y es una escuela muy concurrida, tía? -pregunté.

-No lo sé -dijo mi tía---. Lo primero vamos a casa de míster Wickfield.

-¿Es que tiene pensión? --dije.

-No, Trot; es un hombre de negocios.

No pedí más informes sobre míster Wickfield, y como tampoco me los dio mi tía, la conversación rodó sobre otros asuntos, hasta el momento en que llegamos a Canterbury. Era día de mercado, y a mi tía le costó mucho trabajo condu­cir el caballo gris a través de las carretas, las cestas y los montones de legumbres. A veces faltaba el canto de un duro para que no volcara un puesto, lo que nos valía discursos muy poco halagüeños por parte de la gente que nos rodeaba; pero mi tía guiaba siempre con la tranquilidad más perfecta, y creo que hubiera atravesado con la misma seguridad un país enemigo.

Por fin nos detuvimos delante de una casa antigua, que sobresalía en la alineación de la calle. Las ventanas del pri­mer piso eran salientes, y también las vigas avanzaban sus cabezas talladas, de manera que por un momento me pre­gunté si la casa entera no tendría la curiosidad de adelan­tarse así para ver lo que pasaba en la calle. Además, todo esto no le impedía brillar con una limpieza exquisita. La vieja aldaba de la puerta, en medio de las guirnaldas de flo­res y frutos tallados que la rodeaban, brillaba como un estre­lla. Los escalones de piedra estaban tan limpios como si los acabaran de cubrir con lienzo blanco, y todos los ángulos y rincones de las esculturas y adornos, los cristalitos de las ventanas, todo estaba tan deslumbrante como la nieve que cae en las montañas.

Cuando el coche se detuvo a la puerta, miré hacia la casa y vi una figura cadavérica que se asomó un momento a una ventana de una torrecilla en uno de los ángulos y después desapareció. El pequeño arco de la puerta se abrió entonces, presentándose ante nosotros el mismo rostro. Era completamente un cadáver, como ya me había parecido en la ventana, aunque su rostro estaba cubierto de esas manchas que se ven a menudo en el cutis de los pelirrojos y, en efecto, el perso­naje era pelirrojo. Debía de tener unos quince años, me pare­ció; pero aparentaba ser mucho mayor. Llevaba los cabellos cortados al rape; no tenía cejas ni pestañas; los ojos eran de un rojo pardo, tan desguarnecidos, tan desnudos, que yo no me explicaba cómo podrían dormir tan descubiertos. Era cargado de hombros, huesudo y anguloso. Vestía, con de­cencia, de negro, con una corbata blanca, con el traje abro­chado hasta el cuello, y unas manos tan largas y tan delga­das, una verdadera mano de esqueleto, que atraía mi atención, mientras de pie, delante del caballo, se acariciaba la barbilla y nos miraba.

-¿Está en casa míster Wickfield, Uriah Heep? -dijo mi tía.

-Sí; míster Wickfield está en casa, señora. Si quiere us­ted tomarse la molestia de pasar -dijo, señalando con su mano descarnada la habitación que quería designarnos.

Bajamos del coche, dejando a Uriah Heep cuidando del caballo, y entramos en un salón un poco bajo, de forma alar­gada, que daba a la calle. Por las ventanas vi a Uriah Heep que soplaba en los ollares al caballo y después le cubría pre­cipitadamente con su mano, como si le hubiera hecho un ma­leficio. Frente a la vieja chimenea había colocados dos retra­tos: uno, el de un hombre de cabellos grises, pero joven; las cejas eran negras y miraba unos papeles atados con una cinta roja. El otro era el de una señora; la expresión de su rostro era dulce y seria, y me miraba.

Creo que buscaba con los ojos un retrato de Uriah, cuando al fondo de la habitación se abrió una puerta y entró un ca­ballero que me hizo volverme a mirar el retrato para cercio­rarme de que no se había salido del marco; pero no: seguía quieto en su sitio, y cuando el caballero estuvo más cerca de la luz vi que tenía más edad que cuando le habían retratado.

-Miss Betsey Trotwood, haga usted el favor de pasar. Us­ted me dispensará; pero cuando han llegado estaba ocupado. Ya conoce usted mi vida y sabe que sólo tengo un interés en el mundo.

-Miss Betsey le dio las gracias y entramos en un despa­cho que estaba amueblado como el de un hombre de nego­cios; lleno de papeles, de libros, de cajas de estaño. Daba al jardín y estaba provisto de una caja de caudales fija en la pa­red, justo encima de la chimenea; Canto es así, que me pre­guntaba cómo harían los deshollinadores para poder pasar por detrás cuando necesitaran limpiarla.

-Y bien, miss Trotwood -dijo mister Wickfield, pues descubrí pronto que era el dueño de la casa, que era abogado y que administraba las tierras de un rico propietario de los alrededores- ¿Qué le trae a usted por aquí? En todo caso espero que no sea por nada malo.

-No -replicó mi tía-; no vengo por asuntos legales.

-Tiene usted razón -dijo mister Wickfield-, más vale que nos veamos por otra cosa.

Ahora sus cabellos eran completamente blancos, aunque seguía teniendo las cejas negras. Su rostro era muy agradable y hasta debía de haber sido muy guapo. Tenía un color exce­sivo, que yo desde hacía mucho tiempo había aprendido, gra­cias a Peggotty, a atribuir al vino, y a lo mismo atribuía el so­nido de su voz y su corpulencia. Estaba muy bien vestido, con traje azul, chaleco a rayas y pantalón de nanquín . Su camisa y su corbata de batista eran tan blancas y tan final, que me re­cordaban, en mi errante imaginación, al cuello de un cisne.

-Es mi sobrino --dijo mi tía.

-No sabia que tuviera usted un sobrino -dijo mister Wickfield.

-Es decir, mi sobrino nieto.

-Tampoco sabía que lo tuviera usted; se lo aseguro -añadió míster Wickfield.

-Lo he adoptado ---dijo mi tía con un gesto que indicaba que le importaba muy poco lo que sabía o dejaba de saber-, y lo he traído para meterlo en un colegio donde esté bien cuidado y le enseñen bien. Quería que me dijera usted dónde podría encontrar ese colegio, y que me diera todos los datos necesarios.

-Antes de aventurarme a aconsejarla, permítame. Ya sabe usted mi vieja pregunta para todas las cosas: ¿Cuál es su verdadero objeto?

-¡El diablo lleve a este hombre! Siempre quiere buscar motivos ocultos cuando están a la vista. Lo único que quiero es hacer a este niño feliz y que aprenda.

-Yo creo que debe haber algún otro motivo -dijo mis­ter Wickfield moviendo la cabeza y sonriendo con incre­dulidad.

-¿Otro motivo? -replicó mi tía-. Usted tiene la pre­tensión de obrar con transparencia en todo. Supongo que no creerá usted que es la única persona que sigue directamente su camino en el mundo

-Yo no tengo más que un objeto en la vida, miss Trot­wood, y muchas personas lo tienen por docenas y hasta por cientos. Yo sólo tengo uno; esa es la diferencia. Pero nos he­mos alejado de la cuestión. Usted me pregunta por el mejor colegio. Sea cual fuere su motivo, ¿usted quiere el mejor?

Mi tía asintió.

-El mejor que tenemos -dijo míster Wickfield reflexio­nando-; su sobrino no puede ser admitido en él por ahora más que como externo.

-Pero entre tanto podrá vivir en cualquier otra parte, su­pongo --dijo mi tía.

Míster Wickfield dijo que sí, y después de un momento de discusión le propuso visitar la escuela para que pudiera juzgar ella misma. A la vuelta vería también las casas donde le parecía que podría dejarme.

Mi tía aceptó la proposición, a íbamos a salir los tres cuando mister Wickfield se detuvo para decirme:

-Pero quizá fuese mejor que nuestro amiguito no vi­niese.

Mi tía parecía dispuesta a no aceptar la proposición; pero, para facilitar las cosas, yo dije que estaba dispuesto a esperar­los allí si les convenía, y volví al despacho, donde mientras los esperaba tomé posesión de la silla que había ocupado ya a mi llegada.

Y sucedió que aquella silla estaba colocada frente a un pasillo estrecho que daba a la habitacioncita redonda en cuya ventana había visto el pálido rostro de Uriah Heep. Después de haber llevado el caballo a una cuadra cercana, Uriah Heep se había puesto a escribir en un pupitre y copiaba un papel fijado en un cuadro de hierro y suspendido encima del pupi­tre. Aunque estaba vuelto hacia mí, al principio creí que el papel que copiaba y que se encontraba entre los dos le impe­día verme; pero mirando con más detenimiento vi pronto que sus ojos penetrantes aparecían de vez en cuando bajo el manuscrito como dos soles rojos, y que me miraba furtiva­mente lo menos durante un minuto, aunque seguía oyéndose su pluma correr a la misma velocidad de siempre. Traté va­rias veces de escapar a sus miradas. Me subí a una silla para mirar un mapa en el otro extremo de la habitación; me hundí en la lectura de un periódico, pero sus ojos me atraían, y siempre que lanzaba una mirada sobre aquellos dos soles abrasados estaba seguro de verlos levantarse o bajarse en el mismo instante.

Por fin, después de esperar mucho tiempo, volvieron mi tía y mister Wickfield. No habían obtenido el resultado que esperaban, pues si las ventajas del colegio eran incontesta­bles, mi tía no aprobaba ninguna de las casas propuestas para que yo viviera.

-Es una lata --dijo mi tía- No sé qué hacer, Trot.

-En efecto; es molesto -dijo míster Wickfield-; pero yo sé lo que podía usted hacer.

-¿Qué? -dijo mi tía.

-Deje usted aquí a su sobrino por el momento. Es un niño tranquilo, que no me molestará nada. La casa es buena para estudiar, tranquila como un convento, y casi tan grande. ¡Déjelo aquí!

La proposición le gustaba a mi tía; pero dudaba en acep­tar por delicadeza, y yo lo mismo.

-Vamos, miss Trotwood -dijo míster Wickfield-; no hay otro modo de salvar la dificultad. Y es solamente un arreglo temporal. Si no resulta bien, si nos molesta, tanto a unos como a otros, siempre estamos a tiempo de separarnos, y entre tanto podremos encontrar algo que convenga más. Por el momento, lo mejor es dejarlo aquí.

-Se lo agradezco mucho, y veo que él también lo agra­dece; pero...

-Vamos; ya sé lo que quiere decir -exclamó míster Wickfield-, y no quiero forzarla a que acepte favores de mí; pagará usted la pensión si quiere; no pelearemos por el precio, pero la pagará si usted quiere.

-Esta condición -dijo mi tía-, sin disminuir en nada mi reconocimiento, me deja más tranquila y estaré encan­tada de dejarlo aquí.

-Entonces vamos a ver a la pequeña dueña de mi casa -dijo míster Wickfield.

Subimos por una vieja escalera, con una balaustrada tan ancha que se hubiera podido andar por ella, y entramos en un viejo salón algo oscuro, iluminado por tres o cuatro de las extrañas ventanas que había observado desde la calle. En los huecos había asientos de madera, que parecían provenir de los mismos árboles de los que se habían hecho el suelo, encerado, y las grandes vigas del techo. La habitación estaba muy bien amueblada, con un piano y un deslumbrante mueble verde y rojo; había flores en los floreros y parecía estar todo lleno de rincones, y en cada uno había algo: o una bo­nita mesa, o un costurero, o una estantería, o una silla, o cualquier otra cosa; tanto que yo pensaba a cada instante que no había en la habitación rincón más bonito que en el que yo estaba, y un momento después descubría otro retiro más agradable todavía. El salón tenía el sello de quietud y de ex­quisita limpieza que caracterizaba la casa exteriormente.

Míster Wickfield llamó a una puerta de cristales que ha­bía en un rincón, y una niña de mi edad apareció al momento y le besó. En su carita reconocí inmediatamente la tranquila y dulce expresión de la señora que había visto retratada en el piso de abajo. Me parecía que era el retrato quien había cre­cido, haciéndose mujer, mientras que el original continuaba siendo niña. Tenía el aspecto alegre y dichoso, lo que no im­pedía que su rostro y sus modales respirasen una tranquili­dad, una serenidad de alma, que no he olvidado ni olvidaré jamás.

-He aquí la pequeña dueña de mi casa -dijo míster Wickfield-, mi hija Agnes. Cuando oí el tono con que pro­nunciaba aquellas palabras y el modo como agarraba su mano, comprendí que aquel era el motivo de su vida.

Llevaba un minúsculo cestito con las llaves y tenía todo el aspecto de una ama de casa bastante seria y bastante en­tendida para gobernar la vieja morada. Escuchó con interés lo que su padre le decía de mí, y cuando terminó propuso a mi tía que fuera con ella a ver mi habitación. Fuimos todos juntos; ella nos guió a una habitación verdaderamente mag­nífica, con sus vigas de nogal, como las demás, y sus cua­draditos de cristales, y la hermosa balaustrada de la escalera llegaba hasta allí.

No puedo recordar dónde ni cuándo había visto en mi in­fancia vidrieras pintadas en una iglesia, ni recuerdo los asun­tos que representarían. Sé únicamente que cuando vi a la niña llegar a lo alto de la vieja escalera y volverse para esperamos, bajo aquella luz velada, pensé en las vidrieras que había visto hacía tiempo, y su brillo dulce y puro se asoció desde entonces a mi espíritu con el recuerdo de Agnes Wickfield.

Mi tía estaba tan contenta como yo de las decisiones que acababa de tomar, y bajamos juntos al salón, muy di­chosos y muy agradecidos. Mi tía no quiso oír hablar de quedarse a comer, por temor de no llegar antes de la noche a su casa con el famoso caballo gris, y creo que míster Wickfield la conocía demasiado bien para tratar de disua­dirla. De todos modos, le hicieron tomar algo. Agnes vol­vió a su cuarto con su aya, y míster Wickfield a su despa­cho, y nos dejaron solos para que pudiéramos despedimos tranquilos.

Me dijo que míster Wickfield se encargaría de arreglar todo lo que me concerniese y que no me faltaría nada, y des­pués añadió los mejores consejos y las palabras más afec­tuosas.

-Trot -dijo mi tía al terminar su discurso-, a ver si te haces honor a ti mismo, a mí y a míster Dick, y ¡qué Dios te acompañe!

Yo estaba muy conmovido, y todo lo que pude hacer fue darle las gracias, encargándole toda clase de cariños para míster Dick.

-No hagas nunca una bajeza; no mientas nunca; no seas cruel; evita estos tres vicios, Trot, y siempre tendré esperan­zas en ti.

Prometí lo mejor que pude que no abusaría de su bondad y que no olvidaría sus recomendaciones.

-El caballo está a la puerta -dijo mi tía-; me voy; qué­date aquí.

A estas palabras me abrazó precipitadamente y salió de la habitación, cerrando la puerta tras de sí. Al principio me sor­prendió esta brusca partida y temí haberla disgustado; pero cuando la vi por la ventana subir al coche con tristeza y alejarse sin levantar los ojos comprendí mejor lo que sentía, y no le hice ya aquella injusticia.

A las cinco se cenaba en casa de míster Wickfield. Había recobrado ánimos y sentía apetito. Sólo había dos cubiertos; sin embargo, Agnes, que había esperado en el salón a su pa­dre, se sentó frente a él en la mesa; yo me extrañaba que él hubiera comido sin ella.

Después de comer volvimos a subir al salón, y en el rin­cón más cómodo Agnes preparó para su padre un vaso y una botella de vino de Oporto. Yo creo que no habría encontrado en su bebida favorita su perfume acostumbrado si se la hu­bieran servido otras manos.

Allí pasó dos horas bebiendo vino en bastante cantidad, mientras Agnes tocaba el piano, trabajaba o charlaba con él y conmigo. Él estaba la mayor parte del tiempo alegre y charla­tán como nosotros; pero a veces la miraba y caía en un silen­cio soñador. Me parecía que ella se daba cuenta enseguida, y trataba de arrancarle de sus meditaciones con una pregunta o una caricia; entonces salía de su ensueño y bebía más vino.

Agnes hizo los honores del té; después pasó el tiempo hasta la hora de acostarnos. Su padre la estrechó en sus bra­zos y la besó, y al marcharse pidió que llevasen las velas a su despacho. Yo también subí a acostarme.

Por la tarde había salido un rato para echar una mirada a las antiguas casas y a la hermosa catedral, preguntándome cómo habría podido atravesar aquella antigua ciudad en mi viaje y pasar, sin saberlo, al lado de la casa donde debía vivir tan pronto. Al volver vi a Uriah Heep que cerraba el bufete. Me sentía benevolente hacia todo el género humano y le di­rigí algunas palabras, y al despedirme le tendí la mano. Pero ¡qué mano húmeda y fría tocó la mía! Me pareció sentir la mano de la muerte, y me froté después. la mía con fuerza para calentarla y borrar la huella de la suya.

Fue tan desagradable que cuando entré en mi habitación todavía sentía su frío y humedad en mi memoria. Asomándome a la ventana vi uno de los rostros tallados en las cabe­zas de las vigas que me miraba de reojo, y me pareció que era Uriah Heep que había subido allí de algún modo, y la cerré con prisa.