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David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 14. Lo que mi tía decide respecto a mí
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Al bajar por la mañana encontré a mi tía meditando pro­fundamente delante del desayuno. El agua desbordaba de la tetera y amenazaba inundar el mantel cuando mi entrada le hizo salir de sus cavilaciones. Estaba seguro de haber sido el objeto de ellas, y deseaba más ardientemente que nunca sa­ber sus intenciones respecto a mí; sin embargo, no me atre­vía a expresar mi inquietud por temor a ofenderla.

Pero mis ojos no los podía dominar como mi lengua y se dirigían constantemente hacia ella durante el desayuno. No podía mirarla un momento sin que sus miradas vinieran en­seguida a encontrarse con las mías; me contemplaba con aire pensativo y como si estuviéramos muy lejos uno de otro en lugar de estar sentados ante la misma mesa. Cuando terminamos de desayunar se apoyó con aire decidido en el respaldo de su silla, frunció las cejas, cruzó los brazos y me contempló a su gusto con una fijeza y atención que me confundían extraordinariamente. No había terminado toda­vía de desayunar y trataba de ocultar mi confusión co­miendo; pero mi cuchillo se enredaba entre los dientes del tenedor, que a su vez chocaban con el cuchillo, y cortaba el jamón de una manera tan enérgica que voló por el aire en lugar de tomar el camino de mi boca. Me atragantaba al beber el té, que se empeñaba en ahogarme; por fin renun­cié a seguir y me sentí enrojecer bajo el examen escrutador de mi tía.

-¡Vamos! -dijo después de un silencio.

Levanté los ojos y sostuve con respeto sus miradas vivas y penetrantes.

-Le he escrito -dijo mi tía.

-¿A...?

-A tu padrastro -dijo-. Le he enviado una carta, la que tendrá que atender, sin lo cual tendremos que vemos las caras; se lo prevengo.

-¿Sabe dónde estoy, tía mía? -pregunté con temor.

-Se lo he dicho --dijo mi tía moviendo la cabeza.

-¿Y piensa usted... volver a ponerme en sus manos? -pregunté balbuciendo.

-No lo sé --dijo-; ya veremos.

-¡Oh Dios mío! ¿Qué va a ser de mí -exclamé- si tengo que volver a casa de míster Murdstone?

-No sé nada --dijo mi tía-, no sé nada en absoluto; ya veremos.

Estaba muy abatido; tenía apretado el corazón y el valor me abandonaba. Mi tía, sin ocuparse de mí, sacó del armario un delantal de peto, se lo puso, limpió ella misma las tazas, y después, cuando todo estuvo en orden y puesto en la ban­deja, dobló el mantel, colocó encima las tazas y llamó a Ja­net para que se lo llevara todo. Después se puso guantes para quitar las migas con una escobita, hasta que no se vio en la alfombra ni un átomo de polvo, después de lo cual limpió y arregló la habitación, que a mí me parecía estaba ya en or­den perfecto. Cuando terminó todos estos quehaceres a su gusto, se quitó los guantes y el delantal, los dobló, los guardó en el rincón del armario de donde los había sacado y fue a sentarse con su caja de labor al lado de la mesa, cerca de la ventana abierta, y se puso a trabajar detrás del biombo verde, frente a la luz.

-¿Quieres subir -me dijo mientras enhebraba la aguja ­a dar los buenos días de mi parte a míster Dick y decirle que me gustaría saber si su Memoria avanza?

Me levanté vivamente para cumplir su encargo.

---Supongo -dijo mi tía, mirándome tan atentamente como a la aguja que acababa de enhebrar-, supongo que el nombre de Dick te parecerá algo corto.

-Es lo que pensaba ayer: que me parece algo corto -respondí.

-No vayas a creer que no tiene otro, que podría usar si quisiera -dijo mi tía con dignidad-. Babley, míster Ri­chard Babley, ese es su verdadero nombre.

Iba a decir, por un sentimiento de respeto a causa de mi juventud y por la familiaridad, un tanto censurable, que me había tomado, que quizá sería mejor que le llamase por su nombre entero; pero mi tía prosiguió:

-Pero no le llames en ningún caso así; no puede soportar su nombre; es una peculiaridad suya, aunque no sé si a eso se le podrá llamar siquiera manía. Pero ha sufrido bastante por culpa de personas que llevaban ese mismo nombre para que le repugne mortalmente, Dios lo sabe. Dick es aquí su nombre, y en todas partes ya; es decir, si fuera alguna vez a alguna parte, que no va. Así, ten cuidado, hijo mío, y no le llames nunca más que míster Dick.

Prometí obedecer y subí a cumplir mi mensaje; y pensaba en el camino que si míster Dick trabajaba en su Memoria desde hacía mucho tiempo con la asiduidad que ponía cuando le vi aquella mañana por la puerta abierta al bajar a desayunar, la Memoria debía de estar acabándose. Le encontré todavía ab­sorto en la misma ocupación, con una larga pluma en la mano y la cabeza casi pegando contra el papel. Estaba tan abstraído que tuve tiempo de fijarme, antes de que se perca­tara de mi presencia, en una gran cometa que había en un rincón, en numerosos paquetes de manuscritos en desorden, plumas innumerables y, por encima de todo, una inmensa provisión de tinta (por lo menos una docena de botellas de litro alineadas).

-¡Ah Febo! --dijo míster Dick depositando la pluma-, no sé cómo va el mundo; pero te diré una cosa -añadió ba­jando la voz-: no querría que lo repitieras, pero...

Aquí me hizo signos de que me acercara, y hablándome al oído: «El mundo está loco, loco de atar, hijo mío», dijo míster Dick cogiendo tabaco de una caja redonda que había encima de la mesa y riendo de todo corazón.

Yo cumplí mi menaje sin aventurarme a decir mi parecer sobre aquella cuestión.

-Pues bien -dijo míster Dick como respuesta-; salú­dala de mi parte y dile que... creo que estoy en buen camino; creo verdaderamente estar en buen camino -dijo míster Dick pasándose la mano por sus cabellos grises y lanzando una mi­rada inquieta a su manuscrito-. ¿Has estado en el colegio?

-Sí, señor -respondí-; una temporada.

-¿Y recuerdas la fecha -dijo míster Dick mirándome fi­jamente y cogiendo su pluma- de la muerte del rey Carlos I?

Dije que creía que era en 1649.

-Pues bien --dijo míster Dick rascándose la oreja con la pluma y mirándome con expresión de duda-; eso es lo que dicen los libros; pero yo no comprendo cómo puede ser. Si hace tanto tiempo, ¿cómo las gentes que le rodea­ban han podido tener la torpeza de meter en mi cabeza un poco de la confusión que había en la suya cuando se la cortaron?

Yo me quedé muy sorprendido de la pregunta; pero no pude darle ningún dato sobre el asunto.

-Es muy extraño -dijo míster Dick lanzando una mi­rada de desaliento a sus papeles y volviendo a pasarse las manos por los cabellos-, pero no consigo desembrollar la cuestión. No lo veo claro. Pero poco importa, poco importa -dijo alegremente y más animado-; tenemos tiempo. Sa­luda a tu tía, y que estoy en muy buen camino.

Me iba, cuando llamó mi atención hacia la cometa.

-¿Qué te parece esa cometa?

Respondí que me parecía muy bonita, y que debía de te­ner lo menos siete pies de alta.

-La he hecho yo. La lanzaremos uno de estos días tú y yo --dijo míster Dick-. ¿Ves?

Y me enseñaba que estaba hecha de un papel cubierto de una escritura fina y apretada, pero tan clara, que al dirigir mis miradas sobre sus líneas me pareció ver dos o tres veces alusiones a la cabeza del rey Carlos I.

-Hay mucho hilo bramante -dijo míster Dick-, y cuando sube muy alta lleva, como es natural, lo escrito muy lejos. Es una manera de propagarlo, no sé dónde puede ir a parar; depende de las circunstancias del viento y demás, y yo lo aprovecho.

Tenía un aspecto tan bueno, tan dulce y tan respetable, a pesar de su apariencia de fuerza y de viveza, que no estaba yo muy seguro de que no fuera una broma para divertirme, y me eché a reír. Él hizo otro tanto, y nos separamos como los mejores amigos del mundo.

-Y bien, muchacho -me dijo mi tía cuando baje-. ¿Cómo está míster Dick?

Le respondí que la saludaba, y que la Memoria estaba en muy buen camino.

-¿Y qué piensas de míster Dick? -me preguntó mi tía.

Tenía ganas de eludir la cuestión, contestando que me parecía muy amable; pero mi tía no se dejaba despistar así. Puso su labor sobre las rodillas y me dijo, cruzando las manos:

-Vamos; tu hermana Betsey Trotwood me habría dicho al momento lo que pensara de cualquier persona. Haz todo lo posible por parecerte a tu hermana, y habla.

-¿No está míster Dick, no está ...? Le hago esta pregunta porque no sé, no sé, tía, si no tendrá la cabeza un poco mal -balbucí, dándome cuenta de que pisaba en falso.

-Nada de eso --dijo mi tía.

-¡Oh! -repuse con voz débil.

-Si hay alguien en el mundo que no esté mal de la ca­beza, precisamente es míster Dick --dijo mi tía con mucha decisión y energía.

Yo no podía hacer nada mejor que repetir:

-¡Oh!

-Han dicho que estaba loco -prosiguió mi tía---. Tengo un placer egoísta en recordar que han dicho que estaba loco, pues sin ello nunca hubiera tenido la suerte de gozar de su compañía y de sus consejos desde hace más de diez años; a decir verdad, desde que tu hermana Betsey Trotwood me dejó defraudada.

-Hace tanto tiempo.

-Y bonita gente era la que tenía la audacia de llamarle loco -prosiguió mi tía- Míster Dick era una especie de pariente lejano; pero no tengo necesidad de explicarte esto. Si no hubiera sido por mí, su propio hermano le habría en­cerrado para toda la vida; eso es todo.

Me asusta pensar la hipocresía que había en mí cuando, viendo la indignación de mi tía sobre aquel punto, traté de tomar un aire indignado como ella.

-¡Un orgulloso idiota! -dijo mi tía-; porque su her­mano era un poco excéntrico, aunque no es ni la mitad de excéntrico que la mayoría de la gente; no quería que le vie­ran en su casa y pensaba enviarle a una casa de salud, aun­que le había sido particularmente recomendado por su di­funto padre, quien le consideraba casi como un idiota. Y también había que ver al hombre que pensaba así; él sí que estaba loco, estoy segura.

De nuevo, como mi tía parecía completamente conven­cida, yo traté de parecerlo también.

-Entonces yo no lo consentí, y le hice una proposición; le dije: «Su hermano está completamente cuerdo y es infini­tamente más sensato que usted es ni lo será nunca, al menos así lo espero; concédale una pequeña pensión y que se venga a vivir a mi casa. A mí no me asusta; no soy vanidosa, y es­toy dispuesta a cuidarle, y no le maltrataré, como podrían hacerlo, sobre todo, en un manicomio». Después de innume­rables dificultades -continuó mi tía- lo conseguí, y está aquí desde entonces. Y es el mejor amigo, el hombre más amable, la criatura con quien mejor se puede vivir en el mundo. En cuanto a los consejos .... nadie sabe apreciar ni conocer el espíritu de este hombre como yo.

Mi tía se sacudió un poco el vestido, moviendo la cabeza, como si con aquellos dos movimientos desafiara al mundo entero.

-Tenía una hermana que era su favorita -continuó---, una criatura muy buena y muy cariñosa para él; pero hizo como todas las mujeres, y se casó, y el marido hizo lo que hacen todos, y la hizo desgraciada. El efecto de su desgracia sobre míster Dick (y no es locura), unido con el temor que le inspiraba su hermano y el sentimiento de la dureza con que le trataban, fue tal que le dio una fiebre cerebral; fue antes de que se instalara en mi casa; pero aquel recuerdo le resulta penoso todavía. ¿Te ha hablado del rey Carlos I?

-Sí, tía.

-¡Ah! --dijo frotándose la nariz, un poco contrariada-; es su manera alegórica de expresarlo, pues lo une en su espí­ritu con una gran conmoción, lo que es bastante natural, y es como una figura de la cual se sirve, una comparación, y ¿por qué no lo ha de hacer así, si le parece bien?

Ciertamente, tía -dije.

-No es así como se expresa la gente por lo general, ni es ese el lenguaje que se emplea en negocios, ya lo sé; por eso insisto para que no lo ponga en su Memoria.

-¿Es que... es una Memoria sobre su propia vida lo que escribe, tía?

-Sí, pequeño -respondió frotándose de nuevo la na­riz-. Está haciendo una Memoria para asuntos suyos, diri­gida al lord Chambelan o al lord no sé cuántos; en fin, a uno de esos a quienes se paga para que reciban Memorias. Su­pongo que la enviará uno de estos días; todavía no ha conse­guido redactarla sin mezclar en ella la alegoría; pero ¡qué más da!, así se entretiene.

El caso es que después descubrí que míster Dick trataba desde hacía diez años de impedir al rey Carlos I que apare­ciese en su Memoria, sin conseguirlo.

-Repito -dijo mi tía- que nadie conoce el espíritu de ese hombre como yo; es el más cariñoso y fácil de llevar. ¿Que le gusta lanzar una cometa de vez en cuando? ¿Eso qué significa? Franklin también soltaba cometas y era cuáquero o algo parecido, si no me equivoco, y un cuáquero soltando cometas es mucho más ridículo que otro hombre cualquiera.

Si hubiera podido suponer que mi tía me contaba aquellos detalles para mi educación personal o por darme una prueba de confianza, me habría sentido muy halagado y habría sa­cado pronósticos favorables de semejante favor. Pero no po­día hacerme ilusiones; era evidente para mí que si se metía en aquellas explicaciones era porque la cuestión se presen­taba, a pesar suyo, en su espíritu, y era a sí misma a quien se dirigía y no a mí, aunque pareciera que me dedicaba su dis­curso, en ausencia de mejor interlocutor.

Al mismo tiempo debo decir que la generosidad con que defendía a míster Dick no solamente me inspiraba muchas esperanzas egoístas, sino que también despertaba en mi co­razón cierto afecto hacia ella. Creo que empezaba a darme cuenta de que, a pesar de todas sus excentricidades y extra­ñas fantasías, era una persona que merecía respeto y con­fianza. Aunque estaba lo mismo de animada que la víspera contra los burros, y fuese violenta su indignación cuando se precipitaba al jardín para defender el césped si veía que un joven al pasar le ponía los ojos tiernos a Janet, sentada en su ventana (lo que era una de las ofensas más grandes que se podía hacer a la dignidad de mi tía), me era imposible, sin embargo, no sentir cada vez más respeto hacia ella y menos temor.

Esperaba con extraordinaria ansiedad la respuesta de míster Murdstone; pero hacía grandes esfuerzos para disimularlo y por serles simpático a mi tía y a míster Dick. Tenía que salir con este último a lanzar la gran cometa; pero como no tenía más trajes que el indumento un poco extravagante con que me había adornado mi tía en el primer momento, me veía obligado a permanecer en casa, excepto una hora después de oscurecer, que mi tía me hacía dar un paseo para mi salud por delante del jardín antes de meterme en la cama. Por úl­timo llegó la respuesta de míster Murdstone. Mi tía me in­formó, con gran terror por mi parte, que iba a venir a ha­blarle en persona al día siguiente. Al otro día todavía estaba con mi curioso indumento y contaba las horas tembloroso y muy preocupado en lucha con mis esperanzas, que sentí de­bilitarse, y mis temores, que podían conmigo, esperando a cada momento sentirme estremecer a la vista de su sombrío rostro y muy impaciente porque no llegaba.

Mi tía estaba un poco más agresiva y severa que de cos­tumbre; en ninguna otra cosa se le notaba que se preparase a recibir al que tanto temor me inspiraba a mí. Trabajaba de­lante de la ventana, y yo, sentado a su lado, reflexionaba en los resultados posibles a imposibles de la visita de míster Murdstone. La tarde avanzaba y la comida había sido retra­sada indefinidamente; pero mi tía, impaciente ya, acababa de decir que la sirvieran, cuando lanzó un grito de alarma a la vista de un burro. ¡Cuál no sería mi consternación al ver a miss Murdstone, montada en él, atravesar con paso decidido el césped sagrado, detenerse enfrente de la casa y mirar a su alrededor!

-¡Váyase usted; no tiene nada que hacer aquí! -gritaba mi tía sacudiendo su cabeza y su puño por la ventana-. ¿Cómo se atreve usted? ¡Que se marche! ¡Oh, qué descaro!

Mi tía estaba tan exasperada por la frescura con que miss Murdstone miraba a su alrededor, que creí que perdía el mo­vimiento y se quedaba incapaz de salir al ataque como de costumbre. Aproveché la oportunidad para informarle de quié­nes eran aquella señora y aquel caballero que se acercaban a ella, pues el camino era una pendiente y el señor que se ha­bía quedado detrás era míster Murdstone en persona.

-¡Me tiene sin cuidado quiénes sean! -exclamó mi tía sacudiendo todavía la cabeza y gesticulando desde la ven­tana todo lo contrario de una bienvenida- ¡Que no hubie­ran contravenido mis órdenes! ¡No lo consentiré! ¡Que se marchen! Janet, ¡échalos, échalos!

Yo, oculto detrás de mi tía, vi una especie de combate. El burro, con sus cuatro patas plantadas en el suelo, resistía a todo el mundo. Janet le tiraba de la brida para hacerle dar la vuelta. Míster Murdstone trataba de hacerle avanzar; miss Murdstone pegaba a Janet con su sombrilla, y muchos chi­quillos acudían al ruido, gritando con todas sus fuerzas.

De pronto mi tía, reconociendo entre ellos al pequeño malhechor encargado de conducir los asnos, que era uno de sus enemigos más encarnizados, aunque apenas tenía trece años, se precipitó en el teatro del combate, le cogió y le arrastró al jardín, con la chaqueta por encima de la cabeza y los talones arañando el suelo. Después llamó a Janet para que fuera a llamar a la policía con el objeto de que le cogie­ran y juzgaran allí mismo, y lo retuvo ante su vista. Pero esta escena dio fin a la comedia, pues el golfillo, que sabía muchas tretas de las que mi tía no tenía ni idea, encontró pronto medio de escapar, dejando las huellas de sus zapato­nes en los arriates y montándose en el burro triunfante­mente.

Miss Murdstone había desmontado cuando terminó el combate y esperaba con su hermano, al pie de los escalones, a que mi tía pudiera recibirlos. Un poco agitada todavía por la lucha, mi tía pasó por su lado con gran dignidad y no se preocupó de su presencia hasta que Janet los anunció.

-¿Debo marcharme, tía? -pregunté temblando.

-No, señor; ciertamente que no.

Y me empujó hacia un rincón a su lado. Después hizo una especie de valla con sillas, como si fuera una prisión o una ba­rra de justicia, y continué ocupando esta posición durante toda la entrevista, y desde allí vi entrar a míster y a miss Murdstone en la habitación.

-¡Oh! -dijo mi tía- En el primer momento no sabía a quiénes tenía el gusto de hacer reproches; pero, ¿saben uste­des?, no le permito a nadie que pase con burros por esa pra­derita, y no hago excepciones; no lo permito a nadie.

-Es una regla nada cómoda para los extraños -dijo miss Murdstone.

-Sí, ¿eh? --dijo mi tía.

Míster Murdstone pareció temer que se renovaran las hos­tilidades, y se interpuso, empezando:

-¿Miss Trotwood?

-Usted dispense -observó mi tía con una mirada pe­netrante-. ¿Usted es míster Murdstone, que se casó con la viuda de mi difunto sobrino David Copperfield de Bloonder­stone Rookery? Pero, ¿por qué Rookery? No lo sé.

-Yo soy -dijo míster Murdstone.

-Usted me dispensará si le digo, caballero -repuso mi tía-, que pienso que habría sido mucho mejor y más opor­tuno que no se hubiera usted ocupado para nada de aquella pobre niña.

-Soy de la opinión de miss Trotwood, -dijo miss Murdstone irguiéndose- ya que considero, en efecto, a nuestra pobre Clara como una niña en todos los sentidos más esenciales.

-Es una felicidad para usted y para mí, señora -dijo mi tía-, el que avanzamos por la vida sin peligro de que nos hagan desgraciadas por nuestros atractivos personales y el que nadie pueda decir de nosotras otro tanto.

-Sin duda -dijo miss Murdstone, aunque pienso que no muy dispuesta a convenir en ello de buena gana-. Y cierta­mente habría sido, como usted dice, mucho mejor para mi hermano si nunca se hubiera metido en semejante matrimo­nio. Yo siempre he sido de esa opinión.

-No cabe duda -dijo mi tía- Janet (llamó a la campa­nilla): mis saludos a míster Dick, y que le ruego que baje.

Hasta que llegó, mi tía, más derecha que nunca, guardó silencio, mirando a la pared, con el ceño fruncido. Cuando llegó, procedió a la ceremonia de la presentación:

-Míster Dick, un antiguo a íntimo amigo, con cuyo jui­cio cuento -dijo mi tía con énfasis, y como avisando a mis­ter Dick, que se mordía las uñas con aire atontado.

Míster Dick se sacó los dedos de la boca y permaneció de pie en medio del grupo con mucha gravedad, dispuesto a de­mostrar la más profunda atención. Mi tía hizo un signo de cabeza a míster Murdstone, que continuó:

-Miss Trotwood: al recibir su carta, consideré como un deber para mí y una demostración de respeto hacia us­ted...

-Gracias --dijo mi tía, mirándole a la cara-; pero no se preocupe por mí.

-El venir a contestarle en persona, por mucha molestia que el viaje pudiera ocasionarme, mejor que escribiendo. El desgraciado niño que ha huido lejos de sus amigos y de sus ocupaciones...

-Y cuyo aspecto -dijo su hermana, llamando la aten­ción general sobre mi vestimenta-, es tan chocante y tan escandaloso...

-Jane -dijo su hermano-, ten la bondad de no inte­rrumpirme. Este desgraciado niño, miss Trotwood, ha sido en nuestra casa la causa de muchas contrariedades y distur­bios domésticos durante la vida de mi querida mujer, y tam­bién después. Tiene un carácter sombrío y se rebela contra toda autoridad. En una palabra, es intratable. Mi hermana y yo hemos tratado de corregirle sus vicios, pero sin resultado, y los dos hemos sentido, pues tengo plena confianza en mi hermana, que era justo que recibiera usted de nuestros labios esta declaración sincera, hecha sin rabia y sin cólera.

-Mi hermano no necesita mi testimonio para confirmar el suyo, y sólo pido permiso para añadir que entre todos los niños del mundo no creo que haya otro peor.

-Es fuerte -dijo mi tía secamente.

-No es demasiado fuerte si se tienen en cuenta los he­chos -insistió miss Murdstone.

-¡Ah! -dijo mi tía- ¿Y bien, caballero?

-Yo tengo mi opinión particular sobre la manera de edu­carle -repuso míster Murdstone, cuya frente se oscurecía cada vez más a medida que mi tía le miraba con mayor fi­jeza-. Y mis ideas están formadas en parte por lo que sé de su carácter y en parte por el conocimiento de mis recursos. No tengo que responder a nadie más que a mí mismo; he obrado, por lo tanto, de acuerdo con mis ideas, y no tengo nada que añadir. Me bastará decir que había colocado al niño, bajo la vigilancia de uno de mis amigos, en un comercio honroso. ¿Que esa situación no le conviene? ¿Que huye? ¿Que va como un vagabundo por las carreteras y viene aquí en andrajos a dirigirse a usted, miss Trotwood? Yo deseo po­ner ante su vista las consecuencias inevitables del apoyo que usted pudiera darle en estas circunstancias.

-Empecemos por tratar la cuestión de la colocación hon­rosa. Si hubiera sido su propio hijo, ¿le habría colocado us­ted de la misma manera?

-Si hubiera sido el hijo de mi hermano -dijo miss Murdstone, interviniendo en la discusión-, su carácter ha­bría sido completamente diferente.

-Si aquella pobre niña, su difunta madre, hubiera vivido, ¿le habrían cargado también con esas honrosas ocupacio­nes? -insistió mi tía.

-Creo -dijo míster Murdstone con un movimiento de cabeza- que Clara no habría puesto nunca resistencia a lo que mi hermana y yo hubiéramos decidido.

Miss Murdstone confirmó con un gruñido lo que su her­mano acababa de decir.

-¡Hum! -dijo mi tía-. ¡Desgraciado niño!

Míster Dick hacía sonar su dinero en el bolsillo desde ha­cía mucho rato, se entregaba a aquella ocupación con tal ahínco, que mi tía creyó necesario imponerle silencio con una mirada antes de decir:

-¿Y la pensión de aquella pobre niña, se extinguió con ella?

-Se extinguió con ella -replicó míster Murdstone.

-¿Y su pequeña propiedad, la casita y el jardín, ese yo no sé qué de Rookery sin cuervos, no ha sido legado a su hijo?

-Su primer marido se lo dejó sin condiciones -empezó a decir míster Murdstone, cuando mi tía le interrumpió con impaciencia y cólera visibles:

-¡Dios mío, ya lo sé! ¡Le fue dejado sin condiciones! Conocía muy bien a David Copperfield y sé que no era hom­bre que previera la menor dificultad aunque la hubiera tenido ante los ojos. No hay duda que se lo dejó sin condicio­nes; pero al volver ella a casarse, cuando tuvo la desgracia de casarse con usted; en una palabra -dijo mi tía, y para ha­blar francamente-, nadie ha dicho entonces una palabra en favor de este niño.

-Mi pobre mujer amaba a su segundo marido, señora, y tenía plena confianza en él ---dijo mister Murdstone.

-Su mujer, caballero, era una pobre niña muy desgra­ciada, que no conocía el mundo -respondió mi tía sacu­diendo la cabeza---. Eso es lo que era. Y ahora veamos: ¿qué nos tiene usted que decir?

-Únicamente esto, miss Trotwood -repuso él-. Estoy dispuesto a llevarme a David sin condiciones, para hacer de él lo que me convenga. No he venido para hacer promesas ni para comprometerme a nada. Usted quizá, miss Trotwood, tiene alguna intención en animarle en su huida y en escuchar sus quejas. Sus modales (debo decirlo) no me parecen muy conciliadores, y me lo hacen suponer. Le prevengo, por lo tanto, que si se interpone usted en esta ocasión entre él y yo, es asunto terminado. Si interviene usted, miss Trotwood, su intervención tiene que ser definitiva. No hablo en broma, y no hay que jugar conmigo. Estoy dispuesto a llevármele por primera y última vez. ¿Está él dispuesto a seguirme? Si no lo está, si usted me dice que no lo está, bajo cualquier pre­texto que sea, poco me importa; en ese caso mi puerta se le cierra para siempre y consideraré como convenido que la suya le queda abierta.

Mi tía había escuchado este discurso con la máxima aten­ción, más tiesa que nunca, con las manos cruzadas encima de las rodillas y los ojos fijos en su interlocutor. Cuando hubo terminado, miró a miss Murdstone sin cambiar de acti­tud, y dijo:

-¿Y usted, señorita, tiene algo que añadir?

-Verdaderamente, miss Trotwood, todo lo que pudiera decir ha sido tan bien expresado por mi hermano, y todos los hechos que pudiera recordar han sido expuestos por él tan claramente, que no tengo más que dar las gracias por su amabilidad, o mejor dicho por su excesiva amabilidad -añadió miss Murdstone con una ironía que no turbó a mi tía más de lo que hubiera desconcertado al cañón al lado del cual me había yo dormido en Chathan.

-Y el niño ¿qué dice? -repuso mi tía-. David, ¿estás dispuesto a partir?

Contesté que no, y le rogué que no consintiera en que me llevasen. Dije que míster y miss Murdstone no me habían querido nunca; que nunca habían sido buenos para mí; que sabía que habían hecho muy desgraciada a mi madre, que me amaba tanto, y que Peggotty también lo sabía. Dije que ha­bía sufrido mucho, más de lo que se podía suponer al consi­derar lo pequeño que era. Y rogaba y suplicaba a mi tía (no recuerdo las frases, pero sé que estaba muy conmovido) que me protegiera y defendiera por amor a mi padre.

-Míster Dick -dijo mi tía---, ¿qué le parece a usted que haga con este niño?

Míster Dick reflexionó, dudó, y después, con expresión radiante, dijo:

-Haga que le tomen medida cuanto antes para un traje completo.

-Míster Dick -dijo mi tía con expresión de triunfo-, deme usted la mano. Su buen sentido es de un valor inapre­ciable.

Después, habiendo estrechado vivamente la mano de míster Dick, me atrajo hacia sí, diciendo a míster Murdstone:

-Puede usted marcharse cuando quiera; me quedo con el niño. Si fuera como ustedes dicen, siempre estaría a tiempo de hacer lo que ustedes han hecho; pero no creo ni una pala­bra de ello.

-Miss Trotwood -respondió míster Murdstone-, si fuera usted un hombre...

-¡Bah!, tonterías --dijo mi tía-; cállese usted.

-¡Qué exquisita educación! --exclamó miss Murdstone levantándose-. ¡Verdaderamente es demasiado!

-¿Cree usted que no sé -dijo mi tía, haciéndose la sorda a lo que decía la hermana y dirigiéndose al hermano con expresión de desdén-, cree usted que no sé la vida que ha hecho llevar a aquella pobre niña, tan mal inspirada? ¿Cree usted que no sé qué día nefasto fue para la dulce cria­tura aquel en que le conoció, sonriendo y poniéndole los ojos tiernos? ¡Estoy segura! ¡Como si fuera usted capaz de decir una palabra cariñosa a un niño!

-Nunca he oído lenguaje más elegante -dijo miss Murdstone.

-¿Cree usted que no comprendo su juego lo mismo que si lo viera -continuó mi tía---, ahora que le veo y que le oigo, y que, a decir verdad, es todo menos un placer para mí? ¡Ah! Ciertamente no había nadie más dulce ni más su­miso que usted en aquella época. La pobre inocente no había visto nunca un cordero semejante. ¡Era tan bueno! Adoraba a la madre; tenía verdadera debilidad por el hijo; una verda­dera ceguera. Sería para él un segundo padre, y todo consis­tiría en vivir juntos en un paraíso de rosas, ¿no es así? ¡Va­mos, vamos, déjeme en paz! --dijo mi tía.

-En mi vida he visto una mujer semejante --exclamó miss Murdstone.

-Y cuando ya tuvo cogida a aquella pobre insensata --continuó mi tía---, y Dios me perdone por llamar así a una criatura que ya está donde usted no tiene prisa por reunirse con ella; como si todavía no les hubiera hecho usted bas­tante daño a ella y a los suyos, se puso usted a educarla, ¿no es así? Empezó el trabajo de educarla y la enjauló como a un pobre pajarillo para hacerle olvidar su vida pasada y ense­ñarle a cantar las notas de usted.

-Es locura o embriaguez --dijo miss Murdstone, deses­perada de no poder atraer hacia sí el torrente de invectivas de mi tía-, y sospecho que más bien es embriaguez.

Miss Betsey, sin prestar atención a la interrupción, conti­nuó dirigiéndose a míster Murdstone y sacudiendo un dedo:

-Sí, míster Murdstone. Usted se hizo el tirano de aquella inocente niña y le rompió el corazón. Tenía un alma tierna, lo sé, lo sabía muchos años antes de que usted la conociera, y usted supo escoger su parte débil para darle los golpes por los que ha muerto. Esa es la verdad, le guste o no, haga us­ted lo que haga y le hayan servido los que le hayan servido de instrumentos.

-Permítame preguntarle, miss Trotwood -dijo miss Murdstone-, a quién llama usted, con una elección de ex­presiones a que no estoy acostumbrada, los instrumentos de mi hermano.

Miss Betsey, persistiendo en una sordera inquebrantable, reanudó su discurso:

-Estaba a la vista, desde muchos años antes de que usted la conociera (y está por encima de la razón humana) el compren­der por qué ha entrado en los planes misteriosos de la Providen­cia el que usted la conociera; era natural que aquella pobre cria­tura volviera a casarse un día; pero yo esperaba que no le saliera tan mal. Era en la época en que trajo al mundo a este niño, a este pobre niño, de quien usted se ha servido para martirizarla, lo que es ahora un recuerdo tan desagradable, que le hace abo­rrecer su presencia. Sí, sí; no necesita usted extremecerse --continuó mi tía-. Estoy convencida sin necesidad de eso.

Míster Murdstone permanecía todo el tiempo de pie al lado de la puerta, mirándola fijamente con la sonrisa en los labios, pero con las cejas fruncidas. Observé entonces que, aunque continuaba sonriendo, había palidecido de pronto y parecía respirar con dificultad.

-Que usted lo pase bien, caballero -dijo mi tía- Adiós. Buenos días, señorita -continuó volviéndose bruscamente hacia la hermana-. Si vuelvo a verla alguna vez pasar en bu­rro por mi praderita, le aseguro, como que tiene usted cabeza encima de los hombros, que le arranco el sombrero y lo pateo.

Sería necesario un pintor, y un pintor de talento excepcio­nal, para dar idea del rostro de mi tía al hacer aquella decla­ración inesperada, y del de miss Murdstone al oírla. Pero el gesto no era menos elocuente que las palabras, en vista de lo cual miss Murdstone cogió discretamente el brazo de su her­mano y salió majestuosa de la casa. Mi tía, desde la ventana, los miraba alejarse, dispuesta sin ninguna duda a poner al instante su amenaza en ejecución en el caso de que el burro reapareciera.

No habiendo intentado ellos responder al desafío, el ros­tro de mi tía se dulcificó poco a poco, tanto que me atreví a darle las gracias y a abrazarla, lo que hice con todo mi cora­zón echando mis brazos alrededor de su cuello. Después di un apretón de manos a míster Dick, que quiso repetir la ceremonia muchas veces seguidas, y que saludó el feliz término del asunto con repetidas carcajadas.

-Usted se considerará a medias conmigo como tutor de este niño, míster Dick --dijo mi tía.

-Estaré encantado de ser el tutor del hijo de David.

-Muy bien -dijo mi tía-; es cosa convenida. Pensaba en algo, míster Dick: ¿Podría llamarle Trotwood?

-Ciertamente, ciertamente; llámele Trotwood -dijo míster Dick-. Trotwood, hijo de David.

-¿Quiere usted decir Trotwood Copperfield? -preguntó mi tía.

-Sí, sin duda; Trotwood Copperfield -dijo, un poco avergonzado.

Mi tía estaba tan contenta con su idea, que ella misma marcó con tinta indeleble las camisas que me compraron aquel mismo día, antes de que me pusiera ninguna; y se de­cidió que el resto de mi ropa, que también encargó aquel mismo día, llevaría la misma marca.

Y así empezó mi nueva vida, con nombre nuevo y todo nuevo. Ahora que mi incertidumbre había pasado, me pare­ció durante varios días que vivía en un sueño. No se me ocurrió pensar ni por un momento en la curiosa pareja de tu­tores que eran mi tía y míster Dick. Nunca pensaba en mí de una manera clara. Las dos únicas cosas que veía concisas en mi espíritu eran mi remota y antigua vida en Bloonderstone, que me parecía que cada vez estaba más lejos, y la sensación de que una cortina había caído para siempre sobre mi vida en la casa Murdstone y Grimby. Nadie ha levantado después esa cortina; sólo yo ahora un momento y con mano tímida y temblorosa, para este relato, y la he vuelto a dejar caer con alegría.

El recuerdo de aquella existencia está unido en mi espí­ritu a tal dolor, a tal sufrimiento moral y a una desesperanza tan absoluta, que nunca he tenido valor de examinar cuánto había durado mi suplicio. Si fue un año o más o menos, no lo sé. únicamente sé que fue y dejó de ser, y que ahora lo he escrito para no volver nunca a recordarlo.