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David Copperfield.    Charles Dickens
Capítulo 12. Cómo el vivir por mi cuenta no me gusta y tomo una gran resolución
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A su debido tiempo, la petición de míster Micawber fue atendida y se recibió orden de ponerle en libertad, lo que me causo gran alegría. Sus acreedores no eran muy impla­cables, y mistress Micawber me contó que hasta el zapatero había declarado en pleno tribunal que no le tenía mala vo­luntad; pero que cuando le debían dinero le gustaba que se lo pagasen, y añadió que pensaba que aquello era una cosa muy humana.

Desde el tribunal volvió míster Micawber a Bench King's para ciertas formalidades que había que terminar. El club le re­cibió con entusiasmo y organizó aquella noche un mitin en su honor; entre tanto, mistress Micawber y yo lo celebramos en privado comiendo cordero y rodeados de los niños dormidos,

-En esta ocasión le propongo, Copperfield -dijo mis­tress Micawber-, que tomemos un poco más de ponche a la salud de papá y mamá; hacía ya tiempo que no lo tomábamos.

-¿Han muerto? -pregunté después de brindar.

-Mamá abandonó la tierra -dijo mistress Micawber­antes de que empezaran las dificultades de mi esposo, o al menos antes de que la cosa se pusiera seria. Mi papá ha vi­vido lo bastante para rescatar muchas veces a míster Micaw­ber, después de lo cual ha muerto, siendo muy llorado por todos sus amigos.

Mistress Micawber sacudió la cabeza y vertió una lágrima de piedad filial sobre el mellizo que estaba de turno.

Me pareció que no podría encontrar ocasión más favora­ble para preguntarle una cosa del mayor interés para mí; por lo tanto le dije:

-Puedo preguntarle, señora, lo que piensan ustedes ha­cer ahora que míster Micawber ha salido de sus dificultades y está en libertad. ¿Ha decidido usted algo?

-Mi familia ---dijo mistress Micawber, que pronunciaba siempre estas dos palabras con aire majestuoso, sin que yo haya podido descubrir jamás a quién se las aplicaba-, mi familia piensa que míster Micawber debía salir de Londres y ejercer su talento en el campo. Míster Micawber es un hom­bre de mucho talento, Copperfield.

Dije que estaba seguro de ello.

-De mucho talento -repitió mistress Micawber-; y mi familia mantiene que, con algo de interés, a un hombre de su inteligencia se le podría dar cualquier cargo en la Adminis­tración de Aduanas. Y como la influencia de mi familia es local, su deseo es que míster Micawber se vaya a Plimouth. Creen indispensable que esté sobre el terreno.

-¿Para estar preparado? -pregunté.

-Precisamente -contestó ella-, para que esté prepa­rado en el caso de que surgiera algo.

-¿Y usted también se irá?

Los sucesos del día, combinados con los mellizos o con el ponche, tenían a mistress Micawber muy nerviosa, y me contestó con lágrimas en los ojos:

-Yo nunca abandonaré a mi esposo. Míster Micawber ha hecho mal ocultándome al principio sus apuros; pero hay que reconocer que su carácter optimista le hacía creer siempre que saldría de ellos sin que yo me enterase. El collar de perlas y las pulseras que había heredado de mamá los hemos ven­dido en la mitad de su valor; los corales que papá me dio al casarme también los hemos dado por nada. Pero nunca aban­donaré a Micawber. ¡No -gritó cada vez más conmovida-, no lo consentiré jamás! ¡Es inútil que me lo propongan!

Yo estaba muy confuso, pues parecía que mistress Mi­cawber imaginaba que yo le proponía semejante cosa, y la miré alarmado.

-Micawber tiene sus defectos. No niego que es muy poco precavido; no niego que me ha engañado respecto a sus recursos y sus deudas -continuó, mirando fijamente a la pared-; pero yo no le abandonaré nunca.

Mistress Micawber había levantado la voz poco a poco, y gritó de tal modo al decir estas últimas palabras, que me asustó mucho y corrí a la habitación en que estaba el club para llamar a su marido, que lo presidía sentado al final de una mesa muy larga, cantando a voz en grito con todos los demás:

Gee up, Dobbin

Gee ho, Dobbin

Gee up, Dobbin

Gee up, and gee ho-o-o!

Le dije que mistress Micawber estaba en un estado muy alarmante. A1 oír esto se deshizo en llanto y se vino conmigo con el chaleco todavía cubierto de las cabezas y colas de gambas que había estado comiendo.

-¡Emma, ángel mío! -gritó, entrando en la habita­ción-. ¿Qué te pasa?

-¡Nunca te abandonaré, Micawber! --exclamó ella.

-¡Mi vida! -dijo él, cogiéndola en sus brazos-. Estoy completamente seguro de ello.

-Es el padre de mis hijos, el padre de mis mellizos, el esposo de mi alma -grito mistress Micawber-. ¡Nunca, nunca le abandonaré!

Míster Micawber estaba tan profundamente afectado por aquella prueba de cariño (como yo, que lloraba a lágrima viva), que la abrazó de un modo apasionado, rogándole que le mirase y se tranquilizara. Pero cuanto más le pedía que le mirase más se fijaban sus ojos en el vacío, y cuanto más le pe­día que se tranquilizara menos tranquila estaba. Por lo tanto, pronto se contagió Micawber y mezcló sus lágrimas con las de su mujer y las mías. Por último me pidió que saliera con una silla a la escalera mientras él la acostaba. Hubiera querido marcharme ya; pero Micawber no lo consintió, porque todavía no había sonado la campana para la salida de los visitantes. Por lo tanto me senté en la ventana de la escalera hasta que él llegó con otra silla a hacerme com­pañía.

-¿Cómo está su esposa? --dije.

-Muy abatida -dijo míster Micawber sacudiendo la ca­beza-, es la reacción. ¡Ah! ¡Es que ha sido un día terrible! Y ahora estamos solos en el mundo y sin el menor recurso.

Míster Micawber me estrechó la mano, gimió y después se echó a llorar. Yo estaba muy conmovido y desconcertado, pues esperaba que estuvieran muy alegres en aquella oca­sión tan esperada. Pero pienso que los Micawber estaban tan acostumbrados a sus antiguos apuros, que se sentían descon­certados al verse libres de ellos. Toda la flexibilidad de su carácter había desaparecido, y nunca les había visto tan tris­tes como aquella tarde. A1 oír la campana míster Micawber me acompañó hasta la verja y me dio su bendición al despe­dirnos. Yo me sentía verdaderamente inquieto al dejarlo solo, tan profundamente triste como estaba.

Pero a través de la confusión y abatimiento que nos había apresado de una manera tan inesperada para mí, veía clara­mente que mister y mistress Micawber iban a abandonar Londres y que la separación entre nosotros era inminente. Y fue al volver aquella tarde a casa, y durante las horas sin sueño que siguieron, cuando concebí por primera vez, no sé cómo, un pensamiento que pronto se convirtió en una firme resolución.

Me había unido tan íntimamente con los Micawber; me había implicado tanto en sus desgracias, y estaba tan absolu­tamente desprovisto de amigos, que la perspectiva de verme obligado de nuevo a buscar alojamiento para vivir entre ex­traños parecía volver a arrojarme contra la corriente de esta vida, demasiado conocida ahora para ignorar lo que me es­peraba.

Todos los sentimientos delicados que esta existencia he­ría; toda la vergüenza y el sufrimiento que despertaba en mí se me hicieron tan dolorosos, que, reflexionando, decidí que aquella vida me era intolerable.

Yo no podía esperar otro medio para escapar a ella que por mi propio esfuerzo; lo sabía. Rara vez oía hablar de miss Murdstone, y de su hermano, nunca. Pero dos o tres paque­tes de ropa nueva o arreglada habían sido enviados para mí a míster Quinion, acompañados de un trozo de papel arrugado que decía: «M. M. espera que D. C. se aplique a cumplir bien sus deberes», sin dejar entrever la menor esperanza de que algún día pudieran llegar tiempos mejores.

Al día siguiente me convencí, mientras mi espíritu estaba todavía en la inquietud del plan que había concebido, que mistress Micawber no había hablado sin motivo de la proba­bilidad de su partida. Se alojaron en la casa en que yo vivía durante una semana, y cuando expiró el plazo pensaban par­tir para Plimouth. El mismo míster Micawber fue al almacén aquella tarde para anunciar a míster Quinion que su marcha le obligaba a renunciar a mi compañía y para decirle de mí, según creo, todo el bien que merecía. En vista de esto, mis­ter Quinion llamó a Tipp el carretero, que estaba casado y tenía una habitación para alquilar, y la tomó para mí. Debió de tener sus razones para creer que era con nuestro mutuo consentimiento, aunque yo no dije nada; pero mi resolución estaba tomada.

Pasé las veladas con míster y mistress Micawber durante el tiempo que nos quedaba todavía por vivir bajo el mismo techo, y creo que nuestra amistad aumentaba a medida que el momento de nuestra separación se aproximaba.

El último domingo me invitaron a comer y tomamos un trozo de cerdo fresco con salsa picante y un pudding. Yo ha­bía comprado la víspera un caballo de madera pintado para regalárselo al pequeño Wilkins Micawber y una muñeca para la pequeña Emma; también di un chelín a la huérfana, que perdía su colocación.

Pasamos un día muy agradable, aunque todos estábamos conmovidos pensando en la separación.

-Copperfield: nunca podré recordar las dificultades de Micawber sin pensar en usted. Usted se ha portado siempre con nosotros de la manera más delicada y más de agradecer. Usted no ha sido un huésped: ha sido un amigo.

-Querida mía -dijo su marido-: Copperfield time un corazón sensible a las desgracias de los demás, una cabeza capaz de razonar y unas manos... En resumen: un talento in­comparable para sacar provecho de todo aquello de que se puede prescindir.

Expresé mi reconocimiento por aquel cumplido, y dije que estaba muy triste por tener que separarme de ellos.

-Querido amigo --dijo mister Micawber-: yo soy ma­yor que usted y tengo alguna experiencia en la vida y en... En una palabra: en dificultades de todas clases, para hablar de un modo general. Por el momento, y hasta que surja algo (lo que espero siempre) no le puedo ofrecer otra cosa que mis consejos; sin embargo, creo que valen la pena de ser es­cuchados, sobre todo... En una palabra: porque yo nunca los he seguido... y que...

Aquí mister Micawber, que sonreía y me miraba con ex­presión radiante, se detuvo frunciendo las cejas, y prosiguió:

-Y usted ve lo desgraciado que soy.

-Mi querido Micawber -exclamó su mujer.

-Digo -replicó mister Micawber, sin preocuparse de sí mismo y sonriendo de nuevo- lo desgraciado que he sido. Mi consejo es este: < Nunca dejes para mañana lo que pue­das hacer hoy» . Demorar cualquier cosa es un robo hecho al tiempo. ¡Hay que aprenderlo!

-Era la máxima de mi pobre papá -dijo mistress Mi­cawber.

-Querida mía -dijo él- tu papá era un hombre muy bueno, y Dios me libre de querer rebajarlo; es más, hasta es probable... que.... en una palabra, jamás conoceremos a un hombre de su edad que tenga los pantalones tan bien puestos y que sea capaz de leer una letra tan pequeña sin anteojos; pero él aplicó esta máxima a nuestro matrimonio, querida mía, con tal premura, que todavía no me he repuesto de aquel gasto precipitado.

Míster Micawber lanzó una ojeada a su señora y añadió:

-No es que me pese, al contrario, amor mío.

Después de lo cual guardó silencio durante un momento.

-Mi segundo consejo, Copperfield, ya lo conoce usted: renta anual de veinte libras, gasto anual de diecinueve; re­sultado, felicidad. Renta anual de veinte libras, gasto anual de veinte y media; resultado, miseria. La flor está marchita, la hoja cae, el ángel de la guarda desaparece y..., en una pa­labra, se ha hundido usted para siempre, como yo.

Y para hacer su ejemplo más impresionante, míster Mi­cawber se bebió un vaso de ponche con gran alegría y satis­facción y silbó una cancioncilla del colegio.

Le aseguré que nunca perdería de vista aquellos precep­tos, lo que era bastante inútil, pues era evidente que me afec­taba. A la mañana siguiente, muy temprano, me reuní con la familia en las oficinas de la diligencia y les vi con tristeza colocarse en la imperial.

-Copperfield -dijo mistress Micawber-, ¡Dios le bendiga! Nunca podré olvidarle, y aunque pudiera, no querría.

-Copperfield-dijo míster Micawber-, adiós; que la felicidad y la prosperidad le acompañen. Si al cabo de los años pudiera creer que mi suerte desgraciada le ha servido de lección, pensaré que no he ocupado en vano el lugar de otro hombre en la tierra. Y si surgiera algo (siempre cuento con ello) sería extraordinariamente dichoso si pudiera ayu­darle en sus proyectos respecto del porvenir.

Pienso que mistress Micawber, que estaba sentada en la imperial con los niños, mirándome mientras yo permanecía de pie en la carretera contemplándolos tristemente, se per­cató de pronto de que en realidad era yo un niño muy pe­queño y muy débil; lo creo porque me hizo seña de que su­biera a su lado con una expresión completamente nueva y maternal en su rostro, me cogió en sus brazos y me besó como hubiera podido besar a su hijo. Tuve el tiempo justo de bajar antes de que partiera la diligencia y apenas podía distinguir a mis amigos entre los pañuelos que agitaban.

En un minuto todo desapareció. Nos quedamos en medio de la carretera la huérfana y yo, mirándonos tristemente; luego, después de estrecharnos la mano, ella tomó el camino del Hospicio de San Lucas y yo fui a empezar mi jornada en Murdstone y Grimby.

Pero no tenía intención de continuar aquella vida tan pe­nosa. Estaba decidido a huir, a ir de un modo o de otro a bus­car en el campo a la única parienta que tenía en el mundo y a contarle mi historia: a la tía Betsey.

Ya he hecho observar que no sabía cómo aquel proyecto desesperado había germinado en mi espíritu; pero una vez en ello, ¡ni determinación fue tan inquebrantable como to­das las que he podido tomar después en mi vida. No estoy seguro de que mis esperanzas fuesen muy vivas; pero es­taba decidido a ejecutarlo. Cien veces desde la noche en que lo había concebido había dado vueltas en mi espíritu a la historia de mi nacimiento, que tanto me había gustado hacer contar a mi pobre madre, y que me sabía de memoria. Mi tía hacía una aparición rápida y terrible; pero había en todo aquello una particularidad que me gustaba recordar y que me daba algunas esperanzas. No podía olvidar que a mi madre le había parecido sentirla acariciar suavemente sus cabellos, y aunque aquello podía ser una idea sin ningún fundamento, yo me hacía un bonito cuadro del instante en que mi terrible tía se había conmovido ante aquella belleza infantil que yo recordaba tan bien y que me era tan querida, y aquel pequeño episodio aclaraba dulcemente todo el cua­dro. Quizá fuera aquel el germen que después de vivir en mi espíritu había engendrado gradualmente mi determinación.

Como ni siquiera sabía dónde habitaba miss Betsey, es­cribí una larga carta a Peggotty en la que le preguntaba de una manera casual si recordaba el lugar de su residencia, di­ciendo que había oído hablar de una señora que vivía en un sitio, que nombré al azar, y que sentía curiosidad por saber si no sería ella. También en aquella carta le decía que tenía mu­cha necesidad de media guinea, y que si pudiera prestármela se lo agradecería mucho, reservándome para decirle más adelante, al devolvérsela, lo que me había obligado a pedirle aquella suma.

La contestación de Peggotty llegó pronto y fue, como de costumbre, llena de cariño y abnegación. Incluía la media gui­nea (me asusta pensar todo lo que habría tenido que trabajar y que ingeniarse para conseguir que saliera de la caja de Bar­kis), y me contaba que miss Betsey vivía cerca de Dover; pero si era en Dover mismo, o en Hy the Landgate, o en Folkes­tone, no podía decirlo. Uno de nuestros hombres me informó, cuando le pregunté acerca de aquellos sitios, que estaban muy próximos unos de otros. Me pareció que ya sabía bastante para mi objetivo, y resolví marcharme a fines de semana.

Siendo una criaturita muy honrada y no queriendo entur­biar el recuerdo que dejaba en Murdstone y Grimby, consi­deré como una obligación permanecer hasta el sábado por la noche, y como me habían pagado una semana adelantada, me fui temprano, para no tener que presentarme a la hora de cobrar en la caja. Por esta misma razón había pedido la me­dia guinea a Peggotty, para no encontrarme sin dinero para los gastos del viaje. Por lo tanto, cuando llegó el sábado por la noche y nos reunimos todos para que nos pagasen, Tipp el carretero pasó, como siempre, el primero al despacho. Yo estreché la mano de Mick Walker, rogándole que cuando me llamaran entrase y le dijera a míster Quinion que había ido a llevar mi maleta a casa de Tipp, dije adiós a Fécula de pa­tata y me fui.

Mi maleta continuaba en mi antiguo alojamiento al otro lado del río. Había preparado, para pegar en ella, una direc­ción escrita en el respaldo de una de las tarjetas de expedición que pegábamos en las cajas: «Míster David enviará a buscarla a la oficina de la diligencia de Dover». Tenía la tarjeta en el bolsillo y pensaba pegarla en cuanto estuviera fuera de la casa. Mientras andaba miraba a mi alrededor, para ver si encon­traba a alguien que pudiera ayudarme a llevarla. En esto vi a un muchacho de piernas largas, que llevaba un carrito engan­chado a un burro y que estaba cerca del obelisco en el camino de Blackfriars; al pasar me encontré con su mirada y me pre­guntó si le reconocería bien si le volvía a ver, aludiendo sin duda a la fijeza con que le había examinado. Me apresuré a asegurarle que no había sido por descortesía, sino que estaba pensando si no quería encargarse de un trabajo.

-¿Qué trabajo? -preguntó el muchacho de las piernas lanzas.

-Llevar una maleta -contesté.

-¿Qué maleta? -insistió el joven.

Lo dije que la mía, que estaba allí, en aquella misma ca­lle, y que deseaba que por seis peniques me la llevaran a la diligencia de Dover.

-Vaya por los seis peniques -dijo el muchacho.

Y subiendo al instante en su carrito, que se componía de tres tablas puestas sobre las ruedas, partió tan diligente en la dirección indicada, que me costaba trabajo seguir el paso de su burro.

Tenía unos modales desconcertantes aquel muchacho y una manera muy molesta de mascar una brizna de paja al ha­blar; pero el trato estaba hecho. Le hice subir a la habitación que dejaba, cogió la maleta, la bajó y la puso en su carrito. Yo no quería todavía poner la dirección, por temor a que alguien de la familia de mi propietario adivinara mis desig­nios; le rogué, por lo tanto, que se detuviera al llegar a la gran pared de la prisión de Bench King. Apenas hube pro­nunciado estas palabras cuando partió como si él, mi maleta, el carrito y el asno se hubieran vuelto locos. Yo perdía la res­piración a fuerza de correr y de llamarle, hasta que le alcancé en el sitio indicado.

Estaba rojo y excitado, y al sacar la tarjeta dejé caer de mi bolsillo la media guinea. Me la metí en la boca para mayor seguridad, y aunque mis manos temblaban mucho, conseguí, con gran satisfacción, colocar la tarjeta. De pronto recibí un violento golpe en la barbilla, que me dio el chico de las pier­nas largas, y vi mi media guinea pasar de mi boca a sus ma­nos.

-Vamos -dijo el joven agarrándome por el cuello de la chaqueta con un horrible gesto-, asunto de policía, ¿no es verdad? Y quieres huir, ¿no es así? ¡Ven, ven a la policía, granuja! ¡Ven a la comisaría!

-Déme mi dinero, haga el favor -dije yo, muy asustado-, y déjeme en paz.

-Ven a la comisaría, y allí demostrarás que es tuya.

-Deme mi maleta y mi dinero, ¿quiere usted? -grité deshecho en lágrimas.

El joven todavía replicó: «Ven a la comisaría», arrastrán­dome con violencia al lado del asno, como si hubiera alguna relación entre aquel animal y un magistrado.

Después, cambiando de pronto de opinión, saltó al carrito, se sentó encima de la maleta y, diciendo que iba derecho a la comisaría, partió más deprisa que nunca. Corrí tras él todo lo que pude; pero no tenía aliento para llamarle, ni me hu­biera atrevido a hacerlo aunque hubiera podido. En un cuarto de hora estuve veinte veces a punto de que me atrope­llaran; tan pronto veía a mi ladrón como desaparecía a mis ojos; después volvía a verle; después recibía un latigazo de cualquier carretero; después me insultaban, caía en el barro, me levantaba, chocaba contra alguien, o me precipitaba contra un poste. Por fin, sofocado por la camera y turbado por el miedo de ver que Londres entero se pusiera a perse­guirme, dejé al joven que se llevase mi maleta y mi dinero donde quisiera. Ahogado y todavía llorando seguí, sin dete­nerme, el camino de Greenwich, que estaba en el camino de Dover, según había oído decir, llevando hacia el retiro de mi tía Betsey una parte de mis bienes casi tan pequeña como la que traía la noche en que mi nacimiento tanto le enfureció.

 
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