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David Copperfield.  Charles Dickens
Capítulo 10. Empiezan descuidándome, y luego me colocan
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El primer acto de autoridad de miss Murdstone cuando pasó el día solemne y se abrieron de nuevo las ventanas fue decirle a Peggotty que en el plazo de un mes tenía que mar­charse. Por mucho que a Peggotty le hubiera molestado tener que soportarlos, estoy seguro de que lo hubiera hecho por cariño hacia mí, prefiriendo aquella casa a la mejor del mundo. Ella me lo contó, y los dos nos lamentamos de todo corazón.

Respecto a mí, ni decían una palabra ni daban el menor paso. Yo creo que su mayor felicidad hubiera sido poderme despedir también con otro mes de plazo. Un día me atreví a preguntar a miss Murdstone cuándo iba a volver a Salem House; pero me contestó muy secamente que era probable que no volviera nunca. Mi porvenir me preocupaba mucho y a Peggotty también.

Mi situación había cambiado por completo, y aunque me libraba de muchas molestias, si hubiera sido capaz de apre­ciarlo seriamente me habría preocupado mucho sobre mi porvenir. La tiranía que habían ejercido sobre mí había desa­parecido por completo; lo único que deseaban era no te­nerme ante su vista; tan es así, que en varias ocasiones, cuando acababa de sentarme con ellos, miss Murdstone, frunciendo el ceño, me hacía señas para que me marchase. Ya no les preocupaba el que estuviera siempre con Peggotty; con tal de que no los molestase les importaba poco dónde pudiera estar. Al principio me asustaba la idea de que míster Murdstone volviera a tomar en su mano mis lecciones o que su hermana, en su abnegación, se dedicara a ello; pero pronto me percaté de que aquellos temores eran vanos y que todo se reduciría a verme abandonado.

No recuerdo si aquel descubrimiento me causó mucha pena. Estaba todavía en el dolor de la muerte de mi madre y en un estado de ánimo en que todo me daba lo mismo. Lo que sí recuerdo es que algunas veces pensaba en la posibili­dad de que no se ocuparan de instruirme, y pensaba que en­tonces sería un ser inútil, predestinado a pasarse la vida va­gando de una aldea a otra. También recuerdo que, pensando en aquello, me preguntaba si no sería mejor marcharme como el héroe de una historia para buscar fortuna; pero estas eran visiones transitorias, sueños que hacía despierto, som­bras que veía débilmente dibujadas o escritas en la pared de mi habitación y que después se desvanecían dejando la pa­red vacía.

-Peggotty --dije una noche en tono pensativo, mientras me calentaba las manos en el fuego de la cocina-, míster Murdstone me quiere cada vez menos; nunca me ha querido mucho, Peggotty; pero ahora, si pudiera, le gustaría no vol­ver a verme.

-Quizá sea a causa de su pena -dijo Peggotty, acari­ciándome los cabellos.

-No, Peggotty, estoy seguro. Yo también estoy triste. Si pudiera creer que era tristeza no pensaría en ello; pero no es eso, no, no es eso.

-¿Y cómo sabes que no es eso? -dijo Peggotty después de un silencio.

-¡Oh!, la tristeza es otra cosa muy distinta. Ahora, por ejemplo, está triste sentado ante la chimenea con su her­mana; pero si entro yo, Peggotty, cambia completamente.

-¿Por qué? --dijo Peggotty.

-Porque se encoleriza -le contesté imitando involunta­riamente su ceño- Si estuviera solamente triste, no me mi­raría como me mira. Yo, que sólo estoy triste, tengo más an­sia que nunca de cariño.

Peggotty no dijo nada en un rato, y yo me calenté las ma­nos también en silencio.

-Davy -dijo por último.

-¿Qué, Peggotty?

-He tratado, querido mío, he tratado por todos los me­dios de encontrar colocación aquí en Bloonderstone; pero no la he encontrado, hijo mío.

-¿Y qué piensas hacer, Peggotty? -dije tristemente-. ¿Dónde piensas ir a buscar fortuna?

-Creo que me veré obligada a irme a Yarmouth para vi­vir allí.

-Podías ir un poco más lejos --dije, medio en broma-, y sería perderte para siempre. Pero allí podré verte a me­nudo, mi querida Peggotty; aquello no es del todo el fin del mundo.

-Al contrario, gracias a Dios. Mientras estés aquí, que­rido mío, yo vendré por lo menos a verte una vez por se­mana.

Esta promesa me quitó un gran peso de encima; pero no era todo, pues Peggotty continuó:

-Lo primero, Davy, voy a ir a casa de mi hermano a pa­sar quince días, el tiempo necesario para tranquilizarme y reponerme un poco, y ahora estoy pensando que quizá lo de­jaran, como no lo necesitan mucho, venir allí conmigo.

Si algo podía no serme indiferente, exceptuando a Peg­gotty, y podía causarme una alegría en aquellos momentos, era un proyecto así. La idea de verme rodeado, de nuevo, por aquellos rostros honrados, alegres de mi llegada; de vol­ver a sentir la dulzura y la tranquilidad de las mañanas de domingo, cuando las campanas suenan, las piedras caen en el agua y los barcos se dibujan en la bruma. El figurarme pa­seando en la playa con Emily, contándole mis penas y bus­cando de nuevo conchas y caracoles. Todo esto tranquili­zaba mi corazón.

Un momento después me preocupó la idea de que quizá miss Murdstone no lo consintiera; sin embargo, esta preocu­pación no duró mucho, pues en aquel momento apareció ella misma, haciendo su ronda de noche, en la antecocina donde estábamos hablando, y Peggotty abordó el asunto con un atrevimiento que me sobrecogió.

-El chico perderá el tiempo allí -dijo miss Murdstone mirando en una olla de escabeche-, y la ociosidad es la ma­dre de todos los vicios. Pero estoy segura de que aquí lo per­derá también; es mi opinión.

Peggotty estuvo a punto de contestarle mal; pero se con­tuvo por cariño a mí, y permaneció silenciosa.

-¡Hem! -dijo miss Murdstone, con sus ojos fijos toda­vía en el escabeche-. Lo más importante de todo, de la ma­yor importancia, es que a mi hermano no se le moleste y pueda estar tranquilo. Supongo que lo mejor será decir que sí.

Le di las gracias sin hacer ninguna manifestación de ale­gría, no fuera eso a inducirle a retirar su consentimiento. No pude por menos de pensar que había obrado con prudencia, cuando vi la mirada que me lanzó por encima del tarro de escabeche. Parecía como si sus ojos negros hubieran absor­bido todo el vinagre que el escabeche contenía; pero el con­sentimiento estaba dado y no fue negado, pues cuando cum­plió el mes de Peggotty ya estábamos dispuestos a partir.

Barkis entró en casa por las maletas de Peggotty. Yo nunca le había visto antes atravesar la verja; pero en aquella ocasión entró en la casa, y al cargar con la pesada maleta de Peggotty me lanzó una mirada en la que me pareció que me quería decir algo, si era posible que pudiese expresar algo el rostro de Barkis.

Peggotty estaba naturalmente triste al dejar la que había sido su casa durante tantos años y donde los dos grandes ca­riños de su vida, mi madre y yo, se habían formado. Se ha­bía levantado muy temprano para ir al cementerio, y montó en el carro y se sentó en él sin quitarse el pañuelo de los ojos.

Todo el tiempo que permaneció en esta actitud, Barkis no dio señales de vida; sentado como de costumbre, parecía un muñeco. Pero cuando Peggotty miró a su alrededor y em­pezó a hablarme, sacudió la cabeza y dejó oír varias veces un gruñido de satisfacción. No pude comprender a qué se re­fería.

-Hace un día muy hermoso, míster Barkis --dije.

-No es malo -contestó Barkis, que por lo general era muy reservado y rara vez se comprometía.

-Peggotty se ha tranquilizado ya del todo, míster Barkis­-le dije para su satisfacción.

-¿De verdad? -dijo Barkis.

Después de reflexionar sobre ello, dijo con aire malicioso: -¿Está usted completamente a gusto?

Peggotty se echó a reír, y contestó afirmativamente.

-¿Pero verdaderamente está usted segura? -gruñó Bar­kis acercándose a ella y dándole un codazo-. ¿Está usted segura? ¿Verdaderamente a gusto? ¿Está usted segura? ¿Eh?

Y a cada una de aquellas preguntas Barkis se acercaba más a ella y le daba otro codazo. Por último, se acercó tanto ya, que estábamos los tres amontonados en un rincón del carro, y yo tan oprimido, que apenas podía respirar.

Peggotty le llamó la atención sobre mis sufrimientos, y Barkis se retiró un poquito; después, poco a poco, se fue ale­jando más; pero no pude por menos de observar que a sus ojos aquello era una forma maravillosa de expresar sus sen­timientos de una manera clara y agradable sin el inconve­niente de la conversación. No tenía duda que estaba con­tento de su proceder. Poco a poco se volvió otra vez hacia Peggotty, preguntando:

-¿Supongo que estará usted verdaderamente a gusto?

Y otra vez se acercó a nosotros, hasta que me faltó la res­piración. Al poco rato le repitió su pregunta con la misma maniobra, hasta que decidí ponerme de pie en cuanto le veía acercarse con el pretexto de mirar el paisaje. Fue una gran idea.

Barkis se sintió tan amable, que se detuvo ante una ta­berna expresamente por nosotros y nos convidó a cordero asado y cerveza. Y mientras Peggotty bebía él fue presa de un nuevo acceso de galantería, y casi la atragantó del encon­tronazo. Pero conforme nos acercábamos al fin de nuestro viaje, cada vez tenía más que hacer y menos tiempo para ga­lantear, y cuando pisamos el empedrado de Yarmouth nos preocupaban demasiado las sacudidas para poder pensar en otra cosa.

Míster Peggotty y Ham nos esperaban en el sitio de siem­pre y nos recibieron con la mayor cordialidad. Yo estreché la mano a Barkis, que tenía el sombrero en la coronilla, la cara avergonzada y una confusión que parecía comunicarse a sus piernas.

Cada uno de los Peggotty cargó con una de las maletas, y ya nos marchábamos cuando Barkis me hizo un signo miste­rioso con su mano para que me acercase.

-Digo -murmuró Barkis- que todo va bien.

Yo le miré a la cara y contesté en un tono que quiso ser profundo:

-¡Ah!

-No es eso todo. Va muy bien.

De nuevo le contesté:

-¡Ah!

-Ya sabía usted que Barkis desde luego estaba dispuesto. Era Barkis, Barkis solamente.

Hice un signo de afirmación.

-Todo va bien --dijo Barkis estrechándome la mano---. Soy su amigo; lo ha hecho usted todo muy bien, y todo va bien.

En su deseo de explicarse con particular lucidez, Barkis se puso tan extraordinariamente misterioso, que hubiera po­dido permanecer mirándole a la cara durante una hora sin sacar más provecho que del cuadrante de un reloj parado. Pero Peggotty me llamó, y me alejé.

Mientras andábamos, me preguntó lo que me había dicho Barkis, y yo le contesté «que todo iba bien».

-¡Qué atrevimiento! --dijo Peggotty-. Pero me tiene sin cuidado. Davy querido, ¿qué te parecería si pensara en casarme?

-¿Me seguirías queriendo igual? -dije después de un momento de reflexión.

Y con gran sorpresa de los que pasaban, y de su hermano y sobrino, que iban delante, la buena mujer no pudo por me­nos de abrazarme asegurándome que su cariño era inalte­rable.

-Pero ¿qué te parecería? -insistió cuando estuvimos otra vez en camino.

-¿Si pensaras en casarte... con Barkis, Peggotty?

-Sí -dijo Peggotty.

-Pues me parecería una buena idea; porque, ¿sabes, Peg­gotty?, así tendrías siempre el caballo y el carro para venir a verme, y podrías venir sin que te costase nada.

-¡Qué inteligencia la de este niño! -exclamó Peg­gotty-. Eso es precisamente lo que yo estoy pensando desde hace un mes. Sí, precioso, y también pienso que así tendré más libertad, y que trabajaré de mejor gana en mi casa que en la de cualquier otro, pues no sé si me acostumbraría a servir a extraños, y así continuaré cerca de la tumba de mi niña querida -dijo Peggotty a media voz-, y podré ir a verla cuando me dé la gana, y si me muero me podrán en­terrar cerca de ella.

Después de decir esto, guardamos un momento silencio los dos.

-Pero no quiero ni pensar en ello -dijo Peggotty con cariño- si contraría en lo más mínimo a mi Davy. Aunque se hubieran publicado las amonestaciones treinta y tres ve­ces y ya tuviese el anillo de boda en el bolsillo...

-Mírame, Peggotty, y verás si no estoy realmente con­tento; es más, que lo deseo de todo corazón.

-Bien, hijo mío -dijo Peggotty dándome otro abrazo-; no dejo de pensarlo noche y día, y creo que voy por buen ca­mino; pero todavía tengo que pensarlo mejor y consultarlo con mi hermano; entre tanto, guardaremos el secreto, ¿eh, Davy?

-Barkis es un buen hombre -continuó Peggotty-, y sólo con que trate de cumplir con mi deber estoy segura de que será mía la culpa si no nos encontramos «completa­mente a gusto» -dijo Peggotty riendo de todo corazón.

Esta alusión a las palabras de Barkis era tan oportuna y nos divirtió tanto, que no dejamos de reír y estuvimos de un humor excelente cuando llegamos ante la casa de míster Peggotty.

Todo lo encontré igual, excepto que quizá me pareció un poco más pequeño. Mistress Gudmige nos estaba esperando a la puerta, como si no se hubiera movido de allí nunca. El interior tampoco había cambiado; hasta el cacharro azul con las plantas marinas seguía en mi mesita. Di una vuelta a la casa y encontré las mismas langostas y cangrejos amontona­dos como de costumbre, con el mismo deseo de pincharlo todo y en el mismo rincón. Pero por más que busqué no en­contraba a Emily. Por fin le pregunté a míster Peggotty dónde podría estar.

-Está en la escuela-dijo enjugándose la frente al soltar la maleta de Peggotty-; pero tiene que volver enseguida -aña­dió mirando el reloj-; dentro de veinte minutos, o lo más media hora. Todos la echamos mucho de menos cuando no está, puedes estar seguro.

Mistress Gudmige suspiró.

-¡Alegría, vieja comadre! -gritó míster Peggotty.

-Yo lo siento más que nadie -dijo mistress Gudmige-; soy una pobre criatura sin recursos, y ella es la única que no me contraría.

Mistress Gudmige, suspirando y moviendo la cabeza, se puso a avivar el fuego. Míster Peggotty, mirándonos mientras no le veía, me dijo en voz baja, poniéndome la mano delante de la boca: «Es el viejo»; de lo que deduje, con razón, que desde mi última visita el humor de mistress Gudmige no había mejorado.

El sitio era, o por lo menos debía serlo, tan encantador como en aquella época; sin embargo, no me impresionó tanto, y casi estaba desilusionado. Quizá fuera porque no estaba en casa la pequeña Emily. Como me habían enseñado el camino por donde volvería, eché a andar para salir a su encuentro.

Pronto vi aparecer a distancia una figurita, y al momento reconocí en ella a Emily. Había crecido, pero era todavía muy pequeña. Cuando estuve cerca y vi sus ojos azules, me parecieron más azules que nunca, y su rostro más resplande­ciente, y toda su persona más bonita y atractiva, y no sé por qué un sentimiento indefinible me obligó a hacer como que no la conocía y pasar a su lado como si fuera mirando a lo lejos sin verla. Esto me ha sucedido después más de una vez en la vida, si no me equivoco.

Emily no se preocupó; me había visto muy bien, pero en lugar de volverse y llamarme echó a correr riendo. Yo tuve que correr detrás de ella; pero corría tanto, que fue ya cerca de la casa donde la alcancé.

-¡Ah! ¿Eres tú? -dijo.

-Ya sabías que era yo, Emily.

-¿Y tú acaso no sabías que era yo?

Fui a besarle; pero ella se cubrió sus labios de cereza con las manos y dijo que ya no era una niña, y entró corriendo en la casa, riéndose más fuerte que nunca.

Parecía divertirse haciéndome rabiar, y este cambio me extrañaba mucho en ella. La mesa estaba puesta, y nuestro antiguo cajón continuaba en su sitio; pero ella, en lugar de venir a sentarse a mi lado, se colocó junto a la gruñona mis­tress Gudmige, y cuando míster Peggotty le preguntó el por­qué, sacudió sus cabellos y sólo contestó riendo.

-Es una gatita -dijo míster Peggotty acariciándola con su manaza.

-Eso es, eso es --exclamó Ham-. Sí, señorito Davy.

Y se sentó mirándola y riéndose con una especie de admi­ración y deleite que le hacía ponerse colorado.

A Emily la miraban todos, y míster Peggotty más que nin­guno. De él hacía la niña lo que quería solamente con acer­car su carita a las fuertes patillas de su tío, al menos esta era mi opinión cuando la veía hacerlo, y me parecía que hacía muy bien míster Peggotty en ello. Era tan afectuosa y tan dulce, y tenía una manera de ser a la vez tímida y atrevida que me cautivó más que nunca.

Además era muy compasiva, pues cuando estando senta­dos después del té mister Peggotty, mientras fumaba su pipa, aludió a la pérdida que yo había sufrido, asomaron lágrimas a sus ojos y me miró con tanto cariño, que se lo agradecí con toda el alma.

-¡Ah! -dijo mister Peggotty cogiendo los bucles de la niña y dejándolos caer uno a uno-. También ella es huér­fana, ¿ve usted, señorito?, y este también lo es, aunque no lo parece -dijo dando un puñetazo en el pecho de Ham.

-Si yo tuviera de tutor a mister Peggotty -dije sacu­diendo la cabeza-, creo que tampoco me sentiría muy huér­fano.

-Bien dicho, señorito Davy -grito Ham con entu­siasmo-; bien dicho, ¡viva! Usted tampoco lo sentiría, bien dicho, ¡viva! ¡viva! ¡viva!

Y devolvió el puñetazo a mister Peggotty. Emily se le­vantó y besó a su tío.

-¿Y cómo está su amigo, señorito? -me preguntó mister Peggotty.

-¿Steerforth? -pregunté.

-Ese es el nombre -exclamó mister Peggotty volvién­dose a Ham-. Ya sabía yo que era algo parecido.

¡ -Usted decía que era Roodderforth -observó Ham riendo.

-Bien -replicó mister Peggotty-, pues no andaba muy lejos. ¿Y qué ha sido de él?

-Cuando yo lo dejé estaba muy bien, mister Peggotty.

-¡Eso es un amigo! -dijo mister Peggotty sacudiendo su pipa---. ¡Eso es un amigo del que se puede hablar! Por­que, ¡Dios le bendiga!, el corazón se alegra al mirarle.

-Es muy guapo, ¿verdad?

Me entusiasmaba oyéndole cómo lo elogiaba.

-¿Guapo? -exclamó mister Peggotty-. ¡Ya lo creo!

Se para delante de uno como... como... yo no sé cómo; pero ¡es tan decidido!

-Sí, ese es precisamente su carácter. Bravo como un león, y la franqueza misma, míster Peggotty.

-Y también supongo --dijo míster Peggotty mirándome a través del humo de su pipa- que en los estudios será el primero...

-Sí -dije yo con delicia-, lo sabe todo; es extraordi­nariamente inteligente.

-¡Eso es un amigo! -murmuró míster Peggotty sacu­diendo gravemente la cabeza.

-Nada parece costarle trabajo; se sabe las lecciones con mirarlas, y en el cricket es el mejor jugador que he visto. Le da a usted todos los peones que quiera en el juego de damas, y, sin embargo, le ganará siempre.

Míster Peggotty sacudió de nuevo la cabeza como di­ciendo: «Ya lo creo que me ganaría».

-¿Y su conversación? -proseguí-. En eso no tiene ri­val, y quisiera que le oyera usted cantar, míster Peggotty.

Míster Peggotty movió de nuevo la cabeza, como si di­jera: «No me cabe duda».

-Y además es un muchacho noble y generoso -dije arrastrado por mi tema favorito-; es imposible expresar todo lo que merece. Nunca le agradeceré bastante la genero­sidad con que me ha protegido, siendo yo tan inferior a él por mi edad y mis estudios.

Seguía entusiasmándome cada vez más, cuando mis ojos se posaron en la carita de Emily, que estaba inclinada sobre la mesa, escuchando con la más profunda atención; contenía el aliento, tenía rojas las mejillas y sus ojos azules brillaban como joyas. Parecía escuchar con tan extraordinaria aten­ción y estaba tan bonita, que me detuve sorprendido, y al ca­llarme yo todos la miraron y se echaron a reír.

-Emily es como yo --dijo Peggotty-; le gustaría verle.

Emily estaba confusa al ver que todos la miraban, y bajó la cabeza ruborizada, y después nos miró a través de sus ri­zos, y al ver que seguíamos mirándola (estoy seguro de que yo por lo menos le hubiera seguido mirando durante horas enteras), se escapó y estuvo escondida hasta que casi fue la hora de acostarse.

Me acosté en mi antigua cama, en la popa del barco, y el viento vino a quejarse como antaño. Pero ahora me parecía que se quejaba por los que ya no estaban, y en vez de pensar que el mar podía subir por la noche y llevarse la barca, pensé que el mar había subido tanto desde la última vez que oí aquellos ruidos, que había sepultado mi feliz y tranquilo ho­gar. Recuerdo que cuando el ruido del viento y del mar fue disminuyendo añadí una pequeña cláusula a mis rezos, pi­diendo a Dios ser pronto un hombre para casarme con Emily, y así me quedé dulcemente dormido.

Los días transcurrieron muy semejantes a los de hacía un año, excepto (y esto fue una gran diferencia) que Emily y yo rara vez vagábamos ahora por la playa; ella tenía que ha­cer sus deberes y labores y estaba ausente casi todo el día. Pero yo sentía que aun sin estas razones no hubiéramos vuelto a nuestros antiguos paseos; incluso siendo, como era, salvaje y llena de infantilidad, era también mas mujercita de lo que yo esperaba. Parecía que se había alejado mucho de mí en poco más de un año. Me quería, pero riéndose y ha­ciéndome rabiar, y cuando salía a su encuentro, se me esca­paba a casa por distinto camino, y después me esperaba en la puerta, riéndose al verme volver desilusionado.

Los mejores ratos eran los que pasábamos cuando se sen­taba a la puerta con la labor. Yo me sentaba a sus pies, en los escalones de madera y leía en voz alta. Ahora me parece que nunca he visto brillar el sol como en aquellas tardes; que nunca he visto una figurita más luminosa que la suya, sentada a la puerta de la antigua barca; que nunca he admirado un cielo más azul ni un agua como aquella, ni gloria semejante a la de aquellos barcos que parecían navegar en el aire dorado.

La primera tarde del día en que llegamos, Barkis apareció del modo mas extraño y con un paquete de naranjas atadas en un pañuelo. Como no hizo la menor alusión a ella, supusimos que las había dejado olvidadas al marcharse, y Ham se apre­suró a correr tras él para devolvérselas; pero vino diciendo que eran para Peggotty. Después de esto volvió todas las tar­des a la misma hora y siempre con un paquetito, al que nunca aludía y solía dejar detrás de la puerta. Estas ofrendas cariño­sas eran de lo más extrañas y grotescas. Entre ellas recuerdo dos cochinillos, un acerico enorme, media fanega de manza­nas, un par de pendientes de azabache, algunas cebollas, una caja de dominó, un canario (pájaro y jaula) y un jamón.

El modo de cortejar de Barkis, tal como lo recuerdo, era de una originalidad especialísima. Muy rara vez hablaba; se sentaba junto al fuego, en una actitud muy parecida a la que tenía en su carro, y miraba fijamente a Peggotty, a quien te­nía enfrente. Una noche, inspirado por su amor, se abalanzó al pedacito de cera que ella usaba para el hilo, se lo guardó en el bolsillo del chaleco y se lo llevó. Desde entonces, su mayor deleite era hacerlo aparecer cuando Peggotty lo nece­sitaba, sacándolo del bolsillo en un estado lamentable, pega­joso y medio derretido, y cuando ya lo había utilizado lo vol­vía a guardar. Parecía divertirse muchísimo, y no sentía ninguna necesidad de hablar. Ni aun cuando sacaba a Peg­gotty de paseo por la llanura debía sentir esa necesidad. Se contentaba con preguntarle de vez en cuando si estaba com­pletamente a gusto, y recuerdo que algunas veces, después de que él se fuera, Peggotty se echaba el delantal por la ca­beza y se reía durante media hora. A todos nos divertía más o menos, excepto a la desgraciada tristeza de mistress Gud­mige, cuyo noviazgo había sido de una naturaleza tan seme­jante, que le recordaba constantemente al «viejo».

Por último, cuando ya mi visita tocaba a su fin, se habló de que Peggotty y Barkis iban a pasar un día de vacaciones juntos y que Emily y yo les acompañaríamos.

La víspera por la noche apenas pude dormir con la alegría de que iba a pasar un día entero con la niña. Por la mañana nos preparamos con mucha anticipación, y mientras estába­mos desayunando, Barkis apareció en lontananza, guiando su carro hacia el objeto de su amor.

Peggotty vestía, como siempre, un luto sencillo y limpio; pero Barkis estaba deslumbrante con su chaqueta azul nueva, a la que el sastre había dado proporciones tan cum­plidas, que los puños le hubieran servido de guantes en el tiempo más frío; el cuello era tan alto, que le empujaba los pelos del cogote hacia arriba. También los botones relucien­tes eran del tamaño mayor, y completaban su indumentaria unos pantalones grises y un chaleco de ante, con todo lo cual míster Barkis me parecía un fenómeno de respetabilidad.

Cuando estábamos fuera alborotando, vi que mister Peg­gotty había preparado un zapato viejo, que nos tenían que arrojar al marchamos, como mascota, y se lo ofreció a mis­tress Gudmige con este propósito.

-Más vale que lo arroje cualquier otro, Dan -dijo mis­tress Gudmige-; yo soy una criatura abandonada y sin re­cursos, y todo lo que me recuerda que hay criaturas que no están abandonadas me contraría.

-¡Vamos, vieja comadre, cójalo y tírelo!

-No, Dan -contestó ella gimiendo--; si sintiera menos las cosas, podría hacerlo; usted no siente como yo, Dan; las cosas no le contrarían, ni usted a ellas; es mejor que lo arroje usted.

Pero aquí Peggotty, que había estado yendo de uno a otro apresuradamente, besando a todo el mundo, gritó desde el carro, en el que ya nos habíamos instalado entre tanto (Emily y yo sentados en dos sillitas uno al lado del otro), diciendo que era mistress Gudmige la que debía hacerlo. Por último, se dejó conquistar; pero me entristece tener que relatar que aguó un poco la alegría de nuestra partida, pues inmediata­mente se deshizo en lágrimas, y cayendo en los brazos de Ham, declaró que reconocía que sólo era un estorbo y que mejor harían mandándola al asilo, lo que a mí me pareció una idea muy razonable y que Ham debía haberle hecho aquel favor al momento.

Pero ya estábamos en camino para nuestra excursión. Lo primero que hicimos fue pararnos delante de una iglesia, donde Barkis sujetó el caballo a la verja y entró con Peg­gotty, dejándonos a Emily y a mí solos en el carro. Yo apro­veché la ocasión para pasar el brazo alrededor del talle de Emily y proponerle que, puesto que me iba a marchar tan pronto, debíamos estar muy cariñosos y ser felices durante todo el día. Emily consintió, y hasta me permitió que la be­sara. Esto me dio valor para decirle (lo recuerdo) que nunca amaría a otra mujer y que estaba dispuesto a matar a todo el que pretendiera su amor.

¡Cómo se divirtió Emily a mi costa con aquello! ¡Con qué desmesurada presunción de ser mucho mayor que yo me re­petía, como una mujercita, que era «un tonto»! Pero después se puso a reír de tal modo, que me hizo olvidar la pena que me había causado su frase despectiva, ante el placer de verla reír así.

Barkis y Peggotty estuvieron mucho tiempo en la iglesia; pero por fin salieron y reanudamos la excursión. A mitad del camino Barkis se volvió hacia mí y me dijo, con un guiño expresivo (nunca hubiera creído que Barkis fuera capaz de hacer un guiño semejante):

-¿Qué nombre había escrito yo en el carro?

---Clara Peggotty --contesté.

-¿Y qué nombre tendría que escribir ahora si hubiera tiza aquí?

--Otra vez Clara Peggotty -sugerí.

-Clara Peggotty Barkis -contestó, y soltó una carca­jada que hizo estremecer el carro.

En una palabra, se habían casado, y con ese propósito ha­bían entrado en la iglesia. Peggotty había decidido que lo haría de un modo discreto, y el sacristán había sido el único testigo de la boda. Se quedó muy confusa al oír a Barkis anunciamos su unión de aquel modo tan brusco, y no dejaba de abrazarme para que no dudara de que su afecto no había cambiado; pero pronto nos dijo que estaba muy contenta de haber zanjado ya el asunto.

Nos detuvimos en una taberna del camino, donde nos es­peraban, y la comida fue alegre para todos. Aunque Peggotty hubiera llevado casada diez años no creo que pudiese estar más a sus anchas y más igual que siempre; antes del té es­tuvo paseando con Emily y conmigo, mientras Barkis se fu­maba su pipa filosóficamente, dichoso, supongo, con la con­templación de su felicidad. Aquello debió de abrirle el apetito pues, recuerdo que, a pesar de haber hecho muy bien los honores a la comida, dando fin a dos pollos y comiendo gran cantidad de cerdo, necesitó comer jamón cocido con el té y tomó un buen pedazo sin ninguna emoción.

Después he pensado a menudo que fue aquella una boda inocente y fuera de lo corriente. En cuanto anocheció volvi­mos a subir en el carro y nos encaminamos hacia casa, mi­rando las estrellas y hablando de ellas. Yo era el «conferen­ciante» y abría ante los ojos asombrados de Barkis extraños horizontes. Le conté todo lo que sabía, y él me habría creído todo lo que se me hubiera ocurrido inventar, pues tenía la más profunda admiración por mi inteligencia, y en aquella ocasión dijo a su mujer delante de mí que era un joven « Ro­eshus», con lo que quería expresar que era un prodigio.

Cuando agotamos el tema de las estrellas, o mejor dicho cuando se agotaron las facultades comprensivas de Barkis, Fmily y yo nos envolvimos en una manta, y así juntos conti­nuamos el viaje. ¡Ah! ¡Cómo la quería y qué felicidad pen­saba que sería estar casados y vivir juntos en un bosque sin crecer nunca más, sin saber nunca más, niños siempre, an­dando de la mano a través de los campos y las flores, y por la noche recostar nuestras cabezas juntas en un dulce sueño de pureza y de paz y siendo enterrados por los pájaros cuando nos muriésemos! Este sueño fantástico brillaba con la luz de nuestra inocencia, tan vago como las estrellas leja­nas, y estaba en mi espíritu durante todo el camino. Me ale­gra pensar que Peggotty tuviera, el día de su boda, a su lado dos corazones tan ingenuos como el de Emily y el mío; me alegra pensar que los amores y las gracias tomaran nuestra forma en su cortejo al hogar.

Serían las nueve cuando llegamos ante el viejo barco, y allí míster y mistress Barkis nos dijeron adiós, marchándose a su casa. Entonces sentí por primera vez que había perdido a Peggotty, y me habría ido a la cama con el corazón triste si el techo que me cobijaba no hubiera sido el mismo que cu­bría a la pequeña Emily.

Míster Peggotty y Ham, comprendiendo mis sentimien­tos, nos esperaban a cenar con sus hospitalarios rostros ale­gres, para espantar mi tristeza. La pequeña Emily vino a sen­tarse a mi lado en el cajón; fue la única vez que lo hizo en toda mi visita, como coronación de aquel día dichoso.

Era noche de marea, y en cuanto nos fuimos a la cama, míster Peggotty y Ham salieron a pescar. Yo me sentía muy orgulloso de ser, en la casa solitaria, el único protector de mistress Gudmige y de Emily, y deseaba que un león o una serpiente o cualquier otro monstruo apareciera decidido a atacamos para destruirlo y cubrirme de gloria. Pero a ningún ser de aquella especie se le ocurrió pasear aquella noche por la playa de Yarmouth, y lo suplí lo mejor que pude soñando con dragones hasta por la mañana.

Con la mañana llegó también Peggotty, que me llamó, como de costumbre, por la ventana, corno si Barkis no hu­biera sido más que otro sueño. Después del almuerzo me llevó a ver su casa, que era muy bonita. De todos los mue­bles, el que más me gustó fue un antiguo buró de madera oscura que estaba en la salita (la cocina hacía de come­dor), con una ingeniosa tapa que se abría, convirtiéndolo en un pupitre, donde estaba una edición en cuarto de Los Mártires, de Fox, este precioso libro del que no recuerdo una palabra; lo descubrí al momento, a inmediatamente me dediqué a leerlo. Y nunca he visitado después aquella casa sin arrodillarme en una silla, abrir la tapa del buró, apoyar mis brazos en el pupitre y ponerme de nuevo a devorarlo. Temo que lo que más me sugestionaba eran los grabados; tenía muchos y representaban toda clase de horribles tor­mentos. Pero Los Mártires y la casa de Peggotty han sido siempre inseparables en mi pensamiento, y aún lo son ahora.

Me despedí de míster Peggotty, de Ham, de mistress Gud­mige y de Emily aquel día, y pasé la noche en casa de Peg­gotty, en una habitación abuhardillada, con el libro de los cocodrilos puesto en un estante a la cabecera de la cama. Aquel cuarto era mío para siempre, según dijo Peggotty, y toda la vida me esperaría igual.

-Joven o vieja, mi querido Davy, mientras viva y me cu­bra este techo, la encontrarás igual que si esperásemos tu llegada de un momento a otro. La arreglaré todos los días, como hacía siempre con tu cuarto de Bloonderstone, y aun­que te marchases a China, puedes estar seguro de que lo es­perará igual mientras estés allí.

Yo sentía la sinceridad y constancia de mi antigua niñera con todo mi corazón y le daba las gracias como podía, aun­que no muy bien, pues me hablaba con los brazos alrededor de mi cuello. Aquella mañana tenía que volver a casa con ella y Barkis en el carro. Me dejaron en la verja con tristeza, y se me hacía tan extraño ver que el carro se llevaba a Peg­gotty lejos, dejándome bajo los viejos olmos mirando hacia la casa, en la que no quedaba nadie que me quisiera.

Entonces caí en un estado de abandono en el que no puedo pensar sin pena, en un estado de aislamiento, lejos del menor sentimiento de amistad, apartado de los otros chiqui­llos, apartado de toda compañía que no fueran mis tristes pensamientos (los que todavía me parece que lanzan una sombra sobre este papel mientras escribo).

Qué hubiera dado yo porque me enviaran a cualquier es­cuela, por duros que hubieran sido en ella, con tal de apren­der algo de cualquier modo, en cualquier parte; pero ni esta esperanza tenía; no me querían, y cruelmente, voluntaria­mente, con perseverancia, me olvidaban. Creo que la fortuna de míster Murdstone estaba comprometida en aquellos mo­mentos; pero eso era lo de menos. No podía aguantarme, y me alejaba deliberadamente, yo creo que para alejar al mismo tiempo la idea de que tenía deberes que cumplir con­migo. Y así sucedió.

No era precisamente que me maltrataran; no me pegaban ni me negaban la comida; pero no cesaban un momento en su mal proceder sistemático, sin el menor descanso: era un abandono frío y sin cólera. Día tras día, semana tras semana, mes tras mes, seguía abandonado. A veces pensaba, cuando reflexionaba sobre ello, qué habrían hecho si hubiera enfer­mado. ¿Me habrían dejado abandonado en mi habitual sole­dad, o me habría tendido alguien una mano de ayuda?

Cuando míster Murdstone y su hermana estaban en casa, comía con ellos; en su ausencia, comía solo. Siempre estaba vagando por la casa o por las cercanías, sin que me hicieran caso; lo único que me prohibían era hacer amistades, pen­sando quizá que podría quejarme. Por esta razón, aunque míster Chillip me pedía a menudo que fuera a visitarle (se había quedado viudo algunos años antes de una mujer jo­ven y rubia, a quien siempre recuerdo confundiéndose en mis pensamientos con una gatita gris de Angora), casi nunca me permitían la alegría de pasar la tarde con él en su despa­cho, leyendo algún libro nuevo para mí, rodeado del olor de farmacia que lo llenaba todo o machacando drogas en un mortero bajo su dirección.

Por la misma razón, reforzada sin duda por la antipatía, muy rara vez me permitían visitar a Peggotty. Fiel a su promesa, ella venía a verme a los alrededores una vez por semana, y ninguna con las manos vacías; pero muchas y amargas eran las decepciones que sufría cuando me negaban el permiso para ir a su casa. Algunas veces, sin embargo, aunque de tarde en tarde, me permitían ir, y entonces observé que Bar­kis era un poco roñoso, o, según la expresión de Peggotty, un poquito agarrado, y guardaba el dinero debajo de la cama en una caja, en la que pretendía no tener más que ropa. En aquel cofre guardaba sus riquezas con una tenacidad perse­verante, y para obtener un poco de dinero hacían falta gran­des artificios. Así, Peggotty tenía que preparar un largo y convincente discurso para sacarle el dinero todos los sá­bados.

Todo aquel tiempo era tan consciente de que, por mucho que prometiera, mi inteligencia se atrofiaría a causa de mi abandono, que habría sido completamente desgraciado de no tener mis antiguas novelas. Eran mi único consuelo; nos hacíamos mutuamente compañía, y yo no me cansaba de re­leerlas.

Y ahora llegamos a una época de mi vida de la que nunca perderé la memoria y cuyo recuerdo ha venido a menudo, a mi pesar, como una pesadilla, a entristecer mis tiempos más dichosos.

Había salido una mañana a vagar pensativo, como siem­pre, en mi vida solitaria, cuando al volver la esquina de un sendero, cerca de nuestra casa, me encontré a míster Murd­stone que paseaba con otro caballero. En mi confusión iba a pasar de largo, cuando aquel caballero me gritó:

-¡Eh! ¡Brooks!

-No, David Copperfield.

-No me digas. Eres Brooks, Brooks de Shefield; ese es tu nombre.

Al oír aquellas palabras miré al desconocido con mayor atención. Su risa acabó de convencerme de que le conocía: era míster Quinion, a quien fui a ver a Lowestof con míster Murdstone antes... (pero poco me importa cuándo: no quiero recordarlo).

-¿Cómo estás y dónde te educas, Brooks? Me dijo mís­ter Quinion.

Había puesto su mano sobre mi hombro y me hizo dar la vuelta para pasear con ellos. Yo no sabía qué decir, y miré confuso hacia míster Murdstone.

-Ahora está en casa --dijo este último-, y no está edu­cándose en ninguna parte. No sé qué hacer con él; es difícil de manejar.

Aquella antigua mirada hipócrita se detuvo un momento en mí, y después sus ojos oscuros se separaron de los míos con un fruncimiento de aversión.

-¡Hum! -dijo míster Quinion, mirándonos a los dos-. ¡Qué tiempo tan hermoso!

Siguió un silencio, y yo estaba pensando cómo despren­der mi hombro de su mano para marcharme, cuando dijo:

-Supongo que seguirás siendo un muchacho muy des­pierto, ¿eh, Brooks?

-Sí, inteligencia no le falta --dijo míster Murdstone con impaciencia-; pero harías mejor dejándole marcharse; no te agradece que lo estés molestando.

Al oír esto, míster Quinion me soltó, y yo me dirigí a casa. Volviéndome a mirarlo al entrar en el jardín, vi a míster Murdstone apoyado en la tapia del cementerio hablando con su amigo. Los dos me miraban, y tuve la sensación de que hablaban de mí.

Míster Quinion durmió aquella noche en nuestra casa. A la mañana siguiente, después del desayuno, coloqué mi silla, e iba a irme cuando míster Murdstone me llamó, se sentó gravemente delante de una mesa y su hermana se puso en su pupitre. Míster Quinion, de pie, con las manos en los bolsi­llos, miraba por la ventana; yo los miraba a todos.

-David -me dijo míster Murdstone-: cuando se es jo­ven se está en el mundo para trabajar y no para soñar ni ha­raganear.

---Como haces tú -añadió su hermana.

-Jane, déjame hablar, haz el favor. Digo, David, que la gente joven está en el mundo para la acción y no para soñar ni para haraganear. Y con mayor motivo tratándose de un muchacho de tu carácter, que necesita corregirse mucho y al que no se pude hacer mejor servicio que obligarle a que se acostumbre a trabajar, que es lo único que puede doble­garle.

-Y que en el trabajo de nada sirve la terquedad; se les doblega lo que hace falta -interrumpió su hermana.

Él le dirigió una mirada, mitad de reproche, mitad de aprobación, y continuó:

-Supongo que sabes, David, que yo no soy rico, y en todo caso lo sabes ahora. Has recibido ya una educación cos­tosa. Las pensiones son caras, y aun cuando no lo fueran, no te enviaría a ninguna. Pienso que no sería beneficioso para ti. En el mundo has de tener que luchar con la vida; por lo tanto, cuanto antes empieces, mejor.

Yo pensé que me parecía que ya había empezado a luchar en mi pobre camino, o por lo menos se me ocurre ahora.

-¿Has oído hablar alguna vez de nuestra casa de comer­cio? --dijo míster Murdstone.

-¿La casa de comercio? -repetí.

-La casa de Murdstone y Grimby, en la venta de vinos -replicó.

Supongo que parecía dudar, pues continuó precipitada­mente:

-¿No has oído hablar de la casa, o de los negocios, o de las bodegas, o de algo así?

-Me parece que sí he oído algo de negocios -dije, re­cordando que había oído vagamente algo de sus recursos y los de su hermana, pero que no sabía cuándo.

-Eso es lo de menos -replicó- Míster Quinion es el director de ella.

Le miré con respeto, mientras él wguía asomado a la ven­tana.

-Míster Quinion dice que allí hay varios muchachos empleados y que no hay razón para que tú no puedas ir en la mismas condiciones que ellos.

-En el caso -observó míster Quinion en voz baja dando media vuelta- de no tener otro remedio, Murd­stone.

Míster Murdstone, con gesto de impaciencia y malhumo­rado, continuó, sin hacer caso de lo que le decían:

-Las condiciones son que ganarás lo bastante para co­mer y tener algún dinero en el bolsillo. De tu alojamiento yo me ocuparé, igual que del lavado y planchado de tu ropa.

-Hasta llegar a una cantidad que me pareciese conve­niente --dijo su hermana.

-También me ocuparé de tus vestidos -dijo míster Murdstone- puesto que todavía no eres capaz de valerte por ti mismo. Así es que vas a ir a Londres, David, con mis­ter Quinion, a empezar una vida por tu propia cuenta.

-En una palabra: estás empleado -observó su her­mana-, y trata de cumplir con tu deber.

Recuerdo que comprendía perfectamente que el objeto de lo propuesto era desentenderse de mí; pero no recuerdo si la idea me gustó o me asustó. Mi impresión es que estaba en un estado de confusión y oscilaba entre los dos puntos sin tocar ninguno. Además tampoco tenía mucho tiempo para tratar de esclarecer mis pensamientos, pues míster Quinion partía al día siguiente.

Vedme al día siguiente, con mi viejo sombrerito blanco rodeado de crespón negro por mi madre, con una chaqueta negra y un pantalón de cuero que miss Murdstone conside­raba como la mejor armadura para las piernas en la lucha con el mundo que iba a comenzar. ¡Vedme así ataviado con todo lo que tenía mío en la maleta, sentado (solo y abando­nado, como diría mistress Gudmige) en la silla de postas que llevaba a míster Quinion a Yarmouth para tomar la diligen­cia de Londres! ¡Ved cómo nuestra casa y la iglesia se van desvaneciendo en la distancia! ¡Cómo la tumba que está bajo los árboles se oculta! ¡Cómo hasta el campanario desaparece al fin y el cielo está vacío!